La bruja

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Género: Relato negro

Rating: +13

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Nelle Carver. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La bruja.

El cuerpo de una joven pelirroja se consumía entre las llamas, iluminando el cielo de aquella noche sin luna. Sus gritos desgarradores inundaban las calles vacías de la zona industrial.

El humo golpeaba los cristales de la fábrica textil más próxima a la hoguera, y justo delante de la muchacha agonizante, una persona reía y lloraba al mismo tiempo, hipnotizada por la magia del fuego y la presencia de la muerte.

Hacía horas que los trabajadores se habían ido a sus casas, cansados de las largas jornadas de trabajo, deseando abrazar a sus familias o a una buena jarra de cerveza.

A las cinco de la mañana empezarían a llegar de nuevo, en silencio, frotando sus ojos con las manos. Para entonces, la muchacha ya no gritaría, ya no suplicaría ser salvada ni sentiría la lengua del fuego quemando su piel.

Pero seguiría allí, atada a aquel árbol quemado, esperando sin vida a que alguien la rescatase.

Ilustración de Nelle Carver

~***~

Cuando Vincent llegó a la zona industrial una ráfaga de viento le envolvió con un fuerte olor a humo, tan intenso que sintió náuseas. Estaba acostumbrado a ver escenas violentas, tristes, desgarradoras, pero jamás había aspirado un olor tan penetrante.

El agente Tejeda se cubrió el rostro con un pañuelo de tela blanca, para evitar aquel hedor que emanaba de las cenizas. Juntos, avanzaron con la cabeza gacha hasta los restos del árbol, rodeado por decenas de pruebas señaladas y técnicos que seguían rastreando.

Inspector, le estaba esperando, soy el agente Plana –se presentó. Era un hombre bajito, con una barriga muy pronunciada y un espeso bigote grisáceo, que parecía feliz, a pesar de la escena que tenía ante sus ojos–. Tenía muchas ganas de conocerle, señor.

Encantado. Mi compañero y yo hemos hecho un largo viaje para llegar hasta aquí, así que supongo que se trata de un caso importante.

–Sí, inspector. El cuerpo sin vida que tiene a sus espaldas es nada menos que el de una bruja de verdad.

¿Cómo dice? –replicó Vincent, boquiabierto, mirando los ojos grises de aquel desconocido.

Sí, una bruja. Llevaba años alardeando de sus poderes, y sabíamos que tarde o temprano alguien saldría herido. Pero, evidentemente, pensábamos que sería ella la que mataría a algún ciudadano.

¿Me está diciendo que esta persona ha sido quemada en la hoguera por ser una bruja? –preguntó sin salir de su asombro. Aquel no era el caso que esperaba, estaba harto de creencias y fe, tan ligadas al odio y la muerte. El agente asintió, mientras subía con ambas manos su cinturón hasta el centro de su redonda barriga–. ¿Cómo han podido reconocer a la víctima?

–Resulta bastante obvio que es ella. ¿Quién, si no?

El cuerpo está totalmente calcinado, y con la información que nos ha proporcionado, es imposible saber quién es. –Vincent sacó su libreta y siguió–: ¿Podría explicarme con detalle los hechos y las pruebas de que disponemos?

–Por supuesto, inspector. No hay testigos del suceso, pero coincidirá conmigo en que se trata de un asesinato premeditado. Han encontrado el cadáver las trabajadoras de esta fábrica textil, el inmueble más afectado por las llamas. Entran a trabajar a las cinco de la mañana, pero cuando ha llegado la primera ya estaba el fuego apagado. Nos han avisado, pero hasta hace unos veinte minutos no hemos podido empezar a trabajar, no había luz y, es difícil buscar pruebas a oscuras.

–Podrían haber utilizado linternas. Con el viento que hace es posible que algunas pruebas se hayan perdido –advirtió Javier, que seguía sujetando el pañuelo contra su boca.

–Trabajamos cuando las condiciones nos los permiten, agente.

¿Qué pruebas han encontrado por el momento? –pregunto Vincent.

Poca cosa… Entre las cenizas hemos encontrado restos que todavía no hemos identificado. Y lo más curioso que cabe destacar, es que justo delante de la hoguera había un pequeño muñeco medio quemado. Por la distancia que había entre las dos partes, parece que se quemaron por separado, y que éste no llegó a consumirse.

–¿Podría ver ese muñeco?

–Claro. ¡La prueba siete! –grito el hombre, con una sonrisa en los labios finos.

Un joven vestido con un mono azul corrió hacia ellos con una bolsa de plástico transparente en la mano, sorteando los obstáculos apresuradamente. Entregó la prueba a Vincent y volvió a su trabajo con la misma rapidez con la que había iniciado el camino.

En la bolsa había un muñeco cosido a mano, hecho con una tela que en otros días había sido blanca, unos botones que simulaban ojos y una sonrisa bordada. Las piernas se habían consumido por completo, y el fuego había llegado hasta los brazos, aunque seguían enteros. Vincent lo examinó con incredulidad y le pasó el paquete a su acompañante.

¿Crees que se trata de un muñeco vudú? –sugirió el agente Tejeda, mirando al inspector.

–Eso parece, aunque no tiene mucho sentido. No tenemos información en la oficina de este tipo de culto por esta zona.

–¿De qué está hablando, señor? –Preguntó el hombre rechoncho, con curiosidad.

–Este tipo de muñecos están asociados al culto del vudú, y algunos afirman que mediante una serie de rituales pueden ejercer control sobre una persona concreta. Aunque, ya sabe, con este tipo de cosas solo se trata de creencias.

Nunca había escuchado nada parecido, qué tontería. En este pueblo lo único raro que había era esta bruja, y por fin, se ha terminado.

–Debería cuidar su lenguaje, señor Plana. Está usted delante de una persona que ha sido asesinada de una manera atroz. Haga el favor de quedarse al margen. Nosotros nos encargaremos de esta investigación a partir de ahora.

–¿Quedarme a un lado? No puede hacerme eso. Yo soy el encargado de este pueblo.

–Perfecto, se encargará de resolver nuestras dudas, de llevarnos a los sitios y de mover a sus hombres –sacó su pitillera por un impulso, pero la guardó al ver la ceniza a sus pies–. Javi, tú te encargarás de hablar con la mujer que encontró el cuerpo, mientras yo reviso la escena y hablo con los técnicos. Usted, haga una lista de las personas que pueden tener información sobre esta supuesta joven. Si todo el mundo creía que era una bruja, supongo que tendría enemigos. Quiero conocerlos.

~***~

Los días pasaban y Vincent cada vez estaba más perdido. Después de preguntar a los trabajadores de la zona industrial, y no recibir ninguna respuesta reveladora, decidió llamar uno por uno a toda la población. Los sesenta y cuatro ciudadanos pasaron por la pequeña oficina del pueblo.

A simple vista, todos parecían igual de culpables, alegres por la muerte de aquella joven misteriosa. Algunos la culpaban de sus múltiples pérdidas o de su mala suerte, otros juraban haberla visto volar. Unos cuantos hombres declararon haber caído en sus garras alguna noche, y un par de mujeres confesaron lo mismo. ¿Dónde terminaba la leyenda y empezaba la verdad?

–Creo que por hoy no hay más testigos. Si quieres podemos irnos al hostal –anunció Javier, revisando la lista de personas llamadas a declarar.

–¿Cuánto más crees que va a durar esto? Llevamos aquí catorce días y todos parecen culpables.

–Pero tienen coartadas para aquella noche.

–Sí, pero sus coartadas son ridículas, Javi. A esa hora todo el pueblo estaba durmiendo, y evidentemente, cualquiera podría haberse levantado sin ser visto.

–Entonces, ¿qué podemos hacer? Quedan ya muy pocas personas por declarar. ¿De verdad crees que el culpable está entre ellas?

En este pueblo hay un asesino, y antes o después lo atraparemos.

Eso espero, pero ya no sé… –Javier no llegó a terminar la frase. La puerta se abrió de golpe y el agente Plana entró en la diminuta habitación, seguido por un hombre alto y delgado, con cara de asustado.

Se frotaba las manos, nervioso, rastreando con su mirada cada milímetro de la habitación. En su rostro se reflejaba la imagen del cansancio, por las ojeras marcadas y los ojos enrojecidos. Vestía un traje elegante, pero completamente arrugado. Y su cabello, decorado por las canas, necesitaba ser cortado de nuevo. El agente dejó caer una carpeta en la única mesa de la sala, tan pequeña que se tambaleó con el golpe.

El señor Losada, propietario de la fábrica textil Losada, ha venido a prestar declaración –anunció, señalando al hombre encorvado–. Y nos ha traído información bastante interesante.

–Debería haber venido hace días, señor. ¿Por qué no apareció cuando le llamamos?

Perdóneme, señor. Me fue imposible venir. He tenido mucho trabajo reparando los daños que ocasionó la hoguera en mi fábrica, y como soy el único propietario, no podía dejarlo para más tarde.

Pero sí podía hacernos esperar a nosotros –comentó Javier, indignado. Algunas personas creían que la policía era un grupo de héroes encargados de resolver crímenes, velar por la seguridad del ciudadano y ayudar a todo el que lo necesitase. Otros, creían que no servían para nada, y aquello le hacía pensar que todo su esfuerzo, las dificultades y el riesgo, no valían la pena–. Una persona ha sido asesinada y usted se preocupa más por una pared manchada de hollín.

Es la pared de mi fábrica, señor. Si yo no me encargo de ella, nadie se encargará –seguía temblando, y cuando hablaba, miraba fijamente al suelo–. Siento si le parece mal que me importe más la pared que esa persona, pero no la conocía de nada, y no me importa su muerte.

–¿Cómo puede decir algo así? –respondió Javi, irritado.

¡Basta! –Gritó Vincent, mientras hojeaba la carpeta que había traído su nuevo compañero–. Señor Losada, si la policía le llama a declarar, usted debe acudir rápidamente. Si no lo hace, está quebrantando la ley. Obstrucción a la justicia, ¿le suena ese término?

Yo, no sabía nada de eso. Pensaba que… Yo pensaba… –empezó a tartamudear, moviendo las manos para explicarse.

–No importa. Explíquenos lo que ha venido a explicar. La próxima vez estoy seguro de que acudirá rápido.

Sí, señor, lo juro. Yo solo quería explicar lo que sé. Sé quién es el culpable, no solo de la hoguera, sino de todo lo que ha estado pasando en este pueblo.

¿Sabe quién es el asesino? –preguntó el agente Tejeda, incrédulo–. ¿Y se espera catorce días para explicarlo? ¿Es usted estúpido?

–¡Tenía miedo! Estaba asustado por lo que pudiesen hacerme, esa es la verdad.

–¿Pudiesen? Explíquese, por favor –alentó Vincent.

–En mi fábrica hay cinco trabajadores, dos hombres y tres mujeres, que practican el culto al vudú. Hace meses que los observo en su tiempo de descanso confeccionando ese tipo de muñecos. Han sido ellos, estoy seguro.

–Ordenaré a los agentes que rodeen la fábrica y capturen a cinco alimañas.

–Un momento, agente Plana. Que cosan esos muñecos no los convierte en culpables de un asesinato –dictaminó el inspector, frotando su nuca con la mano izquierda–. ¿Tiene más pistas que les culpabilicen?

Sí, señor. Cuando se enteraron de que les observaba, me lanzaron una especie de maleficio. Desde entonces, no puedo dormir bien por las noches, durante el día estoy cansado, he perdido el apetito y me siento observado. Sé que están utilizando uno de esos muñecos conmigo, y me gustaría echarles, pero me da miedo lo que puedan hacerme, y mucho más después de esa hoguera.

¿Tiene ya suficientes motivos, inspector? ¿A qué espera para encerrarlos? –preguntó enfadado el agente rechoncho.

A tener una teoría sólida. Respóndame un par de preguntas, señor Losada. ¿Está su insomnio producido por la preocupación de que sus trabajadores le hiciesen daño con sus poderes?

Por supuesto, no puedo dormir pensando en sus manos cosiendo esos muñecos, sus rostros juiciosos observándome, y esas palabras ininteligibles que me persiguen…

–Y, todo el mundo sabe que si una persona no descansa lo suficiente por la noche, al día siguiente está cansada y no puede hacer las cosas bien.

–Claro, pero yo siento que me observan, y que algo muy fuerte me persigue.

Y no lo dudo, señor. Pero hay algo más fuerte que el vudú, la magia o los poderes. Todas esas cosas por si solas no sirven de nada, la persona debe creer en ellas para sentirlas. Y, en este caso, usted creyó en aquel “maleficio”, por eso le tortura. Es usted el culpable de sus males, si no creyese, no le afectaría.

–Eso es una estupidez –lanzó el agente del pueblo–. Aquí hace tiempo que pasan cosas extrañas, cosas que solo la brujería podría explicar.

Tiene razón, hay cosas que sola la brujería podría explicar… –concluyó Vincent, con una sonrisa en sus labios–. Muchas gracias por su declaración, señor Losada. Puede retirarse.

–¿No piensa ayudarme? ¿No va a arrestar a esa gente?

–Tranquilo, no se preocupe por nada. Pronto recibirá noticias mías. Hasta entonces.

El agente Plana salió de la habitación acompañando al propietario de la fábrica. Aquella declaración le había abierto los ojos. Si todos creían en el poder de la bruja, igual que aquel hombre creía en el poder del vudú, todos tenían un motivo para el asesinarla.

–Este caso parecía conducir a un callejón sin salida, pero podría resolverlo con un poco de magia –bromeó Vincent, encendiéndose un pitillo.

–¿De qué estás hablando?

Todos se mueven por la influencia que ejerce la magia en ellos. Igual que se mueven los católicos por las normas que rige su iglesia. Son normas sociales.

–No puedes compararlo…

–Por supuesto que puedo. Pero ahora vayámonos al hostal, necesito beber un par de copas y preparar la función de mañana.

–¿Necesitarás mi ayuda?

–Todo mago necesitado un ayudante, Javi. Recógelo todo, voy a darle un par de órdenes a nuestro compañero, y nos vamos.

–Perfecto.

~***~

Después de una noche en vela, una botella de orujo, media cajetilla de tabaco y una cafetera, habían conseguido un plan perfecto. Vincent se había puesto en contacto con el alcalde para organizar un comunicado en la plaza del pueblo, y como buenos ciudadanos, todos acudirían para saber qué quería explicarles su gobernador. Era domingo, así que justo después de ir a la iglesia, todos se dirigieron a la plaza que había a su salida, esperando, inquietos, el comunicado de su líder.

La cara de asombro de los espectadores fue evidente cuando vieron subir al escenario de piedra al inspector y su ayudante. Empezaron los susurros, que se convirtieron rápidamente en un murmullo general, repleto de preguntas y quejas.

Cuando el último ciudadano salió de la iglesia, acompañado por un bastón de madera, el agente Plana le hizo una señal a Vincent para que iniciase su discurso.

Todos me conocéis. Habéis estado en la oficina respondiendo mis preguntas, declarando vuestras experiencias y pidiendo ayuda. Ahora es mi turno. En base a todas vuestras respuestas y a los datos que hemos reunido, he llegado a la conclusión de que la joven que fue quemada en la hoguera, era realmente una bruja.

El pueblo enmudeció, observando fijamente al inspector, con la boca abierta. No podían creer lo que oían.

Siento haber dudado de sus palabras. Todo este tiempo han estado viviendo con una bruja. Compartiendo sus calles, sus tiendas, sus vidas. Pero alguien le hizo pagar por sus pecados, y por fin pueden vivir en paz. Al principio buscábamos a un asesino, pero nos hemos dado cuenta de que realmente estamos buscando a un héroe.

¡Sí, es un héroe! –gritó una anciana, apoyada en su hija.

–¡Nos ha salvado a todos! –gritó un niño, desde el fondo.

Las voces se fueron uniendo, hasta que toda la plaza aplaudió contenta por la liberación. Ya no tendrían que preocuparse por aquella bruja que hacía sus vidas difíciles. Ya podrían salir sin miedo.

Escúchenme, por favor –pidió Vincent, elevando su voz–. Si alguien conoce al héroe que salvó el alma de esa joven, condenando a la bruja a morir en la hoguera, que le señale. Que señale al héroe que les ha salvado a todos.

–Señalad al héroe –acompañó Javier.

Los aplausos terminaron, y los brazos empezaron a señalar a los responsables. Seis personas estaban siendo señaladas, cinco hombres y una mujer, que sonreían, orgullosos de ser los héroes. Saludaban al resto de la plaza, aceptando los cumplidos que gritaba la multitud.

Por favor, suban. Explíquennos cómo consiguieron reunir el valor para salvar al pueblo, poniendo sus vidas en peligro. Suban –continuó Vincent, interpretando su papel, mientras subían los peldaños de piedra–. Explíquele al pueblo cómo lo hicieron, señora –propuso, dando la palabra a la única mujer del grupo.

Vecinos, todos me conocéis –empezó la mujer, con los ojos brillantes y la respiración acelerada–. Hace meses que todos hablamos de cómo terminar con los problemas que esa bruja nos ocasionaba. Pero nadie hacía nada por ayudarnos, ni la policía, ni nosotros mismos. Así que, nos reunimos en casa de Juan para resolver, de una vez por todas, este problema. Y entre todos, nos organizamos para coger a la bruja y quemarla a las afueras. Pensábamos que nos acusaríais de asesinato, pero lo hicimos por el bien de todos –la gente asentía su discurso, mostrando su aprobación entre ovaciones–. Fuimos a su casa y la golpeamos. La llevamos hasta la zona industrial, donde habíamos preparado la hoguera, y esperamos a que recuperase la conciencia para poder juzgarla.

Se declaró inocente –continuó uno de los hombres, reclamando el protagonismo que pensaba merecer–. Se declaró inocente una y otra vez. Suplicó clemencia, nos pidió que la dejásemos escapar. Pero los hechos eran evidentes, era una bruja, y tenía que enfrentarse a la hoguera.

Encendimos el fuego con uno de esos muñecos esotéricos que vende aquella anciana rara–continuó la mujer–. Todos se fueron cuando empezó a gritar, pero yo me quedé hasta el final, observando su purificación. Se consumió entre gritos, y cuando ya no podía chillar, sentí que algo salía de su cuerpo. Su alma ascendía al cielo en busca de perdón.

El alcalde subió hasta el escenario, con una sonrisa agradable, y estrechó las manos de aquellos héroes.

Os doy las gracias en nombre de todo el pueblo. Nos habéis salvado. Declaro como alcalde, que el día en que fue quemada en la hoguera aquella bruja, será recordado como el Día de la Salvación de nuestro pueblo.

Un momento, señor –interrumpió Vincent–. Hace quince días la señorita María Miralles fue asesinada con tan solo veintitrés años. Acusada de brujería, promiscuidad, incitadora al adulterio y pecadora a los ojos de dios –regresaron los murmullos–. Así es como todos ustedes la han descrito, demostrándose que merecía ser quemada en una hoguera, por ser una bruja. No obstante, debajo de todas esas supuestas acusaciones, yo he encontrado a una joven como cualquier otra. Apartada por ser diferente, por venir de otro lugar y por seguir unas costumbres diferentes a las suyas. Estudiaba mecanografía en su casa, y preparaba ungüentos y medicinas naturales.

–¿De qué está hablando? –gritó la mujer del escenario, con una gesto de pánico en el rostro.

Todos ustedes son culpables, todas las personas de este pueblo son culpables de ese asesinato. Pensaban tan firmemente que se trataba de una bruja, que fueron incapaces de ver que era solo una muchacha triste, abandonada por todos. Su familia había muerto años atrás, por eso se refugió en este pueblo, intentando pasar página. Pero ustedes, la señalaron como bruja, y terminaron con su vida.

–Era una bruja, ¡usted mismo lo ha dicho! –exclamó Juan, uno de los culpables.

Solo porque era lo que querían oír. Desde el principio ha sido culpa suya creer en una bruja, porque no sabían cómo explicar los fallos de sus vidas. Era mucho más fácil pensar que había una bruja entorpeciendo su alegría que asumir que no eran felices. Creyeron en ella, la consideraron realmente una bruja, y dejaron que cargase con todas sus penas. Pero todo llegó tan lejos que tenían que pararle los pies. ¿Cómo se sienten ahora? Espero que se odien por lo que le han hecho a la joven María Miralles, porque todos son responsables de su destino. Sé que algunos luchaban por abrir los ojos de la gente, porque veían que toda esta historia era absurda. Aunque no llegaron a conseguirlo, pueden sentirse orgullosos por defender la verdad. El resto me dan lástima, porque si no asumen sus errores, jamás llegaran a ser nada –suspiró, observando el horror en la cara de los espectadores–. Agente Plana, ya puede llevarse a los culpables. Si realmente creen en esas cosas, piensen que su alma sí debería ser purificada –escupió las palabras, dirigiéndose a los asesinos–, y no creo que su dios los vaya a perdonar.

~***~

Después de medio mes compartiendo el ridículo despacho de la oficina de policía, y una húmeda habitación en el único hostal del pueblo, con su único amigo y compañero en aquel lugar, Vincent tenía ganas de llegar a casa. El caso estaba cerrado, y los ciudadanos seguían sus vidas, pensativos, avergonzados por su manera de actuar. Los seis detenidos serían trasladados al día siguiente a la comisaría más cercana, donde se encargarían de continuar el proceso penal.

El inspector decidió pasar una noche más en el pueblo, para asegurarse de que todo seguía su curso. Ya bien entrada la noche, esperaba a su compañero, sentado en una de las butacas de piel oscura del bar del hostal, totalmente vacío. En su mano sujetaba un vaso bajo, con tres cubitos y un chorrito de licor.

–Otro caso cerrado. Esta debe ser una de las confesiones más impresionantes que he podido escuchar nunca, Vincent.

Pues tú tienes parte del mérito. El plan fue organizado por los dos, así que, ven aquí. Te mereces una copa –le señaló el vaso que había en su mesa–. Y, no te olvides de llamar esta noche a tu mujer, estará preocupada.

Ya he hablado con ella. Se preocupa más por ti que por mí… No sé si eso debería perturbarme –bromeó su ayudante.

Es una mujer muy creyente, como la gente de este pueblo. A veces creo que ese tipo de personas son las más vulnerables, porque son capaces de creerse cualquier cosa, si se la dice alguien en quien confían –se encendió un cigarrillo, y reanudó el hilo de sus pensamientos–. Pasó lo mismo con el caso del párroco asesino, nadie quería creer que era el culpable, todos hubiesen jurado que era inocente, y todos se hubiesen equivocado. En este caso, el pueblo creyó estar bajo el dominio de una bruja, y aplaudieron a los asesinos de esa pobre joven, porque los consideraron realmente héroes. ¿Cómo es posible que el ser humano se deje llevar de ese modo, ignorando la racionalidad?

La mayoría de ellos todavía no puede creer que les engañaras en la plaza esta mañana. Pasarán días hasta que despierten de su engaño.

Y lo mismo le pasará al señor Losada. Creyó que sus trabajadores le hacían vudú, y simplemente cosían muñecos para ganar un dinero extra. ¿No es absurdo? Quien cree en esas cosas, termina afectado por ellas.

–Le dijiste que te pondrías en contacto con él, ¿qué le dirás?

–La verdad. Que sus trabajadores buscan un segundo empleo para llegar a fin de mes, y que no tienen poderes, solo hambre.

¿Crees que al comisario le gustará saber cómo hemos resuelto este caso? –se carcajeó Javier.

Supongo que no, pero a ese hombre no le parece bien nada. Así que, vamos a disfrutar de esta botella, y mañana ya nos preocuparemos si hace falta –levantó la copa, y sonrió–. Salud, compañero.

Carme Sanchis

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Comments
One Response to “La bruja”
  1. olgabesoli dice:

    Y aquí tenemos otro caso del detective Vicent. Esta vez me ha destacado que toques el tema del fanatismo. Muy bien. Neve, tu ilustración me gusta mucho, sobre todo, la luz que desprende, la luna con su aureola misteriosa y ese fuego.

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