Vudú de andar por casa

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Género: Relato Humor Negro

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. Las ilustraciones son propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Vudú de andar por casa.

La mujer estaba sentada, sola tomando una taza de café.

Plácidamente se restregaba contra el respaldo acolchado del banco de madera y apoyaba los brazos sobre la mesita de mármol.

Sus pensamientos volaban en mil direcciones. Se encontraba tranquila aunque cansada. Había sido un día muy movido y le relajaba mucho pasar un rato en esa cafetería por la que sentía cierta predilección.

Mientras sorbía el cálido y reconfortante líquido que saboreaba con deleite, se fijó en la mesa contigua a la suya. Unas mujeres jóvenes hablaban en voz alta y gesticulaban. Una de ellas parecía llevar la voz cantante.

Ilustración de Rafa Mir

Se acordó de cuando ella tomaba café con sus antiguas compañeras de trabajo, con unas amigas, en una cafetería no muy distante de la que se encontraba.

Algo le hizo aguzar el oído. Ese ‹‹algo›› era las palabras velas negras, vudú, magia negra.

Se sintió irremisiblemente atraída por la conversación. Afortunadamente podía escucharlas con cierta nitidez. El tema se le antojaba prometedor.

Las conversaciones entre ellas se centraban —al parecer— en la posibilidad de practicarle un vudú a alguien: ponerle velas negras y que le saliera un grano en cierta parte húmeda y delicada.

Le entró la risa y procuró concentrarse más en la conversación sin que se notara demasiado.

Esa tía es una cabrona. La odio. Con lo a gusto que estábamos en el trabajo y tuvo que aparecer la muy puta a desbaratarnos todo lo que teníamos montado. ¡No la soporto! Por eso os digo que voy a comprar unas velas negras y se las voy a poner.

¿Y dónde se las vas a poner, en los cuernos?, ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja

¡Vudú, vudú! Hay que hacerse con algo que le pertenezca o bien con algo que haya escrito.

Un apunte, una anotación. Algo que haya tocado. He leído en no sé dónde que basta con que se tenga la letra de la persona a la que deseas fastidiar un rato.

¿Bastaría con la firma?

¿Alguien tiene algo escrito por esa zorra?

La mujer, que escuchaba tan inquietante conversación, sonrío. Estaba deseando saber el final de la curiosa conspiración de unas chicas, por lo visto, muy decididas a practicarle un vudú a una señora a la que odiaban con toda la acritud del mundo.

Recuerdo que Ángela tiene un libro que le regaló esa tía en uno de sus cumpleaños y creo que está dedicado.

¡Perfecto! Entonces lo único que hay que hacer es que nos preste el libro y nos encargamos con mucho gusto de la misión.

‹‹La misión›› era, sin duda, montar el número de vudú aunque no tuvieran la representación de la víctima como una pequeña muñeca de trapo a la que clavar agujas o alfileres a diestro y siniestro.

‹‹Las conspiradoras›› se contentaban con su firma o la dedicatoria en un libro.

¡Esperad! Es posible que haya algún papel por ahí, en la sala o en su despacho que esté escrito a mano por ella.

Bueno, intentaremos encontrar algo que nos sea útil. Pero hay que camelarse a Ángela para que nos pase el libro. Y ya sabéis que Ángela es un bicho raro de cojones.

La mujer protagonista de esta historia —a riesgo de creer que la verdadera protagonista es la víctima— se lo estaba pasando de maravilla porque sentía que la emoción y la incertidumbre la consumían.

De buena gana, se hubiera acercado al grupito y les habría contado su propia experiencia: cuando era joven con una supuesta amiga que era una hija de puta con todas las letras.

Pero se contuvo y esperó hasta saber cómo terminaba esa tenebrosa aventura si es que no le fastidiaban el final alguna parejita haciéndose arrumacos en la mesa de al lado, riéndose a carcajadas o una panda de abuelos que iban a tomarse un chocolate caliente con cruasán y que charlaban por los codos.

Vamos a poner en práctica nuestro plan para la próxima semana. Cuando veamos a Ángela, le digo que estoy muy interesada en el libro y que me lo preste cuanto antes. Espero convencerla porque esa loca rancia no te da ni la hora. Pero yo sabré manejarla.

Mira que el librito que le regaló la muy cursi La etiqueta de las edades es para morirse. Sólo una gilipollas como la coordinadora que nos ha tocado, para desgracia nuestra, puede regalar libros de este tipo y con ese titulito ¡y más regalárselos a una chivata como Ángela!

Pues claro, a ver qué libro iba a leer esa subnormal.

Cuánto más las escuchaba, más se divertía y se metía en la piel de esas chicas que tan entusiasmadas elaboraban su plan para practicarle vudú a una indeseable como era su coordinadora y que, parece ser, que tenía alguna simpatía por esa tal Ángela ― que dicho sea de paso― era una tía rara, cursi y chivata.

¡Pues menudo panorama! La mujer pensó para sí, si no sería más práctico hacerles vudú a esas dos energúmenas y así mataban dos pájaras de un tiro.

Estuvo tentada de proponérselo cuando una de ellas espetó:

¿Y si les hacemos el vudú ese a las dos asquerosas estas?

La mujer no podría esperar a la próxima semana o quizás a la siguiente de lo intrigada que estaba.

Nuestro plan está en marcha. Pero hay que ponerse un poco sobre vudú. No es difícil. Basta con hacernos con un manual de bolsillo de los que venden a cuatro euros para hacer las cosas medianamente bien.

¡Ah, no! Las cosas se hacen bien o no se hacen. El vudú hay que practicarlo creyendo absolutamente en lo que vas a hacer.

Pero podemos hacerlo mal. Podemos meter la pata y que se vuelva contra nosotras. Yo no estoy dispuesta a tener movidas chungas. Creo que lo más práctico es empujar escaleras abajo a una y ponerle la zancadilla en el borde del andén a la otra cuando vaya a pasar el tren.

No está mal. Pero son muchas molestias. Intentemos lo del vudú y a ver qué pasa.

La mujer no podía más. Cuando apuró su café, se levantó y se acercó a las chicas.

Con una encantadora sonrisa les pidió disculpas y les aclaró que había escuchado su conversación —al principio, involuntariamente— y que ella misma tuvo una experiencia hacía mucho tiempo, cuando era tan joven como ellas, con una persona que conoció y que era una perra de mucho cuidado, a pesar de la cara de buena, los modales de buena, la sonrisa de buena y la pose de buena que expandía a su alrededor.

El grupo la miró con simpatía y la invitó a que se sentara.

La mujer se sintió complacida y comenzó a contar la historia.

― Sí, así es. Decidí practicarle un vudú de andar por casa. No tenía ningún libro dedicado por ella, pero sí que poseía un pañuelo que se dejó una vez en una fiesta y yo — en ese momento y sin saber por qué— lo cogí y me lo guardé. Pasó algún tiempo y mi animadversión se acrecentaba porque estaba jodiéndolo todo. De modo que me empapé de temas de magia negra, vudú, velas negras y esas cosas y con el pañuelo formé una muñequita. Sabía que la prenda estaba impregnada del olor al perfume que solía ponerse: Happiness. Así que tenía la posibilidad de que mi sesión privada de vudú fuera más efectiva porque el perfume —bastante desagradable, por cierto— había estado en contacto permanente con su ropa y su piel.

― Y… ¿qué pasó?

Preguntó una de las chicas con una expresión de evidente expectación.

―Pues que inicié la sesión una noche muy oscura, sin luna ni estrellas ni nubes ni nada. Coloqué la muñequita sobre un pequeño recipiente de barro y concentrándome en lo gorda que me caía y en lo repelente que me parecía, comencé a clavarle los alfileres, muy despacito eso sí. Bueno, despacito al principio porque cuando le clavé dos o tres me puse frenética y los hundí con tanta saña que atravesaron el cuerpecillo de la muñeca.

― ¡Joderrrrrrrrrrrrrrrr!

Exclamó una.

― ¡Continúa!

Suplicó otra.

― Mientras clavaba los alfileres, deseaba que le entrara una cagalera murciana de esas que te dejan el cuerpo para el arrastre.

-¡Ja,ja,ja,ja,jaaaaaaaaaaaaaaaa!

Se descojonaron todas al unísono.

― ¿Y al final el vudú funcionó?

―Eso parece, porque estaba con retortijones y con diarreas. Pasado un tiempo se recuperó. Yo, como comprenderéis, no tenía valor para comentarlo con nadie. Pero no podía resistirme. Así que se lo casqué a una buena amiga mía que también compartía conmigo el mal rollo que nos daba la tía esta y, la verdad, nos entró un poco de canguelo porque ya no sabíamos si era el vudú que había funcionado o simplemente se había atiborrado a pimientos verdes y eso le había producido la diarrea. ¿Coincidencia? Vete tú a saber.

― ¡Ja,ja,ja,jaaaaaaaaaaaaaaa!

Descojone general

― Escucha, nosotras quedamos los viernes por la tarde en este café a la salida del curro. Si quieres a la próxima reunión que será dentro de dos semanas, te invitamos con muchísimo gusto, y te contamos qué es lo que ha sucedido con nuestro vudú casero.

― Sí, aunque no podamos hacer una muñequita, utilizaremos como frases rituales algo como: ‹‹a ver si te sale un grano en el parrús›› o ‹‹a ver si te tropiezas por ahí y te quedas en tu casa de baja por una buena temporada››.

― ¿Y no sería mejor que con la letra y unas velas negras, pidierais que la trasladaran de lugar de trabajo? Aunque no es magia negra, pero blanca tampoco, resulta menos…siniestro.

Ilustración de Rafa Mir

― Pues tienes razón. Lo vamos a intentar de ese modo. Pero en cualquier caso delo del grano en el parrús no la libra ni Dios.

De nuevo descojone general.

― Oye, y la tía esa que te caía tan mal ¿qué pasó con ella?

―Pues que la ascendieron en el trabajo y se largó a vivir a Barcelona.

― ¡Ojalá nos saliera todo bien! Qué se largara por ahí a hacer puñetas y nos la quitáramos de encima. Eso sería lo ideal. No somos tan malvadas o crueles, no te vayas a creer.

― Eso mismo pensé yo en su momento. Bueno, habrá que ser pacientes. Espero que tengáis suerte y que la larguen a otro centro de trabajo lejos de vosotras. Me pega que sois un grupito bien avenido y tener a una superiora en el curro que hace la vida imposible a la gente, es un mal rollo.

― Pues sí porque te entran unas ganas locas de cagarse en su puta madre que no veas.

― Tengo que marcharme. Me alegro mucho de haberos conocido. Dentro de dos semanas, estoy por aquí, os lo prometo.

Se levantaron y la besaron. Antes de irse se dijeron sus nombres y se despidieron.

La mujer salió rejuvenecida. Recordar aquella anécdota aunque ella lo llamara experiencia le había venido de perlas. Antes de salir por la puerta, levantó la mano y las saludó.

― ¡Buena suerte, chicas!

A veces lo más sencillo es lo más efectivo. Un vudú de andar por casa. Si no es con una muñequita de trapo o barro, sí se puede hacer con algo de la persona a la que deseas joder por ser una arpía con aviesas intenciones o a una tía insoportable que te hace la vida igual de inaguantable en tu trabajo.

Al cabo de dos semanas se encontró con las chicas que estaban muy contentas.

El vudú doméstico practicado había resultado doblemente efectivo: la coordinadora se había encargado de un proyecto nuevo en la isla de Gran Canaria (o sea a unos cuantos kilómetros fuera de la vista de las chicas) pero no le había salido ningún grano en el parrús, no que ellas supieran. Y a la compañera chivata, la habían tenido que llevar de urgencias en una ambulancia porque se había dado un golpe con una gran caja que sobresalía de una estantería y se había abierto la cabeza. No era muy serio, pero la mantendría apartada del trabajo durante algunas semanas. Y, ¿quién sabe si también la trasladarían a otra parte?

Había que festejarlo y, lo festejaron. Ahora la mujer compartía un curioso secreto con esas chicas. Un secreto basado en un vudú sencillo sin muchas pretensiones o unas velas negras colocadas con cierto fervor o quizás una simple y pura coincidencia.

En cualquier caso: objetivo cumplido.

Paloma Muñoz 

23 febrero 2014

 

 

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Comments
5 Responses to “Vudú de andar por casa”
  1. Paloma Muñoz dice:

    Un afectuoso saludo a Rafa Mir que ha realizado dos ilustraciones estupendas con sus preciosos y característicos tonos suaves que no por ello dejan de resultar tan inquietantes como la “inquietante historia” que cuento.
    Un abrazo, Paloma

  2. Mariola dice:

    ¡Ja, ja, ja! Ha sido como si te estuviera viendo contando esta historia, Paloma. Como si nos hubiéramos juntado en el garito habitual para conspirar y despellejar a algún personal que nos hemos encontrado por ahí. Me lo he pasado estupendamente y encima te ilustra el maestro Mir, o sea, una pasada como es habitual en él. Total, otro descojone y mi reverencia hasta el suelo. 😀

  3. Paloma Muñoz dice:

    Jajajaja, gracias, Mariola. En parte es una historia real -sólo en parte, ¿eh?- No te vayas a creer que soy tan perversilla. Pero ¿a quién no le han entrado ganas de practicar un vudú al alguien que te está tocando los cojones?
    Una coordinadora que tuve, en dos ocasiones en dos proyectos, era una cabrona que me daban ganas de cagarme en su p. m, pero, claro, me tenía que aguantar y contar hasta cien. El “odio” que la profesábamos era general en el grupo. Eso me inspiró -en parte- para hacer el relato.

  4. olgabesoli dice:

    ¡Madre mía! Vaya grupito de mujeres de armas tomar. Y de las otras, la coordinadora y su chivata, ni te digo… Miedo me das, Paloma, cuando hablas de vudú con esa soltura… jeejej. Pero… ¿a quién no se le ha pasado nunca por la cabeza pensando en algún/a profesor, encargado, jefe, enemigo…? Te felicito por este relato divertido, natural y fresco. Y bueno, estoy con Mariola que Rafa es un maestro. Todo lo que pueda decir será poco. Las ilustraciones son perfectas. Me fascina esa taza en primer plano que nos recuerda que alguien está escuchando la conversación de las chicas. ¡Muy bueno, chicos!

  5. Paloma Muñoz dice:

    Gracias Olga. Me alegro de que te hayas divertido. Yo me lo he pasado en grande porque dá la casualidad de que a las dos perras esas las conozco y me he pensado más de una vez en hacerles un vudú. Jajajajajajaja.

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