E02-El fantasma de los libros

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Género: Negro

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Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E02-El fantasma de los libros.

Me gusta pasearme entre los estantes de las pequeñas librerías y deslizar los dedos por las letras impresas en sus lomos. Me gusta perder mis pasos por las amplias y silenciosas estancias de las bibliotecas y sacar de su reposo volúmenes que cuentan historias de viajes, de amores y de aventuras en lugares lejanos. Me gustan, sobremanera, las ferias de libros, con esa multitud de pequeñas casetas donde se amontonan manuales de jardinería, clásicos de la literatura universal en formato de bolsillo y cuentos para niños, con algún que otro escritor que firma ejemplares de su última creación. Me gustan también las luminosas librerías de los centros comerciales, y hasta la pequeña y raquítica biblioteca del CPPA.

Yo tenía un novio al que también le gustaba mucho leer y que decía que algún día sería escritor. A mí no me escribía poemas o cartas de amor, como se supone que hace un poeta a su enamorada, pero era porque reservaba toda su energía creativa para su verdadera obsesión, que no era otra cosa que terminar la novela que se traía entre manos desde hacía años y que, decía, le llevaría a codearse de igual a igual con otros genios de la literatura de apellidos tan ilustres como Llosa, Márquez, Pamuk o Auster. Yo estaba convencida de su éxito y lo esperaba con tanta ilusión como él.

Después de cinco largos años me empezaron a dejar salir: primero un día a la semana, más adelante, cuando vieron que me hacía mucho bien y que no era una amenaza para nadie, de lunes a viernes, pero debía volver sin falta antes de las diez de la noche. La primera mañana me bajé del autobús en la Plaza de los Luceros y, casi sin querer, mis pies me llevaron a la Librería 80 Mundos. Todo estaba igual que cinco años antes, el tiempo no había pasado en aquel lugar, pero sí lo había hecho por mí; mejor así, si no, seguro que el propietario me hubiera reconocido y no habría dudado un instante en llamar a la policía. No fue así, e incluso estuvo especialmente amable conmigo, tanto que dejó sobre el mostrador el ejemplar que estaba leyendo de “Orgullo, prejuicio y zombis” para atenderme. Pedí disculpas en voz baja a Jane Austen cuando salí con… no recuerdo su nombre —digamos que se llamaba Juan— para tomar un café tras cerrar la librería, y en compensación le prometí que no pasaría por alto tal vejación. Y ya no tienen nada más que suponer porque ocurrió lo que tiene que pasar a un hombre que no respeta a una mujer que escribe y a otra que sabe leer.

Mi novio, al que yo quería tanto, me había prometido que cuando terminara el libro al que tanto tiempo y esfuerzo estaba dedicando, yo sería la primera en leerlo, no solo porque yo era su novia y me amaba, sino porque respetaba mucho mi opinión sobre todas las cosas y máxime si se trataba de literatura.

Cada día que salía del CPPA necesitaba, como una drogadicta con el síndrome de abstinencia, rodearme de libros. Y entonces visitaba librerías como Logos, la de María de Puy, San Jorge o Maeva, y allí saciaba mi necesidad de tocar y pasar páginas llenas de historias. Otras veces prefería ir a la biblioteca, la de Benalua, el Cabo o la Diagonal. Pero tengo que reconocer que, para entonces, ya no me interesa tanto leer como saber qué era lo que leían las demás personas que entre los estantes abrían un libro y hojeaban las primeras frases o las últimas, que de todo hay, o las que se sentaban en los silenciosos cubículos de la biblioteca para leer ensimismados sin ser molestados. Tanto a unos como a otros me acercaba con disimulo y, casi siempre con éxito, lograba vislumbrar lo que leían.

En el FNAC hay de todo y, tengo que reconocer, que yo iba, como vulgarmente se suele decir, “con la mosca detrás de la oreja”. Llevaba tres días sorprendentemente perfectos: hombres, mujeres y niños que leían, jugaban e incluso compraban libros que se llamaban Las mil y una noches, Decamerón, El idiota, El tambor de hojalata, Moby Dick o Lolita. Todo me parecía demasiado perfecto para ser cierto y llegué a la conclusión de que no era posible de que en el país en el que vivo hubiera tantos lectores aplicados y justos. Pensé entonces que el error debía de estar en mi mirada, que sin yo darme cuenta solo tenía ojos para los libros bellos que tanto me gustaban y, por ende, en las personas que los llevaban en las manos. Hice un esfuerzo aquella mañana y me propuse, al atravesar la puerta automática del local, observar con atención sin dejarme llevar por mi necesidad. No tardó mucho en ocurrir —como suponía—, pero no me esperaba que fuera tan terrible ni tan rápido mi reencuentro con la realidad. Debería haberme preparado mejor para lo que se me avecinaba. Había señales que me decían que podía ocurrir algo horrible: un expositor de más de metro y medio de alto y repleto de libros me recibió en cuanto entré en el local. En la cúspide, la jeta —porque no puede ser cara— de uno que se hace llamar escritor y le pagan por ello. No quise mirarlo; me dolía demasiado, —él me obligó a romper un libro por primera vez en mi vida—.

Quise matarlo allí mismo. Ni siquiera intentó mirar entre los centenares de libros de las atestadas estanterías. Según entró, fue directamente al stand, cogió uno de aquellos panfletos y se fue a la caja a pagar. Muy cerca de allí brillaba unas letras doradas sobre fondo azul y me imaginé a mí misma como Ulises, abriéndole la cabeza al insensato con la obra maestra de Joyce. Pero no estoy loca, si lo hubiera hecho así no me hubieran dejado salir nunca más. Le seguí por la Avenida de la Estación y al detenerse para cruzar la Calle del General Lacy, recibí una señal en forma de un camión con matrícula de Zaragoza. Pensé: un camión de gran tonelaje que viene desde la ciudad donde nació el tipo que escribió esa basura que ahora lleva en una bolsa este desgraciado, y una cosa llevó a la otra y me pareció coherente y justo devolver de un empellón el libro y su inconsciente lector a la ciudad maña. Casi todo salió bien, por lo menos lo fundamental. Permítaseme la gracia de decir que fui muy “mañosa”, y solo con un leve y discreto empujón fue suficiente para que, pongámosle un nombre y digamos que se llamaba Juan,  saliera lanzado por los aires hasta que tocó de nuevo el suelo una decena de metros más allá. Había mucha gente en ese momento esperando para cruzar la calle, y la aglomeración previa y el posterior tumulto que se formó alrededor del inerte y ensangrentado cuerpo de Juan me permitieron pasar totalmente desapercibida. Y solamente digo que casi todo salió bien porque, si bien Juan ya no volvería a comprar basura, hubiera estado bien que el camión fuera cargado hasta los topes de excrementos y que con él se hubiese llevado a Juan y su recién estrenado librillo. Pero Juan se quedó esparcido por unas decenas de metros cuadrados del asfalto de Alicante y, para mí sorpresa, el maldito librito apareció, amenazante, a mis pies. No tuve piedad; no tuve más que darle un puntapié para que se colara en su lugar natural: el alcantarillado de la ciudad.

Yo tenía un novio al que quería mucho, no se puede explicar de otra manera ni sería posible entender el porqué pasaba los días y las noches con el perenne deseo de tocarlo, besarlo y, sobre todo, oírlo. Mi novio hablaba muy bien. Conocía a la perfección las palabras que a mí me gustaba escuchar y además las decía en el orden ideal para que yo me rindiera a todos sus deseos. Ya ganada para él, tengo que reconocer que en la cama era un poco desastre, pero no me importaba porque era muy tierno verlo palidecer e incluso llegar al desmayo cuando, tras breves minutos de torpes enviones, se deshacía en mí. Yo le quería mucho, aunque a estas alturas de mi historia seguramente nadie se lo crea.

A Juan —supongamos que se llamaba Juan— lo conocí en la Librería El Gato Blanco y me fijé en él porque era un chico muy guapo, o al menos de los guapos que a mí me gustan: delgado, alto, con una encantadoras gafitas rectangulares de color malva y una media melena recogida con una simple goma del mismo color que sus gafas. Llevaba puestos unos pantalones cortos vaqueros y una camisa blanca de manga corta que permitía ver, ligeramente, un pecho de hombre joven al que no le gustaba tomar el sol y que, ¡gracias a Dios!, no se depilaba. Una tiene sus necesidades, y aunque el sexo no es para mí una prioridad —como lo demuestra el hecho de haber tenido ese novio al que quería tanto— lo cierto es que me pareció oportuno y necesario relajar mi estricto estilo de vida y darme una satisfacción con aquel Juan que me recordó el mucho tiempo que llevaba sin sexo.

Pero casi nada es lo que parece y aunque sí hubo sexo, y del bueno, de ese que hace a una desear que jamás se canse el jinete y al que sin querer le dices que sí a todo aunque no te pregunte nada porque sabe que esa noche puede hacer lo que quiera contigo y… Pero no fue todo perfecto, simplemente por un error mío que me dejó descolocada y, aunque a lo largo de la noche que pasamos verificando la fortaleza de la cama se me fue en más de una ocasión la razón, recurrentemente volvía a mi cabeza el recuerdo de lo que tenía que hacer en cuanto el postrero sopor le llegara después de tantos besos, de tanto lamernos y de tanto derramar deseo. Juan debía morir; no le podía conceder el perdón por muy bien que follara y por muy cariñoso y gentil que se mostrara. Era imperdonable que el libro que llevara bajo el brazo cuando salimos de la librería llevara por título “¡Chúpate esa!”.

Me ofendía sobremanera que un chico tan majo, con esos pantalones que marcaban sin apretar y con esas gafas tras las que se escondían unos deliciosos y melancólicos ojos verdes, se hubiera dejado llevar por esa estúpida moda de las historias de vampiros y, en vez de leerse las cuatro o cinco buenas novelas del género, se dedicara a leer esa estupidez de Cristopher Moore.

Así que, aunque disfruté como nunca de aquel muchacho, no fue todo lo ideal que podría haber sido simplemente porque, lejos de lo que pueda parecer, no soy una psicópata y no mato por unos incontrolables deseos homicidas. Tengo razones para hacer lo que hago y sufro por tener que hacer lo hago; pero, si yo no lo hago, quién lo haría por mí. ¿Tú? Sí, tú. ¿Serías capaz de sustituirme en esta fundamental misión?

Comenzaba a llenarse el cielo de rojos y naranjas cuando Juan se quedó dormido. Estaba precioso, todo lo largo que era, con su bonito culito bañado por la tenue luz de la recién estrenada luna. Pero no quise mirarlo más y me fui directamente a la cocina a por el cuchillo que acabaría con su joven vida.

En el fregadero los platos sucios de al menos una semana. La nevera llena de luz y tan solo un envase de mortadela con aceitunas hacía compañía a una solitaria botella de vino. En un cajón, un cuchillo digno de una película de miedo. Sobre la mesa quince o veinte libros y uno montón de hojas desparramadas en un orden entendible solo para él, pero que llamó mi atención y al que dediqué no menos de una hora para conseguir sacar una conclusión.

Creo que fue el momento más feliz de mi vida, y se lo demostré a Juan llevando a la cama la mortadela y el vino y haciéndole cosas que dudo mucho que nadie antes le hubiera hecho, y dejándole hacerme cosas que seguro que nadie me había hecho y nunca nadie más que él me haría.

Juan era estudiante de antropología y estaba haciendo una tesis sobre el mito del vampirismo en diferentes culturas a lo largo de la historia. Para documentarse tenía sobre su mesa títulos como Drácula, Crónicas vampíricas, El manual del iniciado, Conceptos racionales y cristianos sobre vampiros o chupasangres, El mundo de los fantasmas, El vampiro en Europa o La novia de Corinto. No creo que haga falta decirlo, pero por si acaso hay alguien con pocas entendederas leyendo esta historia, le diré que, a día de hoy, este Juan sigue vivo.

Yo tenía un novio al que quería mucho y que un día me dio, como el que entrega su más preciado tesoro, el manuscrito de su primera novela. También yo, emocionada y exultante, recogí entre mis manos su presente sabiendo que era muy afortunada por ser la primera en leer una de las más bellas historias de la literatura. Juan, —que en verdad así se llamaba mi novio—, tan solo me dijo que le llamara en cuanto terminara de leerlo y, se fue dándome un tierno beso en los labios.

Eran las nueve de la noche cuando Juan se fue de mi casa y a las doce y media ya había terminado de leerlo; pero no le llamé. Me tomé un café. Me temblaban las manos. Me fumé seis o siete cigarrillos encendiendo el uno con el anterior y volví a leer la novela. Eran las cuatro de la madrugada cuando terminé de leer por segunda vez la novela y fueron las siete cuando la terminé de leer por tercera vez. Después de ducharme llamé a Juan.

Me dio tiempo a tomarme dos cafés y acabar el paquete de tabaco que había empezado la noche anterior antes de que Juan llamara al timbre. No me levanté de la silla de la cocina porque Juan tenía llave de mi casa y porque él tenía la rara costumbre de llamar antes de entrar —según me había explicado una vez, porque no soportaría entrar un día y encontrarme fornicando. Prefería llamar para dar tiempo a que mi posible amante se pusiera los pantalones—. El resto de la historia, o al menos la más sangrienta y morbosa, ya la conoce todo el mundo porque los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia en el momento en el que sucedió, y además volvieron a contarla otra vez, con pelos y señales, un año después con motivo del juicio en el que se me condenó a quince años de reclusión en el Centro Psiquiátrico Penitenciario de Alicante, más conocido por sus siglas CPPA. Lo único que puedo añadir para completar esta historia es lo que no dijeron los medios de comunicación ni la sentencia del tribunal que me juzgó, que no es otra cosa que el porqué de las veinticinco cuchilladas con las que maté a Juan. Y no lo dijeron porque yo nunca se lo conté a nadie… hasta ahora.

Yo quería mucho a mi novio, y él me correspondió con engañó todos los años que estuvimos juntos. Juan había escrito un verdadero bodrio, un montón de palabras que imitaban con torpeza palabras escritas por otros mucho antes. Era pretencioso a ratos, para luego hundirse en un insufrible continuo de te quieros y besos sin sentido, para más tarde “ponerse estupendo” haciendo presuntas referencias cultas a ilustres escritores como Sam Savage o Stendhal. De este último incluso utilizó su nombre verdadero, Henri Beyle, para nominar a dos insulsos, absurdos y mediocres personajes de su libro. La historia no la voy a contar porque entonces yo también debería darme muerte y porque no creo que nadie más deba padecer lo que yo sufrí aquella noche leyendo, por tres veces, la patética novelita escrita por mi difunto novio.

Tan solo para prevenir al despistado lector que pudiera tropezarse con el libro de Juan —el muy sinvergüenza también me había mentido en eso y había mandado el manuscrito a una editorial que, con ocasión del juicio y aprovechando el tirón mediático de mi historia, había decidido publicarla— en alguna perdida librería y tuviera la peregrina intención de comprárselo, que el título del engendro es: “Amores mecidos por el viento. Amores perdidos. Amores eternos”. Pero si a pesar de todas mis advertencias aún insistiera en adquirirlo, recomendarles que miren antes a su alrededor porque puede que esa chica tan mona vestida de azul a la que usted todavía no ha prestado atención decida meterle el libro de Juan por semejante parte, ya sea antes o después de matarlo.

FIN

Juan Ramón Lorenzana Fernández

Ilustración de Marta Herguedas

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Comments
2 Responses to “E02-El fantasma de los libros”
  1. olgabesoli dice:

    Juan Ramón, me lo he pasado genial leyendo tu relato. Por suerte es ficción ¿verdad? y podemos seguir comprando libros como Orgullo y prejuicio y zombies (que confieso haber leído y, encima, me gustó) sin temer que alguien nos mate por ello aunque le sobren razones… Y Marta, me encanta el tono rojo sangre ue tiene tu ilustración y que acompaña perfectamente al relato. ¡Muy buen trabajo de los dos!

    • Gracias, Olga. Sí, es sólo ficción, no conozco a nadie en este país nuestro que se tome tan en serio la literatura. Aquí solo nos cabreamos cuando a la Selección la echan del Mundial.
      Y a mí también me gustan los zombies; además, como ya están muertos, no te da remordimiento de conciencia meterles una bala en la cabeza.

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