E04-El fantasma de los libros

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Género: Relato negro

Rating: +13

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo. Las ilustraciones son propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E04-El fantasma de los libros.

 

Ilustración de Paloma Muñoz

Helen me besó emocionada. Hacía un año que no nos veíamos, aunque hablábamos con frecuencia. Podíamos pedirnos lo que quisiéramos o necesitáramos porque dejaríamos todo para ayudarnos. Así que salí inmediatamente cuando me llamó aquella mañana en un sollozo.

Mil suposiciones en seis horas conduciendo, un nuevo récord para mi maltrecho coche y para mí, con un catarro mal curado como secuela del gélido rescate en Chicago. Una lluvia incómoda me dio la bienvenida a Midtown. Cuando aparcaba delante de su casa, vi a Helen abrir la puerta y salir corriendo. Al bajarme me abrazaba y empezaba a llorar entre aquellos cariñosos besos que le devolví.

—¡Oh, Lloyd, tú la encontrarás!

Claro. Cálmate, cielo.

—¡Qué poco has tardado! Debes de estar muy cansado.

No te preocupes. ¿Y Andy y Matt?

—Con el sheriff, y mamá no se ha movido de aquí.

—¿Y?

Dentro también. Pero ya sabes, no ha podido ir a la batida y está furioso.

Seguro. Vamos, nos estamos mojando.

Un beso más a sus preciosos ojos verdes, más limpios y brillantes que los míos. Llevaba el largo pelo castaño mal recogido en una coleta, pero su mirada y su cuerpo dejaron de temblar cuando quiso sonreírme abiertamente. Helen era mi hermana pequeña y me adoraba, pero yo la adoraba más.

En el porche mi madre me recibió con los mismos ojos verdes húmedos pero más apagados. Su beso y abrazo fueron más templados y su ánimo contenido, con esa conformidad propia de ella para lo que deparase el destino. Pero la noté más frágil.

—¿Cómo estás, hijo? Te veo delgado y muy pálido —dijo con media sonrisa llena de calidez.

—Y yo a ti más guapa. —Le tembló la barbilla y yo se la alcé—. Eh… Aparecerá y estará bien. Ya lo verás.

Ella asintió reponiéndose enseguida.

Mi padre estaba en la cocina, sentado en una silla bajo el teléfono en la pared, con la mirada perdida y un cigarrillo entre los dedos. Simplemente levantó un poco las cejas al verme y se tocó el eterno bigote un instante.

Ah, tú… —dijo con la voz cavernosa y el destello lobuno en los ojos que me había dado.

—Hola, papá. Ya veo que estás bien. —Él se encogió de hombros dando una calada. Entonces Helen me ofreció una taza de café—. Gracias. Vamos, siéntate y cuéntame bien qué ha ocurrido.

La tarde anterior. Alice y unas amigas preparaban un trabajo en la biblioteca. Estaba en el primer año de instituto y siempre había sido muy aplicada, también responsable, y estaba contenta. Debían presentar el trabajo al final de semana, pero era de Física y a ella no se le daba muy bien, por eso se quedó un poco más cuando las amigas decidieron irse. La bibliotecaria había dicho que antes de irse Alice se había llevado prestado un libro, porque le gustaba mucho leer cuando no tenía que estudiar; después se había marchado, pero no llegó a casa. Matt tampoco sabía dónde podía estar porque la última vez que la vio fue a la salida del instituto, cuando ella le había dicho que se iba con las compañeras pero que no volvería tarde.

No había ocurrido nada para que Alice hubiera querido irse por propia voluntad. Jamás había dado problemas, ni de conducta ni por los estudios. Al contrario, era popular en su clase, y en casa, aunque ella y Matt estaban en una edad difícil, Helen y Andrew no eran padres severos o controladores. Sucedían los desacuerdos normales, pero nada que hubiera significado un motivo serio para marcharse así.

Esa misma noche, tras llamar a familiares y a las amigas para preguntarles, denunciaban su desaparición.

Las hipótesis se disparaban: que al salir de la biblioteca se hubiera sentido mal de repente y algún transeúnte la hubiese ayudado. Pero lo normal hubiera sido que más gente hubiese visto lo ocurrido o ese transeúnte hubiese avisado; o que se hubiera encontrado con alguien conocido porque Alice jamás se hubiera ido con un extraño. Y ahí los supuestos se volvían pesadillas. Yo no pude evitar recordar el horror del caso Lohr y sentir que se me helaba el corazón. Y si era un secuestro, de momento nadie había contactado para un rescate. Pero no imaginaban quién podría tener interés en algo así: solo eran una familia de clase media, Helen regentaba una modesta mercería y Andrew llevaba una empresa de construcción con otro socio que les daba beneficios para una vida cómoda pero sin ningún lujo. Además, Midtown era un pueblo pequeño y el sheriff Patterson, que, aunque retirado, continuaba echando una mano a sus colegas que ahora comandaba su hijo, tenía bastante controlados a todos los forasteros que aparecían. Otro dato positivo era que no había habido casos recientes de ataques sexuales o desapariciones de chicas ni allí ni en localidades alrededor.

Entonces llegaron Andrew y Matt con Patterson y el serio gesto de mi sobrino se cambió por la misma ancha sonrisa de Helen cuando me vio.

—¡Tío, ya estás aquí! ¡Sí! ¡Les dije que te llamaran enseguida!

El chiquillo que de repente había crecido un palmo y había cambiado la voz se detuvo dudando entre seguir siendo chiquillo o echarme formalmente la mano. Optó por lo segundo y además quiso apretar como un hombre. Así que yo también tuve que ser formal. Pero igual que estaba estrenando las poses, al instante le temblaban los mismos ojos también heredados de su abuelo materno.

Tranquilo. La encontraremos y estará bien. —Le sonreí mientras él se mordía el labio.

Helen lo cogió de un brazo, calmándolo cariñosa, y mi madre lo hizo sentarse. Yo le eché la mano a un abatido Andrew y por enésima vez me pregunté qué era lo que les había dado a sus hijos, porque ninguno tenía ni su tranquila mirada color miel ni su pelo rubio. Quizás la serenidad y sencillez de su afable carácter.

—Lamento muchísimo esto, Andy. Espero ser de ayuda.

—Seguro. Gracias por venir tan rápidamente.

—¿Habéis sabido algo? —preguntó mi madre.

Andrew negó con la cabeza y Helen también le servía café después de darle un beso y abrazarlo amorosa.

Pero mañana abrirá el tiempo y seguiremos. ¿Qué tal, Lloyd? Me saludó Patterson.

—¿Y por dónde vais a seguir? ¿Hasta Whitepeak? ¿Creéis que mi nieta ha subido allí de excursión? dijo entonces ásperamente mi padre.

Todos los muchachos están trabajando, Frank, pero esta lluvia

—¡Una chiquilla no desaparece sin más! ¡Alguien tuvo que ver algo!

—Y en eso estamos, pero…

—¡Pero qué, Josh! ¡Tu hijo no tiene ni idea ni sabe hacer nada!

—¡Papá, basta! ¡Lo último que necesitamos es tu mal humor! Lo reconvino Helen. Lo siento, jefe. Sabemos que están haciendo lo que pueden.

—Sí, pero es solo que sin ninguna pista está siendo muy difícil investigar. Lloyd podrá echarnos una mano. Se movía mejor que nadie y encontraba las piezas más difíciles.

Me sorprendió la deferencia de Patterson conmigo después del desprecio hacia su hijo. Lo que no me sorprendió fue la réplica de mi padre:

Ahora viste traje y corbata.

Ignoré el comentario y me dirigí a Patterson:

—Imagino que siguieron los pasos de Alice tras salir de la biblioteca.

Sí, y hablamos con la vecindad del recorrido más habitual para llegar aquí. Nadie vio nada extraño.

—Helen, me has dicho que no hay ningún chico. ¿Seguro? 

Ella dudó un momento antes de responder:

—Me hubiera enterado.

—O no —dije con mi mejor tono objetivo.

—Pero todavía es muy joven. Yo hubiese visto… —Se calló. Ambos recordamos que ella también tenía quince años la primera vez que salió con un chico y lo que pasó. Yo miré a mi sobrino.

—Matt, hay cosas que solo se hablan entre hermanos, ¿verdad? Yo también tapé a tu madre varias veces.

El chico se asustó cuando todos los ojos se clavaron en él.

—Matthew, si no sabes nada pero crees saberlo, dilo, hijo —le habló Andrew.

—No, solo sé que, que Alice les gusta a muchos chicos, pero

—¿Amigos tuyos? ¿Mayores? pregunté.

No, de su clase. Tom Griffith es uno, pero ha venido en la batida y estaba muy preocupado también.

—¿Y la mejor amiga de Alice?

Es Maggie Potts.

Vamos a hablar con ellos otra vez. ¿Nos lleva, Patterson?

Voy contigo dijo Helen, con energía renovada.

Os puedo llevar yo se ofreció Andy.

—No, quédate y descansa.

—Tú estás tosiendo mucho, hijo —dijo mi madre.

Estoy bien y necesito estirar las piernas.

—¡Yo voy, tío!

No, quédate con tu padre. Ya habéis hecho bastante.

Vaya, cómo organizas todo… —comentó mi padre, sarcástico.

Entonces sonó el teléfono. Se levantó inmediatamente, lo cogió y contestó con ansiedad; después fruncía el ceño hacia el sheriff para tenderle el auricular.

—Aquí Patterson. Sí… Bien… Ya vamos.

Cuando colgó hizo una ambigua mueca.

—¿Qué, Josh? ¡Maldita sea, di! —gritó mi padre.

—Han encontrado un cuaderno en el recodo de un camino cerca del cruce a Pointville.

La cuidadosa caligrafía de su hija anegó los ojos de Andrew, que se vino conmigo y Patterson después de insistirles a todos en que siguieran allí por si hubiera más noticias.

Helen demostró lo fuerte que era y mantuvo la calma. Ahora había un rastro y ella también había aprendido, como mis hermanos y yo, que lo más importante era centrarse en él y no pensar en nada más. Era lo que mi padre nos había enseñado cuando nos llevaba a cazar. Y por primera vez él me miró borrando la niebla que me destinó desde que regresé sin ellos de la guerra. Conocía aquella zona como la palma de la mano, pero después de haberse partido la cadera en una caída casi mortal, ya no podía moverse como quería. La frustración y la pérdida no asumida de mis hermanos lo habían amargado cada día más. Pero ahora me miró olvidando todo porque posiblemente había volcado, o descubierto, un cariño único por sus nietos, en particular por Alice.

Paul Patterson tenía la misma cara bonachona de su padre pero me saludó circunspecto. Nos enseñó el cuaderno sucio y mojado que volvió a meter en una bolsa de plástico mientras nos contaba dónde lo habían encontrado, pero habían inspeccionado aquel paraje y no hallaron nada más. La lluvia borraba las huellas del terreno y ellos lo habían empeorado con sus pasos.

—Cerca solamente vive el viejo Peabody —dijo Paul—, pero está medio sordo y jura que no ha visto nada ni a nadie. Y ya he llamado a Pointville también. El problema es que sea una pista falsa. Además, en cuanto anochezca los chicos deberán volver porque no somos demasiados. Si tuviéramos más medios, pero… —concluyó con sincera tristeza. Paul sí sabía hacer su trabajo, al menos a la pequeña escala de Midtown, y se lo agradecimos.

Al marcharnos de nuevo con Patterson miré a Andy.

—¿Estás muy cansado? —Él negó—. Jefe, vamos a casa de los Potts.

Susan Potts, tan rubia y espectacular como siempre, nos abrió la puerta con gesto expectante que transformó en una suave sonrisa al verme.

—Oh, Lloyd, me alegro muchísimo, aunque sea en estas circunstancias. ¿Cómo estás?

—Bien, gracias. ¿Podríamos hablar otra vez con Maggie?

—Claro, entrad. Andrew, ¿sabéis algo? ¡Dios mío, ¿qué habrá ocurrido?!

Su marido, Gene Potts, el abogado más importante de Midtown, ya estaba en el salón. Maggie era como él: delgada, de ojos marrones y mirada inteligente. Contó detalladamente lo que habían hecho aquella tarde, pero era calmada y no mostraba el nerviosismo más adolescente. Estaba convencida de que Alice se había ido con alguien que la conocía a ella o a su familia. No les había ocurrido nada raro recientemente, ni con ningún chico, precisó, pero entonces se detuvo pensativa.

—¿Qué? —pregunté inmediatamente.

—No creo que tenga importancia.

—Cualquier detalle puede servir, Maggie.

—Fue hace tres días, en Literatura. Comentamos un artículo periodístico y el profesor nos dijo que el autor era de Midtown, aunque siempre firma con un pseudónimo, y que quizás viniese la próxima semana para una charla. No nos dijo su nombre porque así mantendríamos el interés y la verdad es que el pseudónimo era misterioso. Pero luego nos olvidamos, por eso no lo conté antes. Espere, lo traigo.

Enseguida bajaba con un papel que me enseñó. La firma me paralizó y Andrew me miró alarmado porque, además de la tos que me dio, mi palidez debió de ser como la de aquel pseudónimo.

—¿Estás bien?

Asentí recuperándome y levantándome.

—Gracias, Maggie, ha sido muy importante.

—¿Podemos hacer algo más? —intervino su padre.

—No. Gracias de nuevo. —Y tras despedirnos y salir le pregunté al jefe Patterson—: Siguen aquí los Harper, ¿verdad?

—Sí, ¿por qué?

—¿Sabe cuándo fue la última vez que vieron a su hijo Bob?

—¿Bob? Yo creo que no ha vuelto desde que se marchó al oeste.

—Déjenos en casa de mi hermana y acérquese. Sabrá preguntarles por él sin levantar suspicacias. Y dígale a Paul que localicen a ese profesor de Literatura por si lo conoce también.

—¿Qué pasa, Lloyd? —me pidió Andrew, angustiado.

—Bob Harper es ese Fantasma de los Libros.

—¿Y qué tiene que ver con la desaparición de Alice?

Pero me callé y miré a Patterson:

—Yo voy al cruce de Pointville.

—¿Por qué? Lloyd, no me gustaría que te metieras tú en otro lío. ¿Qué sabes?

—Permítame no decirle más porque quisiera equivocarme, pero si no he contactado en dos horas, mande otra vez a sus chicos por allí. Ah, tome. —Saqué una tarjeta de la cartera—. El teniente Tucker es un buen amigo. Llámenle de mi parte. Encontrará cualquier registro que haya de Bob y ese profesor.

Los mellizos Peter y Lane Hunter tuvieron labia y atractivo, y fueron magníficos cazadores que compartieron y defendieron siempre territorios y presas de toda condición, pero no fueron buena gente. Yo, tres años menor, los idolatré, seguí, serví y tapé en todas sus travesuras primero y fechorías después hasta que fueron demasiadas y peligrosas. La deserción me supuso la expulsión de su sociedad y amenazas constantes para que mantuviera la boca cerrada. No me importó y desvié la adoración hacia Helen, mi debilidad desde que nació cuando solo mi madre la esperaba ya, deseosa de una niña después de tres animales. Mi padre, que era duro pero no autoritario, nos quiso a su dura manera, pero no nos puso límites porque pensó que nos los enseñaría la Naturaleza, y le bastó con verles heredada su enorme fuerza. Yo también la tenía pero seguía siendo el pequeño y el más callado, y el traidor. Sin embargo, fui el que lo ayudé en la carpintería que puso cuando dejó de cazar, pero ellos nunca mostraron interés en nada más que seguir disparando y divertirse. Más tarde, a mi padre no le gustó que abrieran una armería, y le habría gustado menos si hubiese sabido cómo fueron ampliando el negocio, pero decidió cerrar los ojos.

Luego, alistarse para la guerra europea les pareció lo más lógico y además usarían el admirado arsenal militar. Eso sí que eran una gran cacería y armas poderosas. Pero allí tampoco dejaron de ser ellos.

Mi padre se negó a creer que los hubieran matado por unos defectos que también eran míos pero que yo sí supe domar al ver lo que hicieron con mis hermanos: el espíritu descontrolado, la fanfarronería y la nula compasión, sobre todo con los más débiles. «¿Es posible que coincidamos en esta jodida guerra con el Fantasma Harper? —había dicho Pete antes de que él y Lane llegaran con su compañía más adelantada a aquel helado bosque de Las Ardenas en la última ocasión que hablamos—. Siempre fue un mierda y un metomentodo. Le daremos otra lección como a su hermano». Y lo hicieron, pero al poco fue precisamente él quien les descubría los turbios asuntos de contrabando de armas con unos oficiales corruptos y que, en realidad, fue lo que les costó la vida. En la última fanfarronada por creerse que nadie los había detenido nunca ni lo haría ya, lograron escapar del traslado para un consejo de guerra pero se acercaron demasiado a las líneas enemigas y se encontraron las balas. Aquel dato solamente lo supe yo, y sus mandos, quizás porque mi extraordinaria hoja de servicios compensaba algo el deshonor de mis hermanos, lo omitieron. Los lloré porque a nuestra manera también nos queríamos, pero desde que no estaban no los echaba de menos. Sin embargo, mi padre no lo aceptó porque entonces sí vio lo que había querido ignorar, y la culpa que empezó a atormentarlo me envió también a mí a las sombras. Pero yo también tenía bastante con que me persiguieran las suyas y las de los que vi caer o maté, así que me fui poco después de regresar, sin reproches ni rencor para no crearlos ni convertirme en otro mal recuerdo.

Maldita sea. El cruce de Pointville. Debí haberme acordado. Ese cuaderno encontrado allí era la señal más clara, pero lo cierto es que me sentía mal y agotado.

El Fantasma de los Libros era el apodo con el que todos —hasta su hermano mayor Dean— llamábamos a Bob Harper. Por su aspecto enfermizo y carácter apocado, su piel lechosa y su mirada extraviada de lector incansable.

Dean salió con Helen unos meses bajo previa aprobación no de mi padre, sino de las tres bestias que la guardábamos. Fue inteligente porque supo seguirles el juego a Pete y Lane. De hecho, ocupó mi lugar cuando me desterraron, hasta que creyó que con aquella confianza podía ir más allá con Helen. Fue en una tarde de verano cuando, tras estar en el río con más amigos, quiso dar un rodeo al acompañarla a casa. Helen no era tonta pero se había enamorado por primera vez y, aunque había aprendido de sobra a defenderse con y de nosotros, aquella situación era distinta y no pudo controlarla. Solo la casualidad quiso que yo apareciera al regreso de entregar un recibo en la granja de los Cann, pegada también al bosque.

Dean tuvo suerte esa vez porque Helen consiguió detenerme mientras le gritaba que no volviera a acercarse a ella jamás. Después me hizo prometer entre lágrimas que no dijera nada porque no había pasado nada, aunque su pelo alborotado, su camisa rota, sus asustados ojos y los moratones que más tarde le salieron en los muslos y brazos me dolieran en el alma. Sin embargo, Pete y Lane sospecharon algo, más cuando Dean empezó a rehuirlos y ya no iba a buscar a Helen. Un malentendido, terminó diciendo, pero ellos lo entendieron perfectamente. Dos días más tarde Dean aparecía en aquel cruce de Pointville con la cara destrozada y tres costillas rotas. Nunca dijo quién había sido ni por qué. El destino, caprichoso, quiso que también cayera en Bélgica dos días después que ellos.

Así que, en un caso muy excepcional, la vida y la muerte se aliaron a la vez con los mellizos Hunter: les dieron veintisiete años y los trajeron y se los llevaron un mismo día.

Bob y yo coincidimos en la vuelta. Él con una infección pulmonar del tiempo que pasó inconsciente en la nieve después de la lección de mis hermanos. «A ti también te tocará», fue su despedida.

Helen quiso negar incrédula.

—No sería el primero ni el último que pierde la cabeza por la guerra aunque hayan pasado los años —dije—. Y a saber cómo le ha ido desde entonces. Pero si se ha vuelto más tarado y tiene que ver con esto, voy a ocuparme yo.

—¡Erais unos críos! —exclamó mi madre.

—Mamá, siempre fuimos fieras.

—Pero no estás seguro y tus hermanos ya no…

—Voy contigo —dijo Andrew decidido. Yo puse mi mejor gesto:

—Te entiendo, pero necesito que os mantengáis al margen.

—Hijo, has venido enfermo. Tienes fiebre. —Mi madre me tocó la cara suavemente.

—Déjalo, Ann. Yo iré con él.

Mi padre se había acercado. Nadie dijo nada más. Hubiera sido inútil.

—¿Qué tengo que saber?

—¿De qué?

—Habla, Lloyd.

—Vamos a llegar.

—Habla.

—Ya no importa, papá.

—¡Ahora es cuando más importa, joder!

—¡No! ¡Ahora hay que encontrar a Alice!

Frené, suspiré, reanudé la marcha y entonces sí me sorprendió:

—Fueron dos canallas malnacidos, yo lo consentí y tú todavía les eres leal. Y si ocurre esto porque aun llevando muertos tantos años siguen creando problemas, merezco este castigo. Pero si no, y aunque también merezca tu silencio, te suplico que me lo digas para poder descansar un día de tanto renegarlos.

Me detuve porque vi la señal del desvío a Pointville, pero no pude contestar y opté por lo que creía:

—Bob Harper debe de haberse desquiciado por mil razones más que una venganza de juventud. Es lo único que quiero pensar.

Entonces distinguí algo al pie de la indicación y bajamos de la furgoneta. La lluvia era molesta. Al acercarnos los vimos mejor: un libro y un papel arrugado.

Ilustración de Paloma Muñoz

—Los han puesto después. Es imposible que los hombres de Paul no los hayan visto —dije agachándome y cogiéndolos con cuidado. A la luz de los faros las manchas rojizas en ellos nos hicieron temblar. Desdoblé el papel. Una frase: ¿Es otro fantasma?

—Lo mataré —murmuró mi padre.

—Vuelve a la furgoneta. Yo seguiré.

—Ni hablar.

—No pienso discutir, papá. Quizá tenga cómplices, y él dudará también de si yo estoy solo o no. Así que nos separaremos y tú irás por el atajo de Downhill. Se llega antes al establo donde Peabody tenía sus caballos.

—Patterson ya había mirado allí.

—Harper ha podido ir trasladándola. Había un refugio también.

—Pero más arriba y está derruido desde que…

—Desde que Pete y Lane lo incendiaron después de apalear a Dean. Yo los ayudé.

—¿Qué?

—Fue la última vez que les fui leal.

Lo vi bajar la cabeza y negar antes de decir:

—¿Cuánto más callas, Lloyd?

—Vamos. Estamos perdiendo tiempo —dije solamente.

Regresó a la furgoneta arrastrando los pies, arrancó y se alejó. Yo eché a andar rápidamente mientras iluminaba el terreno con una linterna solo para ver otros posibles rastros, porque sabía guiarme en aquellas condiciones. Calculé veinte minutos hasta el establo y diez más hasta el refugio, pero no preví sentirme peor con cada paso que daba. Agradecí que solo fueran la fiebre y mi rodilla. Tampoco preví encontrar, apenas a trescientos metros y medio oculto entre maleza, el bulto de algo envuelto. Pero la última de mis previsiones fue el disparo a los pies cuando quise acercarme.

Me tiré al suelo y apagué la linterna. La fiebre se convirtió en hielo. Llevaba la 38 pero me quedé inmóvil. Evidentemente el tirador estaba esperando y se había aprovechado de la luz. Descubrí las cartas.

—¡Harper, ya me has traído aquí! ¡Hablemos! ¿O seguimos a oscuras? —grité.

Entonces oí un murmullo ahogado:

—¿Tío? ¡Tío Lloyd, ¿eres tú?!

—¡Sí, Alice! ¡Tranquila! ¿Estás bien?

—¡Me cuesta respirar y no puedo moverme!

Sin pensarlo me levanté y avancé rápidamente hacia la referencia que había hecho. Oí pasos a mi izquierda, pero llegué antes para tocar una tela mojada de arpillera. Alice estaba boca abajo, temblaba y tenía las manos atadas a la espalda.

—¡Ya, ya te suelto! —Cuando la liberé y la incorporé ella se quejó al intentar levantarse. Me asusté—. ¿Estás herida, cariño? ¿Te ha hecho daño?

—No, no, es la pierna. Un corte, creo, pero estoy bien.

Entonces nos cegó la potente luz de una linterna que se encendió frente a nosotros.

—En pie. Ya —dijo la voz agrietada de Bob Harper, cuya delgada figura nos apuntaba con un arma.

Me puse delante de Alice a la vez que la hacía sujetarse a mi cintura para que notara la pistola.

—Deja que ella se quede aquí. No puede andar.

—Calla y apártate.

—Esto es conmigo. Pero ¿por qué ahora y no haberme buscado directamente?

—He tenido alguna dificultad, pero he seguido tu trayectoria, aunque desaparecías tanto como la gente que buscas. Ahora he encontrado el momento y sabía que darías los pasos correctos. Quería asegurarme de que veías sufrir a los tuyos, ya que tus hermanos quedaron impunes.

—Ya tuvieron el peor castigo.

—No, tuvieron suerte porque están muertos. Los castigos han de vivirse.

—Pero no a costa de inocentes. Deja que ella se quede y yo iré donde quieras.

Se acercó más, pero entonces tuvo un fuerte ataque de tos, aunque mantuvo el arma apuntándonos. Recordé aquella infección pulmonar y entonces oí a Alice con la misma infinita compasión de Helen:

—Creo que está muy enfermo. No me ha hecho nada, tío, de verdad.

—Bob, yo tampoco me encuentro bien. —No mentí—. Deberíamos ponernos a cubierto.

—Ya no quiero ir a ningún sitio —contestó recuperándose, aunque distinguí cómo escupía.

—Si quieres disparar, es igual aquí o en otro sitio, pero entonces tampoco viviré ese castigo.

—Por eso he esperado a que estuvieras para dártelo con ella. Apártate.

—Sabes que no lo haré.

La tos lo atacó de nuevo y aunque bajó la linterna hacia el suelo, mantuvo el arma alzada. Pude verle la cara más fantasmagórica que nunca y supe lo que pasaba. Él habló derrotado pero con rabia a la vez:

—Sí, nunca me curé y en el hospital contraje tuberculosis, que ha estado latente hasta hace dos años. Pero empeoré el otoño pasado y hace dos semanas me desahuciaron, así que también se lo debo a tus hermanos y ya no me ha bastado con que estuvieran muertos. Tu sobrina no sabía que eran alimañas, ni tampoco lo que hicieron en la guerra y cómo los mandos borraron las pruebas. Yo me enteré hace poco y no pude entenderlo. Los militares siempre logran esconder el deshonor. Mi palabra contra la suya. Una vergüenza…

—Ahora lo pueden saber todos y será el mayor castigo para nosotros, te lo aseguro.

—¡He dicho que ya no me basta! —La alteración volvió a producirle tos.

—¡Mi tío Lloyd no es como ellos, y tú, si nos disparas, sí lo serás! ¡También has engañado y has hecho mal! —A Alice le salió la vena Hunter.

—Bob, escucha, ahora puedes dejar que nos disculpemos, aunque creas que ya no te sirve, o al menos, que te ayudemos en algo.

—¡No! ¡Sé que ya estoy muerto, ¿lo entiendes?, y quiero que vosotros también sepáis que vais a morir ahora!

—¡Tira esa pistola y levanta las manos, cabrón!

Mi padre apareció justo detrás de Bob que, sorprendido, intentó revolverse.

—¡No, papá! —Sé que grité.

Apenas segundos. Tres disparos. La linterna cayó y cuando me di cuenta, yo estaba de rodillas y Bob se inclinaba hacia mí. Pude sujetarlo para que no se me cayera encima y quedó tendido a un lado. Mi padre fue hacia Alice, que lo llamó también desde el suelo sollozando. La lluvia distorsionaba el haz de luz de la linterna y el rostro de Bob se contrajo, aunque sus ojos todavía quisieron brillar en su extravío.

—Lo siento mucho, Bob. Lo lamentaré siempre, de verdad. Todos lo haremos, pero ya teníamos el castigo. Ahora será peor —dije profundamente afectado.

Él solo asintió y su mirada se vació. Yo sentí que la mía también se apagaba.

Al despertar vi a Alice, su sonrisa tan bonita como la de Helen. Estaba sentada en una silla y se levantó para besarme tan cariñosa como rápidamente.

—Gracias, tío. Te quiero mucho.

¿Cuánto hacía que no me decían eso?

Después salió cojeando un poco. Pero yo no supe dónde estaba. Entonces sentí el intenso dolor en el costado cuando aparecieron Helen y mi madre.

Al volverse y ver a mi padre, Bob, pese a su debilidad, había sido muy rápido y disparó aún apuntándome. El primer tiro se desvió aunque me alcanzó y el segundo fue a los pies de mi padre, que no falló. Yo ni siquiera me enteré. La mezcla de adrenalina y alta fiebre lo impidieron, pero cuando murió Bob sentí tanta rabia como aquel sincero dolor por la última canallada de mis hermanos, y me rendí pensando que efectivamente yo también merecía el fin.

Mi padre, evidentemente, no me había hecho caso y tras alejarse un poco, apartó la furgoneta y tomó otro sendero. Llevaba siempre su escopeta y tampoco necesitaba luz para guiarse. Con una dirección paralela, localizó pronto el haz de mi linterna. Cuando oyó el disparo y la luz desapareció, tardó en actuar porque no sabía dónde estaba Bob o qué había pasado con Alice. Después, cuando Bob encendió su linterna, solo tuvo que medir movimientos. No hubiera querido disparar, pero al ver a Bob apuntándonos, entendió que tendría que hacerlo. Realmente había confiado en que Bob soltara el arma, pero este no lo hizo y los cazadores saben que una presa que se revuelve, o está herida o va a atacar, y en ambos casos la duda diferencia la vida de la muerte.

Luego se cumplían las dos horas de plazo que le dije a Patterson, y él y Paul aparecían con dos hombres más. A Alice y a mí nos llevaban al hospital de Pointville.

Alice contó que, llegando a casa ya de noche, un coche se había acercado y el conductor le había preguntado una dirección al tiempo que sacaba un arma y la obligaba a subir. Después habían salido del pueblo y el hombre la había hecho beber algo. Luego, solo recordaba el frío, un techo derruido, las manos atadas y la somnolencia, que le había quitado el miedo. Pero estaba bien.

Sí, el castigo continuaría, pero aquella experiencia nos liberó. No recordé haber pasado un mes mejor en la cama, pese al costado agujereado. Y mi padre empezó a descansar. Las sombras se quedarían donde estaban. Todas.

 Mariola Díaz-Cano Arévalo

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Comments
5 Responses to “E04-El fantasma de los libros”
  1. Mariola dice:

    Palomita de mis entretelas, muchas gracias por tu arte y savoir faire, oh, hija de Ra… Como sigamos coincidiendo en próximos equipos, te nombraré ilustradora oficial de las historias de Lloyd. Un besazo gordo. 😉

    • Paloma Muñoz dice:

      Mariola que se repita lo que haga menester. Yo ya sabes que siempre estoy dispuesta a ilustrar las aventuras de Lloyd Hunter. Es un personaje al que le he tomado un cariño especial. Me recuerda a alguien (ummmmmmmmm, no sé si sabes a quien me refiero). Me voy con mi faraón, jajajajajaaaaaaaaa

  2. olgabesoli dice:

    Bueno, Mariola, ¡que bien que hayas vuelto! Acabo de leer este estupendo thriller, (digno de una película), y que me ha mantenido en vilo hasta el final. Eres una crack. Y me gusta tu Lloyd Hunter, porque es un “héroe” con un fuerte lado oscuro, y eso le da más jugo al tema. Y bueno, encima, tu relato lo ilustra Paloma, que se está volviendo una maestra de la ilustración intrigante y oscura … me encanta especialmente la cabaña entre la maleza, perfecta para cualquier historia de terror… Chicas, sois grandes.

    • Mariola dice:

      Muchísimas gracias, Olga. Me parece que Lloyd se va a quedar un ratito más por aquí, je, je… Y Paloma desde luego casi que se va a convertir en la ilustradora oficial de Hunter como nos toque otra vez, ja, ja, ja. En fin, que me alegro un montón de que te gusten estas nuevas historias negras. Son un pequeño homenaje a un género que me apasiona.
      Gracias de nuevo.

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