E05-El fantasma de los libros

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Género: Terror-Misterio

Rating: +16

Este relato es propiedad de JAxel A. Giaroli. Las ilustraciones son propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E05-El fantasma de los libros.

Supongamos que el individuo que escribió estas líneas se llama Estanislao Johnson. Sí, es un buen nombre. Muy anglosajón, pero con algunas reminiscencias europeas. Tiene además un toque bastante corriente, aunque también posee cierto carácter extraordinario. Un nombre que, a todas luces, nos sirve tan bien como cualquier otro para contar las vivencias de un sujeto común que se vio arrastrado hacia un destino tan insólito como tenebroso.

Durante años he sido lo que se suele describir como un bala perdida. Abandoné en Londres mis estudios de derecho para intentar probar suerte con la literatura en París. Allí, pude presenciar todo tipo de influencias y movimientos artísticos. Estuve cerca de los centros en donde los grandes impresionistas del siglo XIX exhibieron sus artes. También, donde el vanguardismo consiguió asentar sus bases en toda Europa, pudiéndome permitir visitar las gigantescas bibliotecas en donde muchas de estas importantes obras podían servirme de inspiración para cimentar mi propio camino. Por desgracia, bien sea debido a que nací de forma muy tardía, o a la razón de que, según los editores, mi lírica no conseguía funcionar, no tuve más remedio que desistir.

El hecho fue el siguiente: escribí una obra en el que intente basarme todo lo posible en el dadaísmo, lo que dio como resultado una novela que me convirtió en un fracaso como autor novel. Las críticas llegaron incluso a ser más crueles de lo que ameritaban. La tacharon de excéntrica, absurda y de ser una exhibición pretenciosa de mi actual ignorancia del movimiento. No sin sentir una gran humillación, no tuve más remedio que volver a Inglaterra. Durante un par de años conseguí sobrevivir realizando todo tipo de trabajos de poca monta en el barrio de Brixton. Me sentía vacío y estúpido. Había lanzado los dados y perdido la partida antes de empezar. Entonces, mientras limpiaba los lavabos de una discoteca de mala muerte, se me ocurrió que quizás debía intentarlo una vez más. Aunque esta vez, tendría que hacer un esfuerzo mayor y muy distinto al que había efectuado anteriormente.

Trabajé duro e intenté hacer uso de mis viejos contactos de las editoriales francesas. No me sorprendió en absoluto el hecho de que ninguno mostrara interés alguno. Por lo que hice uso de mis capacidades naturales y me ofrecí como traductor y corrector de muchos de sus libros. Casi todos sin talento, pero con una visión muy comercial que se acercaba bastante al gusto del público actual. Claro, ninguna era una obra que en el futuro sería recordada, pero conseguían dinero fácil inmediatamente, algo que siempre atrae a las editoriales. Habían aceptado mi ofrecimiento porque yo tenía la suerte de hablar de forma nativa el inglés y el checo gracias a que mi madre me lo enseñó desde que era un niño, y el francés como segundo idioma debido a mi larga estancia en París. Esto fue derivando a trabajos que tenían poco interés para mí, pero me acercaban a mi objetivo. Estudié las grandes obras surrealistas de Kafka y decidí que lo tomaría como maestro para realizar mi segundo intento. Poco tiempo después, surgió mi oportunidad.

Un día como otro cualquiera, tras terminar una de mis muy tediosas traducciones, el Sr. Laverne en persona, dueño de la editorial en la que estaba trabajando, me llamó a su despacho. Aquello sólo podía significar dos cosas: o se había leído mi nueva obra y le había gustado, o quería despedirme.

No me avergüenza admitir que entré nervioso. Aunque no sé si fue debido a la excitación que sentía ante la posible idea de que volvieran a publicarme algo, o lleno de miedo, por la posibilidad de ser expulsado. Me lo encontré, como siempre, en su escritorio. No sabía a qué atenerme, pues su satisfactoria sonrisa de cocodrilo podía deberse a que mi trabajo realmente le gustó o a que muy pronto me vería de patitas en la calle. Cuando llegué me ofreció un asiento y no perdió el tiempo en formalidades.

—Sr. Johnson, Acabo de ver su manuscrito —comenzó—. Debo decir que usted apunta maneras.

Estaba ansioso, ¿habría conseguido escribir la obra de mi vida?

—Sin embargo, no podemos aceptarlo. En lo personal creo que le queda un largo camino antes de componerlo como es debido. Como he dicho antes, apunta maneras, pero esto que me ha traído es sumamente imperfecto. Estaría bien si estuviéramos viviendo una época en la que se demande el género surrealista y kafkiano pero en la actualidad, a lo único que puede aspirar es a atraer a un público objetivo. Y con unos conocimientos tan poco profundos del movimiento… sin duda, le despedazarían.

Eso me destrozó. No había nada peor que recibir unas altas expectativas, para después, en el punto más álgido de la emoción, confirmar un completo desengaño. Sin embargo, aquello era extraño. ¿Por qué me había llamado en ese caso? Como si me estuviera leyendo el pensamiento, el Sr. Laverne comenzó a contestar:

—La razón por la que le he hecho llamar es debido a que tengo un trabajo perfecto para usted. Podría ser la oportunidad de mejorar en estas carencias, rehacer su obra y terminarla con broche de oro. ¿Está interesado?

¿Qué podía decir? Una ocasión como esa no se presentaba dos veces. Sería todo un estúpido si decidía desaprovecharla.

Me explicó en que consistía el cometido: al parecer, la editorial había hecho un trato sustancial con el Monasterio Strahov, en Praga. Ellos querían contratar a un restaurador, vigilante y bibliotecario para sus valiosos tomos incunables de su muy famosa biblioteca, el llamado Salón teológico Strahov. A cambio, a parte de un salario sustancioso, muchos de sus textos serían ofrecidos en exclusividad para la editorial, si se aceptaban una serie de requisitos, claro está.

Estos consistían en los siguientes puntos:

En primer lugar, debía estar dispuesto a presentar un servicio, a lo largo de tres meses, de veinticuatro horas al día durante toda la semana.

El segundo, no abandonar la zona de la biblioteca hasta que hubiese terminado mi período de oficio.

Tercero, no hablar ni realizar ruido alguno durante el tiempo en el que estuviera dentro de la zona de lectura. Lo que suponía, a grandes rasgos, un voto de silencio hasta que mi contrato hubiese expirado.

Cuarto, responsabilizarme no sólo del estado de las obras, sino de que éstas no abandonaran en ningún momento el salón.

Por último, una última regla de la que sería informado si aceptaba realizar el trabajo.

A grandes rasgos una serie términos que desde la distancia, ya se veían muy exigentes. Debido a ello, se había ofrecido realizar la contratación a una editorial que pudiese estar interesada en ganarse el puntazo de las obras que podían ofrecer. Ellos, no dudaron en ofrecérmelo a mí no sólo por mis conocimientos de la lengua, sino porque ya había tenido experiencia trabajando en bibliotecas ya sea como vigilante, administrador y restaurador de obras que, por supuesto, no eran nada comparada con esas piezas de arte de las que muy pronto iba a responsabilizarme.

—Es una oportunidad única —comentó el Sr. Laverne—. Desde ahí puede estudiar las obras auténticas de Franz Kafka en su idioma original, junto con todo aquello en lo que él se basó para poder crearlas. Podrá ver escritos inéditos de los que, si es audaz, tendrá la posibilidad de aprovecharse para construir una creación única que se podría poner muy por delante de sus competidores. Y lo más importante: la editorial y le apoyaríamos al cien por ciento, incluyendo no sólo la publicación, sino también en la publicidad de su nombre y de sus obras futuras. Piénselo, podría ser el nuevo literato de esta década, quizás, del siglo.

Acepté encantado el trabajo. Estaba tan emocionado con la oportunidad que no me molesté en hacer las preguntas adecuadas. Por ejemplo, ¿por qué se molestarían en acordar aquello con una editorial y no le habían ofrecido ese puesto a cualquier profesional de la servidumbre y la restauración? ¿Por qué contratar a alguien que vivía tan lejos, en lugar de colocar a alguna persona de la localidad, y ahorrarse así, el precio del viaje del futuro empleado?

Independientemente de todo esto, a mí lo que me interesaba era que iba poder viajar gratuitamente, vivir una experiencia única y tener la ocasión y el tiempo para reescribir mi proyecto, publicándolo con toda seguridad en la editorial francesa.

***

Ilustración de Rafa Mir

Me di cuenta del encanto de Praga nada más llegar. Muchas veces mi madre me había hablado de ella, pero sus palabras no hacían justicia a la hermosa ciudad que estaba viendo. Cuando finalmente llegué al famoso monasterio, no pude evitar el quedarme boquiabierto. Ante mis ojos tenía una pieza arquitectónica digna de una poema del mismísimo Lord Byron. Su aspecto denotaba ese fuego apasionado de la época del romanticismo. Cuando entré, mi impresión fue incluso más extraordinaria. Era una pieza del pasado perfectamente conservada en nuestros días a la que casi me daba vergüenza ponerle los pies encima. Todo muy recargado, limpio, cuidado… debía de costar su buena pasta. Uno de los monjes se presentó y me dio a conocer todo el lugar. Fue muy amable, incluso, me contó la historia la Orden de los Premonstratenses, de los logros que habían conseguido y de como se ganaban la vida. Repentinamente, llegamos a la biblioteca, y en ese momento me di cuenta de la responsabilidad en la que me había comprometido.

Quizás la zona más hermosa del Monasterio, que ya de por sí, destacaba. Las estanterías se alzaban como un gigantesco arca del conocimiento. Una belleza que era capaz de competir contra el mismísimo paraíso. Los frescos del techo evocaban tranquilidad, elegancia y magnificencia. Por mucho que hable del lugar, me temo que me quedaría corto.

En el momento en que entré, el abad estaba ocupado analizando algunos textos de origen religioso para anotarlos en un cuaderno a parte. Más tarde me enteré de que se trataban de unos ensayos franciscanos que recopilaba para poder trabajar en una tesis teológica que se esforzaba en completar para enviársela al mismísimo Vaticano, pero en aquellos instantes, dejó todo cuanto estaba haciendo y se presentó con un anillo en su mano que no dudé en besar. Era un tipo exigente, que consideraba el orden y la pulcritud como valores inamovibles. En definitiva: un capullo estirado. De todas formas, se esperaba de mí la máxima profesionalidad, y creo que conseguí darle, en general, una muy buena impresión. Se encargó personalmente de explicarme las tareas que tendría que cumplir. Luego, me indicó que habían montado una habitación al lado en la biblioteca y, que con una llamada de campana, tendría todo lo que necesitaría. En general, tendría que estar dentro de la zona exceptuando a las horas de comer y cuando necesitara ir al baño. Podía suponer algo duro, pero ¿qué eran tres meses a cambio del ansiado premio?

Sin embargo, no pude evitar preguntarle el por qué se habían molestado en contratar a un extranjero en lugar de encargarle la tarea a alguno de los monjes de su orden. Todos se me quedaron viendo como si hubiese abierto la caja de Pandora. Parecían mudos y temerosos.

—Últimamente han proliferado una serie de historias en torno al Salón teológico… —exclamó el abad—. En realidad, son más bien unas antiguas leyendas del Monasterio. Piense que éste existe desde hace casi un milenio, es lógico que sus viejas paredes den mucho de que hablar. Resulta que mis… compañeros, por decirlo de algún modo, son muy supersticiosos. Hablan de unas voces que se escuchan en el ala prohibida del salón, y piensan que puede deberse a una fuerza sobrenatural que la protege. Una fuerza diabólica con horribles intenciones.

—¡Es el Fantasma de los Libros! ¡Si se queda aquí su alma estará condenada! —interrumpió uno de los monjes.

El abad negó lentamente su cabeza, suspiró y luego, como si aquel inciso no hubiese sucedido, continuó:

—A pesar de este hecho no puedo ofrecerle semejante tarea tan importante a cualquiera, y yo, debido a las responsabilidades inherentes a mi cargo, no dispongo del tiempo suficiente para encargarme de ello personalmente. Así que pensé, ¿qué mejor que una editorial que pueda desear hacerse con la exclusividad de algunos de los tomos? —comentó—. De hecho, esto me viene perfecto para decirle cual será la quinta norma: sin importar las circunstancias, no debe ir al ala prohibida de la biblioteca ni permitir que nadie más entre. Sólo yo puedo acceder a ese lugar. ¿Ha quedado claro?

Le respondí que cristalino, para luego retirarme a desempacar todas mis cosas en mi habitación. Más tarde me permitieron descansar de mi viaje, y no les vi hasta la hora de comer. Después de cenar, presencié algunas de sus misas y me marché a mi habitación. A la mañana siguiente comenzaría mi primer día.

***

La jornada de la mañana y la tarde había sido dura. Catalogar aquella inmensa biblioteca, vigilar que ni monjes, estudiantes o turistas robaran alguno de los tomos, encuadernar, restaurar, reescribir,… desde luego, nadie podía negar que uno se ganaba el sueldo. Por fortuna, después de cenar, tuve todo el tiempo del mundo para mí. Esa noche estaba muy cansado, pero me obligué a mí mismo a permanecer en el salón, encender una pequeña vela, y comenzar a esforzarme en mi trabajo de documentación para ir recomponiendo mi obra. Después de un par de horas, comencé a suspirar. En ese momento, fue cuando lo escuché.

Era un sonido macilento y perdido que, en principio, parecía oírse en todas partes y ninguna. Comenzó débil, pero poco a poco fue aumentando la intensidad de tal forma que sentí como los cabellos de mi nuca se erizaban. Parecían unos lamentos perdidos, como el quejido de una mujer o un niño que estaba pidiendo auxilio. Intenté prestarle atención, pero el techo abovedado estaba tan bien construido, que era difícil percibir de donde venía exactamente. Finalmente, conseguí percatarme desde donde venía y fui andando poco a poco… hasta que llegué a las puertas del ala prohibida.

En ese instante el sonido cesó.

Durante unos minutos estuve quieto, preguntándome si aquello había sido real o producto de una reacción psicosomática producida por la historia contada por el abad, y la reacción del resto de los monjes. Decidí que todo aquello era ridículo, quizás se trataba del viento y de una mezcla del cansancio que tenía por aquellas horas de trabajo a las que había sido expuesto. Entonces, me retiré lentamente a mi habitación para poder descansar.

***

Pasaron semanas en las que tuve la oportunidad de adaptarme del todo a mi trabajo. A pesar de que las largas horas de silencio de alguna forma afectaban a mi ánimo, por otra parte me venían muy bien a lo largo de las noches, cuando finalmente pude componer algo de mi obra. De alguna forma sentía que gracias a mis experiencias y mi situación psicológica, por fin, salía algo auténtico de mis esfuerzos. Posiblemente, el Sr. Laverne tenía razón. El trabajo me ayudaba a madurar mis ideas. El tiempo a lo largo de esas paredes era largo, pero nada extraño había vuelto a producirse.

Hasta que llegó el segundo mes…

Nuevamente estaba en medio de mis quehaceres y volví a oírlo. Aunque en esta ocasión, había algo más. No era algo físico, pero me parecía muy real. Notaba un aura que, con un ánimo corrompido y quizás, levemente sofocante, parecía cargado con todo atisbo de negatividad. Detectaba un hálito peligroso de hostilidad que se cernía de alguna forma sobre mí. Mi primer instinto habría sido escapar para no volver jamás a aquel edificio, pero yo nunca hago caso a ese tipo de estímulos. Era irracional, ridículo. Me quedaban dos meses y desperdiciar mi oportunidad por un presentimiento… lo habría considerado estúpido. Seguramente me lo reprocharía toda la vida, jamás sería capaz de perdonarme. Lo segundo que me planteé, fue dirigirme nuevamente hacia la sala. Sin duda algo debía haber allí. Alguna cosa que… o alguien, que emitiera aquellos ruidos. Esta vez, conforme me acercaba, el sonido iba acrecentándose, y aquella sensación, como la de una tijera cortando carne viva, seguía acompañándome. Una vez más, cuando llegué hasta el ala prohibida, el sonido cesó.

Me giré lentamente y, de repente, encontré una figura espectral que, con ojos ausentes y la quijada deformada, proyectó un pestilente chillido de miseria. Apenas pude oír en medio de mi terror las palabras: “¡Márchate!”.

Perdí mis papeles y comencé a gritar. Detrás mía una mano me sacudía fuertemente, me giré, y vi al abad.

—¿Qué le sucede? ¿Está loco? —inquirió—. ¿Por qué grita de esa manera?

Me volteé hacia donde había visto a aquella figura. Nada había en los alrededores. Los mismos libros, las mismas estanterías, los mismos frescos…

—¿Ha visto…? —pregunté, pero incapaz de emitir sonido alguno me auto interrumpí.

Mis ojos estaban abiertos como platos y no me atrevía a cerrar mis párpados, no fuera a ser que la figura, a través de mi memoria, volviera a visitarme.

—¿Qué? ¿Qué es lo que tendría que haber visto? ¡Sr. Johnson, compórtese y contésteme de una buena vez!

Comencé a pensar que la soledad me estaba afectando. Avergonzado, me disculpé y me excusé diciendo que quizás, se había debido al cansancio.

Con una mirada inquisitorial, aquel representante eclesiástico comenzó a estudiarme.

—Por casualidad no habrá entrado en el ala prohibida ¿verdad? —me interrogó—. Recuerde lo que le dije: si quiere conservar el trabajo cumpla con las normas y con sus obligaciones.

—Por nada del mundo estaría dispuesto a perder mi oportunidad por ver una ridícula sala.

—Una decisión inteligente. Váyase a acostar de una vez Sr. Johnson, y recuerde que mientras permanezca en el Salón teólogico debe cumplir un voto de silencio —me recordó—. No vuelva a armar otro escándalo parecido éste.

Me dirigí a mi habitación y me acosté. Esa noche, me fue completamente imposible dormir.

***

Otras noches como la anterior volvieron a sucederse. Aunque en esas ocasiones, decidí ignorar las voces. El tercer mes llegó y conseguí por fin completar mi obra. Me dije a mí mismo que no volvería a salir de mi habitación cuando entrará la noche. Sin embargo, una fuerza poderosa me atraía y, en ocasiones, me veía de nuevo escuchando esos sonidos en la zona de lectura del monasterio. Aquel sitio parecía estar a punto de volverme loco. En dos ocasiones, recogí mis cosas y me planteé seriamente marcharme para no volver jamás. Sólo con una extrema fuerza de voluntad, y recordándome constantemente que únicamente me quedaba un mes, logré mantenerme firme. Así fue hasta esa aciaga noche…

Como todos los días del tercer mes, al ponerse el sol, me dediqué a organizarlo todo, recogerlo y dirigirme directamente a mi habitación. Había desistido de cenar con los demás con la idea de no pasar por la biblioteca por la noche. Esa noche, vi que me había dejado en mi habitación un libro. Según las normas estipuladas por el Salón teológico, yo tenía la obligación de dejar al anochecer, el libro en su estantería correspondiente. Si no quería perder mi trabajo, no tenía más remedio que llevar a cabo aquella acción. Me armé de valor y llevé el libro hasta donde tenía que dejarlo. Sorprendentemente, a lo del trayecto no sucedió absolutamente nada, pero al llegar, me fijé que estaba justo al lado de las puertas del ala prohibida.

Una extraña inquietud se apoderó de mí. ¿A qué se debía tanto secretismo? ¿Por qué nadie podía acceder aquella zona?

Sin duda lo  que ocultaban ahí tenía que ser muy importante como para que sólo pudiera entrar el abad del monasterio. ¿Y si todos aquellos extraños sucesos de la biblioteca se debían a aquella sala? Era muy extraño que los sonidos que siempre escuchaba, se acercaran a un mismo sitio. En aquellos instantes, bien sea por una locura transitoria, o quizás debido a un impulso del momento, decidí entrar.

La puerta tenía las bisagras oxidadas. Al abrirse, el sonido de estas se extendió a lo largo de la abovedada habitación. A lo largo vi un laberinto de estanterías llenas de libros empolvados que parecían no haber sido abiertos desde hacía siglos. Al lado de la entrada había un pequeño candil que conseguí encender para luego ir observando cada uno de los volúmenes. Eran libros de autores de los que nunca había oído hablar. Escritores de diversas lenguas que, sin embargo, a primera vista, parecían tener un estilo único. Cogí uno de aquellos al azar; comencé a leerlo. Era una novela inglesa cuya estructura era muy propia del siglo XIX. Era fantástica, una obra única que se adelantaba a su época. El tiempo pasó volando, y me di cuenta de que tenía que volver. Pero entonces, noté que aquel laberinto de libros nunca terminaba. Entré en pánico. No había forma de escapar de aquella sala. Viendo que no conseguía llegar y, asumiendo que al no cumplir mis funciones, vendrían a buscarme, comencé a leer más de aquellos maravillosos libros. Pero la noche llegó y no me habían buscado.

Entonces apareció.

Aquel ser espectral se presentó ante mí. Ya no se veía tan desgarrado y tenebroso como antes. En su lugar, vi a una joven que se acercaba a mí, con un rostro triste y melancólico.

—Te lo advertí —dijo—. Te dije que te marcharas cuando tenías la oportunidad.

Le pregunté quien era y que hacía en la biblioteca. También la razón por la que deseaba echarme de allí.

—¿Echarte? —inquirió asombrada—. No, sólo deseaba salvarte, pero ahora es demasiado tarde. Yo fui como tú una encargada de biblioteca. Entré por razones muy parecidas: deseaba conseguir escribir una obra magnífica y por ello, acepté un empleo con unos libros únicos como otros. Entré como tú en esta oscura sala, y no conseguí salir. Desde entonces mi obra esta aquí, junto con la de otros muchos que formaron este oscuro centro de maldad y cultura, y me encargo ahora de custodiarlos y de formar, durante la eternidad, otras historias como estas.

—¿Cómo puedo salir de aquí? —pregunté—. ¿Hay alguna manera de escapar?

Su inquietante voz fina y nostálgica, me atravesó como un cuchillo cuando escuché aquellas horribles palabras:

—Nadie sale del ala prohibida. Tu destino ahora no es otro que el de componer tu magnífica obra hasta que llegue el ansiado día de tu muerte. Y cuando ocurra, la custodiarás hasta que llegue el día del juicio final.

Esa fue mi historia. La de un individuo cualquiera que sólo quiso encontrar su oportunidad y finalmente la consiguió. Supongamos que el individuo que escribió estas líneas se llama Estanislao Johnson. Sí, es un buen nombre. Y esto que estás leyendo, es el esfuerzo que dediqué durante el resto del tiempo que me quedó. Un nombre que, a todas luces, nos sirve tan bien como cualquier otro para contar las vivencias de un sujeto común que se vio arrastrado hacia un destino tan insólito como tenebroso. Por desgracia, no puede servir como advertencia. Porque si ahora mismo lo estás leyendo, significa que también es demasiado tarde para ti.

Es la hora, lector. La hora de que compongas un texto magnífico, y que formes parte del grupo que ha quedado atrapado en la diabólica ala prohibida del Salón teológico del Monasterio Strahov.

La hora de que tú también seas el Fantasma de los Libros.

Axel A. Giaroli

Ilustración de Rafa Mir

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Comments
2 Responses to “E05-El fantasma de los libros”
  1. olgabesoli dice:

    Axel, tu historia, aunque es envolvente y misteriosa, es una clara invitación al amor por la literatura y la escritura. Además, me ha sorprendido muy gratamente tu final, dirigido al lector. Y las ilustraciones de Rafa potencian enormemente ese halo de misterio. Me encanta especialmente la tétrica fachada de la catedral. Buen trabajo.

  2. Muchas gracias, de verdad. 🙂

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