E07-El fantasma de los libros

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Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E07-El fantasma de los libros.

Cada autor deja parte de su alma en aquello que escribe. Eso dicen. No es una leyenda, no es un cuento. Es un hecho totalmente real, completamente cierto. Sólo que muchas veces es intangible. Suele tratarse de pequeños fragmentos de ánima de los que el escritor se desprende, de forma indolora, sin ser apenas consciente de ello. El autor sólo siente un pequeño vacío existencial después de cada pérdida, de cada texto finalizado, y la necesidad imperiosa de volver a llenar ese ínfimo agujero del alma de cualquier manera y lo más rápidamente posible, ya sea mediante altas dosis de belleza o de fealdad, de experiencias o de conocimientos; empeño del que no cesará hasta que se sienta renovado y completo.

Pero si el escritor deja demasiado de sí mismo en una obra; si pone sus cinco sentidos y entrega su corazón a aquello que escribe; si evoca todo su ser y conjura toda su ánima en la pluma que graba su testimonio; entonces, y sólo entonces, una parte importante de su alma quedará incrustada en ese pliego de papeles, en los pequeños garabatos que forman la grafía de su trabajo, conjurada en las palabras y grabada en el papel, dejando una herida de vacío perenne e incurable en su creador. Por eso dicen que sólo se puede alcanzar a escribir una única obra maestra en vida, una gran obra literaria, aquella en la que uno se vació en cuerpo y alma. Esas suelen ser las grandes obras de la historia.

Y a veces, sólo a veces, ocurre que esa alma transmitida al papel es tan fuerte, tan poderosa, tan enérgica y dominante, que adquiere identidad propia con una fuerza fantasmagórica que, ni aún perteneciendo al mundo de los vivos ni tampoco al de los muertos, puede actuar sobre la vida y la muerte. Lo sé, porque aunque yo nunca creí en fantasmas, ni en lo paranormal, sí creo firmemente en lo que ven mis ojos.

He sido testigo de todo lo que explico a continuación, con letra temblorosa e inestable, me temo, porque mi mano aún se agita de espanto cuando pienso en todo lo sucedido. Pero he aquí mi relato, mi testamento y único legado de lo que en realidad ocurrió la pasada noche y que no me he atrevido explicar en el informe policial, por miedo a ser tomado por loco. Y con este texto pretendo purgar mi propia alma, en un intento de deshacerme de la inquietud que la invade.

Todo empezó en la madrugada del jueves, cuando tuvimos que atender un caso de una muerte en extrañas circunstancias que ocurrió en la sala de archivo y clasificación de la antigua biblioteca estatal de Turingia, una de las pocas supervivientes a la guerra, y a la que habían sido trasladados todos los volúmenes rescatados de otras bibliotecas que no tuvieron tanta suerte, resultando dañadas unas, medio derruidas otras o incendiadas hasta los cimientos las más desafortunadas.

Aunque ya han pasado más de quince años desde que terminó el conflicto, las calles y los edificios de Berlín siguen recordándonos todos y cada uno de los horrores vividos. Las brechas de sus fachadas son cicatrices que nos acechan y sus sombras maltrechas nos persiguen. El muro que parte la ciudad en dos, erigido hace escasos días, divide también los corazones de las gentes, y separa familias, amigos y parejas. Ha sido construido en una sola noche, como recordatorio eterno de que perdimos la guerra y como humillante castigo al pueblo que depositamos primero nuestros votos en las urnas, y después nuestra fe, en un carismático líder que se descubrió ante el mundo entero como el loco que quiso dominarlo. Un muro que nos parte en dos. Para evitar el avance del fascismo, han proclamado. Yo creo que más bien para acabar con la poca dignidad que nos queda tras la derrota que nos puso en el punto de mira de todos. El mundo todavía nos señala con dedo acusador y nos observa con desdén. No entienden que nosotros también somos víctimas de la guerra. Los civiles nunca sospecharon que se estaba creando el holocausto bajo la apariencia de un nuevo orden. Otros, como yo, sólo éramos unos adolescentes llamados a filas que no estábamos preparados para lo que íbamos a presenciar. Han pasado más de quince años y muchos de nosotros todavía tenemos pesadillas. Nos despertamos en plena noche, después de dar infinitas vueltas en la cama, sudorosos y agitados, creyendo oír la alarma que precede a los bombardeos, el estruendo de los tanques soviéticos cercando Berlín, el sonido de los disparos y los gritos de los heridos que acompañan el olor ferroso de la sangre derramada. O peor, nos recordamos concentrando a los civiles, ajusticiando a los rebeldes e insumisos, limpiando los guetos. Muchos, para acallar el sonido infernal del interior de la cabeza y aligerar la presión de las sienes se medican: con pastillas, psicopax, pacium, somacina… o se inyectan morfina. Lo que sea para no revivir las imágenes y ruidos de la guerra, del horror, de la muerte. Yo no. Soy policía y necesito moverme con la mente despejada y fría. Yo combato mis terrores nocturnos levantándome de la cama de un salto y encendiéndome un pitillo, es lo único que logra sosegarme y no me hace perder la cabeza.

Durante la noche del miércoles me removía inquieto e inmerso en una de mis pesadillas recurrentes. Yo, ataviado con mi uniforme de soldado raso, me apuntaba a mi mismo ante una fosa repleta de cadáveres putrefactos. Pero los muertos no estaban muertos y se reían de mí, mostrándome sus bocas de encías desprovistas de dientes. Disparé y sentí el disparo en la nuca y, mientras me caía y rodaba foso abajo sobre la montaña de despojos, las manos de los muertos me agarraban y tiraban de mis ropas. Entonces empezó a sonar el aullido de la alarma.

Pero la alarma que me hizo despertar con el corazón en un puño no era más que el insistente timbre del teléfono. Aún sobresaltado, descolgué el auricular mientras me liaba un pitillo, como tantas otras madrugadas.

Media hora después me hallaba en el edificio de la biblioteca, en la estancia más desordenada, oscura y lúgubre que haya visto en mi vida, con parcelas del suelo ocupadas por montañas desordenadas de libros polvorientos haciendo equilibrios. Las partes libres del piso estaban invadidas por documentos y hojas sueltas, de forma que uno tenía que avanzar a saltitos y en diagonal, como la pieza del caballo en un tablero de ajedrez viviente. Las estanterías que se levantaban a cada cuantos metros tenían los estantes combados bajo el peso de innumerables y voluminosos tomos dispuestos unos sobre otros sin orden ni concierto. Y allí, escondido en medio de ese desastre archivístico, refugiado tras una voluminosa librería y medio sepultado por algunos libros que debieron caérsele encima, con el rostro ceniciento, los ojos abiertos y la mandíbula desencajada, se hallaba el cuerpo sin vida de Leib Meyer, el joven que, según la declaración de Hans Schmidt, el enorme encargado de pelo rubio y ojos claros, era el nuevo en el grupo de los trabajadores del turno de noche.

Ilustración de Veronica Lopez

Por lo visto hacía cinco años que en la biblioteca, para doblar los esfuerzos y ayudar a agilizar los trámites de la clasificación de todos los ejemplares requisados y acumulados, se había creado ese turno y, aún así, según explicó Schmidt, les llevaría otros quince años más, como mínimo, arreglar, recomponer, distribuir y clasificar la totalidad de volúmenes, libros y obras que encerraba aquella gran sala de ventanales tapiados y cuyo ambiente olía a moho, a podredumbre y a cuero chamuscado.

—Es por los libros quemados —me dijo el encargado—. Muchos de los documentos llegaron completamente empapados y otros medio calcinados. Algunos ejemplares aún tienen salvación y los podemos restaurar; otros no correrán la misma suerte y se descompondrán antes de que logremos clasificarlos.

—¿Y saben qué es todo lo que tienen aquí? —pregunté, más por costumbre policial que por curiosidad, mientras de forma casi automática iba tomando notas en mi pequeña libretita.

—No tenemos ni idea —me respondió—. Vamos viendo según abrimos las cajas, según vamos ojeando cada ejemplar. Hay de todo, obras maestras y libros sin importancia, textos antiguos y otros editados cuando estalló la guerra. Hay mapas y grabados, libros manuscritos e impresos, documentos y folios sueltos. De todo y procedente de todas partes de Alemania, Polonia e Austria. También hay muchos libros del régimen. Esos los apartamos y se los llevan, supongo que para quemarlos o encerrarlos bajo llave.

Eso fue la información más completa que recibí de Hans. Sabía todo lo que hay que saber en cuanto a literatura se refiere. Por lo que respecta al muerto, ignoraba qué le sucedió y cómo. Ni él ni los otros vieron nada ni oyeron ningún ruido delator o que ofreciera una pista. Tendríamos que esperar al médico forense.

El médico era un pobre anciano que, para proceder al levantamiento de cadáver, tuvo que apartar él solo la pesada montaña de libros y papeles que cubrían al muerto. Por si fuera poco, al coger uno de los volúmenes, un libro de tamaño mediano, arrugado y con la cubierta totalmente chamuscada, se lastimó una mano.

El viejo forense contó que había sentido una fuerte punzada en la palma, como si le hubieran clavado un cuchillo, por lo que dejó caer el libro al suelo de golpe y provocando un gran estruendo que reverberó por toda la enorme sala. Él decía la verdad, aunque en ese momento todos los agentes lo miramos con desconcierto, preguntándonos si el pobre anciano mostraba indicios de senilidad.

Alguien dijo una vez que la pluma es más mortífera que la espada. Quien fuera que lo dijese estaba en lo cierto, aunque entonces ninguno de nosotros acertábamos a comprender hasta qué punto. Yo, ahora, sí que lo comprendo. El corte de la mano del forense no paraba de sangrar y aunque él mismo se hizo un buen vendaje, le dolía tanto que no dejó de soltar improperios en polaco, su lengua natal, durante el resto de la jornada. No pudimos hacer nada por ayudarle, ni aligerar su trabajo. Nadie más podía tocar nada dentro del cerco policial o contaminaríamos la escena del crimen.

Con el médico forense lesionando, el levantamiento del cadáver llevó toda la mañana y hasta media tarde no llegaron a comisaría, provenientes del depósito, los sorprendentes resultados de la autopsia. Al muerto alguien le había practicado una quemadura en el pecho, justo sobre la zona del corazón, con forma de estrella de seis puntas. Y aunque la quemadura parecía haber sido realizada hacía solamente unas horas y estando aún vivo, no se había encontrado marca alguna de quemaduras en su ropa. Por lo demás, había muerto a causa de un shock que le provocó una parada cardio-respiratoria. Hablando claro, se había muerto de miedo. Y eso eliminaba la intervención directa de la mano de un asesino, aunque este caso tomaba connotaciones que me erizaron el vello de la nuca.

Todos y cada uno de nosotros sabemos perfectamente qué significa ese dibujo grabado a fuego sobre el pecho del muerto. Es la Estrella de David. Recuerdo perfectamente haberla visto cosida sobre las ropas de aquellos a los que sacábamos de sus casas y conducíamos hasta los guetos. ¡Cómo no olvidarlo, no ha pasado suficiente tiempo! Y tras un par de horas de investigaciones y de interrogar a su familia, mis sospechas fueron confirmadas. El muerto era de ascendencia judía. Y eso significaba problemas. Y grandes. De un caso de asesinato habíamos pasado a un caso de tortura por racismo.

Tuvimos que paralizar la investigación y cerrar la biblioteca a cal y canto hasta nuevo aviso. Se nos instó a acallar todo lo que sabíamos del caso y nuestro capitán se vio obligado a llamar a la policía judicial europea por tratarse de un ataque contra un judío. El recuerdo del nazismo aún sigue vivo entre nosotros. Los alemanes estamos permanentemente vigilados, atados de pies y manos, supongo que hasta que no paguemos con creces la deuda impuesta por Europa. Y eso llevará muchos, muchísimos años, más de los que yo viviré.

Ya avanzada la tarde del viernes, llegó a comisaría el agente de Interpol destinado a husmear en nuestro caso, a hacerse con el caso. Su llegada suscitó miradas de oprobio en la comisaría. Era un irlandés de procedencia claramente afro-americana, seguramente hijo o nieto de esclavos, de piel tiznada como el carbón, labios carnosos y ojos resplandecientemente blancos. Hablaba nuestro idioma con soltura, pero había algo rudo y autoritario en su manera de expresarse que no me despertó ninguna simpatía. Pensé que veinte años atrás no se hubiera atrevido ni a poner su pie en este país y que resultaba extraño que ahora tomase el mando y nos diese órdenes por doquier. También pensé que veinte años atrás era la Gestapo la que tenía el control de la Interpol y que ahora es la Interpol quien tiene el control sobre todos nosotros. Con respecto a John, que así se llamaba el agente, era de aquellos hombres a los que les gusta hablar pero no escuchar.

Hizo oídos sordos a mis quejas cuando se empeñó en ir inmediatamente a la biblioteca para ver con sus propios ojos la escena del crimen. Las luces del día se habían extinguido ya y yo insistí en que era mucho mejor ir a la mañana siguiente, con las primeras luces del alba. Pero él no quiso escuchar. Me pidió que le acompañara. Yo insistí en que había pasado un par de malas noches, que no había logrado conciliar el sueño, y que no era buena idea que le acompañara en su visita nocturna. Tampoco quiso escucharme. Cogió su chaqueta del respaldo de la silla y salió por la puerta esperando que fuese tras él.

Una orden es una orden, sobre todo cuando viene de un superior. Y John Seymour se convirtió en superior de mi superior en el momento en que cruzó el umbral de la comisaría. Así que le acompañé a la biblioteca, contra mi voluntad y con un dolor de cabeza tan espantoso que ni el cigarrillo que me estaba fumando logró apaciguar.

Y allí, de vuelta en esa misma sala de archivos y clasificaciones, delante del cerco blanco de tiza que marcaba la silueta del cuerpo que ahora descansaba en el depósito de cadáveres, presencié anoche lo que ningún ser humano debería ver en vida.

Vi como John husmeaba entre los libros que el forense había apartado tan cuidadosamente, como los manoseaba, como los cogía. Le avisé que no debíamos tocarlos, pero no me escuchó. También vi como recogía el libro de tapas chamuscadas mientras me decía:

—Lleva grabada el águila sobre la esvástica en la cubierta. Según la convención europea, este libro no debería estar aquí, debería ser requisado.

—Si no recuerdo mal, el encargado del turno de noche, un tal Hans Schmidt, dijo que este tipo de libros eran apartados —le contesté leyendo directamente de mi libretita— así que creo que es mejor dejarlo donde está.

Pero, aparte de no escucharme, John hizo lo que no debía hacer. Abrió el libro.

—No pienso hacerlo —respondió—.. Este libro va a venir conmigo a la sede central de la Interpol en París. Parece un diario claramente nazi. Está manuscrito —dijo hojeando las primeras páginas—. Sólo si puedo ver quién lo ha escrito… A ver, esa parte está totalmente quemada, pero aquí se lee… mein Kamf. Espera, ese no es el libro que Adolf…

Entonces vi como un rayo fulgurante salió de las páginas del libro para impactar sobre el cráneo del agente negro, traspasándolo limpiamente y disparando fragmentos de sesos sobre el estante de atrás, como si de un balazo en la cabeza se tratase. Antes de que el cuerpo se desplomase, una mano de fuego lamió su cara que empezó a arder con llamas que parecían salirse del mismo infierno. Impulsado por una fuerza invisible. el libro cayó al suelo, lejos del fuego, y se cerró solo, mientras John Seymour se consumía convertido en una antorcha humana ya sin vida que se desmoronaba.

No sé lo que pasó por mi cabeza en ese momento. Pero agarré el libro fuertemente con las dos manos, con el ansia de quien captura a un asesino que se está dando a la fuga. Por una razón que no entendí al momento, pero que ahora comprendo, el mal que anidaba en él no me dañó. Fue por mi sangre y mi semblante arios. Soy rubio y de ojos azules, y estos rasgos, junto con un pedigrí puramente germano que se remonta a varias generaciones, fue el salvoconducto que me llevó al reclutamiento en las juventudes de la SS en la adolescencia, a los horrores de sus filas de soldados luego, y a poder sostener el manuscrito entre mis manos el tiempo suficiente para echarlo al mismo fuego que él había provocado y que ahora se extendía por el suelo de la biblioteca, consumiendo todo el saber allí acumulado.

Vi con mis propios ojos como la silueta espectral de un Adolf Hitler hecho de humo salía de entre las páginas del manuscrito intentando evitar las llamas que lo devoraban, como habían consumido en tiempos del dominio nazi los miles de volúmenes del saber universal que los comandantes de la Gestapo echaban a la pira ante nuestros ojos atónitos. Vi a ese ser inmundo e incorpóreo sufrir y gritar como lo hacen todas las víctimas de este mundo. Pero vi finalmente como el libro, y el ser espectral que lo habitaba, se convertían en ceniza ante mis ojos.

También presencié como ese fuego que se expandía extrañamente se retrajo, repentinamente y como si se ahogara a sí mismo, dejando solamente una gran mancha negra sobre el suelo, donde no quedó nada más que polvo y ceniza.

En ese mismo instante el ambiente enrarecido y asfixiante de la biblioteca se diluyó, como si algo terrible y opresor se hubiera desvanecido, mientras que por la rendija de la ventana tapiada más cercana se colaban los primeros rayos del amanecer de un nuevo día, este día de hoy, que ahora ya toca a su fin y en el que he tenido que dar muchas explicaciones, demasiadas, la mayoría falsas, sobre las causas del pequeño incendio de la biblioteca probablemente provocada por el agente John Seymour para disimular su robo, sobre su supuesta desaparición llevándose algunos documentos valiosos, sobre porqué volví a la biblioteca al amanecer siguiendo mi instinto policial, sobre porqué considero que el caso está cerrado si no se ha encontrado criminal alguno. ¿Qué quieren que les diga, que yo acabé con el fantasma de un libro? ¿Qué era él quien cometió esos terribles asesinatos? ¿Que todo fue culpa de un manuscrito maldito?

No soy ni un loco ni un necio. Y sé que si dijese la verdad nadie me creería. Por eso he decidido poner todo esto por escrito. En cuanto acabé, meteré esta declaración en un sobre sellado que encerraré en un cofre que no ha de ser abierto jamás y cuya llave tiraré al río. Porque no hago esta confesión para que nadie la lea, ni crea en mis palabras, sino para acallar las voces de mi conciencia y plasmarlas en el papel. Sólo así podré desprenderme de esta parte de mi alma aquejada por la angustia. No en vano dicen que cada autor deja parte de su alma en aquello que escribe.

Pero terminada esta labor expiatoria del alma, todavía me quedará una duda. Una gran y terrible duda que me corroe, pues habiendo vivido el horror que he experimentado estos últimos días, mucho más terrible que los horrores que sufrí durante mi juventud y, sabiendo lo que ahora sé, no puedo parar de preguntarme qué fantasmagóricas y cruentas batallas se librarán en las dependencias secretas de la Biblioteca Vaticana, cuna del saber prohibido, donde descansan los libros salvados del incendio de Alejandría que recogen toda la sabiduría de los Dioses del Antiguo Egipto; donde los libros originales que componen la biblia y los libros Apócrifos que fueron desechados comparten lecho; donde se conservan las copias franciscanas de los libros profanos, herejes y supuestamente perdidos de Aristóteles y Galileo; donde todos los anteriores comparten espacio con los terribles tratados medievales de brujería y magia negra, inspirados por el mismo demonio y redactados por poderosas brujas y nigromantes; y donde se custodian los tomos completos de todos los procesos, interrogatorios y sistemas de tortura llevados a cabo durante siglos por la Santa Inquisición Española contra todos los enemigos de la fe católica, uno de ellos escrito a puño y letra por el mismísimo Tomás de Torquemada.

¿Es esa la razón por la que el archivo secreto de la Biblioteca Vaticana se encuentra inaccesible, sellado y bajo tierra?

Olga Besolí

Abril 2014

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Comments
9 Responses to “E07-El fantasma de los libros”
  1. Mariola dice:

    Olga, Olga, Olga… No sé qué decir. Bueno, sí, que a mí me pones alemanes y polis en una misma frase y me tienes a tus pies forever and ever hasta el infinito y más allá. Desde luego, eres un valor seguro que no falla. ¡Pedazo de historia que te has marcado! Siempre te leo con admiración, pero en este es que te has salido, quizás porque, como te digo, me has tocado una de mis fibras más sensibles (todo lo que lleve, huela o recuerde a 2GM me fascina). Si además acabas con ese puntazo tan bueno, pues eso, que me rematas. O sea, de diez para arriba.
    Para colmo, te ilustra Verónica. Lo dicho, diez no, ¡veinte!
    Mi reverencia más absoluta. 😀

    • olgabesoli dice:

      Muchísimas gracias, Mariola… ay, que me vas a sacar los colores. Y la verdad es que soy muy afortunada por coincidir de nuevo con Verónica, que es una crack y que, sea como sea y en cualquier estilo, a blanco y negro, o en color, a lápiz, etc… consigue unas ilustraciones preciosas y que transmiten mucho.

  2. Paloma Muñoz dice:

    Mariola me recomendó que leyera tu relato y .como todas sus recomendaciones dan en el clavo en lo que a mis gustos se refieren porque me conoce bastante bien pues lo he leído y me he quedado flipada absolutamente. Es una historia increíble, original, inquietante y te quedas con la sensación de continuación. La figura Hitler quemándose entre el fuego que desprende el libro. Alucinante . Y la ilustración de Verónica en blanco y negro resalta el drama estupendamente.
    Estupendas las dos. Ne ha encantado.
    Paloma

    • olgabesoli dice:

      Muchas gracias, Paloma, por la parte que me toca y también gracias de nuevo a Mariola, esta vez por recomendar nuestro trabajo. Me siento muy halagada y valoro mucho vuestras opiniones. Os envío un abrazo virtual.

  3. Muchas gracias!! ^^ La verdad que ilustrarle a Olga es un lujo, ya van varias las ocasiones y me encanta, y esta ocasión ha sido con una historia super original.

  4. Muy bueno OLGA. Un abrazo. Conchita

  5. Buena prosa y buen contenido. Me gusta el estilo de ‘confesión escrita’. Típica de los mejores relatos de terror escritos. Enhorabuena por la historia.

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