E11-El fantasma de los libros

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Género: Relato onírico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Nelle Caver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

E11-El Fantasma de los libros.

UNA VIEJA LIBRERÍA

Había leído mal. Al principio creí que se trataba del fantasma de los libios. Una, que se siente con vista cansada y a veces le cuesta trabajo fijarse en las palabras.

Pero no, se trataba de «El fantasma de los libros». Vi el título en una librería muy antigua de la parte vieja de la ciudad y me quedé contemplando la portada: una bruma que envolvía las tapas de un libro y cuyo título, se hallaba  casi oculto entre los trazos de niebla.

Me acerqué y observé con toda la atención puesta en el curioso libro.

Ilustración de Nelle Caver

Me sentí tan alucinada e intrigada al mismo tiempo que decidí visitar esa librería de aspecto decimonónico.

Al entrar, percibí un extraño olor que no sabría definir. No había nadie.

Los quinqués estaban encendidos y situados en lugares estratégicos para que la luz amarilla diera de lleno en las estanterías y ensombreciera un poco el mostrador.

Me pareció que entraba en otro mundo, en un mundo inquietante, aunque conocido por mí a través de las muchas lecturas y películas que tanto me fascinaban del mundo victoriano.

Los cuadros, cuyos marcos relucían por el pan de oro que los cubría, las estampas del  Londres de finales del XIX, las escribanías de plata que se exhibían en una de las vitrinas del precioso mueble que se encontraba al fondo  junto a una puerta negra medio cubierta por una cortina de terciopelo rojo oscuro, las alfombras que cubrían el suelo de madera barnizada, el sillón de orejeras, los velones encendidos  sobre un pequeño aparador en cuyo centro  se erguía un bonito florero de cristal lleno de flores secas de distintos colores, ofrecían la auténtica estampa de un lugar detenido en el tiempo.

Me fijé en el mostrador y observé que había un timbre muy adornado. No sabía qué hacer, si tocarlo o sencillamente preguntar por el responsable de la librería.

Opté por lo segundo y alcé la voz para preguntar por el encargado del establecimiento. Esperé unos segundos pero nada. Nadie acudió a mi llamada. Miré hacia esa puerta con la cortina roja y esperé un poco más. Dirigí mis ojos hacia el timbre y lo apreté como se supone que haría una dama con la mano enguantada, impaciente por que la atendieran, haciendo ver a las claras que a ella no la hace nadie esperar.

Entonces escuché unos pasos que me  parecieron lentos y la puerta del fondo se abrió rechinando un poco. Confieso que se me pusieron los pelos de punta, pero más me impresionó la figura que surgía del rincón: un tipo con aspecto de hombre viejo, cansado y enfermo, con el cabello blanco, largo y lacio que le caía por los hombros, muy delgado, alto, huesudo y unas manos largas, grandes, enormes, diría yo, que parecían inertes como sus  brazos.

Me recordó a un personaje de cómic de terror muy conocido: el inefable tío Rufus, aunque sin la cara de calavera.

En realidad, me  estremecí porque el tipo se me antojaba la viva imagen de un santo, creo;  de una talla en madera conservada en un horripilante museo de escultura religiosa que me pareció tan horrendo y desagradable que me puse mala de la muerte al contemplarla.

Recuerdo el mal cuerpo que se me quedó.

El extraño y siniestro personaje se acercó lentamente al mostrador y me miró con ojos sin vida alguna, yo tragué saliva y me acerqué a él casi arrastrando los pies.

Disculpe, pero he llamado y como no aparecía nadie, he tocado el timbre y…

Con un movimiento ralentizado de la mano me indicó que aguardara. El anciano, porque era un hombre ya entrado en muchos años, extrajo unas lentes del bolsillo de su batín azul oscuro y las colocó sobre el puente de su huesuda nariz. No imaginaba que la voz que provenía de ese ser tan repulsivo fuera  tan armoniosa.

No importa, señorita. Estaba en el sótano ordenando unas cuantas cosas y he oído  el soniquete del timbre.

Con un nuevo gesto de la cadavérica mano de macilentos tonos, me indicó que me acercara para que pudiera contemplarme a la luz de los quinqués. Colocó uno de ellos cerca del timbre. Yo intenté sonreírle pero tenía unas enormes ganas de salir corriendo de ese  perturbador lugar.

No suele acercarse mucha gente a este rinconcito de la ciudad y pocos curiosean por aquí. Ahora, jovencita ¿podría decirme que es lo que le interesa de la librería?

Respiré hondo. Ese hombre me repelía, pero se mostraba amable y tranquilo. Me pareció que una incipiente sonrisa curvaba sus marchitos labios o ¿acaso lo imaginé?

He visto que tiene en el escaparate un libro que me ha llamado poderosamente la atención. Creo que lleva por título: «El fantasma de los libros» y su cubierta es la más original que he visto nunca.

¡Ah, desde luego!  Se trata de un libro muy singular. Tengo sólo dos ejemplares, el que ha visto usted expuesto en el escaparate y otro que tengo guardado bajo llave en el sótano. Son dos ejemplares muy valiosos ¿sabe?

Acercó el sarmentoso dedo índice hacia mi nariz e instintivamente eché la cabeza hacia atrás. No deseaba herir su sensibilidad, pero no me apetecía de ninguna manera que rozara mi piel con esa uña larga y amarillenta.

¿Quién es el autor? No he podido ver el nombre por la original cubierta de la niebla.

Me miró con curiosidad y me pareció atisbar algo de luz en esas cuencas tenebrosas. Si me preguntaran de qué color eran sus ojos (si es que los poseía), diría que eran vacíos y negros como los de una calavera.

No tiene autor. Nadie sabe quién lo escribió. Es uno de esos libros extraños que aparecen en el mundo como: El Necronomicón, Las nueve puertas del reino de las sombras,  El manuscrito  Voynich, El códice Gigas, El libro de Thoth y otros tantos más. ¿Desea verlo?

Mientras escuchaba su pausada charla, asentí. El anciano salió despacio del mostrador y se dirigió al escaparate. Alargó la mano y agarró el libro igual que si lo hubiera hecho un ave rapaz con su presa.

Con cuidado lo depositó sobre el mostrador.

Aquí lo tiene, joven. Tómese su tiempo. Yo voy al sótano. Me he dejado encendida la luz y no están las cosas para dispendios energéticos.

Echó unas risitas y tosió. Vi como abría la portezuela y la cerraba tras de sí. Creo que la había dejado abierta pero… ¿acaso no le preocupaba que me largara del establecimiento con el raro libro bajo el brazo? Puede que el siniestro vejestorio (que se me antojaba bastante amable y educado) confiara en mí por alguna extraña razón y no le importara dejarme sola en la librería decorada con motivos victorianos.

El libro no era muy grande. Podía sujetarlo fácilmente con ambas manos. No pesaba apenas. Los bordes de las tapas eran duros, la encuadernación suave como si  estuviera forrada de un terciopelo de color granate algo desgastado. El dibujo de la niebla cubría buena parte de la tapa y efectivamente  el título se dejaba entrever.

Era sin duda un libro alucinante que me producía una sensación desconocida o al menos, una sensación que mezclaba la fascinación, la curiosidad, la inquietud y el rechazo porque podía tratarse de un libro embrujado: el  anacrónico anciano repulsivo, la atmósfera morbosa y decadente, el olor indefinido a algo que está fuera del tiempo y de lugar.

 Me daba la sensación que ese libro guardaba secretos y  lo abrí.

Mis sentidos se embotaron, me sentí mareada. Un extraño olor se esparció por toda la sala y la cabeza comenzó a darme vueltas. Instintivamente me apoyé en el sofá cercano al mostrador. El libro resbaló de mis manos y caí al suelo, profundamente dormida.

Cuando abrí los ojos, me encontraba sentada en el sillón de orejas con la cabeza ladeada y frente a  mí el repelente anciano que me observaba como quién contempla un ejemplar curioso y desconocido en una vitrina de un viejo museo.

Me tranquilizó poniendo su mano sobre mi hombro.

Ha sufrido un desvanecimiento, jovencita. Afortunadamente no ha sido nada serio. Subí y la encontré sobre la alfombra sosteniendo aún el libro en las manos.

¿Ha podido levantarme usted? No es que pese demasiado pero no soy un alfeñique y usted es…bueno, parece frágil.

El anciano sonrió, pero su expresión era de ansiedad.

Hubo un tiempo en que yo era joven y agraciado y ahora me veo viejo, decrépito y sabedor de que mi presencia es rechazada por todo el mundo. No se preocupe, aún tengo fuerzas para alzar a una bella joven y colocarla en ese sillón.

La cabeza me da vueltas. Creo que debería marcharme.

¿Ha abierto el libro?

Me preguntó acercándose aún más, dejándome sentir su aliento nauseabundo.

No lo sé. No lo recuerdo.  Puede que sí. ¿Por qué lo pregunta?

Bueno, no ocurre nada. Tranquila. ¿Se marea con asiduidad?

Negué con la cabeza, aunque aclaré:

Suelo tener la tensión baja. Necesitaría tomar algo fuerte, un café algo cargado o un licor.

Puedo prepararle un té, si lo desea.

No me fiaba de ese hombre para nada. Pero hasta ahora se había mostrado inofensivo  conmigo. ¿Inofensivo?  Tendría que salir de esa librería tan extraña, de ese ambiente tan enrarecido. Me preguntaba por qué me había mareado de esa forma.

Creo que debería irme. Gracias por sus atenciones. No voy a molestarlo más.

Si no ha abierto el libro aún, tal vez pueda regresar en otro momento y verlo con más tranquilidad. Prometo que en ese momento no me ausentaré como he hecho hoy.

¡Qué insistencia con lo de abrir el libro! Pensé.

¿Qué se supone que me podría ocurrir o qué podría ocurrir si lo abriera?

Miré al anciano e intenté aparentar calma. Hasta creo que le sonreí.

¿Por qué insiste tanto en si he abierto el libro? ¿Qué tienen sus páginas de particular?

El anciano se acercó a mí tanto que me eché hacia atrás. Me daba la impresión de que su respuesta no iba a gustarme en absoluto.

Es un libro muy, muy especial. Usted misma ha podido comprobarlo porque le ha llamado la atención desde que lo vio por primera vez. Tal vez piense que ha sido  casual su visita a la librería, pero no es así. Este libro se nutre de seres humanos, o mejor dicho de su espíritu ¿Ha oído usted hablar del Ka? Es la fuerza  vital de las personas. Los antiguos egipcios así lo entendieron.

Me estremecí.

 No entiendo lo que quiere decir. ¿Por qué no es casual que haya llegado hasta  este rincón de la ciudad y haya deparado en ese libro tan extraño?

Me miró con una fijeza que me sobresaltó. Deseaba salir corriendo pero mi curiosidad pudo más que mi prudencia.:

Porque usted es una de las elegidas.

ALMAS GUARDADAS ENTRE AMARILLENTAS PÁGINAS

Hace cientos, incluso miles de años, existieron espíritus vitales: kas que  vivían en  ciertos seres humanos, aunque muchos de ellos no lo sabían o no lo conocían y que conformaron página tras página este libro tan especial y único: no hay otro como él en el mundo. Sólo yo poseo los dos únicos ejemplares. Aparece y desaparece de la historia por diversos motivos. Ahora está aquí junto a usted querida y lo ha tocado y acariciado con sus jóvenes y suaves manos. Pero este libro, antes que usted, fue tocado por otras manos, manos de personajes  conocidos y relevantes para la historia de la humanidad.  Desde los papiros egipcios hasta el papel impreso en fábricas de la era victoriana. Todo un recorrido de existencias que han llenado las páginas de «El fantasma de los libros». Usted, por alguna razón que yo desconozco, ha visto el libro y se ha sentido subyugada por él, porque el libro la ha elegido de entre otros que se han acercado a esta librería y han contemplado el ejemplar pero no han sido capaces de entrar y preguntar por él. ¿Por qué? Quién sabe.  Miedo, desconfianza,  ignorancia, cobardía, desinterés, prisas, escepticismo o sencillamente que sus kas no eran fuertes, limpios o armoniosos. Si supiera las manos que acariciaron la esencia de este libro y los espíritus que poblaron sus páginas, créame querida: se sentiría muy orgullosa de pertenecer a esa curiosa comunidad.

¿Quiénes fueron? ¿Personajes históricos relevantes, tal vez? Por favor, continúe. No me importa si es una fábula lo que me está contando, pero me resulta tan fascinante que no me importaría pasarme toda la tarde junto a usted en este lugar tan turbador.

¿A pesar de mi repelente aspecto? Sonrió y yo me estremecí de nuevo.

Supongo que usted no siempre tuvo este aspecto. Seguro que de joven fue un hombre interesante.

Me sonrojé.

En eso tiene razón señorita. Yo realmente soy un vigilante, un… guardián del libro aunque hubo otros antes que yo y habrá otros después.

¿Otros? ¿Cómo usted?

Asintió y tomó un poco de té sujetando con firmeza la taza. Sus manos huesudas y  macilentas, tan desagradables asían la taza y sus ojos me miraban con un indescriptible brillo demoníaco. Sin embargo, la calidez de su voz hizo que me contuviera sin dejar de mantener alerta todos mis sentidos.

Ha habido otros antes que yo, naturalmente. Igual que otras personas antes que usted. Ahora permítame continuar. Me ha preguntado por los personajes conocidos que tocaron el libro y cuyos kas impregnaron las amarillentas páginas. Desde la linda reina Nefertari, «por la que el brilla el sol» según su brioso marido, Ramsés II, (bueno, comprenderá que ella no conoció el libro tal y como usted lo ve ahora. Era un papiro de la época) hasta  ese irlandés  revolucionario del mundo de la literatura fantástica llamado Bram Stoker, pasando por el gran Rafael, el divino Rafael o por el magnífico orador y filósofo que fue Denis Diderot. Ya ve mi querida joven, el repertorio es amplio y además muy democrático Se rió, quebrándosele la voz.

Yo estaba tan maravillada y fascinada con el relato que casi se me escurrió la taza de los dedos.

Entiendo por qué dice lo de «democrático» porque en la sucesión de kas especiales hay  reinas, filósofos, escritores y una pléyade de personajes desconocidos, supongo.

Se movió y tomó el libro entre las manos. No estaba segura de haberlo abierto. Pero él me miraba como si supiera lo que pensaba hacer en todo momento.

Tanto si ha llegado a abrir las páginas del libro como si no lo ha hecho, usted le pertenece, es decir su ka, su espíritu joven, inquieto y valiente propio de su tiempo y puede formar parte de esa pléyade de espíritus especiales de los que el libro se nutre.

¿Y qué ventajas puede acarrearme el que mi ka pertenezca a «El fantasma de los libros», si es que posee alguna?

¿No le parece la inmortalidad la mayor ventaja?

¿La inmortalidad? ¿Está diciéndome que al pertenecer a esa curiosa cofradía, me convierto en inmortal?

No, usted no. Su espíritu. Su ka.

Está bien. Y ahora ¿qué me va a suceder? ¿No me convertiré en alguien tan tenebroso como usted, verdad?

Se rió siniestramente frunciendo la boca.

Ya le comenté que  no siempre fui así. Cuando era joven era un hombre imponente.

¿De verdad? ¿Tiene alguna fotografía de aquella época? Debió de ser una época muy lejana entonces a  juzgar por los años que debe tener.

Ciertamente, hermosa joven, ciertamente. Una época muy lejana y casi olvidada.

Sus ojos parecieron iluminarse como una llama que aparecía cada vez más viva dentro de las insondables cuencas negras.

Se levantó despacio y lo imité. Anduve unos pasos y apoyé las manos sobre el mostrador.

Espere aquí un momento, por favor. No tardaré mucho. Quiero que vea algo. Le pediría que me acompañase al sótano, pero comprendo que no lo desee. Aunque una parte de usted arda en ganas de saber qué es lo que escondo allá abajo, ¿no es cierto? Sin embargo, su natural rechazo hacia mi persona le impide moverse de la librería. La salida está muy cerca y el sótano muy hundido dentro de la tierra.

Al cabo de un rato, sentí las pisadas de este extraño personaje que tan alucinada me tenía. Llevaba una especie de baldosa, apenas cubierta por un paño blanco. Parecía de barro.  No sabía qué iba a pasar y tampoco lo que debía hacer. Me mantuve en tensión hasta que acercándose a mí me sonrió débilmente y me indicó que me sentase.

De nuevo, frente «al tío Rufus», (al pensar en ese horrible ̶ pero simpático ̶ personaje), me invadió la fascinación de lo desconocido, de lo sorprendente, de lo increíble.

Desenvolvió la baldosa y contemplé  con estupefacción ¡qué se trataba de una pequeña estela de barro egipcia!

A juzgar por su expresión, parece que conoce algo sobre el arte egipcio.

Es una estela, desde luego. Estudié Bellas Artes y participé en varios seminarios sobre arte y arquitectura del antiguo Egipto.

¿Es posible que conozca al personaje que está representado en este relieve?

Observé la estela. No parecía muy desgastada por el tiempo. Al contrario, daba la impresión de que había sido secada al sol no hacía tanto. Suspiré y toqué el borde del relieve con los dedos temblorosos.

Imagino que el personaje  es alguien importante: un guerrero o un faraón o ambas cosas a la vez. No sé… por los jeroglíficos, la posición del personaje, desde luego era alguien importante.

Lo era. Lo fue. Era el príncipe  Amenhirjopshef, primogénito del gran faraón Ramsés II. La pequeña estela pertenece al templo de Luxor.

Abrí los ojos de par en par. Me quedé sin respiración. ¿Cómo un tipo tan espeluznante, un vejestorio tan raro y tan siniestro poseía semejante tesoro escondido en el sótano de esa extraña librería? ¿Y todo lo que me había contado a cerca del libro? Sin duda, fantasías de un viejo solitario que se entretenía en inventar historias para que alguien le hiciera compañía una  fría tarde de otoño.

Reaccioné: el primogénito de Ramsés II, el gran faraón ni más ni menos.

¿Cómo está tan seguro de que ese personaje es el heredero de Ramsés II?

Se acercó a mí y yo me tambaleé. Sentí miedo y algo que me atenazaba la garganta y no me dejaba respirar con normalidad. Las gotas de sudor comenzaron a empapar mi ropa interior.

Me miró y los ojos sin vida se iluminaron de tal forma que me dio la sensación de que su rostro iba a transformarse en otro muy diferente.

Con su habitual voz armoniosa me dijo bajando el tono:

Porque el príncipe Amenhirjopshef soy yo.

Lancé una exclamación y sentí como mis ojos se nublaban y como la consciencia me iba abandonando progresivamente, mientras unos fuertes y fríos brazos me sujetaban. Después todo se volvió gris, gris muy oscuro, negro azulado para finalmente convertirse en un profundo negro que me sumergió en un tibio y delicioso estado de placidez desconocido.

AQUEL RINCÓN DE LA VIEJA CIUDAD

La novela que estaba a punto de finalizar, me había hecho entrar en un estado de sopor en el que el sueño se adueñó de mi voluntad de tal manera que me fue imposible reincorporarme para saber cómo terminaba una de las más deleznables novelas de Anne Rice que llevaba el siniestro y manido título de «La momia» aunque el original era «La momia de Ramsés, el maldito». Y me preguntaba ¿cómo se le había ocurrido a esa juntaletras oportunista imaginar a un personaje tan glorioso como Ramsés el Grande montárselo con Cleopatra como si tal cosa para cientos de años después tirarse a una pija inglesa en la época eduardiana?

Pues es cierto. Decidí no finalizar la novela por respeto a los personajes históricos y por respeto al buen gusto del que esa supuesta escritora carece por completo, sobre todo en esta novela que me dieron ganas de quemar en la chimenea.

Ummm, momias, faraones, libros antiguos, ritos olvidados, amores inmortales y las típicas descripciones de sexo en la historia de  esta novelista yanqui que hablaba  de la primera vez que un hombre, en este caso un faraón reconvertido en un playboy que baila el vals y fuma puros, le hace el amor a una niñata pijolandia del Londres de principios de siglo y cuya «puerta de su virginidad es derrumbada por su potente embestida».

Bueno, si tenemos en cuenta que Ramsés era denominado  ̶ entre otros epítetos ̶   «El toro poderoso», podemos hacernos una idea de la descripción. Pero claro, cuando lees disparates semejantes y te entra la indignación para finalizar con un ataque de risa; después te calmas e intentas entrar en otra historia, en otra aventura que sea más reconfortante y no tan mortalmente aburrida como la historia de la momia de Ramsés, el maldito.

Por eso, sugestionada me dormí y cuando desperté, era sábado. No tenía que ir a ningún sitio especial, tal vez a echar un vistazo a las librerías antiguas de la parte vieja de la ciudad.

Por la tarde en noviembre con tan poca luz, vi el letrero de una antigua librería de la que no tenía idea de que existiese y me acerqué.

Tenía la sensación de haberla visto antes ¿en sueños, tal vez?  Daba la sensación de que en el interior del establecimiento no había nadie. Sentí una especie de «déjà-vu».

Pero sí que me fijé en un libro sobre la historia de un príncipe egipcio que era el heredero de un importante faraón. Recordaba vagamente algo referido a cierto personaje real del que alguien me habló.  Entonces lo comprendí: el sueño producido por el aburrido y bochornoso libro de Anne Rice del que había decidido deshacerme.

Intenté recordar el complicado nombre del personaje. No importa.

Pero sí que me vino a la memoria el título del libro misterioso con el que comenzó mi aventura onírica: «El fantasma de los libros». Un título muy sugestivo, sin duda, pero que no encontré en ese establecimiento.

Tal vez existiera en cierta librería antigua de la parte vieja de alguna ciudad.

Ninguno de los libros que estaban expuestos tenían nada que ver con el título y el curioso y  original aspecto que presentaba en mi sueño.

 También recordé algo sobre kas y elegidos. Espíritus que vivían eternamente y asuntos de índole fantástica.

Y desde luego espero que al pobre Ramsés II no le metan en ningún otro asunto lamentable y vergonzoso para vender libros como rosquillas y encima convertirlo en un objeto de best-seller en un libro con una ínfima calidad literaria.

Sin embargo, hay algo que deseo recordar: el nombre del príncipe y sobre todo lo que sucedió después de perder la consciencia y entrar en ese sopor tan maravilloso en el que me vi envuelta.  Todas las sensaciones más deliciosas las experimenté en una décima de segundo y aún conservo en una parte muy profunda de mi recuerdo algo único que sólo yo fui capaz de experimentar.

¿El tío Rufus? ¡Claro! No me gustaría encontrarme con un personaje así. Voy recordando poco a poco. Haciendo esfuerzos por vislumbrar su aspecto, pero no lo logro. ¿El príncipe? La imagen del guerrero en una descripción de un famoso templo egipcio. ¿Habría alguna conexión con ambos personajes?

Lo dejé estar y me calé aún más mi gorro de lana, apretando la bufanda en torno a mi cuello.  Comenzaba a refrescar. Estuve unos minutos más ante el escaparate antes de seguir por la calle para encontrar un café y tomarme una buena taza caliente.  ¡La hora de los sueños! únicos momentos en los que vivimos más que en el resto del día.

                                                            …………………………………………………

Ella caminaba hacia el café, mientras iba avanzando, alguien con el cabello blanco, largo que parecía una figura fantasmal, la observaba sonriente desde la ventana interior del escaparate de la vieja librería.

Paloma Muñoz

Madrid, 3 de mayo 2014

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Comments
2 Responses to “E11-El fantasma de los libros”
  1. Paloma Muñoz dice:

    Gracias a Nelle Carver por la ilustración de esa chica observando el escaparate de la curiosa librería de la parte vieja de la ciudad que como ya le comenté me recuerda a una chica de un barrio parisino. (Me lo pareció cuando la vi)

  2. olgabesoli dice:

    Cuando he empezado a leer tu historia se me ha venido a la mente la librería del señor Koreander, en la que entra Bastian Baltasar Bux y encuentra el libro “La historia interminable”… aunque, por suerte, el señor Koreander no era tan espeluznante como ese “Rufus”. Me lo he pasado en grande leyendo tu historia, y me ha encantado lo del “ka” (me encanta Egipto y todo lo que huela a él). La ilustración de Neve no podía ser otra que ese escaparate repleto de libros y sí, coincido con Paloma a que tiene un cierto aire parisino, no sé si por la vestimenta de la chica. Buen trabajo.

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