La costa del amor

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de David Aguilar. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La costa del amor.

Estaba escuchando una canción que siempre me ha gustado mucho: The cost of loving de The Style Council y, sin darme apenas cuenta, asocié el título de la canción a unas vacaciones veraniegas de hace muchos años cuando me enamoré por primera vez de un chico inglés que pasaba unos días con sus padres en el mismo pueblo al que mi familia y yo íbamos en el mes de julio.

El calor, el agua calentorra del mar, el olor a sardinas asadas muy cerca de la lonja de pescado, los helados y batidos que nos tomábamos por las tardes mis padres y mi hermano pequeño cuando salíamos a dar una vuelta por el paseo marítimo, las chorradas y chucherías que nos comprábamos todo el grupo de chicos y chicas que nos juntábamos para ir al cine de verano los viernes por la noche después de la cena; los bocatas, las pipas, los cigarrillos encendidos cuyas brasas brillaban en la oscuridad al aire libre que se llenaba de los miles de olores de la noche de verano. Todas y cada una de esas sensaciones las conservo muy dentro de mí y, por supuesto, la imagen de mi primer gran amor: el muchacho inglés de inmensos y luminosos ojos azules que se azoraba cuando intentaba entablar una conversación conmigo sobre cualquier cosa, motivo o detalle que nos había llamado la atención en la playa mientras nos bañábamos.

Se llamaba Reginald. Sí, un hombre muy sajón. Sus padres lo llamaban “Reg” y a mí, que me gustaba tomarle el pelo de vez en cuando, lo llamaba “Reginaldo”. Así, tal cual, en castellano.

A Reginald le parecía bien. En realidad le parecía bien todo lo que yo hacía o decía porque a decir verdad era tan encantador y caballeroso que aunque hubiera miles de Reginalds iría directamente a por él. Además estaba muy enamorado de mí y yo de él. Para qué me voy a engañar, tanto era así que nos regalamos como prenda de amor unas caracolitas en las que  grabamos las iniciales de nuestros nombres con cierto esfuerzo.

La pandilla que nos juntábamos en la playa recibió bien a Reg, entre otras cosas, porque como era un “guiri”, y muy guapo además, a las niñas les encantaba que participara en el grupo y los chicos se acercaban a él con una curiosidad bienintencionada porque lo consideraban uno más de los muchachos que pasaban las vacaciones con los padres y que deseaba escaquearse de su control.

La primera vez que nos miramos a los ojos supimos que nos amaríamos siempre. Y así fue, al menos durante esas vacaciones que para mí fueron las más maravillosas de mi vida.

Había una casa antigua muy cerca del paseo marítimo rodeada por árboles muy altos, palmeras y mucha vegetación desordenada que daba la sensación de estar abandonada por completo a no ser por la tenue luz que, por las noches, iluminaba una de las ventanas que daba al paseo.

Un muro de cemento coronado por cráteras con flores secas plantadas, le daba a la casona la imagen de un lugar siniestro, sobre todo cuando iba atardeciendo y el sol se escapaba entre  las nubes violetas.

Entonces toda la pandilla se acercaba con cierto sigilo a la vieja casa y lanzábamos piedras que resonaban con chasquidos mientras los gatos que dormitaban en el descuidado jardín emitían quejidos histéricos.

El viejo se asomó en más de una ocasión con un puño cerrado de forma amenazadora y los chicos se reían mientras el anciano nos insultaba y afirmaba que se lo iba a decir a nuestros padres.

Reginald y yo nos manteníamos en un  segundo plano. Yo creo que a Reginald no le hacía mucha gracia que nos metiéramos con ese viejo y mucho menos con los gatos que por cierto eran bastante antipáticos. A fin de cuentas era inglés y ya se sabe que, para ellos, con los animales domésticos había que tener cuidado y no asustarlos ni inquietarlos por nada.

Una noche de viernes después del cine de verano, quedamos en vernos frente a “la casa siniestra´´, que, así la habíamos apodado para darle un buen susto al anciano.

Yo les dije que lo dejaran en paz, a ver si le iba a dar un infarto o algo así, pero los chicos y algunas de las chicas estaban tan empeñados en darle la brasa al viejo que no me hicieron mucho caso, así que se dedicaron a preparar una bromita pesada. Y la bromita pesada consistía en ponerle unos petardos de los gordos y sonoros cuando saliera al caótico jardín.

Mi hermano pequeño estaba loco por participar en la aventura pero yo no quería que tuviera problemas, así que decidí que nos siguiera “de carabina´´ a Reginald y a mí.

Pero fue inútil porque mi hermanito se escabulló y se largó con el resto del grupo a montar el número frente a la casona.

Reginald y yo no queríamos distanciarnos mucho porque nuestros padres nos habían  dejado muy clarito que no querían líos. Así que con “la paguita´´ nos compramos unos helados y nos fuimos  pasear junto a la orilla sin quitar la vista de mi hermano.

Lo hicieron ¡vaya que si lo hicieron! El dueño de la casa se llevó un susto de muerte y por lo que sucedió después ( fué al hostal en dónde nos alojábamos la mayoría de los chicos y chicas de la panda) y habló con el encargado para que le comunicara a nuestros padres que lo habíamos asustado de tal manera con los petardos que estuvo a punto de morirse.

Reginald no quería malos rollos con sus padres  y era pragmático, así que aseguró a mis padres que mi hermano sólo estaba de “comparsa´´ de los muchachos y que no le quitamos la vista de encima para que no ocurriera ningún contratiempo. Pero lo cierto es que mi hermanito deseaba participar en la movida y lanzó un petardillo dentro del jardín con una agilidad pasmosa para lo joven que era, por lo tanto también había  contribuido al “jamacuco´´ de vejete.

A parte de los jaleos que se traían en el grupo de colegas, nuestro amor seguía adelante  apurando el tiempo de las vacaciones.

Reginald me prometió que volvería al año siguiente. Nos dimos nuestras direcciones de correo. Había conseguido que Reginald hablara un poquito castellano y yo darle al inglés.

Nunca olvidaré la expresión de sus ojos azules cuando nos despedimos. Me dijo que me quería y me lo dijo en inglés. También le dije yo en castellano que lo quería. Acordamos escribirnos y guardar las caracolitas con nuestras iniciales apenas dibujadas en el caparazón.

Ilustración de David Aguilar

Las cartas fueron llegando al principio y nos contábamos nuestras cosas con el diccionario al lado sobre la mesa.

Tenía la seguridad de que volvería a verlo. No me había sido posible ir a Londres ni él ir a Madrid, pero teníamos el pueblecito costero de playa de suaves arenas y mar azul con el calor tórrido del mes de julio en la ribera mediterránea y esa caracolita que mirábamos siempre por las tardes mientras contemplábamos las últimas luces en el cielo.

Pero aquel último verano Reginald no apareció. Lo busqué en el hotel en el que se alojó el verano anterior y pregunté. No. No habían venido. Estaba muy triste porque deseaba verlo con toda mi alma. Él me había asegurado que volvería por vacaciones. Pero no fue así.

Escribí muchas cartas y no recibí ninguna respuesta. Estuve algunos veranos más con mi familia en el pueblecito ribereño pero ya no era lo mismo.

La casona siniestra y el desagradable viejo seguían en pie y el mar tan calmo y azul seguía reflejaba el color del cielo.

Algo cambió dentro de mí. El recuerdo de Reginald nunca lo perdí. Y deseé con todas mis fuerzas que estuviera bien y que nada malo le hubiera ocurrido.

Mi hermano alguna vez me habla de él y sabía que nos íbamos paseando de la mano entre los palmerales y que nos sentábamos sobre el pequeño embarcadero de madera para contemplar el movimiento del agua.

He ido a Londres varias veces y pregunté por la dirección que tenía de Reginald, pero nadie supo darme razón de  la familia.

Un amor de verano que lo sentía tan auténtico y que llenaba mi corazón más que cualquier otra cosa en el mundo.  Y una casona que en la noche daba escalofríos y que volví a contemplar al cabo de los años aún en pie pero completamente vacía.

23 de junio 2014

Paloma Muñoz

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Comments
5 Responses to “La costa del amor”
  1. Mariola dice:

    Ay, Paloma, ¡qué bonita historia de amor veraniego!, ¡esto es lo que hay que leer para estas fechas!, con ese tono de recuerdo melancólico tan propio de los calores estivales. Todos hemos tenido vacaciones así, más o menos, en el pueblo costero, con las pandillas de amigos y conociendo a otros nuevos. Te ha salido fenomenal, y me ha gustado muchísimo la ilustración tan fantástica que te marcas, David, donde transmites perfectamente esos colores y texturas del verano. Te pongo ahora mismo en mi lista de artistazos del trazo. ¡Qué envidia…!
    Os felicito a los dos. 😀

  2. Paloma Muñoz dice:

    Ays es cierto, esas vacaciones veraniegas que recuerdos traen!!! Gracias Mariola por el comentario y gracias por suùesto a David Aguilar por la preciosa ilustración tan melancólica al mismo tiempo y tan de verano. Me ha encantado formar equipo contigo. Un abrazo, Paloma

  3. David Aguilar dice:

    Gracias por vuestros comentarios!! Mariola tiene razón es un relato fantástico que te lleva a esos veranos que se recuerdan de por vida. Muy buen relato Paloma!!!

    • Paloma Muñoz dice:

      Gracias David. Me alegro de que te haya gustado la historia de los amores veraniegos. A ver si coincidimos de nuevo. Tu ilustración me ha encantado.
      Un abrazo, Paloma

  4. olgabesoli dice:

    Bueno, voy retrasada en las lecturas, y mi comentario llega tarde, pero espero que lo veáis igualmente. Paloma, tu relato me ha gustado mucho y me ha hecho recordar la sensación de libertad que se sentía de adolescente, haciendo gamberradas con la pandilla y también a los primeros amores… ¡qué tiempos aquellos!. Y la ilustración de David es perfecta para el relato, porque transmite mucho calor y sosiego. Además, es una estampa muy bella. Muy buen trabajo de los dos. Felicidades

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