La rebelión de las hadas

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Género: Fantasía urbana

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Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La rebelión de las hadas.

Se lo que hicisteis el último verano, parecía susurrarles el bosque en ruidos apenas perceptibles de ramas y hojas que cedían bajo el peso de sus pies. Lo sé, lo sé, siseaba una serpiente que cruzó por delante y se deslizó bajo una piedra. Todos, todos, parecían repetir las ardillas que vigilaban su avance desde los árboles. Lo vimos, lo vimos, cantaban con sus finas voces los pájaros desde el cielo.

Todo el bosque parecía hacerse eco de lo que allí había ocurrido, delator de lo que nadie más que ellas sabían. Incluso el rumor de las aguas del riachuelo reverberaban insistentemente lo hicisteis, hicisteis.

Aún así, el grupo de mujeres seguía avanzando, internándose en la espesura del bosque, entre canturreos de cancioncillas populares y risitas nerviosas por la cercanía de aquel lugar que algunas pisaron por primera vez hacía exactamente trescientos sesenta y cinco días.

El calor era sofocante. El sudor pegajoso adhería las ropas a esos cuerpos que ya no acostumbraban a ir ceñidos, evidenciando muchas redondeces y michelines, pistoleras, pechos caídos y vientres abultados, mientras que las mochilas cargadas con todo el peso del mundo presionaban unas espaldas aquejadas de rigidez debido a unas vidas demasiado sedentarias para los cuerpos y, a la vez, demasiado ajetreadas para las mentes.

El estrés, las responsabilidades y la tensión acumulada habían ido atenazando, día tras día, año tras año, esas cervicales que, paso a paso, y gracias al excesivo peso de las mochilas, se estaban recolocando y se liberaban de la tensión acumulada: por décadas de vivir enterradas entre papeleo unas; por tener que demostrar cada día sus aptitudes y profesionalidad mientras los compañeros de trabajo ascendían, otras; por estar en constante contacto con los clientes, a veces desagradables y machistas, algunas; por toda una vida intentando ser lo que la gente esperaba de ellas, bastantes; por esforzarse diariamente a ser la hija, la esposa, y luego la madre perfecta, la gran mayoría; por tener que aguantar los comentarios, consejos y órdenes no solicitados de todos aquellos que las consideraban frágiles, débiles e inferiores, muchas; por sentirse frustradas, impotentes y vapuleadas, como peces intentando nadar contra corriente sin conseguirlo, casi todas; por tener que sobrevivir y aguantarse dentro de una sociedad que solamente respeta la juventud y la extrema delgadez, y te bombardea la autoestima hasta que lloras frente al espejo por haber cumplido más de cuarenta y, encima,  aparentarlos, absolutamente todas.

De todos esos años de batallas libradas y perdidas no sólo habían resultado dañadas las cervicales; el sacrificio había obstruido también los corazones. Esas mujeres que habían empezado la vida con la ilusión y la esperanza que dan el futuro incierto y lleno de posibilidades se habían ido sumergiendo en la tristeza y el sopor que te entran cuando dejas de creer en ti misma. Hasta que una de ellas, el año anterior, despertó. Lo hizo y arrastró con ella a unas cuantas. Y esas pocas mujeres cometieron su primer crimen contra la sociedad establecida, contra el orden de todas las cosas, contra el estado de derecho, contra la estructura jerarquizada, contra el sistema patriarcal y contra todo lo que conocían. Esas pocas mujeres mintieron, extorsionaron, robaron, manipularon, chantajearon y utilizaron cualquier treta que tuvieron a mano. Y lejos de sentirse mal por ello, se sintieron mucho mejor, rozando casi la satisfacción.

Una de ellas simuló estar enferma en el trabajo para disponer de unos días sin tener que dar explicaciones; otra reclamó dos de sus días personales en la oficina; otra pegó un cartel de “cerrado por San Juan” en la puerta de su comercio; otra dejó a la enfermera a la cabeza de su consulta; otra le hizo “ojitos” a su jefe hasta que éste asintió y le adelantó las vacaciones; otra le explicó a su marido comprensivo que necesitaba dos días de soledad; otra le comentó al suyo, menos comprensivo, que le importaba un comino que él no estuviese de acuerdo, que se iría de todas maneras con sus amigas y que no pensaba decirle donde; otra envió a la porra a su pareja antes de cerrar la puerta tras de sí; otra desapareció sin más aprovechando que su marido se levantaba más temprano, tras dejarle una nota de “he dejado la nevera llena, que los niños no rompan nada”; otra cogió prestadas la mochila, la linterna, la cantimplora y la brújula de su nieto, por supuesto sin permiso; otra asaltó la bodega de su marido, de donde desaparecieron la botella de su mejor coñac y la de whisky añejo; otra le quitó el preciado mechero, regalo de sus empleados, al suyo; otra se llevó el coche familiar y la tienda de campaña de su hijo; otra robó el gorro de pesca y la nevera de los cebos, que llenó de tápers de comida.

Eso había ocurrido hacía exactamente un año, cuando aquel reducido primer grupo de mujeres, sin desvelar sus intenciones y su destino, se adentraron por la misma senda del bosque en un día soleado y caluroso como ese, con pasos inseguros pero con la frente bien alta. Y lo hicieron. Llegaron al enclave que una de ellas, guarda forestal, conocía a la perfección: un claro en medio de la espesura del bosque de difícil acceso para aquellos que no conozcan su posición exacta, escondido a la vista de los curiosos por árboles, matorrales y arbustos de espeso ramaje y bordeado por las frescas aguas del pequeño riachuelo virgen que baja directamente de la ladera de las montañas. Un espacio coronado por dos grandes rocas grabadas con símbolos: una espiral y un triángulo. Un paraíso terrenal con aires de celestial para ese grupo de trece mujeres que hacía un año llegaron hasta allí y que ahora repetían su hazaña viendo su número multiplicado por diez.

El centenar de mujeres tardó más de dos horas en recorrer el camino que les separaba del enclave: no porque estuviera lejos, sino porque las había de todas las condiciones y edades, algunas de ellas con artritis, otras con sobrepeso, otras con dolorosas varices en las piernas… incluso alguna con asma. Pero todas y cada una de ellas, con más o menos cansancio encima, según cada caso, llegó sonriente hasta el lugar dónde todo había ocurrido el verano anterior.

Todas se quedaron fascinadas ante el encanto del lugar, hasta las que lo habían visitado el año anterior, pues parecía que ese rincón del bosque no se subyugara al paso del tiempo. Estaba exactamente igual que cuando lo vieron por primera vez. Pero la admiración duró tan poco como el tiempo de descanso, porque todas se pusieron manos a la obra.

Como quien sigue un ritual de forma ceremoniosa, y con la calma de quien sabe que no tiene a su espalda a nadie observando dispuesto a evaluar y criticar cada movimiento, las mujeres fueron desplegando su campamento particular, de forma lenta pero armoniosa, arrulladas tan solo por el rumor de las aguas frescas y el eco de sus propias voces.

Los pequeños pajarillos del bosque se acercaban a escuchar la fuente de esas risas como campanillas y de las alegres canciones que surcaban el aire. Hacía un año que no habían vuelto a ver humanos por esa zona y estaban sorprendidos por tanto movimiento.

Unas mujeres se afanaban en allanar el suelo de piedras, otras montaban las tiendas sobre él, otras organizaban un fuego que cuidarían hasta bien entrada la madrugada, otras sacaban manteles, servilletas, cubiertos y platos, otras iban depositando aquí y allá envases repletos de suculenta comida casera, otras sacaban bebidas de mochilas, bolsas y neveras, otras mostraban sus instrumentos musicales y deleitaban al grupo con suaves melodías, otras se dedicaron a cocinar con las brasas del fuego… y todas en plena comunión. Nadie interfería en los asuntos de nadie, atareadas como estaban todas y cada una de ellas.

El día fue pasando y hubo tiempo de sobra para hacer lo que a cada una le vino en gana: leer, descansar, comer, bailar, cantar, hablar, escuchar, alejarse, reír, llorar, quejarse, estirar las piernas, pasear… Cada una tuvo su forma individual y diferenciada de expresarse y de sentir, libremente, sin que nadie se atreviera a juzgar a nadie por ello.

Los pequeños y escurridizos roedores que habitan en los árboles del bosque fueron acercándose, poco a poco, al olor de la comida y a la energía positiva que desprendía el campamento de aquellas mujeres. Algunos pequeños mamíferos también se acercaron a observarlas pero, temerosos de que hubiera depredadores por los alrededores, corrieron de vuelta a sus madrigueras.

Luego llegó el atardecer y, cuando el sol alumbró con su último rayo el día más largo del año y dio paso a la noche más corta, y a la vista de los animales nocturnos que salían de sus guaridas a la caza arropados por la creciente oscuridad, hicieron lo mismo que hicieran aquel primer grupo de mujeres del pueblo el año anterior: iniciaron su rebelión de las hadas.

Sin previo aviso, y sin ceremonias, se despojaron de sus ropas mientras dejaban caer al suelo sus miedos, sus tabús, sus traumas, sus frustraciones y sus complejos. Algunas miraban al suelo, otras elevaban la vista al cielo; todas evitaban mirarse. Fueron unos minutos tensos, de incertidumbre, hasta que se acostumbraron a su propia desnudez y fueron capaces de mirar al frente.

Primero con timidez y luego desterrando para siempre la vergüenza de sus vidas, se observaron unas a otras y se descubrieron como realmente eran: bellas. Los cuerpos por los que antes sentían rechazo, ahora, sin haber cambiado absolutamente en nada, les parecían más hermosos.

Fue su percepción de ellas mismas la que había cambiado, pues la perfección consiste precisamente en cada una de las marcas, señales y surcos que la vida te otorga. Cada arruga es el testigo de una experiencia vivida y el valor de la vida no era más que el valor de las experiencias acumuladas. Y sus cuerpos contaban todas aquellas vivencias como los tatuajes del marinero cuentan sus hazañas. Eso las convertía en mujeres completas. Ellas nunca habían sido los desechos humanos que les habían hecho creer que eran; ni los productos tarados e inútiles de esta gran fábrica de estereotipos imposibles de alcanzar que es este mundo. Ellas eran preciosas, femeninas y sublimes, tal como la naturaleza y la vida misma las había moldeado.

Un enjambre de mariposas nocturnas de fosforescentes alas azuladas alzaron el vuelo en torno a ellas y las rodearon, mientras ellas danzaban bombeando felicidad en sus corazones.

Ilustración de Marta Herguedas

La luna se alzó imponente en el cielo y el aullido de los lobos de las montañas corearon su agitado baile espontaneo. El dolor de las articulaciones ya no existía, el cansancio tampoco, ni la debilidad de los miembros, ni la pesadez, ni los ahogos, ni las taquicardias, si siquiera la sensación de peligro. Estaban acunadas por el bosque y sus habitantes.

Entonces fue cuando se obró el cambio: se sintieron tan fuertes, grandes, libres, poderosas y sabias como sus hermanas ancestrales, aquellas a las que antaño llamaban brujas, y que hacía ya una eternidad que habían bailado desnudas bajo la luz de la misma luna en ese mismo enclave, conjurando a su yo primitivo, ocultas a los amenazantes ojos inquisidores de los supersticiosos habitantes del pueblo.

Hacía demasiado que se había extinguido la memoria de lo que antiguamente solía suceder allí y que había renacido el año anterior. Nadie sabía nada de esas reuniones misteriosas salvo los anillos de los troncos de los árboles, que guardan la historia de los bosques, y las bestias que ahora presenciaban como el corazón del bosque volvía a latir con vida mágica, tras un milenio de silencio.

Sudadas y exhaustas de bailar con las mariposas, las mujeres se adentraron en el pequeño riachuelo a compartir su lecho con los pececillos. En vez de apartarse, estos se acercaban a sus manos, rozaban sus piernas, describían círculos a su alrededor. Ellas dejaron de sentir que nadaban contra corriente, sino que iban a favor de ella, porque la que estaban notando en esos momentos era la corriente verdadera de la vida, la de la naturaleza, y no aquella de la que creían provenir, la falsa corriente del pueblo, la de la sociedad, la de las empresas y productos, la de los anuncios, la del mundo que las instigaba a luchar contra el paso del tiempo, contra la evolución natural de los cuerpos, contra la vejez y contra ellas mismas.

Renunciaron a esa quimera impuesta por los demás cambiando el agua por el fuego purificador mientras, una tras otra, iban tirando a la hoguera su enemigo particular: su crema antiarrugas, su bote de tinte para las canas, su anticelulítico, su maquillaje corrector, su libro de dietas, su libro de ejercicio, su revista de moda, la de cotilleos, el número de teléfono de su dietista, la tarjeta del psicólogo, del gimnasio, del nutricionista, del gabinete de estética, del cirujano… todos aquellos enemigos que nunca las dejarían sentirse orgullosas de sí mismas. Hasta que la salida del sol anunció un nuevo día que inauguraba un nuevo ciclo anual repleto de ilusiones renovadas.

Pactaron no contar a nadie lo que allí había ocurrido, salvo a mujeres de confianza que merecieran beneficiarse del encuentro del año siguiente. El mundo debería seguir permaneciendo ignorante a todo aquello, no estaba preparado todavía para aceptar mujeres que vuelan con las mariposas y danzan con lobos.

Hacía unos pocos cientos de años el mundo todavía perseguía a las mujeres como ellas; hoy en día seguro que encontraría alguna nueva forma de aniquilarlas, pues una mujer satisfecha no es una buena consumidora y la sociedad consumista actual se basa y se abastece mediante la venta masiva de productos que prometen devolver la autoestima a sus clientes, aquella misma autoestima que las mismas empresas, con los medios de comunicación a su servicio, les quitan a las gentes para provocarles la necesidad de sus productos.

Así que el silencio y la complicidad entre ellas serían sus mejores aliados. Porque ahora, a ojos humanos, estas mujeres libres y liberadas se habían convertido en lo más peligroso, en un grupo de brujas desafiantes, que mantenían los ojos abiertos y las mentes despejadas, que se comunicaban con los animales y hablaban la lengua de la vida.

Aunque, a los ojos de los seres que habitan el bosque, ellas solamente eran las hadas que por fin habían regresado al hogar, después de una larga ausencia.

Olga Besolí

Junio 2014

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Comments
8 Responses to “La rebelión de las hadas”
  1. olgabesoli dice:

    Antes que nada quiero darle las gracias a Marta Herguedas por esa magnífica ilustración. Ha sido muy fácil trabajar contigo. Espero que coincidamos en otra ocasión. Un abrazo.

  2. Bien Olga. Bien Marta ! Un abrazo

  3. Yolanda Aller dice:

    Olga, te acordarás de avisarme el año q viene para la siguiente reunión?.Tal vez pueda ser hada o bruja o las dos a la vez….Es un gusto leerte…

  4. Yolanda Aller dice:

    Y tu ilustración Marta. Somos todas y cada una. Que estilo más propio. Cuerpos de curvas…

  5. Mariola dice:

    Olga, me tienes que decir dónde está ese bosque, las mariposas y el riachuelo, porque voy de cabeza ahora mismo, que por curvas no será. ¡Qué magnífico relato, como siempre! Lo dicho, un valor seguro todas las veces que te leo. Exactamente igual para la maravillosa ilustración que ha hecho Marta. Creo que no habéis podido hacer una pareja y un trabajo mejor. ¡Enhorabuena!

  6. olgabesoli dice:

    Muchas gracias por vuestros comentarios, Yolanda y Mariola. Me alegra que queráis hacer la excursión. Pero no hace falta irse muy lejos. Cualquier bosque, campo, paraje o playa solitaria sirve para liberarse. Seguro que cerca de cada uno hay un lugar así…

  7. Paloma Muñoz dice:

    Olga tu relato sobre los mundos de fantasía en los que las hadas imperan me encantan. Pero tu interpretación de esa libertad que se siente cuando estás en mundos reales que las mujeres han creado con su sabiduría, es maravilloso. Un relato precioso y la ilustración de Marta es impresionante con esos colores verdes de los cuerpos femeninos y esa exuberante vegetación. Un equipo de diez total.
    Un abrazo, Paloma

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