La reina del terror underground

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Género: Terror/Thriller

Rating: +18

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La reina del terror underground.

Ella estaba muy sorprendida. No podía creerse la acogida que había conseguido. En medio de aquella sala de conferencias pudo observar una multitud de fanáticos que, seguramente, habían decidido venir desde más allá del estado, algunos incluso, del país, tan sólo para poder verla a ella. Como ameritaba este tipo de reuniones organizadas, muchos estaban disfrazados representando a sus monstruos favoritos del mundo del terror, sean estos del cine, del cómic o incluso, representaciones de algunas de sus novelas. Había unos cuantos que habían decidido disfrazarse de aquellos que le habían atemorizado cuando sólo era una adolescente. Allí, a lo lejos, había como quince Freddy Krueger’s, unos pocos Jason Voorhees, otros Hannibal Lecters e incluso, algunos cuantos zombies o monstruos de la época clásica como momias, vampiros u hombres lobo. Jamás se habría esperado que tantas personas hubiesen querido acudir a escucharla a ella. Si bien sabía que con los años había conseguido adquirir cierto éxito como una especie de autora de culto, jamás podría haber creído que tendría semejante capacidad de convocatoria. Lo cierto era que se sentía muy abrumada, estaba nerviosa porque no quería defraudarlos.

Su viejo amigo amigo Mike Wallace le estaba presentando. Para no desentonar, había decidido vestir como su asesino en serie cinematográfico favorito: Benjamin Willis, el villano principal de la película ‘Sé lo que hicisteis el último verano’. Aquel impermeable de pescador le quedaba como un guante.

Una elección muy adecuada teniendo en cuenta la situación en la que actualmente se encontraban.

—Para mayor deleite de todos ustedes, aquí la tenéis: Esther Morales, más conocida por el sinónimo literario de L.H. Shelley. Identificada mundialmente con el título de ‘La Reina del Terror Underground’. ¡Un fuerte aplauso para ella!

La aclamación general se extendió como una ola a través de las paredes. Morales se acercó al atril y no dejó de sonreír mientras saludaba al gentío que la vitoreaba tan acaloradamente. Convencida de que si se esperaba demasiado iba a quedarse totalmente muda, decidió darle un par de toques al micrófono con el fin de comprobar el volumen, para después hablar directamente.

—No me esperaba semejante participación —introdujo—. Estaba convencida de que era la única friki a la que le gustaba lo que yo escribía.

Las risas de la sala fueron un aliciente para relajarse poco a poco. Sin embargo, ella comenzó a analizar lo que acababa de decir casi sin pensar. Aquello había sonado bastante presuntuoso, como si mirase por encima del hombro a sus seguidores. Esa no había sido su intención, los nervios comenzaban a manifestarse de nuevo. Buscó entre sus tarjetas y la leyó en silencio. Sonrió, lo que acaba de encontrar era perfecto para recuperar su seguridad.

—A mí me gusta comenzar este tipo de charlas con un chiste. Quise guardar algo entre mi repertorio para poder… romper el hielo. En este caso he conseguido unos pocos que se relacionan con la temática que estamos tratando —contestó. Luego se dirigió hacia su tarjeta y volvió a acercarse al micrófono—. ¿Qué hace un asesino en serie para poder entretenerse?: Matar el tiempo.

Continuó una retaila de carcajadas y una serie de nuevos aplausos que propiciaron que por fin se tranquilizara del todo. El chiste había sido malísimo. Estaba segura de que casi todos se habían reído por mero compromiso, pero aquello había sido suficiente como para comprobar que tenía al público de su parte. Por fin podía empezar a entrar en materia.

—Aunque no lo parezca en eso consiste la labor de escribir una buena historia de terror: en matar el tiempo. Siempre creí que lo importante era lograr que, desde la primera hasta la última línea, se sepa administrar muy bien el tiempo del lector. Para ello no sólo es necesario disponer de un control perfecto del ritmo, si no que también hay que conseguir que estos tengan interés en ponerse en el lugar de las víctimas y en aquello a lo que se tienen que enfrentar. En la ponencia de hoy os voy a explicar las fórmulas que utilizo para escribir no solamente mis obras terror en general, sino también, como sé que muchos de ustedes esperan, bien porque sean fanáticos de mi particular estilo o aspirantes a escritor en ciernes, la manera en que elaboro mis historias más leídas y aceptadas: los thrillers protagonizados por asesinos en serie.

Inmediatamente después, Esther se agachó hacia una pequeña bolsa colocada justo detrás del atril. De allí retiró un volumen de tapa dura con una asombrosa portada en la que una figura con traje de pescador era reflejada por un rayo que impactaba a sus espaldas. Su rostro estaba tapado por las sombras que generaba el ala ancha de su sombrero. El amarillo ceniciento de su traje contrastaba con las manchas de sangre que violentamente habían impactado en su impermeable. En su mano derecha, el gancho brillaba bajo la luz de ese momento que había querido ser capturado en aquella ilustración. Sin duda, un personaje que se había basado en aquel del que había decidido disfrazarse su anfitrión.

—Para ello utilizaré como ejemplo la nueva novela que he publicado a partir de la semana pasada: ‘La sangre más allá de la bruma’, la séptima novela de la saga del Sr. Garfio, mi particular asesino en serie ficticio —exclamó—. Ruego que me disculpéis por el hecho de que aproveche para hacerme algo de publicidad, pero ya sabéis… tengo muchas facturas que pagar.

El público se rió una tercera vez, aunque en esa ocasión lo habían hecho de forma más suave. Esperaba que aquello fuera porque le prestaban tanta atención que habían decidido dejar de adularla y no por una repentina pérdida de interés. Tras una breve pausa, sonrió y continuó con presentación:

—En cualquier caso, quiero que sepáis que sois libres de interrumpirme cuando así lo dispongáis. Prefiero que vosotros conduzcáis la charla hacia donde queráis. Si tenéis una duda o deseáis que repita algo, levantad la mano y pedídmelo. De todas formas os aviso de que, cuando terminemos, dejaré algo de tiempo para que todos podáis hacerme preguntas y que, finalmente, realizaré una firma de libros para todos ustedes. ¡Esta noche promete ser muy completa!

***

—¡Mike! —exclamó Esther sorprendida—. ¡No te había visto desde la universidad! ¿Qué tal estás? ¿Qué te ha traído hasta Los Ángeles?

—Principalmente trabajo, pero después me dije: ¡qué demonios! ¿Por qué no aprovecho para ir a visitar a una vieja amiga?

Desde la entrada de su casa Morales pudo ver la figura de su antiguo camarada. No sólo había cambiado físicamente, sino también el carácter que reflejaba y su porte. Y lo había hecho para mejor. Iba vestido como un auténtico triunfador. Un estilo clásico que sin embargo, también se adaptaba muy bien a los tiempos actuales. Corbata roja, traje gris, un sombrero tipo fedora bajo el brazo derecho, maletín en el izquierdo y una sonrisa en sus labios. Sin duda, se había transformado en todo un galán.

—¿Te importa si paso? —inquirió Mike timidamente.

—¡Oh, claro! ¿Dónde están mis modales? —preguntó—. ¿Te apetece un vaso de…? ¡Creo que tenemos zumos!

—No, gracias. Estoy bien —contestó. Echó un vistazo a lo largo de las paredes del salón. Estaban decoradas con una modesta estantería de libros de artistas muy dispares y tomos de psicología y filosofía. También había unos pocos cuadros al estilo naíf y algunas cortinas de colores claros—. Tienes una casa preciosa. ¿La has decorado tú?

—Bueno, sí. Me gusta tener un ambiente relajado para cuando me pongo a escribir. La principal ventaja de mi oficio es que puedo llevarlo a cabo desde la calidez de mi hogar.

Ambos se sentaron en un sillón frente a frente. Morales dio un pequeño sorbo a su zumo de piña y luego miró a los ojos de su interlocutor.

—¿Qué hay de ti? ¿A qué te dedicas hoy en día? —inquirió.

—Poca cosa, en general viajo de un lado a otro y organizo eventos que requieren una alta suma de dinero. Soy lo que se dice un… promotor de grandes acontecimientos.

—Oh, eso suena interesante. Y dime, ¿tienes familia?

Wallace se encogió de hombros y, sin perder la sonrisa, contestó.

—A parte de mis padres, nada. Tengo que confesar que mi profesión es demasiado inquieta como para poder permitirme el lujo de compartir mi vida con otra persona. Ninguna mujer sería capaz de aguantar el que estuviera viajando constantemente, eso genera demasiadas preguntas: a dónde fuiste con aquel cliente, quien es esa fulana… —contestó. Luego volvió a mirarla a los ojos—. ¿Y tú qué? ¿Estás casada?

La mirada de la escritora se tornó nostálgica, dirigiéndose directamente en el contenido de su vaso.

—No… bueno, sí. Lo estuve pero aquello no funcionó —respondió—. A pesar de que no me obligan a ir a ningún sitio, mi trabajo no tenía un horario fijo y me absorbía demasiado. Al final nos separamos, pero nos llevamos estupendamente.

—Cielos, siento haber sacado eso…

—No te preocupes, es agua pasada —dijo—. Por lo menos conseguí algo bueno de esa unión. A parte de mi trabajo mi segundo gran amor son mis dos hijos.

El rostro del viejo compañero de facultad se iluminó de repente.

—¿Niños? ¡Jamás lo habría creído de ti! ¿Te gustaría presentármelos?

Esther contestó con una sonrisa, si había algo por lo que ella se sentía orgullosa era por sus hijos.

—¡Por supuesto que sí! —afirmó. Luego se dirigió hacia la escaleras de su casa y colocó una de sus manos en el lateral de sus labios para poder proyectar mejor la voz—. ¡Eva! ¡Jan! ¿Podéis bajar un momento? ¡Quiero presentaros a un viejo amigo mío!

La respuesta devino en un vago “ya voy”, junto con unos pasos rápidos que se dirigía hacia las escaleras. De repente se manifestó una joven de once años que llevaba el pelo largo y unas pocas pecas en sus mejillas. Para Wallace era la viva imagen de su madre.

—¿Dónde está tu hermano? —preguntó Morales—. También le he llamado a él.

La niña contestó rápidamente.

—Creo que se ha ido con sus amigos a jugar al béisbol.

—¡Creí haberle dicho que primero tenía que terminar con los deberes! En fin, estos niños… —se acercó junto con la pequeña hacia el hombre trajeado—. Este de aquí es Mike Wallace, un amigo de tu madre de la época de la universidad. Consiguió aprobar la carrera de psicología gracias a los apuntes que yo le pasaba. Sé buena y salúdalo.

—Hola señor. ¿Es usted escritor como mi madre?

—No pequeña, sólo un gran admirador de su trabajo —contestó—. ¿Has leído algo de lo que ella ha hecho?

Eva lo miró muy seriamente. Luego, comenzó a negar con su cabeza poco a poco.

—No, dice que todavía soy demasiado pequeña para poder leer lo que escribe. De todas formas no me importa, tampoco me llama mucho la atención.

—Pues eso es una pena, porque es una de las mejores artistas de su tiempo.

La niña perdió repentino interés en aquel hombre. Se giró hacia su madre y le replicó:

—Mamá, ¿puedo irme arriba y seguir hablando por teléfono con mis amigas? Sophie me quería contar una cosa que sucedió ayer en el colegio.

—Puedes ir tranquila —respondió.

Tras marcharse, ella volvió a colocarse en el puesto que estaba. Mike Wallace volvía a estar frente a ella.

—Es muy simpática, estoy seguro de que eres una madre formidable. —dijo él.

—Gracias —contestó—. Lo cierto es que es muy difícil educarlos estando yo sola. Por suerte, siempre consigo hacer malabares con mi trabajo y logro algo de tiempo para estar con ellos.

—Aunque lo cierto es que jamás habría pensado que tu vida se hubiera desarrollado así. Creía que una famosa escritora de suspense y terror tendría las paredes forradas de periódicos con los artículos de Sucesos y las Esquelas de los muertos. Sobre todo, un tono un poco más tétrico en la decoración.

Morales comenzó a reír. Después, sonrió de nuevo a su amigo.

—Prefiero reservar todo eso para la ficción. En cualquier caso, se supone que un buen asesino en serie se guarda su parte más pérfida en el interior de su mente. Siempre parece que su vida es perfecta para poder integrarse como uno más de la sociedad y así, cazar con mucha más facilidad a sus víctima.

—En eso estamos de acuerdo, por eso es difícil pillar esos tipos —secundó.

—No te creas —reclamó la escritora—. Lo cierto es que de forma frecuente sus impulsos y su vanidad los traicionan. En general, son personas que a pesar de que suelen tener un coeficiente mental bastante alto, suelen creerse que están por encima del resto de los mortales. Normalmente piensan que son más inteligentes e, irónicamente, eso los lleva a hacer cosas muy estúpidas. Pienso que por esa razón ocurre lo contrario: siempre terminan siendo cazados.

—¿Eso crees?

—Eso creo.

El hombre la señaló con cierto deje jactancioso.

—¿Y qué me dices de ‘Jack El Destripador’? ¿Y ‘Zodiac’?

—Bueno… en aquellos momentos no existían los recursos con los que hoy en día contamos. Quizás por eso ellos tuvieron la oportunidad y el lujo de que, a pesar de que cometían errores, pudieran evitar ser capturados.

Repentinamente, Wallace extrajó de su maleta un libro bastante nuevo. Ella lo reconoció al instante. Era un volumen de ‘El pescador silencioso’, la primera novela de la saga del Sr. Garfio. Fijándose un poco más se dio cuenta de que se trataba de una de las primeras ediciones sin corregir. Aquella que realizó sin apenas experiencia. En la actualidad, ese tomo debía valer una fortuna.

—Me gustaría que me lo firmaras —comentó—. Me encantó, y también la posterior actualización que hiciste. Aquella que te granjeó la fama en aquello que hacías. Leyendo ambas obras, se nota que quien las escribió, era en realidad dos mujeres muy distintas.

—No me esperaba nada de esto…

—Esta es la versión que tú redactaste antes de visitar la prisión de Sing Sing, ¿no? —interrumpió—. Antes de aquella que realizaste tras aprovecharte de lo que aprendiste al ir a hablar con Robert Hamiltton, el famoso ‘Destripador de Kentucky’. ¿Cómo fue aquella experiencia?

Morales estaba asombrada, no se había esperado nada de eso.

—¿A qué has venido realmente, Mike? ¿Qué es lo que buscas?

Wallace guardó el libro y, con el rostro algo más serio, sacó del bolsillo interior de su americana un pequeño folleto que entregó inmediatamente a la escritora. A primera vista, se podía leer con letras gigantes la palabra ‘HorrorCon’.

—Lo cierto es que no te mentí, no del todo al menos —confesó—. Sí es verdad que he venido por razones de trabajo. En estos momentos estoy representando a la HorrorCon, la más famosa Convención de Fantasía y Terror de toda América. Quería conseguir un puntazo logrando que tú presentaras una conferencia y, quizás, publicitaras la nueva novela escrita por ti que salió hace un par de días.

Esther miró hacia otro lado, siempre le costaba dar negativas pero aquella idea no le hacía mucha gracia.

—No me gusta mucho las aglomeraciones de gente, por eso decidí dedicarme a la escritura…

—¡Vamos, será sensacional! ¡Podrás conocer de cerca a todos aquellos hombres y mujeres que admiran tu trabajo! ¡Influirás a muchos jóvenes para que sigan tus pasos! ¡Conseguirás ver lo alto que has llegado! —exclamó—. Y lo más importante: ¡Posiblemente puedas aprender algo destacable de la experiencia!

Ella fue moviendo de izquierda a derecha su cabeza en señal de negativa.

—No creo que haya tanta gente tan interesada en mi trabajo. Además, no sabría que decir…

Mike agarró los hombros de su interlocutora y observó directamente hacia sus retinas. Luego, lentamente, fue pronunciando las siguientes palabras:

—Escúchame bien, Esther. Porque esto es importante —comenzó—. Soy un gran fanático de tu obra. Y esto es así porque conozco la calidad de tus textos. Cuando escribes, parece que te metes perfectamente en la cabeza de uno de esos tipos. Si no estuviera seguro de tus aptitudes no me habría molestado en venir desde tan lejos. Créeme, habrá mucha gente interesada en escucharte, que querrá conocer tus opiniones y aprender de ti. Un grupo dispuesto a recibir el apoyo de una magnífica escritora como tú y también de expresar el eterno agradecimiento por haber metido en sus vidas tus increíbles obras. Y entre ellos, estoy yo. Ya lo he preparado porque creía,… no, sabía de antemano que ibas a decir sí. No rechaces esta oportunidad, puede venirte muy bien en el futuro. Piensa en mí, tu viejo amigo. Piensa en tus hijos. Después de esa noche, te juró que tendrás mucho más tiempo para ellos. ¡Venga! ¿Qué me dices a eso?

Durante unos instantes no sabía que contestar. Empezaba a sentirse culpable ante la idea de negarse. También sentía un enorme agradecimiento por poder publicitar más su trabajo. Ser algo más que ‘La Reina del Terror Underground’.

¿Cómo negarse ante semejante experiencia?

***

Morales acercó el vaso de agua hacia sus labios y bebió tranquilamente. El miedo y la inseguridad que había sufrido en los primeros minutos había desaparecido totalmente. En su lugar, se sentía satisfecha y muy segura de sí misma. Los aplausos de los oyentes eran una muestra de esa respuesta positiva ante la lección que había impartido aquel día. Hasta esa noche, ella no había creído que pudiera ser capaz de dar clases o enseñar, pero ahora se estaba planteando incluso si dedicar parte de su tiempo a  crear cursos de escritura creativa o especializaciones basadas en la literatura fantástica y de terror. Por no hablar, por supuesto, de la publicidad que aquello iba a traer a su trabajo. Y se sentía eternamente agradecida a su viejo camarada. Tuvo el impulso de mirarlo de reojo.

“Quizás debería invitarlo a cenar después de la charla —pensó—. O, tal vez, la semana que viene.”

Cuando, poco a poco, el auditorio se tornó en silencio, ella aprovechó para acercarse una vez más al micrófono.

—Bueno, supongo que con esto que hemos finalizado podríamos comenzar a abrir el turno de preguntas y respuestas. ¿Alguien quiere comenzar?

De entre la multitud surgió repentinamente un brazo que se alzó sobre el resto.

—¿Srta. Shelley? —exclamó una voz algo rasgada.

Cuando Esther se fijó vio que se trataba de un fanático disfrazado de “Maniac Cop”. Con una sonrisa en los labios lo señaló y dijo:

—¿Sí? ¿Cuál es tu duda?

—¿Me das fuego, por favor? Me gustaría poder fumarme un buen cigarrillo.

Al oír aquella frase poco a poco la sonrisa de la escritora fue decayendo. Su iris se contrajo a causa del terror. Su piel se volvió blanquecina como el papel. El miedo comenzó a hacerse dueño de ella…

***

Las paredes de la famosa prisión se veían gruesas. A causa de la humedad estaban llenas de moho, por no hablar de lo insípidas que parecían. No creía que aquel sitio pudiera considerarse un lugar que conllevará a mantener el estado de salud tanto de sus residentes como de todos sus trabajadores. El ambiente parecía un infierno incluso para los vigilantes, pues las normas estrictas que tenían que acatar, casi los mantenía en la misma situación en la que estaban los prisioneros. Esto desembocaba en que llevaran una actitud muy malhumorada casi todo el tiempo. De todas formas, aquel entorno depresivo no fue tan contagioso para Esther. En su lugar estaba emocionada, pues aquellas paredes habían hecho historia. Fueron testigo directo de la ejecución de Albert Fish, el asesino en serie conocido por muchos como ‘El Vampiro de Brooklyn’. También fue donde encerraron a la mano derecha de Al Capone, Lucky Luciano. Y ella, formaría parte de esa historia entrevistando al ‘Destripador de Kentucky’.

No había sido sencillo conseguir tan ansiado privilegio. Lo primero que tuvo que hacer fue, durante la época en la que estuvo escribiendo la primera versión de su ópera prima, intentar cartearse con el homicida. Una labor complicada teniendo en cuenta que ella estaba segura de que recibiría muchísimas cartas de amor de otras fanáticas desesperadas y algunas de odio de los familiares de sus víctimas. Destacar entre toda esa marea de correspondencia no era fácil. Sin embargo, algo de ella debió atraerle, pues cuando le envió un volumen gratuito de su primer escrito, él le respondió dándole muchas sugerencias para que lo corrigiera. Después de aquello, siguió manteniendo el contacto. A lo largo de los meses se dio una sucesión de envíos que fue confirmada con multitud de respuestas. Su siguiente movimiento fue contactar con su editor y arreglar con él la posibilidad de poder ir en persona para poder entrevistarlo. El tirón comercial de una obra de esas características era tal, que no dudó en tirar de sus contactos para conseguir que aquel encuentro se produjese.

Y ahora estaba ahí, esperando en una sala silenciosa en la que un cristal blindado aguardaba, como si de un acuario se trataba, a que trajeran a aquel espécimen tan peligroso desde más allá de la locura.

Sobre su mesa descansaba un ficha con una foto del asesino. Junto a ella, una breve biografía de su vida y los detalles técnicos de los asesinatos que había cometido. Sin embargo, el individuo en sí, todavía resultaba ser un misterio.

¿Con qué clase de persona iba a encontrarse? ¿Sería acaso un bruto despiadado tal y como lo había descrito la prensa? ¿O en su lugar se encontraría con una persona encantadora y atrayente tal y como solían mostrarse ese tipo de personalidades?

De repente, la puerta se abrió.

Encadenado de pies y manos, un hombre con un mono anaranjado se fue acercando hasta el asiento contiguo a la vitrina de cristal. Era delgado y algo escuchimizado, casi con la cabeza agachada, parecía más bien un ser inofensivo. Pero al fijarse bien, notó que en realidad tenía una musculatura elástica con la que podía moverse, aún a pesar de que los grilletes limitaban su movilidad, con bastante agilidad. Era un lobo con piel de oveja. Su rostro se veía muy humano, incluso diríase civilizado. Unas gafas delataban una posible hipermetropía y la limpieza de sus mejillas un cuidado, hasta cierto punto, envidiable. Lo único que lo delataba como un residente de la prisión —a parte de las cadenas y el uniforme— era que venía despeinado, y unos ojos que brillaban tan faltos de empatía emocional como los de un tiburón blanco.

Durante unos instantes estuvieron viéndose cara a cara. Hasta que finalmente, él mismo decidió romper el silencio.

—Hola, pelirroja ¿eres la Srta. Shilley? ¿la que escribió el libro y las cartas?

Lentamente ella fue afirmando con su cabeza. El homicida le contestó con una sonrisa que no sabía como catalogar: macabra o cordial.

—¡Estupendo! —exclamó—. Dime una cosa, ¿habías entrado alguna vez en algún sitio como este? Es guay, ¿verdad? ¡Aquí tú y yo sentados y hablando como si fuéramos amigos de toda la vida! ¿Qué tal si le pides a los guardias que me traigan un vaso de agua? Así podré contarte cómodamente todo lo que necesitas saber.

—No he venido aquí para socializar —respondió—. Se suponía que me ibas a dar unos cuantos consejos para mejorar mi novela y, a cambio, yo trataría de contar tu historia de la forma más fiel posible.

—¡Oh! Veo que hablas —contestó—. ¿Alguna vez te han dicho que tenías una voz preciosa?

Morales se levantó furiosa.

—Creo que esto ha sido un error.

Justo cuando iba a marcharse, Robert Hamiltton levantó un brazo en señal de espera.

—Aguarda, pelirroja. No tienes porque enfadarte. ¡Vamos, por favor, siéntate! —reclamó.

La escritora se quedó durante unos minutos en pie. Finalmente, decidió hacer caso.

—Dime —comenzó el asesino—, ¿qué es lo qué quieres saber?

—Todo —contestó la mujer—. Quiero que me diga lo que significa para usted cada vez que realiza un asesinato. Por qué el hacerlo de esa manera, lo que siente cuando rasga la carne, cuando oye los gritos de sus víctimas. Quiero saberlo todo.

Poco a poco su interlocutor comenzó a reírse. La risa fue evolucionando hasta una carcajada y, al final, dicha carcajada lo llevó a que se inclinara hacia adelante. Tras unos minutos incómodos, se colocó bien las gafas y volvió a recuperar la compostura.

—¡Eso es algo que puedes preguntarle a los psicólogos que me han atendido! Pídeles mis fichas y ellos te las darán.

—No he venido hasta aquí para leer unas cuantas hojas.

—Entonces, ¿a qué has venido? ¿quieres jugar, pelirroja? ¿es eso lo que deseas? —inquirió—. ¿Has venido pensado que yo era Hannibal Lecter y tú Clarice Starling? Porque en ese caso puedo complacerte muy fácilmente: dejaré pasar mi polla a través de los barrotes y tú me la chuparás ¿estamos?

Ilustración de Jordi Ponce

Morales observó directamente a los ojos del asesino. El brillo con el que lo observaba era muy significativo. Se estaba burlando de ella, pensaba que era una chica fácil y estúpida que había ido hasta allí por simple ambición. Qué equivocado estaba. Tras haber visto todo lo que necesitaba, se levantó y comenzó a marcharse.

—¿Ya te vas? —preguntó— ¿tanto te he ofendido?

Ella se detuvo durante unos instantes y, sin girarse siquiera, le contestó.

—No. Lo que pasa es que ya no te necesito.

El asesino se quedó extrañado. La mujer se giró y lo vio una vez más a los ojos.

—Ya sé quién eres, hijo de puta —continuó la mujer—, sé lo que te motiva a hacer lo que haces: lo realmente patético que eres.

Poco a poco Hamiltton comenzó a sentir como su ira crecía.

—No deberías enfurecerme, pelirroja.

Fue el turno de la escritora de carcajear.

—¿O si no qué? ¿qué vas a hacer desde ahí? —inquirió— ¿insultarme?

Durante unos instantes el hombre se quedó rígido y en silencio.

—Te voy a decir lo que va a pasar: tú vas a estar encerrado durante quizás, otros veinte años. A lo largo de ese tiempo te irás pudriendo hasta que en algún momento, llegue la hora de tu ejecución. Me han dicho que piensan encender la silla eléctrica de nuevo sólo para ti. Ese día, cuando llegue, yo seré la primera que irá a observar, en primera fila, como te fríes. Mientras tanto, publicaré la versión de un libro con la nueva información que adquirido simplemente al mirarte. Porque no sé si tú lo sabes, eres todo un libro abierto. Pero de todas formas, no importa qué es lo que haga, simplemente con decir que vine a hablar contigo será suficiente como para que venda todas las copias como si fueran churros. Irónicamente, yo sí habré cumplido mi parte del trato. Crearé un personaje mítico y muy icónico basado en ti.

El asesino sonrió.

—Me has intrigado, así que vamos a hacer un trato: cuando reescribas la novela, me las arreglaré para hacerme con un volumen y comprobaré si realmente me has comprendido. En cualquier caso, te juro que si un día consigo salir de aquí, iré a buscarte —contestó. Luego, le lanzó un beso desde el cristal.

Morales se giró y volvió a dirigirse hacia la puerta.

—Espera, pelirroja —llamó—, sólo una cosa más.

Ella se volteó una última vez.

—¿Me das fuego, por favor? —pidió—. Me gustaría poder fumarme un buen cigarrillo.

***

La escritora estaba paralizada por el terror. Tenía frente a ella al rostro de la muerte. Comenzó a balbucear sin saber que decir…

—Te dije que iría a buscarte, pelirroja —contestó el maníaco—. Te lo había jurado.

En ese momento, ella reaccionó.

—¡Detengan a ese hombre! —exclamó mientras lo señalaba—. ¡Es un psicópata y un asesino!

Pero para su sorpresa ninguno de los presentes en la conferencia movió un sólo músculo. Simplemente se quedaron allí, mirándola en silencio. Poco a poco comenzaron a reír, a aplaudir.

—¡Hablo en serio! —gritó— ¡detenedlo! ¡es peligroso!

Desesperada, y viendo como todos reían, se acercó a Wallace y lo abrazó desesperada.

—¡Por favor, Mike! ¡sácame de aquí! ¡ese hombre ha venido a matarme!

Por desgracia para ella, nada hizo en el momento. Ni siquiera hubo un afán de devolverle el abrazo. Poco a poco separó la distancia que tenían entre los dos y esbozó una perversa sonrisa blanquecina.

—Lo sé, Esther —contestó fríamente—, fui yo quien le invitó.

La revelación era un jarro de agua fría, ¿qué podría haberle llevado a su viejo amigo a realizar un acto tan atroz? Antes de que ella pudiera reaccionar, su antiguo compañero de la universidad desenfundó una pistola y la apuntó. No había forma de escapar.

—¿Por qué no te fijas un poco mejor en el público? —le ofreció—. ¡te darás cuenta de que esta noche va a llenarse de sorpresas!

Morales se apoyó en el atril para evitar que el shock la desequilibrara. Obedeció más por miedo al arma que por una auténtica curiosidad. En el escenario estaban los mismos monstruos disfrazados que continuaban vitoreándole a ella y a Robert Hamiltton. Al prestar más atención, se dio cuenta de una horrible realidad. Si su mente no la engañaba, aquel hombre disfrazado de Freddie Krueger no era otro que Dash García, el ‘Violador de Bostón’. Y el que llevaba el gracioso traje de la versión zombie de Bob Esponja no era otro que Joe Glatman, ‘El Carnicero de Texas’. Más al fondo podía ver un Candyman que se parecía muy sospechosamente a Oliver Freeman, el ‘Pirómano de Nueva Orleáns’. No había duda: el público, todos ellos eran…

—No puede ser, esto no está pasando —lamentó—. Todos ellos son…

—Sí —interrumpió su ex-camarada—, tus mayores fans. Y están aquí para honrarte como lo mereces.

El éxtasis de la sala se tradujo en una agonía para Esther Morales. Lo único que deseaba era estar fuera de allí, en cualquier otro sitio. Bajo los gritos de júbilo de todo el escenario, Robert Hamiltton se acercó hasta el atril y, levantando las manos, indicó a todo el mundo que estuviera en silencio. Después, acercó su rostro al micrófono.

—Hace unos cuantos años tuve el placer inesperado de leer la obra de una auténtica artista. En el momento que la vi, me di cuenta de algo maravilloso. Aquella escritura estaba en realidad muy verde, pero detrás de esas líneas había una mente maravillosa que era muy capaz de comprenderme. Sentí curiosidad al pensar que quien iba a venir a verme era una auténtica idiota que no sabía donde se metía. No sabéis como me alegro de haber estado equivocado.

El público gritó y aplaudió ante tan cortés halago. El destripador se dio la vuelta y, con sus penetrantes y alegres ojos, observó directamente a la mujer.

—Recuerdo muy bien esa noche, pelirroja. Temerosa pero decidida, tuviste los ovarios suficientes como para enfrentarme. Pero además, vi algo más que me atrajo inmediatamente —aclaró—: tú y yo no somos tan distintos. Lo supe cuando me miraste a los ojos y me dijiste que estarías en primera fila cuando fueran a freírme en la silla… lo disfrutabas de verdad, porque, en el fondo eres como todos nosotros. Eso fue lo que vi, nena. Y posteriormente, en la saga que estuviste escribiendo a lo largo de los años, se confirmaron mis sospechas. Es por eso que no te vamos a hacer daño. En su lugar, te dejaremos ir por donde has venido para que sigas escribiendo esa magnífica saga.

El público volvió a aplaudir, para alivio de ella, todos parecían compartir el mismo parecer que aquel maníaco. Una sala entera llena de asesinos la alababan por el trabajo que hacía. De todas formas, ¿sería buena idea acudir a las autoridades para informar de…? ¡¿una convención llena de asesinos?! ¿Quién la iba a creer?

—Mu-muchas… gracias, chicos —respondió temblequeante—. Os prometo que después de esta experiencia no voy a llamar a la policía. De todas formas sería muy estúpido, ¿no? Me comprometo a que seguiré escribiendo para todos vosotros.

A su espalda su amigo comenzó a reír. Dicha risa contagió a Hamiltton y al resto del auditorio.

—Estoy seguro de ello —exclamó el asesino—. Sin embargo tampoco te he dicho que iba a ser así de fácil. Comprenderás que tenemos que asegurarnos de que realmente eres uno de los nuestros.

Uno de los asistentes trajo repentinamente a dos chicos hacia la tribuna. Al principio estaba demasiado asustada como para darse cuenta de quienes eran, pero cuando les quitaron los sacos de la cabeza, la escritora se horrorizó al comprobar de que se trataban de sus queridos Eva y Jan. El corazón le dio un vuelco.

—¡No les hagáis nada! —exclamó—. ¡Ellos no tienen nada que ver!

—Ninguno de nosotros los va a tocar —contestó Robert—. ¡Michael!

Mike Wallace respondió a la llamada quitándose el traje de Benjamin Willis y colocándoselo a Esther. Cuando estuvo del todo vestida, le entregó un garfio en sus manos.

—Tú mueves, pelirroja —declaró el destripador—. Tú fuiste la creadora del Sr. Garfio. Por tanto, tú decides: te conviertes en él y eliminas con tus propias manos a tus hijos, o por el contrario, os mataremos a todos vosotros. Pocas veces la vida nos da este tipo de oportunidades. Es tu elección.

Morales observó en sus manos el garfio. Vio el rostro de terror de sus queridos hijos.

—En cualquier caso —afirmó Wallace mientras la apuntaba—, quiero que sepas que, escojas lo que escojas, siempre seremos tus mayores admiradores.

Axel A. Giaroli

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Comments
4 Responses to “La reina del terror underground”
  1. Paloma Muñoz dice:

    Acabo de quedarme flipando en 44 colores. ¡Vaya vueltas de tuerca, Axel! ¡Que heavy!. La verdad es que he alucinado. La escena final que describes es de antología. Un 11 um laude y la ilustración de Jordi, impresionante, morbosa, me recuerda e psicópata al Joker pero con gafas,
    Un trabajo para morirse de miedo y el quipo que lo habéis niquelado.
    Un abrazo, Paloma

    • Ender Sunrider dice:

      Muchas gracias, Paloma. Para mí es un placer que te haya gustado y sorprendido tanto. 🙂

      También estoy de acuerdo con lo que has dicho sobre el trabajo de Jordi, es simple y llanamente impresionante.

  2. olgabesoli dice:

    Impresionante relato, Axel. Y estoy de acuerdo con Paloma que la escena final es de diez. De hecho, este relato va subiendo en tensión progresivamente, a medida que avanza, mejorando por momentos. También me gusta mucho la continua alusión a películas, libros y autores de terror que se hace. La ilustración de Jordi es muy buena. Ese asesino en serie da grima. Felicidades a los dos.

    • Ender Sunrider dice:

      De diez es el comentario que me has dedicado, Olga. 😉

      Agradecerte las impresiones que me has dado sería quedarme un poco corto. Lo cierto es que lo que has dicho me ha dado el día, pues el hecho de que soy consciente de que no voy a poder escribir con vosotros durante un tiempo me había desanimado un poco. Estoy encantado ante el hecho de que te haya molado el ritmo del relato, pues fue uno de los aspectos que quise cuidar al máximo. La idea era escribir un relato de suspense, una historia que iba desvelando las claves de los hechos que sucedía y que, además, le diera la oportunidad a los lectores de averiguar que era lo que estaba sucediendo antes de que lo revelara al final. Un híbrido de historia de terror y de género policíaco.

      En cuanto al tema de la ilustración de Jordi, no puedo añadir nada más: nunca me canso de decir lo mucho que me mola su trabajo. Antes Paloma lo había comparado con el Joker, estoy de acuerdo con que se le da un aire muy notorio a dicho arquetipo del cómic.

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