Nunca jamás

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Género: Relato Corto

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Este relato es propiedad de Mª Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nunca jamás.

Ilustración de Verónica Lopez

Como cada mañana, Clarisse se levantaba temprano y preparaba el desayuno para los tres, el suyo, el de su marido, Mark, y el de su hijo, James.

Se frotaba las manos en el blanco delantal y se recolocaba el escote de su vestido de cuadros rojos y blancos de vichy. Tenía que estar preciosa para su marido.

Él hacía lo mismo todas las mañanas. Se peinaba, se afeitaba y suspiraba justo antes de entrar a la cocina.

–¿Vamos a tener la misma escena todos los días? –Preguntaba Mark, con el semblante asqueado frente a los huevos fritos con beicon–. ¿Cada día lo mismo?

–Querido, tienes que coger fuerzas. Hoy va a ser un duro día en la oficina, tienes que comer bien.

Él volvía a suspirar, boqueaba, intentando decir algo que siempre moría en el camino entre sus pensamientos y sus labios. Cada día lo mismo.

Y como siempre, después de suspirar, cogía las llaves de su flamante automóvil y se marchaba al trabajo.

Mientras canturreaba una canción, Clarisse despertaba al niño.

–Buenos días cielo, ¿cómo has dormido? –le besaba la frente y le ayudaba a incorporarse.

–Hoy he viajado al país de los cuentos otra vez, mamá. Ese que aparece en el libro que me lees antes de ir a dormir; el de los niños perdidos y los piratas.

–¿Nunca Jamás? –preguntó ella, divertida–. Así, ¡has estado con Peter Pan!

–¡Cómo todas las noches, mamá!

Lo ayudaba a vestirse y a acicalarse. Le encantaba sentir como sus tiernos bracitos se escurrían por las mangas de la camiseta interior y ese olor a niño, siempre tan dulce. Le peinaba y fijaba el pelo, le abotonaba la camisa y le ponía los zapatitos.

Cuando el niño llegaba al comedor tenía el aún humeante desayuno servido, y comía con voracidad bajo la atenta mirada de su amante madre.

Después salía a jugar al jardín. Nunca le habían obligado a ir al colegio, por lo que disfrutaba del canto de los pájaros y el olor de las flores bajo la suave brisa estival.

Después que ella acabara sus quehaceres matutinos, salían a comprar al mercado, siempre productos frescos, pues su marido no toleraba otros. El pequeño, siempre atento a los cuchicheos de aburridas amas de casa, era el perfecto confidente con el que tener charlas chismosas de camino de vuelta al hogar.

–He oído que los O’Neil están pasando por una mala situación –comentaba él, esperando la aprobación de su madre.

–Esos siempre están pasando apuros, jamás creas nada de lo que dicen –sonreía ella–. Sin embargo, los Davidson tienen problemas con su asistenta…

Y así discurrían las mañanas, con ambos cuchicheando en la cocina mientras ella preparaba el suculento almuerzo.

La hora de la comida era una delicia, aunque no estaba establecida como un festín, sino más bien un tentempié, ella vivía, a partes iguales, para cocinar y cuidar de su familia.

A su hijo le encantaba el pollo al horno y por eso era lo que cocinaba prácticamente a diario, variando un poco las recetas.

Por la tarde ella le dejaba dormir la siesta y lo observaba embelesada, sintiendo dentro de sí esa mezcla de inocencia y propiedad que le producía un gran sosiego. Su hijo, su pequeño, por tanto tiempo deseado, dormía con la tranquilidad de los ángeles.

En cuanto despertaba merendaban leche con galletas y se preparaban para salir a dar una vuelta por el parque.

El sitio era enorme y contaba con infinidad de distracciones para los pequeños. Siempre se acercaban al lago, donde unos solícitos patos les saludaban cuál perritos, esperando su ración diaria de pan duro. Notaba las miradas de soslayo de los paseantes al escuchar el tintineo de la risa infantil de su pequeño, y ella se erguía con el orgullo que le proporcionaba el ser la mejor madre del mundo.

Pasaban juntos todo el día, era su pequeño, su tesoro, su ángel.

A menudo, al volver a casa y si aún era temprano para el regreso de Mark, preparaban tartas o galletas para el postre. Posteriormente, había que empezar a cocinar la cena, intentaba hacer menús variados y equilibrados, de modo que no repetía casi nunca.

El pequeño no solía estar despierto cuando su padre llegaba, no podía permitir que se acostara tan tarde. Así que sobre las 6 de la tarde, las 7 como muy tarde, le daba la cena y el postre, lo bañaba con agua caliente y le ponía el pijama limpio con sus iniciales. Le abría la cama, siempre con la temperatura perfecta, y le leía un libro para que se durmiera, siempre el mismo; Peter Pan.

–Mamá, ¿dónde está exactamente Nunca Jamás? –preguntaba James, bostezando, justo antes de dormirse.

–La segunda estrella a la derecha, y luego recto hasta el alba.

–¿Podré ir algún día? –murmuraba en sus sueños.

–Ya estás allí.

Le besaba la frente y le acariciaba el pelo, después lo arropaba y bajaba al comedor, oyendo la suave respiración de su hijo aun cuando estaba demasiado lejos para hacerlo.

Cuando su marido llegaba ya le tenía el baño preparado. Él aparcaba el automóvil, entraba en casa suspirando, se quitaba los zapatos y se metía en el cuarto de baño.

Ella aprovechaba ese rato que le quedaba libre para ensimismarse en sus pensamientos mientras arreglaba la colada y planchaba la ropa para el día siguiente.

Cuando él salía del baño cenaban entre suspiros. Él boqueaba, siempre al borde de decir algo, pero ella no le dejaba hablar, concentrada como estaba en contarle su fantástico día con el pequeño, que cada día se parecía más a él.

–Clarisse –decía él de vez en cuando, para pedir turno de palabra.

–¡Deberías haber visto los patos, desesperados por un trozo de pan! –reía ella–. Las carcajadas de James han atraído las miradas de todos los que estaban por allí.

–Clarisse…

–Y después, ese que está más gordo, el marrón, se ha subido encima de uno de los pequeños, ¡y lo ha hundido!

–¡Clarisse! –gritó finalmente.

–¡Dime, Mark! –respondió ella, irritada.

–Ya está bien, Clarisse… Esto que estás haciendo con el niño no es normal.

–¿Por qué no es normal? –estalló – ¿Ya estamos otra vez con que no puede pasar tanto tiempo conmigo? ¿Me vas a decir que tiene que ir a la escuela? ¿Me quieres decir que lo estoy malcriando?

–No es eso…

–Entonces, ¿qué es? ¡Maldita sea! ¿Qué pasa? –lloró.

–Clarisse, tienes que aceptarlo…

–¿Aceptar el qué?

–Ya no está aquí.

El silencio cayó sobre ellos más pesado que una losa. Ya no estaba allí. Su pequeñito ya no estaba con ella.

Lo recordaba. Recordaba que un día habían ido a pasear, que habían estado jugando con los patos y habían estado cocinando. Recordaba que lo había bañado y que lo había acostado, y que después ella y su marido habían cenado. Recordaba que había apagado todas las luces de la casa y se había acercado a la habitación de James a verlo dormir. Recordaba que se había acercado a él y lo había oído respirar. Recordaba que había pensado en la fragilidad de la vida y en cómo de delgado era el hilo del destino. Recordaba que había querido comprobarlo, que, como ya había hecho otras veces, había sentido la necesidad de cuidar de su tesoro más preciado. Recordó cómo le había acercado las manos a la garganta y había apretado, sin ninguna mala intención, solamente para comprobar como de delgados eran esos huesecitos. Y apretó, y oyó que el aire dejaba de salir por la boca y la naricita de su pequeño querubín. Recordó que pensó en dejarlo y notó que el pequeño convulsionaba, pero seguía con las dudas. Ella era la mejor madre del mundo, debía serlo y, por eso, siguió apretando hasta que el pequeño dejó de moverse y la miró, con su profundo azul, que se había ido apagando a medida que dejaba este mundo para viajar, para siempre, a Nunca Jamás.

–¿Por qué, Clarisse? ¿Por qué? –preguntó él, mirándola fijamente por primera vez en mucho tiempo.

–Porque soy la mejor madre del mundo, Mark –sonrió ella, secándose una solitaria lágrima silenciosa que le recorría la mejilla.

Se levantó y recogió la mesa, lavó los platos y fue a acostarse.

Antes de apagar la luz, ambos tumbados en la cama, Clarisse dijo, después de un profundo suspiro:

–James aún está esperando que le des su beso de buenas noches.

María Cristina Salvans

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Comments
One Response to “Nunca jamás”
  1. olgabesoli dice:

    ¡Espeluznante! Y más sabiendo que en verdad existe un síndrome que hace que algunas madres enfermen a sus hijos para tener que cuidarlos. Cristina, me has dejado con los pelos de punta. Y, encima, la ilustración de Verónica es tan suave, tan dulce, y destila tanto amor, que todavía estremece más. Me ha encantado vuestro trabajo.

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