Otro verano, y van cinco

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Género: Desengaño

Rating: Todos los devotos de la tristeza

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. Las ilustraciones son propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Otro verano, y van cinco.

Recojo pedacitos. Es difícil, la explosión fue tan sorpresiva y la onda expansiva alcanzó tales dimensiones que se quedó destruido en incontables pedazos que fueron lanzados a los más lejanos e inimaginables lugares. Quizá si hubiera empezado a recogerlos en cuanto sucedió, hubiese podido encontrarlos con más facilidad y no me llevaría tanto tiempo y esfuerzo, pero en aquel momento no estaba yo para nada y, además, creía que ya no lo volvería a necesitar, y entonces, para qué molestarme en buscar.

Me gustaría decir otra cosa, pero digo que el primer trozo lo encontré, por casualidad, entre los geranios de mi jardín, cinco tristes veranos después de aquel traumático suceso que desbarató mi vida y deshizo todos los principios y convicciones en las que se sustentaba mi personalidad. Podría pensarse de forma optimista y considerar positivo desprenderse de todas esas normas, creencias y prejuicios en los que nos basamos para tomar nuestras decisiones y nos permiten ser capaces de situarnos en el mundo con unas coordenadas claramente definidas; pero eso a mí no me ocurrió. Yo necesitaba saber dónde estaba, tener unas pocas cosas en las que creer y tener a alguien a quien querer. Lo curioso fue que al fallarme esa última necesidad, todas las demás, incomprensiblemente, también fallaron, y entonces me quedé completamente liberado, tanto como lo puede ser una marioneta a la que de repente le cortan todos los hilos que la sustentan. Y digo cinco años por ser concreto y no escribir la cifra exacta de días, aunque podría decirlo porque conté cada uno de ellos con sus agotadoras horas e inacabables y atormentados minutos y segundos. Y digo triste porque podría escribir más de dos docenas de palabras que explicaran exactamente mis emociones, pero no creo que ahora venga al caso porque no tengo ninguna gana de dar pena y eso es lo que sucedería si en vez de decir solo triste, dijera… Pero eso ya pasó, y ahora quiero contar que entre los geranios encontré uno de los pedacitos.

Ilustración de Rafa Mir

No era mucho mayor que la tercera falange de mi dedo meñique y, cuando lo vi, no lo reconocí como algo mío sino como un objeto extraño que perturbaba con su ocre color el monocromo blanco de las piedras del jardín. Todo fue tocarlo para quitar aquella inoportuna cosa, y sentir: sentir por primera vez, sentir otra vez desde aquel lejano día en el que me despedazó el corazón. Y no fue felicidad infinita ni nada parecido, sino un dolor que recordaba mucho al que sentí cuando desapareció de mi vida, y de igual manera que antaño, se me doblaron las rodillas y comencé a llorar. Solo fueron unos minutos, dos o tres, y no consiguió el dolor ni esos minutos que abriera la mano para dejar caer el pedacito que había encontrado entre los geranios. La recompensa llegó de inmediato, y algo parecido a… la paz inundó mis pulmones y desde allí se propagó rápidamente por todo el cuerpo.

¿Por qué fue precisamente entre los geranios? No lo sé, pero después de haber deseado que hubiera sido en otra parte —entre las toallas de baño, en el cajón de los calcetines, sobre la meseta de la cocina, en la alfombrilla del coche o en el lavavajillas— comprendí que no hubiera sido más fácil ni menos doloroso encontrar ese primer pedacito en ninguno de esos sitios porque todos ellos me hubieran contado algo de ella, algo de mí, algo de lo que hubo entre ella y yo. Y al final no me quedó más remedio que dar las gracias a la providencia o al destino o a mi esquiva suerte, de que no encontrara ese primer pedacito entre las sábanas de la cama en la que tantas veces respiré su olor y tantas veces me llamó “Amor”. Entre los geranios estuvo bien, a pesar de que allí, también arrodillado, la besé por primera vez.

Cinco largos años con sus cinco calurosos y febriles veranos.

Leí en una revista una entrevista a un afamado psicólogo que hablaba de las consecuencias emocionales de las rupturas de pareja y, entre otras muchas cosas, decía que en la mayoría de los casos estas no requieren ningún tratamiento psicológico ni por supuesto farmacológico y que en un tiempo prudencial aquello que parecía algo dramático e insuperable se desvanece poco a poco sin apenas dejar huella. Pero a continuación añadía que, en algunas ocasiones, estas rupturas dejan muy dañada a la persona, tanto que es incapaz por sí misma de salir de un pernicioso círculo de tristeza y autocompasión. El periodista entonces le preguntó por cuánto tiempo era el habitual para superar esas circunstancias, a lo que el psicólogo le contestó: “Tres años. Si en este tiempo no ha conseguido sobreponerse a la ruptura, debería pedir ayuda a un profesional”.

Cinco largos años con sus cinco tórridos veranos llenos de atormentados recuerdos.

Quizá nunca hubiera pensado en la necesidad de pedir ayuda si no hubiera leído aquella entrevista mientras estaba en la sala de espera de la consulta de mi osteópata. Seguramente, yo solo no hubiera sido capaz de darme cuenta de la necesidad de liberarme de la tristeza que tanta compañía me había hecho durante estos últimos cinco años. Probablemente nunca se me habría ocurrido pensar que la pena que me embargaba pudiera tener otra solución que las miles que intenté durante aquellos cinco largos años con sus cinco otoños, sus cinco inviernos, sus cinco primaveras, y sobre todo, sus cinco ardientes veranos.

Miles, sí, fueron miles los versos que escribí y que fui dejando por aquí y por allá convencido de que, tarde o temprano, ella los leería y… Pero eso no ocurrió, ya fuera porque nunca llegaron a sus ojos o porque, si así lo hicieron, ya no significaban nada para ella. Ahora me doy cuenta de lo absurdo de mi comportamiento, pero en aquellos momentos me pareció perfecto ir dejando por toda la ciudad pequeños poemas, versos sueltos y papelitos donde dibujaba besos debajo de esbozos de torres de hierro, arquerías de pétreos acueductos, fachadas de iglesias renacentistas protagonistas de literarios desmayos, espigones salpicados por olas de mares cantábricos, puentes de dramáticos suspiros que cruzan románticos canales, y señoras regordetas que portan muy alto luces de libertad. En todos esos lugares estuvimos juntos, o al menos soñamos juntos con estar, que es casi lo mismo o mejor, y que yo dibujaba torpemente para después dejarlos olvidados en la cafetería donde ella y yo alguna vez tomamos un café, o en un taxi, o en la biblioteca, o en el despacho del pan, o en un banco del parque o… Estaba convencido de que el destino llevaría sus pasos hasta aquella mesa, hasta aquel papel y entonces… Hubiera sido mucho más fácil llamar a su puerta (sabía dónde vivía), o llamarla por teléfono (conocía su número de teléfono), o hacerme el encontradizo con ella (estaba al corriente de sus horarios de trabajo), pero todo ello me parecía grosero y falso, como obligarla a tomar una decisión que yo quería, necesitaba, que fuera inevitable para ella.

Ya sé que nada de lo que he dicho tiene sentido, lo sé ahora y lo supo y así me lo dijo el primer psicólogo al que fui al día siguiente de leer el artículo en aquella revista.

“¡Cinco años!”, dijo mientras se frotaba la barbilla y yo trataba de descifrar el mar de gestos que emergían, cruzaban y luego desaparecían inmediatamente de su arrugada cara. Me dijo después muchas cosas, pero salí de su consulta convencido de ser un psicópata. Tuvieron que pasar varios días para que me diera cuenta de que no iba a salir a la calle cuchillo en mano dispuesto a matar a cuantas personas se cruzaran en mi camino. Decidí no volver a ver a ese psicólogo y ponerme en manos de un terapeuta que no fuera tan brutalmente pampero. No tuve que buscar mucho para encontrar a Teresa, que era mujer y porteña, pero eso no lo supe hasta que crucé la puerta de su consulta donde solo había una placa que decía “Clínica psicológica Anchorena”, y entonces me pareció de mala educación dar media vuelta y salir corriendo.

Teresa me escuchó atentamente mientras le contaba las penas que me atormentaban desde hacía tanto tiempo, y, ni primero en sus gestos ni después en sus palabras, detecté que me estuviera juzgando o criticando, simplemente me escuchaba con aplicación, como si de verdad le importaran mis circunstancias y quisiera ayudarme a superarlas. De todas maneras, después de la primera visita, dudé en volver a la siguiente cita porque, aunque era muy liberador poder contarle a alguien los pensamientos y sentimientos que me atormentaban, no me parecía que a la larga fuera a dar más resultado que un provisional desahogo. Cambié de opinión cuando, a los dos días de ese primer encuentro con la doctora Anchorena, encontré aquel primer pedacito entre los florecidos geranios de mi jardín.

Tuve que esperar tres sesiones más para encontrar el segundo pedazo, y si el lugar donde apareció el primero fue para mí objeto de multitud de especulaciones y análisis, con el segundo no ocurrió lo mismo porque no tenía ningún sentido que apareciera allí, en aquel momento y en aquellas circunstancias.

Soy profesor de matemáticas en un instituto de enseñanza secundaria. Estaba a punto de terminarse el curso, momento complicado porque los alumnos están muy excitados por la proximidad de un inminente verano que imaginan lleno de posibilidades, por los exámenes finales, la selectividad que puede determinar sus opciones para elegir los estudios universitarios que anhelan y, cómo no, la gigantesca cantidad de hormonas que sus recién estrenadas glándulas segregan sin control por todo su cuerpo. En estas circunstancias dar clase resulta en muchas ocasiones un trabajo que está entre domador de fieras y encantador de serpientes, por lo que decidí, en mi última clase lectiva, hablarles de la “Identidad de Euler”, que aunque no estaba en el temario oficial, o precisamente por eso, supuse que les podría relajar y llamar su atención sobre la belleza de las matemáticas.

Lo primero que hice fue decirles: “Os voy a hablar de la Identidad de Euler, que para muchos matemáticos, incluido yo, es la fórmula más bonita de la historia. Y lo es porque en su sencillez conjuga de forma magistral los cinco números más trascendentales y poéticos”. Después, me di media vuelta y comencé a escribir:  + 1 = 0. Fue en ese momento, justo cuando perfilaba el cero, que me di cuenta. Sujeto entre los dedos índice y pulgar estaba uno de los pedazos y su arrastrar por la pizarra fue como arañar mi alma con las uñas afiladas de mil recuerdos. Una opresión en el pecho me impedía respirar y tuve que apoyarme con ambas manos para no caer y poder así llorar. Cabía esperar, quizá, las burlas de los más gamberros de la clase o al menos algunas disimuladas risas, pero no ocurrió nada de eso. Fueron saliendo todos los alumnos de la clase sin decir nada, incluso oí cómo algunas narices se sonaban antes de que se cerrara la puerta del aula y yo me quedara solo.

No le he encontrado ningún sentido, porque no lo tiene, a que fuera explicando una hermosa ecuación que hallara ese segundo pedazo. Y no la tiene porque nunca hablé con ella de Euler, ni de Tales de Mileto, Pitágoras, Kepler o George Cantor. Y nunca hicimos el amor apartando de un manotazo los papeles llenos de ecuaciones de mi mesa de trabajo; de hecho, a ella nunca le interesaron lo más mínimo las matemáticas más allá de los números naturales necesarios para conocer el saldo de la cuenta corriente. Sin embargo, así sucedió y así se lo conté a Teresa, que me escuchaba, como siempre, atentamente.

A Teresa le gusta la pesca, lo sé porque tiene en la consulta varias fotografías donde aparece ella con un gran pez en los brazos, ella con unas botas de goma y una caña junto a un señor con bigote, ella riendo mientras intenta pescar al vuelo un pez con una especie de cazamariposas. También tiene un pez disecado sobre una balda de la pared, y algunos trofeos dorados y plateados con peces, troquelados unos y otros grabados a bajo relieve; además de que le gusta dar explicaciones en las que no es raro que aparezcan peces, redes, cebos o cañas, y aunque a mí me cuesta un poco entender lo que me quiere decir, como solo en esas contadas ocasiones asoma a su habitual impávida cara una breve y coqueta sonrisa, yo, por no contrariarla, me río también, brevemente. Ahora que lo pienso, creo que yo para ella soy como un pez al que observa deambular en una minúscula pecera, casi tan pequeña como yo mismo, y todos sus pensamientos durante la hora de la consulta los dedica a planificar un procedimiento para pasarme a otra pecera más grande sin que perezca en el intento. Pero yo no sé nada de peces, así que quizá esté equivocado y simplemente me mira así porque no es ciega y es de mala educación no mirar a la persona que te está hablando. Pero yo no contaba esto de los peces porque no se me ocurriera nada más que decir o porque me pareciera muy original sino porque fue por su culpa que encontré el último pedazo.

Sí, fue por culpa de los peces. Y sí, fue el último pedazo. Y aunque a estas dos afirmaciones se le pueden poner todas las pegas del mundo porque están llenas de imprecisiones, prejuicios y dudas, puedo demostrar, con tan solo unos centenares de desequilibradas y emotivas palabra, que fue así y que tuvo que ser así y no de ninguna otra manera.

Estos cinco largos años no fueron un continuo desear volver a verla, un continuo esperar anhelante su regreso. Algunas veces la odié, muy intensamente pero por muy poco tiempo. Otras veces le deseé la muerte, pero solo para poder llevarle flores en secreto. Otras muchas la imaginé suplicante pidiéndome perdón, y yo entonces la consolaba y la perdonaba, o la despreciaba y le daba la espalda o le escupía a la cara mi resentimiento, según los casos y mi estado de ánimo en esos breves minutos de ensoñación y tormento. En estos cinco años la amé con más intensidad, la odié sin remedio, maldije su nombre, la besé como nunca y la ahogué con lágrimas abrazado a la almohada. Le hice multitud de preguntas y en mi cabeza ella las contestaba. Me la imaginaba donde fuera y con quien estuviera; siempre perfecta. Sufría, porque quizá ella pensaba en mí con tanto dolor como yo en ella, y entonces deseaba que me olvidara y que la muerte me llegara.

Se me ocurrió solo. No fue Teresa la que me incitó a comprarme una caña y un bote de gusanos vivos e irme a pescar a las cinco de la madrugada a un rincón apartado de la costa. Eran las diez y media de la mañana cuando terminé el paquete de tabaco y las doce latas de cerveza que me había llevado para amenizar la espera, y fue justo entonces cuando me di cuenta de que la caña había desaparecido del lugar donde la había dejado apoyada. Sin duda, pensé, un pez había picado y la había arrastrado al mar sin yo darme cuenta. No me preocupé mucho porque ya tenía claro que esa afición no estaba hecha para mí, aunque sí me alarmé un poco más cuando llegué al coche y encontré la dichosa caña en el maletero. Consideré oportuno, en aquellas circunstancias, tomarme un café y quizá comerme algo con mucho azúcar, por lo que paré en la primera cafetería que encontré abierta en mi camino de regreso después de la malograda excursión. ¡Maldito café con leche! ¡Maldito cruasán relleno de chocolate! ¡Maldita cafetería! ¡Maldito precioso día de primavera y maldita terraza junto al mar! Y sobre todo: ¡Malditos peces! ¡Malditos putos y asquerosos peces!

Ilustración de Rafa Mir

Había bebido demasiado y me había fumado todo lo que tenía. El primer trago de café después de un generoso mordisco al cruasán relleno fue un bálsamo para el estómago y también para mi estado de ánimo. Por eso los maldigo, porque me sentí bien, me sentí tan bien que casi… fui feliz, y entonces… me morí.

Antes de verla la oí reír, y sé que no debería haber mirado, que en ese momento tendría que haberme levantado y salido corriendo, pero no lo hice así y me di la vuelta para verla a ella. A ella que le hacía cucamonas a un niño de unos tres o cuatro años y, a un tipo que se sujetaba la corbata para agacharse y darle un beso a ella y que luego se sentaba, alzaba el brazo y chasqueaba los dedos para advertir de su presencia al camarero. Yo tenía la cabeza girada en una posición casi imposible, y permanecí así una incontable cantidad de tiempo, el suficiente como para que el camarero les atendiera y les trajera lo que habían pedido. El suficiente para ver cómo su pelo se movía igual que entonces y que igual que entonces acariciaba su cuello. El suficiente para oír su voz y verla mover las manos, y hacer gestos, reírse de nuevo, tocarse ahora una oreja, luego la nariz, después darle un beso a un niño de rizados cabellos, y un poco más tarde, cuando creí que ya estaba del todo muerto, ver caer de la comisura de su boca el último de los pedacitos. Cayó sobre la mesa metálica e hizo una parábola perfecta hasta chocar con el entarimado y luego rodar hasta detenerse mansamente junto a mi pie derecho. Lo cogí, y desaparecí.

Para ella no había sido nada. Nada. Todos aquellos momentos que yo había repasado miles de veces en mi cabeza, todos aquellos instantes que yo había idealizado, todos aquellos besos y caricias, todas las confidencias abrazados en la cama, todas aquellas palabras, todo lo que yo creía irrepetible, único y perfecto, digno de ser una y otra vez rememorado, para ella no había significado nada, nada de nada, solamente había sido un suceso que ya pasado, no merecía perder más tiempo pensando en él. Ella había seguido con su vida. Tenía una vida. Y yo me había quedado parado hacía cinco años porque no quería moverme por si ella regresaba y no me encontraba en el mismo lugar donde me había dejado. Pero ahora tenía algo más, tenía también el último pedacito y una angustia que me ahogaba y que me llevó a la consulta de la doctora Anchorena.

No tenía cita con ella, pero al ver mi estado de angustia me hizo pasar. Fue empezar a contarle que me había ido de pesca porque había visto las fotografías donde aparecía ella tan feliz que… había pensado que quizá yo podría tener un poco de esa felicidad si conseguía un pez como ese que tenía disecado sobre la estantería y… empezar a llorar. Luego le conté que me había comprado la mejor caña que tenían en la tienda y un bote de asquerosos gusanos y que a la cinco de la mañana estaba sentado mirando el mar, pero cuando se me acabó la cerveza y el tabaco me había dado cuenta de que la caña había desaparecido y pensé que se la había llevado consigo algún pez, pero que no era verdad porque la encontré en el coche cuando regresé… No me había sentado en el sillón de piel, permanecía de pie junto a Teresa contándole entre lágrimas mis hazañas y, no sé en qué momento besé su boca o si fue ella quien besó la mía, pero sí sé que le decía que ella nunca me había amado, nunca, nunca me había amado de verdad. Teresa también lloraba, y entre lágrimas y mocos me quitó la ropa y no nos dejamos de comer la boca ni un solo instante mientras sobre el sillón donde me había escuchado tantas veces, esta vez, hacíamos el amor, o lo buscábamos,  eso tampoco lo sé.

Tengo cuarenta y cinco años, un corazón torpemente cosido con los pedazos que he ido encontrando por aquí y por allá, una psiquiatra porteña que visito dos veces por semana y a la que le gusta ir de pesca con un señor con bigote y que me ha dicho que me vendría bien escribir lo que pienso y lo que siento, que sería algo así como liberar del anzuelo a ese gigantesco pez con el que llevo luchando durante mucho tiempo, y aunque esta alegoría no la acabo de entender, le he hecho caso y por eso escribo esto. Pero, sobre todo, tengo un miedo horroroso a que todavía quede por ahí algún otro pedacito de mi mutilado corazón; el quinto verano tan solo acaba de comenzar.

FIN

Juan Ramón Lorenzana

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Comments
6 Responses to “Otro verano, y van cinco”
  1. Mariola dice:

    Ay, Juan Ramón, es que dejas los corazones encogidos… Y encima el maestro Mir te coloca esos grises nebulosos, esos hilos de marioneta. Vamos, que me ponéis unos tintes más tristones para el verano que para qué. O sea, que lo claváis. ¡Vaya par!

    • Muchas gracias, Mariola. Los días que te levantas de buen humor de verdad que resultas encantadora. Te prometo que para mi próximo relato intentaré escribir una historia que haga estirarse a ese corazón tuyo.

      Un abrazo y hasta pronto

  2. olgabesoli dice:

    Juan Ramón, preciosa historia, de las que calan hondo. ¿Cómo puedes describir de forma tan perfecta todas esas sensaciones tan complejas? Consigues que el lector se identifique perfectamente con el protagonista y entienda cada pensamiento que tiene. Me has dejado impresionada. Así que ole, ole y ole. Y bueno, Rafa, estás insuperable, como siempre. Además, a mi parecer, has escogido los dos puntos que impactan más: la marioneta sin hilos y la metáfora del pez. ¡Un equipo de 10!

  3. Paloma Muñoz dice:

    Es cierto lo que comenta Olga. El poder escribir esas emociones, la pérdida de un amor, la nostalgia y el recuerdo de tiempos pasados con la persona que deseábamos y mucho más- Juan Ramón eres un juglar del corazón, si me permites la expresión y las ilustraciones de Rafa Mir con sus suaves, elegantes y cálidos colores. Fantástico trabajo.

    • Muchas gracias, Paloma.
      Por supuesto que te permito que me llames “juglar del corazón”, ¡me encanta!
      Pensaba que era raro, pero ahora, por lo menos, ya somos tres a los que nos gusta tirar de los hilos que cosen torpemente nuestros corazones.
      Un beso…

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