Sé lo que hicisteis el último verano

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Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Sé lo que hicisteis el último verano.

Con el ánimo bajo, después de unas semanas de inactividad que le habían dejado demasiado tiempo para pensar, Vincent intentaba hacer frente a un nuevo día de papeleo. Desde que el comisario le había informado del retraso de los informes, había destinado a dos de los agentes más veteranos a realizar los trámites más simples, a cambio de la comodidad de no tener que salir a vigilar las calles. Por eso motivo, pasaba el día corrigiendo y confirmando datos, y grabando su firma en cientos de hojas mecanografiadas.

Dormía poco, pues al permanecer todo el día sentado en su cómoda butaca, apenas tenía sueño cuando llegaba a la cama. Se acarició su corta barba con la mano derecha, notando como ya raspaba un poco.

–Ha llegado un hombre bastante inquieto que pide ayuda –indicó Javier abriendo la puerta del despacho–. Tartamudeaba tanto que el pobre Ramón me ha llamado desesperado. –El inspector trazó en su rostro una risa torcida, por fin había llegado la acción–. Creo que debería hablar directamente contigo. Parece que está un poco trastornado.

–¿Has conseguido entenderle algo?

–Habla de una sombra que lo observa. En serio, ve con cuidado que está muy alterado.

–Venga, no te preocupes tanto. Hazle pasar y sigue con tus cosas. Ya me encargo yo.

Retiró los documentos ya terminados, listos para viajar hasta otras manos. Los depositó dentro de una caja y le dio permiso para entrar a su visitante, que golpeaba levemente la puerta entreabierta. El aspecto de aquel hombre era deplorable. Se veía a simple vista que llevaba la misma ropa desde hacía tiempo, que no se había aseado desde el mismo y que necesitaba muchas horas de sueño. Un olor intenso, mezcla de colonia fresca y sudor, inundó la habitación.

–Siéntese, por favor –ordenó, una vez el señor cerró la puerta–. Soy el inspector Vincent Barrett. Mi compañero me ha comentado que solicita nuestra ayuda. Así que, me gustaría que se calmase, respirase hondo y me explicase todo lo que usted crea necesario.

–Muchas gracias por atenderme, inspector –respondió precipitadamente, sentándose en la silla vacía, mirando fijamente al sombrero que llevaba en la mano–. Yo, yo no quiero molestar a nadie, a nadie, pero ya, ya no soporto más está situación.

–Bueno, haga lo que le pido. Cuanto antes empiece antes terminará. Preséntese, explíqueme qué le ha pasado y cómo puedo ayudarle.

–Está bien –afirmó, levantando la vista–. Me llamo Iván Saldaña, tengo ya cuarenta y siete años y trabajo en la misma fábrica desde los treinta. Vivo solo, en el bloque de pisos de la calle de la Cruz, en el 4º A. –Guardó silencio por unos segundos, intentando organizar sus ideas antes de seguir–. Sé que lo que le explicaré le resultará… bueno, difícil de creer. Pero le aseguro, le juro, que todo es cierto –inspiró profundamente, y continuó–. Hace un par de semanas, me levanté por la noche a beber un vaso de agua, hacía mucho calor. Cuando entré en la cocina, lo hice a oscuras, nunca enciendo la luz por la noche, para no desvelarme. Cogí la botella fría del frigorífico, un vaso del fregadero y… allí estaba él…

–¿Quién? –preguntó Vincent, intrigado.

–Una sombra, justo en la ventana de delante, inmóvil, observándome. –La voz le volvió a titubear, pero se recuperó para lanzar su acusación–. El señor Julio Moran, mi vecino de enfrente, más conocido como el vigilante. Esa fue la primera vez que lo vi, pero no ha sido la única. Desde entonces, cada vez que paso por la cocina allí está él, su sombra inerte mirándome fijamente, esperando… ¡pero no sé qué quiere de mí!

–¿Está seguro que es su vecino? Si se trata de una sombra, ¿cómo sabe que le está mirando?

Iván empezó a temblar. Sentía la mirada acusadora del inspector, que le observaba juzgando su historia, como si no creyese lo que le estaba contando. Tenía que demostrar que lo que decía era verdad, que estaba viviendo en una pesadilla.

–Ese hombre está loco, lo juro. Antes, ¡antes gritaba continuamente! –exclamó, y cambió el tono de voz para imitarle, gesticulando estrambóticamente–: ¡Niños! ¡Ya está bien, niños! ¡Callaos ya! ¡Me estáis volviendo loco! –Los gritos llamaron la atención de los agentes de la comisaria. Siguió imitándole y, cuando terminó, permaneció en silencio, a la espera de una réplica.

–Me ha parecido escuchar que su vecino gritaba… En pasado. Es decir, que ya no lo hace –señaló Vincent.

–¡Exacto! Ya no grita, ya no se le oye nunca. Excesivamente silencioso…

–Y, ¿qué podemos hacer por usted?

–Investigar la verdad.

–Entiendo… –Parpadeó un par de veces, mientras intentaba comprender el motivo por el que aquel hombre estaba en su despacho–. A ver si me ha quedado claro. Su vecino le molestaba con los gritos, pero ya no lo hace y, usted, quiere que investigue por qué ya no grita y, por qué se queda parado delante de la ventana.

–Sí, por favor. Tiene que ayudarme.

El silencio invadió de nuevo la habitación, hasta que el inspector se echó a reír.

–Lo siento, señor Saldaña, pero su vecino no está haciendo nada malo. No puedo entrar en su casa porque esté todo el día en silencio. ¿Qué hago? ¿Abro su puerta y le acuso de ser demasiado silencioso? –Abrió su pitillera y se puso un cigarrillo entre los labios–. Y en cuanto a la sombra, seguramente tiene una buena explicación.

–¡Usted no lo entiende! ¡Él me observa desde su casa, inmóvil, en silencio, juzgando cada uno de mis actos! ¡Él! –Las palabras se le amontonaban en la garganta, pero el recuerdo de aquella figura lo enmudeció. Empalideció en el acto, segregando aquel sudor frío que Vincent observaba tanto en su despacho. Todo su cuerpo temblaba, y solo podía repetir una y otra vez aquella palabra: ¡Él!

El inspector Barrett se levantó después de un largo suspiro. Dejó el cigarro sobre la mesa, se acercó al pequeño mueble que había tras él y sacó dos vasos y una jarra de agua. Si aquel hombre seguía por aquel camino terminaría sufriendo un infarto. Resultaba evidente que algo le perturbaba, una idea iba creciendo en su interior, y su obligación, en cierto modo, era ayudarle.

Le ofreció el vaso repleto de agua a su visitante y se bebió el suyo de un trago.

–Sus luces están siempre apagadas. Menos cuando aparece esa figura. Sé que lo hace para asustarme, me observa desde su casa –hablaba sin apenas mover los labios, como delirante, con los ojos cerrados–. Se queda mirándome, en silencio, esperando que lo admita. Lo sabe, él lo sabe todo. Por eso está allí. ¡Quiere que me vuelva loco!

–Está bien, cálmese. Le diré lo que vamos a hacer –empezó, dejándose caer en su butaca. Apoyó los codos en la mesa y entrelazó sus manos. Iván levantó la mirada y selló sus labios–. Mi compañero y yo nos pasaremos por su bloque de pisos. Visitaremos a su vecino con alguna excusa relacionada con la nueva ley ciudadana, y después le visitaremos a usted, para explicarle lo que hayamos podido averiguar. –Cogió una hoja de su bloc de notas y se la entregó al señor, junto con un lápiz–. Aunque le advierto que si no está haciendo nada malo, daremos el misterio por finalizado, ¿está claro?

–Muchas gracias, inspector –respondió, mientras escribía con una letra cursiva, producida por su temblores–. De verdad, gracias por ayudarme, me siento tan desesperado…

–Espérenos en su casa, pasaremos esta tarde. Y no haga ninguna tontería –advirtió Vincent, levantándose de su butaca, invitando a su visitante a que hiciese lo mismo–. Gracias por su visita.

–Gracias, gracias a usted por su atención. Buenos días.

El hombre menudo salió del despacho después de hacer una corta reverencia, con el sombrero en la mano. Parecía satisfecho con la propuesta de Vincent pero, ¿cuánto le duraría la tranquilidad? El inspector se encendió el cigarrillo mientras su compañero regresaba a la habitación con ojos curiosos.

–¿Qué? ¿Has conseguido entender algo? –preguntó Javier, de pie frente a la mesa.

–Pues sí, hombre; si no, no se hubiese ido con esa sonrisa en la cara –respondió entre risas. Expulsó el humo despacio, observando cómo se expandía por toda la habitación, matando el olor de sudor de aquel hombre angustiado–. Al parecer se ha obsesionado con su vecino, dice que le observa. No sé si tendrá motivos para hacerlo o si sufre algún tipo de delirio, pero le he dicho que pasaremos esta tarde.

–¿En serio? Y, ¿qué se supone que vamos a hacer?

–Visitamos al vecino, vemos si es un tipo normal, y si no vemos nada sospechoso, nos vamos de allí. No nos cuesta nada, Javi.

–Está bien, pero hoy invitas tú a comer.

–Espero que este caso valga la pena –bromeó el inspector–, no quiero haberte invitado por las alucinaciones de un chiflado.

Los dos compañeros se echaron a reír, mientras la comisaria seguía su curso, llena de agentes asistiendo a ciudadanos, acusados y culpables. El verano avanzaba sin llamar demasiado la atención, pero pronto llegarían las altas temperaturas.

~***~

La calle de la Cruz estaba repleta de edificios altos, todos con tonos entre el blanco y el crudo. Era una de las zonas más ricas de la ciudad. Un hombre pasó por el lado de los dos agentes y los observó con asombro, saludándoles cortésmente. Justo al lado del edificio que deberían visitar, encontraron un pequeño jardín coronado con una diminuta cruz, aquella que le daba nombre a la calle.

Vincent se acercó hasta el portal y golpeó la puerta, a la que acudió inmediatamente un hombre curvado con la barba blanquecina y los ojos grisáceos. Sonrió con el encanto de un chiquillo, y les dio pasó con palabras de admiración:

–Estoy a su servicio, mis señores. Es un honor recibir una visita tan memorable. Sus hazañas son bien conocidas, señor Barrett.

–Encantado de conocerle, señor –respondió Vincent, con alegría. Era difícil encontrar a personas tan amables por el mundo, y había que aprovechar aquellos encuentros–. Somos nosotros los que estamos al servicio de los ciudadanos. Venimos a visitar al señor Moran.

–Oh, por supuesto. Está ahora mismo en su casa. Les acompañaré hasta su puerta.

–No, no será necesario. Quédese usted en el portal, continúe con su trabajo –añadió el inspector.

–Como guste, señor.

El hombre agachó la cabeza con gesto obediente y se dirigió hacía su silla de madera, encendiendo antes de sentarse la radio que tenía a su lado. La música viajó por las ondas hertzianas hasta aquel edificio, invadiendo la habitación con el sonido de un saxofón. Subieron hasta el cuarto piso acompañados por los jadeos de Javier, que sentía sus piernas temblar con cada nuevo peldaño de madera.

Vincent golpeó la puerta con los nudillos y esperó una respuesta. Pasados unos minutos, insistió. A pesar de que el portero había afirmado que debía estar en casa, nadie les abría la puerta.

–Puede que esté en el baño –resopló Javier–. Quizá no nos puede atender en este momento.

–Tal vez… Visitaremos primero a nuestro amigo…

El señor Iván Saldaña abrió inmediatamente la puerta, asomando la cabeza primero para confirmar que no había nadie más en el rellano esperando para poder colarse en su hogar. Parecía tan nervioso como cuando acudió a la comisaria, pero al ver cómo tenía la casa, se incrementó la preocupación de los agentes.

El olor a comida en mal estado y basura en general penetró en los poros de los dos hombres, que se llevaron la mano a la nariz, al borde de las náuseas. Desde la puerta se podía ver una pequeña parte del salón, gracias a la poca luz que se adentraba en la oscuridad de aquella casa. Algo iba mal, no esperaban una situación como aquella.

–Pasen, pasen, ¡rápido! –Tenía un tic en el ojo que hacía que le temblase cada pocos segundos–. Debo cerrar la puerta, él está ahí…

Cuando la cerró tras ellos, la oscuridad absoluta les rodeó. Javier llevó una mano a la pistola mientras buscaba a Vincent con la izquierda, apretando con fuerza su brazo al encontrarlo. El inspector siguió caminando, en busca de un interruptor, mientras sentía temblar a su compañero asustado. Bajo sus pies crujían a cada paso lo que parecían montones de papeles. Escuchaba la respiración entrecortada de su compañero, y el respiro profundo de Iván.

–Encienda la luz –ordenó el inspector, con un tono brusco. Pero nadie cumplió su petición.

–Él está ahí, ahí, mirándome, ahí…

–Señor Saldaña, si no hace lo que le pido tendré que detenerle, y no creo que quiera pasar la noche en una celda.

–Él me verá. Quiere que le mire a los ojos, ¡quiere que lo cuente! –gritó, junto a Javier. Cuando esté intentó atraparle, ya no estaba allí–. ¡Yo no he hecho nada! ¡Nada!

Tenían que ser más rápidos que él, la situación era peligrosa. Si aquel hombre sentía que podían ser una amenaza, ¿quién sabe cómo reaccionaría? Vincent sacó su pitillera del bolsillo y encendió su mechero, llenando de luz la estancia. Al principio solo veía sombras, pero rápidamente comprobó que Iván no estaba allí. Saltó para cubrir a Javier y sacó su arma con agilidad.

–Intenta abrir la puerta, Javi. Tenemos que salir de aquí.

–Está cerrada, ¡no consigo abrirla! –chilló con nerviosismo, después de probarlo varias veces–. Tampoco se enciende la luz, Vincent.

–Tranquilo, compañero. Podemos hacerlo, lo hemos hecho otras veces. Saca tu arma y sígueme.

Sobre uno de los muebles encontraron velas medio consumidas. Vincent encendió una de ellas con su mechero y permaneció en silencio, a la espera del mínimo sonido que revelase la posición de aquel hombre. Recordó la historia que le había contado, la silueta en la ventana de la cocina, y decidió buscarla. Tal vez estaría allí, mirándola.

Avanzaron con cuidado por el corto pasillo, con la vela en una mano y la pistola en la otra, directos hasta la única habitación que albergaba un poco de luz. Y allí estaba aquella sombra, parada en la ventana del vecino.

–¡Se lo dije! –gritó Iván–. ¡Le dije, le dije que la sombra me observaba! Ahí la tienen…

Señaló a la figura inmóvil, que seguía impasible en su sitio habitual. Resultaba absurdo que no se moviese a pesar de los gritos, a pesar de haber llamado a su puerta minutos antes. Era imposible ver más que una mancha negra, una forma humana rígida, pero nada más. Las dos pistolas señalaban al señor Saldaña, iluminado por la tenue luz que desprendía la vela. Las gotas de cera resbalaban por ella hasta la mano de Vincent, derritiéndose precipitadamente, quemando levemente su piel.

–No es más que una sombra, ¿acaso no lo ve? No tiene ojos que le observen ni dedos que le señalen –espetó el inspector, intentando hacer entrar en razón al hombre delirante–. Debe entenderlo, esto es obra de su imaginación.

–¡No! Sé perfectamente lo que quiere. Quiere, quiere, quiere que admita la verdad.

–¿Qué verdad? –preguntó Vincent, siguiendo su juego.

–Él sabe lo que hice, lo que quise hacer. En realidad no llegué a hacerlo, pero –Miraba hacia los agentes un segundo y redirigía la mirada hacia la sombra, continuamente, con el tic en su ojo–, pero lo iba a hacer. Pensarlo es igual que hacerlo, eso dicen. Soy igual de culpable.

Ilustración de Daniel Camargo

Se acercó hacia la ventana y estiró en brazo, como si pudiese llegar hasta la casa del vecino. Algunas personas asomaban su cabeza por la galería, que daba a las cocinas de todo el edificio. Los gritos habían llamado la atención de unos pocos, que susurraban de una parte a otra preguntas sin respuesta.

–Si es usted culpable –expuso Javier–, declare como un hombre, exponga los hechos.

–¿Hechos? Todos conocen los hechos. El hecho es, es que ese hombre nos vuelve a todos locos. Siempre con gritos, siempre con los niños correteando por la casa. Tengo suerte de no vivir bajo su piso, me volvería loco.

–El señor Moran gritaba, pero, ¿por qué le hace eso culpable? –preguntó Vincent.

–Llevaba días sin poder dormir… Trabajo por la noche, empiezo, empezaba a trabajar a las once y, cuando llegaba a las siete de la mañana me acostaba. Pero esos niños, ese desgraciado, empezaban a gritar de inmediato. –Agitaba las manos erráticamente, como si no controlase los movimientos–. Aquel día no había podido dormir. Después de horas dando vueltas en la cama, me levanté. Los niños jugaban aquí mismo, donde está la sombra. Les grité, llamé su atención, les enseñé unos caramelos… y vinieron corriendo a mi casa. Pensé en secuestrarles, envenenarles, matarles, hacerlos desaparecer, venderlos… Pensé cientos de manera de deshacerme de ellos para conseguir el silencio, pero eran, eran niños. Solo eran niños que querían jugar.

La galería estaba repleta de cabezas que intentaban escuchar la historia, con medio cuerpo asomado por la ventana.

–¿Qué les hizo? –exigió el inspector, enfurecido–. ¿Qué les hizo a esos niños?

–Yo, yo… No les hice nada, no, no pude hacerles nada –respondió entre lágrimas–. Ellos me, me miraban con esos ojos tan grandes, tan oscuros. Y yo, les di los caramelos y les dejé marchar. No puede hacerles daño pero, pero lo tenía planeado, lo había pensado tantas veces. Y él lo sabe, por eso me observa cada segundo, ahí, desde la ventana donde les llamé.

–Nadie le observa, Iván. Es usted quien juzga sus actos, nadie más. Si ese señor conociese esa historia, hubiese venido directamente a la comisaria, le hubiese denunciado y le hubiésemos encerrado por secuestro.

–¡Prefiere torturarme! Y, ¡me lo merezco! –sollozó, apoyándose sobre el marco de la ventana, dándoles la espalda.

Vincent aprovechó el momento para lazarse sobre él e inmovilizarle, colocando los brazos del hombre en la espalda para ponerle las esposas. Opuso resistencia entre gritos de socorro, pero estaba tan débil que no hizo falta mucho esfuerzo para bloquearlo.

Con la vela todavía en la mano, a punto de consumirse, Vincent observó que uno de los cerrojos de la puerta estaba cerrado, por eso su compañero no había podido abrirla antes, en la oscuridad. Una vez fuera, con la luz de las ventanas de la escalera iluminando de nuevo sus vidas, el inspector sopló la vela y la dejó caer al suelo.

–Llévale al portal, Javi. Llama a la comisaria y que vengan dos agentes para tomarle declaración a los vecinos que puedan decirnos algo. Este hombre necesitará estar en observación hasta que deje de ser un peligro. Yo intentaré de nuevo entrar en casa del señor Moran, debemos saber qué sabe él de todo esto.

–Sí, señor –respondió, empujando al detenido hacia las escaleras.

~***~

Nadie sabía nada del horrible plan de aquel hombre. Todos coincidían en que habían escuchado los gritos de los niños, incluso de su abuelo, sus juegos se expandían por todo el edificio, pero eran buenos y muy educados.

El señor Moran no podía creer lo que Vincent le explicaba. No tenía ni idea de que Iván había tenido a sus nietos encerrados en casa, ni mucho menos con la intención de hacerles nada malo. Lo único que él hacía era pasar las horas escuchando la radio, esperando que pasasen los días para que sus nietos volviesen del campamento de verano, para volver a alegrar la casa con sus sonrisas.

–Permanecía allí sentado –le explicó a Javier, mientras conducía–, justo bajo la ventana por la que le entraba un poco de fresco, para luchar contra el calor del verano. Llevaba puesto unos auriculares, un aparato que se pone en la cabeza para escuchar la radio… Por eso no nos escuchaba.

–Lo que hay que ver. Este hombre se ha vuelto loco porque unos niños gritaban, es absurdo.

–Bueno, dicen que todos necesitamos dormir unas horas mínimas al día, y si no cumplimos con esas condiciones, las consecuencias son evidentes. Pasará una temporada encerrado, hasta que recupere la cordura.

–Gracias, Vincent –susurró el agente, mirando el perfil de su compañero. Su nariz estilizada, sus labios carnosos, su barba incipiente–. Si no hubiese sido por ti, quién sabe qué hubiese pasado allí dentro.

–Venga, amigo. No le des más vueltas. Ahora relájate, iremos al bar La Morena a tomar algo. Hace tiempo que no paso por allí.

Carme Sanchis

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Comments
2 Responses to “Sé lo que hicisteis el último verano”
  1. olgabesoli dice:

    Un nuevo caso de Vincent, pero esta vez al estilo “La ventana indiscreta”. Me ha gustado. La ilustración de Daniel es muy buena. Me encanta el halo de luz de la vela sobre la oscuridad reinante. Buen trabajo.

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