Batman, el alter ego

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: +18

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Batman, el alter ego.

Ilustración de Marta Herguedas

Ser Bruce Wayne nunca fue fácil. Nací en mayo de 1939, trayendo una dura competencia de cola, Clark Kent. Mis inicios fueron algo difusos, ya que jamás me sentí cómodo con la personalidad asignada. Ni siquiera nací de una idea original en sí misma como aquí mi compañero, sino más bien de un cúmulo de influencias de éxitos pasados tales como: la leyenda del zorro, al que debo mi rostro enmascarado y las magníficas acrobacias de las que hice gala durante todo mi estrellato; o la leyenda de Superman, de la que heredé sus botas rojas, ese traje entallado y una doble identidad. Y ni siquiera esa identidad secreta era pura en esencia, ya que mi nombre y apellidos se debieron a la fusión de dos personajes destacados, Robert Bruce, el gran patriota escocés y, Mad Anthony Wayne,  un reconocido aristócrata.

Mis padres, Bob Kane y Bill Finger, trabajaron duro para afianzar mi éxito, hicieron muchos cambios en los diseños originales, cambiaron mi edad, mi complexión e incluso el desarrollo de la historia; aunque el cambio que más me dolió fue el que le hicieron a Robin, mi adorada y preciosa Robin, nunca tuve la oportunidad de decirle lo que sentía, lo mucho que me importaba.

En principio ella iba a ser mi chica maravillas, compañera de aventuras y amada, pero al equipo directivo no le gustó la idea. Así que hacia 1940 decidieron crear su alter ego masculino, una estrategia de marketing que conseguiría atraer a los lectores más jóvenes, puesto que se sentirían identificados. Después de aquella suplantación colorista de lo que fue mi socia, el equipo creativo decidió desvelar mi identidad secreta y contar mi verdadera historia, aquella que me llevó a ser aquel superhéroe obcecado con acabar con el crimen de Gotham City. Y por supuesto crearon infinidad de villanos contra los que tendría que luchar, a cada cual más peculiar. Fue esto lo que me hizo subir en el ranking de ventas, los números de las revistas se multiplicaron, así como el número de fieles seguidores. Pero nada de esto me satisfacía, hacía tiempo que me sentía vacío, olvidado, relegado, no era yo. Jamás comprendí por qué mi creador se vendió por dinero, jamás entendí por qué prefirió gustar a centenares de personas traicionándose a sí mismo.

Y es que la historia de mi nacimiento surgió de una bonita colaboración junto con la adolescente que se convertiría en su esposa. En una aburrida tarde de verano, en la que descubrieron que no solo se compenetraban escribiendo y dibujando. Todas las creaciones tenemos algo de nuestros padres, digamos que vierten sentimientos escondidos, miedos incontrolados y deseos de ser capaces de vivir emociones que de otra forma no vivirían. Pero supongo que las ganas de luchar por sus propios ideales, las ganas de defender lo que le era genuino, se fueron en el mismo instante en que ella murió, y mi Robin desapareció como el fantasma del amor que había atormentado el corazón del escritor que una vez soñó su historia. Me sentí abatido y descorazonado, y cuando los dibujos animados y el cine hicieron su aparición y la gente dejó de interesarse por los cómics, me sentí muy perdido, abandonado, y pasé a ser una simple reliquia guardada en un polvoriento cajón.

Un buen día, algo pasó. La tienda de cómics donde descansaban centenares de ejemplares, incluso los números inauditos,se incendió dejando reducido a polvo todo aquello que fuimos. Pensé que había llegado el fin, pero por alguna extraña razón todos los personajes que habitaban en los cómics cobraron vida, y corrieron despavoridos y desconcertados entre las voraces llamas. En menos de cinco minutos, todos habían atravesado la puerta, perdiéndose entre la multitud. Yo tampoco esperé demasiado, no me apetecía mucho sufrir la agonía que producían las quemaduras en aquella nueva y humana piel. Así que, seguí el camino de lobezno, atravesé el maltrecho escaparate cuyos cristales habían reventado a causa del calor, me escondí en la ciudad y esperé. Tras una media hora de navegar a contracorriente en un estado de inopia e incertidumbre absoluta, la salvación me vino a buscar en forma de Albert, mi mayordomo. Al parecer, no solo nuestros poderes y nuestra persona había cobrado vida, sino también las historias y aquellos que las compartían con nosotros. Así que afortunadamente seguía siendo Bruce Wayne, un huérfano heredero asquerosamente rico.

Albert me ayudó a recomponerme y me hizo asimilar todo lo que había sucedido. Él pensaba que todo aquello debía tener una razón de ser, no había que desaprovechar aquel maravilloso tiempo que nos habían regalado intentando buscar explicaciones lógicas a lo que no las tenía. Ni siquiera aquel loco mundo pareció darse cuenta de las irregularidades causadas, a pesar de las similitudes que nuestro nuevo resurgir tuviese con la literatura ficticia del mundo de los cómics. Además, Albert tenía la teoría de que aquel renacer podría ser debido al hecho de que el coleccionista, que también fue mi creador, nos transfirió toda su energía vital antes de morir entre las voraces llamas del descomunal incendio, regalándonos lo poco que quedaba de su vida. El caso era que allí estaba yo, una versión imberbe del héroe en el que me convertí, o más bien del héroe que diseñaron. De nuevo era yo, la primera versión de mí, pero a pesar de estar tremendamente feliz por volver a ser  aquel joven de dieciocho años de grandes ojos oscuros y alborotado pelo castaño, estaba más asustado y perdido si cabe que cuando llegué a la cúspide de mi estrellato.

Después de recomponerme, mi primera labor en aquel nuevo mundo fue recuperar todas las cámaras existentes en un par de kilómetros a la redonda. Necesitaba comprobar que no sólo los que vi salimos de allí, necesitaba saber hacia dónde habían huido, por si aquello me podía dar alguna pista sobre dónde encontrarlos. Además, me inquietaba la idea de no haber visto a ningún villano en la huida, así que tras estudiar detenidamente las cámaras de seguridad de la propia tienda, pude comprobar que ninguno había sobrevivido o más bien revivido, ya que se convirtieron en cenizas junto al papel y la tinta que tantas veces los había mostrado. Después de asegurarme de todo aquello y entender que nunca más vería a mi Robin, empecé a inquietarme por el papel que se supone que debíamos jugar en aquel alocado mundo lleno de guerras, de maldad y de corrupción. ¿Cómo podríamos luchar contra todo eso, si miraras donde miraras, en todos los rincones se respiraba el egoísmo y la ambición?

Alfred me veía tan abatido que un buen día me animó a encontrarme a mí mismo, me dijo que me despojase de todas mis ataduras, que desnudase mi alma y que mirase en mi interior. Y me lo tomé de forma literal, pues me fui al prado que estaba en una de mis propiedades de veraneo, me quité toda la ropa, me puse mi máscara y me tumbé entre las amapolas. Necesitaba hacer una locura, fundirme con la naturaleza, encontrar mi lugar en el mundo y, que mejor manera que fusionarme con la tierra, con el viento, con el universo.

A solas, en el prado, respiré hondo, cerré los ojos y escuché como el viento mecía las hojas de las amapolas muy suavemente. Poco a poco el zumbido que hacían las alas de los insectos al moverse y la brisa que acariciaba dulcemente mi cuerpo, hicieron que experimentara un estado de relajación y quietud como nunca había experimentado. Y entonces supe quién era realmente yo, y qué era lo que quería hacer con aquella, mi nueva vida. Entendí que aún podía hacer algo por esta sociedad  que estaba abocada al desastre. Decidí que si no podía luchar contra los criminales, no quería decir que no pudiera hacer algo para facilitarle las cosas a los menos afortunados. De hecho, habían  otros campos que explorar, campos que estaban abandonados, faltos de recursos y que necesitaban desesperadamente un padrino que ofreciera unas buenas inversiones o, en su defecto, a un tahúr cuya mente extraordinaria ayudará a buscar una ingeniosa solución para aquello que no la tenía. El mundo de la investigación, de la tecnología, de la sanidad, estaban faltos de recursos y esos serían mis objetivos. La investigación había sido mi vida y nunca se me había dado mal, así como la capacidad de crear avanzada tecnología, lo cual me había solucionado más de un problema. ¿Por qué no poner todos estos atributos a merced de la civilización?

Sí, yo era el verdadero Bruce Wayne, el joven soñador defensor de lo justo, el nuevo vengador, el Da Vinci de su época, aquel personaje de dieciocho años que se creó para luchar contra el mal de una manera distinta, aquel proyecto que se quedó en el cajón de su creador, aquel proyecto que evolucionó en el Batman que todos conocían. Aquel proyecto que era mucho mejor que todo aquello que fue  estipulado,  pues nacía de las más bellas y nobles intenciones. Andaba perdido en mis propias tribulaciones cuando, de repente, algo turbó mi paz sacándome de mi ensimismamiento. Una sombra había tapado los reconfortantes rayos de sol que calentaban mi rostro, así que abrí los ojos bastante molesto, esperando ver una nube cerrándole el paso al sol que regeneraba mi espíritu. Pero lo que ante mí se mostraba no era ninguna inoportuna nube sino una preciosa melena rubia que ondeaba al viento, mientras unos intensos ojos verdes me miraban con un extraño fulgor.

–¡Robin! exclamé, sin ni siquiera ser consciente de mi desnudez. Estaba nervioso, agitado, tremendamente feliz de verla allí a mi lado.

Me quité rápidamente y de un manotazo la vieja máscara de murciélago que había llevado para tener algo con lo que me pudiera definir. Mientras me incorporaba torpemente, ella me dedicó una  preciosa sonrisa, y se precipitó sobre mí dejándome a medio camino sentado sobre mis nalgas. Arrodillada, sujetó mi hombro con una mano y con la otra hizo un gesto que reclamó mi silencio.

Por fin te he encontrado, esta oportunidad no la voy a dejar escapar. Ha sido un largo camino y, no me refiero al que me ha llevado por fin hasta aquí…–me dijo.

Yo no entendí qué era lo que me quería decir hasta que se acercó a mí y me besó tenuemente en los labios. Entonces comprendí que ella también quiso siempre mucho más de mí y que nunca se le brindó la oportunidad de poder desarrollar lo que empezaba a sentir. No quería perder el tiempo, necesitaba reescribir su propia historia, nuestra propia historia. En aquel momento de sinceridad me sentí tremendamente feliz, y fui consciente por primera vez de mi desnudez y el rubor acudió a mi rostro como un torrente desbocado, sobre todo cuando me di cuenta de lo que aquel beso había provocado en partes que ahora mismo no deberían mostrarse. Robin debió de leer mis pensamientos puesto que su mirada se dirigió durante unos segundos de mi rostro sonrojado hacia aquello que provocaba mi  turbación, después dejó escapar una carcajada y se mordió el labio de forma coqueta, cómplice. Empezó a desnudarse muy lentamente mientras mis ojos hipnotizados y extasiados a un tiempo no podían dejar de mirar. Al cabo de unos minutos nuestros cuerpos se abrazaron dejando que los sentimientos afloraron desbocados, nuestras bocas hambrientas se buscaron y se deshicieron en besos voraces que recorrieron nuestros cuerpos sin prisa pero sin pausa. Nuestras manos, frenéticas, recorrieron cada íntimo recodo que nuestros preciosos seres guardaban, fundiendo de tal manera nuestras almas en una sola, que incluso fuimos capaces de emular el acompasado baile que desde hacía tiempo estaba interpretando el viento junto con la hierba y las amapolas, a las cuales deshojaba con el mismo cuidado y pasión, con la que se despojaba la soledad nuestros mutilados corazones.

Después de aquella muestra de amor, pasamos largo rato tumbados y abrazados el uno junto al otro, charlando y programando cual sería nuestro siguiente movimiento, ahora sí que nada ni nadie nos podría separar jamás. Robin estuvo de acuerdo conmigo en que si no podíamos luchar contra el villano en sí, al menos deberíamos poder mejorar la situación de aquellos que fuesen menos afortunados. Sin embargo, había una cosa en la que no estaba de acuerdo, y era que esto no podíamos hacerlo solos. Así que se le ocurrió una gran idea, crear una universidad para héroes en la que aprendieran a controlar sus poderes en aquella nueva vida y se dedicaran a encontrar la manera en que los mismos nos serían útiles para la causa. También trabajarían en sus identidades secretas y buscarían su lugar.

El primer día de universidad, el campus era un hervidero de adolescentes tremendamente hormonados y descontrolados, por desgracia todos ellos existían en sus versiones más jóvenes y primitivas. Además poseían un ego bastante subido debido a que sabían los poderes que cada uno poseía y no había nadie que intercediera en su lugar. Al parecer la naturaleza sólo había sido sabia conmigo, pues me había dotado de una inusual madurez. Así que, miré aterrado a mi alrededor arrepintiéndome sobremanera de haberme ofrecido a llevar a cabo todo aquello.

La escena que observaba desde mi posición era dantesca. Spiderman escalaba por las columnas del antiguo claustro de Oxford, Hulk intentaba aporrear al chico que le había roto las gafas llevándose unas cuantas columnas a su paso y dejando al descubierto sus desmesurados atributos.

–¡Bendita dotación! Seguro que la futura señora Hulk algún día se sentirá afortunada le susurré a Robin con sarcasmo. Esta me pegó un cariñoso puñetazo en el hombro a modo de reproche, aunque no pudiese ocultar su sonrisa divertida. Después se dirigió hacia Tony Stark, que había provocado una trifurca a propósito entre lobezno y superman para poder ganar el dinero que se había apostado.

De momento, las mujeres no habían llegado allí, así que siendo Robin la única fémina cercana y con autoridad en la zona, aparte de poseer un cuerpo escultural, se pueden imaginar el revuelo que se organizaba cada vez que ella se acercaba a alguno de los estudiantes para comunicarles el funcionamiento de nuestra organización secreta o, qué era lo que se escondía tras aquella facultad.    Afortunadamente los sabía manejar, pero yo no podía dejar de pensar en todo aquello que me llegaba a preocupar. Después de mirar más de cien veces a mi alrededor y reconocer casi a un centenar de súper héroes no encontré a ninguno que estuviese sano mentalmente, al menos era lo que parecía a simple vista. Aquella vuelta a sus inicios más viscerales, a aquella juventud perdida que había desatado la anarquía en su propia identidad, era tremendamente peligroso. Ni siquiera noté cuando Robin volvió a acercarse a mí y me besó dulcemente en el cuello mientras me susurraba:

No es tan malo como parece, lo podremos solucionar.

Pero ni siquiera esa aseveración consiguió convencerme, sabía que aún quedaba mucho por pelear e iba a ser más difícil de lo que alguna vez pude imaginar

Inmaculada Ostos Sobrino

Anuncios
Comments
One Response to “Batman, el alter ego”
  1. olgabesoli dice:

    Marta, tu dibujo es precioso. Con él nos das una visión totalmente diferente a lo que solemos imaginar cuando pensamos en Batman porque el tuyo tiene juventud y serenidad y muestra aires de tristeza y fragilidad. Lo encuentro inspirador.

    Inmaculada, ¡cuánta información en tan poco espacio! La verdad es que en tu relato tocas puntos pero que muy interesantes: hechos reales como la historia de cómo se creó Batman, el hecho de que Robin fuera una mujer al inicio (yo no tenía ni idea); y también fantásticos: el incendio, la escapada de los superhéroes al mundo real, la relación con Robin, la escuela de héroes… Y cuando he llegado al final del relato me has dejado con ganas de saber qué ocurre a continuación.

    Buen trabajo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: