El caballero oscuro

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Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El caballero oscuro.

Ilustración de Rafa Mir

Hay una luz al final de cada túnel para sosiego de quien se ha extraviado en la oscuridad. La luz es la guía hacia la salida, la liberación, el fin de la incertidumbre. Pero a Batman esa luz sólo le parece la entrada a una boca de lobo llena de colmillos dispuestos a machacarle en cuanto ponga un pie en el exterior de ese mundo distorsionado al que llaman Gotham City.

El caballero oscuro, agazapado en la negrura del túnel, cierra los ojos a la vez que gira el rostro en dirección opuesta al dañino haz de luz, tratando de negar su existencia, como el fantasma que no quiere dirigirse hacia ella para traspasar al otro lado.

Su corazón desacompasado marca arrítmicamente la angustia que le oprime el pecho. Apenas puede respirar. Ensanchar sus pulmones en busca de una bocanada de aire se ha convertido casi en  una misión imposible. ¿Será el battraje que le constriñe el cuerpo? ¿Quizás el aire viciado y pegajoso del túnel? No es probable. Recuerda haber estado en lugares y con condiciones mucho peores. Y éste es el mismo traje que llevó a esa sala de juicios que ardía como el mismísimo infierno tras una terrible explosión que había hecho temblar los cimientos de la ciudad entera. En esa ocasión tuvo el tiempo justo de sacar de allí aún con vida al fiscal Dent, antes de que el edificio se derrumbara por completo. Aunque ese acto heroico sólo sumó un bochorno más a la extensa lista de fracasos en su carrera contra el crimen. Harvey se había quedado con el rostro medio desfigurado por las llamas. Y, con ello, perdió la mitad de su alma. Se convirtió en un monstruo asesino conocido con el sobrenombre de «Dos Caras».

Así es Gotham City, la ciudad que convierte en basura todo lo que toca, como un Rey Midas del desastre. La actividad criminal siempre ha echado raíces en ella. Y ahora esas raíces se han podrido hasta la médula.

Batman trata de apartar ese pensamiento de su mente, de calmarse, de aquietar su corazón, pero el pulso le tiembla y parece haber perdido el control sobre sus manos como perdió control sobre la ciudad que estaba bajo su custodia. Debería haberlo intuido en el momento en el que aquella periodista, si puede recibir tal nombre, de la Gaceta de Gotham, se acercó a él con sigilo y le preguntó la razón por la que había reducido a aquel grupo de hombres que estaban siendo esposados en aquel instante.

—Porque, claramente, tenían intención de atacar y desvalijar el Banco Central de Gotham, seguramente para subvencionar algún plan maléfico de dominar el mundo —había contestado él, con su habitual seguridad.

—Pero, eso no es cierto —replicó la reportera.

—Claro que lo es —insistió él, aturdido— iban armados. Llevaban bates de beisbol, palos y fragmentos de roca. Iban a irrumpir en el banco y robarlo.

—¿Robar el banco? ¿A plena luz del día? —insistió ella.

—Sí —había respondido—. Quizás sea un tanto extraño, pero nadie sabe a ciencia cierta cómo funciona el interior de la mente criminal.

—¿Eso quiere decir que son ciertos los rumores de que Batman se declara partidario de la corrupción bancaria y en contra del pobre ciudadano de a pie que sólo pretende defender aquellos derechos que le han sido pisoteados?

Batman no halló ninguna respuesta a tal acusación. Se quedó allí mismo con la boca abierta, atónito, aturdido y pasmado ante aquella pregunta cercana al insulto. El silencio mortificante y dilatado fue quebrado por la voz del joven fotógrafo que acompañaba a la periodista.

—No te enteras de nada, tío —dijo apartando la cámara para dejar ver su cara con marcas de acné— ese banco de ahí le acaba de robar a esa gente sus casas y su dinero…

Si le hubiesen abofeteado, no le habría dolido tanto como le hirió la explicación simple y sincera del muchacho, cuyo efecto se vio agravado en cuanto uno de los hombres a los que había desarmado pasó tras suyo, esposado y secundado por un agente de la ley.  Tras dedicarle una mirada del más puro desdén, el hombre escupió al suelo y le gritó:

—¡Cabrón! ¡mañana mis niños dormirán en la calle y tú has contribuido a eso! ¡ojalá nunca hubieras existido, superhéroe de pacotilla!

Luego sintió la cortina de sudor frío que precede a la sensación de vértigo. Su frente se inundó y unas gotas se deslizaron por debajo de la máscara negra, nublándole la vista. ¿Cómo había sucedido aquello? ¿era eso posible? ¿desde cuándo los actos delictivos como atacar un banco con palos y piedras eran considerados actos justicieros? ¿desde cuándo las instituciones legales y gubernamentales perpetraban actos delictivos? ¿se había vuelto el mundo del revés? Y, ¿dónde quedaba él en ese mundo? ¿quién era el villano al que atacar? ¿quién era el héroe? ¿y el superhéroe?

Pero eso solamente había sido el principio.

Unos días más tarde la luz de la batseñal surcaba los cielos de Gotham. Fue su amigo y colaborador, el comisario James Gordon, quien la encendió para atraer su atención. Requería sus servicios en la lucha contra el crimen, como tantas veces había hecho. Pero esta vez no le entregó la ficha policial de un asesino peligroso como el Doctor Phosphorous, o Cara de Barro, o El Señor de las Ratas. Esta vez, el delincuente al que había que detener era conocido por todos en Gotham y nunca había sido considerado peligroso, al menos hasta el momento.

El crimen perpetrado no era un asesinato, ni un robo, ni siguiera una extorsión. Se trataba simplemente de un escándalo financiero que había estallado y se había filtrado a la prensa: la desviación de fondos públicos de subvenciones y del dinero de las becas para la investigación que otorgaba la alcaldía de Gotham en colaboración con Wayne Enterprises. El alcalde Grange, conocido por sus excesos y una vida de derroches, desde su palacete en el ático de la torre más alta de la ciudad,  se había apresurado a hacer una declaración de inocencia en la que se había auto-exculpado de toda conexión con el asunto y había señalado directamente a Bruce Wayne y su empresa como responsable directo del delito. De hecho, había explicado que el emporio que había levantado el difunto Thomas Wayne estaba construido sobre una sarta de mentiras, estafas y dinero sucio.

La comisaría de policía al completo tenía órdenes explícitas y directas desde la alcaldía de busca y captura, vivo o muerto, del multimillonario Wayne, pero su mansión en las afueras suponía un gran inconveniente. Tenía uno de los sistemas de seguridad tecnológicamente más sofisticados —además de unos sótanos con una batcueva, pensó Batman—. Por esa razón necesitaban su ayuda, para facilitar a los agentes la entrada a través de los muros de su propia vivienda y el arresto de su otro yo.

—Creo que es una buena oportunidad para limpiar la mala imagen que te has forjado con lo de los manifestantes de las hipotecas —le dijo James con toda la buena fe del mundo, sólo equiparable a su credulidad—. A los ciudadanos les gustará ver que no estás de parte de los ricos corruptos. Pronto volverán a tener fe en ti.

Después de oír eso, y tras un leve vahído que le hizo flaquear las piernas, sintió una irritante sequedad de boca que le hizo toser.

—¿Está usted bien? —le preguntó el comisario.

Batman carraspeó en un intento de recuperar la voz que se le había escapado, mientras afirmaba con la cabeza.

—Entonces, ¿qué me dice?

Batman ya no escuchaba. No podía oírle. Estaba concentrado en la única idea que cruzó por su mente, como un rayo fugaz y mortífero: necesitaba avisar a Alfred Pennyworth, su mayordomo, del peligro que lo acechaba. Tenía que decirle que sellara a cal y canto la entrada de la batcueva y que se deshiciera de la llave, que la tirara al río; que se pusiera a salvo, que hiciera la maleta y se largara de la mansión Wayne, de la ciudad, del estado, del país. Lejos y para siempre.

—¿Nos ayud…?

En un abrir y cerrar de ojos, Batman se giró de espaldas al comisario y se subió a la barandilla de la terraza. Desde ahí, dejándole con la palabra en la boca, se lanzo al vacío. El edificio donde se reunía con el comisario Gordon era uno de los más altos de Gotham y hasta que no llevaba medio descenso no quiso activar el dispositivo de freno que lo hizo aterrizar suavemente sobre el asfalto, al lado del batmóvil.

A medida que el motor del auto se aceleraba, el corazón de Batman lo hacía dentro de su pecho. Alfred, pobre Alfred….

Media hora después se vio obligado a frenar en seco ante la inesperada multitud que se arracimaba delante de la valla de la mansión Wayne. Todo el mundo parecía haber conocido la noticia antes que él. ¿Es que acaso pretendían tomarse la justicia por su mano? Por suerte, tanto el batmóvil como su traje eran completamente negros y se confundían en la noche oscura.

La entrada a la mansión estaba iluminada por varios focos de fuego, que hacían refulgir el fondo blanco de las pancartas y carteles escritos con letras grandes y palabras terribles y amenazadoras. El aire olía a goma y plástico chamuscado. Habían utilizado ruedas de camión y contenedores de basura para avivar los fuegos. Sobre el silencio de la noche se oían los gritos intermitentes de «¡Acabemos con la corrupción, acabemos con los ricos!» y múltiples siluetas se recortaban en sombras.

Alguien hizo estallar el dispositivo de electrificación de la valla del perímetro, detonando una pequeña carga explosiva en la caja de circuitos. Tras eso, muchos cuerpos se agolparon sobre el metal de la reja, armados con cizallas, sierras mecánicas y con el peso de sus propios cuerpos. Sólo era cuestión de tiempo que ésta cediera y la turma se centrara en aplastar todos y cada uno de los dispositivos de seguridad de la puerta y del interior de la casa. La mansión Wayne estaba preparada para combatir un ataque inteligente, no uno a la fuerza bruta. Ya no era un refugio seguro.

Entonces sintió esa sensación fría y extraña que hace que tu corazón se pare y las náuseas te invadan. La vista se le emborronó, y antes de sentirse desfallecer por completo se obligo a correr, lo más rápido que pudo, y dando tumbos, en dirección contraria a todo, a la gente, a los fuegos y a las sirenas de policía que delataban el acercamiento de los coches patrulla al lugar. Sintió dolor en el alma, punzadas en el estómago, palpitaciones en el corazón y cómo el vómito le subía por la garganta. Sintió la misma desesperación que se apoderó de él cuando de niño cayó en un pozo que no sabía que existía en el jardín de su mansión y descubrió dentro de él la cueva de los murciélagos.

Petrificado por el mismo terror que lo invadió durante los dos días que tardó su padre en encontrarlo y sacarlo de allí, y con el frío entumeciendo sus miembros, Batman consiguió llegar y arrastrarse por el interior del túnel del desagüe de la vieja mina abandonada antes de perder completamente la orientación y el sentido. Se desplomó de bruces sobre el suelo con olor a podrido que se llenó de vómitos y no recuperó la consciencia hasta que la luz de la madrugada le dio alcance.

Tembloroso y desconcertado, Batman había intentado desperezarse de los sueños turbulentos que le habían acosado durante la noche. Pero la imagen de su mayordomo colgado de la rama más alta del viejo manzano situado en la parte trasera del jardín permanecía indeleble. Lo siento, pensó, lo siento tanto…

Pero no iba a llorar… los superhéroes no lloran ni flaquean, aunque sientan agujas en el pecho y el sabor amargo de la hiel en la boca. Haciendo de tripas corazón, intentó auto-convencerse de que no había nada que hubiese podido hacer por el viejo Alfred. No es una buena idea enfrentarse a una muchedumbre enfurecida. Además, si hubiese intentado frenarlos, habrían pensado de inmediato que intentaba proteger a Bruce Wayne y que estaba de lado de ¿cómo había dicho el comisario? Ah, sí, de los ricos corruptos.

Pero ¿a quien pretendía engañar? Había dejado que el miedo lo dominase, un miedo inmenso cuyo simple recuerdo todavía le hace palidecer el rostro y temblar el pulso.

Batman vuelve a mirar hacia la luz del final del túnel. Ahora ya es de tarde y se va retirando poco a poco. La oscuridad le está ganando terreno a la luz. Pero aún así el corazón emite unos latidos agitados y se instala en la garganta. Tiene que volver a cerrar fuertemente los ojos para apaciguarlo, para volver a sentirse seguro. No podrá salir de allí. Quizás nunca lo haga. Ni aun cuando anochezca, porque las luces de Gotham seguirán iluminando la oscuridad.

Un enjambre de paparazzi con los flashes preparados le aguardan afuera, con intención de aguijonearle con preguntas maliciosas. Unos ciudadanos exaltados que  piden un tipo de justicia que no puede ofrecerles. Un comisario que le exige que le entregue la cabeza de Bruce Wayne para acallar las quejas del pueblo. Y, por encima de todos ellos, le espera el alcalde Grange desde la confortabilidad del inmenso salón de su lujoso ático, que seguramente se estará vanagloriando de que, con una única trampa ha acabado de una tajada con el futuro y  la buena reputación de Bruce Wayne y de Batman.

No. Nunca saldrá de ese agujero. Batman y Bruce Wayne ya son historia, dos fugitivos que caerán en el olvido incluso antes de que él muera de sed, de hambre o incluso de hastío. El mundo ya no es un lugar seguro, ni siquiera para los superhéroes. ¿Aguantará todavía Spiderman en New York o habrá decidido quitarse la vida utilizando su propia tela de araña para colgarse del cuello? ¿andará Catwoman maullando de dolor por las calles de la ciudad hasta agotar sus siete vidas? ¿habrá consumido Metrópolis a Superman lentamente hasta hacerle ingerir un trago de kriptonita? ¿se habrá agotado ya la paciencia de la Liga de la Justicia de América? ¿debería rendirse él?

Jadeante, y de nuevo al borde del colapso, Batman abre los ojos en un último intento desesperado por enfrentarse a esa luz que se desvanece al final del túnel.  Pero una sombra la eclipsa completamente, acompañada de una voz conocida:

—¿Señor Wayne? ¿Está usted ahí? Soy yo, Alfred.

—Al…fred… —logra articular con dificultad.

—Gracias a Dios que le he encontrado. Sabía que ésta era una opción posible. Es el único lugar de los alrededores tan húmedo, oscuro y deprimente como la batcueva. Me alegro mucho de oír su voz. Aunque tengo que pedirle disculpas, señor, por haberme visto obligado a sellar la batcueva. Pero es que no sabía qué más hacer. No podía dejarla a merced de cualquiera. Por cierto, creo que puse el dispositivo ese que funciona como una llave en uno de los bolsillos de mi chaleco… si, ahí está. He estado muy preocupado por usted en estos dos días, desaparecido como cuando niño. ¿No leyó ayer el periódico y la nota que le dejé junto con el desayuno? Creía que tomaría alguna medida contra todas esas calumnias, aunque luego pensé que igual tenía demasiado por hacer, repartiendo justicia, así que igualmente lo dispuse todo tan bien como pude, porque con las prisas… No tiene ni idea de la que se ha armado aquí afuera. Todo el mundo le busca. La mansión ha sido incendiada. Wayne Enterprises ha sido confiscada y todo el mundo culpa a Batman. Pero no se preocupe, que hice nuestras maletas y me permití el lujo de coger todo el dinero y la documentación de la caja fuerte para emergencias. Porque esto es una emergencia ¿no cree? Por suerte, minutos antes de que cortaran la línea telefónica avisé a Robin de nuestra situación. Hemos convenido que, si el señor está de acuerdo, pasaremos los próximos días ocultos en su casa. Ya sabe, hasta que la cosa se calme y Batman pueda volver a la carga. O se nos acabe el dinero de mano, aunque no creo que eso sea posible, porque es mucho, muchísimo. He llenado con él cinco bolsas que he dejado en el maletero del coche. Por cierto, no estoy seguro de haber acertado totalmente en la elección del auto. Primero se me pasó por la cabeza coger el Lamborghini, porque es el más rápido, pero luego pensé que era demasiado llamativo, y que quizás sería mejor el Cadillac. Y como llevaba prisa no me acordé del Rolls Royce que está en la esquina del garaje, y sé que ese es su favorito. Me temo que se habrá quemado junto con el resto de sus propiedades. Siento mucho su pérdida, y espero que sepa perdonarme por eso ¿hice mal en escoger el Cadillac para nuestra fuga, señor?

Olga Besolí

Septiembre 2014

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Comments
4 Responses to “El caballero oscuro”
  1. olgabesoli dice:

    Gracias, Rafa, por ese pedazo de ilustración, que me hizo muy fácil la tarea de escribir un relato inspirado en ella. Siempre es un placer formar equipo contigo.

  2. Mariola dice:

    Bueno, bueno… De este equipo solo puede salir lo que ha salido: un TRABAJAZO. La ilustración del maestro Mir es, como siempre, pues eso, una obra propia de su maestría. Y de Olga solo puede salir ese texto tan espectacular para darle la vuelta al mito o, mejor dicho, retratarlo como tal vez sea más acertado: un ser de moral y actos oscuros. Me gusta Batman, pero eso de tanto actuar por la noche y no tener superpoderes y haber vivido siempre en la abundancia (por mucho que se quedara trágicamente huérfano) nunca me ha terminado de convencer, y el lado que tú le sacas, Olga, como que me puede cuadrar estupendamente.
    En fin, que habéis hecho una pareja perfecta, así que mis más sinceras felicitaciones. 🙂

  3. rafamir70 dice:

    Un placer haber colaborado con Olga, y que con mi ilustración haya construido una historia tan rica y llena de cosas. Un privilegio para mi, que espero que se repita pronto.

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