La confesión de Robin

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Género: Drama

Rating: +16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Sergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La confesión de Robin.

—No te enamores nunca, Robin, no te enamores nunca…

—Tu consejo llega un poco tarde, Batman.

—No te enamores nunca. El amor te debilita, te hace dependiente de las decisiones y acciones de otra persona. Te conviertes en un ser fácilmente manipulable y enormemente frágil. No te enamores nunca, Robin. Yo no me he enamorado nunca y… soy prácticamente indestructible, una inamovible roca sobre la que se sustenta la seguridad de Gotham City.

Resultaba extrañamente patético oír sus palabras mientras se acurrucaba en aquel oscuro y sucio callejón acompañado únicamente por una botella de whisky que parecía estar a punto de quebrarse bajo la presión de su amoratada mano. Allí se escondía de sí mismo para… quizá olvidar o recordar o para expulsar de su corazón lo que fuera que le hubiera trastornado de aquella manera.

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

Nunca lo había visto en semejante estado. Se había quitado la máscara que protegía su identidad, y entre dos contenedores de basura me hablaba con palabras de borracho.

—No te enamores nunca, Robin… Y sin embargo, nunca me sentí más fuerte que cuando ella se acurrucó sobre mi pecho. Nunca me sentí más yo, más completo, más entero, que cuando ella me susurró al oído aquel “te quiero” que llenó de luz mi pecho.

—¡Y entonces…! ¿Cuál es el problema? Tú la quieres y ella te ama a ti también…

—Ella está muerta.

—¡Dios mío! ¿Qué ha ocurrido? ¿Ha sido Joker, El Pingüino, Dos Caras…? Iremos a por quien haya sido y se lo haremos pagar a hostias. No tendremos compasión con ese miserable. Lo despedazaremos. Se arrepentirá de lo que ha hecho y…

—No ha sido ninguno de ellos, Robin.

—Entonces…¿quién…?

—Robin, ¡me quiero morir! ¡Ayúdame!

Me lo dijo extendiendo ambos brazos hacia mí, con la botella aún en la diestra y los ojos bañados en lágrimas. Batman me pedía ayuda; no estaba seguro de si era para darle una razón para seguir viviendo, o para morir y así poder huir definitivamente de su tormento.

—Me estaba asfixiando. Una bolsa negra con solo un par de agujeros me cubría la cabeza. ¿Qué me estaba pasando? ¿Cómo había llegado allí…? ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba es que… ¡Selina!

»No podía ver nada, pero era evidente que alguno de mis enemigos había tenido la suficiente paciencia como para esperar el momento preciso en el que yo bajara la guardia y, entonces, drogarme y secuestrarme, ¡maldito hijo de perra!

»Tenía fuertemente sujetos los tobillos y las muñecas por unas abrazaderas metálicas de las que salían tensas cadenas que me suspendían en el aire. Algo parecido a un corsé me ceñía la cintura con una presión que apenas me dejaba respirar y… nada más. Estaba desnudo; lo notaba en el aire caliente que me rozaba la piel proveniente de una chimenea cercana. Debía utilizar los sentidos que aún tenía útiles a pesar de que incluso estos estaban todavía embotados por la droga que me había suministrado. No era capaz de reconocer ningún otro sonido más allá del crepitar de la leña de nogal y mi entrecortada respiración. No podía oler nada más que el olor de la madera quemada y… ¡a Selina! ¡Malditos miserables! Ella estaba allí, lo podía sentir y… Un ataque de furia me invadió y las cadenas chirriaron, pero ni un milímetro cedieron los anclajes a los que estaban sujetas. Eso y la falta de oxígeno me obligaron a renunciar rápidamente a mi pretensión. Grité, grité como no lo había hecho nunca, pero no recibí más respuesta que mis ahogados sollozos. Lloré, lo reconozco, no recuerdo cuándo había sido la última vez que había llorado, quizá de niño, supongo, pero esta vez lloraba de impotencia al imaginar que ella estaba como yo, a mi lado, atada como un animal igual que yo, con una bolsa en la cabeza como yo, y llorando como yo.

—Pero, Batman, ¿cómo llegaste a esa situación, cómo pudieron sorprenderte de esa manera… a ti? Tú que controlas todas las circunstancias, que dominas el entorno, que controlas los escenarios y las personas que en ellos se mueven. Tú que… jamás dejas que los sentimientos controlen tus acciones.

—Por eso, Robin, por eso. Lo necesitaba, por una vez tenía que sentir de verdad, sin que mi inteligencia o mi miedo me dijeran a cada instante qué era lo que debía hacer. Lo necesitaba y lo hice; desconecté todas las alertas y la dejé entrar en mi casa…

Batman estaba roto. Un largo trago de whisky detuvo su relato. Yo esperé impaciente a que recuperara un poco el sosiego y continuara con su historia. Batman debía expulsar los monstruos que le devoraban las entrañas. Yo esperaba que no fuera demasiado tarde y que sobreviviera al pagano exorcismo.

—Yo sabía que era una ladrona. Yo sabía que no era de fiar. Muchas veces antes me había hablado de amor con pequeños gestos, con miradas, con insinuaciones, pero… Yo sabía que era una flor del mal, que no tenía corazón y que utilizaba con destreza su belleza como si fuera la más afilada de las dagas… o la más eficiente de las llaves maestras.

Batman se interrumpió con una extraña mueca que podría haber pasado por una carcajada si no fuera por la baba y el whisky que brotaron de improviso de su boca.

—Me dijo… Me dijo que sabía que parecía una zorra; pero que en realidad era muy tonta porque… se había enamorado… de mí. Y yo ya había resuelto creerme lo que me dijera, y cuando la dejé entrar en mi habitación, durante los dos o tres segundos que tardé en cerrar la puerta tras de mí, ya había decidido que creería todo lo que ella me dijera, que sentiría todo lo que ella me hiciera, y que no habría mascaras, ni capa, ni cadenas, ni cueros, ni miedos, ni vergüenza o pensamientos que me apartaran de mi deseo. Quería sentir de verdad, quería abrir los brazos y dejarme llevar por un querer verdadero… Y así fue.

»Dejé que ella mandara, que me quitara con su lengua, con sus manos, con sus labios, la piel muerta que envolvía mi cuerpo y no lo dejaba respirar ni sentir; pero con eso no se conformó, ni yo esperé menos de ella. Dedo a dedo, músculo a músculo, su boca lamió y me besó los ojos, nariz y orejas. Su sexo en mi boca, sus gemidos, su… No sé en qué momento perdí la conciencia ni cómo o por qué me trasladaron a aquel lugar. Lo que sí sé es que cuando me quitaron la bolsa que me cubría la cabeza, el primer rostro que vi fue el de Selena, y su sonrisa me dijo que había sido ella, que todos los besos y todas las palabras de amor habían sido una gran mentira y…

—Y… tuviste que matar a la muy puta para salvar tu vida. Batman, no te sientas culpable, sólo te defendiste de esa mala zorra. ¡Le diste su merecido!

—No, Robin, no. Ella no pretendía matarme. Me soltó las cadenas, me quitó el corsé y allí, de pie, frente a frente me dijo que… ¡Ya está! Y se fue entre risas…

—¡Cómo que ya está! ¿Qué significa eso?

—Significa eso, ¡que ya está! Solo pretendía demostrar que podía hacerlo y que lo había hecho. Que podía hacer que me enamorara de ella. Que podía conseguir que le abriera mi casa y mi corazón a sabiendas de que ella era una zorra mentirosa y que, sin embargo o precisamente por eso, lograría vencer todas mis precauciones, que me pondría a su merced en cuerpo y alma, y que ya vencido, con mi vida en sus manos, ella tendría todo el poder sobre mí, que podría elegir entre matarme o permitirme seguir viviendo.  Y eligió lo segundo porque quería que recordara para siempre que ella había ganado, que podía irse y dejarme tirado como a una colilla.

—Pero… entonces…

—Le supliqué. Te lo imaginas, Robin. Le supliqué y ella se rio y… Me dijo que continuara con mi vida, que ella había muerto para mí y que no tardaría en olvidarme. Que ya me había olvidado.

Ya está bien, cabrón de mierda, no quiero oír ni una puta palabra más. Después de todo este tiempo de esperar, de soñar con que… quizá, algún día, tú… Y te enamoras como un imbécil de esa…

Eso fue lo único que le dije, después solo se escuchó el ruido metálico del contenedor de basura y el crujir de su cráneo al romperse.

Es curioso que, con el insoportable dolor que produce, el corazón no haga el menor ruido al romperse.

Robin.

 

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Comments
One Response to “La confesión de Robin”
  1. olgabesoli dice:

    Sergio, me gusta tu ilustración. Tiene mucho aire a cómic y reconozco que se lo has puesto un tanto difícil a Juan Ramón, con ese Batman triste y con botella en mano… Y Juan Ramón, me has sorprendido con este relato donde Batmany Robin luchan con otro enemigo terrible, el mal de amores.. Y para nada me esperaba ese final, que me ha sorprendido muchísimo. Felicidades.

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