Setentaycinco

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Corrector@: 

Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Setentaycinco.

Aunque lo veíamos todos los fines de semana, nunca le habíamos prestado demasiada atención.  Era evidente que, dentro de su desorientación, se esforzaba por pasar inadvertido, como si tuviera algo que ocultar.

María me dijo una vez que se notaba que, en sus años mozos, había sido un hombre muy guapo. Era alto, aunque no lo pareciera porque caminaba encorvado, de ojos azules y cabello muy blanco. Y esa tarde, en el habitual rato de espera mientras aguardábamos a que la enfermera trajera  a mamá desde su habitación, lo vimos revolotear por el salón, como distraído, pero aferrando una Nintendo entre las manos.

Definitivamente fue ese contraste lo que me atrajo aquel día, lo que me hizo prestarle atención. Un anciano con un gadget  propio de  niños, o adolescentes.  Y su actitud, mezcla de avidez y entusiasmo, ya que no quitaba los ojos de la pantalla mientras tocaba las teclas con fruición. Como si le fuera la vida en ello.

Me quedé pensando cuál sería el juego que lo apasionaba. O si acaso se trataba de alguna de esas típicas aplicaciones para ejercitar la memoria, ya que era probable que a un señor de edad avanzada, con una evidente demencia (como casi todos los que compartían aquella institución), algún familiar cercano le hubiera regalado el aparatito para tratar de ayudar, retrasando en lo posible el deterioro.

Pero también podía ser que fuera un adicto, que estuviera enganchado a los videojuegos…

¿O acaso no es posible que a uno le queden ganas de jugar en la recta final de la vida?

Una de las enfermeras, que me vio abstraído observándolo, me dijo:

—Mañana cumple setenta y cinco, y él no lo sabe. No lo recuerda.

—¿Setenta y cinco años? Pensé que serían más.

—No, no, son setenta y cinco —me confirmó—, lo que pasa es que está un poco averiado. Según dicen, tuvo una juventud muy  intensa. Y esas cosas se notan, ¿sabe?

—¿Deportista? —pregunté.

—No, qué va, por aquí cuentan otra cosa, pero no se lo voy a decir porque estoy segura de que no me lo creería. De hecho, ni yo misma sé si creerlo. Pero en este antro la rutina es la reina, y las semanas se hacen muy largas, así que cualquier historia que le ponga a esto un poquito de emoción es bienvenida.

Y se fue a atender a una señora que acababa de mearse en su silla de ruedas, dejándome sumido en una enorme perplejidad.

¿Quién sería ese señor?

Durante la conversación con mamá no pude sacarme de la cabeza la incógnita de la identidad del viejo, y al final, después de la despedida, cuando ya la enfermera la llevaba por el pasillo hacia su habitación, sucumbí a la tentación de acercarme a hablar con Berta.

Berta, la cotilla oficial, era la central de informaciones del geriátrico, la persona por la que pasaban todos los comentarios.

—Oye, Berta…,  ¿quién es ese señor?, ese, el de la bata gris, el de la Nintendo.

—No sé muy bien, pero parece que este hombre tuvo un pasado oscuro del que prefiere no hablar. Hay quien dice que tenía una gran fortuna, y una mansión enorme en el Barrio Gótico, con mayordomo y todo, pero que llevaba una doble vida… Comentan que no podía resistirse a salir por las noches y a relacionarse, de un modo u otro, con la peor escoria de la ciudad.

—¿Eso comentan?

—Sí, sí. Otros dicen que era amigo del alcalde, y que lo asesoraba en temas de seguridad… Y usted sabe lo que pasa con los amigos de los políticos, ¿no?  Nada bueno se puede esperar de esa gente. Parece que tenía un coche de esos estrafalarios, ¿vio? No sé si sería un Ferrari o alguno de esos, de color negro, y que lo usaba para sus correrías nocturnas. No era trigo limpio, evidentemente. Y ahora mírelo ahí, si parece que fuera incapaz de matar una mosca. Todo el día recordando su pasado en esa maquinita.

»Algunos domingos viene a verlo un amigo algo más joven que él. Uno con pinta de mariquita, pero muy digno, ¿vio? Se ve que tiene pasta, si hasta usas camisas con monograma, con una “R” bordada junto al corazón. Se sientan fuera, en el jardín, y recuerdan historias en voz baja. Es increíble, parece que con él recuperara la memoria. A veces no pueden parar de reír.

Pero Berta me abandonó y se fue a escuchar la conversación entre la enfermera y el jardinero, preocupada como siempre estaba por actualizar su base de datos.

La curiosidad me consumía, necesitaba profundizar en la investigación y fingiendo que iba a recoger el Marca que estaba sobre la tele, me acerqué al viejo y pasé por detrás de su silla para ver la pantalla del aparatito.

Se veía una imagen inquietante. Un fondo urbano, nocturno, chimeneas humeantes y algún relámpago…, y en el centro el logo de… ¡Batman! La típica llamada de auxilio que uno vio tantas veces en el cine.

Ilustración de Paloma Muñoz

La visión de la pantalla, sumada a la charla con Berta, me sacudió. ¿Acaso este hombre sería…?

Seguí caminando despacio, como si tal cosa. No podía creer que eso que me estaba imaginando fuera verdad. Pero tampoco podía negar que todos los datos y las sospechas coincidían en un punto.

Al llegar a la puerta del salón me giré y lo vi, inclinado sobre la pantalla, con su enorme bata color gris oscuro cubriendo su cuerpo, como si se tratara de una capa. En ese instante levantó la cabeza, me miró, y sonrió con complicidad.

Debajo del pijama apenas asomaba una camiseta raída con el famoso logo del murciélago en negro y amarillo.

Al día siguiente falté a la reunión de la comunidad y le llevé una tarta para festejar el cumple.

Daniel Camargo – 2014

 

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Comments
One Response to “Setentaycinco”
  1. olgabesoli dice:

    Paloma, creo que eres la única que ha ilustrado Gotham City, y esta ciudad tiene mucha, muchísima importancia en las historias de Batman.Y aunque tu ciudad tiene aires a “lego”, Daniel ha sabido aprovechar este hecho para mostrárnosla en la pantalla de la Nintendo del anciano, en una historia adorable. ¡Chapeau! Sois un gran equipo.

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