Caminando entre cuervos (III)

Autor@: Jesús Cernuda

Ilustrador@: Paloma Muñoz

Correctora: Elsa Martínez Gómez

Género: Terror / suspense

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Caminando entre cuervos (lll).

Así fue como descubrí quien era mi padre y la terrible maldición que pesaba sobre su familia desde hacía siglos. Como ya os he dicho, la fortuna hizo que «la maldición de la sangre» como la llamaban, no me afectara. Ahora, con este hombre en mis brazos, sintiendo su sangre resbalar por mis piernas, creo que si no me visitó la Reina de la Noche fue para llenar mis días de algo más terrible aún que esa maldición, algo con lo que no todo ser humano podría convivir. Esta es por tanto mi historia.

…………………………………….

Recuerdo como ya desde que era un niño, fueron muchas las veces que le pregunté a mi madre por mi padre, veía a los demás ir de paseo con los suyos y no entendía por qué él no estaba con nosotros. No fue hasta los quince años cuando ella decidió que era el momento de saber la verdad.

A mis ojos, Paulina, mi madre, era una persona como cualquier otra: cariñosa, siempre atenta a lo que necesitara pero con un aire de tristeza que, por algún motivo, no se separaba de ella. Supongo que para mí esas cicatrices que desfiguraban su cara no eran nada, creo que incluso había dejado de verlas. Lo que era inevitable es que, las pocas veces que salía de casa, viera como la gente se quedaba mirando y la señalaran. Siempre pensé que aquello era por lo que estaba continuamente triste. Ahora sé que fue el amor, ese tan profundo que poca gente llega a conocer, lo que la hizo vivir así.

Fue una noche de invierno, acurrucados al calor de la chimenea, cuando a pesar de no tener más que 9 años, me atreví a preguntarle por aquellas cicatrices. Me contó entonces como poco antes de nacer yo, había pasado la difteria, una enfermedad que en aquella época se había cobrado la vida de muchas personas.

—Supongo que debo decir que yo tuve suerte —me dijo con media sonrisa en la boca —. Esa maldita enfermedad no consiguió acabar conmigo, al menos no del todo, pero sí me dejó marcada de por vida.

Se levantó despacio y se acercó al armario, después de buscar dentro de una carpeta que tenía, sacó una foto y me la enseñó.

Ilustración de Paloma Muñoz

—Esta soy yo de joven.

Me pareció increíble lo guapa que fue. Ahora lo entendía, sufrir aquello a una edad tan temprana no tenía que haber sido fácil.

—Mamá, no estés triste, para mí sigues siendo la más guapa del mundo.

Ella acarició mi cara y me habló del momento en que supo que estaba enferma. Fue la primera vez que nombró a mi padre sin que yo le preguntara nada. Me explicó que él, dos semanas antes de que se casaran, se fue de viaje por negocios y que ella no se atrevió a enfrentarse al momento de tener que decírselo.

Los médicos le dijeron que se preparara para lo peor, como ya he dicho, por aquel entonces la difteria era casi un billete seguro al otro barrio. Ella, sin fuerzas para decirle a su gran amor que la muerte estaba cerca, prefirió marcharse dejándole una nota donde se lo explicaba todo.

Se fue tan lejos como pudo a esperar que la muerte la alcanzara, pero nunca llegó. Consiguió superar la enfermedad, aunque el resultado fuera esa cara irreconocible.

—Puede que sea lo más duro que he hecho en mi vida. Pensé que lo mejor era dejar que él siguiera creyendo que estaba muerta, ¿cómo iba a querer a alguien con esta cara?

Al decir eso rompió a llorar, sus manos temblaban mientras intentaba secar las lágrimas que cubrían su rostro arrugado. Apenas podía respirar y menos aún seguir hablando, de su garganta salió un fino hilo de voz del que pude distinguir un: ¡Dios, cuánto le quiero!

Seis años después, cuando yo no pensaba que me fuera a contar nunca nada más, como si ella supiera que algo iba a suceder, volvió a sacar de nuevo el tema de mi padre.

Me enseñó un diario con unas fotos extrañas de París que él le había regalado, intentó explicarme cuanto se querían desde que eran niños y como ella siempre pensó que estarían toda la vida juntos. Pero lo más importante:

—David Alaistair Markus, así se llama tu padre.

Aquella misma noche, mientras dormíamos, alguien entró en casa y nos atacó. Nunca olvidaré esos pocos minutos, suficientes para acabar con la vida de mi madre. Tenía tan solo 15 años, pero juré que no pararía hasta dar con quien había sido su verdugo, alguien o algo que yo no pensaba que pudiera ser de este mundo.

Durante mucho tiempo, me dediqué a viajar preguntando por esos seres con colmillos y fuerza descomunal, pero nadie sabía nada, hubo quienes se rieron de mí, incluso quienes decían que estaba loco o simplemente quienes no me hacían caso por ver que no era más que un jovencito preguntón. Hasta que, en un pueblo pequeño al norte de España, donde me encontraba, una persona que parecía ajena a mis preguntas llamó mi atención.

—Muchacho, creo que no sabes dónde te estás metiendo. Nadie querrá hablarte de vampiros y menos aún reconocer que existen — dijo aquello poniéndome una nota en las manos. Nunca más volví a ver a aquel hombre, el que sin duda me puso en la pista de lo que ahora sabía que eran vampiros.

En el papel que me dio, pude leer: «Lord Albert Wishaw». No sabía quién era ni donde debía buscar pero, al menos, tenía un nombre.

Durante años viaje por toda Europa preguntando en cada sitio por esa persona. Llegué incluso a pensar que aquel hombre me había engañado y que se había reído de mí haciéndome buscar a alguien que no existía.

Creo que fue pensando en mi madre, a la que alguna vez había escuchado hablar de Escocia, por lo que me fui allí. Ni siquiera lo hice pensando en Lord Albert, cuando una noche, agotado de tanto viajar, decidí parar en un pequeño pueblo a descansar. Fue toda una sorpresa ver que me encontraba en Wishaw, una villa cercana a Glasgow, que había rodeado en otras ocasiones sin ver su nombre. Quizá no tuviera nada que ver, pero me negaba a pensar que solo fuera una casualidad.

No me hizo falta buscar mucho, la segunda persona a la que pregunté ya me dijo que lo conocía, que era bastante popular por la zona, aunque pocos lo habían visto. Según creían, trabajaba en una destilería de whisky y solo algunas noches se acercaba al pueblo a beber algo en la cantina. Me habló de la iglesia de San Nethan donde, tal vez, el párroco pudiera decirme dónde encontrarlo. Estaba ansioso por ir, pero demasiado cansado, con lo que decidí pasar la noche e ir al día siguiente.

Apenas había amanecido cuando llegué al lugar. Comprobé que la puerta estaba abierta así que entré. No se parecía en nada a otras iglesias a las que había ido, estaba todo en penumbra y no veía ninguna estatua o representación religiosa. Lo único que vi fue un mural antiguo en el que se veía un hombre a caballo, al fijarme bien pude ver que tenía colmillos.

Ilustración de Paloma Muñoz

— ¿Quién anda ahí? — Gritaron de repente a mi espalda — ¿puedo ayudarle en algo?

Me di la vuelta y por su vestimenta supe que era el párroco, le hice gestos para que se acercara, pero no lo hizo.

—Hola buen hombre —le dije intentando no parecer una amenaza —estoy buscando a Lord Albert y me han dicho que tal vez usted pueda ayudarme.

Hablamos durante un rato y lo único que conseguí fue que me dijera que en ocasiones iba a Madrid por algo de negocios. Estaba claro que tenía que volver a España, después de tantos años tenía una nueva pista.

Antes de irme le pregunté quién era el hombre del mural. Empezó a reírse de forma estridente.

—Muchacho, ¡qué más quisiera yo que poder verlo!

Fue entonces cuando me di cuenta. Más de media hora hablando con él y no me había fijado.

— ¿Es usted ciego?

— ¿Ciego dices? solo es ciego, aquel que no quiere ver —dicho eso, empezó a caminar entre unas columnas y, no sé cómo, desapareció.

Puse rumbo a Madrid, parando solo lo necesario para descansar. Algo me decía que por fin lo encontraría.

Tras varios días en la ciudad, una mujer me dijo que Lord Albert vivía en una pequeña casa a las afueras. Fui allí pensando que al fin llevaría a cabo mi venganza.

Era una casa vieja, parecía incluso que nadie vivía allí. Entré despacio con la intención de, si se encontraba en la casa, poder sorprenderle. Pronto vi a un hombre, agachado en el suelo con un animal muerto entre sus manos. Me miró, pude ver su boca ensangrentada y esos colmillos que mi mente había grabado en la memoria.

No lo dudé y salté sobre él, pero de un golpe me hizo volar por la habitación cayendo sobre una mesa de madera que se partió en pedazos. Los colmillos, esa fuerza…lo había encontrado. Vi como se abalanzaba sobre mí, conseguí agarrar la pata de la mesa y sujetarla fuerte con mis manos. Él no se dio cuenta hasta que notó como se clavaba en ella.

—Sabía que era solo cuestión de tiempo Albert —le dije —. No pensarías que ibas a escapar.

Me miró a los ojos y su rostro cambió por completo.

—Albert no está, solo soy un amigo al que ha dejado pasar aquí unos días —tragó saliva antes de continuar—. Esos ojos…nunca podré olvidar esos ojos…Paulina…

Esas fueron sus últimas palabras. No entendía nada, como aquel hombre podía haber visto en mis ojos los de mi madre, de que podían conocerse. Busqué entre su ropa y encontré la carta, esa en la que contaba la maldición de su familia y el miedo de tener que contárselo a su futura esposa, Paulina. Empecé a llorar, al darme cuenta de lo que acababa de hacer.

Unida a esa carta había otra hoja, ya arrugada por el tiempo en la que pude leer:

Querido David.

Te quiero tanto. Has sido mi razón de ser, no quiero que me llores porque ahí donde vaya, siempre te esperaré. Ojalá esta enfermedad no hubiera roto nuestros sueños.

Espero que puedas perdonarme y sepas entender que mi amor es demasiado grande para poder mirarte a los ojos sabiendo que voy a morir. Tuya por siempre.

Paulina.

Y así fue como conocí a mi padre, en el momento de verlo morir entre mis brazos. Mi maldición será vivir sabiendo lo que hice. Recordar cada día como aquel hombre mató a mi madre y por ello yo hice lo propio con mi padre. Me levanté lanzando un grito al cielo, maldiciendo a un Dios que no sé si existe, pero seguía teniendo una cosa clara.

Mi nombre es Esteban Markus Tremayne y juro vengar la muerte de mi madre cueste lo que me cueste, dando caza al que me ha llevado a acabar con la vida de mi padre.

 

Jesús Cernuda.

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Comments
4 Responses to “Caminando entre cuervos (III)”
  1. Paloma Muñoz dice:

    Jesús, sabes que me has dejado flipada absolutamente con la continuación de la historia del divino lord David Alaistair Markus. Y si te tengo que ser absolutamente sincera, no esperaba esta tercera parte- Me alegra haber podido coincidir contigo y con Rafa Mir en esta última oportunidad. estoy segura de que vendrán más historias que contar e ilustraciones que den imágenes a los fantásticos relatos. Ha sido un verdadero placer. espero que mis ilustraciones hayan hecho justicia a tu relato. Un abrazo.

    • ceman29 dice:

      Muchas gracias Paloma, quiero creer que si no lo esperabas es por que te haya gustado JEJEJE. Seguro que vendrán más historias y por que no un caminando entre cuervos IV, V, VI… un abrazo guapa.

      • Paloma Muñoz dice:

        Pues la verdad es que no esperaba lo que iba a pasar con la historia cuando me enviaste el relato. Vamos, que me ha sorprendido, sobre todo porque hay acción (aventura, búsqueda, lucha, etc) Mi relato es más estático.

  2. ceman29 dice:

    Quizá por eso de mi cabecita surgió esa hisoria, por darle un giro distinto que quizá nadie esperara jejejjeje.

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