Chicas, sangre y dulce de membrillo

Autor@: Juan Ramón Lorenzana

Ilustrador@: Verónica López

Correctora: Mariola Díaz-Cano

Género: Negro

Rating: +18

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 Chicas, sangre y dulce de membrillo.

¡Estoy harta, muy harta! El espantoso frío parece pretender colarse en mis huesos y masticarlos como si estos fueran de madera y aquel, maldita carcoma. La impenitente lluvia no cesa de mojar las ya encharcadas aceras. El impertinente viento intenta permanentemente levantarme la falda. Y no hay nadie en la calle a quién poder hincarle el diente. ¡Estoy harta, muy harta!

Había salido a la calle a primera hora de la mañana con la mayor de las ilusiones. El día amanecía espléndido, el sol de otoño acariciaba cuanto tocaba cubriéndolo con un liviano y dorado resplandor que presagiaba un precioso día, quizá el último, antes del largo invierno. Me puse un monísimo vestido de Desigual que me había comprado en las rebajas de agosto y que, no sé por qué, no me había puesto todavía, lo que supuse que significaba que se había estado reservando para este día, que yo presumía especial, como si el vestido poseyera conciencia de sí mismo y yo no tuviera voluntad ni control sobre él. Una fina chaqueta negra con una enorme flor roja en el costado izquierdo fue lo único que pensé que podía hacerme falta por si al atardecer le daba al tiempo por refrescar. Para terminar la visión ideal que me devolvía el espejo, me puse en los pies unas preciosas sabrinas plateadas con la lengüeta en color rosa coral.

No refrescó, creo que eso ya está claro, simplemente llegó el desagradable y odioso invierno en el intervalo de tiempo que transcurrió entre que crucé la puerta de la confitería de Manuel, (si algún día se me pasan las ganas de mujer, al primero que me tiraré será a Manuel; tiene unas manos bonitas y huele a dulce de membrillo) y me tomé un café con leche y una tostada con mermelada de mandarina. Al salir estaba cayendo el diluvio universal. La temperatura había caído…, se había suicidado, y un viento huracanado procedente, seguramente, de las estepas siberianas hacía que la lluvia no cayera, como presupone el verbo, verticalmente, sino que era cruelmente paralela al suelo con el peligro que suponía de ahogamiento si se te ocurría caminar con la boca abierta. Llegué a mi casa empapada, helada y muy muy cabreada, lo que, aunque no justifique lo que hice a continuación, sí que hace más comprensible, al menos ante mis ojos, lo cruel y desagradable de mi comportamiento con Raquel. Y es que soy una vampira, y no existe en el mundo nada más peligroso que una vampira cabreada.

Me gustan las chicas delgadas y deportista de esas que la piel cubre unos torneados músculos alimentados por grandes y elásticas venas. También me gustan las escuálidas esas que ya sea por aflicción o por afición, no se echan bocado a la boca y sus finas y delicadas pieles parecen quedar holgadas con lo poco que tienen que tapar, tan poco que se puede ver a través de ellas unas finas y azuladas venillas que parecen suplicar que alguien les quite un mucho del amor que a raudales recorre su cuerpo llenando de pasión su corazón.

Me gustan las chicas gorditas y graciosas porque es una dulzura arrancarles la ropa y retozar entre sus adorables carnes en busca del tesoro que esconden entre sus rechonchos brazos y piernas, entre pliegues y blandas redondeces que beso y aprieto, que palpo y lamo hasta encontrar ese lugar perfecto donde clavar los incisivos y extraer la savia de su vida que me da la mía.

Me gustan las chicas tristes porque se entregan sin reparos esperando una muerte rápida que yo no les doy porque prefiero jugar con ellas hasta que una luz de esperanza aparece en su mirada y, entonces, no dudo en robarles hasta la última gota de su nueva y dulce sangre, dejándolas después adormecidas para siempre como a melancólicas hojas secas.

Me gustan las chicas malas porque creen que me pueden ganar, que están de vuelta de todo, que nadie ni nada las va a sorprender y que pueden pasar por encima de cualquiera. Qué gusto me da morderles la lengua justo en ese momento en que su soberbia y engreimiento se encuentran y se saludan en la cumbre de su ignorancia. Cuando su boca se llena de sangre, algunas intentan clavar uñas, intentan dar patadas, intentan resistirse, pero eso solo dura unos segundos; después, como todas, se entregan sin más señales de su miedo y desconcierto que las lágrimas y los mocos que también me como, pues son el mejor final para una noche de amor y sangre.

Me gustan las morenas y las pelirrojas, las rubias me gustan también. Me gustan las bajitas y las universitarias o amas de casa. Me gustan las dependientas de mis tiendas favoritas, las maestras de escuela y las que conducen autobuses. Me gustan mis vecinas, sobre todo la zorra del tercero B, que va por su quinto novio en los tres meses que lleva viviendo aquí. Me gustan las Frikis, las Góticas, las Hipsters, las Pijas, las Mods y las Canis. Me gustan las tontas del culo, las solamente tontas y sobre todo, las tontas que se creen listas. Me gustan las chicas que llevan sus libros apretados contra el pecho camino de la biblioteca, las que con la tabla de surf bajo el brazo avanzan en dirección al mar por el paseo de la playa de San Lorenzo; las que patinan, las que comen helados y las que subidas en impresionantes zapatos de tacón y embutidas en elegantes y ajustados trajes llaman un taxi levantando enérgicamente la mano. Me gustan las chicas de pechos inabarcables para mis pequeñas manos y las que tienen los ojos verdes, o azules, o de color como la miel. Me gustan las chicas y por eso todavía no me he tirado a Manuel, que es muy simpático, tiene el culo prieto, huele a dulce de membrillo y tiene unos ojos donde una podría perderse para siempre olvidando lo que de verdad le gusta.

Me gustan todas las chicas… Todas menos Raquel. Por eso, cuando llegué a casa tan empapada, tan cabreada y con tanta hambre, no pude evitar tirar mi otrora bonito vestido a la basura, y como me conozco y no quiero hacer una locura que haga sospechar a nadie lo que soy en realidad, intenté calmar mi rabia con una ducha caliente y luego con un ardiente chocolate con magdalenas. Pero nada conseguía calmarme los nervios ni la insoportable sed de sangre, una sed incomprensible para las personas normales porque no nace del estómago o de alguna específica zona del cerebro que te indica que debes beber algo para no deshidratarte y morir, sino de un lugar oscuro y ya muerto que reclama inmediata y vorazmente un sacrificio de sangre, un lugar al que es mejor escuchar y hacer caso si una no quiere convertirse en un ridículo montoncito de polvo.

No podía más, así que subí saltando de terraza en terraza hasta la casa de Raquel, situada en el último piso del edificio de siete plantas contiguo al mío. La muy puta no era muy precavida o no tenía la más mínima sospecha de que una vampira tuviera tantas ganas de romperle el cuello y saciar su rabia chupando hasta la última gota de su sangre. Probablemente eran ambas cosas y por eso le agradecí en silencio que tuviera abierta la puerta corredera que daba al salón. Pude perfectamente oír su estúpida risa, sus espantosos ruidos guturales, sus obscenas súplicas y el rítmico golpeteo de dos cuerpos fornicando como vulgares perros.

Yo ya sabía lo que me iba a encontrar cuando cruzara el dintel de la puerta del dormitorio de Raquel, la única duda era si vería primero la cara de esa zorra o el culo del jefe de Manuel. No lo he dicho antes, pero Manuel tiene un contrato de media jornada en la confitería, aunque es él el que sube la persiana a primera hora de la mañana y es él el que la baja no antes de las once o doce de la noche. Su jefe es un degenerado que tiene varios negocios de hostelería por toda la ciudad, un tipo grandote, grosero y sucio cuya única habilidad en la vida es saber ganar dinero, que al parecer es también la única destreza digna de admiración para mucha gente, incluida Raquel. Manuel, sin embargo, es educado, amable y culto, todas ellas cualidades absurdas según Raquel, que no duda en echarle en cara su manía de leer poesía y de cuidar los geranios y sus peces de colores.

Fue el peludo culo del jefe de Manuel lo primero que vi. Y él fue su corazón lo último que vio porque se lo enseñé antes de aplastarlo contra su asombrada cara. La puta de Raquel seguía fingiendo y gemía como si estuviera sumida en un permanente orgasmo, aunque hacía ya varios segundos que el jefe de Manuel había dejado de moverse y su flácido pene había eyaculado sobre el colchón. Pero la muy guarra parecía no percatarse de nada, quizá porque el jefe de Manuel permanecía de rodillas tras ella sin caerse debido a que su abultada barriga reposaba sobre la espalda de ella logrando con ello un equilibrio raramente estable. Pero la muy guarra seguía moviendo el culo y gimiendo, lo que provocó un corrimiento catastrófico de masa abdominal y, por ende, que el jefe de Manuel se cayera sobre la cama y después rodara hasta estrellarse contra el suelo. Ahora sí la puta de Raquel despertó de su trance y, justo antes de empezar a gritar, la agarré por la garganta y la aplasté contra la pared.

Tengo que reconocer que, al final, la vida de Raquel tuvo algún sentido, al menos para mí. La hice sufrir mucho, lo reconozco, pero era necesario, no porque además de vampira sea una sádica y me guste torturar a la gente, pero es que, de vez en cuando, es muy agradable beber sangre amarga, sangre que solo se consigue si el portador de la misma padece durante horas los más insoportables sufrimientos. Raquel los padeció durante tres largas horas, y su sangre me gustó y me sació.

Fue Manuel el que descubrió la dantesca escena cuando llegó a su casa, y fue Manuel al que detuvo la policía como sospechoso del brutal asesinato de su mujer y del amante de esta. Pero eso no me preocupó. Yo sabía que la policía, por norma, es tonta del culo y van a lo fácil. Pronto lo dejarían en libertad porque multitud de personas declararían que lo vieron trabajando en la confitería en el momento que se cometían los crímenes.

Pronto Manuel estaría en libertad, sin la zorra de su mujer y sin el degenerado cabrón de su jefe.

Pronto me tiraré a Manuel, que tiene los ojos del color de la miel, el culo prieto, las manos pequeñas y huele a dulce de membrillo.

Ilustración de Verónica R. López

Juan Ramón Lorenzana

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Comments
4 Responses to “Chicas, sangre y dulce de membrillo”
  1. Mariola dice:

    Vaya par que os habéis juntado… Juan Ramón en su línea habitual esta vez con vampiresas de mucho cuidado. ¡Te ha salido redondo, ja, ja, ja! Y Verónica que te coloca ese pedazo de ilustración tan sensual. Lo habéis bordado del todo. A vuestros pies… 🙂

  2. Paloma Muñoz dice:

    Joder, Juan Manuel, con la vampiresa insaciable y el dulce de membrillo con lo que me gusta, a partir de ahora, voy a mirar el membrillo de otra manera, jajajajaja. Impactante el relato vampírico con toque “senso-gores”, esta palabrita me la acabo de inventar de lo flipada que me he quedado, jajajajaja. y la ilustración, heavy como las que me gustan a mí.
    Un equipo estupendo.

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