La terrible historia del vampiro anónimo

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Ilustrador@: Jordi Ponce

Corrector@: 

Género: Horror

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Este relato es propiedad de Mª Cristina Salvans. Las ilustraciones son propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La terrible historia del vampiro anónimo.

 

Ilustración de Jordi Ponce

Había dos cosas que odiaba en el mundo: el aire fresco y la risa de los niños.

Vivía en una pequeña urbanización plácida y tranquila a las afueras de una gran urbe, en la que los pájaros cantaban y los coches circulaban con máximo cuidado para no molestar.

Los días soleados, los niños salían de la monotonía de sus hogares y llenaban las calles con sus estridentes voces agudas, que le martilleaban el cerebro y le aturdían los sentidos.

A veces, esos mocosos apestosos y quejumbrosos, se acercaban a la puerta de su casa y canturreaban absurdas canciones infantiles y, cuando no eran ellos, los hijos crecidos de sus vecinos se acercaban a la soledad eterna de su jardín y contaban estúpidas historias sobre no-muertos y chupasangres.

Contaban, prometían y juraban que lo que se decía era cierto, que lo habían visto con sus propios ojos. En esa casa vivía un anciano decrépito, con las manos largas y huesudas, pálido y de ojos saltones, con los labios siempre sangrientos, de los que asomaban unos colmillos largos y amarillentos, a través de los cuales se alimentaba. Afirmaban que lo habían visto por la noche alimentarse de cadáveres de pequeños inocentes a los que había engañado mediante artes sombrías. Y no se cansaban nunca de asegurar que sus abuelos les habían contado que el sujeto que habitaba en esa casa había estado casado una vez, y que había asesinado a su mujer estando ella embarazada.

Adoraba esas historias. En cierto modo, él mismo se había encargado de azuzarlas, pues amante de la tranquilidad como era, odiaba las visitas y las miradas fisgonas. Era algo que había hecho desde joven.

Nunca se había casado y jamás se le había pasado por la cabeza tal barbaridad. Tener hijos era el mayor absurdo jamás contado y le repugnaba la sola idea de pasar su vida pendiente de las necesidades de alguien que no fuera él mismo.

Así que cuando cumplió la mayoría de edad se mudó y empezó a vivir una vida ermitaña y solitaria, en la que disfrutaba de la soledad absoluta de una casa pequeña con un gran jardín.

El mundo era distinto cuando era joven. La gran ciudad no ocupaba ni un cuarto del terreno de la actualidad, y no había ningún pueblo a kilómetros a la redonda. Lo más cercano eran las cabañas de pastores, en lo que estos se acostaban en invierno mientras dejaban pastar a sus bichejos pulgosos.

La población local vivía y moría sin molestar, tranquilos en sus casas o berreando en las calles, pero nunca nadie le molestó. Hasta que la urbe se fue expandiendo.

En cuestión de pocos años, la ciudad creció a marchas forzadas y los campos fueron desapareciendo. El verde se convirtió en gris y la hierba en asfalto. El aire puro se convirtió en horrible aroma insalubre, contaminado y apestoso, y perdió todo mérito de ser aspirado. En ese momento, decidió que no iba a salir a respirar nunca más, que aunque el aire fuera fresco, ya no era puro.

Con el asfalto y la contaminación llegaron las casitas. Esas estúpidas construcciones adosadas llenas de matrimonios felices y críos escandalosos. Con ellos llegaron los jardines floreados y los arbustos recortados, y esa naturaleza artificial que caracterizaba las urbanizaciones familiares.

También aparecieron los especuladores inmobiliarios y los políticos que querían echarle de su antigua casa para reubicarle en un mohoso edificio céntrico llamado de alquiler social, habitado por familias problemáticas, jóvenes sin oficio ni beneficio y viejas asmáticas. Cuando no en algún lugar peor, como esos asquerosos asilos, que apestaban a muerto a cientos de kilómetros a la redonda.

Por más que lo habían intentado nadie había conseguido echarle de su casa. Ni lo iban a conseguir. Lo que sí habían logrado era que se encargara de perpetuar esas historias y fomentarlas, dejándose ver de vez en cuando bebiendo un vaso de tinto al lado de la ventana, o chupándose los dedos mientras observaba a algún niño despistado.

Disfrutaba sobremanera al ver esas caras horrorizadas de padres escandalizados y de niños asustados, cuando los veía pasear por la acera frente a su desastrado jardín delantero. Les veía apresurarse y les saludaba con sus largas manos, incluso permitiéndose una risa siniestra que los acompañaba hasta que se alejaban.

***

Una noche de luna nueva no muy distinta a las demás, mientras estaba acostado en su antigua cama de madera, oyó como una olla caía al suelo, y como alguien susurraba con nerviosismo, invitando a una segunda voz a no armar tanto escándalo.

Se acercaban unos pasos por el pasillo, y con ellos, unas voces juveniles riendo quedamente.

Con dificultad se incorporó en la cama y se calzó unas viejas zapatillas, se apoyó en su bastón y se levantó, al tiempo que la puerta se abría de golpe.

En el quicio, unos adolescentes lo miraban con los ojos brillantes del que está embriagado. Uno de ellos llevaba un gran crucifijo en brazos; robado, sin duda alguna.

-¡Acabaremos contigo, vampiro! -gritó una rubia estúpida, señalándolo con un dedo acusador.

Sabía que esos engendros borrachos eran capaces de cualquier cosa, lo había oído en el transistor y siempre eran ellos los que traían problemas.

Lo empujaron a la cama y lo ataron. Le obligaron a comer ajo y a rezar, y le pusieron el crucifijo sobre el pecho mientras entonaban cánticos con voces ebrias y turbias. Pensó que iba a morir, y por una vez, sintió el terror que suponía había infligido él en los demás.

Lloró quedamente, algo que nunca antes había hecho, e incluso suplicó por su vida. No había nada que hacer, era inútil luchar, era inútil resistirse.

***

Despertó sobresaltado y gruñó al sentir una fuerte opresión en el pecho, abrió los ojos e intentó incorporarse. Su frente golpeó contra una fría superficie metálica y solo sintió frío a su alrededor.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad se dio cuenta de que estaba encerrado en un cubículo metálico y que se encontraba desnudo y dolorido, tumbado en una fría cama de hierro. Le dolían los huesos y sentía como se le congelaba la respiración antes de salir de la boca. Oía su corazón bombear a medida que su terror incrementaba y, al chillar, un eco mortal le devolvió su voz aumentada y distorsionada.

Golpeó una pequeña puerta metálica con los pies, luchando por abrirla, y volvió a chillar horrorizado, mientras aporreaba las paredes con desespero. Hasta que se dio por vencido, las fuerzas le fallaron y supo que no podría continuar, que ya estaba muerto, que su vida había terminado tal y como había empezado; con una desenfrenada lucha para salir al mundo.

Y de pronto, oyó a sus pies los goznes metálicos de una puerta que se abría y su mortal ataúd metálico se vio inundado por una fría y blanquecina luz. La que le devolvía la vida, la que le empujaba a la muerte.

Ilustración de Jordi Ponce

María Cristina Salvans

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