El rebaño mal avenido

Autor@: 

Ilustrador@: Jordi Ponce Perez

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Poesia

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Ainhoa Ollero Naval. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce Perez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El rebaño mal avenido.

Ilustración de Jordi Ponce

Las ovejas blancas afilaron las garras
sobre alfombras de papel de lija
y cimientos de prejuicios,
ensayaron dentelladas asesinas
en campos de tiro escondidos,
en universos paralelos,
en medios de comunicación,
en misas de gallo, en corrillos.
Inventaron, con la productividad
inagotable de mentes calenturientas
con las neuronas encerradas al vacío,
argumentos para autojustificarse,
indultándose del genocidio.
Rezaron a la supervivencia
de las buenas costumbres,
al sentido común,
al bien de la especie,
a la economía de libre mercado,
santa y mil veces santa
por poner cada cosa en su sitio,
ahorrando decisiones complicadas
a sus lindos borreguitos que,
por siempre libres de pecado,
mirarán con empañados ojos limpios.

Las ovejas blancas, en violento rebaño,
montaron una batida en el prado,
olisquearon, ávidas, el rastro,
de la congénere enemiga,
de esa que osaba distinguirse,
mirar hacia arriba además de
pacer hierba de praderas lejanas,
saltar, a veces, un poco más alto
en busca de brotes tiernos
de trébol de cuatro hojas,
de nubes en forma de corderito
a las que perseguir en sueños
dejando volar los pájaros sobre su cabeza
de mirada despierta y oscuros rizos,
dejando escapar, en susurros,
la promesa de viajar en un triste balido.

Nunca pensó en esconderse
porque ese era también su sitio,
pero al verlas llegar de lejos
no pudo evitar lamentar
lo trágico de su destino
que iban a segar con guadañas,
con acusaciones falsas,
con suspicaces delirios.
La pequeña oveja negra,
en su incomprendida soledad,
esperó a sus hermanitas blancas
que desfilaban a paso ligero
como el más profesional ejército,
con las garras preparadas,
con los caninos rechinando,
con la fuerza de un huracán colectivo
que habría de barrerla bien lejos.
Intentó plantarles cara,
diciéndoles que no tenía miedo.
Y ellas, sordas, ciegas, mudas,
consumaron eficientes
su horrible crimen imperfecto.

Quedó el mudo testigo escondido
detrás de las alambradas que,
salpicadas de sangre,
contendrían los enfrentamientos.
Quedó alguien que un día osaría hablar,
huyendo del juicio colectivo,
con las tripas en la mano
y el corazón, medio muerto,
ahogando un fugaz suspiro.
Quedó la mirada de culpa
de una infeliz oveja blanca
que nunca entendió qué tramaban
sus despiadadas hermanas
pero que, por supervivencia,
nunca contaría nada.
Quedaron los balidos de agonía al viento,
quedaron las huellas de metralla
en la tapia del cementerio.
Quedó una piel de oveja negra
que nos protegerá del frío
de nuestros crudos inviernos.

Ainhoa Ollero Naval

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Comments
One Response to “El rebaño mal avenido”
  1. laberinros dice:

    Terrorífico y genial poema Ainhoa y como no, el señor Ponce, nunca me deja impasible con su arte ilustrado “rocambolesco”, jeje. Os felicito a los dos por vuestro trabajo!!!

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