Solo una ventana

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Género: Drama

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Solo una ventana.

A la atención del señor director:

Sé que sería un poco absurdo reiterar por enésima vez esta solicitud sin previamente reconocer, sin ambages, que fui yo y solo yo el auténtico criminal. Discúlpeme por, a pesar del tiempo transcurrido, ser incapaz de pronunciar su nombre y aún menos escribirlo, y permítame por tanto continuar con esta petición saltándome ese intrascendente detalle en el conjunto de acontecimientos de interés en esta mi lamentable historia. Y por favor, no tire precipitadamente a la papelera esta misiva sin leer antes lo que, esta vez sí, puedo asegurar son significativos cambios en mi actitud y conciencia y, por lo tanto, de la explicación con datos muy concretos de los hechos por los que cumplo esta condena y con los que, sin duda, serán satisfechas sus reiteradas exigencias hacia mi persona de reconocimiento de los hechos, aceptación de la pena impuesta y, lo más importante, la revelación del lugar donde está enterrada.

Solo quiero una ventana. Una ventana por donde ver el cielo azul. Una ventana por donde entre el aire fresco de la mañana. Una ventana por donde mirar y quizá ver pasar algún pájaro volando. ¡No pido mucho, señor director! Ni siquiera una ventana por donde entre el sol, tan solo quiero ver luz de verdad y no la que proviene de esta triste y amarillenta bombilla.

Era muy joven e inconsciente. Me distraía con facilidad de las cosas verdaderamente importantes y tomaba el camino fácil de la satisfacción de mis instintos sin tener en cuenta que no somos una isla en este mundo, que a nuestro alrededor existen personas que también tienen sentimientos y a las que nuestros actos y nuestra forma de relacionarnos con ellas les afectan, y mucho. Ahora soy consciente de ello, ¡ahora sí! Pero entonces todo me parecía una broma, ganas de ponerme dificultades y limitar mi creatividad, ¡el mundo estaba equivocado y tarde o temprano se daría cuenta!

Me duele explicarle cómo lo hice y más aún contarle por qué lo hice, pero sé que debo ser absolutamente correcto y sincero en esta descripción si quiero apelar a su humanidad y compasión y me permita tener esa ventana  por la que pueda ver si aún es de día o ya es de noche, una ventana por donde entre el frío o el calor, el olor a tierra mojada, quizá la nieve. Una ventana por la que pueda sacar el brazo y pueda sentir en mi piel la lluvia fresca. ¡Solo pido una ventana!, soy consciente de que jamás saldré de aquí sin antes cumplir con todas sus exigencias y redactar sin un solo error u omisión todo lo acontecido. Usted ya me lo ha dejado claro, mi pecado fue tan grave, tan obscenamente cruel y despiadado que me merezco el castigo y mucho más, pero…

La veía siempre a su lado. Nunca le faltaban motivos para tocarla, acariciarla y sonreír, casi siempre mirando hacia mí, ¡o al menos yo lo sentía así! La rabia y los celos me volvieron loco. La envidia y mi absurdo sentido del ridículo hicieron el resto. Ni por un momento se me pasó por la cabeza que me estuviera haciendo un favor. Yo debía madurar, debía saber que no se puede tener todo y ya, que hay un tiempo para dar y otro para recibir, que hay un tiempo aprender y otro para enseñar, que habría un tiempo para mí pero que ese momento era suyo, suyo y de ella. No sé si fueron las risas de los demás o que no pudiera evitar sonrojarme, el caso es que decidí en aquel mismo momento que me vengaría de usted y lo haría haciendo el mayor daño posible a lo que usted más amaba.

Espero que aprecie en mis palabras la absoluta sinceridad de ellas y no su evidente crueldad. No quiero, como en otras ocasiones anteriores, hacerle creer que fue sin intención o un lamentable error, y por supuesto, no voy a reiterar mentiras vacuas y sin sentido como las que dije durante los primeros tiempos de encierro en las que mi soberbia y estulticia me impedían reconocer mis atroces errores, pensando, absurdamente, que podría engañarle, manipularle y hacerle dudar sobre mi culpabilidad y la justicia de la pena impuesta. Todo aquello pasó, con dolor, pero pasó y ahora pienso ser con usted brutalmente sincero y absolutamente correcto.

Sabía que estaría sola. Era la última clase del viernes y usted se fue precipitadamente. No me costó mucho acercarme a ella y disimuladamente esperar a que todos los demás se hubieran ido. Después, la verdad es que no se resistió mucho y solo le di un par de puñetazos llenos de odio pero que me ayudaron a soltar un poco los nervios que me atenazaban. ¡Funcionó!

Es increíble lo que se puede hacer con un simple cúter. Usted y todos los demás lo saben porque saqué algunas partes de ella y me las llevé. El resto lo arrojé sobre su mesa. El lunes siguiente estaba el primero junto a la puerta, no quería perderme ningún detalle y, cuando usted llegó y abrió…, su cara de incredulidad, de miedo, de asco, fue mi mejor recompensa. Fue tanta la dicha que asomó a mi cara que, aunque los demás no se dieron cuenta, usted se percató inmediatamente de mi satisfacción. Ahora sé que usted me tenía calado desde el principio, que sabía de mi fondo ruin y tenebroso, y por eso dirigió su mirada hacia mí. No me dijo nada, no podía, no tenía ninguna prueba, usted lo sabía y yo también, por eso dejé que viera mis afilados dientes.

Nadie sabía nada. Nadie había visto nada. Las cámaras de seguridad, instaladas únicamente en los accesos y los pasillos, no habían grabado nada extraño. Las alarmas no saltaron. Los interrogatorios no dieron ningún fruto y, con el paso del tiempo, todo volvió a la normalidad, o al menos eso creía yo.

Le vi la cara, señor director. Justo antes de que me pusiera la mano encima y me volteara como a un peonza. Vi sus ojos inyectados en sangre. Después, debí de perder el conocimiento porque soy incapaz de recordar el trayecto recorrido hasta llegar a esta celda sin ventana donde llevo tanto tiempo rumiando mi desgracia.

Ya le he contado casi todo, señor director, y sé que quiere más de mí, pero le aseguro que no puedo decirle exactamente dónde están los dos pedazos que arranque de ella porque… Era noche cerrada. La luna era ridículamente menguante y la fría niebla calaba hasta los huesos. En esas condiciones, la verdad es que no me di mucho tiempo. Solo quería terminar cuanto antes, enterrar mis trofeos y salir corriendo. Tan solo le puedo decir que…, recuerdo dos grandes olmos junto al río justo después de cruzar el puente, y una gran roca medio cubierta de musgo. Al lado de esta, una más pequeña en comparación pero que no pesaría menos de veinte kilos. Bajo esa piedra los dejé, ¡se lo aseguro! Esta vez sí que le digo la verdad. Allí están enterrados los dos pedazos que extirpé de ella sin ton ni son. Solo después supe que se trataba del capítulo VI  de las abreviaturas y un par de hojas sueltas sobre el uso de la g y la j. El resto de la última edición de la Ortografía de la Lengua Española la dejé casi intacta.

A la bondad de su alma y a la justicia de su corazón apelo, señor director. Sé que debo pasar todas las tardes, después de las clases, escribiendo mi confesión una y otra vez hasta que lo haga con absoluta sinceridad y, sobre todo, con total respeto a las normas gramaticales y ortográficas. También soy consciente ahora de mi escaso conocimiento y poco seso, pues llevo catorce largas tardes haciéndolo y usted siempre me la devuelve repleta de correcciones y anotaciones al margen.

No sé cuánto tiempo puede durar esto. Es evidente que he mejorado, pues ya no se ven tantas tachaduras de su intransigente aunque justo bolígrafo rojo, pero sigo viendo siempre ese terrible «Repítalo otra vez» al final de cada una de mis redacciones. A este ritmo pasaré en este cuartucho el resto del curso y quizá más allá si usted le cuenta a mi madre lo que he hecho y lo burro que soy.

Tan solo le pido una ventana, señor director. Una ventana que me permita ver la luz del sol, sentir el aire fresco, oír a mis compañeros jugar en el patio. Una ventana estoy convencido de que me estimularía en este denodado intento mío por ser mejor persona con los demás y para mí mismo, y como usted mismo dice: «Esforzarnos en escribir correctamente demuestra lo mucho que respetamos a los que nos leen».

Muchas gracias, señor director, por su atención y enseñanza.

Le saluda atentamente su peor alumno: J. R.

Juan Ramón Lorenzana

Ilustración de Paloma Muñoz

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