La simpática mancha roja

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Género: Relato infantil

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Margarita Ortiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 La simpática mancha roja.

Después de despedirse de su abuelo con un fuerte abrazo, antes de entrar en el colegio, Nicolás se quitó sus gafas. Un mundo de manchas de colores y confuso apareció ante él.

No es que le diera vergüenza que sus compañeros de clase se las vieran puestas, sino que había descubierto que sin ellas sus miedos desaparecían por arte de magia.

El niño temblaba si la profesora lo reñía por no saberse la lección. Por las caras de sus compañeros cuando se reían de él, al ponerse rojo de vergüenza. También le daba miedo el fuerte de Sergio, que tenía una expresión huraña, la cual le hacía parecer un gorila enorme. Tampoco podía soportar la cara seria del bedel, que siempre parecía enfadado con todo el mundo ni a los chicos mayores de otros cursos, así que desde ese día se quitaba las gafas antes de entrar al colegio, como un conjuro mágico para vencer el miedo.

Cuando empezó la clase, un montón de manchas chillonas inundó toda la clase como un río. En el momento en el que se sentó en su pupitre una mancha más grande empezó a dar órdenes con voz fuerte. Mientras leía la lección, se paseaba alrededor de sus alumnos. Al llegar al pupitre de Nicolás, se paró en frente de él y Nicolás notó su mirada severa.

-¿Ya has vuelto a perder tus gafas? -le riñó con severidad-. Deberías ir con más cuidado. De todas formas, esto no te librará de la lección de hoy. Como no puedes leer la pizarra, estate atento a lo que te pregunte.

La profesora se fue enfadada por la torpeza del niño, pero Nicolás no se dio cuenta y asintió contento. No le molestó el coro de risas que se formó por toda la clase. Tampoco sintió miedo de Sergio cuando le pidió un lápiz, esta vez le pareció una mancha amable, con una voz tranquila y tímida.

Durante la clase Nicolás contestó bien a todo y nadie se volvió a reír de él. Todo apuntaba a que iba a ser un día maravilloso, de aquellos que raramente le sucedían, pero cuando se disponían a salir al patio, una mano lo agarró fuertemente.

-No, Nicolás, ya sabes que no puedes salir al patio sin tus gafas -dijo la profesora cogiéndolo del brazo-. Ven conmigo.

El niño se había olvidado del pequeño problema de su plan. Sintió unas ganas enormes de sacar sus gafas de su mochila, para ponérselas y poder cazar mariposas o leer un libro. Descartó la idea enseguida. Le daba más miedo el enfado de la profesora que las ganas que tenía de salir al patio a jugar.

Desde el día que había usado su truco de magia todos los días se repetían como un bucle aburrido.

El rato que sus compañeros se divertían en el recreo Nicolás se quedaba arrinconado en la biblioteca del colegio. Su única compañía eran un montón de libros, de los que solo podía ver los dibujos, y de una bibliotecaria que apenas le dirigía la palabra.

La soledad de esos días empezaba a conseguir que Nicolás se arrepintiera de su plan.

El día que iba a desvelar su secreto prometía ser diferente.

Apareció, sin avisar, una mancha grande con una más pequeña. Una voz grave explicó a la bibliotecaria algo entre susurros y se fue dando un portazo. Rato después la segunda mancha se quedó de pie sin saber qué hacer. Un poco después la mancha pequeña se acercó a él y Nicolás se puso muy nervioso. Con dificultad, intentó descubrir al nuevo visitante.

Por lo poco que sus pequeños ojos le dejaron ver, dedujo que se trataba de alguien que parecía ser de su edad y con un brazo envuelto en algo blanco.

Lo que más le llamó la atención fue la gran mancha roja y naranja que parecía ser su cabello. Un cabello rizado que le hacía parecer una esponja andante. Y por su chillona voz con la que saludó, dedujo que era una niña.

Nicolás siguió con su libro, pero empezó a ponerse nervioso porque notaba los ojos de la mancha pequeña puestos en él. Al niño no se le daba bien hablar con casi nadie y menos si era una niña. La nueva prisionera de la biblioteca era silenciosa como un gato, pero el niño podía notarla pendiente de él.

-¡Hola. ¿Qué haces aquí? -dijo, por fin, la mancha roja-. Nunca te había visto antes.

En aquel momento la bibliotecaria protestó.

-Estoy aquí porque he perdido mis gafas. ¿Y tú? -susurró el niño.

-Yo me he roto un brazo jugando al futbol y tengo que guardar reposo durante casi un mes – susurró la mancha roja.

El niño se sorprendió ante la respuesta.

-Es increíble que te guste jugar al futbol -dijo asombrado, pues nunca había visto jugar a futbol a una niña-. A mí me da mucho miedo.

Una risita burlona se oyó a su lado.

-No es tan extraño, pero gracias. Aunque lo que más me gusta es leer y escribir, pero no se lo digas a nadie, es un secreto.

El borrón rojo se acercó un poco más y miró el libro que Nicolás tenía. Entonces pudo ver la cara pecosa de su compañera.

-Me encanta ese libro que estás leyendo -dijo la niña acercándolo hacia ella-. Me lo sé de memoria de las veces que lo he leído. ¿A ti también te gusta?

La vitalidad de su nueva compañera lo cohibía un poco, pero la curiosidad que sentía consiguió vencer su timidez.

-Yo no lo he leído, no puedo leer sin mis gafas -dijo triste el niño-, pero tiene unos dibujos muy bonitos.

-¿Quieres que te lo lea? -dijo ilusionada tocándose su pelo rojo.

-¡Vale!

A partir de ese día, cuando sus compañeros iban al recreo, Nicolás subía corriendo a la biblioteca donde encontraba a su mancha favorita preparada para leerle un libro nuevo. La voz era dulce, tranquila, y Nicolás se sumergía en la historia con mucha facilidad.

Durante ese tiempo descubrió que tenía muchas cosas en común, sus miedos, la relación con sus compañeros, y eso le hizo sentirse muy a gusto con ella.

Y así se iban pasando los días sin gafas, con el fin de estar en la biblioteca con ella, la cual cada día ocupaba más sus pensamientos.

Un día que los ojos ya empezaban a dolerle por no ponerse las gafas, su amiga ya no volvió aparecer por la biblioteca, ni al día siguiente, ni al otro…

Para Nicolás quitarse las gafas no tenía sentido si no era para acabar en la biblioteca con la narradora de historias. Ya no le daba miedo su profesora, se  había dado cuenta de que Sergio era un buen amigo y le daba igual que sus compañeros se rieran de él.

El lunes de la semana siguiente después de darle un beso a su abuelo, entró en el colegio pero no se quitó las gafas. Si quería encontrarla, necesitaba ver perfectamente. Pero se dio cuenta de que iba a ser una tarea muy difícil. Por su cobardía y timidez apenas tenía datos sobre ella. Ni siquiera se había atrevido a preguntarle su nombre, solo tenía su borrosa cara grabada en su mente y solo recordaba su pelo rojo y su voz.

Muy preocupado, Nicolás estuvo durante varios días preguntando en las diferentes clases de su curso. Si conocían a una niña pelirroja, de su edad, que  leía cuentos, le gustaba escribir y hacía varios días se había roto el brazo jugando a fútbol. Obviamente todo el mundo le decía que no. No había muchas niñas pelirrojas en el colegio, así que no entendía cómo no podía encontrarla.

No sabía cuántos recreos llevaba buscándola y al ver que el pasillo de su curso se empezaba a terminar sin ninguna respuesta, comenzó a desanimarse. Podría haberle preguntado a la bibliotecaria o al bedel, pero no se atrevía. ¿Cómo iba a confesar su trampa?

“Una más”, se dijo a sí mismo,“una más y ya esta”.

Con esa idea el niño llegó a la última clase del colegio. Unas risas fuertes se oían por todo el pasillo. La vergüenza lo volvió a invadir y respirando hondo empujó la puerta de la nueva clase. En el momento que asomó la cabeza vio a dos niños que lo miraron con expresión de pocos amigos. Cuando lo vieron, lo rodearon inmediatamente.

-¿Qué quieres, enano? -dijo con voz grave el más alto. El otro chico, más bajito y ancho, se puso detrás de su compañero. Los dos parecían un par de mafiosos.

Al principio se sintió intimidado pero después le echó valor.

-Estoy buscando a una niña de pelo rojo. Hace unos días tenía el brazo roto…

Los dos niños se quedaron con los ojos muy abiertos y empezaron a poner cara de estar pensando. Nicolás volvió a repetir el mismo mensaje por si no le habían entendido. Cuando sus labios se cerraron, los niños empezaron a reírse a mandíbula batiente, retorciéndose de dolor, hasta que uno de ellos empezó hablar.

-¿Has dicho una niña, una niña pelirroja?

Nicolás asintió en silencio. No entendía lo que estaba pasando.

El segundo chico asomó la cabeza hacia su clase y pegó un grito.

-¡Eh, Cabeza de esponja! -dijo dirigiéndose a alguien que estaba dentro de la clase-. Asómate. Otro mutante te busca.

En medio de una gran carcajada de toda la clase alguien salió al pasillo.

-Os dejamos “solitos” -dijo con mofa el más alto-. Siéntete feliz por ver que no eres la persona más rara de este colegio.

Cuando se quedaron solos, Nicolás no se podía creer lo que estaba viendo y no supo qué decir. Todas sus perspectivas volaron, dando paso al desconcierto. Ahora que llevaba sus gafas todo estaba claro. Después de unos segundos de silencio uno de ellos decidió hablar.

-Llevo varios recreos buscándote para enseñarte una cosa -dijo con mucha ilusión Cabeza de esponja y sin parar de hablar-. Pero no recordaba tu clase. Y cuando la encontré, nunca estabas allí. Está claro que tus compañeros no te dijeron nada. Desde hace días quería enseñarte una cosa que sé que te hará ilusión.

Nicolás siguió sin decir nada. Aún su cerebro no procesaba lo que estaba viendo. La persona que tenía delante no se parecía a la que se había imaginado a través de las manchas.

-¡Mira, he encontrado la segunda parte del libro que leímos juntos en la biblioteca! Mis padres me lo compraron por mi recuperación.

Un silencio se hizo en el pasillo.

-¿Qué pasa, no te hace ilusión -dijo triste.

Por fin Nicolás pudo hablar:

-Eres un niño -dijo tartamudeando y arrepintiéndose de sus palabras-. Yo pensé que eras… He estado buscando a una… Madre mía.

-Una niña -dijo el otro acabando la frase con cara seria-. Sí, me lo dicen continuamente, de hecho no paran de meterse conmigo por eso. Mi pelo de esponja, mi palidez…, etc. Es mi gran problema.

-Si te dijera que a mí me dicen el niño de las gafas… -dijo Nicolás sonriendo.

Hubo otro silencio.

-¿Cómo te llamas? Nunca te lo pregunté los días que empezaste a leerme.

-Félix. Encantado -dijo ofreciéndole su mano.

Su nuevo amigo enseguida se la estrechó. Notó que le gustó mucha esa sensación y no tenía prisa en soltarla.

-Yo me sentí muy cerca de ti por todo lo que me contabas –dijo por fin Félix-. ¿Eso te supone un problema para que sigamos siendo amigos?, ¿el que no sea una niña como pensabas?

Nicolás sintió un rubor violento y el corazón le empezó ir a mil. Ahora era él quien estaba rojo. Bruscamente levantó la cabeza sonriendo. Aquella palabra era mágica. “Amigos”.

-¡Claro que no! ¿Por qué iba a serlo? -Y notó que su cara tenía prisa por sonreír.

-Entonces ¿empezamos de nuevo? -dijo copiando su sonrisa-. Hola, me llamo Félix y me encantan los libros de aventuras.

Esta vez se la apretó con más fuerza y tampoco parecía querer soltarla.

-Hola, me llamo Nicolás -dijo estrechándole la mano-. Y llevo mucho tiempo buscándote.

-Yo también te estaba buscando. ¿Seguimos leyendo juntos entonces? Pero ahora te toca a ti.

Los niños salieron fuera de la clase y, apoyados en la pared, Nicolás empezó a leer el libro de Félix, encontrándose con su mirada a cada segundo, y los dos se sumergieron en la aventura, navegando con piratas y buscando tesoros. Encerrados en su mundo imaginario, consiguieron olvidarse de sus problemas con el resto del planeta. Mientras tantos, las risas de los compañeros de Félix aún se escuchaban al otro lado de la pared de clase.

FIN

Margarita Ortiz Ballester 2017

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