Mucho mas que rojo

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Género: Drama policíaco

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Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Margarita Ortiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mucho mas que rojo.

Ilustración de Margarita Ortiz

Bibiana.

Estaba desnuda, completamente desnuda y, sin embargo, lo primero que llamó mi atención fueron sus labios. Labios perfectamente pintados y contorneados. Labios rojos, sólo puedo decir rojos, se me escapa toda esa gama casi infinita de nombres para definir cada tonalidad de rojo. Para mí la sangre es roja, el vestido colocado sobre la cama es sólo rojo, las uñas de sus manos y pies están pintadas de rojo y sus carnosos labios son de un hermoso color rojo. Pero no importa, seguro que Elena me dirá la denominación exacta de esos rojos, y no sólo eso, me dirá también la marca, el fabricante, el distribuidor en España, número de serie y todos y cada uno de sus componentes. Y es que Elena, además de mujer, es la médico forense más minuciosa que jamás he conocido.

Por ahí llega. Cada vez que la veo se me corta la respiración; bueno, también ayudan un poco mis sesenta y dos años, los cuarenta y cinco fumando, los treinta y cinco en el Cuerpo y los seis meses aguantando al hijoputa de mi jefe. El cabrón jamás ha hecho nada ni ha demostrado nada, pero ahí está, mandando. ¡Seguro que llega a ministro!

Viene directamente hacia a mí —¡qué buena que está!— e intento no babear como el resto de mandriles. Le doy otra calada al Ducados y la veo difuminada entre el humo como en un pesado sueño que poco a poco se hace más y más real. Por un instante me la imagino comiéndole la boca a su novia, porque Elena es lesbiana y su novia también, ¡qué más se podría pedir!, sería perfecta para mí, perfecta. Recuerdo que hace años, cuando podía soñar, —ahora me conformo con poder dormir de vez en cuando—, que una de mis recurrentes fantasías era hacérmelo con dos mujeres, dos hermosas mujeres que se besan, que se aman. Dos mujeres que me invitan a su cama, dos mujeres que… ¡Qué original! ¡La escena, vamos, viejo salido, céntrate en la escena!  Aquí se ha cometido un crimen y tú venga pensar cómo follarte a la médico forense y a su novia. Si ya me lo decía mi padre: «Hijo, te lo voy a decir yo primero porque no quiero que te enteres por extraños: eres un imbécil».

Sobre una silla está el bolso de la chica muerta con su documentación. Resulta que se llama Bibiana y es de Bielorrusia. Tengo que mirar en un mapa dónde coño está ese lugar.

Me llamo Conrado.

Mi padre me repetía siempre con constancia admirable la misma frase, «hijo, eres un imbécil», con algunas pequeñas variantes según su estado de ánimo y el porcentaje de alcohol en sangre. A veces acompañaba esta reflexión intelectual con alguna hostia, ya fuera esta a mano abierta o cerrada, en ocasiones patadas y, en las más, me lanzaba a la cabeza lo primero que su mano de borracho alcanzaba. Generalmente botella en la mayoría de las ocasiones, si no vaso o ambos, y ya luego, con muchísima menor regularidad, silla, plato, jarrón o radio. En una ocasión me lanzó un cuchillo, pero el muy tarado en vez de asirlo por el mango lo cogió por el filo y se cortó la palma de la mano. Por supuesto no me dio, estaba demasiado borracho, y a la mañana siguiente me lo encontré donde lo dejé: sentado en una silla de la cocina, con la cara aplastada contra la mesa y la mano vendada torpemente con un sucio trapo de cocina. Me acerqué a él con la ilusión de un niño que nunca ha tenido regalos en Navidad y espera que esta vez algo bueno le pueda tocar, aunque sea por casualidad. Yo tenía por entonces trece años y mi mayor y única ilusión en la vida era ver a mi padre muerto. Me acerqué muy despacio, tenía el gordo moflete izquierdo descansando sobre una almohada de vómito. No le oía respirar, ningún movimiento que pudiera sacarme del estado de ansiedad. Me atrevo a tocarle con el pie el brazo que cuelga como muerto y este se mueve como un péndulo, como ahorcado mecido por el viento. Una mueca que imita una sonrisa asoma a mi cara, lo sé porque me veo ferozmente reflejado en la nevera de acero inoxidable.

Pero tengo que asegurarme e imitando a los médicos de las películas acerco sigilosamente los dedos índice y corazón al cuello del monstruo. No noto nada, no hay pulso, ¡el Hijoputa ha muerto! Por fin soy libr… El mundo se derrumba, todo es oscuridad y dolor. No, no es el mundo, soy yo. Lo adivino cuando mi cabeza choca contra el suelo. Lo sé con total certeza cuando recobro la visión y el monstruo está dándome patadas, me escupe y jura y perjura que me matará. Me acusa de ser el culpable de todos sus males y me amenaza con mandarme al infierno igual que hizo con mi madre. Falla en una de las patadas, el aire recibe el golpe y se cae de culo. Es mi única y última oportunidad, si no consigo escapar, sin duda seré yo quien no vuelva a ver otro amanecer. Primero de rodillas me alejo de él, después consigo ponerme en pie y corriendo a trompicones huyo de allí sin saber a dónde ir, perdido y solo.

Tardo una semana en volver a mi casa, pero antes me aseguro de que el cabrón no está. Duermo en cualquier parte, robo en las tiendas del barrio para comer algo, y entro a hurtadillas en mi casa para coger lo que pueda. Veo de lejos al viejo cabrón, lleva la mano vendada y se dedica a lo de siempre: ir de bar en bar, emborracharse y buscar pelea. El muy hijoputa tiene suerte, nadie ha podido darle una certera puñalada y matarlo. En una ocasión sé que uno lo intentó, pero él nunca sale sin su arma reglamentaria, —tiene la baja médica de la Guardia Civil, sin embargo, no le han quitado la pistola—, y el cabrón le pegó tres tiros al desgraciado. Dijeron que fue en defensa propia, que el otro intentó atracarlo, que…, además, el tipo tenía antecedentes por pequeños hurtos y esto fue suficiente para que encima le dieran una medalla al Hijoputa.

Sigo de esta manera durante varias semanas. En mi cabeza se fragua poco a poco la idea de irme a Alicante, donde vive la familia de mi madre. No los he visto desde que murió, pero estoy seguro que no puede ser peor que esto, seguro que son buena gente. Mi madre era buena, triste pero buena. Me cuesta decidirme, nunca he salido de esta maldita ciudad y Alicante me parece casi el fin del mundo. Pero no tengo otra posibilidad, y como se suele decir, «a la fuerza ahorcan». Pero no tengo ninguna dirección ni teléfono de mi familia. Debo buscar alguna información y el único lugar donde la puedo encontrar es en mi casa. Recuerdo que mi madre escribía a su familia y que esta también le enviaba cartas. Si no las ha destruido el Hijoputa todavía deben estar por allí.

No hay movimiento en la casa y me decido a entrar. Justo cuando entreabro la puerta una voz a mi espalda hace que mis pies se separen del suelo. Es la vecina, una vieja entrometida y chismosa que parece que fuera a morirse en cualquier momento, pero a esta parece que tampoco la quiere ni Dios ni el Diablo. Me dice que hace varios días que a mi padre se lo han llevado al hospital, que al parecer se le ha infectado una herida que se hizo en la mano tiempo atrás, que ella ya le había dicho que tenía que ir a que se la curaran, pero que él decía que eso se curaba solo. Hasta hace hoy tres días que no pudo soportar más el dolor y llamó a una ambulancia  para que lo llevara al hospital.

—Y allí sigue —me dice

En el hospital me cuentan que le han tenido que amputar el brazo, que no entienden cómo ha dejado que se extienda la infección de esa manera, que no han podido hacer nada para salvarlo y que ahora sólo esperan que los antibióticos hagan efecto y pueda recuperarse.

—Está en la habitación…

Me voy de allí dejando al médico con la palabra en la boca, y sin ver a mi padre.

A la mañana siguiente vuelvo al hospital y al preguntar a la enfermera, esta me dice sin mirarme a los ojos que el médico vendrá en breve a informarme. Era el mismo doctor del día anterior y se dedica durante un buen rato a entrelazar una infinidad de disculpas, explicaciones y porqués no solicitados y que apenas pude entender. Oígo cómo me dice algo de una asepsia, de una infección generalizada, que lo cogieron demasiado tarde, que lo sentía muchísimo y que ya no podía verle porque estaba en la morgue. No sentí nada: ni alegría, ni por supuesto pena. No sentí nada.

Ya no me fui con mis parientes de Alicante. Como huérfano de guardia civil me ofrecieron ir a la Escuela de Guardia Jóvenes del Cuerpo. Acepté.

Elena.

Lo primero que hace Elena es echarme la bronca por estar fumando en la escena de un crimen. Le hago caso y tiro el cigarrillo por la ventana. Abre su maletín y comienza su minucioso trabajo. Me da un poco de envidia ver cómo consigue información, datos y pruebas a través de muestras, fotografías y análisis. Son la policía del futuro, ¡no!, del presente. Yo soy de los últimos dinosaurios, de una época en que la información se conseguía a base de hostias, de soplones, de conocer al detalle hasta la última cloaca de la ciudad. Me deprimo y al instante yo solo me animo al pensar que siempre hará falta un policía como yo, que conozca de las miserias humanas, que sepa en qué callejón buscar, que no le importe hostiar los derechos de los cojones de tanto cabrón que anda por ahí suelto.

Al día siguiente voy a ver a Elena a su despacho. Quiero que me dé el informe forense del crimen. Ella lo envía siempre por correo interno a mi ordenador, pero yo ese bicho ni lo toco. Además, me gusta verla, quién sabe, a lo mejor coincide mi día de suerte con su día más tonto y se echa en mis brazos, me besa, se arrodilla, me besa, tira al suelo todo lo que ocupa su mesa y… ¡Maldita sea! Ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que tuve una erección y ahora que estoy delante de su puerta tengo un bulto en el pantalón imposible de disimular. Saco un Ducados, me ayudará a relajarme. Pensaré en otra cosa, por ejemplo, en el crimen de esa chica: Dieciocho años recién cumplidos, bielorrusa y en España desde hace sólo tres meses. Lo primero que pensé cuando me llamaron y me hablaron de una chica muerta en ese hostal y en ese barrio, fue que, <<otra puta inmigrante asesinada por su chulo, o por las mafias del Este que las traen engañadas haciéndolas creer que van a ser modelos y que van a vivir una vida de lujo y pasión. El lujo se queda en un piso compartido con otras diez chicas, y la pasión la tienen que vender muchas veces al día por unos miserables euros, euros con los que deberán pagar los gastos que, según sus dueños, han generado el traslado y los papeles, además de tener que pagar su manutención y estancia. Casi nunca acaban de saldar su deuda y si alguna intenta escapar, acaba muerta ella o alguien de su familia en su país de origen>>. Pero esta chica es diferente, lo sé. No puedo decir que conozca a todas las putas de la ciudad, pero casi y, bueno, hay gente que tiene una habilidad especial para el fútbol, otros para las matemáticas e incluso hay hombres que dicen que entienden a las mujeres; pero yo no, mi don natural es reconocer a una puta. Alguien podría pensar que eso es fácil, si va vestida de puta, camina como una puta y te dice que por treinta euros te la chupa a ti y a tu amigo, entonces es que es una puta, ¡un genio! Pero yo me estoy refiriendo a algo que requiere un poco más de conocimiento de la naturaleza humana. Me refiero a las mujeres que no van disfrazadas de putas pero lo son. En su mirada se puede detectar, en sus ojos parecen haberse escrito historias que ni el rímel puede tapar, ni unas bonitas gafas de diseño disimular. Y sobre todo y ante todo: su olor. Las huelo. No lo puedo explicar pero las huelo, parece que algo se les queda impregnado en la piel y, por mucho jabón o perfume que se echen, siempre huelen a puta. Cuando entré en la habitación de aquel hostal me olió a puta, pero era difuso, es decir, era el olor habitual de aquel lugar, se podría decir que era el aroma general de todo el barrio y, aunque he dicho que todas las putas huelen a puta, esto no quiere decir que todas huelan igual, ni mucho menos. Y como sus ojos ya estaban muertos y no me podían hablar, me dejé guiar por algo mucho más racional para confirmar lo que mi olfato me indicaba. En su bolso se encontró la documentación y, tras unas llamadas, resultó ser la hija del embajador de Bielorrusia en España, —esto se va a poner calentito en cuanto se entere la prensa y, sobre todo, cuando su padre empiece a mover sus influencias, los teléfonos van a echar humo—.

La chica había venido con sus padres desde la gélida estepa para morir sobre las frías baldosas de este repugnante lugar. ¿Qué hacía aquí? No había signos de violencia, los labios perfectamente pintados no habían sido usados para amar. Estaba colocada en el suelo con las piernas estiradas, los brazos cruzados sobre el pecho y, lo más curioso, un líquido espeso y blanco en el ombligo. No me hizo falta acercarme mucho para darme cuenta de que era semen. Y allí en el semen, apagado un cigarrillo. No me cupo duda alguna que eso era obra de un tarado, un tarado peligroso.

Ya se me ha bajado, ¡sabía que no podía durar! Entro en el despacho de Elena. que me echa un broncón de la hostia por estar fumando. Tiene los ojos inyectados en sangre, me grita como si estuviera poseída por el demonio. Me tira el informe a la cara y me manda a la mierda. Voy a empezar a pensar que le gusto o que está como una puta cabra. No es normal que se ponga así sólo por un pitillo, aunque pensándolo bien, tampoco sería muy normal que a una chica de apenas treinta años, inteligente y lesbiana le guste un hombre como yo, pero esa aplastante y puta lógica no consigue quitarme esa idea de la cabeza.

Esto no funciona.

Otra noche sola. Otra noche esperando su llegada, esperando una llamada, esperando. No sé por qué me duele tanto este amor. Se supone que la gente cuando se enamora es feliz, que disfruta de cada momento compartido, incluso de las ausencias del ser amado, pues sabe que pronto desaparecerá el espacio entre ambos, y de ese anhelo se disfruta cada minuto, retozando cada segundo con ese sufrimiento gozoso del que solo se encuentra cuando el otro pronuncia tu nombre. Y otra vez gozarán de sus manos, de los labios, de los ojos amados.

Sin embargo, a mí el tiempo a su lado siempre me parece apresurado, me falta tiempo y soy incapaz de convencer a su boca para que se quede a mi lado y… a mí esto nunca me había pasado. No tengo experiencia en esto, y es que yo… yo nunca antes me había enamorado. Y creo que sé lo que pasa, y me da miedo hasta pensarlo, pues parece que si me detengo a oír lo que mi cerebro insiste en contar, se materializará ese miedo en frío y líquido metal que se derramará sobre mi corazón para que nunca más pueda amar. Me da miedo, pánico, terror, que llegue a ser verdad lo que insinúa mi razón y se niega a escuchar mi corazón. Pero aquel insiste con incansable terquedad y ya no lo puedo soportar. ¡Que hable y me deje de torturar! Escucharé, aunque no sé si algún día podré dejar de llorar. Y la verdad es que… en este amor la única enamorada soy yo.

Suena el teléfono. Me reclaman en un hostal del extrarradio de la ciudad. Al parecer se ha cometido un crimen, y soy la Médico Forense de Guardia este fin de semana.

¡Ya empezamos mal! En cuanto llego descubro que está dirigiendo la investigación el tipo más descerebrado de toda la Guardia Civil, y si esto fuera poco, además es un viejo salido, xenófobo, racista, machista, misógino y… ahora no se me ocurre ningún adjetivo despectivo más, pero seguro que hay al menos una docena más que le vienen al dedillo. El muy imbécil está fumando en la escena de un crimen, contaminándolo todo con la ceniza, con sus pisadas sucias, con su tos. ¡Me repugna! ¡Por qué no lo jubilan de una vez, o alguien le hace un favor y le pega un tiro y puede dejar de arrastrarse por el mundo manchándolo todo!

Miro mi teléfono móvil a cada minuto, pero nada, ni un mensaje, ni una llamada. ¿Y si ha tenido un accidente y yo aquí, con ganas de abofetearla? Prefiero no pensar en eso. Si a ella le pasara algo, me moriría.

Hago mi trabajo como un autómata, hace ya tiempo que los muertos han dejado de impresionarme. Esta chica…, otra chica asesinada por algún cabrón degenerado. ¿Qué les pasa a los hombres? ¿Por qué odian a las mujeres? Maridos que matan o maltratan a sus esposas, hombres que violan, hombres que casi siempre abusan, torturan a las que deberían amar. ¿Son así por naturaleza? ¿Son acaso una especie depredadora que merecería ser extinguida de la faz de la tierra?

Ya en el laboratorio analizo cada muestra, cada mínimo detalle. Es muy hermosa, creo que no se puede ser más bella, si estuviera viva sin duda perdería parte, o tal vez mucho de su encanto; quizás hablaría sin cesar de sí misma, de chicos, de ella y los chicos, de los chicos que le gustan y los que no, de ella y lo mucho que les gusta a los chicos excepto a uno que es un borde, aunque le encantaría gustarle porque es guapísimo aunque pasa de él. Cuando conocí a Nerea, yo sólo hablaba de ella, sólo pensaba en ella; tanto es así, que pasé en blanco aquel primer año de universidad, y eso que era una chica de sobresaliente, nunca obtuve menos de eso en el colegio y luego en el instituto. Mis padres se temieron lo peor, que había cogido alguna enfermedad, quizás depresión o drogas. Me costó muchos esfuerzos convencerles de que estaba bien, que era un problema de adaptación, nunca había salido de mi casa y les prometí que en septiembre recuperaría todas las asignaturas que había suspendido. Pero es que me había enamorado y no quería, no podía dedicar ni un segundo a nada que no fuera ella. Lo recuerdo ahora y no puedo evitar sonreír. Me enamoré en cuanto mis ojos acariciaron la piel de sus aniñados brazos, desnudos como iban estos en pleno invierno, pues sólo una chaqueta vaquera anudada a su cintura ocultaba el vestido que de estampadas flores multicolor cubría un cuerpo pequeño que sólo a duras penas podía retener su espíritu guerrero. Llevaba el pelo corto al estilo de las alocadas chicas de los años que precedieron a la Gran Depresión o a las novias de aquellos gánsteres del cine hecho en blanco y negro.

Al entrar en el aula captó de inmediato la atención de todo el mundo. Llevaba unas enormes botas militares —era imposible que una chica tan menuda tuviera los pies tan grandes—. Parecía imposible que esas piernas de colegiala desnutrida fuera capaces ni siquiera de despegarlas del suelo, cuanto menos andar y, sin embargo, yo la vi flotar, sin abandonar la sonrisa, sin miedo al qué dirán o a no gustar. Todo el mundo se dio cuenta que estaba loca, y yo, loca de amor, me sentí invadida porque de repente la ropa me quemaba e incluso temí que el ardor de mis mejillas disparara el sistema contra incendios. Y mientras esta idea absurda asaltaba mi imaginación, de inmediato, en ese mismo instante, la vi siendo rociada por esa agua nebulizada que empapaba sus flores, y estas, que son así de atrevidas y sin ningún respeto a las mínimas normas del decoro, se pegaron a su cuerpo y… Estaba en este sueño gozoso al borde del más desbordante suspiro cuando desde alguna recóndita parte de mi cerebro, casi de forma milagrosa, se logró enviar una alarma a mi razón: <<¡Despierta! ¡Estás en tu primer día de clase en la universidad y este no es el momento para delirantes elucubraciones y el lugar no se presta a deslizar manos, a tocar senos, a morder dedos y acabar con un gemido roto abrazada a la almohada!>>

De repente, la bruma que cubría mis ojos desapareció y los sonidos volvieron a asaltar mis oídos y con ellos mi vergüenza por si alguien se había percatado de mi excitación. Pero nadie, nadie se dio cuenta, cada uno estaba a lo suyo esperando que el profesor de biología hiciese su aparición. Nadie excepto Nerea que, sentada de lado en su silla, tres mesas por delante de la mía, me miraba sonriendo, sonriendo y entonces… entonces oí por primera vez su voz, que, como besándome, yo sentía que me decía «tú y yo vamos a ser muy buenas amigas».

Al acabar la clase me faltó tiempo para salir casi corriendo, tropezando con unos y con otros, pidiendo paso en el tumulto, empujando disculpas y lo sientos mientras salía a trompicones. Por fin en el largo pasillo pude respirar. Al final del pasillo la cafetería me esperaba —un café y un donut quizás asienten mi estómago y relajen el galope enloquecido de mi corazón—. Me dirigí a la barra y… ¡no me lo podía creer! Sentada en el primer taburete y con las piernas cruzadas de tal manera que apenas dejaba nada a expensas de mi imaginación me dice con la boca llena de ensaimada: <<ven, amor>>

Lo recuerdo bien. Fui hacia ella y el camarero que me pregunta y no le hago ni caso. Ella que me mira y casi a un palmo de mi cara tengo su nariz. El camarero insiste y no le escucho, que nada existe, que sólo estamos ella y yo. Me acerco más aún y su boca entreabierta de azúcar tiene la comisura manchada. Y mi lengua limpia y mi boca besa, y al separarme, sé que me llevo su dulzor a cambio de entregarle mi corazón.

A partir de ese instante compartimos cada día. Poco tiempo después también compartimos las noches, un piso de alquiler cerca de la universidad fue nuestro gineceo, el lugar donde inventábamos besos y descubríamos secretos.

Al año siguiente dejó la carrera de medicina, decía que no era para ella y se matriculó en arquitectura, al siguiente en filosofía; después, que era el arte dramático lo que le gustaba de verdad de la buena. No puedo recordar cuántas “de verdad de la buena” me dijo aquellos años, pero nada me importaba, compartíamos amor sincero, amor del bueno, de ese que a una se le escapa en cada gesto, en cada beso, en cada sonrisa, y en la cama construíamos castillos de ensueño, vencíamos a dragones, conquistábamos territorios nuevos. Pero algún día todo cambió. Me esfuerzo por recordar algún momento concreto, algún acontecimiento que me permita explicar este ahora tan triste, tan vacío, tan… Tengo que ser sincera conmigo, tengo que reconocer que este ahora que me duele tanto dura ya un año, quizás dos.

Nerea.

Leo el informe de Elena. Me encanta pronunciar su nombre, es como si un destello iluminara algún rincón perdido en mi abotargado cerebro.

Lo que me imaginaba: el rojo de sus labios es el tono Rich Red de la casa Estée Lauder. El vestido rojo resulta que no es rojo sino color frambuesa —yo en mi vida he visto una frambuesa, ¡cómo coño voy a saber de qué color son!—. La laca de uñas de manos y pies es 528 – Rouge Puissant de Chanel. El semen resulta ser semen, ¡menos mal! Pero el ADN no encaja con el de ninguno de los violadores o agresores sexuales que tenemos registrados.

Causa de la muerte: estrangulación con las manos, pero sin ninguna huella. Evidentemente es un tarado pero no gilipollas y tomó la precaución de ponerse guantes.

Huellas: trescientas mil o más. Por esa habitación han pasado durante años putas, clientes, chulos y maricones, y jamás han hecho una limpieza en profundidad. Se han encontrado restos de semen, flujo vaginal, diferentes productos químicos estimulantes, retardantes o simplemente lubricantes, sangre, orines de diferentes especies e incluso restos fecales de rata. Lo que decía, habría que tirar una bomba de napalm para desinfectarlo.

El cigarrillo apagado en el semen de su ombligo es un Ducados, y el ADN de la boquilla no coincide con el del semen. ¡No coincide! ¡Quién coño apagaría su cigarro en el semen de otro hombre que se ha corrido en el ombligo de una chica muerta! Estamos ante dos tarados. Dos asesinos tarados. Y la chica no sólo no ha sido violada, sino que era virgen. ¡Increíble! Esto sí que es un notición, una bielorrusa de dieciocho años con un cuerpazo de escándalo que lleva tres meses en España, ¡y virgen!

Los interrogatorios son tan inútiles como imaginaba. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada, nada de nada. De esta o me echan del cuerpo o me ponen una medalla. ¡Apostaría por lo primero!

Me dan aviso de que el hijoputa de mi jefe quiere verme en su despacho. Ya ha saltado a la prensa el asesinato de la hija del embajador y, como me temía, las circunstancias del crimen y la posición de su padre han hecho el resto. Si hasta se ha reunido con el ministro del Interior y, después, han dado una rueda de prensa en la que ha agradecido al ministro su promesa de poner todos los medios disponibles en la resolución de este atroz crimen.

Me enciendo un cigarrillo, no vaya a ser que sea el último que me fume en mi oficina. Cuando lo termino enciendo otro y me dirijo al despacho del Hijoputa releyendo todos los datos que se conocen de Bibiana y ¡creo que he visto algo!, pero… Me siento en una silla al lado de la máquina del café e intento a duras penas concentrarme en cada dato, pero mi mente parece fragmentada, como si una cosa no tuviera nada que ver con la siguiente. Creo que me estoy haciendo viejo, ¡qué coño!, soy viejo, mucho más viejo que lo que mi edad dispone, incluso más viejo de lo que mi aspecto impone. Soy inmensamente viejo, o al menos así me siento. Será por eso por lo que mi cerebro ya no funciona bien. Debería haberme jubilado hace años, antes de que me echen por incapaz. Pero es que me da pánico el qué hacer a la mañana siguiente. Nadie me espera al llegar a casa, nadie. Nada me gusta ni me interesa. No me gusta pescar, ni pienso ir a tomar el sol a Benidorm, tampoco colecciono sellos o construyo barcos dentro de botellas y, como la muerte puede que se haga esperar, que nunca se sabe cuándo viene la hijaputa a recoger la cosecha y, aunque parezca que ya tengo un pie en la tumba, he visto casos peores a los que les cuesta años meter el otro pie en el hoyo. Es como si ni Dios los quisiera y a Satanás no le corriera prisa recoger sus emponzoñadas almas, entretenido como está en corromper otras que están en duda, a sabiendas de que aquellas son ganancia segura que tarde o temprano caerán en su zurrón. Pero ya lo he decidido, cuando acabe este caso, me retiro, que cualquier día de estos se me olvida dónde está mi casa o cuál es mi nombre. Espero no se me olvide cómo pegarme un tiro. La cobardía necesaria para la huida sé que no me abandonará.

Y otra vez releo el informe de la chica muerta. Necesito encontrar algo, algo que mi olfato de viejo policía pueda husmear y seguir. Siempre hay algo turbio en la vida de las personas, y por muy santa que parezca la hija del embajador, seguro que tiene…, tenía, algo sucio y oscuro que esconder bajo la alfombra, ¡siempre hay algo! Porque este asesinato no es casual. No es que se haya tropezado con el asesino al entrar en el portal de su casa. Ha sido perfectamente calculado y ejecutado por alguien cuyos motivos se me escapan, pero al que me encantaría sacárselos a hostias.

Y otra vez, y…, un nombre intenta dibujar en mi mente una imagen. Al principio apenas dos tonalidades de grises que se entremezclan. Insisto en leerlo una y otra vez mientras en la imagen de mi cerebro otros colores se presentan acompañados de sonidos que no puedo identificar. Todo cambia de repente, todo. Puedo ver aquella escena con toda claridad, como si ocurriera en este mismo instante ante mis ojos.

Hace unos meses, quizá un año. Elena está en un bar de copas hablando alegremente entre un grupo de personas elegantes y guapas que se divierten distraídamente en el local de moda de este invierno.

Son las dos de la madrugada y, como otras ya infinitas noches, abandono la fría cama cansado de mirar un techo que se agrieta, de una habitación cada vez más pequeña y más llena de sombras. Camino por las calles y casualmente un escaparate exhibe a lo mejorcito de la ciudad: abogados de éxito y juezas desengañadas, médicos divorciados, modelos venidas a menos con su mercancía a punto de caducar que intentan, en un asalto final, noquear a algún simulacro de hombre cargado hasta las trancas de dinero y posición; diseñadores de moda de la última media hora y algún futbolista. Pero a mí sólo me interesa Elena. Ella se ríe con unos y con otras. A su lado una chica menuda y con atuendo estrafalario desliza su mano por la cintura de mi forense, luego la baja aún más y le toca el culo. Le dice algo al oído que debe de ser muy gracioso porque ella se ríe en amplia carcajada, luego acercan sus bocas y se besan…,  y se besan. Esa debe de ser esa novia suya de la que me han hablado —pienso—. Son hermosas. Sus besos abrazan. Me moriría feliz si ella me besara a mí así. ¡Estúpido viejo!, ¡cómo se te ocurren semejantes disparates! ¡Anda, vete ya, que estás hoy especialmente patético!

Me voy sopesando esa idea disparatada. Al parecer, a Elena le gustan pequeñitas, puede entonces que yo tenga alguna oportunidad. Me río, <<¡seré gilipollas!>>.

Esa novia suya, tan rara y bonita, tiene un nombre y curiosamente coincide con el nombre que no paro de releer desde hace ya un buen rato. Nerea no es un nombre muy común, pero a pesar de ello quizá haya en esta ciudad un par de decenas de miles de Nereas, pero me da que esta es la Nerea que le come todo lo suyo a mi Elena, la misma Nerea que vi en aquel bar y la misma Nerea que he seguido después en un par o más de ocasiones  Al parecer, asistía al mismo curso de literatura que la chica muerta. ¡Me va a tocar hacerle una visita! Al final quizá disfrute de esto…

Continuará…

Juan Ramón Lorenzana 

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