Rojo, como la sangre de los héroes

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Género: Narrativa

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rojo, como la sangre de los héroes.

Bajo el sol abrasador de la llanura del Garet, cerca del fuerte de Monte Arruit, un sencillo pero impactante monumento recuerda, en su lápida de mármol, esta inscripción:

En este lugar del Garet se cubrió de gloria, ofrendando heroicamente su vida por la patria, el Capitán Ayudante Mayor del Regimiento África 68 Don José de la Lama y de la Lama.

Modelo de caballeros sucumbió aquí con 27 héroes más, protegiendo la retirada de la Columna Navarro a Monte Arruit. El 29 de Julio de 1921.

¡Españoles, inspiraos en su ejemplo!

El silencio y la desidia han acumulado olvido por quienes no han sabido honrar a sus héroes, reduciendo la gesta de muchos valientes al ofensivo titular de “Desastre” de Annual – Monte Arruit lo que fue una GUERRA y un baño de sangre de tantos españoles que murieron por su patria.

Ningún país hubiera permitido echar tierra, como se hizo, sobre una guerra en la que se luchó con medios casi tercermundistas, faltos de material moderno, apoyo, provisiones, armamento, ayudas de refuerzos y presupuesto que nunca llegaban, mil veces pedidos al gobierno y a las juntas militares que, desde lejos, desde la península, miraban hacia otro lado, mientras su ejército luchaba en el norte de África, desangrándose, sin cielo ni quien cuidase de ellos.

Aquella fue una guerra en toda regla, que pasó a la historia con la mala imagen de “Desastre”, fruto de la inoperancia de quienes deberían haberla apoyado, abastecido, dotado de buen armamento y medios.

Sobre ella se echó tierra, aplastando y silenciando los muchos hechos heroicos que hubo, con el barro de la mala actuación de quienes no dieron la talla en momentos tan críticos e históricos, tanto desde las juntas militares como desde el Gobierno e incluso la Corona…

No son afirmaciones gratuitas, pues la documentación histórica y juicios posteriores los pusieron de relieve después.

¿Qué hazaña heroica conmemoraba ese monolito, de más de dos metros de altura, en medio del Garet, dedicado a la memoria del capitán ayudante mayor del Regimiento África 68, don José de la Lama?

Nacido en Cádiz en 1885, hijo de un teniente coronel de infantería, ingresó en el ejército y en la Academia Militar de Toledo.

En 1908 ya está destinado en Melilla y de servicio en el Rif, donde aprende que el mando debe hacerse con firmeza y proporcional a la ofensa.

Sus lugares de intervención son frentes incendiados de batallas como el Barranco del Lobo, Ait Aixa, vertientes del Gurugú, Hamed el Hach, Pico Basbel, Sidi Musa, y muchos más donde ya obtiene dos Cruces al Mérito Militar con distintivo rojo, en sitios de máximo peligro.

Asciende a teniente y en 1911 conoce al coronel Aizpuru (luego teniente general), del que aprende cómo manejar las tropas sin agotarlas y cómo conducirlas en la batalla, enfrentándose a Mohammed Amezzian.

En el Kert cae herido gravemente al salir, por falta de mensajeros, para transmitir unas órdenes a la Policía Indígena. Por centímetros, la bala en el pecho no le seccionó la carótida. Le visitan en el hospital los jefes militares de su regimiento y el general Aizpuru, que le tiene en gran estima. Es ascendido a capitán. En 1913 se reincorpora y conoce Monte Arruit.

Se casa con Concha, hija de un coronel de Ingenieros, una novia que temía por sus puestos de gran peligro y que había rechazado la boda varias veces por temor al riesgo en que se desenvolvía su vida.

En 1915 nace su primer hijo.

Es considerado apto para ascenso a comandante. Le conceden su tercera Cruz al Mérito Militar también con distintivo rojo.

En 1916 nace su segundo hijo.

El coronel Baños le propone para ayudante mayor del Regimiento África 68.  Tiene treinta y un años y prácticamente ejerce como coronel con sus tropas en todo tipo de misiones, pues Baños tiene cincuenta y nueve años. El Regimiento África 68 se convierte en una unidad esencial de primera línea.

En 1917 gana su cuarta Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo, “pensionada”.

En 1918 nace su tercer hijo, una niña: Conchita.

El coronel Baños, con quien se había entendido muy bien, pasa a la reserva y le sustituye Jiménez Arroyo, muy engreído por proceder de las Juntas de Defensa, que tienen un enorme poder. Jiménez Arroyo  será primer jefe en Melilla.

Sus actuaciones en el Kert continúan y las posiciones se conquistan. El coronel Jiménez Arroyo notifica al general Aizpuru:

«Este capitán, en sus funciones de ayudante de la columna, a falta de un jefe de Estado Mayor, desempeña el cargo con gran acierto en la organización y desarrollo de operaciones».

Con esta nota el capitán De la Lama es reconocido ya como jefe de Estado Mayor a falta del nombramiento, hecho que queda escrito en su expediente.

En 1920 Aizpuru es ascendido a teniente general y le sustituye en Melilla el general Fernández Silvestre, la cara opuesta. Su fama le precede como deslumbrante estrella de la guerra. En pocos meses toma la decisión de atravesar el río Kert y toma Drius. Su objetivo es avanzar hasta Alhucemas.

El capitán De la Lama obtiene su quinta medalla al Mérito Militar con distintivo rojo.

El general Silvestre solicita al alto comisario, general Berenguer, dinero, artillería y municiones para el avance que ha iniciado que tiene como meta Alhucemas. Hay que terminar el ferrocarril desde Tistutin a Drius. Sin todo esto no puede subsistir un ejército activo. Negativa. No hay dinero ni artillería ni se terminará el ferrocarril tan necesario.

Al general Silvestre nada le arredra y sin los refuerzos necesarios emprende su avance. Primero Abarrán, alargando una línea de ejército que no cuenta con provisiones ni con suficientes puntos de aguadas, al que no le llegan armamentos buenos, ni más artillería, ni consolida apoyos de provisiones en retaguardia.

El avance irrita a las harcas de los rifeños, que lo ven como una provocación dentro de su territorio. Por primera vez se unen, se congregan furiosos y caen sobre Abarrán. Silvestre se hace fuerte primero en Igueriben y, acosado por los rifeños, tiene que retroceder a Annual. Cada vez las cabilas reúnen más gente y están sedientos de sangre.

El 22 de julio, totalmente cercados en Annual, el general Silvestre se dispara un tiro con su pistola. Sus tropas, desalentadas, sin una buena estrategia de sus jefes, se repliegan acribilladas por las harcas de los rifeños, que ya son una multitud imparable.

Los puestos de la línea de avance que dejaron escasamente guarnecidos son masacrados y el repliegue ya es un horror.

Se intenta agrupar a la tropa en retirada, a veces con heroicos comportamientos y otras veces con desorden y desesperación. Los rifeños pasan a cuchillo a cualquiera que encuentren en las posiciones que ocupan y se hacen con el armamento que allí queda.

El general Navarro llega a Drius donde se encuentra con ese caos y con el repliegue de toda la línea que había establecido el general Silvestre. Hay tropas de todos los regimientos, pero los máximos responsables, los coroneles, no están allí para dar las órdenes. Navarro recoge esa cosecha de desaciertos y todos esos hombre de tropa que necesitan un mando, ayuda, comida, agua y refuerzos que ya no les quedan.

Se sienten huérfanos y horrorizados.

Al menos hay dos unidades todavía enteras para luchar: la de caballería del Regimiento Alcántara, y la de infantería del San Fernando, que serán vitales en la batalla que se avecina.

23 de julio, de madrugada: Llamada a casa del coronel Jiménez Arroyo en Melilla. Orden del general Navarro desde Drius para que vaya a Batel y allí espere instrucciones. El coronel avisa de inmediato a su capitán ayudante De la Lama y al teniente coronel Piqueras. Suben los tres en un “coche ligero” del mando y llegan a Batel. Navarro sigue en Drius. La pista que lleva a Melilla se llena de coches con jefes militares camino de su salvación. El coronel Jiménez Arroyo no continúa a Drius. Se queda y llama al general Navarro. Nada se decide. La pista que lleva a Drius está siendo atacada. Jiménez Arroyo contesta que hagan lo que puedan, o sea, que no va a ayudarles, y con eso les condena a morir.

Jiménez Arroyo decide ir a Tistutin, que es la última estación del tren, y busca a su hijo, que es alférez. Pasa el tiempo y no regresa a Batel. El monte Usuga, que domina Tistutín, está ya hostilizado por los rifeños. Si ocupan Usuga, Tistutin estará perdido.

Por fin aparece el coronel Jiménez Arroyo en el coche con su hijo. La tardanza ha sido excesiva y su ayudante, el capitán De la Lama, está irritado. El general Navarro vuelve a llamar y pide medios de transporte para trasladar lo que se pueda. La conversación es surrealista. Jiménez Arroyo se recrea en narraciones mientras sus hombres están esperando a quien les tiene que mandar. Se corta la comunicación.

Por la tarde, en Batel, las harcas siguen hostigando cada vez más. El general Navarro no tiene dónde trasladar a los restos de tropa y se tienen que valer como pueden. Los jinetes del Regimiento Alcántara cargan contra los rifeños y rompen su flanco derecho, mueren muchos de ambos lados. Los supervivientes llegan a Batel. No tienen ya ni armas, ni ropas ni agua. La sed del desierto es una tortura. En ese tumulto de los que llegan desesperados el coronel Jiménez Arroyo se inhibe, y su capitán ayudante De la Lama se esfuerza en poner orden. Necesitan las indicaciones  de su jefe y no las reciben. Es un caos.

Los soldados del Regimiento África que todavía quedan, piden órdenes a su capitán. A su lado, el corneta, un jovencito de tierra de labranza, vive aquello sin saber si morirá en cualquier momento, pero no se aparta de su capitán.

La harca ya está muy cerca. En el coche ligero están ya el hijo de Jiménez Arroyo y otros militares. Jiménez Arroyo le ordena a su capitán ayudante que suba de inmediato para marcharse a Melilla. De la Lama mira los restos de su regimiento, allí desorientados, y se acerca al coche con el corneta a su lado. Su coronel está fuera de sí por la prisa de marcharse. Con toda calma y energía el capitán De la Lama le responde:

«Mi coronel, siento desobedecer su orden, pero yo me quedo aquí. Alguien tiene que ocuparse de nuestros soldados».

Al ver sentado en el coche al hijo de Jiménez Arroyo, ha comprendido el motivo de tanta tardanza, y también ahora la prisa del coronel por salir de allí lo antes posible y ponerse a salvo en Melilla.

Jiménez Arroyo se siente ofendido por el plante de su ayudante y no va a recibir lecciones de nadie. Malhumorado, da orden al chófer de arrancar. Cuando el coche se aleja, muy cerca del capitán De la Lama hay un grupo de soldados y el corneta, que han escuchado lo ocurrido y se dan cuenta del valor que se necesita para quedarse allí, para morir seguro, pudiendo haber obedecido la orden de huir y salvarse. Rodean al capitán De la Lama los poquísimos soldados que quedan del África 68 dispuestos a seguirle en la batalla que ya tienen encima.

Cuando llega el general Navarro con su columna en retirada, se queda perplejo al comprobar que de los 1 600 soldados del África 68 no quedan más que un capitán, un grupo de ocho soldados y un corneta. Navarro queda dolido y atónito al saber que Jiménez Arroyo no se ha quedado a esperarle, no se ha hecho cargo del mando de su regimiento y ha huido a Melilla.

La columna de Navarro resiste a la desesperada cuatro días en Batel. Las harcas les están acosando sin tregua. El 27 de julio se repliegan a Tistutín, donde al menos hay agua. Resisten bajo un fuego escalofriante todo el día y parte de la noche.

29 de julio. De madrugada, sin hacer ruido, amparados por la poca luz, va saliendo toda la columna bajo el fuego cruzado de los fusiles de los rifeños, formados en cuadro de batalla. Su única oportunidad es llegar al fuerte de Monte Arruit.

Son alrededor de 3 000 hombres, pero formados en cuadro son un blanco compacto sobre el que las harcas disparan a placer. Son un blanco perfecto y los rifeños se ensañan disparando sobre ellos. Tres harcas rodean la Columna de Navarro. La matanza es encarnizada y el cuadro se va rompiendo. Hay muertos por todas partes y terror. La cuesta de entrada a Monte Arruit es un duro reto para la tropa exhausta. Suben casi a la carrera los que aún tienen fuerza.

El capitán De la Lama comprende que necesitan tiempo para entrar al fuerte y también que sus familias, sus hijos y sus esposas están muy cerca, en Melilla, y al paso que va la batalla pueden incluso llegar todas esas hordas allí. Caen los soldados y el cuadro ya está roto, NO queda tiempo. Es una lucha encarnizada y un baño de sangre de soldados españoles.

Toma su pistola y grita: «¡Conmigo los de mi regimiento! ¡Hay que detener al enemigo!».

Ha vuelto de cara a los atacantes y un pequeño grupo de veintisiete hombres más el corneta están a su lado. Están situados en el flanco izquierdo de la columna, el que da al llano del Garet, sin escapatoria posible.

Ilustración de Daniel Camargo

Una masa de cabileños ataca desde el norte. Otra masa se acerca desde Drius para hacer la tenaza sobre la columna. Otra harca cerca Arruit por la espalda. Es una carnicería. El general Navarro siente que todos van a morir y necesita un respiro y tiempo para que entren sus hombres por la puerta abierta de Monte Arruit. Solo le quedan tres piezas de artillería, que son las que pueden hacer algo de daño al enemigo, y hay que defenderlas como sea. Los soldados son envueltos y mueren incluso entre los cañones, matados y destrozados por las harcas rifeñas en una auténtica orgía de sangre.

El capitán De la Lama ve de lejos todo aquello y ordena a sus hombres una estrategia desesperada pero eficaz: formar un triángulo, ya que con tan pocos no se puede formar un cuadro. Nueve hombres por lado del triángulo y en el centro él, pistola en mano, con el corneta a su lado para transmitir las órdenes mientras vivan.

El vértice del triángulo hacia la cuesta de Arruit, donde aún resisten los cañones. Los dos lados para defenderse de los rifeños que les atacan sorprendidos de esta maniobra de plantarles cara tan escaso grupo de hombres. Y la base del triángulo para detener a los que vienen por el norte.

El capitán De la Lama ordena: «¡Rodilla en tierra, cargad rápido, apuntad con calma y disparad con puntería!».

Los cabileños no aciertan a comprender esa maniobra del triángulo, pero se dan cuenta de que es efectiva y está causando muchas bajas en las harcas. No logran romperla. El capitán De la Lama ve la eficacia de su gente, que está respondiendo con un valor y precisión admirables. Sigue en el centro disparando y dando las órdenes.  No dejan hueco para que los cabileños pasen. En la cuesta de Arruit los hombres están entrando en oleada para salvarse. La figura tan conocida para él del capitán Arenas, frente a sus cañones, aún resiste en la cuesta.

Se vuelve justo para ver de frente algo que hiela las venas. Un gran grupo de jinetes rifeños, al galope, se lanza sobre ellos. Son los temibles “jinetes pardos”, los Metalzis, la mejor caballería del Rif. Una aparición fantasmal entre la bruma del polvo y el calor sofocante del desierto. Son la presencia de la muerte.

Solo le quedan once hombres. Ya solo queda un lado del triángulo y el corneta a su lado. Solo podrán disparar dos veces. No habrá tiempo para más.

«¡Todos al suelo! ¡Separados, con los codos apoyados! ¡Apuntad al pecho de los caballos y disparadles cuando os pasen por encima!».

Después de la embestida de aquellos fantasmales y crueles “jinetes pardos”, todavía el capitán De la Lama puede disparar su pistola unos segundos, en pie, con el corneta a su lado, hasta que una descarga le impacta en el pecho, la cabeza y algún otro sito mortal, cayendo a tierra en aquel llano rojo ardiente.

Y allí quedó, al sol del desierto, durante el tiempo que duró esa guerra. Muerto con honor y excepcionalmente respetado por sus enemigos, que no profanaron su cuerpo, ni robaron sus insignias, bien a la vista, de ayudante mayor del Regimiento África 68. Es posible que por el respeto que los valientes inspiran incluso a sus enemigos.

Murieron por su patria, orgullosos de defender su honor de soldados, a sus familias, que estaban indefensas en Melilla, y a muchos compañeros que pudieron entrar en Arruit para intentar salvarse.

Y de ese modo heroico dieron sus vidas para defender la entrada en Monte Arruit de la Columna Navarro.

Nota: Basado en hechos reales- El capitán José de la Lama y de la Lama fue admirado y su gesta conocida en todo Melilla.

Su cadáver fue recogido en el lugar donde cayó muerto, sin señales de haber sido profanado y con todos sus distintivos. El corneta fue el único superviviente, aunque se ignora cómo lo logró, pero en cuanto pudo fue a decir a la viuda del capitán De la Lama cómo había sucedido todo y el lugar donde había caído.

En el juicio contradictorio para la concesión de la Laureada de San Fernando constan las declaraciones de varios testigos, incluido el corneta, y sobre todo la declaración del propio general Navarro, destacando la valentía del capitán De la Lama y su actuación siempre en los lugares de mayor peligro, defendiendo la Columna en su retirada a Monte Arruit.

La Laureada fue otorgada por todos esos méritos en la batalla por el general instructor de dicho proceso, pero la intervención cobarde e infame y las presiones del coronel Jiménez Arroyo en la junta militar hicieron que se dejase sin entregar a la viuda de De la Lama, con un silencio culpable que aún espera se haga justicia.

El coronel Jiménez Arroyo fue juzgado y condenado por abandono de su puesto en la batalla y huida ante el enemigo. De poco le valió intentar tapar su cobardía quitando el mérito y heroicidad de su ayudante mayor, el capitán De la Lama.

Se construyó un monumento de piedra, con una lápida de mármol con la dedicatoria en honor del capitán José de la Lama en el sitio exacto donde cayó con sus hombres, promovido por el cronista de Melilla, Rafael Fernández de Castro, presente en el levantamiento del cadáver en el llano del Garet. Hay fotografías de dicho monumento y era conocido por muchas personas de esa zona de Melilla. Fue destruido cuando España cedió esa zona del Protectorado a Marruecos, en el año 1956, sin exigir que se respetasen esos recuerdos importantes, y no queda ya nada de él.

Su medida era algo más de dos metros y estaba en terrenos de la empresa La Colonizadora, que se estableció cerca de Monte Arruit.

AGRADECIMIENTO: A toda la documentación y publicaciones del historiador y periodista Juan Pando Despierto en sus libros sobre esta guerra de África del 21. Historia secreta de Annual (Colección Historia – Temas de Hoy), El Protectorado español en Marruecos (Colección Páginas de historia) y datos del archivo del cronista de Melilla, Rafael Fernández de Castro.

Conchita Ferrando de la Lama

Dedicado en homenaje a mi abuelo, el capitán José de la Lama- muerto en Monte Arruit- 29-julio-1921

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Comments
9 Responses to “Rojo, como la sangre de los héroes”
  1. Ante todo dar las gracias a Mariola correctora, y a DANIEL CAMARGO por la ilustración tan descriptiva del momento de máximo “climax” de la narración. Una ilustración complicada de ejecutar pero muy buena. Gracias Daniel. Esperemos que esta convocatoria traiga muchos lectores interesados, como siempre. ¡¡ SUERTE A TODOS !!

    • Daniel Camargo dice:

      Una vez más, ha sido un placer colaborar contigo, Conchita. Increíble historia de un acontecimiento que, probablemente, pocos conocen a fondo.

      • Cierto Daniel, muy pocos conocen casi nada de esa guerra infame, y lo que conocen está medio velado por el oscurantismo absurdo de todos los gobiernos que ha habido en España desde 1921 hasta hoy, 2017…. casi un siglo…. y la desidia y la falta de interés sigue como siempre…. Por eso es importante que haya quien se preocupe de documentar bien y publicar todo el largo calvario de ese episodio, como por ejemplo el historiador y periodista Juan Pando Despierto, autor de esos libros donde se van sacando estas verdades y lo que pasó alli. Otros documentalistas tambien están en ello… pero no llegan mucho al gran publico…. ojalá se despierte la conciencia lectora y al menos se les recuerde. Gracias amigo Daniel. Un abrazo.

  2. Daniel, acabo de recibir un mensaje del historiador y periodista Juan Pando, autor de dos de los libros donde encontré muchos de los datos consultados para esta narración, como Historia Secreta de Annual y El Protectorado Español en Marruecos, donde se habla de mi abuelo.
    Me ha encargado que te transmita su felicitación por tu ilustracion, que “pone los pelos de punta, con una imagen devastadora, más no por ello menos cierta”, en sus palabras.
    Le he agradecido su atención en nombre tuyo y mio y considero que es muy valorable que nos haya transmitido ese detalle de interés.
    Un abrazo.

  3. Daniel Camargo dice:

    Le agradezco profundamente a Juan Pando su opinión. Sólo he tratado de plasmar lo que me produjo el relato.
    Un abrazo.

  4. Eduardo Leira Riojas dice:

    Así mueren los valientes y es merecida esta narración, el recuerdo de aquel hombre que peleó heroicamente junto a los suyos en circunstancias tan desfavorables. Gracias a tu conmovedor relato, ahora conozco algo de lo que allí sucedió, es muy cierto que no nos llega nada de eso. Agradezco que me enviaras esta historia, que me ha conmovido mucho ya que tan bien describes aquellos días y a quienes participaron en esos terribles combates que desconocía. Te dejo un gran abrazo

    • Mil gracias querido amigo Eduardo Leira, de allende los mares.
      Hay tanto desconocido en nuestra historia, incluso reciente, que creo será imposible recuperar una parte de ella, pero no por eso hay que dejarlo por imposible y, dentro de lo que podamos, seguiremos dando a conocer hechos que muchas personas muy documentadas estan investigando y reuniendo para sacarlos a la luz. Te mando todo mi cariño desde Madrid, muy cercano a pesar de que tengamos el océano por medio.

  5. Me encanta Conchita, tienes esa capacidad de hacer olvidar que se esta leyendo, para sumergirse en el texto. Un abrazo, Enrique.

    • Muchas gracias Enrique. Cuando escribí el relato también me pareció estar sumergida en ese cruel baño de sangre, de una guerra que parece muy lejana pero que aun se opadecen sus consecuencias aunque hayan pasado cerca de 100 años. Informarse y leer sobre nuestra historia reciente es un modo de comprender el presente.. Un abrazo

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