Señales de tránsito

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Género: Microcuento

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Este relato es propiedad de Olga Ruiz. Las ilustraciones son propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Señales de tránsito.

Buen rojo

La chica de los ojos grises ya no es una niña. Hoy lleva tacones y un vestido corto blanco. Se ha acercado a mí y, con pudor, me ha pedido un tampón. Se excusa: es que no he traído el neceser de las cosas íntimas y no tengo. Sonríe… Está rodeada por unos cuantos adolescentes, modelo león, elefante, perro y varios ratones. No tiene ningún interés por barrer ni para dentro ni para fuera. Sólo espera con su cinta roja puesta. Y sucederá en cualquier momento. Está disponible.

Versos en rojo

El artista del fondo, que hace años que no escribe un libro, hoy me ha comentado cómplice que por fin han vuelto las musas, y ha conseguido escribir cien versos al amor y en un intento de continuación de libro escrito por Pablo Neruda llamado El corazón amarillo, mientras se prepara para su muerte. Me explica: «Es un libro cargado de reacciones, multiplicidades, contradicciones, amenazas en ciernes que nos llevan del miedo a la acción en la vida. También expresa los placeres cotidianos derivados de la fama y la terrible angustia de la falta de privacidad». Le oigo y le veo, pero no le siento. No me trasmite nada más allá que el narcisismo de escucharse a sí mismo. Me intereso por su mujer y su hija, responde correcto y me mira el escote descortésmente. Luego me pregunta que si se me ocurre algún nombre para su invento. «Versos en rojo», le propongo. «Perfecto», asiente. —Me aburre—.

Luna

 

Ilustración de Paloma Muñoz

Aquí cerca de la barra del bar que han instalado a la salida del living room está el que llaman artista. Dicen que se le fue la cabeza el día de la luna roja, cuando se quedó mirándola toda la noche. Estaba hipnotizado cuando le encontraron encima del tejado de su casa a punto de desmayarse porque no había comido ni bebido nada durante cuarenta horas. Y desde entonces sólo pinta cuadros rojos. Todo tipo de desnudos de mujeres y hombres en todas las posiciones imaginables. Eso sí, siempre desnudos. Es sórdido y, según las posturas, hasta de mal gusto. Parecen como bebés recién nacidos. Y para justificarse puntualiza: «Todos los cuadros son mis hijos, paridos de mi mano, pintados con cariño pincelada a pincelada». Como metáfora está bien, pero a mí, médica ginecóloga y madre de tres hijos, ya no me valen tonterías así. Hace tiempo que no hablo con él. Es un poco agresivo y no permite que nadie le lleve la contraria. Eso me desconcierta mucho porque no estoy acostumbrada a que nadie me grite al oído. Salgo a la terraza.

Calles de Buñol

Miro hacia el fondo y hay tendidas lo menos cincuenta camisetas blancas. Le pregunto a la anfitriona. Me explica que ayer llevó a los invitados a las fiestas de la Tomatina. Que hoy el servicio las ha lavado y tendido. El año que viene me apunto, me invito. «Pues claro», dice sonriendo. Y sé que no me podré apuntar jamás porque no puedo comerlo por el ácido úrico. Pero intento ser tan amable e hipócrita como lo son todos.

El rojo es otra historia

El hombre gato está rodeado de mucha gente, tiene la lengua áspera y suelta mucho pelo. Podría decirse que ya casi no tiene pelo. Hubo un tiempo en que me pareció interesante, ya no. Sonríe oblicuamente, sonríe arqueando una ceja, y a mí ya me da igual todo lo que haga, diga o deje de hacer o decir. Me produce cierto repelús su presencia.

El mar Rojo

Hay un gran cuadro en el centro del salón. Es el mar Rojo. Recuerdo algo que leí de este sitio hace tiempo: no tiene afluentes, mantiene la temperatura entre 26 y 30 ºC todo el año, variando en más menos dos grados, y se supone que se abrió en dos para salvar del yugo de los egipcios al pueblo israelita, guiado por Moisés. Me parece que bien podría ser este lugar narrado en la Biblia porque conecta África y Asia. Pero hay algo que me gusta mucho más de este cuadro. Algo que me callo.

San Fermín

Amiga feliz por la derecha. Posición correcta: tres de la tarde.

—Acabo de recordar que me hice unas fotos contigo en los Sanfermines de 2010. El otro día las vi y les hice una foto con el móvil para enseñártelas en la fiesta. Ven, mira. Estábamos tan jóvenes y tan llenas de vida que me parecieron espectaculares. Como ahora, ¡qué te voy a contar! Por ti no pasan los años… (Sonrisa verdadera).

—Sí, sí pasan, pasan los años y la vida, y mañana puede que nos muramos, o pasado mañana, o lo mismo hoy al salir de esta fiesta me da un infarto de tanto fumar. No sé.

—Anda, tonta, estás mejor que nunca. No has visto cómo te miran todos… con ese tipazo y ese vestido rojo estrecho que te has puesto… Ven aquí, siéntate a mi lado. Mira la foto. Corrimos, ¿recuerdas?, nos tiramos a la calle delante de los toros y corrimos… Fuimos de las pocas que lo hicimos en la vida, pero lo hicimos… No sé ni cómo fuimos capaces. Aunque terminamos con sangre en los brazos y las piernas de no sé quién ni de no sé dónde, pero lo hicimos.

—Porque siempre hemos sido muy valientes. No te lo digo nunca, pero lo pienso, eres la mejor de todas. La más auténtica. Y sí, te quiero.

—Anda, disfruta tu momento, esta fiesta es para ti. Porque yo también te quiero, amiga. Besos. Fin.

Planeta

Alguien ha encendido la televisión. Interesado por las noticias de las doce. Vivimos en un planeta lleno de guerras y de muerte. Gente expira todos los días violentamente. Contra natura. Contra Dios o en nombre de Dios, según el bando que sea… Y vírgenes lloran sangre. Ha habido un atentado. Una camioneta atropella a gente en Londres, gente normal que pasea por un puente, y cuentan que después los conductores se bajaron y fueron acuchillando a la gente en la calle y en un restaurante próximo. Es dantesco. Algunas imágenes se están retransmitiendo casi en directo desde el lugar del suceso. Y yo no veo nunca la tele…

Señales

Las rojas advierten del peligro y del desastre.

Nadie las cambia por verde o azul. Son necesarias. Cumplen una función. Nadie coge un cubo de pintura y comete la imprudencia de hacerlo. Ni por arte ni por locura. Nadie por el momento…

El bolígrafo rojo

Deberían instaurarlo como necesario para todos los aprendizajes. Ver los fallos en rojo te conecta las neuronas. Te ayuda a reconocer los errores de un solo vistazo. Yo soy muy visual. Necesito hacer fotografías mentales de las cosas que estudio. Toda la vida lo he hecho. Creo que la profesora de piano está haciendo bien su trabajo: hace anotaciones en rojo en una libreta sobre los ejercicios mal resueltos del hijo mayor. Sin embargo, el padre observa la escena con desaprobación porque está más preocupado por si su hijo hace el ridículo en público en lugar de que aprenda y avance. Es un amante de la superficialidad extrema. Puede que no fuera una buena idea haber elegido esa pieza, el Concierto para piano n.º 1 de Rajmáninov, incluyendo el violonchelo de su hermana menor. Pero parece que el señor Perfecto le dará una oportunidad. Sólo una…

Sin rojo

—¿Sabes que se me ha ido la regla? Estoy menopáusica —me dice la soltera de oro.

—No me digas…

—Sí, —afirma mientras bebe un sorbito de ron con Coca-Cola.

—¡Pues quién lo diría!, yo te veo estupenda. —La animo. Pero en el fondo se ha puesto redonda, redonda…

—Pues creo que estoy más irascible, malhumorada y desequilibrada que en toda mi vida. Pero ¿sabes otra cosa? He perdido algo más…

—¿El qué, chata? Venga, dime…

—El miedo a vivir y a hablar.

—Me alegro.

***

Suena el teléfono

—¿Qué tal, mi amor, cómo va la fiesta? —Es la voz de él.

—Bien, todo perfecto. Hay mucha gente aquí. Casi todos llevan algo rojo curiosamente.

—Es lo que querías, ¿no?

—Sí. Bueno, fue una sugerencia, en homenaje a la vida, a la felicidad que se trasmite con el rojo. Pero me faltas tú.

—Ya sabes que siempre estoy contigo. Mira en el cenador. Te hemos preparado una pequeña sorpresa, con la ayuda de tu amiga.

—Voy.

Sigo el camino de baldosas rojas hasta un cenador que hay al final del jardín. Allí hay un gran ramo de rosas y una fotografía. En ella puede verse a un hombre mojándose bajo la lluvia. Sin paraguas, con los brazos levantados, mirando al cielo, en un atardecer lluvioso al norte de Australia. Reconozco el sitio porque yo estuve allí con él  y yo hice esa foto. Al girar la imagen leo: «Ven, mójate, siente la vida. No te pongas el paraguas. Disfruta de este momento conmigo. Vive a mi lado esta nueva etapa. Nunca estarás sola. ¿Te quieres casar conmigo?».

Miro el rojo del jersey y siento la belleza del instante. Suspiro. Y veo mucho más rojo en esa instantánea, la pasión de esos labios, el rubor de esas mejilas ante el primer beso, el calor de su piel rozando la mía… Veo el amor en estado puro.

Luego me miro a mí misma, observo las uñas rojas de las manos y de los pies, y me atuso el vestido rojo que me aprieta cada centímetro, y un flash me saca de la realidad. ¡Ay, Dios, el bolso rojo! ¡El bolso rojo está en el coche!

Salgo corriendo, casi volando hacia la entrada, atravieso la puerta de la finca, me quito las sandalias plateadas y corro avenida abajo con los tacones en la mano y llego al coche. Allí está la señal final: han reventado el cristal del copiloto y han robado ese bolso.

 

Ilustración de Paloma Muñoz

 

Y de repente me siento la mujer más desgraciada del mundo. Sólo tengo un teléfono para comunicar la situación: ni llaves de casa, ni llaves del coche, ni documentación. Es el momento más frágil y vulnerable de mi vida. Respiro, cuento hasta diez, grito de rabia, lloro de impotencia, me tiro del vestido y me araño los brazos del cabreo, y sin tabaco… ¡Mierda! Entonces, me recojo el pelo en una coleta, respiro, vuelvo a contar hasta diez, me miro en la luna tintada, sopeso la situación y decido regresar a la casa para servirme un gin-tonic en la fiesta. Todo es material. No voy a permitir que se arruine uno de los momentos más felices de mi vida.

Miro el teléfono y marco su número.

—Sí, cariño, quiero casarme contigo.

Olga Ruiz

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