Aragecko

Aragecko.

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Continuación de “Mucho más que Rojo”

El Amor
Soy feliz. Soy tan feliz que creo que voy a morir. En una explosión de flores me convertiré y de semillas de margaritas, amapolas y rosas llenaré el mundo entero de amor, de amor del bueno, de ese que cantan los poetas, del que hace escribir versos tontos al camarero, al ceñudo funcionario y a las niñas en sus cuadernos de colegio.
Cuadernos de colegio… Poemas en cuadernos de colegio. Junto a las fotos de actores y cantantes famosos se escriben poemas pensados con los dedos, poemas como aquel que Mila le escribió a su novio aquella fría mañana de invierno:
Tu sonrisa.
Tus ojos a medio despertar.
Los besos soñados que mañana quizás volverán.
Tu boca y la mía sin saber por dónde empezar.
Los dedos, nerviosos, que no paran de buscar
y encuentran su destino
en mi puerto, en tu faro y con el mar.
Las ganas, el tiempo de esperar.
No deseo otra cosa que volver a zarpar.

Quién le iba a decir a Mila que pocos minutos después de escribir los versos de amor más entregados y bellos que aquel papel cuadriculado pudo aguantar, que después de descubrir las palabras más tiernas que de tinta se podían crear, después sorprendería al guapísimo de su novio comiéndole la boca al putón de la clase.
No estaban escondidos en algún rincón a salvo de miradas, gozando con el pecado traicionero, no, pues en la misma puerta de la clase se manoseaban y besaban. No pudo ser mayor la humillación de Mila, pero aguantó. Aguantó toda la clase sin rechistar, sin agachar la cabeza, sin llorar. Sentada en su silla obligó a sus pies a no despegarse ni un solo instante del suelo. Sabía que si cedía en el empeño, sus pies y después todo el cuerpo saldrían corriendo para quizás nunca más poder detenerlos, porque sin duda tendrían miedo de que la vergüenza le escupiera su pútrido aliento. Hasta el final de la clase aguantó sentada soportando cuchicheos y las risas de los simios que siempre corean las hazañas del jefe de la manada. Podía oír a la muy puta reírse, pero ella aguantó en clase hasta el final, y cuando ya su exnovio salía le preguntó: <<¿Por qué me haces esto?>>. El muy imbécil le dijo: <<Mira, bonita, nadie sabe cuándo nos vamos a morir, soy joven y voy a aprovechar todas las oportunidades, por si acaso>>. Mi amiga lo miraba como si fuera una figura que lentamente se difumina para luego desaparecer completamente. Ya no veía a aquel chico del que se enamoró de la manera que sólo se puede una enamorar cuando se tienen quince años. El caso es que Mila sólo le contestó: <<Yo no lloraré cuando tú mueras>>. Se dio media vuelta y nos fuimos.
¡Soy tan feliz! Soy tan feliz que temo que no me dejen subir al avión con el ruido tan ensordecedor que hace mi corazón, pues parece un reloj, gigante reloj con carrillón incluido que podría hacer sospechar a la seguridad del aeropuerto que soy una terrorista suicida chechena o algo así. Cuántas explicaciones tendría que dar, qué apuro pasaría mi papá. Y lo peor es que esta situación podría hacerme perder el vuelo a Madrid. Tardaría horas en explicar que es mi exaltado corazón el causante de ese rítmico sonido de viejo reloj. Y más tardaría si me viera obligada a contar el porqué de mi fervoroso deseo de ir a España.

Breve historia de Bibiana
Mi padre, honorable y fiel diplomático de carrera, había desempeñado sus funciones en multitud de lugares defendiendo los intereses de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Tras la caída del muro y posterior disolución de las repúblicas, mi padre pasó a ser un simple funcionario en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Bielorrusia. No le perdonaron que hubiera sido una personalidad destacada del antiguo régimen. Lo curioso era que los que le vituperaban e ignoraban habían sido los más baboseantes y serviles con los amos rusos. Mi padre lo sabía, ellos sabían que mi padre lo sabía y eso aún azuzaba más su rencor. Pero un día todo cambió. Después de diez años sorpresivamente le daban la jefatura de la embajada en España. Mi padre ya tenía cincuenta y dos años y la pena por la muerte de mi madre, al poco de mi nacimiento, había marcado su rostro con una sombra indeleble. Mi padre, hombre profundamente católico, se aferró a su fe para soportar su pérdida y conseguir sacar fuerzas para criar a su hija. Mi padre, hombre bueno y predispuesto a sonreír, acarreaba el peso de una pena que le atenazaba el alma.
Y ahora estaba en el aeropuerto esperando el vuelo a Madrid, con mi padre y mi amiga Mila, a la que había conseguido arrastrar en esta aventura tras convencer a sus padres de que una temporada en España le vendría de miedo para poder olvidar a su último novio, que, como casi siempre, la había engañado con otra. La verdad es que Mila tiene muy mala suerte con los chicos, pero no es menos cierto que parece sentirse atraída de una forma fatal hacia cualquiera que le prometa amor eterno, hacia cualquiera que le diga que la quiere, aunque sólo sea en el fragor de un rápido encuentro. Y es que Mila está falta de amor y no sé por qué. Sus padres la quieren, tiene amigos que la quieren, su simpatía y dulzura hace que todo el que la conozca la quiera. Y yo la adoro como a una hermana, o más. Sin embargo, no es capaz de aceptar que una persona no la quiera, le hace sufrir que a alguien pueda resultarle antipática o simplemente no le guste. Para Mila, quien no la quiere es que la odia, y eso la hace sufrir. No existe la posibilidad de que la quieran sólo un poquito, o que les caiga un poco mal. Mila es para todo o para nada, no hay término medio. Y esto que puede ser en ocasiones virtud y en otras debilidad, se convierte en fatal error cuando los chicos —que tanto le gustan— se dan cuenta de que no puede soportar el rechazo y utilizan esa debilidad para sacar de ella cuanto quieren y, como cuanto quieren se acaba más bien pronto que tarde, se queda hecha un trapo viejo tirado al contenedor. Y se queda acurrucada en su habitación durante días sin querer saber nada de nadie. La consuelo hablándole del amor verdadero, de ese desinteresado y libre de miedos, de amor del bueno, del que se entrega por entero y nunca te falla: amor de Dios. Ella como yo es católica, pero a mí siempre Él me llena, siempre me acompaña y me reconforta. Sin embargo, para ella sólo es refugio en los momentos de tristeza y abandono. En estos busca el consuelo en su fe en las Sagradas Escrituras y en la poesía, siempre la poesía. Ella me enseñó a leer el amor en palabras escritas en español. Su padre fue uno de esos niños de la Guerra Civil española que salieron de su país huyendo de la muerte para refugiarse en la antigua Unión Soviética. Allí creció, allí se enamoró y de ese amor nació Mila. Ella me enseñó español, mi padre me enseñó a Dios y Santa Teresa de Jesús el amor con Dios.
Asistimos juntas al curso de literatura en la facultad de Filología de Madrid. Mila y yo estamos como locas, sobre todo ella, y es que le gustan todos y no para de coquetear con este y con aquel, pues siempre es del último que ve del que dice <<segurísima de verdad de la buena que este es mi amor verdadero>>. Aquí siempre hace sol, la gente es muy amable y nos ayudan en todo lo que necesitamos, sobre todo ayudan a Mila, que entre los chicos tiene un éxito increíble. Yo le digo que no se enamore de todos a la vez, que se controle y no haga ningún disparate, que piense esta vez un poquito las cosas antes de hacerlas. Ella me ha prometido que esta vez va a esperar a que el hombre perfecto aparezca y que está segura de que encontrará el amor de sus sueños. Yo sé que no miente cuando me cuenta todo esto, pero no puede evitar distraer sus convicciones entre los brazos de hombres que a sus oídos susurran palabras que hablan de amor.

Bibiana se enamora
No sé cuándo me enamoré de él. Es odiosa esa obsesión por determinar con exactitud cuándo un corazón se arrebata de improviso henchido de amor. Qué importancia puede tener si me enamoré cuando con palidez enfermiza empezó a leer aquellos versos de amor del Padre Berenguer.

Te ofendo, me amas;
me alejo, me amas;
me pierdo, me amas;
te hago sufrir:
me amas, me amas.
Si yo te flagelo,
si espinas te pongo,
te lleno de injurias,
te cargo la cruz,
te ato con clavos,
te hiero el costado:
me abres la puerta
de tu corazón
y la tromba que arrasa
me inunda tu Amor.

O quizás fue cuando oí su voz pronunciando mi nombre al leer la lista de los veinticinco que formábamos parte del curso de Poesía Española. No pudo ser mi imaginación, pues sentí claramente cómo acariciaba mi nombre, cómo cada sílaba se le escapaba de la boca en forma de besos y, alocados estos, se precipitaban atolondrados sobre mi boca, en los ojos, en los senos. Pero la verdad es que… siempre he estado enamorada de él. Mi vida hasta ahora sólo era un esperar para encontrarlo. El mundo era un escenario donde los actores se movían muy lentamente, de manera casi imperceptible. Sólo después de largo rato me daba cuenta del cambio de posiciones relativas de los personajes en un decorado que sólo muy de cuando en cuando cambiaba. Sin embargo, ahora todo se mueve a gran velocidad: las personas, las cosas y el escenario. Tengo que hacer un gran esfuerzo para no perderme el argumento de este cuento donde, esta vez, la protagonista soy yo.
Apenas hemos intercambiado unas pocas palabras. Me cuesta horrores acercarme a él y hablarle con naturalidad. Yo siempre he sido muy extrovertida, sociable y sin ninguna dificultad para relacionarme con otras personas, ya fueran estas hombres o mujeres, conocidos o extraños. Pero él no es una persona más y cada vez que intento un acercamiento me da la impresión de que, saliendo de no sé donde, aparece de repente sobre mí un enorme letrero luminoso que dice: «Te Quiero». Y claro, con tanta luz fluorescente se me suben los colores y también los calores. Se me pega la blusa al cuerpo y… ¡Dios mío! Pero si hasta tartamudeo, que creo que babeo y parezco tonta de remate y… Me quedo siempre la última en clase a ver si consigo decirle algo coherente, medianamente inteligente, quizás enseñarle algunos de los versos de amor que escribo mientras sueño su cuerpo y… No sé si he dicho que se llama Carlos, que es el profesor de literatura más guapo que jamás alumna alguna haya soñado, que además es escritor, que escribe relatos, cuentos y poemas… poemas de amor. Ha publicado dos libros: Cuentos Invertebrados y Poemas Imposibles. Como él dice de sí mismo: <<No he vendido mucho, pero es que a mí me va el rollo ese de ser un escritor maldito. La otra posibilidad es aún peor, y es que sea otro mediocre maldito escritor>>. Al oír esto me dan ganas de lanzarme a sus brazos, de cubrirle de besos y decirle que… que su poesía me emociona e ilumina, que es precisa, preciosa y emotiva, y es este mundo distraído en miserias y falsos dioses el que no tiene tiempo ni ganas de leer hermosas palabras que elevan el corazón y el alma. Pero no se lo digo, sólo acierto a sonreír e imaginar su respuesta a mi halago.
Cojo lápiz y papel con la decisión entre los dedos y el corazón buscando más espacio en mi pecho anhelante y, como soy incapaz de encontrar el valor o el momento, me conjuro con el amor que siento para llegar a su corazón y me prometo que le escribiré los más hermosos versos de amor que sus ojos amazónicos hayan podido leer. Y entonces, saeteado su corazón por las letras escritas desde el amor, no tendrá más remedio que pedir, suplicar, rogar más amor, pues sólo con más y más amor se alivia ese delicioso dolor. Y ya entre mis manos, lo cubriré de besos, de caricias. Y su boca en la mía, y su lengua atrevida que mi sexo alivia, y su peso que me abriga, que me hace temblar y no es de miedo ni de frío, que estoy prendida a su cuerpo y no quiero caerme. Me agarro con los dientes, con los brazos, con las piernas y… y si sigo soñando nunca terminaré de escribirle los versos de amor más bellos que jamás hayan leído sus ojos amazónicos.

Algo se rompe dentro de Bibiana
Esta noche nos vamos de fiesta, pero no del tipo que a mí me gustaría darme. Es una recepción que el Ministerio de Asuntos Exteriores español organiza todos los años para el cuerpo diplomático acreditado en España. Es un evento muy importante, incluso asistirán los Reyes de España, además de personalidades de la economía, de la política y de las altas instituciones del Estado. Mila está emocionadísima con la idea de codearse con los Reyes, además, dice que es el lugar perfecto para encontrar el hombre de sus sueños, y para estar a la altura de la ocasión se ha comprado un precioso y llamativo vestido. La verdad es que está espectacular, parece una estrella de cine. Yo también me he comprado un bonito vestido de color frambuesa con escote halter que recuerda un poco a aquel que llevó Marilyn cuando lució sus piernas sobre las rejillas de ventilación del metro de Nueva York.
Yo no consigo pensar en otra cosa que no sea Carlos. Mila dice que es normal, que como es la primera vez que me enamoro de un hombre de carne y hueso, de un ser terrenal y no de un dios espiritual, pues claro, todo para mí es nuevo y me parece extraordinario, pero que con el tiempo todo pasará. No me gusta que hable así porque parece como si me dijera que lo que siente mi corazón es algo falso, un engaño con el que mi propio cuerpo, no sé con qué intención, quiere someter a la razón. ¡Normal!, normal me suena a vulgar, corriente, sin importancia. No me gusta que hable así.
Pero antes voy a dar un salto a las estrellas, de hoy no pasa. Voy a lanzarme sin miedo, le miraré directamente a sus selváticos ojos y le diré todo lo que siento. Lo tengo todo preparado, todo.
Le digo a Mila que tengo que ir a hacer unas compras de última hora: unos encargos de mi papa, —en cuanto pueda iré a clase, aunque seguramente llegaré un poco tarde—. Tengo que hacer esto sola, sin nada que me distraiga de mi objetivo. Estoy segura de que Mila me comprenderá y no se va a enfadar por no contarle mis planes.
Me pongo guapa. Me cambio tres veces de vestido, luego unos pantalones vaqueros y una camiseta me parecen más adecuados, al final me decido por una falda de tablas por encima de la rodilla y una camisa blanca. Me maquillo con dificultad, pues el pulso me traiciona y me cuesta horrores pintarme los labios. Estoy tan nerviosa como una colegiala enamorada, ¡qué tontería! Soy una universitaria enamorada.
Me dirijo al despacho de Carlos una media hora antes de empezar las clases. Recorro los largos y vacíos pasillos donde no escucho otra cosa que mi acelerado corazón. Camino muy deprisa y, cuando al fondo veo la puerta de su despacho, me doy cuenta de que estoy sudando. Sudo por la frente, por los brazos, por el pecho resbalan gotas empapando mi camisa blanca que se pega al cuerpo y marca con evidente obscenidad mis senos. Creo que me va a dar un ataque de nervios. ¡Cómo voy a entrar con esta pinta si parece que vengo de jugar un partido de futbol! ¿Por qué me pondría esta camisa? ¿Seré tonta? ¿Y ahora qué hago? «Tranquilízate, tranquilízate, por favor», me digo mientras respiro profundamente. A mi derecha se encuentran unos aseos y allí entro. Me quito la camisa, me echo agua en la nuca, en los brazo y me miro en el espejo. No puedo evitar echarme a reír cuando me veo reflejada en el espejo. Seco la camisa en el secador de manos, me paso una toallita húmeda por los sobacos, arreglo los desperfectos producidos en mi maquillaje y me vuelvo a pintar los labios. Me vuelvo a mirar en el espejo y ¡conseguido! En apenas cinco minutos he podido recuperar mi autoestima y la compostura. Ya estoy lista.
Apenas diez pasos me separan de su puerta. Ya no estoy nerviosa. Sé lo que quiero, tengo el valor necesario para tomar la vida en mis manos y no me da miedo, no me da miedo nada, nada. Ni siquiera pienso en la posibilidad del rechazo. Sé que es mi amor verdadero, que este amor que siento no es ningún invento de la mente, ni una debilidad del cuerpo. Sé que es amor del bueno y seguro que él lo siente como yo recorriendo su organismo, buscando una salida, un lugar común de encuentro donde fluya y el único cauce sea mi cuerpo.
Apenas tres pasos y… ¿Y si no está? Este pensamiento echa por tierra toda la seguridad tan precipitadamente construida. Me tranquilizo de inmediato al ver la puerta ligeramente abierta y oír como un susurro. Pero esta tranquilidad apenas dura una fracción de segundo. De repente se agolpan en mi cerebro multitud de situaciones que pueden hacer fracasar mis planes. ¿Y si está reunido con otros profesores o con otros alumnos? Y si… Me acerco sigilosa como una espía, acerco el ojo a la pequeña hendidura que separa el marco de la puerta y… solo consigo ver una librería que ocupa toda la pared. En ese momento oigo cómo caen algunos objetos al suelo y el arrastrar de una silla. Con mucho cuidado abro un poquito más la puerta y lo primero que veo es un amplio ventanal por el que el sol de verano penetra sin compasión. De nuevo algo se arrastra, pero esta vez debe de ser algo mucho más pesado, como una mesa o un armario; después, un quejido dolorido. El miedo inunda mi cuerpo, pienso que quizás un infarto, quizás un robo y los ladrones le han malherido, quizás… Abro la puerta precipitadamente y…

Ilustración de Rosa García

Es un monstruo, un extraño animal imposible de imaginar. Sus ocho extremidades y el pelaje negro que recubre gran parte de su cuerpo me recuerdan a una araña, pero otra parte de su cuerpo contradice mi primera impresión, pues es brillante y, además, sus dedos se pegan como ventosas a todo lo que tocan.Me ha costado un poco, pero no me estoy volviendo loca. Sé lo que ven mis ojos, aunque mi mente se niegue a entenderlo: unas piernas peludas, un culo calvo abrazado por unas piernas de mujer se balancea rítmicamente mientras su dueño resopla como si sus pulmones no resistieran el esfuerzo que realiza. Sobre la mesa una mujer arquea su espalda mientras de su boca salen obscenas incitaciones y gemidos. No reconozco en ese monstruo repugnante al hombre del que me he enamorado, pero a ella sí la reconozco.

Bibiana se equivoca
Estoy sentada en mi silla esperando que empiece la clase. Todavía faltan cinco minutos y… el amor de mi vida, el único hombre al que he amado aún no ha llegado. Mila, mi mucho más que amiga, mi hermana querida, tampoco está aquí.
Me está pasando algo raro, soy consciente de ello pero no puedo evitarlo. Tengo el cuerpo bloqueado, no puedo moverme de mi sitio, un peso gigantesco me oprime todo el cuerpo hasta el punto de que creo que voy a implosionar. No oigo los sonidos con claridad, sólo un tumulto de voces indescifrables. Alguien me saluda e intento contestar, pero no puedo abrir la boca, tengo la mandíbula agarrotada y me doy cuenta en ese instante de que me duele y que tengo sabor a sangre en la boca. Creo que voy a morir, me falta la respiración y un sudor frío se desliza por mi frente, por la espalda y el pecho. Todo mi cuerpo se deshace, pronto seré sólo un charco en el suelo. Lanzo una mirada de socorro a un chico que ni siquiera me mira, entretenido como está en concentrarse en mantener la lengua dentro de su boca abierta. Mila acaba de entrar en la clase, está deslumbrante, sonriendo y seduciendo a todos. Es feliz y no la perturban sentimientos ajenos. Estoy a punto de vomitar cuando sus ojos me miran y casi corriendo me abraza y me dice: <<Soy tan feliz, tan feliz, estoy segura de que hoy es mi gran día, seguro que esta noche, en la fiesta, encuentro al hombre de mi vida>>. Llena de… Me siento llena de odio, de ese odio que todo lo cubre con su olor pestilente y se derrama sobre el cuerpo como lluvia de cristales rotos. Y mi mano que aprieta con todas sus fuerza un bolígrafo. Y mis ojos que ven su yugular inflamada. Y los diente que crujen, los labios que aprietan sin poder evitar dejar escapar un hilo de sangre y… La puerta que se abre dejando pasar al repugnante fornicador que comienza inmediatamente a recitar un poema de amor, amor, ¡repugnante amor de mierda! Y se ríe y gesticula como un bailarín borracho. Y oigo risas que se me clavan en el alma; sin duda se burlan de mí. Soy tan ridícula, tan grotescamente idiota. Siempre se han reído de mí, he necesitado esta bofetada de realidad para darme cuenta de la verdad.
Al acabarse la clase se produce un pequeño tumulto alrededor de la puta que sonríe enamorada como está de sí misma, encantada de su poder sobre la tropa. Otros y otras se arremolinan en torno al miserable cabrón y yo aprovecho el caos para huir de allí, para escapar a no sé dónde y esconderme de esta repugnante gente que me revuelve el estómago.
Sola en mi habitación me miro en el espejo y no me reconozco. No es que lo que me ha ocurrido haya modificado las facciones de mi rostro. Tampoco es que no reconozca en la persona que me mira del otro lado del espejo a la misma chica que muchas otras veces se peinaba o maquillaba ante él. Lo que ocurre es que ¡no recuerdo mi cara! Me miro en el espejo y sé que soy yo, pero, apenas aparto la vista la imagen de mí misma se desvanece de inmediato. Así una y otra vez. Corro hacia la cama y me escondo bajo sus sábanas. Lloro aferrada a la almohada y sé que voy a morir.
Me despierta mi padre, ya bien entrada la tarde, con bromas sobre mi afición a dormir, que si soy una marmota, que si ya estamos en verano y tengo que abandonar la hibernación, que ya es muy tarde y… En ese momento entra Mila con su vestido nuevo, excitada, casi enloquecida, y cogiéndome de las manos me urge a levantarme, pues apenas queda una hora para ir a la fiesta.
Ella ya lleva puesto su llamativo vestido de noche, está maquillada y peinada, y sólo le falta por ponerse los zapatos de tacón. Por eso se pone de puntillas para jugar con mi padre, en mi habitación, a que bailan un vals en el Palacio Real. Papá se pone colorado y la mira deslumbrado. ¡Mataré a esta hija de puta, la mataré!
Estamos en la fiesta y yo no entiendo nada, gente desconocida pasa a mi lado y me saluda. Yo les sonrío, creo. He perdido a mi padre entre alguno de los corrillos que se han formado. No puedo dejar de mirar a Mila. Sólo puedo mirarla a ella. Mis pies están clavados al suelo mientras ella baila, ella coquetea, ella se ríe. Lleva más de una hora hablando con un tipo vestido de militar, juega con él, lo toca discretamente y se ríe, se ríe sin parar. De repente me ve y sale corriendo en mi dirección. Me abraza, me besa y me cuenta que ha encontrado al hombre de su vida, que esta vez sí que es el amor verdadero, y me pide que le dé suerte y un poco de dinero. Además, quiere que le cuente a mi padre que se quedará a dormir con unas amigas o algo así, que esta noche será especial, muy especial. Le doy el dinero, pero no le deseo suerte. La verdad es que ninguna palabra sale de mi boca, pero ella no se da cuenta porque ya está corriendo en busca de su amor verdadero. Le da un beso discreto y le dice algo al oído, después, se va corriendo. Aprovecho el momento: yo también sé hacerlo. Le pagaré con la misma moneda. Quiero que ella pase mis mismos tormentos.

Continuará…

Juan Ramón Lorenzana

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: