¡A por ellos!

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Género: Fantasía urbana

Rating: +13 años

Este relato es propiedad de Olga Besolí. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¡A por ellos!

—¡No hay de qué tener miedo! —le increpó.

—¡Que no, que me lo dejo y ya está! Estoy harto de tratar con ellos. ¡Son insoportables!

—Pues dicen que el cliente siempre tiene la razón.

—¡Qué fácil es decirlo desde la comodidad del almacén! —le contestó con amargura—. Tú estás aquí a tus anchas, sin tener que vértelas con el cliente. Si yo fuese tú, también llevaría una eternidad en la empresa. Pero no es el caso. Yo trato directamente con él y me expongo a quejas, abusos y demás —dijo tocándose la cicatriz de la oreja—. No, tú no tienes ni idea de cómo está el patio allá afuera. Si lo supieras no me dirías eso.

El encargado del almacén dejó en el estante la caja que llevaba en las manos y, desde arriba de la escalera, lo miró enfadado.

—Oye, sin faltar al respeto, que yo no siempre he trabajado en el almacén. Este, amigo mío, es un privilegio que se gana con la edad. Empecé en la empresa en atención al cliente, como tú. Y tengo que reconocer que a mí me gustaba. O eso creo recordar.

Y dicho esto se atusó el bigote y empezó su lento descenso por la escalera de mano. Ya a pie de tierra abrazó a su joven amigo y se lo llevó a la vieja mesa que les esperaba con sus dos sillas carcomidas. Un suculento surtido de quesos destacaba a modo de centro.

—Vamos, al menos come algo.

El joven royó un trocito de parmesano sin hambre. Su cabeza era un torbellino de sensaciones mezcladas de angustia, pavor, impotencia y arrepentimiento. Las imágenes de lo sucedido lo perseguían como sombras y se introducían en sus sueños. Cuando una gota de sudor frío cayó sobre su plato, intentó huir de sus propios pensamientos.

—Y si el trabajo en atención al cliente era tan bueno, ¿por qué lo dejaste? —dijo, arrepintiéndose casi de inmediato del tono utilizado.

El otro casi se atragantó por la inesperada pregunta. Escupió una pequeña bola de mozzarella y respondió:

—Yo no he dicho que fuera un trabajo bueno, el trato con el cliente nunca lo es, y soy consciente de que el turno de noche tiene sus riesgos como todo, pero de eso a ponerse a temblar cada vez que atisbas a un cliente a la distancia hay un abismo. Claro, que yo no he pasado por lo que tú.

—No, claro que no.

—En mis tiempos los jóvenes éramos unos atrevidos, no le temíamos a nada. O quizás era inconsciencia, no lo sé. Pero cumplíamos la labor que nos encomendaran sin quejas, fuera cual fuera.

—Pero ¿por qué lo dejaste?

—Y no lo dejé. Si quieres saber la verdad, un día me trasladaron aquí sin darme explicaciones. Fue como una especie de prejubilación, o reubicación, o algo así. Tampoco es que sea muy importante cómo los jefazos le llamen a esto. La cuestión es que me retiraron del público y me metieron aquí, en este almacén. Supongo que por culpa de todo eso del marketing y de la imagen corporativa. Yo ya soy perro viejo y barrigón, y para la calle necesitan jóvenes apuestos que den la cara.

—Para que se la partan. ¡Si vieses cuánta agresividad hay! A la que te descuidas te dan con la puerta en las narices, o peor. Incluso se cuenta por ahí que hubo uno al que atacaron a escobazos. Tuvo que ir al hospital, todo magullado.

—Eso es una leyenda urbana. No te creas todos los rumores que circulan por ahí. Además, por cada cliente descontento hay cien que quedan satisfechos. Y también depende de la gracia y agilidad de cada uno. No todos valen para el puesto. Yo, sin ir más lejos, nunca tuve un enfrentamiento con ningún cliente, y mira que de visitas a domicilio, en los quince años que estuve en tu puesto, hice unas cuantas…

—¿Nunca?

—¡Nunca! Pero come, que te hará bien.

—Es que no tengo hambre. Pues en los seis meses que llevo en la empresa ya he tenido tres encontronazos. Y en dos he tenido que salir por patas. El tercero, bueno, ya sabes lo que sucedió. La clientela se ha vuelto agresiva y maleducada, se cree que tiene la razón en todo y está acostumbrada a exigir que las cosas se hagan a su manera y no según las normas de la empresa. Y lo malo es que suele salirse con la suya. No escucha y no se puede hablar con ella. Y así no hay quien trabaje.

—Quizá llevas un poco de razón. En mis tiempos todo era más tranquilo y el cliente confiaba en ti, se dejaba hacer y con eso obtenía más de lo que quería ¡y todos contentos! Ellos salía ganando y la empresa también. No eran tan ambiciosos como ahora.

—¿Ambiciosos? ¡Ambiciosos es poco! ¿Cuántas quejas ha habido al día siguiente de la entrega? ¿Cuántas devoluciones? ¿Cuántas reclamaciones de dinero?

—Muchas, supongo.

—Exactamente doce mil trescientas catorce en lo que va de mes, según me dijeron de contabilidad. Y esta situación no es viable. O nos falla el producto o el verdadero problema está en la relación con nuestros clientes.

—Sé a lo que te refieres. Tú, como todos los jóvenes, ansías que haya cambios en la empresa, que se modernice y que adapte sus productos a los nuevos tiempos. ¡A que estabas pensando a invertir en tecnología! ¿Me equivoco? Pero tienes que saber que aunque grande, enorme diría yo, esta empresa sigue siendo familiar y muy tradicional, de las que apuestan por el trabajo directo, personal, sencillo y artesanal. Y eso no va a cambiar. No mientras el señor Pérez siga al mando de la empresa.

—O hasta que hunda la empresa por una mala política de gestión.

—Pues nos hundiremos con ella a mucha honra y pasaremos a engrosar la lista del paro.

—Claro, por lo que te queda a ti…

—A ti debería preocuparte menos que a nadie. ¿No quieres dejarlo? Pues si la empresa quiebra lo tendrás todavía más fácil ¡Fíjate! Yo no querría dejarlo por nada de este mundo, me encanta mi trabajo aquí, en el almacén y, sin embargo, no me preocupa en absoluto que todos nosotros desaparezcamos. He visto cosas peores en mi vida.

—Yo también —dijo el joven acariciándose la cicatriz.

—No puedes dejar de pensar en ello ¿verdad?

—¿Cómo olvidarlo?

—Deberías. Es poco probable que vuelva a sucederte algo así. ¿Quieres más queso o recojo ya la mesa?

—No, yo ya estoy. Gracias por la cena.

—De nada. Darte de comer a ti es como alimentar a un pajarito. Si sigues así te quedarás en los huesos.

El viejo, con la parsimonia que lo caracterizaba, empezó a recoger todos los bártulos de la cena y los restos de comida. Mientras, el joven, como hipnotizado, no podía dejar de contemplar el reloj de la pared, cuya saeta larga miraba al suelo.

—Sólo me queda media hora para empezar mi turno y ya me estremezco sólo de pensarlo.

—Tu problema es que le das demasiadas vueltas a la cabeza. ¿Que los tiempos son difíciles? Pues sí. ¿Que el trabajo es un asco? También. Pero es lo que hay. Y es lo que tú mejor sabes hacer. Debes pensar en positivo. Lo que te ocurrió no te volverá a pasar. Y hay clientes buenos que contratan nuestros servicios y a los que les gustan nuestros productos. Y a ellos no podemos decepcionarlos. ¿Qué probabilidad hay de que vuelvas a encontrarte cara a cara con un psicópata que te encierre con su mascota asesina? ¿Y quién demonios tiene a una jodida serpiente como mascota? ¡Nadie! Y a ese hijo de puta la empresa lo va a hundir a querellas y, de momento, ha roto relaciones con él. —Y diciendo esto se acercó y le miró directamente a los ojos—. Mira, campeón, tú eres muy bueno en tu trabajo y tienes un futuro prometedor. No puedes ni debes abandonar ahora.

—Pero tengo mucho miedo.

—Lo sé. Y deberás afrontarlo para seguir adelante. Piensa en tus mejores clientes. ¿A cuántos has dejado satisfechos?

—A muchos.

—¿Y no vale la pena seguir por ellos?

—Sí, pero están los otros.

—¡A los otros que les zurzan! En cuanto veas un atisbo de peligro, sales cagando leches y te limitas a redactar un informe para la empresa.

—¿Sin entregar el paquete?

—Sin entregarlo.

—¿Y sin cobrarlo?

—Bueno, si puedes lo cobras, pero sin riesgos. Y si no te da tiempo, que le den también a la empresa. Para eso hay un seguro que lo cubre todo. Lo importante eres tú, y luego, en un segundo plano, están los clientes buenos. Los otros no les importan a nadie.

—¡Pero es que no hay manera de saber qué cliente es bueno y cuál no hasta que es demasiado tarde! Todos parecen iguales al principio.

—De acuerdo, machote, digámoslo así: los buenos son aquellos que permanecen tranquilamente dormidos. A la que se agiten, murmuren en sueños o abran un ojo, echas a correr y los mandas a la mierda.

—Es que últimamente duermen como gatos, cualquier ruido los despierta.

—¡Coño, no compares, que son sólo niños! ¡Me gustaría verte a ti lidiando con gatos!

En ese momento el reloj de la pared tocó las diez en punto de la noche y al joven se le rizaron los bigotes.

—Es la hora. ¿Qué hago? —preguntó temblando.

—¿Pues qué vas a hacer? ¡Ir a por ellos y cumplir con tu trabajo!

—¿Pero y si…?

—Y si nada. ¡Ánimo, que tú puedes! Todo saldrá bien. Es sólo una noche más.

—Está bien, lo haré, pero sólo por hoy. Una vez más, una sólo, esta noche. Mañana lo dejo.

—De acuerdo, tú ganas. Sólo por esta noche, una única vez. Y mañana hablamos de tu renuncia. ¿Te parece?

—¡Uff! Vale.

—¿Estás preparado?

—Creo que no.

—¡Eh! Mírame a los ojos y confía. Sí que estás preparado, por supuesto que lo estás.

—Sí, vale, estoy preparado.

—¡Así me gusta, valiente! Porque ¿qué eres?

—Yo soy…

—¡Un valiente, coño, un valiente! ¿Y qué vas a hacer esta noche?

—¿Sobrevivir?

—¡Vamos, joder! ¡Esos ánimos! Grita conmigo: «¡Esta noche voy a hacer mi trabajo!». ¡Vamos, grítalo!

—¡Esta noche voy a hacer mi trabajo!

—¡Porque es lo que mejor sé hacer!

—Sí, ¡Y soy un gran profesional!

—¡Bravo! ¡Así me gusta! Porque ¿para quién trabajamos?

—¿Eh?

—Contesta, soldado, ¿para quién trabajamos?

—Trabajamos para el señor Pérez.

—¿Y quiénes somos?

—¡Somos el ratoncito Pérez!

—Y ¿qué hacemos?

—¡Cambiar dientes por regalos!

—¡Pues al ataque, muchacho, corre a por ellos!

Una vez que el joven ratón se fue corriendo, la vieja y cansada rata de almacén se sentó en silencio a la mesa. Se sentía orgulloso de su amigo pero, poco a poco, una intensa sensación de inquietud y una inmensa tristeza se iban apoderando de él. Miró el reloj, que marcaba las diez y cinco, y cuya manecilla corta debería dar otras ocho vueltas antes de que su amigo terminase su turno y se encontrara a salvo de nuevo.

Ocho horas de dura jornada laboral acababan de iniciarse para él, no exentas de peligros. ¿Qué niños le aguardarían al pequeño ratoncito Pérez esa noche? ¿Cuántos de los que duermen placenteramente y reciben su regalo con alegría a la mañana siguiente? ¿Cuántos de los que lloran y patalean porque no recibieron dinero a cambio de su diente? ¿Cuántos de los que se despiertan repentinamente, te gritan y te lanzan objetos? ¿Y cuántos de los que permanecen agazapados en un rincón oscuro de la habitación, armados y a la espera, preparados para darte caza y torturarte?

—Pobrecillo —dijo finalmente, soltando un gran suspiro.

Olga Besolí

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