El Miedo

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Continuación de “Aragecko”

El Miedo.

Sentada tras mi mesa me sorprendo llorando una vez más. Yo antes nunca lloraba y ahora… ahora cualquier contrariedad inunda mis ojos que, sin poder evitarlo, dejan que las lágrimas se suiciden torpemente deslizándose por las mejillas hasta la boca para luego, tras una breve duda, desprenderse en caída mortal hasta el suelo. Y ahora me da por reírme, y llorar y reírme a la vez, al recordar cómo nos divertía a Nerea y mí aquel anuncio. No recuerdo qué pretendían vender, pero sentadas en aquel sofá de nuestro primer año juntas donde abrazadas bajo una protectora manta hablábamos, tomábamos café, veíamos la tele y aquel anuncio en la televisión. Un chico feísimo escuchaba música romántica, de esa que a todos nos gusta pero que casi nadie es capaz de reconocerlo públicamente, y el chico feísimo estaba de un triste y un melancólico que daba pena. En eso que ve —no recuerdo bien si era una mariquita o un escarabajo pelotero— cómo el escarabajo mariquita se tropieza y acaba patas arriba, incapaz el pobre, por más que lo intenta, de darse la vuelta. El encantador feo que lo observa en su accidentado caminar se echa a llorar desconsoladamente. Toda esta triste historia sucede en apenas veinte segundos mientras suenan de fondo las más empalagosas y maravillosas canciones de amor para acompañar el incesante lagrimeo de aquel maravilloso feo. Recuerdo que Nerea lloraba siempre con ese anuncio. Y yo me reía y bebía sus lágrimas, lamía sus ojos y ella lloraba y gemía. Comía su boca y su nariz. Sus orejas eran mías al igual que sus gemidos, que ya no eran de pena sino de amor y gozo. Pero ahora soy yo la que no puede parar de llorar, nadie besa mis lágrimas, nadie lame mis heridas. No puedo parar de llorar, no puedo parar de llorar.

Alguien se acerca, oigo pasos pesados por el casi siempre silencioso pasillo que conduce a la sala de autopsias, justo antes está mi despacho. Alguien se detiene ante mi puerta y saca un cigarrillo y lo enciende. ¡Será imbécil! ¿No sabe que no se puede fumar aquí? Solo puede ser el idiota del teniente Linares. Solo él viene aquí a recoger los informes forenses, es inútil que le diga una y otra vez que se los enviaré por intranet a su despacho. Es el último de una especie en extinción y me ha tenido que tocar a mí soportar su patético final. ¡Pero no se dará cuenta de que el cristal esmerilado que no deja ver el interior permite desde mi posición ver claramente el perfil desdibujado de su desdichado cuerpo! ¿Y este dicen que fue uno de los mejores? Sería hace mucho tiempo, mucho antes de que el alcohol que ahora ya rezuma por sus poros hiciera de él el ridículo monigote que es ahora. ¿Y este es el encargado de encontrar al asesino de la hermosa muchacha que descansa en la nevera? Pero si este hace años que no es capaz de encontrarse el pene dentro de su bragueta. Como no se tropiece de morros con el asesino y este no se entregue voluntariamente, la justicia se puede ir dando por violada, apaleada y tirada a la cloaca una vez más. Y otro asesino que podrá respirar tranquilo y otra chica que, tarde o temprano, caerá bajo sus zarpas.

Solo se decide a entrar cuando por fin termina el maldito cigarrillo y lo tira al suelo. ¡Se creerá que esto es uno de esos prostíbulos que frecuenta! Me saluda sin mirarme y me pide el informe de la chica muerta, y una vez más le digo que se lo he enviado a su correo electrónico. Su única respuesta es quedarse como atontado mirándome con la boca entreabierta en una mueca que podría ser una sonrisa. Por un instante se instala en mi cerebro la idea de que el teniente podría encajar con el perfil tipo de un asesino de mujeres. Como un calambre recorriendo mi columna vertebral el miedo alcanza mi razón. Solo se disipa cuando en sus ojos creo ver la mirada triste de un niño que lleva mucho tiempo enfermo, de un niño que ya ha visto la muerte. ¡Qué tonta soy! Mi ansiedad, el estrés y quizá la depresión me hacen pasar sin pausa ni transición lógica de la alegría al miedo, seguido de la rabia y después a la tristeza. Sin duda esos ojos enrojecidos y húmedos del teniente son culpa del poco dormir y del mucho beber, o del tabaco, o de un puto glaucoma, ¡yo que sé! Solo quiero que se vaya y me deje aquí, sola, regodeándome en mi dolor, es solo mío y me hace mucha compañía. Es lo único que me queda de Nerea. Nerea, ¿dónde estás?

Se va como vino, arrastrando los pies y algo mucho más pesado que no alcanzo a ver.

Me voy a casa. El día ha sido muy duro y todavía me queda saber si al abrir la puerta la encontraré, como otras veces, sonriendo y preparando algo para comer. Contando historias de gente que no conozco y que ella habrá conocido la noche anterior, aunque ya sean superamigas y… y tanto hablar para no decir por qué otra vez desapareció sin avisar para luego volver como si nada hubiera ocurrido, como si hiciera apenas cinco minutos que nos hubiéramos visto. Pero esta vez no, esta vez no le rogaré que me diga a dónde ha ido, qué ha hecho o por qué no me ha avisado de su partida. Esta vez no se arreglará todo jurándome amor eterno y con un muy bien ensayado arrepentimiento. Me lo ha hecho ya tantas veces.  Pero esta vez no.

Giro la llave con miedo, me tiembla la mano y me juramento para no llorar, sobre todo para no llorar. ¡Pase lo que pase no pienso llorar! Si ha vuelto como si no, debo poner fin a esta agonía. Si la casa está vacía, así se quedará, me iré para nunca regresar. Sacaré mis cosas, apenas un par de maletas serán suficientes, entregaré las llaves a la propietaria y que se quede con la fianza si Nerea no vuelve o no se hace cargo del alquiler. Que ya está bien de que no se responsabilice de nada, y eso también es culpa mía. Yo me hacía cargo de todo porque ella se calificaba a sí misma como un alma libre y esas cosas de las facturas, las obligaciones y horarios eran cosas de las personas que se arrastran por la vida. Ella aspira a tocar el cielo con los dedos, a volar libre entre las nubes. Pues que viva, coma y duerma entre ellas si no es capaz de pagar el alquiler, que de mí ya no sacará nada más. Y si está… Si está, debo ser fuerte y decirle sin tapujos que lo nuestro se acabó, que nuestras vidas desde hace tiempo siguen rumbos diferentes, que ella es como es, que yo soy como soy, que el tiempo, la vida, no sé, pero… ante todo no debo llorar.

El pasillo está a oscuras pero no enciendo la luz, no quiero ver mi reflejo en los espejos y que la soledad pueda asomar su cabeza por encima de mi hombro enseñando su burlona sonrisa. Nada en el salón, ni en la cocina. En el cuarto de baño está todo igual que lo dejé esta mañana.

En el cuarto de baño ya no puedo más. No puedo evitar mirarme en el espejo y llorar. Sé a ciencia cierta que lloraré ya para siempre, que jamás mis lágrimas se acabarán, que… Me doy mucha pena, mucha pena, y ya no lloro por ella, lloro por mí, por aquella niña que un día fui y que quería ser feliz. Lloro por esa niña que creía que ser feliz era tan fácil como respirar, que solo había que vivir y dejar que ese amor que fluye por doquier se pegara a la piel y entonces se filtraría por los poros hasta llegar al flujo sanguíneo y de allí se distribuiría por músculos, huesos y órganos que disfrutarían de ese néctar de placer y reaccionarían gustosos al amor y… Yo era una niña, era una niña feliz.

Y ante el espejo una mujer que no puede dejar de llorar, que no dejará jamás de llorar. Una mujer que se desnuda y su cuerpo le da pena. ¡Me recuerda tanto al de la chica muerte!

¡Por qué no estaré muerta, bien muerta y enterrada! Quiero mor… Un ruido, y seguidamente mi visión periférica detecta un movimiento en la puerta del cuarto de baño. Me invade primero el miedo, luego la sorpresa que, inmediatamente, se difumina para dejar más espacio, pues todo el cuarto de baño no es suficiente para albergar tanto odio a punto de estallar.

En casa de Elena

Llueve y hace frío. No recuerdo la última vez que hizo sol en esta maldita ciudad. Quizás ayer, o tal vez no. Me he ido de la comisaría sin pasar por el despacho del Hijoputa. Esta vez no lo he hecho a posta, lo que pasa es que tengo que hacer algo urgente.

Ante un antiguo edificio del centro de la ciudad me detengo absorto. Está lleno de luz, de mármol, de acero inoxidable. Dos escaleras a derecha e izquierda parecen abrazar a un ascensor de los de antes, de esos que tenían rejas correderas y se podía ver el nervio del que pende su ser. Es un antiguo edificio restaurado y abrillantado para los ricos de siempre y los que no siendo de siempre ahora sí pueden y quieren recuperar el tiempo y perder la memoria. Un portero con su disfraz de portero y con aires de capitán general de todos los ejércitos me indica con gestos tan inequívocos como despreciativos que no soy bien recibido aquí. Al enseñarle mi placa sufre una inmediata transformación, no solo en su actitud gestual y en su lenguaje, que podría ser entendible, sino que muta incluso su anatomía. De inmediato, el largo y estirado servidor de sus amos se encorva, los hombros se le caen pareciendo que con las manos podría incluso tocarse los tobillos. Los ojos parecen hundirse y humedecerse, una sonrisa apenas perceptible esconde torpemente unos dientes pequeños y afilados diseñados para roer secretos. Me abre la puerta recitando una cansina y falsa retahíla de disculpas mezcladas con halagos y referencias al tiempo tan horroroso que hace hoy que <<me ha impedido reconocerle empañados como están los cristales de la portería>>. La verdad es que estoy mucho peor que cuando le detuve la primera vez. Han pasado diez, quizás quince años, y la verdad es que parezco un pordiosero buscando un lugar seco y caliente donde pasar la noche. Él ha prosperado, en cambio, yo soy un hombre en derribo, pero como no desaparezca de su cara esa estúpida sonrisa le voy a hostiar aquí mismo.

Fredi, que así se llama el portero, aunque aquí, según dice él, todo el mundo le llama don Alfredo, me invita a pasar al exiguo apartamento al que se accede directamente por una puerta detrás del mostrador de su portería. Nos tomamos unas copas y empieza a relajarse. Le pregunto por Esther y su novia, y su envenenada lengua se desliza alegre en la ensalivada boca. Me cuenta lo que sabe con el estilo que yo recordaba en él, con todo lujo de detalles, unos irrelevantes, otros curiosos y todos aderezados con rumores, insinuaciones y mucha mala baba. Me despido de él con la promesa de volver a hacerle una pronta visita y me dirijo al piso donde viven Esther y Nerea. Fredi hace mil y una reverencias acompañadas de palabras que cuentan mentiras sobre lo mucho que le apetecería volver a hablar conmigo, que esperará ansioso una nueva visita y lo encantadísimo que está de poder ayudar a la policía en todo lo que pueda. Solo sus dientes, asomando entre sus grises labios, desvelan sus deseos de rata.

Tercera planta, letra C. La puerta entreabierta y las luces apagadas. ¡Aquí pasa algo! No pierdo más el tiempo y entro empuñando mi arma. Primero un pequeño recibidor que da acceso a un largo pasillo. A derecha e izquierda puertas y cuando voy a entrar en la primera me sobresalta un grito roto que llega desde el fondo de aquel oscuro pasillo. Lo recorre en apenas tres segundos y me sobra uno para imaginarme a Esther siendo atacada por algún degenerado hijo de puta que pretende violarla, y entonces yo que le pego un certero tiro y Esther que me abraza, que me mira agradecida y me besa y… Llego hasta un dormitorio iluminado solamente por la luz que se escapa por otra puerta situada a mi izquierda. No escucho nada y amartillo el arma. Después un llanto ahogado de mujer. Al asomarme a la habitación puedo ver… Está desnuda, de rodillas en el cuarto de baño con la cara escondida entre las manos, llorando sin consuelo y llena de frío y miedo. Ella se da cuenta de mi presencia y me mira.

Me escupe y me grita. No tiene pudor o tal vez no se ha dado cuenta de que está desnuda. No sé exactamente lo que me dice porque solo escucho un eco lejano y mi corazón galopando a punto de reventar. El estrés de entrar en una casa empuñando un arma y el ver a Esther llorando arrodillada en el baño me ha agitado sobremanera el corazón. El ruido de mi cabeza empieza a desaparecer, el corazón poco a poco se tranquiliza —hoy no me moriré de un infarto, mañana quizá tenga más suerte—. Escucho ahora algo parecido a <<cerdo degenerado de mierda>> y luego Esther, que mira de soslayo a su izquierda como intentando que yo no me dé cuenta de algo. No sé lo que pretende o ha visto, pero su mirada ha cambiado. Creo que debería decirle lo que hago en su casa o al menos decir algo, lo que sea, pero no me salen las palabras. Ahora la rabia bañada en lágrimas se ha transformado en ojos ardientes, en decisión asesina. Se abalanza sobre sus ropas tiradas en el suelo junto al retrete y coge su arma.

Me apunta. Ahora oigo perfectamente como dice: <<Te voy a matar, hijo de puta>>. No reacciono, estoy demasiado ocupado soñando con morir entre sus manos. Me parece un bonito final. Ya que nunca anidará su pecho entre mis brazos estaría bien morir a manos de ella, que sean sus ojos lo último que vean los míos, que sea su cuerpo mi último recuerdo y luego… se me escapa sin querer un <<yo no soy tu enemigo>>. Para luego decir muy despacio, mientras tiembla su revólver, la mano y el dedo en el gatillo: <<Busco a tu novia. Ella conocía a la chica muerta>>.

Buscando a Nerea

Esta pena me oprime el alma, me aplasta contra el suelo y apenas me deja respirar. Nerea ha desaparecido y me sorprendo suplicando a Dios que se haya ido con alguna chica con la que se haya encaprichado. Pero no puedo evitar que me invada una terrible certeza: <<Estoy convencida de que Nerea está muerta>>.

He intentado matar al teniente Linares y después me he pasado la noche hablando con él. Me ha dicho que, al parecer, Nerea estaba matriculada en un curso de poesía española al que también asistía la chica a la que he hecho la autopsia esta mañana. Yo sabía, le dije, que su penúltima vocación había sido la de ser escritora, aunque más bien dirigido hacia el guion de películas y series de televisión. <<Lo mío es el mundo del espectáculo>>, me dijo aquella vez. Pero ya para entonces yo sabía que esa última afición se terminaría en cuanto la chica que ahora era el centro de sus desvelos se dejara amar o rechazara sus proposiciones. Entonces, tanto en un caso como en el otro, pronto el hastío anidaría en su corazón, a este le seguiría el desánimo y el remordimiento hasta que nuevamente una sonrisa, unas piernas o un buen par de tetas la hicieran creer que se abre para ella un mundo nuevo lleno de posibilidades puestas ahí, por no se sabe quién, para que alguien como ella, valiente y sin prejuicios ni ataduras, lo coja y sea completamente feliz. Y se lo cree una y otra vez.

Esta noche hablé con el teniente Linares y me sentí bien. Yo con tanta pena y sin embargo me reconfortaba ver en sus ojos una tristeza tan inabarcable. Está acabado y lo sabe, pero su final llegó hace mucho tiempo, no sé cuándo, no sé cómo, probablemente ni él lo recuerde. Pero su maltrecho cuerpo sigue a duras penas arrastrando su pesada sombra.

Me hace reír. Es extraño que me sienta tan cómoda con él. ¡Debo estar un poco trastornada! Demasiadas emociones y ni un minuto de sueño han conseguido que hasta me parezca a ratos encantador y un poco infantil, como si dentro de ese corpachón embrutecido un niño luchara por salir a jugar.

Son las seis de la mañana y entro a trabajar a las ocho. Me despido del teniente después de darle las gracias por su ayuda y quedando con él al mediodía para tomar un café y que me cuente cómo van las investigaciones. Yo le he dicho todo lo que sé de Nerea, y me he sorprendido al darme cuenta de lo poco que la conozco. Trece años juntas y no rellenaría ni un folio con lo que sé de ella, pero me harían falta muchas hojas y aún más palabras para expresar todo lo que por ella siento.

Soy un viejo patético

Hubo un tiempo en que solo deseaba morir, aunque solo fuera para descansar. Ahora ni siquiera tengo esa ilusión, tan solo espero que sea con dolor, dolor breve pero intenso. Sí, no me he equivocado, quiero que el dolor acompañe mis últimos instantes, no quisiera irme sin darme cuenta de que todo se acabó, o que me queden dudas sobre lo bueno, justo y necesario que es que por fin llegue el final.

Me abrazó, después de querer matarme me abrazó. Me abrazó y, desnuda como estaba, me dijo entre apagados sollozos que desde hacía varios días no sabía nada de su novia. Escondida su cara en mi pecho, con mis brazos colgando como peces muertos sin saber qué hacer. Se dejó caer al suelo derrotada y entonces me arrodillé a su lado y la besé. No fue un beso lascivo en los labios ni uno de amigo en la frente tratando de consolarla. Fue uno…, fueron dos en sus rotos ojos tratando de beber su dolor y que este fuera mío y no suyo. Después… después se vistió y tomamos un café en la cocina y hablamos. Nos sorprendieron los primeros rayos del amanecer hablando ella de su novia y yo mintiendo sobre una que tuve hace ya un millón de años. La vi reír y fui feliz. Me gustaría morirme ya, pero primero tendré que encontrar al hijoputa que mató a esa chica y encontrar a la novia de Esther.

Son las diez de la mañana y nada más cruzar la puerta de la oficina uno de los lameculos del jefe me dice, como dictando una sentencia fatal: <<Deja todo lo que estés haciendo y sube al despacho del capitán Cantalapiedra>>.

Me recibe con una sonrisa llena de dientes perfectamente alineados de un blanco desagradablemente blanco. Me dice que me siente y luego me pregunta cómo va el caso del la chica. <<¿Qué chica?>>, le digo, y el muy gilipollas se echa a reír. Sé lo que pretende y estoy a punto de saltar sobre su mesa y partirle la cara de galán años cincuenta. Me aguanto. Me invita a sentarme y me siento. Me ofrece una copa y la acepto. Me dice que me eche un cigarrito y me lo fumo. Me cuenta que está recibiendo muchas presiones, que hay mucho interés en resolver este caso lo antes posible, que utilice a cuantos hombres necesite en esta investigación, que… bla, bla, bla. Y al final de toda esa palabrería me dice que confía plenamente en mi capacidad, que está a mi disposición para todo lo que necesite y que solo tengo que pedir el material o personal que considere oportuno y de inmediato se me concederá.

Salgo del despacho completamente alucinado. No solo no me ha echado del caso, sino que me apoya en todo lo que necesite. Me ha tratado como nunca, como a nadie, pero si hasta me ha dejado fumar en su despacho, ¡Él!, que es un puto integrista antitabaco. Y yo que nunca lo había visto tomarse una copa y, sin embargo, saca una botella de whisky y me invita a un trago. Pero si siempre me ha tratado con el mayor de los desprecios y ahora… ¡No me toques los cojones, esto no es normal!

Me doy media vuelta y abro la puerta del despacho del Hijoputa sin llamar, pero no está. Cuando me dispongo a irme oigo un leve ruido, como un quejido. Miro a mi alrededor, miro en el pasillo, pero nada y lo vuelvo a oír claramente. Esta vez me doy cuenta de la puerta ligeramente entreabierta que da acceso al aseo privado del capitán directamente desde su despacho. Algo me dice que tengo que mirar, pero podría perfectamente estar empujando alguna idea importante en su trono y entonces la situación sería un tanto incómoda, pero no sé por qué creo que ese no es el caso. Me asomo y lo veo de espaldas, con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos. Dijera lo que dijera mi padre, no soy del todo imbécil, es evidente que se está haciendo una paja. ¡Será cabronazo! Igual es maricón y se ha excitado conmigo y, claro, tiene que desahogarse el muy hijo… Sobre el lavabo llama mi atención un pequeño bote transparente con tapa roja como esos donde te mandan mear para hacer un análisis. ¿Qué hay dentro? Me cuesta enfocar la mirada, estoy muy mayor pero <<es un cigarrillo>>. Se ha dado cuenta de mi presencia y se gira. En su mano derecha su pene marchito, en la izquierda otro bote transparente que gotea pesadamente. Él no dice nada. Yo tampoco.

Esto no es lo que parece

Que a mi edad y con cuarenta años en el Cuerpo tenga que escuchar de la boca de mi capitán la frase más estúpida que jamás se pudo inventar es demasiado. ¡Joder! Que nunca he sido muy listo y las neuronas que me quedan están esperando el desahucio, pero que me diga: <<Esto no es lo que parece>>. No, por ahí no paso.

Su cara es un verdadero drama de gestos inconexos: ahora palidece y luego parece intentar sonreír a la vez que un tic en la ceja parece querer dejar entrar más luz en unos ojos que no se creen lo que ven y que en cualquier momento se le van a caer de las cuencas. Disfruto de este instante con regocijo lascivo. Siempre que capturo sorpresivamente a uno de los malos su cara de estupor es mi mejor recompensa.

Cuando mejor lo estoy pasando se rehace, toma conciencia de quién es y dónde está. Calcula sus posibilidades y… comienza la negociación.

No quiero hacerme el listo a estas alturas, pero sabía que esto pasaría. La única duda es por dónde empezará.

Muy despacio deposita el bote con su esencia sobre el pequeño lavabo y se sube los pantalones. Me doy cuenta de que él también está calculando y analizando cuál será mi punto débil, con qué podrá sobornarme o amedrentarme. Seguro que empieza, ahora que tiene los pantalones en su sitio, a recordarme quien es Él y quién soy yo: joven y prometedor capitán de la Guardia Civil, hijo de un general del Cuerpo condecorado en no sé cuántas ocasiones, hasta por el mismísimo presidente del Gobierno y, antes que él, su abuelo fue como uña y mierda con el Caudillo de España. Y así, generación tras generación, la familia de este cabrón siempre ha ocupado generalatos, ya estuviéramos en república o monarquía, con gobiernos de derechas o de izquierdas, en guerra o en paz. Seguro que al lado del duque de Ahumada había un antepasado de este degenerado lamiéndole el culo. Tienen todas las influencias, muchos contactos políticos y judiciales y… —mírate tú— me dirá: <<Eres un viejo policía fracasado carcomido por el alcohol y con los pulmones carbonizados. No será difícil demostrar que tienes algún tipo de demencia. Tengo acceso a tus archivos personales donde constan, desde hace años, informes psicológicos de tu precario estado mental>>. Quizá me tiente después de la primera amenaza con una salida honorable tras cuarenta años de servicio, tal vez una medalla y un sobresueldo para que descanse tranquilamente tomando el sol en Benidorm.

Es increíble lo que consigue un buen traje y el estar acostumbrado a llevarlo. El miserable degenerado que sopesaba su triste pene ahora parece un caballero sin tacha alguna. Hasta él mismo se percata de ello y se mueve y habla con total aplomo, seguro de sí mismo, seguro de que saldrá de esta. De repente me sorprende diciendo: <<Tengo otra chica preparada. Puedes jugar tú también con ella o detenerme y ella entonces morirá>>.

Estoy atónito. Su cara muestra una amplia sonrisa que no puede ni siquiera intenta disimular su soberbia. <<Pero si escoges detenerme>> —me dice—, <<lo más probable es que uno de tus propios compañeros te pegue un tiro al creer, y no estaría muy equivocado, ¿verdad?, que te habías vuelto loco de remate. Yo diré que te retiraba del caso por incompetencia, que te dio un ataque de ira y perdiste el control. Improvisaré un poco, se me da muy bien. Más tarde las pruebas de ADN que se harán a tu cadáver apuntarán hacia ti como asesino. Pero no tenemos por qué tomarnos las cosas tan a la tremenda. Solo era otra puta del este, no vamos a arruinar nuestras vidas por ella. ¿Por qué no te das el último gusto de tu vida?, te lo ofrezco casi gratis. Será casi como follarte a la mujer de tus sueños. Mejor aún, te follarás a la misma chica que ella>>.

¡Tiene a Nerea! ¡El Hijoputa tiene a Nerea! Tengo delante al demonio y voy a negociar la venta de mi alma. Intentaré sacarle un buen precio.

—Creí que iba a morirme sin poder saciar mi odio.

Sus ojos se iluminan con mis palabras.

—Ninguna mujer me ha tratado nunca como yo necesito y merezco, ninguna ha sabido apreciarme ni valorarme. ¿No has visto el desprecio con que me mira Esther? Esa puta bollera se cree superior a mí. Y yo que estaría dispuesto a ser su perro y ella ni despojos de sentimientos me echa.

—Todos nos hemos dado cuenta —me contesta.

—Pero no me fio de ti, eres una puta rata y me la puedes jugar en cualquier momento. En cuanto te deje salir de aquí puedes hacer que me detengan y las pruebas que has colocado para inculparme… ¿Por qué a mí? ¿Por qué precisamente a mí?

—¿Por qué no? Era fácil implicarte. Eres un tipo gris, sin amigos, ni siquiera te relacionas con tus compañeros de trabajo, todos te consideran un bicho raro. Si mañana te murieras nadie te echaría de menos. En el fondo te hacía un favor. Si al final te pillaban por esto todo el mundo se acordaría de ti durante mucho tiempo. Además, ahora que nos estamos sincerando, ¡tú siempre me has caído mal! Hueles como un puto cenicero y vas siempre dejando tus putas colillas por todas partes y…

Es más listo que yo, lo sé y él lo sabe también. Tengo que cerrar el trato con una oferta que no pueda rechazar.

—Yo tampoco me fio de ti —me dice—. Eres un perdedor nato, lleno de prejuicios y limitaciones morales que te han hecho el hombre amargado que eres. Yo te ofrezco la posibilidad de liberar tus instintos, de saciar tus deseos, de vengar ese rencor que te ahoga. Te ofrezco la felicidad tardía. Sin embargo, temo que después de consumar tus deseos los remordimientos aprendidos recobren el dominio de ti y te conduzcan a arruinar tu vida y, por ende, la mía.

—Capitán —le digo mientras enciendo otro cigarrillo—, parece que no se da cuenta de que usted no puede escoger. Soy yo el que decidirá si acepto su ofrecimiento o cumplo con mi deber y le detengo por asesinato y secuestro.

—Tú ya has decidido, si no, ¿por qué ibas a perder el tiempo hablando conmigo? Disfrutarías mucho más poniéndome las esposas y, a puntapiés, llevarme al calabozo. Tú has decidido ya y yo solo te voy a poner una condición.

—¿Condiciones? Valiente gilipollas.

—Sí, y no acepto una negativa. Mi condición es que puedes hacer con la chica lo que quieras. Pero matarla lo haré yo.

Inspiro profundamente la primera calada de un nuevo cigarrillo que me quema la tráquea. Él sonríe y yo afirmo con la cabeza mientras mis ojos miran al suelo. Solo tengo un pensamiento, solo me falta girar la llave.

—Solo te pido un favor. No creo que sea ningún sacrificio para ti, y para mí sería el mejor final.

—¿Cuál?

—Después me pegarás un tiro a mí.

—¡Pero…!

—Me pegarás un tiro en la cabeza y ya está. No será difícil para ti inventar una historia para justificarte. Si lo haces bien, probablemente consigas una medalla y tu papá estará orgulloso, por una vez, de su niño.

Aprieta la mandíbula y casi puedo oír el crujido de sus dientes. Sus ojos son rodeados de pequeñas serpientes rojas y con todo su desprecio me escupe su respuesta.

—Me encantaría pegarte un tiro en tu puta cabeza, pero me resultaría difícil justificar tu presencia en mi casa.

—Pues me puedes sacar de la misma manera que has planeado sacar a la chica, así de fácil.

—No me gusta cambiar mis planes. Improvisar, aunque es tentador y muy divertido, suele acarrear consecuencias desagradables. Pero a veces el destino pone ante ti, sin previo aviso, el más inverosímil de los sueños. Ya ves, quién me iba a decir a mí que, después de meses planeando mi febril deseo de matar con mis propias manos a una mujer inerme, de improviso una estúpida niñata hija de un embajador me asaltaría en la recepción que los Reyes ofrecieron en el Palacio Real y me suplicara como una puta barata que me la follara y…

—Pero no te la follaste…

—¡No! Era repugnante. Le di su merecido. Vi cómo se apagaban poco a poco sus ojos, cómo balbuceaba mientras apretaba su garganta. Fue lo mejor que he hecho en toda mi vida. Lo demás fue pura estrategia: el lupanar más concurrido y sucio, el implicarte con la colilla. Nunca me había excitado tanto. Fue maravilloso depositar mi semen en su ombligo.

—Hace años que no me corro —le digo.

—Yo nunca me había corrido y… fue increíble. Me has convencido. Haré un esfuerzo contigo y te mataré. Tú te lo mereces. ¿Vamos?

—Vamos.

Pasa delante de mí y se detiene en la puerta. Se vuelve y me observa extrañado cómo marco un número en mi teléfono móvil. Escucha la conversación completamente alucinado, pero enseguida sale de su asombro y, en un grito aterrorizado, me espeta un <<hijo de puta>>. Yo le enseño apenas un segundo el cañón de mi arma reglamentaria. Después, un ruido ensordecedor seguido de una nube gris de rojo entreverado lo inunda todo.

Continuará…

Juan Ramón Lorenzana

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: