30ª Convocatoria: ¿Donde viven los monstruos?

Amigo Monstruo.

 

Ilustración de Sergio Retamero

Andaba degustando mi bocadillo de chorizo a la salida del colegio y como siempre corriendo tras mamá a toda prisa porque llegábamos tarde a por mi hermano Iker a la guardería.

Al cruzar el paso de cebra… ¡plof! Adiós bocadillo. Quedó abierto y aplastado en medio del asfalto.

—Mamá, mamá, mi bocadillo…

—No hay tiempo que perder, Hugo. ¡Corre, corre!

Al agacharme a despedirme de mi bocadillo, allí estaba, mirándome tras los barrotes de la alcantarilla.

Siempre pensé que si alguna vez viera un monstruo gritaría, gritaría tan fuerte que me oirían hasta en Rusia. Y correría, correría tan rápido que quizá llegara también junto a mi grito.

Pero… no fue así. Vi sus ojos, sus ojos grandes tristes mirándome como dos luceros. Era raro, no se parecía en nada a mis amigos y su olor era apestoso, pero no me dio miedo, no grité, no corrí, me quedé allí mirando sin saber qué hacer.

—¡Corre, Hugo! ¡No llegamos a la guardería!

Levanté la vista para intentar decir a mi madre lo que estaba viendo, pero ninguna palabra salió de mi boca. Al volver la vista a la alcantarilla, estaba vacía. Aquel ser extraño que había provocado en mí una extrema ternura se había ido.

Esa noche no conseguí pegar ojo, no podía dormir, no podía dejar de pensar en mi monstruo, en su mirada, en su existencia.

Pasaron los días, y cada vez que pasaba por la alcantarilla me quedaba allí unos instantes esperando volver a verlo, pero nada, la alcantarilla estaba oscura y vacía.

Llegó el viernes y era día de parque. Todos los amigos quedábamos allí tras la salida del colegio para jugar con nuestro balón.

Cuando iba a marcar el golazo de la tarde mi tobillo me jugó una mala pasada y se dobló igual que un chicle.

Me senté en el césped y me puse a llorar. De repente sentí que una mano tocaba mi tobillo. El susto fue monumental cuando comprobé que aquella mano era verde y de unas dimensiones muy grandes.

Pero no grité, no corrí, no me asusté. Sabía que era él, mi monstruo. Allí estaba bajo la alcantarilla del parque. No hablaba, pero usaba gestos. Pronto comprendí que estaba atrapado bajo la ciudad y no sabía cómo salir. El parque me parecía un lugar demasiado concurrido y le indiqué la alcantarilla del final de la calle. Le esperé allí y ayudándome de un palo pude sacarlo.

Pasamos toda la tarde juntos, comiendo gusanitos. Su historia era muy triste. Viajaba con su familia bajo el asfalto y tras un ruido muy fuerte se asustó y se desorientó quedándose solo.

Le prometí que le ayudaría y él me pidió que fuera nuestro gran secreto. Todas las mañanas cogía de casa galletas y panecillos de leche y los echaba disimuladamente a la alcantarilla camino al colegio.

Por las tardes juntos conseguimos dibujar los planos de la ciudad bajo tierra y así mi amigo podía recorrerlas durante el día.

Al cabo de unas semana, al llegar del colegio mi alegría fue inmensa, mi amigo no estaba solo, allí estaba su familia. Estaban contentos .

No quería perder a mi nuevo amigo, pero él se tenía que marchar al bosque, a su casa, en la ciudad corría mucho peligro.

Subí corriendo a mi casa a por la cámara de fotos y juntos nos hicimos una foto que guardo con mucho cariño en mi caja fuerte. Es uno de mis mayores tesoros.

Raquel Bonilla Santander

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: