El primogénito

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Género: Relato gótico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz y la ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El primogénito.

I
Abrí los ojos, y una claridad gris, pesada y decepcionante invadió mi mente y mis sentidos: otro día sin poder contemplar los rayos del sol. ¡Maldito Londres!

Sí, maldito Londres. Desde que llegué no he encontrado más que miseria, tristeza, pobreza y desolación. Las calles cubiertas eternamente de la espesa niebla que se adueña de todos y cada uno de los rincones de la ciudad y sobre todo, los intensos ─y cada vez más desagradables─ olores que inundan mi olfato me producen una repugnancia que debo disimular cada vez que salgo al exterior.

He vagado mucho por el mundo, pero mi destino es Londres y encontrar a ese hombre que me hizo como me hizo y que me abandonó de la forma más cruel y miserable que nadie pueda imaginar.

Su cobardía ha ido siempre pareja a su genio.

Pero eso a mí no me sirve.

Si encuentro a mi creador, me encontraré a mí mismo. Porque sus miedos son mis miedos y sus anhelos son también los míos.

He leído todo cuanto he encontrado en su laboratorio ginebrino. He podido constatar cómo sus experimentos han trascendido mucho más que el hecho de dar vida a cadáveres compuestos de restos humanos.

Sus experimentos no son famosos universalmente.

No ha podido publicar nada de lo que ha estado haciendo en ese laboratorio maldito durante aquellos años porque con toda seguridad hubiera sido arrestado y condenado a la cárcel para toda la vida.

Sin embargo, su secreto está a salvo conmigo a menos que lo haya contado a algún otro colega. Cuestión que dudo claramente.

La constatación de lo que hizo entonces, la sufro todos y cada uno de los tristes y miserables momentos de mi vida arrancada de huesos, órganos, músculos, tendones, carne y sangre de cadáveres con los que compuso mi blanquecino y desagradable cuerpo.

Mi creador quiso dar la vida a partir de la muerte. Yo soy el resultado.

Yo, Kaliyan, el nombre que me he dado a mí mismo ya que mi creador ni siquiera se preocupó de darme uno.

Kaliyan, el primer varón que apareció en la tierra en el Kali Yukam de nuestra era según la mitología hindú.

Os preguntaréis como conozco este dato.

Sonrío al pensar en vuestras reacciones.

He leído mucho y me instruido. Soy un auténtico autodidacta.

Mi creador me abandonó.

No imaginó que mi cerebro respondería a todos y cada uno de los edificantes estímulos que hacen que la vida (si esto que vivo puede llamarse así) sea más agradable.

Mi aspecto es turbador. Lo sé. La gente me rehúye. Se sienten incómodos ante mi presencia. Pero he aprendido a vivir en esta soledad día a día.

Me conformo con poca cosa: un pequeño rayo de luz, ver volar un pájaro hacia el cielo, ver crecer una flor, la sonrisa de un niño, la hermosura de una joven.

En esta horrible y odiosa ciudad he aprendido muchas cosas.

II
Me he preguntado muchas veces en lo que trabaja Victor Von Frankenstein.

Se me ocurrió imaginar que estaría inmerso en un nuevo experimento con el cadáver de algún desdichado y, que al haber conseguido dar vida anteriormente como hizo conmigo, repetiría su proeza.

Espero y deseo que se haya superado a sí mismo ─si es así─ y que cree un ser perfecto en cuerpo y alma.

Mi venganza entonces será aún más deliciosa.

Mientras estuve encerrado en el laboratorio de su castillo en Ginebra pude disfrutar a través de una de las ventanas del maravilloso espectáculo que se ofrecía a mis ojos.

Entonces supe que quería vivir siempre en ese lugar teniendo tan cerca las inmensas montañas evocadoras del poder de Dios.

Mi creador me hizo y me abandonó como si fuera un monstruo repugnante y contaminado de impurezas y putrefacción.

Más tarde, cuando fui algo consciente de la terrible realidad que me rodeaba, hice acopio de valor y me preparé para resistir esa espantosa soledad, ese miedo a lo que desconocía, y comencé a aprender.

Aprendí a ver en los libros que Frankenstein había dejado en el laboratorio muchas cosas del mundo y de los humanos.

Me fui familiarizando con lo más elemental. Mi cerebro funcionaba como una esponja. Después de todo ¿no era yo un recién nacido?

Ni siquiera tenía un nombre. Hasta los animales como los perros, gatos o los pájaros enjaulados lo tienen.

Yo ni siquiera poseía un nombre que me diera un sentido de identidad y de pertenencia a algo.

No te lo perdonaré jamás Victor Von Frankenstein.

Aún tengo pesadillas, y me despierto en medio de la noche aullando como un animal desesperado cubierto de sudor; temblando, sintiendo el miedo sobre mis hombros, deseando que se haga la luz.

Por eso duermo con algunas velas encendidas.

Sin embargo, confiaba en mi suerte.

Cualquier cosa era mejor que el estar solo en el lugar en el que desperté a la vida por primera vez chorreando sangre y atrozmente atormentado por el miedo, el dolor, la incertidumbre y lo desconocido.

Desde ese momento me propuse encontrar a mi creador y ajustar las cuentas con él.

III
Victor Von Frankenstein poseía una casa en Hillingham cerca de Hampstead Heath, una zona no muy alejada del centro de Londres.

Así que una fría tarde de invierno, y al amparo de la poca luz que había en las calles, tomé un carruaje y me dirigí a Hillingham. Encontré la casa y esperé.

Las luces de las ventanas del tercer piso estaban encendidas. Mi creador estaría trabajando, sin duda.

No sabía si vivía sólo.  De modo que esperé para comprobar sus movimientos.

Me coloqué junto a la puerta. Había escuchado pasos.

Era él. Era Frankenstein.

Apenas había introducido la llave, se dio cuenta de que algo andaba mal. De un violento tirón lo empujé hacia el centro de la habitación y cerré la puerta obstruyendo el paso con una mesa que arrastré con inusitada rapidez.

Lo miré con una fiereza que lo hizo retroceder, amedrantado.

Le hice la señal de silencio poniendo el dedo índice en mis labios.

Ilustración de Rafa Mir

― He vuelto, padre. Tu primogénito ha regresado para  saldar una vieja deuda.

Me miró con una absoluta sorpresa e incredulidad.

—Sí, creador mío. Pude sobrevivir a tantas calamidades y me hice con un bagaje cultural que me negaste junto con tantas otras cosas desde el mismo instante en que abrí los ojos a este mundo condenado.

Por cierto, ¿No sientes curiosidad por conocer mi nombre? Ni te molestaste en buscar un nombre para mí.

Calló. Su silencio me irritaba tan profundamente como el desprecio que seguía sintiendo por mí.

— ¿Qu… qué nombre tienes?

— Kaliyan— Dije sin más.

— ¿Qué quieres de mí, Kaliyan?

— ¿No tienes curiosidad por saber lo que significa tal nombre, padre?

― Dime lo que significa y terminemos con esto.

Sentí unas irremediables ganas de abofetearlo y arrojarlo al suelo propinándole las mismas patadas que unos energúmenos medio borrachos me propinaron cuando llegué a Londres.

— Significa <<El primer varón creado>> en un estadio concreto de la mitología hindú.

— Eres instruido.

No pareció muy emocionado o sorprendido.

Me acerqué a unos milímetros de su cara.

— Quiero cobrar mi venganza por tu abandono, tu crueldad conmigo y lo desdichado que me hiciste.

— ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a matarme?

Me aparté de él. Me acerqué a un aparador sobre el que reposaba el maletín del Dr. Frankenstein y extraje un delicado y reluciente escalpelo de plata.

— No. No voy a matarte.

Moví el escalpelo ante sus brillantes y enfebrecidos ojos.

― Voy a ser tu sombra todos los días de tu maldita vida. No voy a dejarte un respiro. Seré el peso amargo de tu conciencia y cada día que pase, cada noche que pase será aún más devastadora que la anterior.

Tiré al suelo el escalpelo y me cubrí con el gabán.

Salí al exterior.

La luna iluminó mi camino y mi sombra se perdió en medio de la oscuridad de la noche.

IV
Un nuevo día en la maldita ciudad de Londres.

Alguna vez llegué a pensar ─al principio─ que podría visitar lugares tan hermosos e idílicos como los jardines que rodeaban a los palacios reales o el gran invernadero. Pero no me atrevía a dejarme ver por el día.

Cuando llegué por primera vez y contemplé la miseria y suciedad de las calles, la pobreza y la desesperación, deseé con toda mi alma ser fuerte y poderoso para fulminar con un rayo de fuego a todos aquellos que se lucran de la sangre y el sudor de las gentes, de sus necesidades, rebajando sus dignidades a la condición de seres miserables que no merecen más que el castigo, la opresión y el dolor.

Veía de lejos las mansiones de los ricos. Observaba sus movimientos al entrar en los teatros, la ópera, los bailes, las fiestas. Y renacía en mí un asesino instinto que me provocaba un gran malestar y sobre todo una gran impotencia.

De buena gana los hubiera matado con mis propias manos.

Allí estaban: risueños, satisfechos, orgullosos. Viviendo en un mundo totalmente distinto al que vivían cientos, miles de personas que luchaban por sobrevivir a una noche infernal de frío y nieve sin tener apenas con qué abrigarse, sin tener que llevarse a la boca, sin poder cuidar y proteger a sus hijos.

Si algún día yo pudiera tener una familia. Tengo que volver a ver a Frankenstein.

Es preciso que sepa lo que deseo.

No quiero estar más tiempo solo.

Dedicado a Mary W. Shelley y a su inmortal creación
Dedicado a Rory Kinnear y a la maravillosa serie Penny Dreadful

Paloma Muñoz
Madrid, 22 de enero 2018

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