Ellos

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Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad deSergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ellos.

Es difícil describir el horror.

Están ahí. Lo sé, a pesar de la oscuridad impenetrable que me impide ver mi propia mano a centímetros de mi cara.

Sí, ellos están ahí, estoy segura. Lo noto por el olor. Por ese tufo penetrante y fétido, tan característico. Un olor a organismo podrido, a animal muerto. Al principio me provocaba un rechazo casi imposible de superar, hasta el punto de hacerme vomitar, pero poco a poco me he ido acostumbrando.

Avanzo lentamente, en medio de esa negrura pestilente. A tientas, con riesgo a tropezarme, presintiendo lo peor. Mi sentido común me impulsa a retroceder y marcharme, pero tengo que hacerlo… Es mi obligación.

Sé que el suelo está lleno de trampas, por eso voy tan lenta, cuidando cada movimiento en ese laberinto, temerosa de tropezar y caer. Como un ciego en medio de una mudanza o un comando atravesando un campo minado.

Ahora escucho un sonido grave, acompasado, rítmico. Como el ronquido de una fiera dormida. Y ese sonido me estremece, me transporta al pasado, me recuerda otros momentos… Trato de usarlo como referencia para orientarme en la oscuridad, pero no lo consigo. El ambiente enrarecido dificulta la respiración, y la falta de oxígeno en mi cerebro me impide pensar con claridad.

Pero poco a poco, a medida que avanzo, mis ojos se van acostumbrando algo a esa pertinaz oscuridad. Creo detectar formas múltiples, diversas y abigarradas, como bultos acumulados, un caos absoluto. En realidad, no tengo claro hasta qué punto es real lo que veo, o si es mi mente la que me está jugando una mala pasada. Me restriego los ojos y vuelvo a mirar. En medio de esas sombras fantasmagóricas intento divisar algún movimiento, alguna señal de vida. Pero no consigo descifrar el enigma.

Y ese olor, mezcla de almizcle y sudor, que tal vez nunca consiga eliminar de mi recuerdo.

Tengo que avanzar, no puedo distraerme, tengo un objetivo, más allá de mi curiosidad. De pronto piso algo, algo orgánico, blando, pegajoso. En mi mente se disparan mil asociaciones, pero me esfuerzo por salir de ese bucle y sigo adelante. Me pongo a rezar para tener la mente entretenida. Prefiero no saber de qué se trata.

Y continúo. Lenta, torpe, temerosa… Continúo.

El ronquido es cada vez más cercano y persistente, y el hedor más intenso, lo que me indica que voy en la dirección correcta.

No es la primera vez que entro, qué va, ya son muchas. Muchas más de las que hubiera querido. Ni tampoco será la última, claro. Pero nunca es igual. Siempre es distinto. Siempre es peor.

Ellos tienen esa extraña capacidad de sorprenderme siempre de algún modo. De aumentar mi ansiedad y mi angustia.

Al avanzar, algo me roza la pierna. Algo fláccido. Creo detectar un movimiento pendular, como si fuera la cabeza de un pollo muerto. Qué asco…

Dios mío, como tantas otras veces, estoy a punto de abandonar, de dejarlo, de retroceder. Pero la responsabilidad puede más. Tengo que hacerlo. Si no lo hago yo, no lo hará nadie.

Y sigo, muy a mi pesar, sigo. A pesar del olor, ese olor repugnante que se mete en mi nariz como un cuchillo impregnado en orín de zorrino.

El avance es lento, pero ya falta poco. No podría calcular cuánto he caminado, ni cuánto tiempo ha pasado desde que entré, pero sé que falta poco.

Ya los tengo cerca, muy cerca. No llego a verlos, pero lo noto. El calor y la humedad son sofocantes. Y el zumbido se ha detenido.

Ahora oigo su respiración, profunda, acompasada. Y noto más que nunca ese hedor fétido.

Estiro el brazo y toco la pared, caliente y húmeda. Voy palpando esa superficie lisa hasta que la encuentro. Toco la cuerda, vertical y tensa como una serpiente cobra a punto de atacar.

La rodeo con mano y la aprieto con fuerza. Como otras veces. Respiro hondo y tiro hacia abajo, en un único movimiento rápido y preciso.

Y la persiana sube…

—¡¡Mamá!! ¡¡Baja esoooo!! ¿No ves que estamos durmiendo, coño?

—¡Que no! ¡Que ya es hora de comer! ¡Se acabó! ¡Se levantan y se duchan! ¡Y a ordenar la habitación, que es un caos!

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

Daniel Camargo

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