En el armario

Autor@: 

Ilustrador@: Jesús Rodríguez

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Jesús Rodriguez Redondo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

En el armario.

Primero fue el fuerte olor a rosas que invadió su habitación. Lilith lo dejó pasar a regañadientes, aun a sabiendas de quien había podido ser el único culpable. Pero no podía hacer nada al respecto, estaba alertada de que si armaba un nuevo alboroto antes de finalizar el curso, amonestada como estaba por sus notas mediocres, se pasaría todas las vacaciones en un maldito campamento. Y ella odiaba especialmente los campamentos de verano.

Claro que había muchas cosas que Lilith odiaba, algunas de ellas  especialmente —aparte, por supuesto, de la compañía, los exámenes, los profesores, los alumnos y el instituto en general; de las especias, entre las que destacaban el ajo y la cebolla ¡puagg!; de todos los colores que no fueran el negro, que en realidad no es un color; de toda la música que no fuera gótica, porque fuera de la música gótica todo lo demás podía considerarse ruido; de la alegría, de las flores, de la luz, del sol y de todas las demás cosas ñoñas de este mundo— y de entre todas ellas, la que más odiaba eran los campamentos. Tanto que en su lista personal de las cosas más nefastas e insoportables ocupaba un puesto por encima de su odioso hermano pequeño Nosfe, que, según ella, era el ser más molestoso e inútil que la tierra había tenido la desgracia de conocer.

Además, él era el culpable de todos sus males, entre ellos el pestazo a flores que había inundado su habitación. Pero no podía cargar contra él con toda su furia, como le habría gustado, porque si la pillaban en otra movida más, esta vez sí que se la cargaba de verdad.

Eso no la persuadió de propinarle una soberana colleja mientras bajaban la escalinata en dirección al salón.

—¡Ay!

—Eso por gilipollas, enano.

—¡Mamá! ¡Mamá!

—¿Qué pasa aquí?

—Llilith me ha pegado.

—No es verdad.

—Sí, sí lo ha hecho.

—No, no lo he hecho. Y él ha entrado en mi habitación.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

—Mentirosa.

—Mentiroso tú.

—¡Basta los dos! —La voz profunda de su padre era autoritaria y no daba opción a réplicas, así que se hizo un silencio sepulcral que duró horas.

La velada pasó lenta y mortalmente aburrida como cualquier otra comida en familia y Lilith se escabulló a su guarida en cuanto tuvo ocasión. Allí era el único lugar donde se sentía relajada y a gusto, sola y a su rollo, porque su cuarto era su templo sagrado, donde nadie osaba poner un pie. Pero al abrir la puerta que se atrancó como de costumbre, vio algo diferente que la dejó petrificada.

Eso fue lo segundo que le hizo aquel día y esta vez ya no pudo dejarlo pasar. Toda la furia contenida se desató y tras arrancar de un manotazo el letrero de “si entras aquí, atente a las consecuencias” de la puerta de su habitación, voló hasta la de su hermano.

Como siempre, la había dejado abierta. Como siempre, el alelado estaba al ordenador, con los cascos puestos y de espaldas a la puerta. Como siempre, ni se enteró de que ella estaba allí, detrás de él. Podría haberlo estrangulado en ese momento, o pegarle un hachazo en la cabeza, pero ni tenía una hacha ni ganas de que la metieran en un correccional. Así que optó por lo fácil, que fue tirarle el cartel metálico afinando la puntería. Le acertó de lleno en el cogote.

—¡Ay! ¿Pero qué…?

—Lee lo que dice, so bobo.

—¿Pero por qué me tiras cosas? ¿Qué haces aquí? ¡Vete!

Ella cogió el cartel del suelo y mientras le sujetaba la cabeza con la otra mano, se lo puso delante del teclado.

—He dicho que leas lo que pone, atontao.

—Ya sé lo que pone. Es el cartel de tu cuarto. Y déjame en paz o llamaré a mamá.

—Tú no vas a llamar a nadie. ¿Por qué has entrado en mi habitación?

—¿Qué? ¿Te has vuelto loca?

—Pues si no has sido tú, ya me dirás quién ha sido.

—Y yo qué sé. ¿Para qué iba yo a entrar en tu cuarto?

—Para lo de siempre. Para husmear en mi armario.

—Sí, claro, como que a mí tus cosas me importan un ajo.

—No lo niegues, mamón, que he encontrado la puerta abierta de mi armario.

—¿Y por qué tengo que haber sido yo, eh? ¿Por qué no puede haber sido mamá? ¿O papá? ¿O el abuelo?

—Porque yo soy la única que tiene la llave del armario y mira… ¿la ves? Sigue aquí, colgada de mi cuello.

—¿Y cómo se supone que la he abierto yo entonces? ¿Por arte de magia?

—Ni lo sé ni me importa. Pero te lo advierto, pedazo de trol, como vuelvas a entrometerte en mis cosas o asomes la cabeza por mi cuarto, te la cortaré, ¿entendido? Ah, y como te pille con la mierda esa de spray, te la cargas.

—¿Pero de qué spray…?

Ya no quiso oír más. Con esa amenaza y un portazo Lilith se largó victoriosa a su cuarto, convencida de haberle demostrado al mocoso de su hermano quién mandaba allí.

Pero la tranquilidad duró poco. Fue acostarse e inmediatamente la puerta del armario chirrió quedamente, abriéndose un pelín más. A Lilith le pareció escuchar un sonido lejano de algún tipo de música, una musiquilla rítmica, algo parecido al… ¿pop? El corazón se le desbocó y la hizo levantarse de un salto para abalanzarse sobre el armario. Cerró su puerta de golpe y, mientras la empujaba con su cuerpo, giró la llave que volvió a colgarse del cuello. Permaneció así un rato, con la espalda todavía apoyada contra la puerta del armario, el tiempo suficiente para que se le quitara ese ritmo infernal y pegadizo de la cabeza y se le pasara el susto.

Después volvió a acostarse, pero se quedó con los ojos abiertos de par en par, mirando fijamente la puerta del armario. Entonces lo oyó. Primero empezaron los susurros, luego las risitas agudas, como si algún tipo de monstruo histriónico dejara oír su voz chillona a través de la vieja madera de la puerta. Luego sonó un ¡clic! y la cerradura giró sin llave alguna. Más susurros y ruidos de fondo acompañaron el chirriar de la pesada puerta oscura al abrirse de nuevo y un cegador destello de luz rosada inundó la habitación.

Lilith no pudo soportarlo y se tapó completamente. Eso hizo que se sintiera un poco más segura, más a salvo. Entonces volvió a oler la pestilencia a rosas y no pudo más que gritar con todas sus fuerzas. El aullido desgarrador que emitió se entremezcló con una serie de estridentes chillidos que casi la dejan sorda, al tiempo que los crujidos de la escalinata le anunciaban que su padre iba al rescate y ya estaba en camino.

Cuando Vlad abrió la tapa del ataúd de su hija se la encontró despierta, temblorosa y encogida, con la fría piel sudada y el cabello negro pegajoso por el sofoco.

—¿Qué ocurre, mi pequeña? —Aunque Lilith era ya toda una adolescente de carácter beligerante, para Vlad siempre sería su pequeña. Y aunque Lilith odiaba que la tratasen como una niña, esta vez no le importó y se abrazó a su padre—. Dime, ¿has tenido una pesadilla?

—¡No! ¡Hay un monstruo en mi armario! —gritó sin querer mirar en esa dirección.

—Pero eso no puede ser. Los monstruos no existen.

—¡Que sí, papá! ¡Que lo he visto!

— ¿Ah, sí?  ¿Y cómo es, si puede saberse?

—Pues… yo… yo…. es que estaba oscuro… pero lo sentí…y… y…. apestaba.

—Ya…

—Te lo juro. Es verdad.

—Vale, vale, de acuerdo.

—¿No me crees?

—Hay una forma de averiguarlo. ¡Abramos el armario!

—No, espera.

—¿Y ahora qué ocurre?

—Es que… ya estaba abierto.

—¡Qué curioso! Pues ahora está cerrado y cuando lo abres…

Cuando Vlad giró el pomo del armario, como era natural, no se abrió.

—¿Ves? Está cerrado a cal y canto. ¿Me dejas tu llave un momento?

Ella se levantó de un salto y, con las piernas aún temblorosas, se acercó cuanto pudo para alargarle la cadena de la que pendía la llave.

—¿No quieres abrirla tú misma?

—No. Hazlo tú.

—¿Estás segura? Sé cuánto te molesta que toquen tus cosas…

—Eso no importa ahora. Ábrela y verás.

Al girar la llave Vlad notó una ráfaga repentina de aire ascendente. Era Lilith que se había refugiado tras la lámpara de araña. La puerta cedió emitiendo un largo chirrido y el armario mostró su contenido: un millar de prendas de color negro acompañadas de unas piezas sueltas color sangre, y abajo, entre los zapatos de punta y las botas de cuero, una par de cajas que contenían sus secretos más íntimos: su diario, pruebas de su última borrachera de sangría con amigos, su kit de maquillaje, su carnet falso, su protección solar… Nada más. Ni luz. Ni olor a rosas. Ni susurros. Ni voces. Ni ruidos. Ni monstruos.

Fue entonces cuando Nosfe asomó la cabeza y, sorprendido de que nadie se la rebanase, se aventuró a dejar pasar todo su cuerpo en la habitación. Cuando la pilló suspendida del techo, agarrada todavía de la lámpara, todo su orgullo vampírico se hizo añicos y la victoria que había conseguido sobre él hacia unos instantes se fue al traste. Mientras, Nosfe aprovechaba su ocasión y, henchido de satisfacción, preguntaba:

—¿Qué ha pasado aquí? He oído gritos.

—Nada, Nosferatu, no ha ocurrido nada —contestó Vlad quitándole importancia y cerrando la puerta del armario tras de sí—. Tu hermana, que ha tenido una pesadilla. Vete a dormir.

—¡Uhhhh! Miedica, eres una miedica, siempre lo he sabido —dijo apuntando a la araña en donde aún colgaba su hermana—. Esta noche en la excursión del cole a la villa se lo contaré a todos.

Lilith en ese momento quiso matarlo y se deslizó de su escondite para hacerlo, pero Nosfe voló a su habitación, huyendo de ella como la rata que era.

—Bueno, esto ya está solucionado —dijo su padre devolviéndole la llave a Lilith—. Y tú también deberías tratar de dormir un poco. Ya es mediodía y tienes que descansar o si no en el instituto… ¿No te toca el examen ese de cambio de forma?

—Sí, papá. Y se llama transfiguración. Pero ya me lo sé. Está mordido.

—Pues entonces acuéstate y punto —dijo dirigiéndose a la puerta.

—¿Pero y si…?

—¿Si qué?

—Nada, da igual. Estaré bien… —El quejido de la puerta de la habitación al cerrarse la interrumpió—. O eso creo.

Cuando Lilith se quedó sola de nuevo, lo primero que hizo fue tratar de calmar sus nervios. Luego puso una silla atrancada en la puerta del armario, a modo de barrera. Tras eso miró debajo de su ataúd, pero lo único que salió de allí fue la vieja Peste, su rata, que movió los bigotes y se dejó acariciar antes de buscar otro escondrijo donde meterse. Ya sintiéndose un poco más a salvo, decidió echar un rápido vistazo a su alrededor, y la normal apariencia lúgubre de su habitación terminó por tranquilizarla.

Cuando ya casi estaba a punto de olvidar lo sucedido, se metió de nuevo en su ataúd, arregló un poco el acolchado rojo y entonces lo vio, allí, al lado de la puerta del armario, justo debajo del pesado y polvoriento cortinaje que tapaba la mortífera luz del sol, que de otro modo se colaría por el gran ventanal y la convertiría en cenizas. Allí estaba la prueba de que los monstruos existían y de que uno de ellos vivía en su armario. Allí mismo lo tenía, en su cuarto, y su visión le causó verdadero pavor, revolviéndole el estómago y produciéndole arcadas: una pequeña y delicada zapatilla de ir por casa afelpada de color rosa palo y con brillantitos fucsias en forma de mariposas.

Ilustración de Jesús Rodriguez

Olga Besolí
Enero 2018

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