Monstruos capitales

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Género: Ficción

Rating: +12

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Monstruos capitales.

Corría. Tenía 15 años y corría con todas mis fuerzas para huir. Había salido de casa para tirar la basura y de repente me encontré corriendo porque un loco que iba en un coche salió y pretendió meterme en él. Y para evitar que supiera donde vivía comencé a correr calle abajo. Y me refugié en un antro cetrino y rancio. Escuchaba el ajetreo de gente dentro y una música extraña, casi tribal. Mi madre siempre me había advertido de que en caso de emergencia me arrimara a casas con luz, que buscara gente, que nunca bajo ningún concepto me quedara quieta, callada y sola. Mi primer pensamiento fue: «No puedo volver a casa». En mi casa no estaba mi madre, ella trabajaba esta noche puntualmente en un turno que había cambiado a su compañera del hospital y hubiera sido un suicidio retroceder. Además, me miré en el bolsillo de la chaqueta y tuve la precaución de haber echado la llave antes de salir. Todo eso se piensa cuando se está en alerta. No se sabe cómo, pero sucede rapidísimo en el cerebro. Se procesan datos en milésimas de segundo y se actúa.

Abrí la puerta del garito, estaba sofocada, entré rápido y cerré. Resoplé apoyada en la hoja por dentro, extenuada por la carrera. La mujer del ropero me dijo:

—No deberías estar aquí. Son más de las once de la noche. Eres una menor. Vete a tu casa —me ordenó.

—No puedo irme ahora. Hay un loco ahí fuera. Tengo miedo.

La mujer siguió colocando abrigos en el perchero trasero y no reaccionó a mi comentario, como si no lo hubiese escuchado. Solo puntualizó:

—Pero deberías irte a tu casa, aquí solo verás monstruos.

—No creo que me asuste, ya tengo quince años —afirmé con aplomo.

—Te equivocas. No tienes ni la más remota idea de dónde te acabas de meter. Hoy precisamente hay una conferencia. Una reunión anual para compartir sus logros y progresos. Se ponen al día de sus malvadas acciones y se dan premios para animarse a seguir haciendo perrerías a los humanos. Ya han llegado casi todos. En serio, márchate ya.

—Por favor, ¿Puedo verlo? —rogué ansiosa.

—No deberías, ya te aviso. Pero hazlo bajo tu responsabilidad. Creo que ya estás muerta de todos modos. A ver, acércate, respira, observa, mira, aquí, desde aquí si puedes —apuntó en la pantalla plana de última generación con su dedo índice—. No nos dejan estar en contacto con ellos. No podemos ni mirarlos a los ojos. Todo esto tiene reglas. Lo comprendes, ¿verdad?

No tenía ni la más remota idea de lo que me estaba hablando. Pero aquella mujer diminuta de ojos como almendras, arrugas en la frente y voz maternal, me miraba como si fuera capaz de leerme el pensamiento. Aquello me asustó un poco, pero le contesté lo más rápida que pude: —Me imagino….

Y me arrimé al plasma donde se vertían imágenes desde las tres cámaras de seguridad del antro. Me quedé igual. Eran seres humanos como todos.

—No veo nada extraordinario. De verdad, son gente muy bien vestida y muy guapos en general, pero gente… ¿Se graba? —pregunté curiosa.

—No. Imposible —negó ella mientras se sonaba los mocos—. Aquí está prohibido grabar. Solo se ve por si hubiera algún altercado, o si rompieran algo. Tenemos que decirles el qué. Yo lo voy apuntando todo en este cuaderno. Pero son generosos y luego dejan grandes propinas tanto en el ropero como a mi jefe. Perdona —me repitió nuevamente—, creo que debes marcharte. De verdad, si te quedas aquí y te descubren, me causarás un gran problema.

—Solo necesito esperar un rato. Solo un rato. Por favor. Si me marcho a casa ahora, puede sucederme algo malo.

—De acuerdo, una hora nada más. Cuando den las doce te marcharás de aquí.

Todo fluía con normalidad. Siguieron entrando a la fiesta personas muy arregladas. La mujer del ropero se mostraba seria y fría y no hablaba con ellas. Solo cogía el abrigo y les daba una ficha sin mirarlas a la cara. Luego, cuando ya estaba segura de que habían entrado en la sala, me iba describiendo la situación.

—Mira, ¿ves esta? —Y la señalaba en la pantalla—. Esta se llama Soberbia. Va de color violeta. Se pasea entre los demás con la cabeza altiva, con ese sentimiento de superioridad. Tiene un trato distante y despreciativo. Ella es la presidenta de este tinglado. Luego dará premios a Avaricia y Envidioso como hace todos los años. Es muy amiga de ellos. A los demás casi ni los mira.

Yo la observaba de arriba abajo, pero todo lo veía normal. Una mujer con un traje de lentejuelas ajustado y el pelo rubio, pero no me aportaba nada extraño y tampoco me atrevía a llevarla la contraria a aquella mujer. Simplemente atendía a sus explicaciones con cierta curiosidad y escepticismo.

—Te señalo aquí. Observa, niña. Esta es la segunda peor de todos. Es Lujuria, la del vestido rojo. Se pasará toda la noche suscitando el deseo de los asistentes. Tiene una actividad sexual exacerbada y necesita estímulos constantes que exciten sus sentidos. Le da igual tocarle a una mujer que a un hombre o a varios a la vez. Terminarán en una cama redonda unos cuantos con ella. Gula es su archienemiga. No soporta que haya gente gorda en su cama. Y la insulta mucho. En la anterior ocasión hasta se pegaron bofetones y se arañaron la cara. Gula tampoco se queda atrás, no te la pierdas de vista. Menudo genio tiene…

Seguía mirando con detenimiento la pantalla y al margen de una mujer extremadamente exuberante y bella que llevaba puesto un vestido rojo yo no podía ver nada más.

Ilustración de José Vicente Santamaría

—Mira —señaló con el dedo—, ¿ves esta otra? , justo, aquí, ¡esta! Ella es Gula, la que lleva un vestido tipo saco de color naranja. Siempre está comiendo. Y no siente ninguna vergüenza. Si se descuidan los de alrededor se lo come todo. Normalmente está sentada al lado de Pereza. Esta otra no habla, duerme mucho y no molesta. Pero es como llevar un saco de patatas encima que ni aporta ni se emociona con nada. Es la nada más absoluta. Pereza es casi trasparente, puedes verle las venas en las manos. Su compañía es peor que el vacío. Normalmente viste de azul cielo o blanco. Pero hoy se ha puesto un vestido negro noche para pasar más desapercibida y supongo que dormirse en cualquier sofá de algún reservado sin ser molestada. Estar con ella es desquiciante. Es saber que estás sola en compañía y que siempre te dará la razón como a los tontos. Puedes enloquecer con Pereza. Aunque disfrace tu mundo de paz en un principio, al final te asfixia su falta de motivación y sueños.

—Vaya, realmente los conoces a todos muy bien. —Y le esbocé una sonrisa.

—Y aquí está Envidioso. Hoy se ha puesto de color verde. Es muy amigo de Soberbia, ya te lo dije antes. Casi diría que podrían ser hasta amantes. Se entienden a la perfección, ríen mucho y comparten todas sus maldades divinamente. Se nota que están compenetrados. Emanan eso, casi perfecto, que emanan los enamorados… No sé, magia… Pero en su caso una magia tóxica.

—¿Y esta? —pregunté señalando con el dedo—: ¿Quién es la que lleva este vestido estrecho con tonalidades de color fuego?

—¡Ah, sí, localizada!, esa es Ira. Simplemente busca la destrucción más absoluta de todo. Nunca está conforme con la realidad. Nunca está conforme con las opiniones ajenas, por sistema a todo le encuentra el lado feo. Es terrible mantener una conversación con ella. Solo se escucha a sí misma. Y para explicarme, si no sabes jugar, se enfada. Si juegas, también se enfada porque no sabes jugar como ella. Si juegas a su juego, te hace trampas, y si consigues hacerle trampas tú, definitivamente te mata. Salir de la ira sin lesiones medulares es muy complicado. Por eso es mejor no entrar en flirteos con ella.

—¿Y sabes cómo son todos?

—Sí.

—¿Pero cómo los puedes conocer hasta ese punto? Si solo los ves una vez al año.

— Soy muy observadora, lo escribo todo aquí, en mi cuaderno de notas.

—Antes has dicho que no se los puede mirar a los ojos.

—Eso es…

—¿Por qué?

—Porque les abres la puerta de tu alma.

—¿Cómo es eso?

—Entran por ahí. Pero sobre todo, porque ellos tienen sus reglas. Y aprovechan que bajas la guardia y te ríes mientras los miras fijamente. Ese es el momento para entrar en tu cuerpo. Cuando estás relajado y confiado. Entonces te demonizan.

—Yo los veo muy normales, la verdad —dije encogiéndome de hombros.

—No lo son. Espera que lleguen las doce. Se quitan sus trajes humanos y empieza su verdadera fiesta. Soberbia se convierte en un pavo real con un espejo colgando. Ira nos enseña sus colmillos afilados, sus verrugas y sus pelos en una cara amarilla y huesuda. Gula se convierte en una especie de células madre gigantes a punto de reventar. Lujuria se llena de serpientes y agujeros. Envidioso se convierte en un pez enorme que arrastra una mucosa verde. Y así te podría describir uno a uno, pero vamos, que me están dando ganas de vomitar. Yo, en ese punto, apago la cámara y que Dios nos proteja.

—¡Hala… Qué alucinante! ¿Podría verlo yo? ¿Y hasta qué hora es la fiesta?

—No. Definitivamente no. Es repugnante. Solo ellos disfrutan así. En cuanto a la hora del cierre es a las seis de la mañana. Pero no lo sé. Depende del día. Unas veces a las cinco, otras a las seis y media, lo que sí tienen claro es que no se quedan hasta que amanece. Se colocan otra vez los trajes humanos y salen uno a uno delante de mí como en un desfile, saludando, con la manita mal colocada o un ojo caído, o la peluca como un sarmiento, y no recogen ni los abrigos.

—¿Y eso?

—No, no los recogen, en serio, salen tan acalorados y borrachos que ni se acuerdan. Así que al día siguiente tengo que colocarlos en el patio y quemarlos. No puede quedar ningún resto. Ah, no te lo he dicho. A todos los monstruos les encantan todos los tipos de drogas.

—Ya me imagino. Si es que tiene que ser muy fuerte lo que pasa ahí dentro. Y cambiando de tema, tú ¿cómo has llegado hasta aquí? Me refiero a por qué tienes este trabajo. Esto es lo más extraño que he vivido nunca. Aquí, en una urbanización cerca del mar. Ni podía imaginarme que pasaran estas cosas.

—Bueno, este sitio es muy especial. En principio, está definido como el Fin del Mundo en los mapas. Es mágico y ancestral. Tiene mucha energía negativa. Es muy propicio a estos encuentros. Y no son los únicos. Hay otras ligas similares, de brujas, políticos, etc. Los monstruos no son una excepción, lo que pasa es que la gente normal, me refiero a los humanos, no lo saben. Para poder trabajar aquí tuve que pasar las siete pruebas capitales. Durante un mes los dejé habitar a cada uno de ellos en mi cuerpo. Te he dicho que tienen sus reglas. Nunca pueden habitar dos monstruos el mismo cuerpo a la vez. A cambio, tengo un trabajo y gozo de su protección porque nunca más volverán a poseerme.

—¿Perdona? ¿Cómo es eso? —pregunté estupefacta.

—Lo dicho, durante siete meses los siete pecados capitales uno a uno fueron habitándome. Cada mes uno diferente, claro está. No recuerdo nada de lo que hice o dije durante esos meses porque se encargaron muy bien los unos y los otros de resetearme entera. Así que me dejaron sin sentimientos ni pasado. Y sin dolor, afortunadamente. Ninguno de ellos volverá a hacerlo. Jamás. Ya pagué un caro peaje. Único en la vida.

—¿Y entonces? ¿Entonces ahora qué eres, me refiero, en qué te has convertido?

—En Soledad. Eso es lo que queda cuando ya no hay ningún monstruo dentro.

—¿Eres feliz?

—A ratos. Es un estado complejo. Puedes estar maravillosamente bien y sin saber por qué sentirte extrañamente mal. Al principio duele un poco pero luego te acostumbras. Y te puedo asegurar que es lo mejor que le puede pasar a un ser humano. Vivir tranquilo con su soledad después de haber convivido con todos los monstruos y conseguir que se marchasen fuera uno a uno, dedicarse a quererse a sí mismo, a vivir por y para sí mismo. Egoista dejó mucho dentro de mi Soledad. Y entonces, ¿qué has aprendido, muchacha? —me preguntó dándome una palmadita en la espalda.

—¡Que estás majara! —dije sonriente y guiñando un ojo.

—No, en serio, ¿qué has aprendido?

—¿Que los solitarios son supervivientes de los monstruos capitales?

—Sí, perfecto, pero también, y esto te lo digo yo, que son los más tristes porque ya no tienen ninguna emoción dentro.

—Bueno, visto así, si tú lo dices… —suspiré levantando los hombros, después miré el reloj negro gigante del vestíbulo. Eran las doce. Sentí un picotazo profundo en la base del cráneo. Los ojos se me cerraban pesadamente, como un sueño inesperado, profundo, extraño, quizá una droga, y le pregunté—: ¿Te importa que me quede aquí a dormir?

—Anda, ven, métete debajo del mostrador. Te echaré un abrigo por encima.
A la mañana siguiente la alarma de un móvil olvidado sonó en algún sitio del local. Desperté y no quedaba nada allí: ni televisión de plasma, ni abrigos, ni gente monstruosa. Solo un extraño olor a hipoclorito y piel quemada en una mezcla hedionda. Me incorporé y comprobé que la mujer del ropero tampoco estaba ya. Me levanté pero no me levanté. Me refiero a que mi cuerpo seguía allí acurrucado, como congelado. ¿Qué acababa de pasar? No comprendía nada. Quizá estuviera drogada…Tenía que salir pitando a casa. Un único pensamiento de preocupación por si mi madre había regresado del hospital y no me había encontrado en la casa me invadía y una extraña sensación de ligereza. Debía escribir esta historia antes de que se me olvidara algo y pese a que nadie me creyese. Todo aquello sucedió. Antes de cruzar la puerta del garito para salir, me giré y me miré en un espejo del hall pero ya no era yo.

Olga Ruíz

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