Circo y Fantasía

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Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Circo y fantasía.

 Nunca me gustó el circo en mi infancia.
Mi abuela siempre nos llevaba porque, en su opinión, era un espectáculo infantil y era bueno para los niños.
Tal vez a ella le gustaba pero a mí, la verdad, nada. No me parecía apropiado para los niños: miedo, bromas de casi maltrato, peligro…
Lloraba porque me daba pena que le pegasen al pobre payaso. Tampoco me gustaba aquel “gracioso” disfrazado de lobo que venía a la grada a asustar a los niños, al que yo hubiera disparado seguro si hubiese tenido una escopeta.
Me angustiaba ver a los equilibristas sobre el alambre, por si se caían; o a los trapecistas… ¡Qué gente más loca! Saltando y dando volteretas en el aire, sin red. Pensaba que cualquier día se matarían.
Y no digamos cuando armaban las jaulas para las fieras… ¡Uf! Es que apestaba a fiera todo el circo y, para mí, ese era el olor del miedo. En medio de aquel círculo, el domador, pequeñito e indefenso, vestido de raso bordado, tal vez para que aquellos “bichitos” pensaran que si se lo comían, se les podía indigestar.
Cuando salían los caballos ya me atrevía a mirar a la pista sin taparme los ojos. Ellos eran bonitos, elegantes, nobles y obedientes. Me gustaban.
Ahora, al recordar todo esto, siento que me voy alejando de esa realidad de mi infancia, donde no logré que el circo me hiciese feliz.
Un pequeño movimiento me llama la atención. Miro a mi lado y veo con sorpresa y alegría la carita azul de mi querido dragoncito Dragüi.
¡Caramba! Ha salido de mi cuento Dragüi, el dragoncito ilustrado y me mira recordándome lo bien que lo pasamos en la Torre de la princesita de los “calentadores de colores”, subiendo y bajando por la tirolina para poder ayudarle.
Realmente aquella Torre del cuento era casi un circo… Sonreímos y me coge de la mano.

Ilustración de Rafa Mir

De pronto, nos encontramos bailando en lo alto de las almenas, llenos de alegría, dando vueltas por el cielo rojo y malva del atardecer. Bajo mis pies veo el alambre del equilibrista, y los trapecistas que ahora están muy abajo y también bailan en sus trapecios.
Miro al dragoncito y ¡ha crecido! Ahora es aquel aventurero “lobo de mar” que me contaba mil historias de viajes en el Café del Faro del Fin del Mundo. Lleva su pipa y su gorra de marino y baila conmigo sonriente, hacia el horizonte, sobre las olas azul oscuro.
Debajo sigo viendo el circo, muy pequeñito.
Un caballo se sitúa en el centro tras un salto y lo reconozco: es Furia, el caballo cárdeno, noble, esbelto y obediente en el que siempre monté de joven. ¡Por eso me gustaban los caballos! Monto sobre Furia y me va trayendo, impulsado por el viento del atardecer que lleva a los barcos a tierra firme.
Comprendo ahora que todo aquello es mío. Forma parte de mi ilusión. Es bonito y no está lejos.
Noto en el brazo que alguien me toca…
¡Niña! ¡Cierra la boca y los ojos que los tienes como platos, que la función va a terminar! ¡Menudo te lo has pasado hoy en el circo! ¡Y eso que no te gustaba!
Es mi abuela, que se ríe al ver la cara que tengo desde hace un rato. Y es que ella no sabe toda la magia que he vivido esta tarde: ¡la ilusión y la magia del circo!

  Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)

 

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