Arreglos de costura

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Arreglos de costura.

Los lunes y los miércoles por la tarde de siete a ocho damos la vuelta al valle. Es un recorrido de hora y cuarto, pero si aprietas el paso en una hora puedes hacerlo.  En ese camino ves el río Tajo, los árboles, mogollón de gente deportista, los patos, el parque, aprecias Toledo desde fuera de la ciudad, puedes disfrutar de uno de los atardeceres más bonitos del mundo y respiras. Pero lo que siempre nos pone los pelos de punta es acercarnos a la casa de los arreglos de costura. María y yo no tenemos miedo a casi nada. Vamos, creo que somos unas mujeres bastante valientes en general. Pero esta casa es una de esas casi nadas que se salen de nuestro entendimiento.

Hablaré de María primero. Ella es TTV (que significa que es de Toledo de toda la vida y a mucho orgullo). Conoce a otros muchos TTV y muchas leyendas de la ciudad. Es jovial, vivaracha y muy leal. Con ella doy esos dos paseos a la semana llueve o nieve, y son una buena dosis de alegría. Yo, por el contrario, soy de fuera, pero tengo un carácter extrovertido y curioso y me resultó muy fácil adaptarme al medio.

Para centrar la historia, explicaré que todo empezó hace un año o así. Uno de esos  días ella me obligó a fijarme en una casa que antes había pasado inadvertida. Era de piedra, de una sola planta, con una puerta central y dos ventanas ridículas a ambos lados, casi siempre cerradas a cal y canto y en un estado ruinoso de las cubiertas que cualquier día iban a vencerse. Estaba ubicada cerca del Puente de Alcántara, un poco camuflada a los pies de la muralla. María la señaló y me animó:

—Venga, tía, acércate ahí —dijo apuntando a la puerta que tenía unas contraventanas de madera abiertas hacia dentro.

Desde fuera se podía ver un pequeño cartel blanco con el título: Arreglos de costura. Pero no ponía ni un teléfono, ni un horario, sólo eso. Un cartel hecho de madera, pintado con pintura Titán blanca y serigrafiado en negro, adosado al cristal de la ventana por dentro.

—Voy —le contesté obedientemente. Pero ante su distancia, le pregunté—: ¿Pero qué te pasa?

—Nada… —pronunció un tanto nerviosa—. Acércate y pega la cabeza al cristal —me ordenó. ¿Qué ves?

Y yo, nada prudente, me arrimé y posé la nariz en el cristal para acomodar la vista al interior que estaba más oscuro que la realidad exterior. Contesté relajada:

— Pues veo un salón.

—¿Qué más ves? ¡Carajo! —dijo alzando la voz y con un tono malhumorado.

—Pues un espacio antiguo. A la izquierda de la estancia hay una máquina de coser Singer con una silla de enea y un cojín de lunares desgastado. Al fondo veo un sillón de madera con tapicería de flores y delante una mesa camilla con una faldilla verde oscura y un tapete de ganchillo. En las paredes unos cuadros de ángeles, poca cosa. Al fondo a la derecha, también una cortina de rayas de acabado castellano sensiblemente recogida sobre una silla.

Ilustración de Rafa Mir

—¿Sólo eso? Y la mujer… ¿no hay una mujer?

—No. Sólo un espacio digno de una película de Almodóvar de una casa manchega de los años sesenta. —Y me retiré—. Venga, ¡mira tú! —La animé.

—Yo la vi muchas veces cuando era pequeña.

—Pero ¿a quién?

—A la costurera, ¡coña! No te enteras. Siempre me arreglaba los uniformes del colegio.

—¡Ostras!, pero de eso ya ha pasado mucho tiempo. Que ya vas camino de los cincuenta.

—Y tanto… Lo curioso es que siempre que paso miro por si la viese, pero soy incapaz de arrimar la cabeza como has hecho tú. Tenía un moño blanco y llevaba batas negras de luto riguroso. Era menuda y casi transparente. O al menos así la recuerdo.

—Y ¿por qué no llamas y la saludas?

—Me da miedo.

—¡Ah, venga! Arrima aquí la cabeza. No está. —La animé señalando el cristal.

—¡Te he dicho que no! —puntualizó molesta—. Es que no puedo…

—Pues sigamos entonces.

Llegamos al final del recorrido y cada una se marchó a su casa. No sé por qué se había puesto tan tensa. Ya no éramos niñas para películas de terror. Pero por alguna razón, ella vivía aquello con cierto respeto y miedo. En el tiempo que llevaba en la ciudad nunca había oído nada de esa casa, ni siquiera recordaba haber leído nada en periódicos locales o revistas de barrio, ningún suceso que me hiciera pensar que aquella casa estaba encantada o guardaba algún secreto. Entonces, se disparó algo dentro, como una necesidad de saber más al respecto. Una curiosidad malsana sobre una vida ajena.

Pasaron los días y los meses y siempre que pasábamos al lado de la casa era como si un silencio se hiciera a propósito y se produjese un efecto de eso que llaman una bajada de temperatura. No me gustaba mucho pasar por esa acera de piedra y sentir la humedad de las paredes y la sombra de las dudas.

Una tarde, cuando estábamos casi a la altura de la vivienda, vimos a una mujer entrar con una bolsa de plástico. Llamó a la puerta y la abrieron desde dentro. Ya tuvimos el primer indicio de que alguien habitaba allí todavía. Estuvimos fuera esperando a que saliese, pero pasaban los minutos y aquella mujer de camisa rosa de rayas y pantalones vaqueros de unos treinta años no salió. Entonces pensamos que si había ido a dejar un arreglo de costura tardaba mucho en salir. Pero no nos importó porque en ese tiempo estuvimos hablando de la vida y cómo mejorar el mundo. Pero tuvimos que marcharnos, no merecía la pena esperar tanto.

Imaginamos cómo sería la vida de aquella mujer, si vivía sola, si la ayudaban, si realmente recibía alguna pensión, si malvivía con los arreglos de costura, en fin…

Un día se me ocurrió la brillante idea de coger una falda y decirle a María que iba a llamar a la puerta con la excusa de que me arreglase el bajo, que prefería hacerla más corta. Ella se puso furiosa. No podía soportarlo. Dijo que bajo ningún concepto iba a ver a esa mujer mayor cuyo recuerdo le horripilaba. Y que si quería, que ella me la arreglaba y gratis. Así que se me cortó la ilusión de plan.

Otro día estuve buscando en la guía de teléfonos local por si fuera capaz de saber si tenía fijo y llamarla para ofrecerle algún tipo servicio a domicilio, comida, acompañamiento, etc. Sí, sí, era una excusa, pero es que me moría de ganas de saber quién vivía allí. Pero no tuve suerte. No aparecía en la guía amarilla nadie en esa dirección.

A finales de septiembre me pasé por el archivo regional en busca de algún periódico o alguna noticia antigua que tuviera que ver con esa casa. Pero tampoco encontré nada realmente vinculante. Una licencia de obras para construirla y poco más.

Así que, por más que me esforcé, no conseguí nada al respecto. Y María, pese a mi necesidad de conocer, no tenía la misma necesidad compartida, y no colaboraba dando luz a mis elucubraciones, con lo que desistí en el intento. Dejamos pasar los días y los meses. Siempre con un respeto extraño al pasar por la puerta de esa casa y con una curiosidad todavía más insana de mirar por la ventana. Era imposible no caer en la tentación de hacerlo. Vimos su casa en primavera, verano y otoño, a veces con las puertas entreabiertas, otras con todo cerrado.

Soñé incluso que una mujer menuda sacaba el brazo y nos pedía explicaciones de por qué observábamos su casa y qué pretendíamos con eso. Y es que, lo reconozco, se había convertido en una obsesión.

Una tarde me llamó María. Estaba en el tanatorio. Me dijo que fuera allí, que se encontraba muy triste y que no podía ni hablar por teléfono. Era un día soleado de principios de noviembre y yo acababa de salir del trabajo. Recuerdo perfectamente este detalle absolutamente intrascendente porque contesté a la llamada desde el bluetooth del coche y aproveché el camino que casi era el camino a casa, para acerarme a verla. Cuando llegué no podía creérmelo. Me presentó a su abuela fallecida. Estaba en el ataúd, con el cartelito de los arreglos de costura delante.

Me quedé pensando por un rato y en silencio. Luego me dirigí a ella furiosamente y le increpé:

—Me has estado tomando el pelo todo este tiempo. Eres una mala persona.

Y ella me contestó:

—No. Era la única forma de que contaras esta historia. Hazlo por ella. En su memoria. No tuvo una vida de película, pero gracias a ti, su recuerdo permanecerá entre nosotras.

Respiré, reflexioné y la abracé.

—¡Dios, eres la bomba en verso! Tienes razón, María. Nunca habría escrito esta historia. Lo siento por tu abuela, ya me darás detalles, o no… pero seguiremos pasando por esa casa cuando demos la vuelta al valle, y pensaré en lo capulla que fuiste por el engaño y en cómo activaste mi imaginación casi a partes iguales.

—Perdóname. Sé que lo entenderás.

—Te acompaño en el sentimiento, amiga. Lo entiendo.

Y aquí estoy contando esta historia: una historia de mujeres llena de empatía y complicidad. Y porque también hay en mí una necesidad de recordar mi  infancia entre ceras, pinturas y telas. Una infancia en la que vi a mi madre compartir horas de costura con sus vecinas y reír. Y ellas sí cambiaban el mundo con sus dedales.

Olga Ruiz

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