El Hada

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Género: Fantasía urbana

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Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Hada.

Soy un hada. Y remarco la palabra “un” porque soy un hada y no una hada, aunque sé que eso, a nivel escrito, sea una barbaridad. Pero lo especifico para que me entendáis correctamente y no os hagáis una idea equivocada de mí.
Porque si me pudierais ver —¡qué lástima que los humanos hayáis perdido la facultad de vernos a nosotros, los seres fantásticos!—, distinguiríais claramente mi indudable aspecto masculino. Dicho sea de paso, estoy muy orgulloso de pertenecer al sexo masculino, aunque en el mundo mágico se considere el sexo débil o inferior. Y sí, aunque no me creáis, los seres mágicos tenemos sexo y lo usamos. ¿De dónde creéis que venimos nosotros si no? ¿De las esporas?
El caso es que en mi mundo lo mío no está bien visto, porque la gran mayoría piensa que ser un hada es una cosa de chicas. Sí, ya sé que estoy fuera de lugar porque solamente soy un simple macho en un mundo de féminas, pero ¿acaso no debería haber igualdad de géneros e igualdad de oportunidades? Por supuesto las hadas piensan que no. Unas se atreven a decirlo alto y claro; las otras lo cuchichean por los rincones del bosque cuando creen que ni las oigo ni las veo, porque nunca se atreverían a decírmelo a la cara, está mal visto dar un trato discriminatorio. Pero aunque algunas intenten disimularlo, sé que me miran de una forma diferente a como se miran entre ellas. Noto que me intentan dejar atrás cuando emprendemos el vuelo en grupo y que no me cuentan sus logros ni me preguntan los míos. Lo que más me duele es que no me dejan asistir a los consejos de hadas. Con una excusa u otra me dan largas: que me sentiría desplazado, que no se va a comentar nada relevante, que ya me avisarán cuando llegue el momento, que todavía no se sabe a qué hora es la reunión, que solamente se hablarán de cosas femeninas que no me interesan…
Creo firmemente que mis compañeras me detestan a su lado. Y no es porque tenga mal aspecto o huela mal, no, sino por la sencilla razón de que no soy una chica. Claro, como están convencidas de que solamente ellas tienen derecho a ocupar la posición de hadas, me tienen como un intruso que ha escalado más alto de lo que debería en la sociedad.
Al principio no fue así. Me acuerdo de que incluso les hizo gracia que yo fuese su compañero. Se lo tomaban a chiste. Y por un tiempo tuve que soportar comentarios jocosos y un tanto desagradables: que si mis alas eras demasiado ásperas o duras, que si ser un hada me feminizaría, que si quizás no tenía claro lo que soy… ¡Claro que lo tengo claro! Lo he tenido claro desde siempre. ¡Soy un hada!
Cuando vieron que mi empeño no cedía y que no se trataba de un antojo pasajero, la cosa cambió. Empezaron los ataques, los boicots, las trampas y las zancadillas. Fui llamado varias veces ante la Reina de las Hadas acusado falsamente de cosas que no hice. Por suerte, la verdad siempre ha estado de mi parte y ha sabido salir a la luz. Aunque no ha servido para que mis acusadoras reciban castigo por ello. Incluso la Reina, que ante el tribunal de Hadas parecía totalmente justa e imparcial, me dijo, en la última ocasión que estuvimos solos y en confianza:
—Sé lo que te has esforzado por ocupar tu lugar en el Reino de las Hadas, y te admiro por ello, pero ¡mira el revuelo que has armado! ¿Y para qué? Eres muy atractivo y apuesto, y estás echando a perder tu carrera. ¿No estarías mejor en el sitio que realmente te corresponde, junto con los elfos? ¿Quizás en mi guardia personal? Porque aunque los elfos ocupen escalafón más bajo que las hadas, son imprescindibles para nosotras y les tenemos en alta estima. Y yo tendría especiales atenciones contigo, si tú quieres, claro está.
—No, yo soy un hada y estoy perfectamente aquí —le respondí—. No quiero ser un elfo al servicio de las hadas, ni de su reina.
Entonces cambió su tono amigable, que se volvió amenazador.
—Está bien, pero si recibo otro expediente por tu mal comportamiento, tendré que echarte del reino. Y eso significa que no podrás ni quedarte entre los elfos. Tú sabrás lo que haces con tu vida.
Esa fue la última vez que la Reina se dignó a cruzar unas palabras conmigo.
Así que ahora mismo, por defender mis derechos a ser un hada, estoy a un suspiro de perder de vista el bosque mágico en donde nací para siempre. ¡No es justo! ¿Por qué no puedo ser un hada? ¿Por qué no pueden dejarme en paz?
Y no solamente tengo que enfrentarme a los prejuicios de mis compañeras, las hadas, sino que, incomprensiblemente, todos los habitantes mágicos del bosque, incluidos los de mi propio sexo, piensan que estoy equivocado en mi postura. O lo que es lo mismo, todos le dan la razón a las hadas. ¡Claro, como ellas son las que mandan!
Un día sí y otro también alguien me aconseja o me insiste en que debo dejar de ser tan molesto que destrozo la armonía de los seres del bosque. Que debo cambiar y ya está, que la vida consiste en eso, en adaptarse a lo que te viene y aceptar tu destino. ¡Yo ya sé cuál es mi destino! Pero nadie quiere aceptarlo. En cambio, todos se ven con autoridad suficiente de decirme a mí lo que debo hacer, que se resume en lo siguiente: que tengo que cortarme la melena, esconder las alas y afinarme las orejas para pretender ser algo que no soy, un elfo.

Ilustración de Rosa García

Y no es que yo tenga nada en contra de los elfos, no me malinterpretéis, que me parecen encantadores y hacen estupendamente su labor de guardianes del bosque mágico. Pero es que yo no tengo ni cuerpo ni mente de elfo. Yo nací hada y fui bendecido con un precioso par de alas iridiscentes. Eso debería significar algo, ¿no? Y gracias a que mis padres —un simple duende doméstico y una preciosa hada que nació con un ala defectuosa y nunca pudo alzar el vuelo—, en contra de todo pronóstico y bajo las críticas de los vecinos que ya de entrada nunca aprobaron su relación, decidieron no cortarme las alas de pequeño, por lo que hoy puedo decir con orgullo que soy un hada, y que además soy un hada masculino, atractivo y funcional.
Creo diariamente más polvo de hadas que ninguna otra hada y mi vuelo es técnicamente superior al de mis compañeras —aunque tengo que añadir que es el resultado de los años que me pasé ejercitando mis alas y haciendo prácticas de vuelo y piruetas en solitario— y conozco y he puesto en práctica todos los hechizos y sortilegios de las hadas, aunque tuve que aprenderlos en mi seta y a escondidas, porque los fuegos fatuos me negaron el ingreso en la Academia de las Hadas.
Así que para cerrarles la boca a todos solamente me queda un as en la manga: robaré un bebé humano. Son pocas las hadas que han conseguido un triunfo así, y a estas alturas, es lo único que puede hacer que me acepten tal como soy. Eso si consigo que la Reina de Las Hadas reciba mi presente y este sea de su agrado, así que para ello voy a necesitar un bebé rechoncho y sonrosado, que rebose salud. Si mi operación tiene éxito, la Reina me nombrará Hada Superior —y con ello formaré parte del jurado del Consejo de Hadas— y se habrán acabado los problemas para mí.
Espero que cuando llegue el momento, la Reina haga caso omiso de mis detractores, que son muchos. Entre ellos están, por supuesto, los propios elfos, que no soportan verme volar. Yo creo que niegan lo que soy porque mi aspecto les confunde y les hace pensar que no todo es negro o blanco y que el mundo mágico incluye todos los colores del arcoíris. Y esto, a ellos que están acostumbrados a pensar solamente en términos de bien y mal, y a luchar por ello —por eso son los guardianes mágicos del bosque—, les incomoda mi verdad. Tienen miedo de que mi existencia anime a otros muchos como yo —que de haberlos haylos, digo yo, aunque supongo que permanecen escondidos, pues no he visto ninguno— a salir a la luz y el bosque mágico se llene de seres diferentes, únicos y auténticos. ¡Menudo caos para ellos!
Porque las hadas son las dueñas del bosque y los elfos sus guardianes. Ellas deciden y ellos obedecen. Y todos prefieren que todo se quede como está, porque ese es el deseo de las hadas.
Y luego tenemos a las ondinas del lago, que se enorgullecen de ir por libre y parece que nunca interfieren en nada, pero que siempre están dando su opinión. Ahora resulta que se han inventado un nombre como “hado” para clasificar lo que yo soy. ¿Perdona? ¿Es que acaso no puedo ser masculino y, a la vez, un hada? ¿Es que acaso son solamente ellas las que pueden volar y repartir polvo de hadas? ¿Es que acaso uno no tiene derecho a ser lo que quiera en este u otro mundo? Pero claro, a las ondinas les gusta etiquetar y clasificar todo. ¡Si ni siquiera se hablan con las sirenas, sus parientes marinas, porque dicen que son de agua salada y eso las hace inferiores! ¡Pero si es que son iguales! ¡Si todas tienen cola de pez! ¿Qué más da en dónde naden o de dónde provengan? ¿Qué más da el color de sus escamas? Aunque, de todas formas, ¿quién entiende a los seres acuáticos?
Como veis, soy un incomprendido entre los míos. Me siento menospreciado e ignorado, y esta situación me está llevando al límite. He analizado mis opciones y la de cambiar porque no le gusto a los demás está más que descartada. Nunca dejaré de ser yo mismo, y si tengo que seguir luchando contra el hembrismo de las hadas, lo haré. Así que probaré lo del robo del bebé, a ver si consigo ganarme prestigio entre los míos y puedo allanarle el camino a otros como yo. Y si no es así, entonces recurriré al exilio, aunque me duela. Si aquí no me quieren, me iré a otro lugar donde me comprendan y me tengan en cuenta. Y no me refiero a otro bosque mágico.
Porque mi padre me ha hablado maravillas de los seres humanos y, sobre todo, de las mujeres. Lleva toda la vida trabajando para una artista sombrerera de París —por la noche, mientras ella duerme, le dibuja nuevos diseños que a la mañana ella lleva a cabo— y me cuenta que si todos los humanos son como ella, yo no tendría problemas en vuestro mundo. Dice que sois solidarios y comprensivos, amigables, tolerantes y muy respetuosos con los demás. Que dais igualdad de oportunidades a todos y que no distinguís entre los géneros, las razas o las condiciones sociales. Que amáis el mundo, el arte y la libertad. ¡Vuestro mundo es maravilloso! Y ya lo tengo decidido. Si el robo del bebé se tuerce, pienso probar suerte en vuestro mundo humano porque seguro que, siendo como sois, aceptáis de buen grado a un ser diferente como yo.

Olga Besolí
Mayo 2018

 

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