Gato tóxico

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Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Ainoha Ollero Naval. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Gato tóxico.

Ilustración de Rafa Mir

 

El gato tóxico llegó a mi vida una mañana de diciembre, ese mes en que algunos querríamos que se nos tragara la tierra para no tener que dar explicaciones sobre nuestros fracasos profesionales y/o sentimentales a una horda de familiares tan bienintencionados, o no, como entrometidos. En diciembre, el papel de regalo se convierte en nuestra segunda piel y las sintonías edulcoradas se instalan en nuestros cerebros como tenias hambrientas de las que nos costará desprendernos sangre, sudor y lágrimas, aunque no tanto como habremos de sudar para drenar los excesos de nuestros saturados estómagos e hígados. Solo unos pocos años me han separado de la visión idílica a la cínica, de las navidades de ensueño a las navidades de miedo, esos días en los que preferiría estar tranquilamente sentada delante del mar, en vez de responder a eso de “¿Y los niños, para cuándo? Que se te va a pasar el arroz..”.

El gato tóxico no era tan venenoso como algunas opiniones no solicitadas sobre cómo vivo mi vida. Tampoco era radiactivo, pero casi: estaba flaco y sucio y padecía una diarrea galopante, fruto de la vejez y de una colección de achaques que haría las delicias del hipocondríaco más pertinaz. Cuando un saco de huesos de color naranja se instala en tu porche de entrada, lo lógico es que lo ignores hasta que se marche. O, como mucho, que le saques un poco de comida, no muy sabrosa no vaya a ser que el bicho se encuentre a gusto y se instale ahí per saecula saeculorum, amén. Pero yo, poseída por un ramalazo de amor muy poco higiénico, tras comprobar que el felino estaba por la labor de intentar una convivencia pacífica conmigo, lo dejé entrar, le preparé una camita y un piscolabis, tan acorde con el espíritu de las fechas, y me harté de limpiar pelos de un color naranja sucio y caca de gato, de desinfectar cojines y baldosas y de disfrutar de sus miradas oblicuas cargadas de adoración.

Durante la cena de Nochebuena, ante el horror de alguna de mis tías más finas, el gato tóxico se aposentó en mi falda, ronroneando, tirándose pedos y haciéndome sentir la persona más especial del mundo. El muy tunante se metió de tapadillo algún que otro langostino. Meses después, cuando ya la primavera estaba en pleno apogeo, se despidió de mí rozándome las pantorrillas con la cola. Se marchó tan campante por la misma puerta por la que había entrado y ya no regresó.

Ainoha Ollero Naval

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