Guerra

Autor@:  Olga Besolí

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasia urbana

Rating: +13 años

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Guerra.

La culpa fue del pequeño Jamie Guerra. Por su nombre anglosajón y su apellido latino, uno podría pensar que se trataba de un niño mexicano, pero nada más lejos de la realidad. Jamie era estadounidense por derecho propio, pues tanto él como sus padres habían nacido en un pequeñito pueblo de Alabama, eran republicanos y apoyaban con todas sus fuerzas el America first que el presidente más xenófobo de la historia reciente de los Estados Unidos proclamaba a los cuatro vientos, expandiendo la antigua idea, nacida con el “estilo de vida americano”, de que América constituye solamente su propio país y no un continente completo que alberga la friolera de treinta y cinco países, cada uno con su propio estilo de vida.

El porqué de su apellido se debía a su bisabuelo paterno, Jacinto Guerra, un español jerezano y católico ferviente, cantamañanas y poeta mediocre a partes iguales, cuyos versos irreverentes creados expresa y únicamente para impresionar a las féminas cayeron en manos equivocadas y terminaron con una acusación de rebelión contra el Caudillo, lo que le llevó a ser perseguido por las fuerzas policiales del dictador y a su consecuente exilio.

Pero Jacinto nunca tenía ni un duro, ni para sobornos, ni para un transporte, porque su forma de vida era bohemia y un verdadero artista no es materialista —o, al menos, eso afirmaba él cuando le pedía dinero prestado a sus amigos y conquistas—. Así que llevaba su católico “Dios dirá” hasta el extremo de que tuvo que ingeniárselas para meterse de polizonte en un barco que lo llevaría al nuevo continente.

Y lo hizo, solo que se equivocó de barco, y en vez de atracar en la Argentina, lugar a donde escaparon muchas de las mentes brillantes de nuestro país que se negaron a perder su voz o su vida, terminó en un pueblecito costero de Estados Unidos, a orillas del Atlántico, con lo puesto y sin conocer ni papa del idioma local. Por suerte, una chica llamada Stacy, analfabeta y crédula, cayó bajo sus encantos de inmediato y tuvo que casarse con él. A los siete meses de la boda nació el abuelo de Jamie, al que llamaron Jaime —aunque su madre nunca pudo pronunciar su nombre correctamente— y la familia se trasladó a Alabama para prosperar. El resto ya es historia.

Y el pequeño Jamie Guerra, con un nombre y un apellido heredados de su abuelo, siendo descendiente directo de semejante linaje, nació un 30 de diciembre, bajos los auspicios de un mundo cada vez más supremacista, con las erróneas muertes de niños negros desarmados a manos de policías blancos a lo largo del país a modo de nana y acunado por un padre protestante y amante de las armas que escupía a la pantalla cada vez que su presidente, al que consideraba inferior por el color de su piel e indigno de su cargo, aparecía en ella.

Con el cambio de presidente, los supremacistas como el padre de Jamie tuvieron su agosto y, para festejarlo, le prometió a su hijo que, para su quinto cumpleaños, le enseñaría a disparar con la vieja escopeta de caza del abuelo.

—Si los niños negros pueden llevar pistolas, los niños blancos deberían llevar metralletas —le decía su padre.

Pero Jamie, a quien le encantaban las películas de acción, no quería disparar la escopeta que lucía —si se puede llamar así a acumular montañas de polvo sobre el metal oxidado— colgada en la pared del comedor de su casa, sino una de esas pistolas grandes y largas que llevan los soldados y cuyas balas parecen no agotarse nunca.

Y tuvo una gran idea: se la pediría a Santa Klaus.

Como casi no sabía escribir más que algunas letras sueltas en mayúsculas, necesitó la ayuda su vecino Mark, dos años mayor, para poner en su carta, con letras desiguales pero claras: M A C H I N E   G U N. Para que no cupiera ninguna duda, dibujó en el sobre la cara regordeta y sonriente de Santa Klaus. Tiró su carta en el buzón y se sentó en el porche a esperar.

A los pocos días el cartero trajo noticias inesperadas. No solo no sabía nada de ninguna respuesta de Santa Klaus, sino que traía una carta certificada de otro continente, desde un lugar llamado Jerez, en un país llamado España.

Lo siguiente que supo Jamie fue que sus padres hicieron las maletas, rápido y corriendo, y lo embarcaron en un avión que cruzaba el océano. Tras eso, y mientras en el resto del mundo sonaban villancicos y campanas, él se encontró recluido dentro de una mansión oscura, alejado de las luces y colores navideños, entre gente extraña ataviada de negro, en un regio salón cuyo silencio era roto continuamente por una multitud que susurraba sin parar en un idioma que él no entendía. No había chimenea alguna por donde pudiera entrar Santa Klaus y el centro de la sala, en vez de estar coronado por un gran árbol de Navidad, lo estaba por un lóbrego ataúd que descansaba sobre un peldaño. La cosa no podía ser más triste y funesta. Añoraba su casa, sus amigos, los villancicos y las luces de colores. Y se aburría. Soberanamente. Así que se distraía chasqueando sus pequeños dedos sobre la madera caoba del ataúd, cuando una cabeza de rizos dorados y sonrisa maléfica apareció a su lado.

—Te he estado observando. No eres de aquí, ¿verdad? ¿Quién eres? —le preguntó en un perfecto inglés de colegio de pago.

—Jamie. ¿Y tú?

—Rosana. ¿Eres familiar dela muerta?

—No lo sé.

—Si estás aquí, es porque lo eres. Seguro que eres uno de los descendientes del hermano pobre de la difunta, el que se fue a América.

—Supongo.

—¿Y sabes por qué estás aquí?

—No.

—Por su dinero —dijo señalando al ataúd—. Dice mi madre que todos estamos aquí por su herencia.

—¿Herencia?

—Es cuando te mueres y regalas lo que tienes a los demás.

—¿Como los regalos de Navidad?

—Parecido, sí, como los regalos de los Reyes Magos.

—¿Quiénes son esos?

—¿No lo sabes? ¿No has recibido nunca regalos por Navidad?

—Sí, claro, de Santa Klaus.

—Bahh… ese. Vale, también trae regalos, pero no tiene un verdadero poder. Es solamente un barrigón que se cuela por las chimeneas. Mi mamá me ha contado que los verdaderos son los Reyes Magos, porque son tres, son mágicos y nunca fallan: ellos no tienen lista de niños malos. A mí siempre me han traído lo que he querido.

—Da igual. Yo ya pedí mi regalo a Santa Klaus.

—¿Y te lo ha traído?

—No lo sé. ¿Qué día es hoy?

—El día de San Esteban.

—¿El día de quién?

—No te enteras ¿eh? Hoy es el día después de Navidad. Así que tú deberías haber recibido tu regalo ayer.

—Puede que esté en mi casa, en Alabama.

—Eres un poco tonto, ¿no? ¡Todos saben que los regalos de Santa Klaus van a donde está el niño! Y ahora estás aquí. Si no te ha llegado el regalo, es porque no has pasado el corte.

—¿Qué corte?

—¡Ya te lo he dicho! El de la lista de los niños malos.

—Jooo…

—Hazme caso. Si quieres tu regalo, haz la carta de los Reyes Magos. Ellos, el 6 de enero, te mandarán lo que pidas, sea lo que sea.

Esa revelación fue como un despertar para Jamie. ¿En qué estaría pensando al escribirle a Santa Klaus? ¡Ni aunque Santa se hubiera vuelto loco, no le admitiría en la lista de niños buenos! Y él necesitaba su arma cuanto antes. Antes de su cumpleaños. Así que, ante la mirada atónita de los reunidos, pidió lápiz y papel. Nadie reaccionó, salvo una mujer con cofia de sirvienta que, al parecer, era la única —aparte de la niña— que sabía inglés en toda la casa.

Recordaba perfectamente todas y cada una de las letras que, junto con su vecino, había utilizado en su carta a Santa Klaus, así que se puso a escribir con letra desigual pero firme: M A C H I N G U N.

Dobló el papel y, ni corto ni perezoso, se acercó a la niña y le pidió que escribiera la dirección correspondiente delante, que era, ni más ni menos, que el lejano Oriente. Sí, ellos le mandarían su arma, seguro, porque su padre siempre le decía que en Oriente solamente hay dos cosas que valen la pena: petróleo y armas de destrucción masiva. Y eso sonaba bien.

Jamie, para colmo de males, pasó su cumpleaños entero dentro del avión, de vuelta a casa. No hubo ni prácticas de tiro ni nada, solamente un bodrio de película en la minipantalla del avión, que no se oía sin los auriculares. En cambio, sus padres dormían con una sonrisa en la cara. Nunca los había visto así de contentos y relajados. ¿Por qué eran tan felices? Él se acurrucó enfadado en su asiento.

La llegada a casa no mejoró ni un ápice: ni rastro de regalos. Es más, ni siquiera había un árbol de Navidad en el comedor.

—¡Mamá! ¿Y los regalos?

—Es que, hijo, con lo del fun… y el viaje…es que no he tenido tiempo de… Si quieres ponemos ahora el árbol… Quizás Santa se ha perdido… o no nos ha encontrado… Lo siento.

—Papá, ¿cuándo hacemos tiro?

—Sí, claro… se me fue de… Lo haremos, hijo, pero el año que viene, ¿de acuerdo? Además, tu cumpleaños ya ha pasado. Tendrás que esperar.

A la mañana siguiente, cuando despertó, se encontró con un árbol improvisado en medio de la cocina, con algunos paquetes y uno que tenía su nombre. Cuando lo abrió y vio que era una pistolita de juguete, con unos dardos que ni volaban ni se pegaban en ningún lugar por mucho que uno lo intentase, y que el kit iba acompañado con un ridículo sombrerito de vaquero y una placa falsa de sheriff, casi le da un colapso.

Era el colmo. Santa se había reído de él. Sus padres se habían reído de él. Todos lo pagarían. Y tanto que lo harían.

Jamie esperó los siguientes días en silencio, sin pucheros y sin hacer ruido, disimulando, con su sombrero de vaquero en la cabeza y su placa de sheriff en el bolsillo. Esperó pacientemente sentado en el porche a que llegara el día de Reyes.

Y llegó. Para sorpresa de todos, el día amaneció dejando ver un pesado y enorme paquete encima del sofá destartalado del comedor, sin que nadie recordara haberlo puesto allí.

—¿Has sido tú, papá? —preguntó su madre con su taza de café en la mano.

—No, mamá —contestó él quitándose las legañas de los ojos.

—Entonces, ¿quién ha sido? —preguntó ella entre risas nerviosas.

—¿Y yo qué sé? ¿Santa Klaus? —replicó él con ironía.

—¡No! —gritó Jamie a pleno pulmón, mientras se acercaba corriendo, con los pies descalzos—. No ha sido el estúpido de Santa. Es mi regalo de Reyes.

—¿De quién? —preguntó su padre, pero Jamie ya no le escuchaba.

Estaba destrozando el papel de copos de colores, rompiendo de paso la enorme tarjeta que rezaba en letras grandes y claras: “Para Jaime Guerra”.

Cuando sacó el contenido del paquete, bajo la atónita mirada de sus padres, y empuñó la pistola semiautomática, todo se vino abajo. A la ráfaga de balas que salieron de su arma y que agujereaban el techo mientras él se caía de culo, con el dedo todavía en el gatillo, se le unieron el estruendo de la pared al romperse por la entrada de una avalancha de renos desbocados que tiraban de un carromato que terminó en medio del comedor. Al mismo tiempo, un sonoro boom hizo retumbar las paredes. Era la puerta trasera que se vino abajo por la embestida de algo muy grande, y que apestaba.

—¡Malditos Reyes Magos! —gritó el gordinflón vestido de rojo, que saltó del carromato y, empujando al niño, le quitó el regalo de las manos—. ¡Ni siquiera le han dejado el seguro puesto! ¡Dad la cara, escoria oriental!

El padre de Jamie cogió rápidamente a su hijo y lo parapetó con él y su mujer detrás del sofá. Con un dedo le señalaba que guardara silencio absoluto.

—¡He dicho que salgáis! —volvió a gritar.

Desde la parte de atrás se oían murmullos. “Sal tú”. “No tú, que tiene un arma”. “No es suya, que es del niño”. “Pues que salga Baltasar”. “Eso. Baltasar, te toca”. “Pero…”. “Son dos votos contra uno”. “Joer, siempre lo mismo”.

Por el pasillo se acercó una sombra, seguida de una figura esbelta y alta, ataviada con una capa roja y una corona.

—No dispares —le dijo a Santa—. No voy armado.

—¡Dispárale! ¿No ves que es escoria negra? —dijo el padre de Jamie desde atrás del sofá.

—¡No voy a disparar a nadie! —gritó Santa hacia el sofá con reprobación—.¿Queda claro?

—Vaya, otro demócrata —se oyó tras el sofá.

—Chsss… No es momento para eso —le contestó su mujer.

—Solamente quiero saber por qué habéis infringido las normas. Otra vez —dijo Santa con voz clara y alta.

—¿Nosotros? Nosotros no hemos infringido nada…

—Eso, eso… —dijeron unas voces desde la boca del pasillo.

—Estáis actuando en zona anglosajona, que está bajo mi jurisdicción y se supone que vosotros solamente actuáis en los países latinos. Le habéis traído un arma real a un niño de cinco años cuando debería recibir juguetes y, por si eso no fuera poco, mis elfos lo tienen en la lista de los “niños de dudosa bondad”, por lo que no hay que traerle exactamente lo que pide sino algo similar, pero más flojo.

—Lo sabía —protestó alguien tras el sofá.

—Chsss… calla, Jamie.

—Eh, Baltasar. Tsss, tsss, dile eso…

—Sí, dile lo de la carta…

—Decídselo vosotros, valientes —respondió mirando hacia el pasillo, en donde asomaban a ratos dos cabezas ataviadas con coronas.

—¿Carta? ¿Qué carta? —preguntó Santa.

—Ayyy… Resulta que el chiquillo, por lo visto, mandó su carta desde España, y claro, ya sabes, el pacto territorial…

—¿En serio? ¿Y le habéis traído una semiautomática? ¿Una de verdad?

—Y yo qué sé… Yo solamente me encargo de los regalos de las niñas. Es Gaspar quien se responsabiliza de…

—Será chivato el muy… —se oyó desde el pasillo. Y acto seguido otra figura con capa y corona de rey salió de repente, como empujada, avanzando a trompicones.

—Umm, hola. Hey, ¿cómo va, Santa?

—Sáltate las presentaciones, Gaspar. ¿Me explicas cómo llegó esta arma de terrorista a manos de un niño de cinco años por Navidad?

—Sí, pues la verdad es que la cosa tiene su gracia, porque yo creí que era un juguete lo que pedía…

—Ya. ¿Y cómo llegaste a esa conclusión?

—Sinceramente, ni me di cuenta. Debí de leer la carta rápido, le puse el sello de aceptación y la pasé a mi departamento de entrega de regalos. Y claro, como estaba aprobado…

—Y ¿cómo, si puede saberse, le pusiste el sello de aprobado a una petición como esta?

—Verás, te vas a reír… Creí que Machingun era un juguete, no sé, una máquina de chicles, quizás. Como hoy en día todos piden por las marcas, pues uno ya no sabe en verdad qué entrega a…

—Ya. Como que machine gun es solamente una ametralladora. Pero claro, el inglés tampoco es vuestro fuerte.

—Vale, sí, se nos pasó por alto. ¿Y qué? ¿O es que tú no has tenido nunca un fallo? —dijo de repente el tercer rey mago, que salió de su escondite.

En ese momento los padres de Jamie aprovecharon para llevárselo a rastras, poco a poco y sin hacer ruido, en dirección al pasillo.

—Melchor, no te pongas chulito, que nos conocemos… Y sabes cómo va a terminar esto si me sacan de mis casillas….

—Además, hemos acudido de inmediato para solucionarlo, ¿no? Y eso debería ser un punto a nuestro favor —reaccionó rápidamente Baltasar, en tono conciliador.

—Por supuesto, después de que el chiquillo ha estado a punto de matar a sus padres. ¡Feliz Navidad! ¡Jou, jou, jou!

Jamie y sus padres ya casi estaban a salvo.

—¿Uno entre cuántos millones? ¿Sabes cuántos países católicos y latinos hay en el mundo? ¿Cuántos tienes que atender tú, eh? ¿Un millón? ¿Dos millones? ¡Por muy figura que te creas eres un don nadie!

—Melchor, no me tientes, que voy armado… y hoy no tengo el día.

Pero Melchor, enfurecido e indignado como estaba, no atendía a razones, y seguía insultando y provocando a Santa. Hasta que derramó la gota que colmaba el vaso.

—¿Qué pasa, la señora Santa te ha abandonado? ¿Se lo ha montado con uno de tus elfos?

—¿Sabes lo que te digo? ¿Sabes lo que os digo a los tres?

Entonces, en un arranque repentino, Melchor se abalanzó sobre la vieja escopeta que colgaba de la pared al tiempo que Santa gritaba:

—¡Que os jod…!

Ilustración de José Vicente Santamaría

—¡Corred!  —gritó el padre de Jaime mientras huían por sus vidas por un pasillo que parecía no tener fin, tropezando con la puerta derrumbada antes de llegar al exterior de la casa, rodando escaleras del porche abajo y casi dándose de bruces contra los tres camellos aparcados enfrente.

Justo caían sobre el asfalto cuando oyeron la ráfaga de disparos y golpes, acompañados de una lluvia de explosiones que terminaron con un sonoro incendio que se llevó la casa por delante.

Cuando la policía llegó al lugar, tras la intervención de los bomberos, no supieron dar crédito al escenario del crimen. Junto al cadáver destrozado de un hombre negro, con jirones de ropajes extraños adheridos a su cuerpo calcinado, se encontraron restos animales, de ciervo o reno, y algunos fragmentos de algún tipo de adorno o carrocería grande de madera y pintada de rojo. También hallaron señales de pelea, y restos de sangre de varios tipos. A eso había que añadirle casquillos de semiautomática por doquier, y algunos cartuchos de escopeta, más los restos de balas incrustados por todas partes, incluido el techo, por lo que el documento oficial que trascendería a la prensa sería que un único hombre de raza negra, y armado con una pistola, había entrado en la casa para robar aprovechando que los inquilinos estaban fuera de viaje. Por supuesto, un vecino alertó a la policía, que irrumpió en la casa. Pero, al parecer, el hombre tenía una granada, y segundos antes de ser abatido por los agentes de la ley, provocó una explosión.

La gente se lo creyó, como nos creemos diariamente todas las noticias de los telediarios. Solamente había una familia que sabía la verdad, aunque prefirió olvidarla:

—Otro negro con pistola —comentó el padre de Jamie en la habitación del hostal donde pasarían unos cuantos días, con una cerveza en su mano y con una esposa a su lado que no se creía lo que estaba oyendo—. Por eso los blancos tenemos la obligación de ir armados, para protegernos de ellos.

También Jamie olvidó que todo había ocurrido por su culpa.

Como consecuencia, esa no sería la peor Navidad de su vida, ni de lejos, porque al cabo de un año, establecido cómodamente en su nueva casa con jardín, piscina y barbacoa, y a punto de cumplir seis años, tenía la mirada ya puesta en que su padre esta vez sí lo llevase al campo de tiro a hacer prácticas.

Así que, ni corto ni perezoso, volvió a pedir una ametralladora a un Santa Klaus que todavía se estaba recuperando de las secuelas físicas del incidente, mientras que dos Reyes Magos con sed de venganza esperaban su oportunidad, en una Navidad que sí sería de miedo.

Olga Besolí
Octubre 2018

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s