El dilema

Autor@: 

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: 

Género: Humor

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El dilema.

—Mujer, ya sé que te lo prometí, pero de eso hace muchos años… No, no, no quiero decir que no lo sentía, pero éramos unos críos, no sé… llamarme ahora para que cumpla esa promesa…

No sabía cómo salir de ese embrollo, bueno, sí, era fácil salir, la situación era demencial y bastaba con decir no, pero en cuarenta años de vida nunca había dejado de cumplir una promesa, pero aquello…

Cinco minutos antes recibí una llamada en el móvil de un número desconocido. No suelo contestar, la verdad, casi siempre son llamadas comerciales, pero en ese momento pensé que podía ser importante, no sé, un sorteo que había ganado, en algún momento tendría que ganar alguno, y me dio por contestar. En mala hora. Mejor si hubiese pasado y entonces tendría un dilema menos.

La cosa es que contesté y por el auricular me llegó la voz de una mujer.
—¿Fran? ¿Eres tú, Fran?

Eso descartaba que fuese un comercial. Normalmente decían: «¿Don Francisco Álvarez?». Pero también descartaba la posibilidad de que hubiera ganado algo en un sorteo.
—Sí, soy yo.

Debí haber dicho que no era yo, que se había equivocado y colgar, pero no, tuve que decir que era yo
—No sabes quién soy, ¿verdad?

No tenía ni idea, pero tampoco podía reconocerlo. Yo no era de esa clase de hombres que no recuerdan a una mujer, aunque la realidad era que no la recordaba. Ni siquiera pensaba que tuviera que recordar a ninguna.
—Soy Lucía.

—¡Lucía, qué sorpresa! Así de golpe no había reconocido tu voz —dije, haciendo un rápido recorrido mental por todas las Lucías que conocía.
—No tienes ni idea de quién soy.
—No, mujer, claro que me acuerdo, pero es que llevo mucho rato al sol… y la cabeza…
—Lucía Jiménez.

Lucía Jiménez. Mi Lucía Jiménez. ¿Cómo iba a reconocer la voz si hacía más de veinte años que no sabía nada de ella?
—Lu… Lu… Luci… Lucía. ¿Eres tú de verdad? ¿Pero cómo has conseguido mi teléfono? Después de cuánto tiempo, ¿veinte años?
—Veintiséis.

Claro, veintiséis años, era verdad, teníamos catorce cuando terminamos en el cole, antes de ir al instituto.
—¡Veintiséis! Me parece increíble que seas tú, pero cuéntame, qué ha sido de tu vida, dónde vives, cómo me has encontrado…

—Es fácil, hoy en día puedes encontrar a cualquiera. Pero mira, Fran, yo te llamaba por una cosa.
¿Por una cosa? ¿Después de veinticinco años alguien te llama por una cosa? ¿Por qué? ¿Porque no le devolví el casete de los ACDC?

—¿Dónde vives? Si eso, quedamos y nos tomamos un café y me lo cuentas.
Sí, vale, tenía curiosidad por verla después de tantos años.
—Sí, de eso habrá tiempo, pero yo te quería pedir una cosa.
¿Dónde podría conseguir un casete de ACDC? Seguro que me iba a pedir que se lo devolviese.

—Hace veintiséis años, poco antes de que no volviésemos a vernos, me prometiste una cosa, ¿lo recuerdas?
¿Cómo iba a olvidarlo?
—Claro que lo recuerdo, Lucía.
—Pues quería pedirte que cumplieras tu promesa.
—¿Cómo?
—Pues eso, Pablo, que quiero que cumplas lo que me prometiste.

No podía ser, no tenía lógica.

—Pero, Lucía… eran otras circunstancias, otra situación, hemos cambiado mucho.
—Pero me lo prometiste.
—Mujer, ya sé que te lo prometí, pero de eso hace muchos años.
—Vamos, que no lo sentías, tú solo querías conseguir lo que conseguiste y ya está.

—No, no, no quiero decir que no lo sentía, pero éramos unos críos, no sé… llamarme ahora para que cumpla esa promesa…

—Pensé que tú eras diferente, que siempre cumplías lo que prometías, o al menos era lo que decías cuando éramos pequeños. Al menos te creí cuando éramos novios y me lo prometiste.
—Mujer, novios, lo que se dice novios, nunca lo fuimos…
—¿Ah, no? No te reconozco, Fran. Pensé que eras sincero, pero solo querías lo que querías.

—Que no, que no, en serio… Yo cumplo lo que prometo… y si te lo prometí… lo intentaré…

—¿En serio? ¿De verdad? Ya sabía yo que podía confiar en ti.

—Lo intentaré, he dicho que lo intentaré. Haré todo lo posible por cumplir mi promesa, pero no es fácil, estoy casado… tengo un hijo…

—Yo sé que lo cumplirás.

Quedamos una semana más tarde para darle mi respuesta definitiva.

Fue una semana horrible. Estaba lleno de dudas, atormentado por el dilema que se me había planteado. Siempre había pensado que las promesas son para cumplirlas y que no se debe prometer nada que no se esté seguro de que se va a cumplir. Cuando se lo prometí a Lucía no cumplí esa regla, lo reconozco, no pensaba con claridad y la promesa fue motivada por el deseo de conseguir lo que conseguí. Pero había sido una promesa y debería cumplirla, más aún cuando la hice por interés, saltándome mis propias convicciones. Fui un canalla, lo reconozco.

No me atreví a hablarlo con mi mujer, ella no lo entendería, le parecería mal, por supuesto. Tampoco le dije nada a mi hijo, era muy pequeño y no comprendería que lo hiciera. Cuando fuese más mayor seguro que sí, los hombres somos diferentes y seguro que haría lo mismo en mi situación.

Un día antes de la cita con Lucía me encontré con Alejandro, mi mejor amigo. Me conocía demasiado bien como para no darse cuenta de que algo me atormentaba y se lo conté todo.

—Hombre, Fran, yo creo que es algo absurdo, no puede pretender que mantengas esa promesa ahora. Cualquiera te diría que es ilógico.
—Ya, pero se lo prometí.
—Pero moralmente no estás obligado.
—Si estoy obligado en algo, sobre todo es moralmente.
—Venga, hombre. ¿Y qué opina tu mujer?
—¡Nada! No se lo he dicho.
—¿Que no se lo has dicho?
—Por supuesto que no, ya sabes cómo es, no lo entendería. Y luego está el niño… no quiero que sufra.
—Y si al final lo haces, ¿qué le vas a decir?
—Nada, no se lo voy a decir.
—Pero lo descubrirá.
—Quizá no.
—Seguro que sí, ellas se dan cuenta de esas cosas.
—Pues no sé, algo me inventaré.

—Fran, en serio, no lo hagas. Ya sé que es difícil, no nos surgen oportunidades así a menudo, más bien, nunca nos surgen, pero te arruinarás la vida. Puede salir mal, tu mujer lo descubrirá, tu hijo lo sabrá. ¿Y si decide dejarte?

—¿Dejarme?

—Sí, puede pensar que es una traición, una pérdida de confianza. Las mujeres son diferentes a nosotros. Para ti es cumplir una promesa y para ella puede ser una traición. Lucía no tiene derecho a aparecer veintiséis años después y exigirte que cumplas una promesa que hiciste con catorce años, llevado por las hormonas para conseguir lo que querías.

Alejandro tenía razón. No podía hacerme sentir culpable. No podía pretender que me jugase mi familia por aquello.

Al día siguiente vería a Lucía y le diría que no. Incumpliría mi promesa, sí, pero hay cosas que un hombre debe hacer. Probablemente me insultaría y tendría razón en todo ello, pero no podía llegar tan lejos.

Habíamos quedado en una cafetería del centro. Yo llegué con mucha antelación, estaba deseando acabar con todo aquello, decirle que no iba a hacerlo y volver a mi vida.

Ya iba por el tercer café cuando entró. La reconocí al instante. En veintiséis años su cara había cambiado, pero mantenía ciertos rasgos de la adolescencia. Al verla recordé por qué hice aquella promesa tan desesperada. Entonces era preciosa y ahora lo era todavía más, con la misma nariz, los mismos ojos, la misma sonrisa y, además, un cuerpo de mujer. Estaba impresionante. No entendía por qué tenía que recurrir a mí para lo que quería.

Me levanté y al verme me sonrió, pero no con la boca, sino con los ojos. Aceleró el paso hasta llegar a mí y me abrazó. Iba a ser muy difícil.

Ella pidió un café y yo una tila.

Empezamos a hablar de lo que habíamos hecho en los últimos veintiséis años y luego de recuerdos de nuestra infancia y adolescencia. ¿Por qué dejé de verla? Vale que fuimos a institutos diferentes y que nos separamos, pero podía haberme esforzado en mantener el contacto, ¿no? Si lo hubiera hecho entonces en lugar de en esa cafetería, estaríamos en nuestra casa, con nuestros hijos, sin tener que romper mi promesa. Lo había estado alargando, buscando razones más poderosas para decir que no que las que tenía para decir que sí. Era la hora.

—Lucía, sobre lo de la promesa, quería decirte…
—¡Ay, Fran! Qué feliz me hiciste. Te juro que pensaba que me ibas a decir que no, pero cuando accediste a quedar para concretarlo me dije que por qué había dudado, que tú siempre fuiste un chico de palabra, y eras muy bueno, Fran, el mejor que he conocido en mi vida.
Y lo dijo con esa sonrisa en la boca y en los ojos.
La cosa no iba bien.
—Pero ¿por qué yo? ¿Y tu marido?
—Él… no puede.
—¿Y cualquier otro…?

—He buscado mucho, ni te imaginas cuánto. Bases de datos, historiales médicos. Un día me acordé de ti y de lo que me prometiste. Al instante supe que debías ser tú, pero sobre todo quería que fueses tú.

Era hombre muerto.
—¿Y… cuándo tendría que…?
—Lo he preparado todo para esta tarde.
—¡Esta tarde!
—No puedo esperar más.
No pude negarme. No opuse resistencia, o quizá no quise oponerla. Cuando quise darme cuenta estaba entrando en el hospital y en un suspiro estaba desnudo.
Pensé que aquello sería más íntimo, pero había mucha gente.
—Doctor, ¿me va a doler? —pregunté.
El médico hizo una mueca que me pareció una sonrisa.
—No.

Ilustración de Rosa García

 

Veintiséis años antes

—Lucía, dame un beso.
—¡Un beso! ¿Por qué tendría que dártelo?
—Porque estás deseándolo.
—¡Ja!
—Porque estoy muy enfermo y solo se cura con un beso.
—Ni de broma.
—¿Vas a dejarme morir? Llevarás ese peso sobre tu conciencia toda la vida.
—Que te lo dé tu madre, o tu hermana.
—No pueden ser familiares.
—Pues que te lo dé Piluca.
—¡No! Agh.
—¿Y por qué tengo que ser yo?
—Pues…
—Dime la verdad.
—Porque te quiero.
—¿Y por qué he de creerte?
—Te lo prometo.
—No te creo.
—En serio, bastante corte me ha dado decirlo.
—¿Qué serías capaz de hacer por mí?
—Lo que tú quieras.
—¿Harías cualquier cosa que te pidiera?
—Cualquier cosa.
—Promételo.
—Te lo prometo.
—¿Cualquier cosa? ¿Hasta darme un riñón?
—Hasta un riñón, te lo prometo.

Jorge Moreno.

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