Promesas incumplidas

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Género: Narrativa

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Promesas incumplidas.

 

Ilustración de Rafa Mir

Bueno, he de ser sincera, Paula va muy bien, pero para lo que les he hecho venir expresamente es para decirles que la chica debería seguir estudiando. Yo entiendo que tenga que faltar algunos días a clase para ayudar a la familia, pero tiene mucho potencial. Yo creo que …

Usted lo que tiene que hacer es irse a fregar a su casa y no comerle el tarro a una niña de dieciséis años.

––Vamos a ver, señor Muñoz, no es necesario faltar al respeto y mi intención no es ofenderle. Yo…

––¡¿Ofenderme?! ¡¿Con qué, con tus palabras?! ¡No me hagas reír, me ofende tu sola presencia y la presencia de todas aquellas mujeres —le dijo el hombre torciendo el gesto de la boca con visible desagrado mientras escupía las palabras— que, como tú, le han estado quitándoles el puesto de trabajo a los hombres con la tontería feminista esa de la igualdad. Y total para no saber hacerlo como toca. A ver si os metéis en la puta cabeza de una vez que las mujeres solo servís pa estar en la casa y pa críar, y punto pelota, como hacen las vacas y el resto de hembras en la naturaleza. Así están ahora las cosas… pero no, a mi Paula no le vas a lavar el celebro como que me llamo Antonio García.

La profesora lo miró con los ojos muy abiertos sin poder creer el rumbo que estaba tomando la conversación mientras el padre de la alumna se deshacía en improperios e insultos machistas. Antes de que pudiera reaccionar, el director de colegio, que estaba paseando por el pasillo, se detuvo en la puerta del aula con su gran corpachón ocupando todo el marco de la puerta.

¿Qué es lo que está ocurriendo aquí? Se oyen las voces desde la escalera —dijo.

A pesar de que el director y ella no tenían lo que se dice una buena relación, pues era un hombre con un alto ego, Laura se sintió en cierto modo aliviada al ver que tenía el apoyo de un compañero de profesión, así que cogiendo aire y tomando algo de valor le contestó:

––Joaquín, yo solo estaba diciéndole al señor Antonio… —comenzó a explicar Laura, pero el director le dedicó esa típica mirada suya de superioridad y desprecio a la vez, y acto seguido se dirigió al padre de la alumna, haciendo caso omiso de la intervención que Laura acababa de iniciar.

Dime, Antonio, ¿qué es lo que ha pasado?

Y al poco tiempo ambos hombres se ponían a despotricar sobre lo mala profesora que era y el hecho de que el trabajo que estaba desempeñando le quedaba demasiado grande, y todo esto ante la atónita mirada de Laura que no pudo articular ni media palabra. Finalmente, el director, tras despedirse del padre de la alumna en una conversación mucho más distendida, se dirigió a Laura y antes de que ella ni siquiera pudiera abrir la boca le dijo:

Te advertí que era la última vez que te dejaría pasar una. Te he salvado el culo con este padre, pero no me crearás más problemas, porque probablemente no acabes el curso.

¡Joaquín, ¿qué ha querido decir con eso?! —gritó entonces la muchacha, desesperada, mientras el director se alejaba entonando una cancioncilla, bastante satisfecho, sin darle ninguna respuesta. Laura se hundió mucho más en su silla, si es que eso era posible, y entonces las lágrimas comenzaron a brotar.

Cuando el director llegó a su despacho abrió la puerta con gran pasimonia. Dentro había dos niñas esperando, que lo miraron sobresaltadas al reconocerlo. El director sonrió ampliamente y mientras cerraba la puerta les dijo:

¿Estáis preparadas para nuestro juego?

Y en los ojos de las niñas se desató el terror…

¡¿Qué cabrón?!, ¡no hay derecho! ¿Ese es el mismo que te dijo que te taparas los brazos cuando te pusiste manga corta?

¡Entiéndelo! —empezó a decirle Laura con cierta ironía a su amiga—. ¡Es que si voy así en primavera, cómo voy a presentarme en clase en verano! ¡Igual enseño los hombros!

¡Pero si tu clase es una sauna!, le está dando todo el día el sol, y encima se os había estropeado el aire acondicionado, ¿no?

Pero eso le da igual. Es un poco…

¿Retrógrado?

Iba a decir misógino, pero sí, en cierto modo también se le podría llamar así. Lo que más me fastidia es que me quedé como una idiota sin decir ni una palabra mientras esos dos… Pero es que hay algo en los ojos de Joaquín que me da escalofríos y me bloquea, no sé cómo explicarlo…

No te machaques, Laura, tu reacción es normal, sobre todo si te pillan desprevenida. Lo que te ha pasado es totalmente surrealista. Además, se aprovechan de que eres un trozo de pan.

Ya, pero seguro que tú lo hubieses mandado a la mierda, tienes mucho más coraje que yo, Alba.

¿Coraje o mala leche?

Llámalo como quieras, pero te envidio, no dejas que te pisoteen.

Alba sonrió amargamente:

¿Tú crees?, yo no estoy tan segura, y además a veces desearía no tener tanto coraje como tú dices, ¡pues para lo que me sirve!…

¿Qué ha pasado esta vez con Marc?

Pues nada, llevamos un mes sin parar de discutir y empiezo a estar un poco harta. Ambos decidimos que yo aceptaría este trabajo porque nos hacía falta, con la condición de que él tendría que hacerse cargo de la casa y de los niños mientras encontraba otro empleo. Sabes que le fue mal en el negocio, ¿no? —apuntó la chica.

Laura asintió.

Recuerdo que tú no estabas conforme, pero aun así, se metió y al final habrá tenido que darte la razón.

Pues no, y además hemos perdido mucho dinero, por eso me tuve que meter en donde estoy. Por eso cuando llego a casa y veo que está todo patas arriba y que los niños hacen vida en casa de sus abuelos me cabreo mogollón, porque él a lo único que se dedica es a pasarse el día delante del ordenador o a salir con los amigotes ideando no sé qué nueva locura en la que invertir. Pero lo peor de todo es que después de una discusión puede tirarse días sin venir a casa.

Alba, me sabe mal decirte esto, pero ¿seguro que está con los amigotes?

Sí, Laura, esa fase terminó. Me prometió que nunca más lo haría, aunque ya no sé si te digo esto para no preocuparte a ti o tan solo para convencerme a mí misma.

Laura le puso una mano tranquilizadora en el hombro mientras le decía:

Deberías empezar a pensar en ti, una persona así no te hace ningún favor. Y si realmente lo está volviendo a hacer y no es lo suficientemente valiente como para terminar la relación, tendrías que…

Laura, para, que viene Quique…

Mamá, dame diez euros, que quiero invitar a Paula al cine.

¿Ha vuelto ya Paula de casa de su madre?

Sí, volvió ayer. ¿Me das la pasta?

Claro que sí, pero dale recuerdos de mi parte y dile que a ver cuándo se pasa por casa, que la echo de menos.

Vale, máma, pero dámelo ya que llegamos tarde.

¡Oye, Quique, ¿qué pasa? ¿Que desde que soy profe tuya ni saludas?!, ¿me das un beso?

Laura, es que están ahí mis colegas y me da palo, no quiero que piensen que soy el pelota de clase.

¡Ah, claro, ahora ya no soy la tía Laura guay con la que solías jugar a pillar y con la que te querías casar…!

No, me temo que hemos pasado de ser la tía y la mamá enrolladas a ser las viejas cascarrabias que avergüenzan.

Eso creo yo también.

Dejadlo ya, que me están mirando —dijo, y fijando la mirada en su madre añadió—: ¡Venga!, ¿me lo das?

Toma veinte y pásatelo bien.

Gracias, máma, eres la mejor.

Pero sin beso, ¿verdad?

¿Lo dudabas? Venga, Laura, me las piro…

Adiós, bombón, y… ¡pásatelo bien!

Bueno, Quique, ¿te vienes al centro o qué?

No, ya os he dicho que voy a quedar con Paula.

¡Venga ya, tío! ¿Vas a pasar de nosotros por ella?

Es que está mucho más buena.

Eso es verdad, pero sabes que no te vas a comer ni una rosca, ¿verdad? Es la tía dura de clase, sobre todo desde que la colega de tu madre empezó a comerle la cabeza en el insti con eso de que te tienes que hacer respetar y tal.

Sí, ya lo recuerdo. ¡Puta Laura! La chapa que nos dio con lo de que las tías eran algo más que una cara bonita. ¡Pues claro que sí, también son un buen par de tetas!

¡Qué mala leche tienes, cabrón, pero sí, eso es así! —le contestó el otro muchacho entre risas.

Pero que sepas que sí, me la voy a comer, la rosca digo, gilipollas —le contestó Quique al ver la confusión en la cara de su amigo.

Pues yo diría que no. ¿Qué decís, tíos?

Los demás muchachos empezaron a asentir y hacerle gestos burlones.

¿Pero por qué dices eso, chaval?

Pues porque si después de ir juntos casi un año y no os habéis enrollado es o porque es lesbiana, o porque pasa de tu cara.

De mi cara no puede pasar, gilipollas, lo que pasa es que nunca se lo he pedido. Y además estaba saliendo con un pavo.

Pues mejor me lo pones aún. ¡Pasa de tu jeta, chaval!

¡Que no, coño! Que lo tengo controlado y de esta noche no va a pasar.

Tú sigue viviendo en tu mundo de fantasía. Ella pasa de tu cara. Acepta que solo eres el amigo guay. Nunca te la vas a follar.

¡Joder, que te digo que sí! Acaba de cortar con ese tío y voy a ir a saco, ¡chaval!

¡Qué cabrón! ¡Y yo que pensaba que te caía bien y que la apreciabas de verdad!

¡Qué dices, tío! Si he aguantando tanta mierda de supercolega es porque a una tía buena como la Paula hay que sabérsela trabajar.

¿Y todos los rollos esos que os llevábais del feminismo y de la sensibilización y demás…?

Chorradas para podérmela tirar. Venga, largo de aquí que está a punto de llegar.

¡Qué cabrón! Bueno, ya me contarás. ¡Venga, au!

Au.

¡Hola, Quique, qué ganas tenía de verte, chiquiii!

Y yo, preciosa. Un abrazo, ¿no?

¡Claro! —le dijo la muchacha con alegría mientras Quique la estrechaba con más fuerza de lo normal.

Uff, sí que tenías ganas de verme —le dijo la muchacha intentando soltarse de su abrazo. Quique deslizó la mano por su trasero. Paula dio un pequeño respingo sorprendida por aquel contacto inusual, pero en una milésima de segundo lo achacó a algo casual e inocente. Así que separándose miró a la cara de su amigo emocionada y le dijo:

No sabes lo mucho que te he echado de menos, de verdad.

Y después le dio dos besos y lo volvió a abrazar.

Quique era un tío genial, empezó a pensar la muchacha, siempre la escuchaba, y su casa había sido como un refugio para ella. Su madre era encantadora, y aunque su relación de amistad se había afianzado desde hacía tan solo un año, había surgido entre ellos un feeling especial. No era como ella pensaba, como el resto de tíos de su clase que solo la habían querido para enrollarse con ella y vacilar. Quique parecía apreciarla de verdad, pues al menos se había tomado la molestia de conocerla y escucharla. A veces se preguntaba qué era lo que le paraba a la hora de iniciar una relación con aquel chico con el que no discutía nunca y con el que jamás hubiese creído que compartiría tantos gustos y aficiones. Y pensar que se habían empezado a hablar por un estúpido trabajo de clase.

Ahora me toca a mí, ¿no? —le dijo Quique cogiéndola por los hombros, y antes de que ella pudiera evitarlo, el muchacho le había plantado un beso en los labios.

¡Perdona, ha sido el ímpetu! Y como te has girado en el último momento… —Se disculpó.

No, tranqui —le dijo Paula aún en estado de shock.

Por un lado se sentía algo violenta, como si hubieran profanado su espacio vital, mientras que por otro se sentía idiota por pensar tan mal de su querido amigo. Igual era verdad que se había movido inconscientemente cuando Quique la fue a besar, aunque ella creyera que se había mantenido en la misma postura.

¿Vamos tirando? Si no, empezará la peli sin nosotros —le dijo Quique rompiendo sus pensamientos, y se la llevó a rastras calle abajo, cogida de la mano, y aunque se habían cogido así muchas veces, Paula esta vez sintió un pequeño escalofrío.

Una vez en el cine, los muchachos se dieron cuenta de que eran los únicos que ocupaban la sala y estuvieron bromeando acerca de que hasta el cine quería celebrar su reencuentro, pero cuando las luces se apagaron el comportamiento de Quique empezó a empeorar. Paula ya no sabía qué hacer. Le había retirado la mano de sus muslos disimuladamente en un par de ocasiones, y ya empezaba a pensar que aquello no era inocente de ninguna de las maneras, pero no entendía o no podía entender ese cambio tan radical de su mejor amigo. Cuando se conocieron, se prometieron que si alguna vez a alguno le llegaba a gustar el otro se lo dirían, y que si alguno no sentía lo mismo, que quedarían como amigos y en paz. Pero esto en ninguna manera era forma de decírselo. Quique estaba actuando muy mal porque ella no había dejado ningún indicio de que él le gustara…

¡Quique, para! —le dijo la muchacha en el último intento que tuvo este de tocarle el entremuslo.

¿Por qué? Me dijiste que una de las cosas que te ponía del cine era la oscuridad y que con Paco te moló enrollarte porque era directo y muy original a la hora de buscar el lugar…

Pero Paco me dijo que le gustaba antes de intentar meterme mano –—le contestó esta molesta—. Y además me pidió de salir.

Vale, me gustas porque estás muy buena. ¿Quieres que salgamos? —le dijo este de forma burlona sin apartar la mano que Paula tenía férreamente sujeta sobre su pierna para que no fuera más allá.

¿Pero qué mierda estás haciendo?

––Tomar la iniciativa. El otro día me dijiste que ojalá ese tío, el vecino de tu madre de toda la vida, hubiera sido más lanzado a la hora de salir.

Y también te dije que justo por eso me encantaba ese chico, por su timidez. Que aunque no fuera lanzado…

Mientras ella hablaba el chico lo intentó de nuevo.

¿Pero qué coño te pasa, Quique? ¡Me estás asustando! —le dijo de nuevo Paula apartándolo de ella.

¡Joder, te lo acabo de decir! Me molas, tía. ¿Podemos follar ya?

Paula lo miró atónita mientras unas lágrimas se escapaban de sus ojos.

En serio, Quique, ¿qué mierda te has tomado hoy? —le dijo apartando la mano de un manotazo.

¡Nada, hostia! ¡Que estoy harto de que me calientes y en paz!

¿Que qué?

El otro día me dijiste que yo estaba muy follable y que si Ana no lo quería ver era su problema. Y hoy te has abalanzado sobre mí y me has dado dos besos.

Pero solo te quería animar porque en teoría te sentías mal porque te llamó cardo. En ningún momento insinué que me pusieras a mí, y lo de los besos ha sido como siempre, y si he corrido hacia ti es porque estaba feliz de verte…

Y no te has apartado cuando te he tocado el culo.

¡¿Lo habías hecho a posta?! Pero, tío, ¡qué cerdo eres!

Y ahora dirás que no te ha gustado el pico.

¡Pues claro que no! Y encima te disculpas cuando lo has hecho aposta. Me parece muy fuerte… No entiendo…

Pues yo sí entiendo. Te estás haciendo la dura. Me dices que no, pero yo sé que es un sí. Sé que te pongo cachonda. Venga, no lo nieges —le dijo entonces Quique, y se abalanzó sobre la muchacha intentando forzar sus labios. Pero Paula fue más rápida y pudo reaccionar apartándose de él, después le dio un gran empujón que lo tiró al suelo. Consiguió escabullirse y se fue corriendo escaleras arriba hacia la salida de la sala. Y no dejó de correr mientras la rabia, la impotencia, la ira y la decepción iban corroyendo sus venas. Solo cuando acabó de atravesar el parque se paró y vomitó, y después se puso a llorar desconsoladamente. Una señora que pasaba en ese momento por allí con sus perritos se acercó a preguntar:

Muchacha… ¿Te encuentras bien?

No, ¿me podría usted ayudar?

¿Quieres que llamemos a tus padres?

No, solo necesito ir a la policía, pero me da miedo ir sola. ¿Me podría llevar?

Por supuesto, bonica, hay una comisaría en aquella esquina de allá. Vamos, te acompañaremos —le dijo la mujer. Y dicho esto, ambas, junto con los perros, se encaminaron hacia allá.

Después de una semana que le había parecido una locura, Paula por fin se pudo acercar al instituto. Tenía un trabajo que entregar. En su cabeza aún resonaban las desagradables insinuaciones de Quique, el cual, por supuesto, no la había vuelto a llamar. Además, el día que ella fue a denunciarlo a la comisaría se encontró con el marido de su profesora de literatura que, destrozado en un banco en una especie de ataque de histeria, no hacía nada más que decir: «Me prometió que no iba a tardar».

Al día siguiente Paula se enteró de que Laura, su profesora de literatura, había salido a correr por el parque como de costumbre, aunque esa vez salió un poco más tarde de lo normal. Según los rumores que corrían, estaba pasando una mala racha profesional y aquel día había tenido una discusión grande en el trabajo, así que para desahogarse se fue a correr, pero ya no volvió jamás.

Un desalmado la había violado y le había arrebatado su vida, alguien que, como Quique, no sabía aceptar lo que significaba decir NO o luchar por la injusticia social. Y lo que más la asustaba era que, ese mismo día, ella podría haber corrido la misma suerte, tal vez no hasta el punto de ser asesinada, pero sí del de estar muerta en vida. ¿Pues cómo puede alguien recuperarse después de una violación? Además, en esa misma semana su madre había ido a posta desde la ciudad para acompañarla personalmente a hablar con Alba, la madre de Quique, ya que a su propio padre ni siquiera se lo había comentado. Era un energúmeno que había amargado a su madre durante muchos años hasta que se pudo divorciar. Paula estaba deseando cumplir los dieciocho años para poder marcharse de su casa ya.

Al principio la muchacha creyó que se encontraría con una Alba enfadada y dolida con ella porque había traicionado su confianza hablando mal de su hijo. Sin embargo, se encontró a una mujer triste, desolada y avergonzada, porque no solo había perdido a su mejor amiga por culpa de un desalmado, sino que su marido le había sido infiel con otra mujer y se había marchado de casa sin decir palabra, y además había descubierto que uno de sus hijos era un degenerado. Pero cuando la tuvo delante, lo único que esta le pidió realmente afectada fue que la perdonara y que sentía mucho por lo que Quique la había hecho pasar, que se sentía mal por no haber sospechado que su hijo tuviera esos pensamientos tan sucios y desagradables hacia ella. De hecho, Alba, cuando se enteró de lo que había pasado con su hijo, le revisó el móvil en un descuido y encontró algunas conversaciones relacionadas con Paula que ella misma se encargó de entregar a la policía para que pudieran actuar al respecto. Paula no se imaginaba lo mucho que debería haberle costado hacer eso y agradeció profundamente que en el mundo aún hubiese gente tan valiente y leal. Lo que más le dolía y la apenaba e incluso la enfurecía de toda aquella pesadilla que tan solo en una semana se había podido desarrollar, eran todas esas promesas rotas que se habían ido solapando en contra de la verdad.

Y esas promesas incumplidas no habían sido aquella que Laura le dijo a su marido: «Te prometo que no voy a tardar»; o la que el marido de Alba le dijo en su día: «te prometo que no volverá a pasar»; ni siquiera la que Quique le había prometido a ella misma: «Si algún día alguno siente algo por el otro y este sentimiento no es compartido seguiremos siendo amigos y en paz». No, las verdaderas promesas incumplidas estaban relacionada con cada una de nosotras y con todas a la vez. Y con todas nos referimos al resto de mujeres a las que se nos promete la igualdad, la libertad de expresión, la seguridad y el respeto. Ya que si siguen ocurriendo estas barbaries, realmente lo que se nos dice es una mera quimera. Se nos engaña para mantenernos calladitas, para hacernos creer que algo hemos conseguido cuando en realidad no hemos avanzado nada. Y la cruda realidad es que, lo único que se ha conseguido es echar más lastre a nuestra ya pesada carga, y hacer que sigamos muriéndonos de miedo cuando vamos solas por una calle poco iluminada y se sienten pasos a nuestra espalda. Y también se ha conseguido que midamos nuestras palabras cuando nos encontramos en una situación de minoría; y que nos retraigamos, que no nos expresemos como deseamos porque siempre hay alguna excusa par echarnos la culpa de todo lo que pasa. Y tristemente seguimos escuchando en las noticias comentarios tan insolentes y patéticos como que en cierto modo el vestir de forma femenina incita a los ataques en masa. ¿Qué es lo que ha sucedido para que se desprestigien esas palabras que tan bien suenan en las bocas de los perpetradores cuando quieren vendernos su discurso? Pues no olvidemos que también son culpables aquellos que ven pasar las cosas delante de sus narices y no hacen nada; ¿Qué es lo que ha pasado con la igualdad y la libertad?¿Dónde quedan sus verdaderas acepciones? Y sobre todo…¿qué más barbaries tendremos que sufrir las mujeres para que esto se solucione de una vez por todas?

Todo esto pensaba Paula abrumada mientras entregaba su trabajo, una novela corta para presentar a un concurso literario, en la cual reflejaba todos sus sentimientos, temores, desilusiones y esperanzas, lejanas esperanzas de que alguien pudiese llegar a leer todo lo que ella había denunciado e hiciera algo para paliarlo…

Inmaculada Ostos

2 comentarios en “Promesas incumplidas

  1. Me ha emocionado e incomodado a la vez, sinónimo de que has sido capaz de transmitir, al menos a mí. Reconozco que no me esperaba que el relato tratara este tema… Me ha gustado cómo has contado varias historias, enlazándolas muy sutilmente al principio, para luego fusionarlas como las distintas caras de una única historia: las promesas. Quizá no he sabido espresarme bien, pero el sentimiento lo tengo definido. Un abrazo.

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