The hope future

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: 
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones  son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

The hope future.

Hace calor, mucho, probablemente demasiado para tratarse de mediados de noviembre. El sol brilla alto y Maruja ha tenido que untar a los niños con protector solar factor cien, el que suelen usar para ir a la playa en pleno verano, para evitar que sus caritas se achicharren.

Manolo, su marido, suda a chorros delante de la barbacoa, bajo el impenitente sol sevillano y el zumbido de los mosquitos, refrescándose como puede gracias al botellín de cerveza biotransgénica que sostiene en la mano y al que da pequeños sorbos. Pero el sabor, según dice su padre, no tiene nada que ver con las cervezas que él tomaba en sus tiempos. En eso, como en otras muchas cosas, coincide plenamente con los demás abueletes del pueblo, que cuentan que darían su vida por una buena lata de cerveza de doble malta. ¿Qué será eso de la malta?

Por un instante Manolo se queda absorto mirando la pequeña botella de vidrio con tapón de quita y pon. ¿Cuántos rellenados habrá soportado? Por los arañazos diría que muchos. Volver a los inicios, eso es lo que ha ocurrido. El gran cambio prometido ha sido, en realidad, un retroceso al tiempo de nuestros abuelos, un retorno a la austeridad y al silencio, a luz de las velas y los quinqués, a los trabajos manuales y a las artesanías, a los trueques de materiales e intercambios de servicios entre la gente de oficio. Aunque con pequeñas diferencias. Su abuelo, que en paz descanse, gastaba los mismos envases retornables de ahora, u otros parecidos, con la misma cantinela de tener que ir y cambiar los botellines vacíos por otros llenos en la pequeña tienda del barrio. Esa es otra. El pequeño comercio, que había desaparecido porque nunca pudo competir ni con precios ni con la cantidad de producto contra las grandes superficies que se multiplicaban como champiñones cuando su padre era apenas un adolescente, rebrotó tras la catástrofe y se instaló para quedarse tras la prohibición de las grandes corporaciones que fabricaban en masa. Lo mismo que ocurrió con los viejos botellines de vidrio reusables, que resurgieron en pos de la desaparición de las latas desechables que inundaron aquellos años turbios, de consumo exacerbado y despilfarro, que vivió la generación de su padre.

Nada de multinacionales ni de superproducción, ese es el nuevo lema que implantaron los foráneos tras la Gran Limpieza. Nada de derrochar recursos para que se pudran en estantes, y de intentar reciclar después, porque el sistema no funciona en absoluto. Así que a partir de la instalación del Nuevo Sistema, llamado por los propios foráneos como «The Hope Future», hubo que volver a las largas colas en las pequeñas tiendas para conseguir cosas tan simples como huevos o verdura, cuando unas pocas décadas antes uno solamente tenía que alargar la mano y escoger un pack de entre el millón de huevos de tamaños, colores y marcas diferentes del hipermercado. O, al menos, eso cuentan todos los viejos del pueblo.

Ahora, para tener comida, hay que despertarse pronto todos los días y estar al acecho. Y Maruja, que es muy de dormirse, llegó tarde a la tienda de suministros. La cola de los sábados es la peor, y ya no quedaba prácticamente nada más que cebollas. Ni alcachofas, ni patatas, ni pan, solamente unas pocas cebollas pochas. Así que ese es el acompañamiento de las hamburguesas que está asando Manolo. Hamburguesas con cebolla no suena mal, aunque no hay pan que las sostenga, así que habrá que comerlas con cuchillo y tenedor.

Manolo les da la vuelta a las hamburguesas sintéticas bajo el sol abrasador. ¡Quién hubiera podido conocer una vaca de verdad, de las que mugían y pastaban! Su padre las vio una vez, cuando niño. La aparición de Maruja rompe el hilo de pensamientos. Se ha plantado ante él, seria y  sudorosa, con ese garbo andaluz que siempre la caracteriza y con un cesto lleno de ropa mojada.

—¿Y er viejo?

—Joer, ziempre faenando, gordi. ¿Po qué no te zientaz aquí, jursto a mi lao, y disfruta dezta precioza mañana de domingo, hija?

—Na, Manolo, que ja zabez que tengo muxo que hacé. O zi no, ¿Quién me va a tendé toa la ropa? ¿Va a zer tú, quillo? Po yastá. ¿Onde stá er viejo, tu pare, que no lo veo de hace rato?

—No zé. Stará en el jardín datraz, con los xiquilloz, digo yo.

—Los xiquilloz stán entro la caza, jugando a las trez piedraz.

—Poz stará con loz vecinoz, loz foraneoz ezoz. Tendrá que í a buzcalo, poque sto yastá.

Cuando Maruja desaparece con su canasto chorreante y su gracia, Manolo se queda de nuevo absorto mirando su barbacoa fabricada por él mismo con un bidón oxidado, que seguramente en otros tiempos contenía petróleo.

¡En otros tiempos todo era tan diferente! Para empezar nadie habría movido un solo dedo para ir a buscar a nadie. La gente casi que no usaba las piernas, y por eso la gran población mundial (que era mucha más que la actual) estaba gorda y aletargada, con los músculos fofos y blandos. La ostentosa barriga de su padre y los problemas de rodilla que siempre ha tenido son un buen recordatorio de ese estilo de vida malsana. La gente no caminaba, ni se movía. Utilizaban vehículos con motor para ir a todas partes, incluso para ir a por el pan o acercar los niños al colegio. ¡Qué desperdicio de combustible! Y los primeros autos funcionaban con derivados del petróleo, pero cuando este se agotó, se las ingeniaron para que fueran con electricidad. ¡La maldita electricidad que todo lo arruinó! Pero, aparte de vehículos que los transportaban, contaban con un montón de dispositivos para comunicarse y llamarse a distancia… ¡Todo para no tener que ir a buscarse! Y luego, según cuenta el viejo, se pasaban las horas alelados, mirando pantallas de tabletas, de móviles, de televisiones y de ordenadores, sentados y sin hacer nada más. De hecho, la sociedad de todo un siglo se fundamentó en crear y fabricar aparatos que sustituían al trabajo humano. Incluso muchos perdían el propio trabajo porque eran reemplazados por máquinas. De ahí la montaña de aparatos y cachivaches que llena los vertederos y los barrancos de todo el mundo, y que ahora se han convertido en chatarra electrónica inservible.

Eso fue lo que llevó a la ruina al planeta, la electricidad. Millones y millones de líneas de red eléctrica abastecida por centrales nucleares que, en su funcionamiento diario y en las combustiones continuas, expulsaban gases que poco a poco iban consumiendo esa capa de atmósfera que nos protege del calor y de los rayos del sol mientras, a su vez, contaminaban las aguas. Una erupción solar traspasó sin dificultad esa capa debilitada y calentó tanto el planeta, por dentro y por fuera, que hizo que todos los volcanes entraran en erupción casi al unísono. Y la Tierra se convulsionó. Una cadena de terremotos se produjo en consecuencia y eso derivó en la Gran Catástrofe que terminó con todo.

La lava se llevó por delante cultivos y animales, enterró pueblos enteros y destruyó todo lo que encontró a su paso. Los terremotos destrozaron ciudades y aniquilaron el sistema de vida antiguo, el modo de vida de nuestros abuelos y nuestros padres. Pero la Gran Aniquilación se desencadenó cuando las centrales nucleares, que no resistieron el calor extremo y los movimientos sísmicos, cayeron. Los reactores se fusionaron, creando grandes explosiones radioactivas y añadiendo caos y muerte a lo que quedaba del planeta.

Pero la vida siempre se abre paso y lo hizo a través de las estrellas, con la llegada de los foráneos y su plan de salvamento llamado «The hope future».

Ilustración de Rosa García

Maruja ha regresado. Viene con el viejo y con, tal como se temía Manolo, los vecinos. Era de esperar. Los sienta a la mesa y les pone cubiertos educadamente, mientras lo mira con una mirada cómplice, que no admite negativa. Él no entiende por qué Maruja los admira, por qué siempre les dice a los niños que hay que tomarlos como ejemplo.

A Manolo no le gustan los foráneos. Son raros, altos y espigados, sin un solo pelo en el cuerpo, con esa tonalidad gris que a Manolo le pone de los nervios… y no digamos ya esa falta de temple, de emoción, como si no tuvieran sangre en las venas. Bueno, quizás no tienen sangre, ni tampoco venas, ¿quién sabe?

Manolo, que es muy suyo y le desagradan profundamente sus invitados a la mesa, se ríe para adentro mientras pone una hamburguesa en cada plato, sabiendo que ya no va a poder repetir y pensando en que antes, en la época del viejo, la gente se negaba a compartir vecindario con personas de otro color, de otra raza, o de otra religión. ¡Con otras personas! ¿Qué dirían todos aquellos si tuviesen que aguantar a unos vecinos que ni siquiera son humanos?

Pero los foráneos vinieron para quedarse y hay que aguantarse. A menudo, Manolo intenta mostrar cordialidad, preguntándoles a sus vecinos de dónde vinieron, cuál es verdaderamente su procedencia, pero parece ser que el cosmos es demasiado complejo para su entendimiento, así que se conforma con la versión oficial establecida: vienen del otro lado del universo conocido, de un pequeño planeta similar a la Tierra que es un vergel de aguas limpias y vegetación, de tecnología avanzada aplicada correctamente y con sabiduría. A él esta historia no termina de convencerlo. Si él estuviese viviendo en el paraíso, ¿lo abandonaría para irse a un mundo que se va al carajo? ¡Ni en broma!

Ilustración de Rosa García

—Vaya, que zoiz como unos superhombrez de cohones —les dice Manolo masticando su única hamburguesa con la boca abierta, en respuesta al comentario de lo bien que va el mundo desde que la Confederación Foránea está al mando.

—Bueno, cuando llegamos a vuestro planeta y lo limpiamos de radiación, os dimos una esperanza de futuro y un código de sostenibilidad,  por lo que se podría decir que sí, que somos unos superseres, comparados siempre con la especie humana. En comparación con otras especies más evolucionadas del universo, nosotros seríamos como simples insectos.

Si los foráneos son las cucarachas del universo… entonces ¿en qué lugar están las personas? Eso es lo que no le gusta a Manolo de sus vecinos: esa soberbia escondida tras su falsa humildad, esa forma de hablar tan culta y ese aire de importancia, que sin insultarte te deja en lo más bajo, aun a sabiendas de todo lo que dicen suele ser la pura verdad. Pero precisamente eso, el hecho de no mentir, los hace a sus ojos tan… irritantemente perfectos y… ¡tan poco humanos!

Manolo, como todas las personas, es un tipo normal, del montón, con sus defectillos y sus costumbres, entre las que entra soltar alguna mentirijilla de vez en cuando, como todo quisqui:

—Manolo, Manolo, no me tientez que… ya stamo. Ya stá molestando al personá. ¿No stará piripi? ¿Cuánta cerveza tas tomao ya, pixa?

—Na, mujer, que sta e la primera —dice a sabiendas de que ha escondido dos botellines vacíos detrás de la barbacoa.

—A mí me guztaba la televisió. Staba toel día mirándola, que zi partíos de fúrbol, que zi penícula, que zi pograma de cotilleo… To ezo sa perdío ya. —Esa es la queja del viejo de todos los días.

—Pero a cambio de todo eso, de todos los aparatos electromagnéticos y su uso continuado, sufríais mutaciones a nivel celular que os provocaban todo tipo de cánceres. Y vosotros, la especie humana, os estabais convirtiendo en el cáncer del planeta, destruyéndolo, porque vivíais de él como parásitos, en vez de hacerlo en comunión con él, en la armonía y el respeto, en una simbiosis beneficiosa para ambos.

—Ush, xiquilla, qué bien que habla tu marío, o compañero, o lo que zea que zeaiz vozotro dos, zi é que zoiz algo, que a mí me da lo mizmo, zi parese un porfesó i to. ¿Ha vizto, Manolo, lo que é la gente de zabé stá?

—¿Pa qué? —responde Manolo un tanto mosca. De un manotazo aplasta al mosquito que está picándole en el cogote—. Ar meno nozotro eztamo en nuestro planeta, que vozotro, mira ónde habeí acabao, al laíto de la caza de Manolo y Maruja, dos zevillanoz de toa la vía con un niño medio atontolao y…

—¡Papáaaa!

—Que na, hijo, que no te queje, carajo, que yo zé que tú vale pa muxo, pero na de na  pa lo ztudio. Como dezía, con unoz niño aquí ma bien normalillo. Entonze, digo yo, ¿pa qué tanta hermosura y tanto planeta y tanto zabé stá?

Manolo bebe un gran trago de cerveza, acabando su tercer botellín. No ha visto nunca partidos de fútbol por la tele, ni siquiera sabe exactamente cómo se jugaba a este deporte, pero está convencido de que le acaba de meterle un gol en toda la jeta a su vecino, don uy-mira-lo-perfecto-que-soy-y-lo-bien-que-hablo. El viejo le hace un guiño de complicidad.

Pero lo que no se espera Manolo es la respuesta que, con toda sinceridad y calma del mundo, le da su flagrante vecino, el mismo que se ha zampado aquella hamburguesa que debería haber sido suya, que está sentado a su mesa bebiéndose una de sus cervezas, que tiene a su mujer embelesada con su forma de hablar y que representa, hoy en día, a la especie dominante del planeta, por encima del hombre:

—Quizás terminamos aquí, vecino, en vuestro planeta, sacrificando nuestro propio bienestar y las delicias de nuestro propio mundo, para evitar un mal mayor. ¿No habías pensado en ello? Quizás no pretendíamos salvaros a vosotros y a vuestro mundo, sino salvar a los demás de vosotros. En el momento del cataclismo, las miras de vuestros líderes llevaban tiempo puestas sobre otros planetas habitables, con la intención de colonizarlos, de forma urgente y a gran escala y no, como debería haber sido, en la salvación del planeta agonizante que os estabais cargando. Porque los humanos destruisteis, literalmente, vuestro propio planeta. La prueba de ello es que más de las tres cuartas partes de las especies que habitaban la tierra, tanto animales como vegetales, se han extinguido gracias a vuestra acción.

—¿Vé, pixa? To explicao. No hase falta zeguí con er tema. Peo poztre no tenemo. Niño, iro a jugá, que la zobremeza e pa lo mayore. ¿Quisá alguien quiere una axicoria?

Los niños se levantan de la mesa y el viejo entra en la casa; es hora de su habitual siesta.

—¡Que no, gordi! Que no paza ná. Zi yo zolo quiero sabé y aprendé. Zi ezo e la cantinela de toa la vía. Que yo zé que ya no hay vacaz, ni na que noz dé un buen filetito. Pero bixo zí, tenemo to loz que quiera y máz. Y mozquito, que loz muy hijoputa no hay quien loz mate.

—Ojú, Manolo, ya stamo otra vé, y dale con lo mizmo de ziempre. No pue dejá al dezte tranquilo, hijo, que no va a arruiná la comía y tó.

—Yo no arruino ná, que yo zolo quiero zabé.

Maruja no le contesta. Solamente niega con la cabeza y se dirige, con su salero habitual, al interior de la casa.

—Por eso exactamente que te decía, Manolo, venimos y tomamos el mando. Para eso reconstruimos el planeta, lo saneamos y lo habilitamos: para que pudierais seguir viviendo felices en vuestra Tierra y os olvidarais vuestros planes de expansión a otros planetas.

—A ve, a ve… —dice Manolo visiblemente enfadado. El tiro le está saliendo por la culata, y su mujer, que vuelve ajetreada con la bandeja, las tazas y la cafetera, lo mira con reprobación—. Que yo me aclare… entonze, ¿vozotro no oz viniztei pa zalvá aquí ar personá, a la humanidá?

—Solamente en parte. Gracias por la bebida, Maruja.

—De na, lo que no tenemo ez azuca. Pero dicen que e mu malo para la salú. Y ve con cuidao, ezte, que quema un montó.

—Y, zi pue zaberze —continúa Manolo, imparable—, ¿pa qué carajo oz vinizte? ¿pa qué tanta faena?

—Muy fácil… ¿Dejarías vosotros que un parásito, un virus o un cáncer se extendiese por todo el cuerpo? No, ¿verdad? Vuestros médicos, para mantener la población sana, tratarían de contenerlo, de aislarlo y mantenerlo a raya, ¿verdad?

—Zupongo, o de eliminalo, como intento yo aqyí hazé con loz jodio mozquito ¿Peo ezo que tié que ve con nozotro?

—Bueno, ¿crees que los seres evolucionados nos arriesgaríamos a que os expandierais por el cosmos, infectándolo entero? ¡No! ¡Debíamos darle una esperanza de futuro al Universo!

Olga Besolí
Abril 2019

Ilustración de Rosa García

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s