El espíritu familiar

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Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

El espíritu familiar.

Soy el espíritu familiar de una bruja, aunque muchos de vosotros solamente vean en mí un simple gato. Un gato viejo y ajado ya, de ojos amarillos y pelaje atigrado, de comportamiento hostil y movimientos sinuosos. Pero soy mucho más que eso y los más intuitivos se dan cuenta de ello. Por ejemplo, el doctor. Hay una verdadera conexión entre el buen doctor y yo, quizás debido a que él ha visto en contadas ocasiones el umbral de la muerte que abre paso a la otra vida demasiado de cerca, y yo, como familiar que soy, tengo siempre abierta la puerta de ese umbral.

Veo en sus ojos que, pese a que a él le inquieta mi mirada, me respeta, casi tanto como yo a él y a su trabajo. Es el único de aquí que no se dirige a mí como soléis hablarme todos los demás, con la boca pequeñita y la voz gutural, como si fuera uno de vuestros cachorros. No, él sabe que le comprendo, y me explica lo ocurrido, de por qué estoy aquí, de una manera simple y llana, sin vocecitas ni carantoñas, al igual que se lo ha explicado a Belladona. Por supuesto que él sabe que no entiendo vuestras palabras, pero él me habla desde el corazón, y ese lenguaje sí que es mi especialidad.

Tampoco veréis nada especial en mi ama, esa viejecita adorable de cuerpo enjuto y reseco que ahora duerme, y que cuando abre los ojos es por un segundo para volver a perder la conciencia. Esa misma anciana despistada que hace unos meses andaba perdida por los pasillos de otro hospital, y que hace unos días se perdió en este. La misma que cuando eso sucede se enfada sobremanera, alborotando al personal que trata de calmarla con agasajos.

Si nadie os lo cuenta, no imaginaríais nunca que ella fue en sus tiempos la reina de las brujas, dirigiendo los aquelarres mundiales bajo el sello del secretismo. Claro que eso ocurrió hace una eternidad, y en esos momentos de grandeza la acompañaba uno de mis predecesores, un gato negro enorme llamado Lucius III, que aparece en algunos retratos de su antigua casa.

Yo llegué hasta ella mucho después de sus años de gloria, cuando era una mujer ya muy entrada en años y con el pelo cano. Entonces ya sufría algún que otro episodio de despiste, en el que se confundía de repente, pero aun así, aquella noche de tormenta oí la llamada. Abandoné a mis hermanos de camada y corrí desesperado en dirección al reclamo, sin saber lo que me encontraría tras esa puerta oscura, en la noche lluviosa. Y antes de que un escalofrío me recorriera la columna, el quejido de la puerta al abrirse me sorprendió. Y allí estaba ella, una mujer pequeña, con el largo pelo blanco de rizos sueltos, en bata y zapatillas, diciéndome:

—Por fin estás aquí, Lucius VII. Te esperaba y eres más bonito de lo que creía. Y más pequeño.

Esa noche ella estaba lúcida, y su magia estaba completa. No volvería a repetirse. En los siguientes días me cuidó como solo una bruja puede cuidar a su acompañante, con respeto y cariño, sin lacitos, sin vestiditos, sin selfis ni todas esas tonterías que los humanos soléis hacer para quitarles la dignidad a vuestras mascotas.

La nuestra es una relación sana y duradera, de varios años, aunque yo me moría por ver un ritual de esa magnífica bruja, o un levantamiento de energías o, aunque solamente fuera durante unos instantes, un breve contacto con los espíritus de bajo astral que acechan al otro lado. Pero nada.

A ella le costaba concentrarse y siempre usaba la excusa del cansancio. Yo me acurrucaba en su regazo y dejaba que me acariciase levemente la espalda, ronroneando alegremente. A fin de cuentas, aunque no practicase, seguía siendo mi ama y una bruja excepcional.

Y lo digo por decir. Tengo pruebas de ello, porque cuando realmente afloraba toda su magia era cuando se sumía en el mundo de los sueños. Entonces los cuadros se movían de las paredes, los entes aparecían llamados por su reclamo inconsciente, y los colores de la energía brillaban dentro de la estancia, formando bolas que se desvanecían en el aire, y ráfagas multicolores. Mientras dormía ella se liberaba de su atadura terrenal. Yo, impasible a los pies de su cama, era el único testigo del festival de magia improvisada. Luna tras luna.

Pero luego, por la mañana, no solía acordarse de nada y me reprochaba:

—¡Gato malo! ¿Por qué has descolgado el cuadro de mi abuela mientras dormía? ¿Por qué has arañado la alfombra y has tirado al suelo el pentagrama?

Y mientras la Tierra daba sus giros al Sol, sus sueños empezaron a vaciarse de magia, al igual que sus vigilias se volvieron erráticas. De pronto se obsesionó con los huevos fritos. Los pintaba, los comía, me los daba a mí…

Ilustración de Paloma Muñoz

Ilustración de Paloma Muñoz

En cierto modo era divertido, pero siempre llegaba un día en que sus ojos se entristecían y mirando las paredes me decía:

—¡Ay, Lucius! ¿Eso lo he pintado yo? O la casa se ha cargado de duendecillos que me han jugado una mala pasada, o creo que algo no funciona bien aquí arriba  —y se señalaba la cabeza.

¡Cuánta razón tenía! El doctor, no este, sino otro mucho más rudo y menos simpático, se lo confirmó con una palabra: alzhéimer.

Esa palabra supuso un cambio radical para nosotros, que tuvimos que ponernos a vivir con su hija, una mujer simpática y trabajadora, pero tan sensible como una roca o un trozo de esparto, y su marido, un pobre hombre incapaz de entender siquiera la propia vida, y para el que el más allá es un cuento chino para hacer películas de terror.

Ellos dos, con toda su ignorancia y buena fe, quisieron separarnos, pero mi ama se puso a gritar, como nunca la había oído antes, con un grito desgarrador que le salió del alma y con una fuerza que levantó ráfagas de viento repentino. Se asustaron tanto que no volvieron a intentarlo jamás. A partir de ese momento viviríamos todos juntos sin entendernos lo más mínimo.

A Manuel, que así se llama el yerno de mi ama, los gatos le dan alergia, y en cuanto yo pasaba por su lado empezaba a estornudar. Y en cuanto a Belladona, su hija, por mucho que tenga el nombre de una planta mágica, no ha heredado ni una pizca del don de su madre, y encima le tiene pavor a todo tipo de felinos:

—¡Mierda! ¡Jesús! ¡Es que nunca sé dónde voy a encontrarte! ¡Eres tan silencioso…! ¡Y no me mires con esa cara, gato apestoso! —me gritaba cada vez que tenía un sobresalto al cruzarse conmigo.

Incluso una vez me pisó la cola, aunque prefiero creer que fue sin querer. Por otro lado, ella y su marido llevaban una época que se hablaban más bien poco, o casi nada, creo que por culpa de nuestra presencia o, al menos, así lo expresaba Manuel cuando creía que nadie le veía ni oía, aunque Belladona le pillara una vez, porque si no había heredado el don de la magia, sí tenía el don de la oportunidad.

Y mi ama casi nunca se acordaba de su hija, ni reconocía a ese hombre barrigón y refunfuñón que pululaba por la casa, y se preguntaba qué hacía en su casa, aunque esa casa no era suya en absoluto. Sí que tenía días en los que me reconocía a mí, y eso provocaba el llanto de Belladona. Pero no eran lágrimas tristes, sino de amargura por creer que yo le importaba más que ella.

La situación era irremediable. Aunque yo tuviera el don de hablar, no podría haberle explicado que ella me reconocía a través de los chacras y reconocía mi energía, ya que sus ojos y su mente estaban ciegas y perdidas, porque no me hubiera entendido ni una palabra.

Mientras, los huevos de la despensa desaparecían y aparecían huevos fritos en las alacenas, en los cajones de la ropa, o tendidos junto a la ropa mojada. Eso hizo que Manuel pusiera el grito en el cielo y le plantara un ultimátum a Belladona:

—Estoy hasta los huevos. O se va ella y ese horrible gato viejo, o me voy yo.

Pero no hizo falta que nadie se largara. Justo cuando una maleta vacía permanecía paciente bajo la cama de Belladona, y unos cuantos dípticos de residencias para ancianos descansaban manoseados en la mesita, el frío de noviembre se apoderó de los huesos frágiles de mi ama y tuvo que ser llevada al hospital de urgencia. Allí la esperaba el doctor rudo y maleducado, que me cogió sin miramientos y me tiró a los brazos de Belladona:

—Lléveselo de aquí. Esto es un hospital y no se permiten animales.

Por suerte, la estancia en el hospital y nuestra separación duraron solamente unos días, y como su salud no empeoró, pero tampoco mejoró, la trasladaron al hospital geriátrico, en donde se quedaría. Allí, según parece, un buen doctor oyó un día las quejas de mi ama entre toses:

—¿Dónde está Lucius? Lo necesito.

—Cálmese, señora Puig.

—No. No lo entiende… ¡quiero a mi gato! ¡Tráiganmelo! —Tosió un rato antes de coger aire de nuevo—. ¡Tiene que estar… junto a mí!

Mi ama, en uno de esos extraños días en que la niebla de su mente se esfumaba, veía su propio futuro, aun cuando el doctor, por petición expresa de Belladona, le había ocultado su devenir:

—Mire, doctor, sé que me voy a morir… y sé que va a ser hoy o mañana… y ese gato… —más toses— El umbral… Usted… usted no lo entiende…

Pero el doctor, que había mirado a la muerte a la cara muchas veces cuando esta le arrebataba los pacientes, sí lo entendió y vio la mano alargada de la Parca junto a la camilla de esa mujer enjuta. Inmediatamente llamó a su familiar más cercano, Belladona, y la convenció de que era indispensable que trajera su gato al hospital.

Lo sé porque yo estaba allí. Vi cómo a Belladona se le caía la plancha de la mano, quemando el parquet del suelo, y cómo agarraba fuertemente el auricular con la otra.

—Pero ¿para qué quiere ese dichoso gato?… ¿Cómo?… ¿Dos días? ¿Que se va a morir? ¿Ya? ¡No puede ser!

Hoy es el día. El segundo día. Belladona ya ha venido y se ha despedido de su madre, aunque mi ama no la ha reconocido. Tampoco parece acordarse de mí, pero me ha aceptado sobre su regazo. Y aunque nadie vea lo que soy en realidad, y crean que solamente soy una vieja mascota encima de la camilla de su ama moribunda, soy mucho más que eso. Soy la guía que la llevará de la mano en su paso entre este mundo y el otro. Ella lo sabe y yo también, y por eso se ha dormido en un sueño plácido, posando su mano esquelética sobre mí.

Y aunque el doctor bueno y sensible no lo sabe a ciencia cierta, lo intuye, porque aparece de repente cuando un primer estertor me alerta de que la Parca ya empieza a estrujar la vida de mi ama y a sacarla de su cuerpo. El doctor llega corriendo y cierra la puerta tras de sí. No hay enfermeras ni visitantes, solamente nosotros tres y la presencia gélida de la muerte. La persiana está abierta y la luz del atardecer se cuela por la ventana. No va a ser una muerte agónica, sino una muerte plácida. Mi ama despierta para caer en una semiinconsciencia, su mano sigue descansando sobre mí. El doctor le acaricia el pelo escaso y le dice al oído:

—Señora Puig, ha llegado la hora. Deje que Lucius la lleve. Relájese. No intente luchar. Todo está bien. Estará bien.

—Luciusss…

Con mi nombre se escapa el último aliento de mi ama. Se aleja de su cuerpo y se queda de pie, junto a mí, que he saltado de la camilla, de forma más ágil de lo que recuerdo. Ya no es la vieja decrépita que yo conozco, sino la imponente pelirroja de ojos verdes que hechizó al mundo. Ella es mi dueña y señora en todo su esplendor, la reina de las brujas.

Me hace un gesto para que la siga y me sorprendo. ¡Ella es mi guía y no yo la suya! Y cuando miro atrás, no veo sino el cuerpo inerte de un gato viejo junto al cadáver de una anciana.

Esos ya no somos nosotros. Nosotros somos esos dos entes incorpóreos que se dirigen a la luz, a los destellos anaranjados de un atardecer reinado por un sol grande y amarillo que graciosamente brilla rodeado de una nube blanca y que parece un huevo frito.

Olga Besolí
Junio 2019

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