Cazador

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Cazador.

De niño empezó por torturar bichos y pequeños animalillos. Una de sus aficiones era quemar con un mechero a las hormigas y observar con gusto cómo se retorcían mientras se abrasaban. También le dio por arrancarles las alas a las moscas y otros seres voladores, como las mariposas y a las libélulas, que atrapaba con su cazamariposas cada vez que la familia iba al completo a celebrar un pícnic campestre. Inmediatamente después de cortarles las alas soltaba a los pobres insectos y esperaba a ver cómo, indefensos en el suelo, eran devorados por sus depredadores naturales.

—¿Qué haces, Jordan?

—Nada, mamá. Disfrutando de la naturaleza.

En una de esas excursiones familiares al campo, un día soleado, encontró a una cría de ardilla herida en el suelo, entre unos hierbajos. Probablemente se había caído en algún vuelo fallido entre árboles. Se acercó y la observó. Al parecer, tenía una pata dislocada y no podía moverse. Inmediatamente pensó que lo mejor sería terminar con su sufrimiento, así que cogió un pedrusco y le aplastó el cráneo con él. La sangre le salpicó la camiseta y le manchó las manos. Por aquel entonces tenía la tierna edad de diez años. Cuando llegó hasta su madre, sin camiseta y con el pelo sucio de tierra, ella no supo adivinar el motivo por el que una sonrisa le cruzaba la cara de oreja a oreja. Tampoco se fijó en sus manos ensangrentadas.

Luego, empezó a experimentar en casa. Su mascota Jimbo fue la siguiente víctima de sus prácticas sádicas. El pobre hámster murió, sin saber nadie el porqué, y tuvo un pequeño enterramiento en el jardín. Fue entonces cuando su atención se desvió al perrito de su madre, Tori. Tori era un caniche dócil, hasta que, sin razón aparente, se volvió agresivo. No dejaba que nadie se le acercara e intentaba morder a todos, Jordan incluido. Nadie en la casa sospechó que este se divertía provocándole descargas con un par de cables pelados y una pila, transformados en un aparato de tortura que había inventado él mismo, ni que se divertía golpeándolo, tirándole de las orejas y pegándole patadas. Al cabo de unos meses Tori fue sacrificado con gran pesar de su familia, especialmente de su madre, que lloró varios días seguidos. Jordan contaba con doce años y un historial de asesinatos que incluían varios gatos callejeros hallados muertos, uno abierto en canal con una hacha,  y un par de gallinas del gallinero del señor Turner, el vecino, encontradas destrozadas. El vecindario empezó a sospechar de una manada de lobos, o de algo similar. Pero lo cierto es que todos murieron a manos de Jordan.

A los dieciséis, su padre le regaló su primera escopeta de caza. Era una pequeña escopeta de balines, con la que salir juntos a por pequeñas presas. Con ella cazó pequeños conejos silvestres y alguna codorniz, y enseguida mostró buena puntería y suficiente sangre fría como para abatir a las presas de un solo disparo. Para Jordan era una diversión sencilla y poco placentera, y le pidió a su padre su segunda escopeta, un poco más grande y de cartuchos. No le satisfizo del todo hasta el día en que, con ella, abatió un jabalí que les salió de improviso de entre los matorrales y que casi se les echa encima. Jordan, con las piernas atrapadas bajo el cuerpo muerto del animal, y con la sangre manando sobre él, descubrió su verdadera vocación: cazador. Pero no un cazador común, como su padre, de los que abundan por las montañas, con su licencia para matar faisanes, tordos y alguna liebre suelta. No. A él ese tipo de piezas no le interesaba; eran demasiado pequeñas y no le satisfacía matarlas. Y no quería ser el tipo de cazador que va una vez en su vida de cacería en un safari y paga una gran suma de dinero por cobrarse una gran pieza africana que le sirva de trofeo, porque ese único instante no le satisfaría para siempre y no era precisamente rico. Pero tampoco quería convertirse en uno de aquellos hombres de las montañas, que cazan asiduamente las piezas justas para su supervivencia, para poder alimentarse y por la piel del animal. No, no quería cazar por necesidad, ni por trofeos. Él sentía esa llamada salvaje, ese impulso depredador: necesitaba disparar y oler la sangre borboteante y espesa que mana de la víctima, cercana y de forma asidua. Necesitaba mirar a los ojos de la presa para ver cómo la vida abandona su cuerpo, cómo el corazón deja de latir.

—Quiero aprender a disparar.

—Bueno, hijo, ya sabes disparar. De hecho, no eres un mal cazador. ¿De dónde crees que salen estas piezas colgadas de tu cinturón, si no?

—No, papá. Esto es una simple escopeta de cartuchos. Quiero aprender a disparar bien, con armas de verdad, rifles de gran calibre y de largo alcance.

—¿Y a qué vas a disparar con eso? Por aquí no hay caza mayor.

—A personas.

—¿Cómo dices?

—Quiero ser soldado.

Y lo fue.

Años más tarde volvió de permiso a casa, convertido en un soldado experto en armas y entusiasmado porque, por fin, se iba a la guerra, a matar terroristas en Oriente Medio. Había quedado el primero de su promoción, y su superior quiso convencerlo de que se alistase como francotirador, por su gran puntería, pero él lo rechazó sin pensárselo. Prefería estar en primera línea de fuego y abatir al enemigo cara a cara, no a una distancia de mil quinientos metros.

La visita al hogar fue corta, y a la semana ya volaba rumbo a Oriente Medio, junto a decenas de compañeros llorosos y acobardados. Él era el único que sonreía en el avión. Y no perdería la sonrisa mientras estuvo en la primera línea de fuego.

Tras dos años de lucha fue ascendido de soldado raso a cabo, porque no había mostrado miedo a nada, ni al dolor, ni al cansancio, ni a morir, más bien al contrario, cuanto más sangrienta era una batalla, más entero parecía estar, mientras sus compañeros de desmoronaban: algunos vomitaban, otros no podían parar de llorar y otros echaban a correr. Esos eran los peores y alguien tenía que pararles los pies para que la deserción no se convirtiera en una plaga. Bajo el mando de su superior él fue el encargado de abatirlos uno por uno antes de que llegaran a líneas enemigas o encontraran refugio.

Sirvió muy bien a sus superiores, incluso en aquellas tareas que nadie quiso realizar como el traslado de los cuerpos de los compañeros muertos, a menudo desmembrados por acción de una bomba, hasta una zona asegurada para preparar la repatriación.

Como consecuencia, en unos meses fue ascendido a sargento, porque era él el que mantenía el espíritu combativo en los momentos más sombríos, cuando una granada alcanzaba la trinchera y mutilaba a unos cuantos soldados, o cuando los compañeros caían como moscas bajo el incesante fuego enemigo. La sonrisa le acompañó durante esos años de guerra. Pero la metralla de una bomba que se le incrustó en la pierna derecha terminó con su diversión y lo llevó al hospital militar, y de ahí a casa.

Allí, contra todo pronóstico, empezó verdaderamente su carrera militar, que le llevó de ascenso a ascenso hasta la cumbre. Fue nombrado general y solamente entonces pudo decidir el destino de sus sueños: Guantánamo.

Allí pudo torturar y vejar a terroristas y talibanes, espías y otros reos, además de hacer desaparecer más de un cuerpo que no resistió los cortes y heridas producidos, o la intensidad de las descargas eléctricas. Daba lo mismo, nadie los echaría de menos. Y allí no estaba solo; había muchos más como él, otros soldados sádicos y asesinos bajo sus órdenes, que sonreían y se hacían selfis junto con los pobres torturados y que exhibían las fotos como quien exhibe un trofeo de caza mayor. Y lo mejor de todo era que, lejos de recriminar su comportamiento, el mundo lo toleraba porque así se sentía a salvo, sentía que sus vidas estaban protegidas, porque había un grupo de indeseables que hacían el trabajo sucio de sacar toda la información posible a unos malnacidos extremistas islámicos para evitar futuros atentados. El mundo entero dormía tranquilo y, cuando alguna filtración periodística denunciaba la transgresión sistemática de los derechos humanos más básicos dentro de ese complejo militar,  miraba para otro lado. Era la forma que tenía de no perder el sueño. También Jordan tenía un plácido dormir.

La vida le sonreía y él le devolvía la sonrisa a la vida. Tenía todo lo que necesitaba para cumplir sus más oscuros y siniestros deseos: dinero, poder, inmunidad y armas de todo tipo a su alcance. A cambio solo le había dejado como secuela una ligera cojera. Pero la muerte no es tan benévola como la vida, y se lo llevó por delante de la forma más impensable: un noche de tormenta y lluvia, cuando se dirigía al barracón de tortura llevando su cuchillo especial serrado, inspirado en el de Rambo en la película, un rayo le cayó encima, entrando por la punta de la hoja y atravesando su cuerpo por completo. Cayó fulminado.

Ilustración de Rosa García

Cuando despertó, solamente sintió la fría humedad del suelo embarrado bajo sus patas, ahora tan livianas que casi ni podía controlarlas. Y notó algo a su espalda, algo que se movía y lo inquietaba. Cuando miró a su alrededor, solamente vio un millón de enormes moscas a su lado, agitando unas alas que parecían de cristal. Ajeno a su propia existencia, desplegó sus alas y las batió fuertemente. Salió volando de ahí, con tan mala suerte que cayó en una red  para mariposas. Unos enormes dedazos lo sujetaron. La punzada de dolor que sintió cuando le arrancaron las alas hizo que casi se desmayara, pero no tuvo ni tiempo para eso. Lo tiraron al aire y cayó pesadamente sobre el suelo. Allí, un enorme escarabajo lo partió en dos con sus pinzas y se lo comió, empezando por las entrañas.

La oscuridad se cernió de nuevo sobre él, y en esos segundos entre una vida y otra, un atisbo de su propio ser destelló en su conciencia y lo supo: eso era solamente el principio de lo que le esperaba. Los mecanismos del cosmos se habían puesto en marcha y la ley del karma le haría vivir desde el otro lado todas las atrocidades perpetradas. ¿Era un modo de aprendizaje? ¿Era un castigo? ¡A quien le importaba! El destello de consciencia desapareció y una luz húmeda se abrió paso en la semioscuridad. Avanzó a saltitos hacia la luz y salió del nido. Estaba en lo alto de una rama y enfrente había otro gran árbol, frondoso, con un montón de nueces. Otras ardillas le mostraban el camino. Solamente tenía que correr hasta el extremo de esa rama, tomar impulso y saltar hacia la más cercana del otro árbol. Igual que lo hacían las demás. Allí le esperaba el banquete. Era fácil; si otras lo habían logrado, él también podía hacerlo. Así que se afiló los bigotitos con sus manitas y se preparó para dar el gran salto.

 

Olga Besolí
Agosto 2019

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