Ella, ellos y un bebé

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Relato narrativo
Rating: + de 13 años
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor

Ella, ellos y un bebé.

Yo nunca fui un fan de la naturaleza. Lo ocultaba, obviamente. Siempre me mostraba a favor de los animales, de reciclar y de cuidar el planeta y todas esas mierdas. Tanto que a veces me lo creía.

Pero no, a mí nunca me han gustado los animales, ni las plantas, ni el aire puro ni nada de eso. Era pensar en ir al campo y me autogeneraba una alergia antes incluso de estar allí, un sarpullido que empezaba en el pecho y subía hasta el cuello.

Y a pesar de eso, allí estaba yo, en medio de aquel bosque, sujetando en brazos al bebé y rascándome el pecho. El bebé no era mío, por supuesto, ni tenía ninguna relación directa con sus padres. Mis sentimientos hacia los bebés eran básicamente iguales a mis sentimientos hacia la naturaleza, incluida la alergia, que en aquel momento creo que ya no era autogenerada.

El bebé lloraba y olía mal porque se había cagado. Es lo que hacen los bebés, ¿no? Tampoco cabía esperar otra cosa. El picor iba en aumento y yo estaba seguro de que tarde o temprano sufriría un shock y moriría, o algo peor. Pensé en dejar al crío en el suelo y salir corriendo, y fantaseé con que crecería allí, criándose en la naturaleza. Seguro que a algún sector de la población le parecería bien.

Pero no podía hacerlo.

Delante de mí, Gustavo y Clara discutían. Ellos aparentaban que no, pero realmente estaban discutiendo. Gustavo y Clara son los padres del bebé, de cuya existencia yo no había tenido la menor constancia hasta esa mañana, y de la cual podía haber seguido siendo ignorante sin que me hubiese afectado lo más mínimo.

Discutían, como he dicho, aunque no quisieran aparentarlo. Son de esa clase de personas que piensan que no se debe discutir, que hay que hablarlo todo y que no hay que decir una palabra más alta que otra. Pero sí, discutían.

Clara lloraba. Mientras, Gustavo parecía consolarla poniéndole la mano en el hombro y diciéndole que no se preocupara, que realmente no era culpa suya haberse olvidado los pañales del bebé, que bastante lío tenía ella con todos los productos para el pelo que había llevado sin que se le olvidase ninguno, aunque tampoco sabía si allí, en el bosque, iba a tener ocasión de utilizarlos. Eso sí, en un tono comedido, tranquilo y yo diría que incluso cariñoso.

Ella gimoteaba y decía que sí, y que era una lástima que no pudieran utilizar el móvil de quinta generación para buscar una tienda que los vendiera, porque allí no había cobertura. Y que también era una pena que en cuanto se le acabara la batería no podrían ver ninguna de las cuatrocientas películas que había estado grabando durante todo el día anterior, porque allí no había un puto enchufe para cargarlo. Sí, dijo puto, eso sí, en un tono tan cariñoso y dulce que podía haberle dicho que si el masaje lo quería en la espalda o en los pies.

Él le dijo que quizá con la crema reacondicionadora que había llevado ella podrían limpiarle el culo al bebé y ella se quejó de que no hubiera cobertura para buscar en YouTube un tutorial de cómo hacerlo. Y que le había hecho mucha ilusión que la llevara allí como sorpresa, sin decirle ni una pista, aunque probablemente se le rompieran los tacones de los zapatos que le habían costado doscientos euros, aunque merecía la pena por estar allí juntos, con el bebé y nosotros.

Yo miré mis zapatos y pensé que tiraría a la basura el doble que ella.

No avanzábamos. El bebé seguía llorando y allí olía cada vez peor. Yo seguía rascándome sin parar y creí que ya había llegado al hueso cuando pasó.

El bebé se calló.

Me asusté, la verdad. No estaba preparado para que se callase, así sin ton ni son, tanto que casi se me cayó al suelo.

Elvira me miró con dulzura y dijo que qué mono, que yo le gustaba al bebé y que por eso había dejado de llorar.

Me gustó su comentario, tanto que incluso dejé de rascarme. No por la posibilidad de que yo le gustase al bebé, que no me importaba lo más mínimo, ni tampoco creía que tuviera razón, sino por la cara de Elvira, que me dio esperanzas de que aquella excursión mejorase notablemente a mi favor.

A Elvira sí la conocía antes de estar en el bosque. De hecho, si estaba allí era por ella. Nos conocimos unas semanas antes, en un súper en el que entré por casualidad de vuelta a casa, con un hambre atroz, en un barrio que dejaba bastante que desear. Yo estaba cogiendo una pizza en la cámara, al lado de las ensaladas que vienen envasadas y tiré una sin querer. No pensaba recogerla, por supuesto, pero sentí que alguien se acercaba y temí que podría haberme visto, así que me vi obligado a agacharme y cogerla. Cuando la tuve en la mano oí una voz de mujer que me preguntaba que si era la última, que si qué rabia, que si lo que le gustaba esa variedad en concreto. En cualquier otra circunstancia probablemente yo hubiera dicho que era la última y me la hubiera llevado para después dejarla en la caja, pero no era cualquier circunstancia. La voz de mujer tenía cara y cuerpo que tampoco eran habituales al menos en ese supermercado. Iba muy bien vestida, probablemente la mejor vestida que haya entrado allí jamás. Le dije que se la llevara ella, ella dijo que no, que la había cogido yo primero. Insistí en que si no podía permitirlo. Yo que sí y ella que no. Le dije que si hacíamos un trato, que se la llevara ella y que, a cambio, yo la invitaba a cenar. Que si risitas, que si no, que si sí.

Total, que por una lechuga asquerosa conseguí una cita con un pibón.

Cenamos varias veces. Elvira era una mujer impresionante, incluso creo que inteligente. Lo cierto es que tampoco pude prestarle mucha atención a lo que decía, ni siquiera a lo que comía, porque me pasaba las citas imaginando la noche que pasaría en la cama con ella.

Pero siempre ocurría algo. Cuando no la llamaban del trabajo, era una amiga superagobiada por algo o un amigo a punto de suicidarse. En fin, que por cualquier tontería nunca terminábamos pasando la noche juntos.

Ya había pensado desistir y deshacerme de ella cuando me llamó y me preguntó que si me gustaba el campo. Pues claro, le dije, pensando que se refería al estadio Bernabéu. Y después me dijo que había preparado un fin de semana de lujo para los dos, que sería una experiencia increíble y así podía compensarme un poco por todas las veces que nuestras citas habían acabado precipitadamente.

Tendría que haber sido muy imbécil para no aceptar. Iba a pasarme un fin de semana haciendo todo lo imaginable y lo inimaginable.

Cuando pasé a recogerla debí mosquearme, hacerme el despistado, acelerar y desaparecer. Podría haberlo hecho si no fuese porque me acerqué a ella a preguntarle si conocía la dirección que buscaba, sin saber que era ella. Bajé la ventanilla y me sonrió y entonces me di cuenta de que la chica en chándal y un mochilón en la espalda era ella.

De camino hacia el bosque me explicó que íbamos a pasar el fin de semana en el campo, rodeados de naturaleza, respirando naturaleza, viviendo naturaleza. En ese momento empezó a picarme el pecho. Traté de imaginarme a los dos en pelotas por el campo, practicando sexo desaforadamente, y cuando termináramos aduciría que me encontraba fatal por la alergia y me iría a casa a dormir. Entonces me dijo que también iban Gustavo, un amigo suyo supermajo, y su mujer, Clara, que no lo estaban pasando un poco mal últimamente desde que nació el bebé y que les iba a venir bien pasar el fin de semana en la naturaleza. ¿Desde cuándo la Madre Teresa de Calcuta tenía ese cuerpazo? Eso era engañar.

Total, que por eso estaba yo sujetando a ese bebé cagado que se había callado de repente.

Me ofrecí a ir a la civilización a buscar pañales y así tener una excusa para salir de allí y no volver.

Pero entonces va Elvira y me dice que si qué majo, que si era un sol, y empezó que si me acaricia la cara, que si me da un beso, que si que no tarde en volver. Total, que fui por los pañales y no me fugué. A fin de cuentas solo tenía que aguantar esa noche. Nos meteríamos en una tienda de campaña y todo mi sacrificio habría merecido la pena.

Cuando volví el crío berreaba y sus padres seguían con su diálogo de no discutir. Elvira vino muy contenta hacia mí, me dio un beso en la mejilla y cogió los pañales.

Parecía que todo iba según lo previsto, pero había algo que me inquietaba, aunque no sabía qué era.

Cambiaron al bebé, algo realmente asqueroso, por cierto. Luego Gustavo dijo que fuésemos a hacer una ruta, lo cual fue recibido con alegría por Elvira y con la excusa de Clara de que ella mejor se quedaba con el bebé, que no podían llevarle por el campo en brazos. Elvira sacó de su mochila otra más pequeña, que era para transportar al bebé. Las gracias que le dio Clara intuí que no eran del todo sinceras y que había cierto rechazo, y no creo que fuese por que su marido fuese amigo de una tía tan buena.

Lo de hacer una ruta consistía en andar por el bosque, rozándote con todo, tragándote mosquitos, apartándote bichos, para ir a ninguna parte y volver a donde habíamos salido. Clara se rompió los tacones y tres uñas, y yo arañé los zapatos y rasgué la camisa de tanto rascarme.

Pero al fin llegó la noche. Fingí sueño y bostecé varias veces con intención de contagiárselo a los demás y lo conseguí, aunque fue fácil con Clara, que llevaba tiempo insistiendo para irse a dormir.

Cuando vi que Clara y el bebé entraban en la tienda me di cuenta de lo que me inquietaba.

Solo había una tienda.

Le pregunté a Elvira que dónde estaba la nuestra. Me dijo que solo había una. Que nos estábamos fusionando con la naturaleza, que allí éramos solo uno y que compartiríamos los cinco la tienda.

Creo que nunca antes en mi vida había tenido tantas ganas de llorar.

Ilustración de Rosa García

Me metí en la tienda con Elvira pegada a mí en un lado y al otro el bebé, que decían que conmigo se calmaba y no lloraba, y a su lado Clara y luego Gustavo. Estaba tenso, sin moverme, preocupado por la proximidad del bebé, no por miedo a dormirme y aplastarlo, sino a que se cagase y me manchara.

Aunque hubiese querido moverme, tampoco había mucho espacio. Una hora después seguía sin dormirme, escuchando los ronquidos de Gustavo y de Elvira, que para entonces ya había perdido cualquier atractivo para mí. Si no me hubiese preocupado perderme por la noche, me habría ido de allí. Lo mejor sería esperar al día siguiente y desaparecer.

Se me estaba durmiendo el brazo, así que lo estiré por encima del bebe. Al apoyarlo noté algo blando. Apreté los dedos varias veces y me di cuenta de que era una teta, y tenía que ser de Clara. Ella se movió. Le pedí perdón, que se me había dormido el brazo, y ella me dijo que no me preocupara, que pensaba que había sido el bebé, que siempre la estaba buscando. Imaginé que para una madre estresada era difícil distinguir entre una mano de bebé y de adulto. Separé la mano y me dijo que no pasaba nada, que la dejara ahí, que había poco espacio, así que le hice caso. Luego me dijo que si se me había dormido, a lo mejor me venía bien mover los dedos. La mano no la tenía dormida, pero los moví.

Luego ella también movió su mano y yo la mía. Total, que salimos de la tienda y nos pusimos a hacerlo allí, fusionándonos con la naturaleza.

Cuando empezaba a cogerle el encanto a eso de la naturaleza, el bebé empezó a llorar y al instante salieron Gustavo y Elvira.

Gustavo le decía algo a Clara, que, por esa manía suya de no gritar, no pude escuchar porque su voz quedó apagada por los gritos de Elvira.

Que si era un cerdo, que cómo había sido capaz, que si no esperaba eso de mí, que si pensaba que yo era diferente, que si con las ilusiones que se había hecho.

Yo le dije que no sabía qué me había pasado, que sería cosa de la naturaleza.

De mi naturaleza.

Por cierto, de la alergia ya voy mejor.

Jorge Moreno.

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