Naturaleza muerta

Autor@: Olga Besolí
Ilustrador@:
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Fantasía urbana
Rating: + de 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Naturaleza muerta.

Ella siempre se decía a sí misma que no estaba en su naturaleza, que ella no fue hecha para devolver los golpes, sino para achicarse ante los problemas e inmovilizarse en las agresiones. Y allí estaba, hecha un ovillo,  rezando hasta que el escarnio se diluyera, los gritos se apagaran y esos puños se aflojaran. Y todo porque la tortilla se había enfriado y estaba demasiado jugosa.

—Eres débil —le escupía él—. Como todas. Todas sois unas putas inútiles que no valéis para una mierda. La naturaleza os ha hecho así, y la naturaleza es sabia ¿A qué venís ahora con esa mierda del feminismo? ¿Qué pasa, os vais a volver todas bolleras? ¡Ja! Ya me gustaría ver hasta dónde llegas sin mí. ¡Si no eres capaz ni de hacer bien una puta tortilla! Pero, claro, como la señora ha estado tan ocupada toda la santa mañana yendo de acá para allá…Que me pregunto yo si se puede tardar tanto en comprar una docena de huevos y cuatro patatas. ¿O es que has estado otra vez perdiendo el tiempo pintando esa mierda de bodegones que no sirven para nada? ¿Es este el cuenco de fruta que has pintado hoy? ¿Es este? ¡Pues toma cuenco!

Varias piezas de fruta rodaron a su lado a la vez que ella sintió el golpe de la cerámica sobre su espalda, rompiéndose en mil pedazos y soltando unas astillas que traspasarían la ropa y se clavarían en su piel como pequeños alfileres, mientras la lluvia de restos se precipitaba sobre el suelo como meteoritos.

—¿O te has estado viendo con algún hombre, so puta? Y claro, con todo eso, no te ha dado tiempo para preparar la comida que me merezco. ¿Qué es lo que me merezco, según tú? Porque yo creo que trabajando lo que trabajo en la oficina, y aguantando lo que tengo que aguantar del puto jefe de contabilidad que me tiene hasta los huevos, y trayendo el dinero que traigo a casa para que tú puedas ir a comprar la puta comida, me merezco mucho más que esta jodida bazofia, ¿no crees? Uy, ¿estás llorando? ¿De verdad te esperabas que me iba a tragar esta mierda? ¿De verdad crees que yo me merezco esta mierda? ¡Contesta!

Ella sabía que, en un momento así, replicar se convertía en un sinónimo de suicidarse, porque una sola mirada desafiante a los ojos o cualquier pequeño movimiento que él tomara como gesto de repulsa sería el detonante que hiciera estallar un nuevo alud de patadas y puñetazos. Y no creía que su espalda, maltrecha y dolorida, pudiera soportar ni un golpe más. Por eso seguía inmóvil a pesar del calambre que le subía por la pantorrilla y se mantenía replegada sobre sí misma, con las rodillas protegiéndole el pecho, la cabeza gacha sobre ellas, los ojos cerrados para no contemplar la baldosa manchada con su propia sangre y las manos cubriéndole la nuca para evitar que un siguiente golpe en la cabeza fuera el último y definitivo, el golpe de gracia que acabara con su miserable vida.

Pero ese golpe no llegó, porque al igual que un perro de presa cuando, después de desgarrar y zarandear a su víctima, ve que esta permanece inmóvil, pronto su verdugo perdió el interés y se alejó lo suficiente como para que la densidad a su alrededor fuera menor, el aire se tornara más liviano y ella pudiese inhalar un poco, que dolió como fuego dentro de sus pulmones y le hizo emitir un gemido amortiguado, casi imperceptible.

Pero está en la naturaleza del depredador el percibir cualquier atisbo de vida en su víctima, y el fino oído de perro de presa de su agresor lo captó. En un par de segundos una mano la agarró tan fuerte del pelo que le levantó la cabezay le hizo crujir las cervicales.

—¿Decías algo? ¿Me hablabas a mí?

No hubo más respuesta que un par de lágrimas deslizándose por el rabillo de los ojos cerrados y una cara de angustia ante lo que iba a venir. Pero otra vez el perro de presa perdió el interés.

—Bah… Ni siquiera vale la pena discutir contigo.

Y la mano soltó la cabeza con tal fuerza que esta se golpeó contra sus propias rodillas. El dolor fue punzante, pero esta vez ella no dejó escapar ningún gemido. Luego, el eco de un par de pasos, el sonido del cajón abriéndose, un chasquido y una aspiración profunda precedieron al olor inconfundible del tabaco en plena combustión. Era el pitillo de la victoria, el que se fumaba después de cada humillación y de cada paliza.

Ella volvió a respirar, pero esta vez suavemente, imperceptiblemente, con la cabeza aún embotada. Si se mantenía así el tiempo suficiente, si aguantaba un poco más sin moverse ignorando el entumecimiento y el dolor que se apoderaba de su pierna, ya todo acabaría en unos minutos, en cuanto él apagase el cigarrillo en el suelo o, si todavía le quedaba hiel por sacar, se lo apagase encima del cuerpo, probablemente en el mismo brazo en el que ella ya lucía un par de cicatrices de quemaduras anteriores, y diese el gran portazo final y definitivo.

Esperó pacientemente a su suerte, y la diosa Fortuna le sonrió esta vez. Oyó el refregar de la suela del zapato sobre el suelo y el repiquetear de las llaves en su mano.

—Y no te olvides de fregar todo esto, que tienes la casa como una pocilga. Y aunque tú seas una cerda, yo no lo soy.

Tras ese último insulto llegó el portazo que significaba la salvación. Y tras el portazo pudo permitirse aflojar los músculos y se dejó caer en el suelo, en posición fetal. Dejó que el dolor la invadiese, como otras veces. Pero las lágrimas no brotaron como solían hacerlo siempre en ese momento. No pudo dar rienda suelta al dolor, empaparse de él, liberarse. Esta vez se le enquistó dentro, atenazando el pecho, oprimiéndole la respiración, quemándola por dentro y despertando un fuego que no sabía que tenía.

Se levantó, como pudo y sin lamentos, sin sentir lástima de sí misma y sin dejarse corroer por la culpabilidad de pensar que era ella la que provocaba esa situación, siendo tan patosa e inepta, como llevaba años haciéndole creer él. Esta vez no se autocompadeció por ser de naturaleza débil y no saber cómo actuar, cómo responder, o cómo salir de esa situación en bucle, de la que no parecía haber escapatoria.

Porque no la había; por fin había captado el mensaje. Si bien ella era de naturaleza débil, él era un monstruo, un maldito monstruo de naturaleza agresiva y destructora. Así que, maltrecha y como pudo, goteando sangre por el pasillo, llegó hasta la cocina y sacó el filetero del taco de madera. Se sintió poderosa con él en la mano. Era perfecto, afilado, ancho de hoja y con una punta fina, de forma que una vez clavado, con un simple giro de mano bastaría para causar grandes destrozos. Además, su empuñadura era ergonómica y se adaptaba perfectamente. No había duda alguna de que había sido una buena compra: bien había valido la pena la paliza que se ganó cuando decidió llamar a la teletienda y se hizo con ese set de cuchillos usando la tarjeta de crédito que él tenía guardada en su escondrijo. Una sonrisa fugaz escapó de su cara, aunque, emborronada por la sangre y afectada por el dolor, parecía más una mueca que otra cosa. Pero ella no era consciente de ello. Solamente de su nueva naturaleza recién adquirida.

Tampoco fue consciente del rato que pasó antes de que lo oyera subir la escalera, detenerse ante la puerta, buscar las llaves, probablemente en el bolsillo, e introducir una en la cerradura. Tampoco sería plenamente consciente de todo lo que ocurrió luego. Solamente que, minutos después, él yacía agonizando en el suelo del salón, con una mano en el cuello que intentaba frenar los chorretones de sangre que salían como una fuente a cada latido del corazón, espaciándose cada vez más.

Ella, con un lienzo en la mano, recogía la sangre del suelo con el pincel y con ella plasmaba, en tonos rojizos, los restos del cuenco de cerámica hecho añicos, las manzanas pisoteadas y golpeadas, el cuchillo ensangrentado y las llaves, todo en medio de un gran charco de sangre que seguía aumentando de tamaño.

—¿Qué te parece? —le preguntó mientras se lo mostraba.

Él, en un último esfuerzo, le tiró el cuadro al suelo de un manotazo que se llevó sus últimas fuerzas y su última exhalación.

—Está bien —respondió ella—, acepto que no te guste, pero no vuelvas a llamarlo bodegón. Se llama Naturaleza muerta.

Ilustración de Paloma Muñoz

 

Olga Besolí
Octubre 2019

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s