La anciana

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La anciana.

La anciana arrastra los pies por la calzada deteriorada. Sus ropas están viejas, harapientas. Su rostro ajado es de piel blanquecina, demacrada, que contrasta con la suciedad de su vestimenta. La única nota color la ponen esos dos círculos violáceos que rodean unos ojos empequeñecidos, acostumbrados a moverse en la oscuridad y esas venas oscuras que parecen querer atravesar la piel frágil.

Hoy el día está gris, nublado. Hace fresco ya. El atardecer está asomando su cara y el sol ha decidido ocultarse tras unos nubarrones que parecen presagiar una tormenta que seguramente estallará en plena noche.

Desde que ocurrió lo que ocurrió, en los años veinte, el tiempo volvió a su cauce; ahora los inviernos son más inclementes y en verano el sol amenaza seriamente con quemar la piel de la anciana, que ya no soporta sus rayos.

Es por eso que hoy ha salido a la calle, una calle que ya no sabe lo que son los atascos de tráfico, ni las acumulaciones de gente, las colas de cine o las manifestaciones. Todo eso forma parte del pasado. Ahora esa calle está transitada por pequeños grupos de personas, que se mueven inquietas, rápido,  siempre con una dirección determinada. Ya no se hace camino al andar, sino que lo importante es la meta, dejar atrás el mal trago de ver cómo las plantas se están apoderando del asfalto, sembrado por aquí y por allá de desechos humanos como la anciana, los únicos merodeadores que parecen no tener un rumbo ni una dirección fijos y que son ahora los verdaderos habitantes de la capital.

Pero la anciana sí que tiene un rumbo fijo hoy, pues va a intentarlo de nuevo. Ya conoce la respuesta, se la han dado un millón de veces, pero tampoco se rindió de joven, cuando a principios del siglo XX era toda una feminista que luchaba por la igualdad de géneros. ¿Para qué se pasó la vida peleando, debatiendo, manifestándose? ¿A quién le importan hoy en día los géneros en esta ciudad vacía y en decadencia?  No le importan al jabalí  que se cruza en su camino y se para a unos metros de ella, y que con sus colmillos intenta quebrar un fragmento de asfalto medio suelto, para remover la tierra de debajo luego, en busca de algo que echarse a la boca. Tampoco le importan a la nube de pájaros que trinan continuamente en el cielo ahora azul de la ciudad. Ni a ese lobo que dicen que merodea por la noche entre los montones de basura que nadie recoge, y que atacó y devoró a un niño, arrancándolo de los brazos de su madre.

A nadie le importa, tampoco, lo que les suceda a los merodeadores como la anciana. Para los demás, ellos solamente representan un recuerdo que es mejor olvidar, un incidente desastroso que pasó hace cincuenta años y que cambió la configuración del mundo y la sociedad. Por eso los viajantes los ignoran en su paso rápido hacia alguna parte; nunca se acercan a ellos ni los miran a la cara. No quieren verlos. Los evitan a toda costa, como antaño hacía la gente de bien con los vagabundos que yacían en las esquinas pidiendo limosna, porque para ellos representaban el fallo del sistema y reconocerlos hubiera significado aceptar que el estado del bienestar en el que vivían era solamente una falacia.

De igual forma, los viajantes solamente ven, en gente como la anciana, a cadáveres vivientes, focos de infección, basura. Y en cierto modo tienen razón. Ellos son el efecto colateral, los restos de una sociedad extinta que persiste en lo que antes fue la capital y que no se supo adaptar a los nuevos tiempos. Pero la anciana se resiste a morir; ni siquiera es capaz de aceptar su condición de descastada.

Lentamente, arrastrando los pies llagados y maltrechos, se acerca a la garita de control.

—¡Alto ahí! ¡No se acerque!

Hoy el agente de seguridad no es el mismo, confirmando los rumores que decían que el anterior fue arañado por un infeccioso y retirado del servicio. La anciana se lo imagina arrastrado y llevado a golpes por los suyos, por otros guardias ataviados con trajes de protección, armados con porras y pistolas, cuyas caras no pueda reconocer a través de las mascarillas, y sonríe ante la imagen. Se lo merecía. Y tanto. Era una mala bestia de manos sangrientas enfundadas en guantes, que no dudaba en atizar a todo aquel que no tuviera su documentación reglamentaria.

En cambio, este guardia parece joven. Tras las gafas protectoras se adivinan unos ojos claros libres de ojeras y arrugas, que combinan con su frente tersa. Bajo la máscara se puede adivinar una barbilla suave, quizás libre de pelo, y el cuello se le ve bien rasurado, confirmando la primera impresión. También su cuerpo es delgado, y atlético. No debe de tener más de veintipocos años. Será más fácil convencerle.

—Antes, la temperatura.

La anciana sabe exactamente qué hacer. Dirige sus pasos a la marca del suelo y acerca la cara a la luz naranja, que emite una especie de flash que se refleja en su rostro. Esa misma luz que, según le contaron, ayer se volvió roja un segundo antes de que el antiguo guarda fuera atacado. Esa misma luz que ahora se torna verde para alivio de la anciana.

—Está bien, no hay fiebre —dice el guardia exhalando. Parece que él también se siente aliviado—. Ahora, enséñeme el carnet de inmunidad.

—Es que no lo tengo… Lo perdí. Pero tengo un certificado médico de negativo en PDR. Tome, aquí tiene.

La anciana le enseña el certificado falsificado, esperando que le dé buenos resultados. Se lo ha firmado y realizado con esmero uno de sus vecinos de infortunio, un doctor retirado que tuvo que dejar que ejercer porque no se atrevió a enfermar, asmático como es, por miedo a perder la vida, esa vida irónica que hizo que la misma persona que de joven luchó contra la infección y recibió aplausos por ello ahora se vea desplazada y apartada por esa misma enfermedad, por el temor a enfrentarse a ella.

Dicen que las oportunidades pasan solamente una vez, y la suya voló aquel día en que, en el hospital en el que trabajaba, y que ahora es otro montón inestable de piedras a punto de derrumbarse, le dieron el ultimátum: o se inyectaba el virus como habían hecho todos los demás, y se arriesgaba con ello a morir, o bien se quedaría atrás, y no podría desplazarse con el resto del personal a la zona limpia, que era como llamaron al principio a la próspera ciudad de Sarsania.

No tuvo lo que hay que tener para conseguir su pasaje y su carnet, aunque de vez en cuando le alivia pensar que uno de cada diez de los que sí lo tuvieron acabó sepultado bajo tierra.

El caso de la anciana fue distinto. Ella procrastinó el momento con un «mañana acudiré al Centro de Infección. Mañana lo haré». Un día siguió al otro, un mes al siguiente, un año tras otro, hasta el punto de que cuando decidió que era el momento, su juventud y su fortaleza ya se habían esfumado, dejando tras ella a una anciana frágil que no entraba en la lista de población merecedora de la oportunidad. Ya no tuvo opción alguna.

Y sin aviso previo, de un día al otro, se fueron todos. Un día la vieja capital amaneció en silencio, vacía, como si sus habitantes se hubieran evaporado. Solo unas pocas cabezas asomaban por aquí y por allá, en una terraza, en un balcón, en un portal. Y los que se atrevieron a bajar a la calle se encontraron garitos de control custodiados con los guardias perpetrados con mascarillas y armas, con trajes y gafas de protección, como el joven que escudriña el documento falso de la anciana.

—Señora, este documento no es válido. No tiene el nuevo sello del gobierno, sino el antiguo. No es una inmune. Así que aparte y vuelva por donde ha venido.

—¡No! Soy una inmune. Déjeme pasar. Tengo a toda mi familia en Sarsania. Ellos lo confirmarán.

La anciana, que ha luchado en mil guerras y se ha manifestado en mil ocasiones por todo tipo de igualdades, de género, de clases, de libertad sexual, de oportunidades, enfrentándose siempre al sistema que oprime al pueblo, a la presión de soldados, a las detenciones policiales y a las cargas de los antidisturbios, no puede aguantar ese viejo ímpetu que pugna por salir de sus entrañas y que le quema por dentro, ni evitar esa inercia que la lleva a acercarse más al joven, cada vez más, presionando, reivindicando, reclamando, hasta que él se pone en guardia.

—¡He dicho que se aparte!

El guardia, al sentir el contacto de la vieja sobre su traje, se asusta hasta tal punto que la empuja y le golpea la cara con la culata de su rifle.

Ilustración de Rosa García

La anciana cae al suelo con la boca ensangrentada.

—¡No ez… juzto! —balbucea desde el suelo.

El guarda, que iba a abalanzarse sobre ella con la porra en mano y estaba a punto de descargar toda su furia, miedo e impotencia sobre ella, al verla tan indefensa, decide que no vale la pena manchar su equipo con su sangre infecta, ni tampoco lo vale el tiempo que deberá perder luego para desinfectarlo.

Se limita a mirarla desde su posición superior y decirle algo que ambos saben:

—El mundo no es justo, nunca lo ha sido.

Olga Besolí

Abril 2020

 

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