53ª Convocatoria: La noche

La noche.

Ilustración de Paloma Muñoz

Dicen de la noche que es ese período que transcurre desde que se pone el Sol hasta que vuelve salir, opuesto al día, período que suele dedicarse a dormir… Pero ¿acaso la noche no oculta muchas otras realidades?

A veces la noche se llena de vida.

Vidas recién nacidas, que llegan en mitad de la noche, que tal vez se han gestado también gracias esos encuentros a los que invita la madrugada.

Otras veces la noche se llena de voces, que se oyen más fuerte en medio de los silencios. O voces que dicen verdades, que desvelan secretos, animadas por el alcohol de las barras de algún bar, resonando sobre la música de alguna sala de baile, donde dos desconocidos se acaban de conocer.

La noche también oculta sombras, entre los pliegues de las cortinas, bajo las camas, tras las puertas entreabiertas… Sombras reflejo de temores ocultos en nuestra memoria y que, aprovechando el despiste de nuestra consciencia, afloran con toda su fuerza e impiden conciliar ese sueño que dicen que debería ocupar nuestras noches.

Pero lo que sí tiene la noche son infinitas posibilidades, interpretaciones, motivos y matices.

Puede ser final o comienzo, pero siempre habrá la posibilidad de, en mitad de la oscuridad, encender la noche. De que, cuando se apaguen las luces de las casas, se prenda el brillo de las estrellas, los sueños de los dormidos, las miradas de los despiertos.

Hay muchos tipos de noches…Y muy variados habitantes en ellas.

Tal vez, si eres de los que duermen mucho, aún no lo sepas.

Raquel Esteban

Nyx

Autor@: Paloma Muñoz
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: Paloma Muñoz
Género: Poema
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nyx.

Ilustración de Rosa García

La noche está hecha para los amantes

Los de ahora, los de siempre, los de antes

La noche envuelve nuestras almas y nuestros corazones dentro de caparazones de estrellas, de luna, de rayos y de sensaciones.

La noche nos lleva al mundo de los sueños, al mundo de Morfeo, a la ensoñación y al deseo.

La noche nos llama. La noche nos mueve. La noche nos cubre. La noche nos mece

La noche es música

La noche es única

La noche despierta los instintos. La noche forja los suspiros. La noche mueve los hilos. La noche susurra en nuestros oídos.

La noche es la verdad

La noche es curiosidad

La noche es engañosa como los ojos negros de una mujer hermosa.

La noche es sublime

La noche redime

La noche es pecado. La noche se engulle como un rico bocado.

La noche apetece. La noche anochece

La noche es vivencia. La noche es consciencia

La noche se vive. La noche se ríe. La noche nos abraza. La noche nos rechaza.

La noche es Nyx, la diosa de la noche.

Su manto de oscuridad cubre nuestra humanidad

Un manto de estrellas que nos asombra y nos fascina y nos ilumina como centellas.

Vivo la noche. Amo la noche. Todo puede suceder en la noche.

La noche es misterio

La noche es sacrilegio

La noche es maleficio

La noche es sacrificio

La noche es clandestina. La noche puede ser tu ruina

La noche se apaga. La noche se indaga

La noche es belleza.

La noche es torpeza

La noche es caverna

La noche es eterna

Paloma Muñoz
2 de agosto de 2022

Volver

Autor@:
Ilustrador@: Carolina Cohen
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Ficción realista
Rating: +18 años
Este relato es propiedad de Raquel Esteban. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Volver. 

Cada vez que regreso algo en mí retrocede en el tiempo y me transporta a momentos del pasado que ahora me parecen muy lejanos, como si pertenecieran a otra persona, a otra vida…

 Cierro los ojos y aspiro este aire de olor denso, salino, húmedo… Siento cómo la brisa recorre mi piel, como una caricia, como intentando hacerse de nuevo a mí, o yo a ella. Y me dejo mecer, serenar, apaciguar por esta sensación de tiempo que avanza, pero a la vez se detiene devolviéndome, de alguna manera, a casa.

Y tras esos momentos iniciales, apenas unos minutos, hago un repaso visual de lo que me rodea.

Los mismos edificios altos y casas bajas, los coches aparcados, las caras, que podrían parecer incluso las mismas. Ese gato blanco con manchas negras ¿o eran marrones? Parece un poco más torpe, pausado y viejo, pero el mismo gato después de todo, adornando el paisaje, como siempre, descansando en el tejado. Tal vez las palmeras del jardín se vean algo más secas, o los setos más altos, menos recortados. Pero nada llamativo que capte la atención del observador a primera vista.

Esa sensación de atemporalidad lo domina todo.

Y frente a mí, imponente, majestuoso, dominante, el mar… También ese mismo mar azul intenso, infinito, con su rugido constante de siempre, que acaba colándose en el subconsciente, dejando de ser perceptible con claridad para ser algo así como la banda sonora de esta película de reposición a la que regresamos cada verano.

Me siento en la vieja silla de forja repintada tantas veces de blanco y me dejo trasportar a través de los recuerdos.

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Ilustración de Carolina Cohen

Antes de que el sol caiga de pleno en las horas centrales del día, todos nos reencontramos poco a poco en la playa. Los abuelos, por lo general más madrugadores, ya hace rato que bajaron a charlar con los pescadores a medida que regresan al alba de la faena de la noche.

La orilla se va adornando de sombrillas de colores, toallas, cubos y palas, flotadores y bañistas. Grandes y pequeños, gordos, delgados, morenos, calvos, algunos con la piel enrojecida por el sol, otros arrugados por los años, todos inician su habitual ritual, como si de un guion se tratara.

Unos charlan con otros. «Cómo va la salud», «qué mayores ya los chicos», «no está la mar como otros años», «qué pena lo de María, que ya nos dejó»…, y tantas otras voces y conversaciones entremezcladas.

Otros pasean por la orilla remojando los pies mientras algún padre se afana en que ese sí sea el verano en que su pequeño aprenda a nadar.

Algunos niños, rebozados como verdaderas croquetas, escarban fosos en la orilla, intentando atrapar sin éxito el agua que les traen las olas. Las madres los vigilan atentas, aunque a veces no lo parezca, siempre pendientes del sol, de la crema protectora, de que no se adentren demasiado en el agua o de que salgan, no sin llamarlos a gritos varias veces para beber agua o tomar unos cuantos trozos de sandía fresca recién cortada.

Toda esa actividad, casi frenética de día de mercado, se ve interrumpida tan solo por las atentas miradas de los veraneantes que, impresionados, se quedan paralizados, como hipnotizados, por el ruido ensordecedor del helicóptero que sobrevuela la costa con paneles ondeantes publicitarios y arrojando desde el cielo pelotas de plástico infladas de alguna marca conocida.

Se produce entonces un gran revuelo entre los niños, empeñados en apoderarse de alguna. Todo un espectáculo, una fiesta diaria, antes de que el calor sofocante anuncie el obligado regreso al cobijo de las sombras.

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Los afortunados que tienen piscina no entran de nuevo a casa sin antes darse un último remojón. Los que no se quitarán el salitre del mar con el frescor de una ducha, aunque, en ambos casos, el efecto durará poco. En el ecuador del día solo el canto de las chicharras se atreve a acompañar a la melodía del oleaje.

Las familias se refugian en casa frente a ventiladores o aires acondicionados.

Los que vinieron solo de visita a pasar el día ocupan las mesas de los restaurantes, con la puerta cerrada, para que no se escape el fresco.

Solo unos cuantos valientes continúan salpicados en la orilla, bajo las sombrillas y con sus neveras portátiles, combatiendo las altas temperaturas entre baños y bebidas frías.

Son horas de contrastes. Brindis y risas de algunos, con sobremesas de sofá, películas, lecturas y siestas para otros.

Pero las calles, desiertas, vacías, agonizantes…

Unas largas horas por delante en las que todo se paraliza, pues solo moverse produce un sudor irrefrenable que te cala de pies a cabeza, dejando la piel pegajosa, las ropas mojadas, el pelo apelmazado y la respiración más lenta.

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Solo cuando los rayos de sol inciden ya de modo indirecto, indicando que ya pronto se ocultarán tras las montañas cercanas, los niños vuelven a invadir con urgencia las calles y a llenarlas con sus gritos, voces y carreras.

Todos corren como locos hacia ese camión de los helados con el que han estado soñando todo el invierno, haciendo cola con una moneda en la mano, salivando mientras se imaginan ya saboreando granizados de limón, horchata, cucuruchos de turrón o de leche merengada o un corte de vainilla.

Corretean libres por las calles, ajenos a otros peligros, a lametones con los helados, que se les derriten en las manos pringosas mientras en el ambiente se mezclan los olores de tortillas de patatas, sardinas fritas, carnes a la brasa, que se tomarán para la cena al fresco, ahora sí, de las terrazas y los patios, ya que por fin la temperatura da un pequeña tregua. Y ese es, sin duda, el mejor momento de todos.

La noche, con su llegada, despierta a las gentes de su letargo. Los vecinos se hacen a las calles con sus sillas a compartir horas y horas de distendida conversación. Alguien se arranca con alguna canción o incluso la acompañan con la guitarra.

A medida que la temperatura baja, los ánimos se van caldeando con vino fresco, cervezas bien frías o sangría, mientras los niños, incansables, juegan sin parar. En esas veladas se transmiten historias de generación en generación, se recuerdan anécdotas, se desvelan secretos, se reordena el mundo, se imagina el futuro…

Todo se llena de ruidos, de voces, de risas, de luces, de vida.

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Los jóvenes se refugian en la oscuridad de la playa mezclando con alcohol el descubrimiento de los primeros amores, besos y caricias. Al fin y al cabo fue así como nosotros nos conocimos, solo que con algo más de miedo a ser observados, descubiertos.

Los chiringuitos sobre la arena, bajo la hipnótica melodía de la música chill-out, reparten entre los clientes cócteles, gin-tonics y combinados.

El frescor de la madrugada atempera el carácter y afianza sentimientos, amistades, mientras pasan las horas, sin que el sueño gane la batalla, sin que las prisas del resto del año frenen los impulsos.

Por eso la noche es, sin duda, el mejor momento, el más mágico. Esas noches de verano que permiten detener el tiempo. No solo en las veinticuatro horas de ese día, sino en el devenir de los años, pues aquí da igual que seamos más viejos, con más canas o que ya no estemos todos los que éramos.

Bueno, eso intento, que dé igual, que sea igual ahora que antes, ayer y hoy… Pero no lo es, porque tú no estás. Tú ya no regresas conmigo. Pero por eso vuelvo aquí, tratando de encontrarte, de sentirte más cerca en la inmensidad de estas noches eternas porque, de alguna manera, sé que tú estás aquí, formando parte de esto.

Porque es el mismo mar, la misma brisa, las mismas sombrillas de cada mañana, los mismos calores. Son parecidas quejas, charlas y añoranzas, también las mismas tardes, los mismos niños llenos de vida. Esos que se encontrarán y crecerán y se enamorarán, como nosotros.

Y volverá a ser la noche la que nos despierte, para buscarnos y reencontrarnos. A unos con otros en las calles, en los bares, pero también a nosotros mismos, en mitad de ese pasado desdibujado, que aquí siempre cobrará forma de nuevo.

 

Raquel Esteban

 

 

 

Le veo subir la calle

Autor@: Carolina Cohen
Ilustrador@:
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Prosa poética
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Carolina Cohen. La ilustración es propiedad de Pilar Leandro. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Le veo subir la calle. 

En un tiempo sin precedentes emana la noción de espacio. La Noche, en su respiración se agita sin dejar dudas de los vestigios que le aquejan. Perseguida a sí misma por sus pasos lerdos, entre pisadas desleídas, entre pisadas que se desvanecen, de distancias andadas en jornadas estivales donde el calor intenso no deja alternativa, se fragua el conteo regresivo para que los párpados, solo algunos párpados se proyecten en caída.

Apareciendo en escena se entremezcla con su cantar austero, divino, satinado su manto de seda, derramado de estrellas. Una palabra se confiesa entre manos temblorosas y brazos abiertos; unas veces, dudas, puños cerrados y sudores en la frente, y otras, una familia se deja ver a través de la ventana mientras sonríe las anécdotas de los años clausurados.

Llena de impactos se sacia plenamente, y se vacía, entre el estómago y el hielo, el cuerpo manchado, y la mirada que deja la impresión precisa que al día siguiente busca sustraerse entre colores y tintas. Se dibujan los cabellos y vuelan las aves. Y ahí está, entre danzas que retumban con sus timbales y guitarras, impregnado el aire de sudores y esencias, en sus silencios de sepulcro que no dejan escapar ni el murmullo de la muerte.

Ilustración de Pilar Leandro

Miles de veces, tras cada atardecer, por arduas generaciones de las conocidas y las que el pensamiento no logra procesar, infinidad de mentes al unísono le nutren, imaginan, construyen, energizan con ideas y dan vida. Pero le veo pasar, cuando aún me ensimismo en mi cigarro intentando entender en qué punto me encuentro. Le veo pasar por la calle y recoger los cansancios, los alientos que se entremezclan entre la madera de los barrios. Mitos, leyendas, fantasías. Las creencias que impulsan, y aún más, que paralizan. Miedos ancestrales que siguen batallando ansiedades.

Aparecen los insectos y la inconsciencia del lado oculto que busca encontrar su propia luz. Entre la luna y el sol, el equilibrio de las notas del piano. Me deslizo suavemente al interior de mi vivienda y veo arder la vela consumida, al tiempo que me doy cuenta de que, con insistencia, ahora se encuentra subiendo la calle. El reloj suma minutos despiadadamente, hasta que un silencio se impone sin permitir la lectura.

Carolina Cohen

 

Seres de la noche

Autor@: Olga Besolí
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Fantasía urbana
Rating: + 12 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Seres de la noche. 

Hay muchas leyendas en torno a los seres que nos refugiamos en la oscuridad: hombres lobo, vampiros, brujas y nigromantes, espíritus, fantasmas y demonios.

Sé que te han enseñado a temernos, que te han advertido de que somos maléficos y si te encuentras con uno de nosotros de forma fortuita, en plena noche, probablemente tu vida llegará a su fin. Eso no es del todo cierto, al menos no en todos los casos. Reconozco que los hombres lobo pierden la capacidad de controlar sus instintos en las noches de luna llena, y son como animales salvajes que despedazan sin compasión alguna a quien se encuentre a su paso, transmitiendo su enfermedad a los supervivientes. Sí, porque si dejamos los prejuicios a un lado podríamos considerar la licantropía como una infección vírica que se contagia de un sujeto a otro a través de la saliva. Bueno, quizás esta sea la primera infección históricamente reconocida que se transmite a través de un fluido corporal, pero solamente es una más de las muchas a las que estamos expuestos hoy en día, algunas de ellas incluso más peligrosas.

Por otro lado, no sé de ningún caso en el que alguien, en un encontronazo nocturno con una bruja o un nigromante, haya sufrido mal alguno si no era ya antes objeto de la persecución y maleficio de esa bruja o nigromante. La magia tiene esas cosas: uno no puede escaparse de su alcance, esté donde esté y vaya donde vaya, ni refugiándose en la oscuridad ni bajo los rayos deslumbrantes del sol. Y sus efectos demoledores te pueden alcanzar en el momento más inesperado.

En cuanto a los espíritus y los fantasmas, ¡por Dios, son seres incorpóreos! ¿Qué pueden hacerte? Sí, pueden mover objetos (si ponen mucho empeño y energía en ello), pero normalmente son objetos ya móviles de fácil arrastre, como es una puerta que se cierra de repente, una persiana que se enrolla sola o un pórtico que se bate sin una brizna de viento. Pero ¿has visto alguna veza un fantasma o un alma en pena mover algo que pese, pongamos una roca, un banco del parque o un barril? No, no hay energía suficiente en un ser hecho de emanaciones (en realidad, la sustancia de la que están hechos estos seres se llama ectoplasma, y en su máximo espesor puede llegar a tener la consistencia de un moco viscoso) para mover grandes sólidos, así que no hay que preocuparse mucho de ellos. A no ser, claro está, que estés en una estancia repleta de pequeños objetos punzantes que puedan ser lanzados como dardos, tú ya me entiendes.

Y sí, sé que los fantasmas os asustan mucho, con esos alaridos y ruidos inexplicables, pero tener una casa encantada en la que habita uno de ellos, en definitiva, vendría a tener los mismos efectos que provocaría el típico vecino ruidoso viviendo en el piso de arriba: muchas molestias pero ningún problema grave. Ya te digo que los fantasmas y espíritus son usualmente inofensivos. Claro que hay excepciones, como en todo, pero los entes difuntos verdaderamente peligrosos no pululan por la noche o se instalan en viviendas comunes. No, ellos viven en castillos donde fueron emparedados, antiguos psiquiátricos en los que fueron mutilados, cárceles medievales en los que fueron torturados y centros de exterminio en los que fueron aniquilados en masa. Es decir, son entes que en sus vivas carnes vivieron todo el terror y dolor del mundo, y desde entonces buscan su eterna venganza en el mismo lugar en el que perecieron.

Los demonios, en cambio, sí son algo serio y a tener en cuenta, pero solamente afectan a los creyentes de verdad, que siguen las doctrinas. Es decir, si no eres un alma pura de Dios, bendecida con su luz, y eres un ser especial, los demonios van a pasar de ti como de la mierda, con perdón, porque ni te van a ver. En la lucha que se desata desde hace milenios entre las fuerzas del bien y del mal, entre los ángeles y los demonios, ningún ser humano tiene cabida a no ser que forme parte activa de una de las huestes: o sea, un devoto satánico o un santo angelical. Todos los demás permanecen ajenos a ello, curas y monjas incluidos. Otro cantar son aquellos que padecen los estigmas en sus carnes (síntoma inequívoco de beatitud), obran milagros o tienen visiones celestiales.

Ilustración de Rafa Mir

Y luego estamos los vampiros, que quizás somos los más temidos de todos, ¿verdad? Por nuestro porte pálido, nuestras maneras aristocráticas, nuestros afilados colmillos y nuestra sed de sangre… ¿Te estoy asustando? No lo estés, que esta noche, como ves, ya he cenado. Estoy de acuerdo en que somos peligrosos, porque somos unos depredadores natos, ágiles y sigilosos, como los felinos. Nuestra vista está perfectamente adaptada para ver en la oscuridad y nuestro olfato es como el del tiburón, que puede oler la sangre a kilómetro y medio de distancia. Y sí, no tenemos reparo en quitar la vida de aquellos de los que nos alimentamos pero, a cambio, de vez en cuando, concedemos la vida eterna.

A mí los siglos de experiencia me han enseñado que es mejor dar a escoger ese poder y no otorgarlo sin permiso, porque las consecuencias, para bien o para mal, son eternas. Siempre he creído que uno tiene derecho a escoger si quiere vivir, quiere morir o quiere experimentar una noche eterna, de igual forma que yo elijo a mis víctimas en cada incursión nocturna. Y hoy he escogido a tus violadores.

Eso sí que no lo viste venir, ¿verdad? Te han enseñado a temer a los monstruos, pero no a tus propios congéneres, y mucho menos a ese chaval con buena pinta que en las redes sociales parece inofensivo y con el que probablemente has quedado por WhatsApp, aunque una vez en la cita aparece con esos cuatro amigotes dispuestos a destrozar en manada la vida de una chica joven que tenía todo el futuro por delante. Ellos son el verdadero peligro, los verdaderos depredadores que acechan en la oscuridad de la noche. 

Y me da pena no haber salido antes a cenar, chica. Tras el despertar, me entretuve visitando unas mazmorras tras mi usual paseo por el cementerio, y ahora me arrepiento. Me habría gustado pararlos antes de que te destrozaran la vagina, pero como consuelo te queda que al menos sigues con vida y ninguno de los cinco tiene ya ni una sola gota de sangre en sus cuerpos.

Lo que sí puedo hacer es darte a elegir. Escucha atentamente.

La primera opción es que te dejo a las puertas del hospital, y seguirás viva, pero con graves secuelas. Tu vida y tu vida sexual nunca volverán a ser como antes. Tras años de terapia seguirás sintiendo miedo a estar sola y a la oscuridad, y cada vez que veas más de dos o tres chavales jóvenes juntos se te erizará el vello y quizás entres en pánico. No sé si podrás tener hijos, eso te lo dirán los médicos, pero por los destrozos que veo te auguro que no. Y quizás puedas rehacer tu vida, encontrar una pareja y casarte, incluso adoptar niños, pero nunca se borrará de tu mente la imagen de lo ocurrido. Seguirá ahí, royéndote por dentro e impidiendo que seas feliz.

La segunda opción es acabar con este dolor que te quema las entrañas. Puedo hacerlo rápido, como una eutanasia en la que te adormecen. Solamente tengo que chupar hasta la última gota de sangre (y no es mucha la que te queda ya en el cuerpo). Yo ya he cenado, pero siempre dejo un pequeño espacio por si aparece algún aperitivo suculento. Y te prometo que no notarás nada, solo un pequeño pinchazo en el cuello porque te adormecerás para no despertarte jamás. Esa opción te dará la paz y el descanso eterno que quizás ansías en estos momentos.

La tercera es otorgarte la vida eterna. Sentirás el mismo pinchazo en el cuello, y notarás que te mueres, pero no lo harás. Tu cuerpo combatirá y se desatará una lucha feroz entre la vida y la muerte dentro de ti, que terminará con un empate que desembocará en la no muerte. Sentirás dolor y quemazón, y el trago no es agradable, pero tras eso tu cuerpo se sanará a sí mismo y podrás levantarte por tu propio pie. Eso sí, no podrás volver a ver a los tuyos ni tampoco la luz del sol. Vendrás conmigo y yo te enseñaré a alimentarte y otros placeres de la vida inmortal. Eso no quiere decir que llegues a experimentar eso a lo que llaman felicidad, porque el recuerdo de lo sucedido te acompañará, pero sí podrás vengarte en alguna forma. ¿Cómo? Pues escogiendo bien la cena y librando a este mundo de violadores, rateros y otra inmundicia, por ponerte un ejemplo.

Pero la decisión es tuya… ¿Qué eliges?

Olga Besolí
Julio 2022

 

La bailarina y el piano

Autor@:
Ilustrador@: Paloma Muñoz
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Micro relato
Rating: + 12 años
Este relato es propiedad de Pilar Leandro. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La bailarina y el piano. 

Sólo sombra. Me perturba la esencia de algo que no culmina en pupila alguna, que se mece sobre mis pensamientos para hundirme en su profundo entierro. Cada noche la oigo. Me pide aplausos. Es ella, sin duda, no es él. No podría ser él pues su voz es más que aguda, una daga; cálculo exacto de notas y silencios. Cada noche me retuerce en mi lecho de agujas mal enhebradas. Entiendo que me requiere, son sus perfiles en mis esquinas y su sombra en mis rincones su semblante.

Su sueño era ser bailarina, pero se quebró en mil pedacitos de calcio y se le escapó el alma.

Veo como danza con las velas, un trance sublime, mas no hay vela que no apague; recelosa y amargada culmina su danza con llanto fúnebre y rompe en soplo la llama.

Haré la melodía más hermosa que haya existido nunca para que ella baile.

También al viento con las cortinas se estremece en románticos pliegues azules y ella de golpe enturbia su risa con un cierre violento de ventana y cristales rotos.

Se presta a mí en las esferas somnolientas para que la meza con silbidos de respiración plácida.

Tengo las notas y el compás de mi sinfonía para ella, la bailarina.

A golpe de tecla convenzo al piano para que cante. Mi bella sinfonía está sonando y ella viene enfadada a tronar sobre el teclado, me cierra la tapa, y arde la partitura. Vuelvo a deslizar mis dedos por el piano; ambos, viejos amigos, invadimos la casa de acordes. Todos los muebles gimen, todo se derrumba; mis libros, los cristales, los cajones… Un silencio largo. Se me erizan los pelillos de la nuca. El ventanal fue abierto, entra la luna y las cortinas se retuercen de frío. Entonces, cuando mis dedos exhaustos comenzaban a desafinar, su figura más que bella, inaudita, divina, atraviesa sin pudor de un lado a otro de la luna y danza como nunca danza se vio antes. No hay límites en su vuelo pues es etéreo y se funde con las paredes. Mirarla, es embrujo y es poesía, y toda una melodía de notas no alcanza a cubrir de lleno sus pasos volantes ni sus brazos infinitos. Su cabello, es plata y añil.

-Sigue cantando, amigo, nuestra bella dama no quiere dejar de bailar, son sus sueños cumplidos hoy entre tu tecla y mi palma fría. Canta amigo que es mi amor lo que te brindo para que seas mi fiel celestina. ¿Ha de besarme ahora? ¿Lo hará? Son sus labios gélidos silbidos que yo ansío para calmar mi músculo insano latente. Dile que me bese. Noto de pronto mis labios sellados por un aura invencible de hielo gris. Devuélvele el beso, amigo, devuélveselo con un la menor y un silencio prolongado. Ahora dile que la amo. ¿Qué es brillante que cae de su rostro pulido? ¿Es llanto? Es llanto mi amigo, ¿acaso ella no me ama? ¿Es por amor su triste balanceo? Dile que no llore, que cese su llanto tu hábil susurro.

Está detrás de mí, su figura ha pintado forma en el espejo que me enfrenta, esta detrás de mí su sutil presencia y me abraza el cuello con sus manos.

-No calles, amigo, sigue cantando, no dejes que mis dedos cansados te silencien, no dejes que mi muerte sea la tuya.

Sobre mis teclas yace el músico, muerto de amor, rígido y gélido. Mas mis teclas aun se hunden en alaridos y ella sonríe porque al fin estamos solos. 

Pilar Leandro

Ilustraciòn de Paloma Muñoz

 

52ª Convocatoria: Lluvia

Lluvia.

El niño de hojalata

Ilustración de Rafa Mir

Antes de nada creo que debo presentarme. Me llamo Hipólito y una vez fui un niño de hojalata.

En la ciudad donde vivía todos y cada uno de los habitantes estaban hechos de hojalata y carecían de corazón. -¡Yo ni siquiera sabía lo que era un corazón!-. Aquella ciudad podía ser hermosa o siniestra, o ambas cosas, o ninguna de las dos para un hombre de hojalata. Siempre desprendía ese olor ferroso y chirriaba como si las carreteras fueran rabos de ratas gigantes que chillan cuando se camina sobre ellas. Los edificios parecían árboles muertos que aún se deshojan o se deshojalatan y dejaban caer con estruendoso gemido las láminas sobre el asfalto. Pero era hermosa nuestra ciudad, como un juego de acrobacias luminosas, como una caja de música vieja y estridente; los ocasos en ella hacían magia con las latas escarchadas; todo, pintado ya como estaba del cobrizo óxido, se encendía en una llamarada incandescente. Y cuando llovía… Ay, la lluvia… Entended que estábamos hechos de hojalata, temíamos al agua más que los gatos, una ducha nos lisiaba por días, nos corroía las extremidades como un veneno. Y, sin embargo, cuando una tromba de agua asolaba las calles vacías todo retumbaba con la exquisita belleza de una orquesta gigantesca en el momento más dramático de la ópera. Yo, sentado junto a la ventana, fruncía el ceño con rabia mientras mi tambor enlatado latía al ritmo del aguacero. La lluvia era una de las cosas más fascinantes que había visto en mi vida, todo en ella generaba emoción en mí: la primera gota, con la que el avisador de tormentas daba la alarma, esa alarma y su espeso zumbido como el de la bocina de un transatlántico; el bullir de los rumores inquietos que emergían con prisa desde el silencio hasta hacerse ensordecedores; y de pronto, la calle quieta y el cierre orquestal. Todo como una ópera pánica.

Fue en una de esas tempestuosas lluvias cuando el resto de mi vida se deshiló definitivamente de la bobina prieta y ordenada que había sido.

Dije que todos eran de hojalata, pero no era así; había una niña, una de carne y hueso; se llamaba Estela. Estela despertaba en mí una atracción que no sabía descrifrar, “Tendrá algún imán escondido; quizás bajo su vestido; quizás a sus espaldas”, pensaba yo. Aquella tarde, Estela estaba sentada en un adoquín deslizando un palo sobre la carretera, haciendo caso omiso a los seres de latón que iban y venían pues para ella no éramos más que una farola o una rueda. Ni siquiera parecía escucharnos. Sin esperarlo, un niño de hojalata comenzó a gritar estremecido “¡agua, agua!”, inmediatamente después el avisador de tormentas hizo retumbar la alarma. Durante unos segundos la histeria colmó las calles y todos corrían rechinando unos con otros como las entrañas de una máquina. Estela continuó sentada, tan sólo levantó la vista y contemplaba el alboroto sin esbozar mueca alguna. Pero tampoco yo me moví. Me quedé allí, de pie, en medio de la calle, sin poder dejar de mirarla, de tal manera que todo a mi alrededor resultó estar disuelto en una nebulosa onírica ajena a mis sentidos.

Todos se fueron y la lluvia me estaba empapando. Entonces ella se levantó con un movimiento pausado y se acercó a mí lentamente; con una expresión de extrañeza y algo soberbia me dijo “¿Tú no tienes miedo?”. Y yo, que no sabía lo que era un corazón, noté de pronto el percutir rotundo bajo la coraza derrumbando el muro que me contenía. Estela puso su mano pálida sobre mi pecho con curiosidad y en su cara afloró al instante una sonrisa enorme, ancha y generosa; pues descubrió que a partir de aquel momento ya no estaría sola. Y yo, en lo que concernía a Estela, ya no sería jamás un niño de hojalata.

Pilar Leandro

Saboreando la lluvia

Autor@: Paloma Muñoz
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Paloma Muñoz
Género: Relato corto
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Saboreando la lluvia. 

Desde una ventana una joven contemplaba el cielo oscuro preparado para descargar el agua tan deseada ya que hacía mucha falta para los campos iban a agradecer que lloviera durante unos cuantos días.

El sentimiento de alivio era generalizado entre los habitantes de la aldea que miraban al cielo implorando el momento mágico de la bendición de los campos por medio de la lluvia que iba a devolver el frescor y la vitalidad a los árboles, las viñas, los huertos y la tierra.

La chica tomaba una taza de café y seguía con la vista fija en las nubes que se acumulaban y que eran de un color gris azulado oscuro amenazante pero muy prometedor.

Los lejanos ecos del trueno, el aire que se volvía más húmedo y la sensación de frescor hizo que se emocionaba. Su deseo de lluvia era muy intenso. Había esperado mucho para el momento en el que comenzaran a caer las primeras gotas.

Desde pequeña había sentido una especial fascinación por la lluvia y por lo que significaba, no sólo para ella sino para su familia, vecinos y para los habitantes de la comarca.

La muchacha fue a buscar un chal y lo colocó sobre los hombros.

 Un pequeño gatito negro estaba junto a ella y observaba. Era curioso. Deseaba asomarse a la ventana.

La chica acarició al animalito y besó la frente en forma de perfecto antifaz. El minino subió a la repisa y se acurrucó entre los brazos de ella.

Conformaban una bella estampa de la tranquilidad, la dulzura y la felicidad. Eran inseparables.

Los truenos y relámpagos se hicieron más y más persistentes y el gatito se aferró a los brazos de la joven. Ella acarició la carita y colocó el chal sobre el cuerpecillo.

La deseada lluvia comenzó a caer. Los vecinos abrieron las puertas y ventanas para contemplar el espectáculo maravilloso que aparecía ante sus ojos y que proporcionaba una sensación sinigual de vitalidad, de alegría y de esperanza.

La chica continuaba extasiada observando el cielo e inundando sus sentidos de frescor y de olor a tierra mojada, el olor más maravilloso que existe para un ser humano.

Así permaneció la joven abrazada al gatito durante un buen rato.

La intensidad de la luz fue desapareciendo. La chica se acercó a encender unas velas y candiles y a prepararse una taza de café. El pequeño gato se aferraba entre sus brazos. Después volvió a la ventana a seguir disfrutando de la lluvia y el aroma inconfundible de la tierra que se moja y se siente bendecida por el milagro de la lluvia.

Algunos aldeanos que estaban acostumbrados a rogar por la lluvia a los santos y as vírgenes encendían velas en la entrada de las casas. También colocaban pequeños altares con flores y platitos en los que habían depositado hojas y ramitas.

Era un homenaje o un reconocimiento al dios cristiano o a los dioses del cielo que habían escuchado las súplicas de las buenas gentes que tanto deseaban la lluvia y ahora veían como caía generosamente haciendo respirar a los árboles, los campos, los huertos y las plantas.

La tierra estaba preparada para que en las próximas semanas ofreciera el ansiado fruto y el sustento en la comarca.

 La primavera era una bendición antes de la llegada del sofocante calor.

Las cosechas se beneficiaban del agua que caía sin ruido ni estorbo.  Generosa y limpia.

Esa generosidad es lo que necesitaban. Una generosidad de la naturaleza que riega el campo y renace la vida sin destrozos, sin esterilidad. Todo lo contrario: produce el milagro que ha continuado a través de los siglos y de las épocas para mantener el equilibrio necesario que produce la vida y el bienestar en humanos y animales.

La muchacha y su gatito, juntos, disfrutando de la lluvia, saboreándola, sintiendo la fuerza de la vida y de la naturaleza. Una sensación perdurable y única.

La primavera es lo que tiene. Es una estación que anima el espíritu antes de la llegada del pesado y constante calor. Por eso tiene que llover.

Tiene que llover mucho. Todos dependemos de esa lluvia tan ansiada. Todos nos alegramos del milagro de la vida, del milagro de la naturaleza.

Esperemos que sea así por siempre.

Paloma Muñoz

18 de mayo 2022

Ilustración de Rafa Mir

 

 

 

 

Lluvia

Autor@: Carolina Cohen
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Prosa poética
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Carolina Cohen. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Lluvia.

El cielo está nublado y, aun así, se repite intermitentemente. Se limpia los ojos y se enjuga el rostro como un misterio que pasa casi inadvertido. Sobre las calles impregnadas de gente, el deseo busca expresarse en un estallido furtivo de pulsiones, de amores que ponen a vibrar los átomos irremediablemente.

Una pintoresca sonrisa sobrepasa el acto humano, y las palabras se empeñan en salir en su intento de circundar los oídos, en un oleaje inusitado de ruido. Ella y ella se encuentran, sin planificación alguna. Ocurre simplemente, sin más. Un soplo de ironía y un rayito de violencia manchan levemente sus rostros al rozarlos. El tono es entre azul y rojizo. Los labios, rosas.

— ¿Cuándo te vas?

  • Mañana.

— ¿Pero por qué hasta ahora me lo dices? ¿Qué pasará con lo nuestro?

El reproche se arrastra entre las vísceras. Busca salir cual si fuera un proyectil.

—Te dije que mi madre no podría soportarlo, y apenas me atreví a contarle mis planes sin detalles.

— ¿Y qué piensas hacer ahora?

La cuestiona sin más presión que la frivolidad de lo ya pasado.

Ilustración de Rosa García

Los pasos por la acera de la gran ciudad se deslíen entre el chapoteo y el frío. Los dedos, las manos y los brazos se hielan al salir al encuentro de los cuerpos que ponen límite simbólico al riesgo de muerte.

En un local cercano se repite la desaparecida imagen de la noticia amarillista. El hipo hace que el dolor se atragante. Se tose, se estornuda. Invade el torrente sanguíneo haciendo que sea imperceptible cuando se difumina. El mismo sonsonete de la semana pasada, y la anterior, y la de los tiempos que se esfuman, cuando se informa del desgarrador dolor de una madre que ha perdido a su hija, a parte de su sangre, de su piel, de su historia. La pieza articulada en sus creencias. Con los días, el impacto se mitiga.

Carolina Cohen

Llueve

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Paloma Muñoz
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Drama
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. Las ilustraciones son propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Llueve.

Llueve.

No, diluvia.

Parece que alguien desde el cielo está echando jarros de agua sin parar. Uno tras otro. Sin descanso.

Por un momento piensa que es su padre llorando desde allí, porque hoy no está con él.

Ilustración de Paloma Muñoz

Se protege con un paraguas que no impide que sus ojos estén nublados, borrosos por el agua de sus propias lágrimas.

Cada vez que intenta pronunciar una palabra a la lápida del nicho, le llegan más lágrimas y se le cierra la garganta.

Pensaba que le costaría menos. Hace tiempo que su padre se fue. No. Hace tiempo que dejaron allí su cuerpo, marcando unas coordenadas a las que acudir de vez en cuando a llorar y a hablarle al silencio y a su ausencia.

Sí, hace tiempo, aunque no es capaz de medir en una escala ese vacío. Sabe que hace menos de un año, porque es el primer 19 de marzo que él no está, que no puede decirle «Felicidades, papá», ni darle un beso, ni abrazarle, ni tomarse unos pasteles con él.

Intenta hablar de nuevo, pero vuelve a llorar. Sabe que no podrá decirle todo lo que había pensado soltarle ese día. Quizá otro día, más sereno, un día que no estuviera marcado en su calendario con ese color invisible de los días más dolorosos. Sabe que cuando salga de allí se le pasará. Montará en el coche, pondrá la canción, la de siempre, no porque sea un ritual escucharla cada vez que va a verle, sino porque es la que le apetece oír después de hablarle, y entonces le dirá mentalmente todo lo que había pensado, sin llantos, con lágrimas en el alma.

«Felicidades, papá», logra pronunciar al fin, con la otra voz, no la suya, esa bajita, sin fuerza, la que no reconoce como suya.

Aprieta los ojos y los labios. «Te quiero, papá». Otra vez con esa voz.

Sabe que no va a decir más.

Mira a su derecha y ve que hay un hombre. ¿Cuánto tiempo lleva allí? Podría ser que estuviera incluso cuando él llegó. No lo recuerda. El camino al nicho de su padre lo tiene grabado, como algo mecánico, como el que va al trabajo sin recordar el camino que ha recorrido ni lo que se ha encontrado en el trayecto.

Se seca las lágrimas para verle mejor.

Aquel hombre no tiene paraguas. El agua le cae encima, calándole por completo. Podría haber salido vestido del mar y no se notaría la diferencia. Tiene la camisa pegada al cuerpo y el brazo derecho extendido, tocando la lápida. Mira al frente, sin moverse. Imagina que está llorando, aunque no podría diferenciar si son las lágrimas o las gotas de lluvia.

Por la cercanía al nicho de su padre deduce que él también perdería al suyo por las mismas fechas y que también sería su primer día del padre sin su padre. Siente tentación de ir a su lado, posarle una mano en el hombro para hacerle sentir que no está solo, que le entiende, que su dolor es el mismo que el suyo, aunque sabe que no lo hará. El dolor es privado.

Sube más el paraguas para ver la lápida que toca el hombre.

Ve que no está quieto del todo, que sus dedos acarician el perfil grabado en la piedra de una jirafa de dibujos animados.

Llora, fuerte, con su propia voz.

Y esta vez no es por su padre.

Jorge Moreno