Cazador

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Cazador.

De niño empezó por torturar bichos y pequeños animalillos. Una de sus aficiones era quemar con un mechero a las hormigas y observar con gusto cómo se retorcían mientras se abrasaban. También le dio por arrancarles las alas a las moscas y otros seres voladores, como las mariposas y a las libélulas, que atrapaba con su cazamariposas cada vez que la familia iba al completo a celebrar un pícnic campestre. Inmediatamente después de cortarles las alas soltaba a los pobres insectos y esperaba a ver cómo, indefensos en el suelo, eran devorados por sus depredadores naturales.

—¿Qué haces, Jordan?

—Nada, mamá. Disfrutando de la naturaleza.

En una de esas excursiones familiares al campo, un día soleado, encontró a una cría de ardilla herida en el suelo, entre unos hierbajos. Probablemente se había caído en algún vuelo fallido entre árboles. Se acercó y la observó. Al parecer, tenía una pata dislocada y no podía moverse. Inmediatamente pensó que lo mejor sería terminar con su sufrimiento, así que cogió un pedrusco y le aplastó el cráneo con él. La sangre le salpicó la camiseta y le manchó las manos. Por aquel entonces tenía la tierna edad de diez años. Cuando llegó hasta su madre, sin camiseta y con el pelo sucio de tierra, ella no supo adivinar el motivo por el que una sonrisa le cruzaba la cara de oreja a oreja. Tampoco se fijó en sus manos ensangrentadas.

Luego, empezó a experimentar en casa. Su mascota Jimbo fue la siguiente víctima de sus prácticas sádicas. El pobre hámster murió, sin saber nadie el porqué, y tuvo un pequeño enterramiento en el jardín. Fue entonces cuando su atención se desvió al perrito de su madre, Tori. Tori era un caniche dócil, hasta que, sin razón aparente, se volvió agresivo. No dejaba que nadie se le acercara e intentaba morder a todos, Jordan incluido. Nadie en la casa sospechó que este se divertía provocándole descargas con un par de cables pelados y una pila, transformados en un aparato de tortura que había inventado él mismo, ni que se divertía golpeándolo, tirándole de las orejas y pegándole patadas. Al cabo de unos meses Tori fue sacrificado con gran pesar de su familia, especialmente de su madre, que lloró varios días seguidos. Jordan contaba con doce años y un historial de asesinatos que incluían varios gatos callejeros hallados muertos, uno abierto en canal con una hacha,  y un par de gallinas del gallinero del señor Turner, el vecino, encontradas destrozadas. El vecindario empezó a sospechar de una manada de lobos, o de algo similar. Pero lo cierto es que todos murieron a manos de Jordan.

A los dieciséis, su padre le regaló su primera escopeta de caza. Era una pequeña escopeta de balines, con la que salir juntos a por pequeñas presas. Con ella cazó pequeños conejos silvestres y alguna codorniz, y enseguida mostró buena puntería y suficiente sangre fría como para abatir a las presas de un solo disparo. Para Jordan era una diversión sencilla y poco placentera, y le pidió a su padre su segunda escopeta, un poco más grande y de cartuchos. No le satisfizo del todo hasta el día en que, con ella, abatió un jabalí que les salió de improviso de entre los matorrales y que casi se les echa encima. Jordan, con las piernas atrapadas bajo el cuerpo muerto del animal, y con la sangre manando sobre él, descubrió su verdadera vocación: cazador. Pero no un cazador común, como su padre, de los que abundan por las montañas, con su licencia para matar faisanes, tordos y alguna liebre suelta. No. A él ese tipo de piezas no le interesaba; eran demasiado pequeñas y no le satisfacía matarlas. Y no quería ser el tipo de cazador que va una vez en su vida de cacería en un safari y paga una gran suma de dinero por cobrarse una gran pieza africana que le sirva de trofeo, porque ese único instante no le satisfaría para siempre y no era precisamente rico. Pero tampoco quería convertirse en uno de aquellos hombres de las montañas, que cazan asiduamente las piezas justas para su supervivencia, para poder alimentarse y por la piel del animal. No, no quería cazar por necesidad, ni por trofeos. Él sentía esa llamada salvaje, ese impulso depredador: necesitaba disparar y oler la sangre borboteante y espesa que mana de la víctima, cercana y de forma asidua. Necesitaba mirar a los ojos de la presa para ver cómo la vida abandona su cuerpo, cómo el corazón deja de latir.

—Quiero aprender a disparar.

—Bueno, hijo, ya sabes disparar. De hecho, no eres un mal cazador. ¿De dónde crees que salen estas piezas colgadas de tu cinturón, si no?

—No, papá. Esto es una simple escopeta de cartuchos. Quiero aprender a disparar bien, con armas de verdad, rifles de gran calibre y de largo alcance.

—¿Y a qué vas a disparar con eso? Por aquí no hay caza mayor.

—A personas.

—¿Cómo dices?

—Quiero ser soldado.

Y lo fue.

Años más tarde volvió de permiso a casa, convertido en un soldado experto en armas y entusiasmado porque, por fin, se iba a la guerra, a matar terroristas en Oriente Medio. Había quedado el primero de su promoción, y su superior quiso convencerlo de que se alistase como francotirador, por su gran puntería, pero él lo rechazó sin pensárselo. Prefería estar en primera línea de fuego y abatir al enemigo cara a cara, no a una distancia de mil quinientos metros.

La visita al hogar fue corta, y a la semana ya volaba rumbo a Oriente Medio, junto a decenas de compañeros llorosos y acobardados. Él era el único que sonreía en el avión. Y no perdería la sonrisa mientras estuvo en la primera línea de fuego.

Tras dos años de lucha fue ascendido de soldado raso a cabo, porque no había mostrado miedo a nada, ni al dolor, ni al cansancio, ni a morir, más bien al contrario, cuanto más sangrienta era una batalla, más entero parecía estar, mientras sus compañeros de desmoronaban: algunos vomitaban, otros no podían parar de llorar y otros echaban a correr. Esos eran los peores y alguien tenía que pararles los pies para que la deserción no se convirtiera en una plaga. Bajo el mando de su superior él fue el encargado de abatirlos uno por uno antes de que llegaran a líneas enemigas o encontraran refugio.

Sirvió muy bien a sus superiores, incluso en aquellas tareas que nadie quiso realizar como el traslado de los cuerpos de los compañeros muertos, a menudo desmembrados por acción de una bomba, hasta una zona asegurada para preparar la repatriación.

Como consecuencia, en unos meses fue ascendido a sargento, porque era él el que mantenía el espíritu combativo en los momentos más sombríos, cuando una granada alcanzaba la trinchera y mutilaba a unos cuantos soldados, o cuando los compañeros caían como moscas bajo el incesante fuego enemigo. La sonrisa le acompañó durante esos años de guerra. Pero la metralla de una bomba que se le incrustó en la pierna derecha terminó con su diversión y lo llevó al hospital militar, y de ahí a casa.

Allí, contra todo pronóstico, empezó verdaderamente su carrera militar, que le llevó de ascenso a ascenso hasta la cumbre. Fue nombrado general y solamente entonces pudo decidir el destino de sus sueños: Guantánamo.

Allí pudo torturar y vejar a terroristas y talibanes, espías y otros reos, además de hacer desaparecer más de un cuerpo que no resistió los cortes y heridas producidos, o la intensidad de las descargas eléctricas. Daba lo mismo, nadie los echaría de menos. Y allí no estaba solo; había muchos más como él, otros soldados sádicos y asesinos bajo sus órdenes, que sonreían y se hacían selfis junto con los pobres torturados y que exhibían las fotos como quien exhibe un trofeo de caza mayor. Y lo mejor de todo era que, lejos de recriminar su comportamiento, el mundo lo toleraba porque así se sentía a salvo, sentía que sus vidas estaban protegidas, porque había un grupo de indeseables que hacían el trabajo sucio de sacar toda la información posible a unos malnacidos extremistas islámicos para evitar futuros atentados. El mundo entero dormía tranquilo y, cuando alguna filtración periodística denunciaba la transgresión sistemática de los derechos humanos más básicos dentro de ese complejo militar,  miraba para otro lado. Era la forma que tenía de no perder el sueño. También Jordan tenía un plácido dormir.

La vida le sonreía y él le devolvía la sonrisa a la vida. Tenía todo lo que necesitaba para cumplir sus más oscuros y siniestros deseos: dinero, poder, inmunidad y armas de todo tipo a su alcance. A cambio solo le había dejado como secuela una ligera cojera. Pero la muerte no es tan benévola como la vida, y se lo llevó por delante de la forma más impensable: un noche de tormenta y lluvia, cuando se dirigía al barracón de tortura llevando su cuchillo especial serrado, inspirado en el de Rambo en la película, un rayo le cayó encima, entrando por la punta de la hoja y atravesando su cuerpo por completo. Cayó fulminado.

Ilustración de Rosa García

Cuando despertó, solamente sintió la fría humedad del suelo embarrado bajo sus patas, ahora tan livianas que casi ni podía controlarlas. Y notó algo a su espalda, algo que se movía y lo inquietaba. Cuando miró a su alrededor, solamente vio un millón de enormes moscas a su lado, agitando unas alas que parecían de cristal. Ajeno a su propia existencia, desplegó sus alas y las batió fuertemente. Salió volando de ahí, con tan mala suerte que cayó en una red  para mariposas. Unos enormes dedazos lo sujetaron. La punzada de dolor que sintió cuando le arrancaron las alas hizo que casi se desmayara, pero no tuvo ni tiempo para eso. Lo tiraron al aire y cayó pesadamente sobre el suelo. Allí, un enorme escarabajo lo partió en dos con sus pinzas y se lo comió, empezando por las entrañas.

La oscuridad se cernió de nuevo sobre él, y en esos segundos entre una vida y otra, un atisbo de su propio ser destelló en su conciencia y lo supo: eso era solamente el principio de lo que le esperaba. Los mecanismos del cosmos se habían puesto en marcha y la ley del karma le haría vivir desde el otro lado todas las atrocidades perpetradas. ¿Era un modo de aprendizaje? ¿Era un castigo? ¡A quien le importaba! El destello de consciencia desapareció y una luz húmeda se abrió paso en la semioscuridad. Avanzó a saltitos hacia la luz y salió del nido. Estaba en lo alto de una rama y enfrente había otro gran árbol, frondoso, con un montón de nueces. Otras ardillas le mostraban el camino. Solamente tenía que correr hasta el extremo de esa rama, tomar impulso y saltar hacia la más cercana del otro árbol. Igual que lo hacían las demás. Allí le esperaba el banquete. Era fácil; si otras lo habían logrado, él también podía hacerlo. Así que se afiló los bigotitos con sus manitas y se preparó para dar el gran salto.

 

Olga Besolí
Agosto 2019

El espíritu familiar

Autor@: 
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

El espíritu familiar.

Soy el espíritu familiar de una bruja, aunque muchos de vosotros solamente vean en mí un simple gato. Un gato viejo y ajado ya, de ojos amarillos y pelaje atigrado, de comportamiento hostil y movimientos sinuosos. Pero soy mucho más que eso y los más intuitivos se dan cuenta de ello. Por ejemplo, el doctor. Hay una verdadera conexión entre el buen doctor y yo, quizás debido a que él ha visto en contadas ocasiones el umbral de la muerte que abre paso a la otra vida demasiado de cerca, y yo, como familiar que soy, tengo siempre abierta la puerta de ese umbral.

Veo en sus ojos que, pese a que a él le inquieta mi mirada, me respeta, casi tanto como yo a él y a su trabajo. Es el único de aquí que no se dirige a mí como soléis hablarme todos los demás, con la boca pequeñita y la voz gutural, como si fuera uno de vuestros cachorros. No, él sabe que le comprendo, y me explica lo ocurrido, de por qué estoy aquí, de una manera simple y llana, sin vocecitas ni carantoñas, al igual que se lo ha explicado a Belladona. Por supuesto que él sabe que no entiendo vuestras palabras, pero él me habla desde el corazón, y ese lenguaje sí que es mi especialidad.

Tampoco veréis nada especial en mi ama, esa viejecita adorable de cuerpo enjuto y reseco que ahora duerme, y que cuando abre los ojos es por un segundo para volver a perder la conciencia. Esa misma anciana despistada que hace unos meses andaba perdida por los pasillos de otro hospital, y que hace unos días se perdió en este. La misma que cuando eso sucede se enfada sobremanera, alborotando al personal que trata de calmarla con agasajos.

Si nadie os lo cuenta, no imaginaríais nunca que ella fue en sus tiempos la reina de las brujas, dirigiendo los aquelarres mundiales bajo el sello del secretismo. Claro que eso ocurrió hace una eternidad, y en esos momentos de grandeza la acompañaba uno de mis predecesores, un gato negro enorme llamado Lucius III, que aparece en algunos retratos de su antigua casa.

Yo llegué hasta ella mucho después de sus años de gloria, cuando era una mujer ya muy entrada en años y con el pelo cano. Entonces ya sufría algún que otro episodio de despiste, en el que se confundía de repente, pero aun así, aquella noche de tormenta oí la llamada. Abandoné a mis hermanos de camada y corrí desesperado en dirección al reclamo, sin saber lo que me encontraría tras esa puerta oscura, en la noche lluviosa. Y antes de que un escalofrío me recorriera la columna, el quejido de la puerta al abrirse me sorprendió. Y allí estaba ella, una mujer pequeña, con el largo pelo blanco de rizos sueltos, en bata y zapatillas, diciéndome:

—Por fin estás aquí, Lucius VII. Te esperaba y eres más bonito de lo que creía. Y más pequeño.

Esa noche ella estaba lúcida, y su magia estaba completa. No volvería a repetirse. En los siguientes días me cuidó como solo una bruja puede cuidar a su acompañante, con respeto y cariño, sin lacitos, sin vestiditos, sin selfis ni todas esas tonterías que los humanos soléis hacer para quitarles la dignidad a vuestras mascotas.

La nuestra es una relación sana y duradera, de varios años, aunque yo me moría por ver un ritual de esa magnífica bruja, o un levantamiento de energías o, aunque solamente fuera durante unos instantes, un breve contacto con los espíritus de bajo astral que acechan al otro lado. Pero nada.

A ella le costaba concentrarse y siempre usaba la excusa del cansancio. Yo me acurrucaba en su regazo y dejaba que me acariciase levemente la espalda, ronroneando alegremente. A fin de cuentas, aunque no practicase, seguía siendo mi ama y una bruja excepcional.

Y lo digo por decir. Tengo pruebas de ello, porque cuando realmente afloraba toda su magia era cuando se sumía en el mundo de los sueños. Entonces los cuadros se movían de las paredes, los entes aparecían llamados por su reclamo inconsciente, y los colores de la energía brillaban dentro de la estancia, formando bolas que se desvanecían en el aire, y ráfagas multicolores. Mientras dormía ella se liberaba de su atadura terrenal. Yo, impasible a los pies de su cama, era el único testigo del festival de magia improvisada. Luna tras luna.

Pero luego, por la mañana, no solía acordarse de nada y me reprochaba:

—¡Gato malo! ¿Por qué has descolgado el cuadro de mi abuela mientras dormía? ¿Por qué has arañado la alfombra y has tirado al suelo el pentagrama?

Y mientras la Tierra daba sus giros al Sol, sus sueños empezaron a vaciarse de magia, al igual que sus vigilias se volvieron erráticas. De pronto se obsesionó con los huevos fritos. Los pintaba, los comía, me los daba a mí…

Ilustración de Paloma Muñoz

Ilustración de Paloma Muñoz

En cierto modo era divertido, pero siempre llegaba un día en que sus ojos se entristecían y mirando las paredes me decía:

—¡Ay, Lucius! ¿Eso lo he pintado yo? O la casa se ha cargado de duendecillos que me han jugado una mala pasada, o creo que algo no funciona bien aquí arriba  —y se señalaba la cabeza.

¡Cuánta razón tenía! El doctor, no este, sino otro mucho más rudo y menos simpático, se lo confirmó con una palabra: alzhéimer.

Esa palabra supuso un cambio radical para nosotros, que tuvimos que ponernos a vivir con su hija, una mujer simpática y trabajadora, pero tan sensible como una roca o un trozo de esparto, y su marido, un pobre hombre incapaz de entender siquiera la propia vida, y para el que el más allá es un cuento chino para hacer películas de terror.

Ellos dos, con toda su ignorancia y buena fe, quisieron separarnos, pero mi ama se puso a gritar, como nunca la había oído antes, con un grito desgarrador que le salió del alma y con una fuerza que levantó ráfagas de viento repentino. Se asustaron tanto que no volvieron a intentarlo jamás. A partir de ese momento viviríamos todos juntos sin entendernos lo más mínimo.

A Manuel, que así se llama el yerno de mi ama, los gatos le dan alergia, y en cuanto yo pasaba por su lado empezaba a estornudar. Y en cuanto a Belladona, su hija, por mucho que tenga el nombre de una planta mágica, no ha heredado ni una pizca del don de su madre, y encima le tiene pavor a todo tipo de felinos:

—¡Mierda! ¡Jesús! ¡Es que nunca sé dónde voy a encontrarte! ¡Eres tan silencioso…! ¡Y no me mires con esa cara, gato apestoso! —me gritaba cada vez que tenía un sobresalto al cruzarse conmigo.

Incluso una vez me pisó la cola, aunque prefiero creer que fue sin querer. Por otro lado, ella y su marido llevaban una época que se hablaban más bien poco, o casi nada, creo que por culpa de nuestra presencia o, al menos, así lo expresaba Manuel cuando creía que nadie le veía ni oía, aunque Belladona le pillara una vez, porque si no había heredado el don de la magia, sí tenía el don de la oportunidad.

Y mi ama casi nunca se acordaba de su hija, ni reconocía a ese hombre barrigón y refunfuñón que pululaba por la casa, y se preguntaba qué hacía en su casa, aunque esa casa no era suya en absoluto. Sí que tenía días en los que me reconocía a mí, y eso provocaba el llanto de Belladona. Pero no eran lágrimas tristes, sino de amargura por creer que yo le importaba más que ella.

La situación era irremediable. Aunque yo tuviera el don de hablar, no podría haberle explicado que ella me reconocía a través de los chacras y reconocía mi energía, ya que sus ojos y su mente estaban ciegas y perdidas, porque no me hubiera entendido ni una palabra.

Mientras, los huevos de la despensa desaparecían y aparecían huevos fritos en las alacenas, en los cajones de la ropa, o tendidos junto a la ropa mojada. Eso hizo que Manuel pusiera el grito en el cielo y le plantara un ultimátum a Belladona:

—Estoy hasta los huevos. O se va ella y ese horrible gato viejo, o me voy yo.

Pero no hizo falta que nadie se largara. Justo cuando una maleta vacía permanecía paciente bajo la cama de Belladona, y unos cuantos dípticos de residencias para ancianos descansaban manoseados en la mesita, el frío de noviembre se apoderó de los huesos frágiles de mi ama y tuvo que ser llevada al hospital de urgencia. Allí la esperaba el doctor rudo y maleducado, que me cogió sin miramientos y me tiró a los brazos de Belladona:

—Lléveselo de aquí. Esto es un hospital y no se permiten animales.

Por suerte, la estancia en el hospital y nuestra separación duraron solamente unos días, y como su salud no empeoró, pero tampoco mejoró, la trasladaron al hospital geriátrico, en donde se quedaría. Allí, según parece, un buen doctor oyó un día las quejas de mi ama entre toses:

—¿Dónde está Lucius? Lo necesito.

—Cálmese, señora Puig.

—No. No lo entiende… ¡quiero a mi gato! ¡Tráiganmelo! —Tosió un rato antes de coger aire de nuevo—. ¡Tiene que estar… junto a mí!

Mi ama, en uno de esos extraños días en que la niebla de su mente se esfumaba, veía su propio futuro, aun cuando el doctor, por petición expresa de Belladona, le había ocultado su devenir:

—Mire, doctor, sé que me voy a morir… y sé que va a ser hoy o mañana… y ese gato… —más toses— El umbral… Usted… usted no lo entiende…

Pero el doctor, que había mirado a la muerte a la cara muchas veces cuando esta le arrebataba los pacientes, sí lo entendió y vio la mano alargada de la Parca junto a la camilla de esa mujer enjuta. Inmediatamente llamó a su familiar más cercano, Belladona, y la convenció de que era indispensable que trajera su gato al hospital.

Lo sé porque yo estaba allí. Vi cómo a Belladona se le caía la plancha de la mano, quemando el parquet del suelo, y cómo agarraba fuertemente el auricular con la otra.

—Pero ¿para qué quiere ese dichoso gato?… ¿Cómo?… ¿Dos días? ¿Que se va a morir? ¿Ya? ¡No puede ser!

Hoy es el día. El segundo día. Belladona ya ha venido y se ha despedido de su madre, aunque mi ama no la ha reconocido. Tampoco parece acordarse de mí, pero me ha aceptado sobre su regazo. Y aunque nadie vea lo que soy en realidad, y crean que solamente soy una vieja mascota encima de la camilla de su ama moribunda, soy mucho más que eso. Soy la guía que la llevará de la mano en su paso entre este mundo y el otro. Ella lo sabe y yo también, y por eso se ha dormido en un sueño plácido, posando su mano esquelética sobre mí.

Y aunque el doctor bueno y sensible no lo sabe a ciencia cierta, lo intuye, porque aparece de repente cuando un primer estertor me alerta de que la Parca ya empieza a estrujar la vida de mi ama y a sacarla de su cuerpo. El doctor llega corriendo y cierra la puerta tras de sí. No hay enfermeras ni visitantes, solamente nosotros tres y la presencia gélida de la muerte. La persiana está abierta y la luz del atardecer se cuela por la ventana. No va a ser una muerte agónica, sino una muerte plácida. Mi ama despierta para caer en una semiinconsciencia, su mano sigue descansando sobre mí. El doctor le acaricia el pelo escaso y le dice al oído:

—Señora Puig, ha llegado la hora. Deje que Lucius la lleve. Relájese. No intente luchar. Todo está bien. Estará bien.

—Luciusss…

Con mi nombre se escapa el último aliento de mi ama. Se aleja de su cuerpo y se queda de pie, junto a mí, que he saltado de la camilla, de forma más ágil de lo que recuerdo. Ya no es la vieja decrépita que yo conozco, sino la imponente pelirroja de ojos verdes que hechizó al mundo. Ella es mi dueña y señora en todo su esplendor, la reina de las brujas.

Me hace un gesto para que la siga y me sorprendo. ¡Ella es mi guía y no yo la suya! Y cuando miro atrás, no veo sino el cuerpo inerte de un gato viejo junto al cadáver de una anciana.

Esos ya no somos nosotros. Nosotros somos esos dos entes incorpóreos que se dirigen a la luz, a los destellos anaranjados de un atardecer reinado por un sol grande y amarillo que graciosamente brilla rodeado de una nube blanca y que parece un huevo frito.

Olga Besolí
Junio 2019

The hope future

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: 
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones  son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

The hope future.

Hace calor, mucho, probablemente demasiado para tratarse de mediados de noviembre. El sol brilla alto y Maruja ha tenido que untar a los niños con protector solar factor cien, el que suelen usar para ir a la playa en pleno verano, para evitar que sus caritas se achicharren.

Manolo, su marido, suda a chorros delante de la barbacoa, bajo el impenitente sol sevillano y el zumbido de los mosquitos, refrescándose como puede gracias al botellín de cerveza biotransgénica que sostiene en la mano y al que da pequeños sorbos. Pero el sabor, según dice su padre, no tiene nada que ver con las cervezas que él tomaba en sus tiempos. En eso, como en otras muchas cosas, coincide plenamente con los demás abueletes del pueblo, que cuentan que darían su vida por una buena lata de cerveza de doble malta. ¿Qué será eso de la malta?

Por un instante Manolo se queda absorto mirando la pequeña botella de vidrio con tapón de quita y pon. ¿Cuántos rellenados habrá soportado? Por los arañazos diría que muchos. Volver a los inicios, eso es lo que ha ocurrido. El gran cambio prometido ha sido, en realidad, un retroceso al tiempo de nuestros abuelos, un retorno a la austeridad y al silencio, a luz de las velas y los quinqués, a los trabajos manuales y a las artesanías, a los trueques de materiales e intercambios de servicios entre la gente de oficio. Aunque con pequeñas diferencias. Su abuelo, que en paz descanse, gastaba los mismos envases retornables de ahora, u otros parecidos, con la misma cantinela de tener que ir y cambiar los botellines vacíos por otros llenos en la pequeña tienda del barrio. Esa es otra. El pequeño comercio, que había desaparecido porque nunca pudo competir ni con precios ni con la cantidad de producto contra las grandes superficies que se multiplicaban como champiñones cuando su padre era apenas un adolescente, rebrotó tras la catástrofe y se instaló para quedarse tras la prohibición de las grandes corporaciones que fabricaban en masa. Lo mismo que ocurrió con los viejos botellines de vidrio reusables, que resurgieron en pos de la desaparición de las latas desechables que inundaron aquellos años turbios, de consumo exacerbado y despilfarro, que vivió la generación de su padre.

Nada de multinacionales ni de superproducción, ese es el nuevo lema que implantaron los foráneos tras la Gran Limpieza. Nada de derrochar recursos para que se pudran en estantes, y de intentar reciclar después, porque el sistema no funciona en absoluto. Así que a partir de la instalación del Nuevo Sistema, llamado por los propios foráneos como «The Hope Future», hubo que volver a las largas colas en las pequeñas tiendas para conseguir cosas tan simples como huevos o verdura, cuando unas pocas décadas antes uno solamente tenía que alargar la mano y escoger un pack de entre el millón de huevos de tamaños, colores y marcas diferentes del hipermercado. O, al menos, eso cuentan todos los viejos del pueblo.

Ahora, para tener comida, hay que despertarse pronto todos los días y estar al acecho. Y Maruja, que es muy de dormirse, llegó tarde a la tienda de suministros. La cola de los sábados es la peor, y ya no quedaba prácticamente nada más que cebollas. Ni alcachofas, ni patatas, ni pan, solamente unas pocas cebollas pochas. Así que ese es el acompañamiento de las hamburguesas que está asando Manolo. Hamburguesas con cebolla no suena mal, aunque no hay pan que las sostenga, así que habrá que comerlas con cuchillo y tenedor.

Manolo les da la vuelta a las hamburguesas sintéticas bajo el sol abrasador. ¡Quién hubiera podido conocer una vaca de verdad, de las que mugían y pastaban! Su padre las vio una vez, cuando niño. La aparición de Maruja rompe el hilo de pensamientos. Se ha plantado ante él, seria y  sudorosa, con ese garbo andaluz que siempre la caracteriza y con un cesto lleno de ropa mojada.

—¿Y er viejo?

—Joer, ziempre faenando, gordi. ¿Po qué no te zientaz aquí, jursto a mi lao, y disfruta dezta precioza mañana de domingo, hija?

—Na, Manolo, que ja zabez que tengo muxo que hacé. O zi no, ¿Quién me va a tendé toa la ropa? ¿Va a zer tú, quillo? Po yastá. ¿Onde stá er viejo, tu pare, que no lo veo de hace rato?

—No zé. Stará en el jardín datraz, con los xiquilloz, digo yo.

—Los xiquilloz stán entro la caza, jugando a las trez piedraz.

—Poz stará con loz vecinoz, loz foraneoz ezoz. Tendrá que í a buzcalo, poque sto yastá.

Cuando Maruja desaparece con su canasto chorreante y su gracia, Manolo se queda de nuevo absorto mirando su barbacoa fabricada por él mismo con un bidón oxidado, que seguramente en otros tiempos contenía petróleo.

¡En otros tiempos todo era tan diferente! Para empezar nadie habría movido un solo dedo para ir a buscar a nadie. La gente casi que no usaba las piernas, y por eso la gran población mundial (que era mucha más que la actual) estaba gorda y aletargada, con los músculos fofos y blandos. La ostentosa barriga de su padre y los problemas de rodilla que siempre ha tenido son un buen recordatorio de ese estilo de vida malsana. La gente no caminaba, ni se movía. Utilizaban vehículos con motor para ir a todas partes, incluso para ir a por el pan o acercar los niños al colegio. ¡Qué desperdicio de combustible! Y los primeros autos funcionaban con derivados del petróleo, pero cuando este se agotó, se las ingeniaron para que fueran con electricidad. ¡La maldita electricidad que todo lo arruinó! Pero, aparte de vehículos que los transportaban, contaban con un montón de dispositivos para comunicarse y llamarse a distancia… ¡Todo para no tener que ir a buscarse! Y luego, según cuenta el viejo, se pasaban las horas alelados, mirando pantallas de tabletas, de móviles, de televisiones y de ordenadores, sentados y sin hacer nada más. De hecho, la sociedad de todo un siglo se fundamentó en crear y fabricar aparatos que sustituían al trabajo humano. Incluso muchos perdían el propio trabajo porque eran reemplazados por máquinas. De ahí la montaña de aparatos y cachivaches que llena los vertederos y los barrancos de todo el mundo, y que ahora se han convertido en chatarra electrónica inservible.

Eso fue lo que llevó a la ruina al planeta, la electricidad. Millones y millones de líneas de red eléctrica abastecida por centrales nucleares que, en su funcionamiento diario y en las combustiones continuas, expulsaban gases que poco a poco iban consumiendo esa capa de atmósfera que nos protege del calor y de los rayos del sol mientras, a su vez, contaminaban las aguas. Una erupción solar traspasó sin dificultad esa capa debilitada y calentó tanto el planeta, por dentro y por fuera, que hizo que todos los volcanes entraran en erupción casi al unísono. Y la Tierra se convulsionó. Una cadena de terremotos se produjo en consecuencia y eso derivó en la Gran Catástrofe que terminó con todo.

La lava se llevó por delante cultivos y animales, enterró pueblos enteros y destruyó todo lo que encontró a su paso. Los terremotos destrozaron ciudades y aniquilaron el sistema de vida antiguo, el modo de vida de nuestros abuelos y nuestros padres. Pero la Gran Aniquilación se desencadenó cuando las centrales nucleares, que no resistieron el calor extremo y los movimientos sísmicos, cayeron. Los reactores se fusionaron, creando grandes explosiones radioactivas y añadiendo caos y muerte a lo que quedaba del planeta.

Pero la vida siempre se abre paso y lo hizo a través de las estrellas, con la llegada de los foráneos y su plan de salvamento llamado «The hope future».

Ilustración de Rosa García

Maruja ha regresado. Viene con el viejo y con, tal como se temía Manolo, los vecinos. Era de esperar. Los sienta a la mesa y les pone cubiertos educadamente, mientras lo mira con una mirada cómplice, que no admite negativa. Él no entiende por qué Maruja los admira, por qué siempre les dice a los niños que hay que tomarlos como ejemplo.

A Manolo no le gustan los foráneos. Son raros, altos y espigados, sin un solo pelo en el cuerpo, con esa tonalidad gris que a Manolo le pone de los nervios… y no digamos ya esa falta de temple, de emoción, como si no tuvieran sangre en las venas. Bueno, quizás no tienen sangre, ni tampoco venas, ¿quién sabe?

Manolo, que es muy suyo y le desagradan profundamente sus invitados a la mesa, se ríe para adentro mientras pone una hamburguesa en cada plato, sabiendo que ya no va a poder repetir y pensando en que antes, en la época del viejo, la gente se negaba a compartir vecindario con personas de otro color, de otra raza, o de otra religión. ¡Con otras personas! ¿Qué dirían todos aquellos si tuviesen que aguantar a unos vecinos que ni siquiera son humanos?

Pero los foráneos vinieron para quedarse y hay que aguantarse. A menudo, Manolo intenta mostrar cordialidad, preguntándoles a sus vecinos de dónde vinieron, cuál es verdaderamente su procedencia, pero parece ser que el cosmos es demasiado complejo para su entendimiento, así que se conforma con la versión oficial establecida: vienen del otro lado del universo conocido, de un pequeño planeta similar a la Tierra que es un vergel de aguas limpias y vegetación, de tecnología avanzada aplicada correctamente y con sabiduría. A él esta historia no termina de convencerlo. Si él estuviese viviendo en el paraíso, ¿lo abandonaría para irse a un mundo que se va al carajo? ¡Ni en broma!

Ilustración de Rosa García

—Vaya, que zoiz como unos superhombrez de cohones —les dice Manolo masticando su única hamburguesa con la boca abierta, en respuesta al comentario de lo bien que va el mundo desde que la Confederación Foránea está al mando.

—Bueno, cuando llegamos a vuestro planeta y lo limpiamos de radiación, os dimos una esperanza de futuro y un código de sostenibilidad,  por lo que se podría decir que sí, que somos unos superseres, comparados siempre con la especie humana. En comparación con otras especies más evolucionadas del universo, nosotros seríamos como simples insectos.

Si los foráneos son las cucarachas del universo… entonces ¿en qué lugar están las personas? Eso es lo que no le gusta a Manolo de sus vecinos: esa soberbia escondida tras su falsa humildad, esa forma de hablar tan culta y ese aire de importancia, que sin insultarte te deja en lo más bajo, aun a sabiendas de todo lo que dicen suele ser la pura verdad. Pero precisamente eso, el hecho de no mentir, los hace a sus ojos tan… irritantemente perfectos y… ¡tan poco humanos!

Manolo, como todas las personas, es un tipo normal, del montón, con sus defectillos y sus costumbres, entre las que entra soltar alguna mentirijilla de vez en cuando, como todo quisqui:

—Manolo, Manolo, no me tientez que… ya stamo. Ya stá molestando al personá. ¿No stará piripi? ¿Cuánta cerveza tas tomao ya, pixa?

—Na, mujer, que sta e la primera —dice a sabiendas de que ha escondido dos botellines vacíos detrás de la barbacoa.

—A mí me guztaba la televisió. Staba toel día mirándola, que zi partíos de fúrbol, que zi penícula, que zi pograma de cotilleo… To ezo sa perdío ya. —Esa es la queja del viejo de todos los días.

—Pero a cambio de todo eso, de todos los aparatos electromagnéticos y su uso continuado, sufríais mutaciones a nivel celular que os provocaban todo tipo de cánceres. Y vosotros, la especie humana, os estabais convirtiendo en el cáncer del planeta, destruyéndolo, porque vivíais de él como parásitos, en vez de hacerlo en comunión con él, en la armonía y el respeto, en una simbiosis beneficiosa para ambos.

—Ush, xiquilla, qué bien que habla tu marío, o compañero, o lo que zea que zeaiz vozotro dos, zi é que zoiz algo, que a mí me da lo mizmo, zi parese un porfesó i to. ¿Ha vizto, Manolo, lo que é la gente de zabé stá?

—¿Pa qué? —responde Manolo un tanto mosca. De un manotazo aplasta al mosquito que está picándole en el cogote—. Ar meno nozotro eztamo en nuestro planeta, que vozotro, mira ónde habeí acabao, al laíto de la caza de Manolo y Maruja, dos zevillanoz de toa la vía con un niño medio atontolao y…

—¡Papáaaa!

—Que na, hijo, que no te queje, carajo, que yo zé que tú vale pa muxo, pero na de na  pa lo ztudio. Como dezía, con unoz niño aquí ma bien normalillo. Entonze, digo yo, ¿pa qué tanta hermosura y tanto planeta y tanto zabé stá?

Manolo bebe un gran trago de cerveza, acabando su tercer botellín. No ha visto nunca partidos de fútbol por la tele, ni siquiera sabe exactamente cómo se jugaba a este deporte, pero está convencido de que le acaba de meterle un gol en toda la jeta a su vecino, don uy-mira-lo-perfecto-que-soy-y-lo-bien-que-hablo. El viejo le hace un guiño de complicidad.

Pero lo que no se espera Manolo es la respuesta que, con toda sinceridad y calma del mundo, le da su flagrante vecino, el mismo que se ha zampado aquella hamburguesa que debería haber sido suya, que está sentado a su mesa bebiéndose una de sus cervezas, que tiene a su mujer embelesada con su forma de hablar y que representa, hoy en día, a la especie dominante del planeta, por encima del hombre:

—Quizás terminamos aquí, vecino, en vuestro planeta, sacrificando nuestro propio bienestar y las delicias de nuestro propio mundo, para evitar un mal mayor. ¿No habías pensado en ello? Quizás no pretendíamos salvaros a vosotros y a vuestro mundo, sino salvar a los demás de vosotros. En el momento del cataclismo, las miras de vuestros líderes llevaban tiempo puestas sobre otros planetas habitables, con la intención de colonizarlos, de forma urgente y a gran escala y no, como debería haber sido, en la salvación del planeta agonizante que os estabais cargando. Porque los humanos destruisteis, literalmente, vuestro propio planeta. La prueba de ello es que más de las tres cuartas partes de las especies que habitaban la tierra, tanto animales como vegetales, se han extinguido gracias a vuestra acción.

—¿Vé, pixa? To explicao. No hase falta zeguí con er tema. Peo poztre no tenemo. Niño, iro a jugá, que la zobremeza e pa lo mayore. ¿Quisá alguien quiere una axicoria?

Los niños se levantan de la mesa y el viejo entra en la casa; es hora de su habitual siesta.

—¡Que no, gordi! Que no paza ná. Zi yo zolo quiero sabé y aprendé. Zi ezo e la cantinela de toa la vía. Que yo zé que ya no hay vacaz, ni na que noz dé un buen filetito. Pero bixo zí, tenemo to loz que quiera y máz. Y mozquito, que loz muy hijoputa no hay quien loz mate.

—Ojú, Manolo, ya stamo otra vé, y dale con lo mizmo de ziempre. No pue dejá al dezte tranquilo, hijo, que no va a arruiná la comía y tó.

—Yo no arruino ná, que yo zolo quiero zabé.

Maruja no le contesta. Solamente niega con la cabeza y se dirige, con su salero habitual, al interior de la casa.

—Por eso exactamente que te decía, Manolo, venimos y tomamos el mando. Para eso reconstruimos el planeta, lo saneamos y lo habilitamos: para que pudierais seguir viviendo felices en vuestra Tierra y os olvidarais vuestros planes de expansión a otros planetas.

—A ve, a ve… —dice Manolo visiblemente enfadado. El tiro le está saliendo por la culata, y su mujer, que vuelve ajetreada con la bandeja, las tazas y la cafetera, lo mira con reprobación—. Que yo me aclare… entonze, ¿vozotro no oz viniztei pa zalvá aquí ar personá, a la humanidá?

—Solamente en parte. Gracias por la bebida, Maruja.

—De na, lo que no tenemo ez azuca. Pero dicen que e mu malo para la salú. Y ve con cuidao, ezte, que quema un montó.

—Y, zi pue zaberze —continúa Manolo, imparable—, ¿pa qué carajo oz vinizte? ¿pa qué tanta faena?

—Muy fácil… ¿Dejarías vosotros que un parásito, un virus o un cáncer se extendiese por todo el cuerpo? No, ¿verdad? Vuestros médicos, para mantener la población sana, tratarían de contenerlo, de aislarlo y mantenerlo a raya, ¿verdad?

—Zupongo, o de eliminalo, como intento yo aqyí hazé con loz jodio mozquito ¿Peo ezo que tié que ve con nozotro?

—Bueno, ¿crees que los seres evolucionados nos arriesgaríamos a que os expandierais por el cosmos, infectándolo entero? ¡No! ¡Debíamos darle una esperanza de futuro al Universo!

Olga Besolí
Abril 2019

Ilustración de Rosa García

Las diecinueve novias

Autor@: 
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Fantasía urbana
Rating: +13
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las diecinueve novias.

Han pasado más de cuatro milenios desde que mis diecinueve hermanas y yo ofrecimos nuestras vidas a cambio de que la Diosa Madre recuperara la suya.

Ese era nuestro cometido como sacerdotisas: proteger las tierras y los cultivos, las reses y a nuestros hombres, mujeres y niños. Éramos las guardianas, las vigías del eterno equilibrio entre la luz y la oscuridad, aquellas que velan para que la Diosa siga su curso dorado por el día, fructificando los cultivos y preñando a las hembras, y deje su plateada estela por la noche, permitiendo el descanso de las reses, los campos y los hombres, sumidos en el silencio y bajo el hechizo de nuestros fuegos rituales. En un ciclo eterno que nunca debe romperse.

Pero esa noche el equilibrio se quebró. Ya lo habían anunciado el vuelo errático de los pájaros y el agua del estanque que, turbia de repente, no dejó que el oráculo leyera el futuro, nuestro futuro. Y sin futuro todo deja de existir.

La luz tenue de un atardecer sombrío y extraño dejó paso a una oscuridad arropada por la Diosa, cuando todo lo que momentos antes había cobrado vida se paralizó. El gran ojo nocturno de la Diosa estaba abierto completamente, redondo y brillante, más grande y luminoso que de costumbre, pero rodeado de un halo fantasmagórico y un silencio sepulcral, más profundo de lo habitual, lo que auguraba presagios de desastre. Los lobos no aullaban como acostumbraban a hacerlo en días como ese; la brisa no soplaba; las aves nocturnas no surcaban el cielo con sus alas negras; todos miramos al cielo, acongojados.

Ilustración de Rafa Mir

Entonces, las fauces de la oscuridad empezaron a comerse a bocados la luz plateada del cielo estrellado, engullendo el lucero nocturno de la Diosa. Ya habíamos presenciado con anterioridad a la oscuridad hambrienta intentar aniquilar a la Diosa, tanto en su luz nocturna como diurna, pero siempre se hartaba de ella y remitía.

Y en tales ocasiones había bastado con los bailes rituales y la copulación sagrada para restaurar el equilibro. Pero esa noche no. Nunca antes habíamos presenciado un hambre tan voraz, capaz de acabar con todo.

Primero cumplimos con los ritos habituales, hasta que la Diosa tuvo su ojo luminoso a medio cerrar. Y fue entonces cuando tuvimos que tomar la gran decisión: invocar el ritual supremo, aquel que no debe practicarse salvo que el poblado esté en auténtico peligro, pues es un ritual mortal, que emula la sangre y la menstruación, los ciclos lunares y la fertilidad, que arrebata la vida y concibe otra nueva, aquella desde la que os hablo a vosotros.

Rápidamente, antes de que la oscuridad engullera totalmente la luz, realizamos todos los preparativos. Seguimos las instrucciones que, de generación en generación, nos transmitieron nuestras ancestras y que ni el gran oráculo conocía. Él se dispuso también a su propio sacrificio, llevándose todos sus amuletos de marfil, incluida la daga de cristal de roca y hueso dentro del tholei funerario, seguido por sus tres guardianes fieles.

En una de las dos grandes estancias principales del tholei, bajo su techumbre de madera, y mientras nosotras nos preparábamos para morir en nombre de la Diosa bajo su menguante luz nocturna, el oráculo derramaba su propia sangre lejos a cobijo de su influencia, en nombre de su dorada luz diurna, para que la mañana pudiese volver a la vida. Los tres guardianes se encargarían de asistirlo en su transición.

Y luego, esos mismos guardianes pintaban las paredes del recinto de nuestro sepulcro de color rojo, y también los símbolos de la diosa y de su luz. Nosotras, mientras todo eso ocurría, bajo la poca luz que le quedaba a Diosa, nos embadurnábamos la piel entera con ese mismo polvo rojo sacado de las entrañas de la montaña, mezclado con los aceites rituales. Piel que luego nos cubrimos con nuestros pesados trajes de lentejuelas de ceremonia.

No había ningún asistente para nosotras. Ningún hombre debía aparecer ante la Diosa en ese momento, y ninguna antorcha debía competir con su luz, que desaparecía por momentos. Y se hizo la oscuridad total en el cielo.

Como pudimos, a ciegas, preparamos el elixir de la Diosa, con agua fresca de manantial y con el mismo pigmento que embadurnaba nuestros cuerpos, y que sabíamos que decoraba ya las paredes que recibirían nuestros veinte cuerpos, ya sin aliento.

Y bebimos de la sangre de la Diosa, nuestra última ingestión, en grandes cantidades, mientras danzábamos el último baile ritual de nuestras vidas terrestres y la Diosa nos daba su mano.

Entonces, en medio de las danzas empezaron las convulsiones, los dolores y los vómitos, y con ellos la Diosa oyó nuestros cánticos y una fina línea de luz apareció en el cielo. Abría el ojo para contemplar nuestro sacrificio.

El ritual de nuestras ancestras había surtido efecto. Prueba de ello es que todavía hoy sigue luciendo la Luna, que así es como vosotros llamáis al ojo nocturno de la Diosa, y el ciclo de la vida y la luz continúan.

Aunque hace poco volvió a suceder. Volvisteis a estar en peligro sin ser conscientes de ello. Fue hace unos meses, en esa preciosa noche de luna llena, otra gran luna, que salió anunciada en todas vuestras pantallas y dispositivos.

Era la misma luna que había aquella alarmante noche en que la Diosa parecía morir, y justamente se repitió el mismo eclipse, el eclipse total. Sé que sois una sociedad obnubilada por la razón, que no creéis en la magia, pero no dejéis que las cosas mundanas os aparten de la sabiduría. ¿Me creeríais si os dijese que desde el otro lado mis diecinueve hermanas y yo velamos para que la luz regresara a vuestro mundo? Lo hicimos, y la oscuridad remitió. Fue a la mañana siguiente que vuestros arqueólogos descubrieron nuestros cuerpos, en lo que vosotros llamáis una excavación neolítica.

Y yo, la única mujer mayor que acompaña a esos diecinueve esqueletos de jóvenes sacerdotisas, os observo y he de deciros que no os comprendo. Sí, yo soy ese cuerpo especial, dotado mágicamente de seis dedos en cada pie, la sacerdotisa suprema de la Diosa, que hace 4.800 años dio su vida por el equilibrio del mundo. Y esas son mis hermanas y acompañantes, jóvenes y fuertes, ataviadas con sus ropajes rituales y con los restos de pigmentos rojo que ingerimos, y que ahora mancha el suelo del recinto, pero sigue en las paredes. Ahora sé que se llama cinabrio, y que es la fuente del mercurio que habéis encontrado en los análisis de nuestros restos óseos. ¡Curioso nombre para un veneno plateado que es el principal componente de la sangre de la Diosa! Mercurio es el nombre de un astro celeste, de un guardián de la Diosa.

Y no es que me importe que hagáis pruebas a nuestros cuerpos, o que los exhibáis como hacéis con vuestros animales en los zoológicos, o vuestras momias en los museos, pero sí me hiere que manchéis nuestros nombres y menospreciéis nuestro rango.

Creo que nos hemos ganado un respeto merecido en la muerte, por el sacrificio realizado en vida. Y me consta que en algunas de vuestras publicaciones escritas, en contra de las propias afirmaciones de los estudiosos y los arqueólogos del yacimiento, nos han tachado de «Las diecinueve novias», afirmando que solamente fuimos unas acompañantes sacrificadas en la muerte y posterior funeral de un gran marchante de marfil, que no es otro que nuestro oráculo, fiel amigo y sirviente nuestro. Y dicen que una prueba de ello son los esqueletos de tres centinelas que yacen a la puerta de nuestra estancia. ¿Quién os pensáis que trasladó nuestros cuerpos dentro de la cámara y cerró el círculo con su propio sacrificio para velarnos por toda la eternidad?

Si fuésemos simples novias, ¿por qué creéis que en las paredes estaban dibujados el símbolo de la Diosa y el de su luz? ¿Por qué esos trajes rituales, realizados con millares de cuentas, pesados y difíciles de portar sin un entrenamiento de años? ¿Cómo podéis negar una verdad tan evidente? ¿Tan ciegos estáis? ¿Tanto os cuesta aceptar que rindiéramos culto a la Diosa y no a los hombres? ¿Es que acaso, en pleno siglo XXI, no podéis ni siquiera asimilar que hubo tiempos antiguos en los que era la Diosa la que reinaba en los cielos y no vuestro reciente Dios masculino? ¿Que la mujer misma era venerada y portadora de la sabiduría? ¿Que las enseñanzas se transmitían de madres a hijas? ¿Es que no podéis entender que en este mismo lugar hubo pueblos ancestrales en los que las mujeres no eran ni esclavas ni acompañantes?

Por eso he roto mi silencio milenario y he decidido hablaros desde mi otra vida, al lado de la Diosa. Para deciros que vuestra sociedad ha avanzado mucho, pero no en sabiduría; que nosotras seguimos y seguiremos vigilantes porque somos las eternas guardianas del equilibrio, junto a nuestras ancestras; y que después de tantos ciclos en los que la oscuridad se ha cernido sobre la luz amenazando con cerrar el ojo de la Diosa, he comprendido, finalmente, que los que realmente han cerrado los ojos sois todos vosotros, cegados por la oscuridad de vuestras propias creencias.

Pero no os preocupéis, nuevas sacerdotisas, y esta vez no serán veinte, sino cientos, millares, millones de ellas, saldrán para devolver la luz perdida al mundo.

Olga Besolí
Febrero 2019

 

La promesa

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

La promesa.

«Nunca te abandonaré, pase lo que pase», le prometió.

Él nunca ha roto una promesa, y esta no iba a ser una excepción. Siempre ha sido un hombre fuera de su tiempo, como chapado a la antigua, de los que ofrecen su brazo como punto de apoyo, de los que creen en el poder de la palabra dada y de los que muestran una voluntad férrea e inquebrantable, ajena a las inclemencias del tiempo. Un hombre de los que ya no hay.

Por eso sigue allí, a su lado, a pesar de todo.

No lo tuvo nada fácil desde el principio. Luchó para convencer a sus futuros suegros —en contra desde el primer instante, nada más saber la noticia— de que él sería bueno para ella, de que no intentaría cambiarla y de que la ayudaría a lograr sus deseos. Pero ellos insistían en que su hija era demasiado joven e inocente para casarse con un divorciado como él y padre de dos adolescentes. El hecho de que ella tuviera solamente siete años más que el mayor de ellos no ayudó en convencerlos de que su amor era genuino, verdadero y entregado, capaz de traspasar todas las barreras y sortear todos los obstáculos que se presentasen en el camino.

Y su amor por ella ya ha cruzado todas las fronteras inimaginables.

La diferencia de edad no consiguió separarlos, ni la de razas ni la económica, ni la social, ni siquiera la ideológica. Convivieron transformando todo aquello que los distinguía en un motivo de admiración, y todo aquello que podía separarlos se convirtió en un juego cariñoso. Mientras sus triunfos deportivos subían el montante de sus cuentas bancarias, ella distribuía el dinero que podía en ayudas humanitarias; mientras ella lo llamaba «mi bombón» con mirada golosa, él se divertía agasajándola con regalos lujosos que sabía que ella cambiaría por mantas o bolsas de comida que repartir. No necesitaban más el uno del otro, porque les era suficiente con su amor y su compañía.

Una compañía que ahora ella ya no aprecia tanto.

Es diferente cuando las ausencias te hacen desear el regreso del ser amado. Y al ser un entrenador profesional, él tuvo que pasar largos periodos de tiempo lejos de su pequeño nido. Ella tampoco tuvo nunca la intención de acompañarlo a los partidos, excusándose de que la aburrían soberanamente y que su labor era vital para la organización, ya que continuamente llegaban nuevos refugiados a los que atender. Ella… tan humana y solidaria como siempre.

Es por eso que todavía le permite que siga a su lado.

Él es consciente de que ella ya no siente lo mismo que antes. Ahora que ya no hay ausencias, que todas las noches vuelve junto a ella, nota el distanciamiento, las miradas huidizas, la tirantez en las comisuras de los labios que convierten una sonrisa fingida en una mueca forzada. Aunque lo peor de todo son sus ojos. Ya no brillan con la chispa de la admiración, ni esos párpados se contornean mostrando ternura o deseo. Ahora hay un poso de compasión en su fondo, mezclada con algo de tristeza y melancolía. Lo mira como uno esperaría que mirase a uno de sus refugiados, a uno de los enfermos, o de los que están al borde de la muerte. Y últimamente sus ojos están llorosos, como si mirara a uno que acaba de morir en sus brazos.

Ella es su último refugio, si la pierde se queda sin nada.

Pero él sigue allí, enganchado a ella, aunque no tenga un hálito de vida ni pueda tomarla entre sus brazos, aunque enfríe la atmósfera con su presencia e infeste el aire con su cuerpo en descomposición. Su nido de amor ahora se convierte en un nido de insectos que lo siguen cuando él, cada noche, arrastra los pies fuera de su tumba y deja un reguero de tierra oscura y húmeda en el suelo del salón; allí donde ella lleva esperando de pie un sinfín de eternidades, que han ido minando su amor incondicional hasta reducirlo a pura compasión. Una compasión que la hace sufrir. Los sollozos y los gemidos lastimeros son una prueba de ello.

Él desearía no volver a verla sufrir.

Ya pasó demasiado con el incidente, cuando el infarto en pleno partido lo embarcó dentro de un ataúd rumbo a casa. Eran dos corazones a juego: el de él se detuvo, el de ella se rompió. Recuerda cómo se deshacía en lágrimas frente a su tumba, cómo se ahogaba y cómo el líquido salado penetró de alguna manera en la madera y humedeció sus miembros hasta entonces inertes. Fue su desgarrador reproche por la promesa incumplida, emitido con tanto dolor ante su féretro, el que lo obligó a regresar aquella misma noche, para apaciguarla, para decirle que todo iría bien a partir de entonces porque él seguiría a su lado, con ella.

Pero ahora es su compañía la que la hace llorar.

Hace ya demasiado que vive de pie, en el salón, su regreso cada noche. Que lo refugia, que lo compadece. En todo este tiempo él ha visto cómo sus carnes han ido cambiando, cómo algunas canas han asomado entre las antiguas mechas rojizas y cómo las curvas de su cuerpo han ido tomando redondez. Ya son demasiadas vueltas del reloj, demasiadas hojas de calendario arrancadas. Frente a él ya no se yergue la inocente jovencita que quería cambiar el mundo y con la que compartió el espacio más breve y feliz de su vida, sino una mujer madura y fuerte, independiente y dispuesta a ayudar a los demás, que lleva el propio mundo sobre las espaldas. Pero ante todo, frente a él está una mujer espléndida que tiene derecho a vivir. Que se merece rehacer su vida.

Ilustración de Olga Ruiz

Él no tiene derecho a estar entre los vivos.

Lo sabe. Ni tampoco pertenece al mundo de los muertos. Se ha quedado atrapado en una especie de limbo entre los dos mundos, moviéndose dentro de la fina línea que los separa, desterrado en tierra de nadie. Demasiado vivo para estar muerto, pero demasiado muerto para estar vivo. Es como un zombi que se arrastra por el lodo del cementerio todas las noches y que reposa en su tumba bajo la luz del sol, con el alma pegada a un cuerpo que se deshace lentamente. Sabe el camino de casa, pero ya no es su nido. Pero no puede aferrarse. No puede ser un eterno refugiado. No debe.

En la muerte debe tomar la decisión más dura de su vida.

No puede mantenerse atado a una simple promesa hecha en la plenitud de una vida que ya no le pertenece. Ni arrastrarla a ella al borde del abismo para contemplar la muerte, noche tras noche. ¿Qué vida hay en eso? «Nunca te abandonaré, pase lo que pase». Esas palabras otrora reconfortantes hoy tienen ecos de condena. Y la condena recae sobre ella, injustamente, egoístamente. Él debe liberarse de esa cadena perpetua y liberarla, aflojar el nudo que los ata y soltar los lazos que los unen, aunque eso signifique aceptar que no se puede luchar eternamente contra el tiempo, que no todos los obstáculos son salvables, y que hay fronteras que uno nunca debería traspasar.

Mañana, él romperá su promesa.

Olga Besolí
Diciembre 2018

Guerra

Autor@:  Olga Besolí

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasia urbana

Rating: +13 años

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Guerra.

La culpa fue del pequeño Jamie Guerra. Por su nombre anglosajón y su apellido latino, uno podría pensar que se trataba de un niño mexicano, pero nada más lejos de la realidad. Jamie era estadounidense por derecho propio, pues tanto él como sus padres habían nacido en un pequeñito pueblo de Alabama, eran republicanos y apoyaban con todas sus fuerzas el America first que el presidente más xenófobo de la historia reciente de los Estados Unidos proclamaba a los cuatro vientos, expandiendo la antigua idea, nacida con el “estilo de vida americano”, de que América constituye solamente su propio país y no un continente completo que alberga la friolera de treinta y cinco países, cada uno con su propio estilo de vida.

El porqué de su apellido se debía a su bisabuelo paterno, Jacinto Guerra, un español jerezano y católico ferviente, cantamañanas y poeta mediocre a partes iguales, cuyos versos irreverentes creados expresa y únicamente para impresionar a las féminas cayeron en manos equivocadas y terminaron con una acusación de rebelión contra el Caudillo, lo que le llevó a ser perseguido por las fuerzas policiales del dictador y a su consecuente exilio.

Pero Jacinto nunca tenía ni un duro, ni para sobornos, ni para un transporte, porque su forma de vida era bohemia y un verdadero artista no es materialista —o, al menos, eso afirmaba él cuando le pedía dinero prestado a sus amigos y conquistas—. Así que llevaba su católico “Dios dirá” hasta el extremo de que tuvo que ingeniárselas para meterse de polizonte en un barco que lo llevaría al nuevo continente.

Y lo hizo, solo que se equivocó de barco, y en vez de atracar en la Argentina, lugar a donde escaparon muchas de las mentes brillantes de nuestro país que se negaron a perder su voz o su vida, terminó en un pueblecito costero de Estados Unidos, a orillas del Atlántico, con lo puesto y sin conocer ni papa del idioma local. Por suerte, una chica llamada Stacy, analfabeta y crédula, cayó bajo sus encantos de inmediato y tuvo que casarse con él. A los siete meses de la boda nació el abuelo de Jamie, al que llamaron Jaime —aunque su madre nunca pudo pronunciar su nombre correctamente— y la familia se trasladó a Alabama para prosperar. El resto ya es historia.

Y el pequeño Jamie Guerra, con un nombre y un apellido heredados de su abuelo, siendo descendiente directo de semejante linaje, nació un 30 de diciembre, bajos los auspicios de un mundo cada vez más supremacista, con las erróneas muertes de niños negros desarmados a manos de policías blancos a lo largo del país a modo de nana y acunado por un padre protestante y amante de las armas que escupía a la pantalla cada vez que su presidente, al que consideraba inferior por el color de su piel e indigno de su cargo, aparecía en ella.

Con el cambio de presidente, los supremacistas como el padre de Jamie tuvieron su agosto y, para festejarlo, le prometió a su hijo que, para su quinto cumpleaños, le enseñaría a disparar con la vieja escopeta de caza del abuelo.

—Si los niños negros pueden llevar pistolas, los niños blancos deberían llevar metralletas —le decía su padre.

Pero Jamie, a quien le encantaban las películas de acción, no quería disparar la escopeta que lucía —si se puede llamar así a acumular montañas de polvo sobre el metal oxidado— colgada en la pared del comedor de su casa, sino una de esas pistolas grandes y largas que llevan los soldados y cuyas balas parecen no agotarse nunca.

Y tuvo una gran idea: se la pediría a Santa Klaus.

Como casi no sabía escribir más que algunas letras sueltas en mayúsculas, necesitó la ayuda su vecino Mark, dos años mayor, para poner en su carta, con letras desiguales pero claras: M A C H I N E   G U N. Para que no cupiera ninguna duda, dibujó en el sobre la cara regordeta y sonriente de Santa Klaus. Tiró su carta en el buzón y se sentó en el porche a esperar.

A los pocos días el cartero trajo noticias inesperadas. No solo no sabía nada de ninguna respuesta de Santa Klaus, sino que traía una carta certificada de otro continente, desde un lugar llamado Jerez, en un país llamado España.

Lo siguiente que supo Jamie fue que sus padres hicieron las maletas, rápido y corriendo, y lo embarcaron en un avión que cruzaba el océano. Tras eso, y mientras en el resto del mundo sonaban villancicos y campanas, él se encontró recluido dentro de una mansión oscura, alejado de las luces y colores navideños, entre gente extraña ataviada de negro, en un regio salón cuyo silencio era roto continuamente por una multitud que susurraba sin parar en un idioma que él no entendía. No había chimenea alguna por donde pudiera entrar Santa Klaus y el centro de la sala, en vez de estar coronado por un gran árbol de Navidad, lo estaba por un lóbrego ataúd que descansaba sobre un peldaño. La cosa no podía ser más triste y funesta. Añoraba su casa, sus amigos, los villancicos y las luces de colores. Y se aburría. Soberanamente. Así que se distraía chasqueando sus pequeños dedos sobre la madera caoba del ataúd, cuando una cabeza de rizos dorados y sonrisa maléfica apareció a su lado.

—Te he estado observando. No eres de aquí, ¿verdad? ¿Quién eres? —le preguntó en un perfecto inglés de colegio de pago.

—Jamie. ¿Y tú?

—Rosana. ¿Eres familiar dela muerta?

—No lo sé.

—Si estás aquí, es porque lo eres. Seguro que eres uno de los descendientes del hermano pobre de la difunta, el que se fue a América.

—Supongo.

—¿Y sabes por qué estás aquí?

—No.

—Por su dinero —dijo señalando al ataúd—. Dice mi madre que todos estamos aquí por su herencia.

—¿Herencia?

—Es cuando te mueres y regalas lo que tienes a los demás.

—¿Como los regalos de Navidad?

—Parecido, sí, como los regalos de los Reyes Magos.

—¿Quiénes son esos?

—¿No lo sabes? ¿No has recibido nunca regalos por Navidad?

—Sí, claro, de Santa Klaus.

—Bahh… ese. Vale, también trae regalos, pero no tiene un verdadero poder. Es solamente un barrigón que se cuela por las chimeneas. Mi mamá me ha contado que los verdaderos son los Reyes Magos, porque son tres, son mágicos y nunca fallan: ellos no tienen lista de niños malos. A mí siempre me han traído lo que he querido.

—Da igual. Yo ya pedí mi regalo a Santa Klaus.

—¿Y te lo ha traído?

—No lo sé. ¿Qué día es hoy?

—El día de San Esteban.

—¿El día de quién?

—No te enteras ¿eh? Hoy es el día después de Navidad. Así que tú deberías haber recibido tu regalo ayer.

—Puede que esté en mi casa, en Alabama.

—Eres un poco tonto, ¿no? ¡Todos saben que los regalos de Santa Klaus van a donde está el niño! Y ahora estás aquí. Si no te ha llegado el regalo, es porque no has pasado el corte.

—¿Qué corte?

—¡Ya te lo he dicho! El de la lista de los niños malos.

—Jooo…

—Hazme caso. Si quieres tu regalo, haz la carta de los Reyes Magos. Ellos, el 6 de enero, te mandarán lo que pidas, sea lo que sea.

Esa revelación fue como un despertar para Jamie. ¿En qué estaría pensando al escribirle a Santa Klaus? ¡Ni aunque Santa se hubiera vuelto loco, no le admitiría en la lista de niños buenos! Y él necesitaba su arma cuanto antes. Antes de su cumpleaños. Así que, ante la mirada atónita de los reunidos, pidió lápiz y papel. Nadie reaccionó, salvo una mujer con cofia de sirvienta que, al parecer, era la única —aparte de la niña— que sabía inglés en toda la casa.

Recordaba perfectamente todas y cada una de las letras que, junto con su vecino, había utilizado en su carta a Santa Klaus, así que se puso a escribir con letra desigual pero firme: M A C H I N G U N.

Dobló el papel y, ni corto ni perezoso, se acercó a la niña y le pidió que escribiera la dirección correspondiente delante, que era, ni más ni menos, que el lejano Oriente. Sí, ellos le mandarían su arma, seguro, porque su padre siempre le decía que en Oriente solamente hay dos cosas que valen la pena: petróleo y armas de destrucción masiva. Y eso sonaba bien.

Jamie, para colmo de males, pasó su cumpleaños entero dentro del avión, de vuelta a casa. No hubo ni prácticas de tiro ni nada, solamente un bodrio de película en la minipantalla del avión, que no se oía sin los auriculares. En cambio, sus padres dormían con una sonrisa en la cara. Nunca los había visto así de contentos y relajados. ¿Por qué eran tan felices? Él se acurrucó enfadado en su asiento.

La llegada a casa no mejoró ni un ápice: ni rastro de regalos. Es más, ni siquiera había un árbol de Navidad en el comedor.

—¡Mamá! ¿Y los regalos?

—Es que, hijo, con lo del fun… y el viaje…es que no he tenido tiempo de… Si quieres ponemos ahora el árbol… Quizás Santa se ha perdido… o no nos ha encontrado… Lo siento.

—Papá, ¿cuándo hacemos tiro?

—Sí, claro… se me fue de… Lo haremos, hijo, pero el año que viene, ¿de acuerdo? Además, tu cumpleaños ya ha pasado. Tendrás que esperar.

A la mañana siguiente, cuando despertó, se encontró con un árbol improvisado en medio de la cocina, con algunos paquetes y uno que tenía su nombre. Cuando lo abrió y vio que era una pistolita de juguete, con unos dardos que ni volaban ni se pegaban en ningún lugar por mucho que uno lo intentase, y que el kit iba acompañado con un ridículo sombrerito de vaquero y una placa falsa de sheriff, casi le da un colapso.

Era el colmo. Santa se había reído de él. Sus padres se habían reído de él. Todos lo pagarían. Y tanto que lo harían.

Jamie esperó los siguientes días en silencio, sin pucheros y sin hacer ruido, disimulando, con su sombrero de vaquero en la cabeza y su placa de sheriff en el bolsillo. Esperó pacientemente sentado en el porche a que llegara el día de Reyes.

Y llegó. Para sorpresa de todos, el día amaneció dejando ver un pesado y enorme paquete encima del sofá destartalado del comedor, sin que nadie recordara haberlo puesto allí.

—¿Has sido tú, papá? —preguntó su madre con su taza de café en la mano.

—No, mamá —contestó él quitándose las legañas de los ojos.

—Entonces, ¿quién ha sido? —preguntó ella entre risas nerviosas.

—¿Y yo qué sé? ¿Santa Klaus? —replicó él con ironía.

—¡No! —gritó Jamie a pleno pulmón, mientras se acercaba corriendo, con los pies descalzos—. No ha sido el estúpido de Santa. Es mi regalo de Reyes.

—¿De quién? —preguntó su padre, pero Jamie ya no le escuchaba.

Estaba destrozando el papel de copos de colores, rompiendo de paso la enorme tarjeta que rezaba en letras grandes y claras: “Para Jaime Guerra”.

Cuando sacó el contenido del paquete, bajo la atónita mirada de sus padres, y empuñó la pistola semiautomática, todo se vino abajo. A la ráfaga de balas que salieron de su arma y que agujereaban el techo mientras él se caía de culo, con el dedo todavía en el gatillo, se le unieron el estruendo de la pared al romperse por la entrada de una avalancha de renos desbocados que tiraban de un carromato que terminó en medio del comedor. Al mismo tiempo, un sonoro boom hizo retumbar las paredes. Era la puerta trasera que se vino abajo por la embestida de algo muy grande, y que apestaba.

—¡Malditos Reyes Magos! —gritó el gordinflón vestido de rojo, que saltó del carromato y, empujando al niño, le quitó el regalo de las manos—. ¡Ni siquiera le han dejado el seguro puesto! ¡Dad la cara, escoria oriental!

El padre de Jamie cogió rápidamente a su hijo y lo parapetó con él y su mujer detrás del sofá. Con un dedo le señalaba que guardara silencio absoluto.

—¡He dicho que salgáis! —volvió a gritar.

Desde la parte de atrás se oían murmullos. “Sal tú”. “No tú, que tiene un arma”. “No es suya, que es del niño”. “Pues que salga Baltasar”. “Eso. Baltasar, te toca”. “Pero…”. “Son dos votos contra uno”. “Joer, siempre lo mismo”.

Por el pasillo se acercó una sombra, seguida de una figura esbelta y alta, ataviada con una capa roja y una corona.

—No dispares —le dijo a Santa—. No voy armado.

—¡Dispárale! ¿No ves que es escoria negra? —dijo el padre de Jamie desde atrás del sofá.

—¡No voy a disparar a nadie! —gritó Santa hacia el sofá con reprobación—.¿Queda claro?

—Vaya, otro demócrata —se oyó tras el sofá.

—Chsss… No es momento para eso —le contestó su mujer.

—Solamente quiero saber por qué habéis infringido las normas. Otra vez —dijo Santa con voz clara y alta.

—¿Nosotros? Nosotros no hemos infringido nada…

—Eso, eso… —dijeron unas voces desde la boca del pasillo.

—Estáis actuando en zona anglosajona, que está bajo mi jurisdicción y se supone que vosotros solamente actuáis en los países latinos. Le habéis traído un arma real a un niño de cinco años cuando debería recibir juguetes y, por si eso no fuera poco, mis elfos lo tienen en la lista de los “niños de dudosa bondad”, por lo que no hay que traerle exactamente lo que pide sino algo similar, pero más flojo.

—Lo sabía —protestó alguien tras el sofá.

—Chsss… calla, Jamie.

—Eh, Baltasar. Tsss, tsss, dile eso…

—Sí, dile lo de la carta…

—Decídselo vosotros, valientes —respondió mirando hacia el pasillo, en donde asomaban a ratos dos cabezas ataviadas con coronas.

—¿Carta? ¿Qué carta? —preguntó Santa.

—Ayyy… Resulta que el chiquillo, por lo visto, mandó su carta desde España, y claro, ya sabes, el pacto territorial…

—¿En serio? ¿Y le habéis traído una semiautomática? ¿Una de verdad?

—Y yo qué sé… Yo solamente me encargo de los regalos de las niñas. Es Gaspar quien se responsabiliza de…

—Será chivato el muy… —se oyó desde el pasillo. Y acto seguido otra figura con capa y corona de rey salió de repente, como empujada, avanzando a trompicones.

—Umm, hola. Hey, ¿cómo va, Santa?

—Sáltate las presentaciones, Gaspar. ¿Me explicas cómo llegó esta arma de terrorista a manos de un niño de cinco años por Navidad?

—Sí, pues la verdad es que la cosa tiene su gracia, porque yo creí que era un juguete lo que pedía…

—Ya. ¿Y cómo llegaste a esa conclusión?

—Sinceramente, ni me di cuenta. Debí de leer la carta rápido, le puse el sello de aceptación y la pasé a mi departamento de entrega de regalos. Y claro, como estaba aprobado…

—Y ¿cómo, si puede saberse, le pusiste el sello de aprobado a una petición como esta?

—Verás, te vas a reír… Creí que Machingun era un juguete, no sé, una máquina de chicles, quizás. Como hoy en día todos piden por las marcas, pues uno ya no sabe en verdad qué entrega a…

—Ya. Como que machine gun es solamente una ametralladora. Pero claro, el inglés tampoco es vuestro fuerte.

—Vale, sí, se nos pasó por alto. ¿Y qué? ¿O es que tú no has tenido nunca un fallo? —dijo de repente el tercer rey mago, que salió de su escondite.

En ese momento los padres de Jamie aprovecharon para llevárselo a rastras, poco a poco y sin hacer ruido, en dirección al pasillo.

—Melchor, no te pongas chulito, que nos conocemos… Y sabes cómo va a terminar esto si me sacan de mis casillas….

—Además, hemos acudido de inmediato para solucionarlo, ¿no? Y eso debería ser un punto a nuestro favor —reaccionó rápidamente Baltasar, en tono conciliador.

—Por supuesto, después de que el chiquillo ha estado a punto de matar a sus padres. ¡Feliz Navidad! ¡Jou, jou, jou!

Jamie y sus padres ya casi estaban a salvo.

—¿Uno entre cuántos millones? ¿Sabes cuántos países católicos y latinos hay en el mundo? ¿Cuántos tienes que atender tú, eh? ¿Un millón? ¿Dos millones? ¡Por muy figura que te creas eres un don nadie!

—Melchor, no me tientes, que voy armado… y hoy no tengo el día.

Pero Melchor, enfurecido e indignado como estaba, no atendía a razones, y seguía insultando y provocando a Santa. Hasta que derramó la gota que colmaba el vaso.

—¿Qué pasa, la señora Santa te ha abandonado? ¿Se lo ha montado con uno de tus elfos?

—¿Sabes lo que te digo? ¿Sabes lo que os digo a los tres?

Entonces, en un arranque repentino, Melchor se abalanzó sobre la vieja escopeta que colgaba de la pared al tiempo que Santa gritaba:

—¡Que os jod…!

Ilustración de José Vicente Santamaría

—¡Corred!  —gritó el padre de Jaime mientras huían por sus vidas por un pasillo que parecía no tener fin, tropezando con la puerta derrumbada antes de llegar al exterior de la casa, rodando escaleras del porche abajo y casi dándose de bruces contra los tres camellos aparcados enfrente.

Justo caían sobre el asfalto cuando oyeron la ráfaga de disparos y golpes, acompañados de una lluvia de explosiones que terminaron con un sonoro incendio que se llevó la casa por delante.

Cuando la policía llegó al lugar, tras la intervención de los bomberos, no supieron dar crédito al escenario del crimen. Junto al cadáver destrozado de un hombre negro, con jirones de ropajes extraños adheridos a su cuerpo calcinado, se encontraron restos animales, de ciervo o reno, y algunos fragmentos de algún tipo de adorno o carrocería grande de madera y pintada de rojo. También hallaron señales de pelea, y restos de sangre de varios tipos. A eso había que añadirle casquillos de semiautomática por doquier, y algunos cartuchos de escopeta, más los restos de balas incrustados por todas partes, incluido el techo, por lo que el documento oficial que trascendería a la prensa sería que un único hombre de raza negra, y armado con una pistola, había entrado en la casa para robar aprovechando que los inquilinos estaban fuera de viaje. Por supuesto, un vecino alertó a la policía, que irrumpió en la casa. Pero, al parecer, el hombre tenía una granada, y segundos antes de ser abatido por los agentes de la ley, provocó una explosión.

La gente se lo creyó, como nos creemos diariamente todas las noticias de los telediarios. Solamente había una familia que sabía la verdad, aunque prefirió olvidarla:

—Otro negro con pistola —comentó el padre de Jamie en la habitación del hostal donde pasarían unos cuantos días, con una cerveza en su mano y con una esposa a su lado que no se creía lo que estaba oyendo—. Por eso los blancos tenemos la obligación de ir armados, para protegernos de ellos.

También Jamie olvidó que todo había ocurrido por su culpa.

Como consecuencia, esa no sería la peor Navidad de su vida, ni de lejos, porque al cabo de un año, establecido cómodamente en su nueva casa con jardín, piscina y barbacoa, y a punto de cumplir seis años, tenía la mirada ya puesta en que su padre esta vez sí lo llevase al campo de tiro a hacer prácticas.

Así que, ni corto ni perezoso, volvió a pedir una ametralladora a un Santa Klaus que todavía se estaba recuperando de las secuelas físicas del incidente, mientras que dos Reyes Magos con sed de venganza esperaban su oportunidad, en una Navidad que sí sería de miedo.

Olga Besolí
Octubre 2018

El Hada

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Hada.

Soy un hada. Y remarco la palabra “un” porque soy un hada y no una hada, aunque sé que eso, a nivel escrito, sea una barbaridad. Pero lo especifico para que me entendáis correctamente y no os hagáis una idea equivocada de mí.
Porque si me pudierais ver —¡qué lástima que los humanos hayáis perdido la facultad de vernos a nosotros, los seres fantásticos!—, distinguiríais claramente mi indudable aspecto masculino. Dicho sea de paso, estoy muy orgulloso de pertenecer al sexo masculino, aunque en el mundo mágico se considere el sexo débil o inferior. Y sí, aunque no me creáis, los seres mágicos tenemos sexo y lo usamos. ¿De dónde creéis que venimos nosotros si no? ¿De las esporas?
El caso es que en mi mundo lo mío no está bien visto, porque la gran mayoría piensa que ser un hada es una cosa de chicas. Sí, ya sé que estoy fuera de lugar porque solamente soy un simple macho en un mundo de féminas, pero ¿acaso no debería haber igualdad de géneros e igualdad de oportunidades? Por supuesto las hadas piensan que no. Unas se atreven a decirlo alto y claro; las otras lo cuchichean por los rincones del bosque cuando creen que ni las oigo ni las veo, porque nunca se atreverían a decírmelo a la cara, está mal visto dar un trato discriminatorio. Pero aunque algunas intenten disimularlo, sé que me miran de una forma diferente a como se miran entre ellas. Noto que me intentan dejar atrás cuando emprendemos el vuelo en grupo y que no me cuentan sus logros ni me preguntan los míos. Lo que más me duele es que no me dejan asistir a los consejos de hadas. Con una excusa u otra me dan largas: que me sentiría desplazado, que no se va a comentar nada relevante, que ya me avisarán cuando llegue el momento, que todavía no se sabe a qué hora es la reunión, que solamente se hablarán de cosas femeninas que no me interesan…
Creo firmemente que mis compañeras me detestan a su lado. Y no es porque tenga mal aspecto o huela mal, no, sino por la sencilla razón de que no soy una chica. Claro, como están convencidas de que solamente ellas tienen derecho a ocupar la posición de hadas, me tienen como un intruso que ha escalado más alto de lo que debería en la sociedad.
Al principio no fue así. Me acuerdo de que incluso les hizo gracia que yo fuese su compañero. Se lo tomaban a chiste. Y por un tiempo tuve que soportar comentarios jocosos y un tanto desagradables: que si mis alas eras demasiado ásperas o duras, que si ser un hada me feminizaría, que si quizás no tenía claro lo que soy… ¡Claro que lo tengo claro! Lo he tenido claro desde siempre. ¡Soy un hada!
Cuando vieron que mi empeño no cedía y que no se trataba de un antojo pasajero, la cosa cambió. Empezaron los ataques, los boicots, las trampas y las zancadillas. Fui llamado varias veces ante la Reina de las Hadas acusado falsamente de cosas que no hice. Por suerte, la verdad siempre ha estado de mi parte y ha sabido salir a la luz. Aunque no ha servido para que mis acusadoras reciban castigo por ello. Incluso la Reina, que ante el tribunal de Hadas parecía totalmente justa e imparcial, me dijo, en la última ocasión que estuvimos solos y en confianza:
—Sé lo que te has esforzado por ocupar tu lugar en el Reino de las Hadas, y te admiro por ello, pero ¡mira el revuelo que has armado! ¿Y para qué? Eres muy atractivo y apuesto, y estás echando a perder tu carrera. ¿No estarías mejor en el sitio que realmente te corresponde, junto con los elfos? ¿Quizás en mi guardia personal? Porque aunque los elfos ocupen escalafón más bajo que las hadas, son imprescindibles para nosotras y les tenemos en alta estima. Y yo tendría especiales atenciones contigo, si tú quieres, claro está.
—No, yo soy un hada y estoy perfectamente aquí —le respondí—. No quiero ser un elfo al servicio de las hadas, ni de su reina.
Entonces cambió su tono amigable, que se volvió amenazador.
—Está bien, pero si recibo otro expediente por tu mal comportamiento, tendré que echarte del reino. Y eso significa que no podrás ni quedarte entre los elfos. Tú sabrás lo que haces con tu vida.
Esa fue la última vez que la Reina se dignó a cruzar unas palabras conmigo.
Así que ahora mismo, por defender mis derechos a ser un hada, estoy a un suspiro de perder de vista el bosque mágico en donde nací para siempre. ¡No es justo! ¿Por qué no puedo ser un hada? ¿Por qué no pueden dejarme en paz?
Y no solamente tengo que enfrentarme a los prejuicios de mis compañeras, las hadas, sino que, incomprensiblemente, todos los habitantes mágicos del bosque, incluidos los de mi propio sexo, piensan que estoy equivocado en mi postura. O lo que es lo mismo, todos le dan la razón a las hadas. ¡Claro, como ellas son las que mandan!
Un día sí y otro también alguien me aconseja o me insiste en que debo dejar de ser tan molesto que destrozo la armonía de los seres del bosque. Que debo cambiar y ya está, que la vida consiste en eso, en adaptarse a lo que te viene y aceptar tu destino. ¡Yo ya sé cuál es mi destino! Pero nadie quiere aceptarlo. En cambio, todos se ven con autoridad suficiente de decirme a mí lo que debo hacer, que se resume en lo siguiente: que tengo que cortarme la melena, esconder las alas y afinarme las orejas para pretender ser algo que no soy, un elfo.

Ilustración de Rosa García

Y no es que yo tenga nada en contra de los elfos, no me malinterpretéis, que me parecen encantadores y hacen estupendamente su labor de guardianes del bosque mágico. Pero es que yo no tengo ni cuerpo ni mente de elfo. Yo nací hada y fui bendecido con un precioso par de alas iridiscentes. Eso debería significar algo, ¿no? Y gracias a que mis padres —un simple duende doméstico y una preciosa hada que nació con un ala defectuosa y nunca pudo alzar el vuelo—, en contra de todo pronóstico y bajo las críticas de los vecinos que ya de entrada nunca aprobaron su relación, decidieron no cortarme las alas de pequeño, por lo que hoy puedo decir con orgullo que soy un hada, y que además soy un hada masculino, atractivo y funcional.
Creo diariamente más polvo de hadas que ninguna otra hada y mi vuelo es técnicamente superior al de mis compañeras —aunque tengo que añadir que es el resultado de los años que me pasé ejercitando mis alas y haciendo prácticas de vuelo y piruetas en solitario— y conozco y he puesto en práctica todos los hechizos y sortilegios de las hadas, aunque tuve que aprenderlos en mi seta y a escondidas, porque los fuegos fatuos me negaron el ingreso en la Academia de las Hadas.
Así que para cerrarles la boca a todos solamente me queda un as en la manga: robaré un bebé humano. Son pocas las hadas que han conseguido un triunfo así, y a estas alturas, es lo único que puede hacer que me acepten tal como soy. Eso si consigo que la Reina de Las Hadas reciba mi presente y este sea de su agrado, así que para ello voy a necesitar un bebé rechoncho y sonrosado, que rebose salud. Si mi operación tiene éxito, la Reina me nombrará Hada Superior —y con ello formaré parte del jurado del Consejo de Hadas— y se habrán acabado los problemas para mí.
Espero que cuando llegue el momento, la Reina haga caso omiso de mis detractores, que son muchos. Entre ellos están, por supuesto, los propios elfos, que no soportan verme volar. Yo creo que niegan lo que soy porque mi aspecto les confunde y les hace pensar que no todo es negro o blanco y que el mundo mágico incluye todos los colores del arcoíris. Y esto, a ellos que están acostumbrados a pensar solamente en términos de bien y mal, y a luchar por ello —por eso son los guardianes mágicos del bosque—, les incomoda mi verdad. Tienen miedo de que mi existencia anime a otros muchos como yo —que de haberlos haylos, digo yo, aunque supongo que permanecen escondidos, pues no he visto ninguno— a salir a la luz y el bosque mágico se llene de seres diferentes, únicos y auténticos. ¡Menudo caos para ellos!
Porque las hadas son las dueñas del bosque y los elfos sus guardianes. Ellas deciden y ellos obedecen. Y todos prefieren que todo se quede como está, porque ese es el deseo de las hadas.
Y luego tenemos a las ondinas del lago, que se enorgullecen de ir por libre y parece que nunca interfieren en nada, pero que siempre están dando su opinión. Ahora resulta que se han inventado un nombre como “hado” para clasificar lo que yo soy. ¿Perdona? ¿Es que acaso no puedo ser masculino y, a la vez, un hada? ¿Es que acaso son solamente ellas las que pueden volar y repartir polvo de hadas? ¿Es que acaso uno no tiene derecho a ser lo que quiera en este u otro mundo? Pero claro, a las ondinas les gusta etiquetar y clasificar todo. ¡Si ni siquiera se hablan con las sirenas, sus parientes marinas, porque dicen que son de agua salada y eso las hace inferiores! ¡Pero si es que son iguales! ¡Si todas tienen cola de pez! ¿Qué más da en dónde naden o de dónde provengan? ¿Qué más da el color de sus escamas? Aunque, de todas formas, ¿quién entiende a los seres acuáticos?
Como veis, soy un incomprendido entre los míos. Me siento menospreciado e ignorado, y esta situación me está llevando al límite. He analizado mis opciones y la de cambiar porque no le gusto a los demás está más que descartada. Nunca dejaré de ser yo mismo, y si tengo que seguir luchando contra el hembrismo de las hadas, lo haré. Así que probaré lo del robo del bebé, a ver si consigo ganarme prestigio entre los míos y puedo allanarle el camino a otros como yo. Y si no es así, entonces recurriré al exilio, aunque me duela. Si aquí no me quieren, me iré a otro lugar donde me comprendan y me tengan en cuenta. Y no me refiero a otro bosque mágico.
Porque mi padre me ha hablado maravillas de los seres humanos y, sobre todo, de las mujeres. Lleva toda la vida trabajando para una artista sombrerera de París —por la noche, mientras ella duerme, le dibuja nuevos diseños que a la mañana ella lleva a cabo— y me cuenta que si todos los humanos son como ella, yo no tendría problemas en vuestro mundo. Dice que sois solidarios y comprensivos, amigables, tolerantes y muy respetuosos con los demás. Que dais igualdad de oportunidades a todos y que no distinguís entre los géneros, las razas o las condiciones sociales. Que amáis el mundo, el arte y la libertad. ¡Vuestro mundo es maravilloso! Y ya lo tengo decidido. Si el robo del bebé se tuerce, pienso probar suerte en vuestro mundo humano porque seguro que, siendo como sois, aceptáis de buen grado a un ser diferente como yo.

Olga Besolí
Mayo 2018

 

¡Ya llegó el circo!

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¡Ya llegó el circo!

Los habitantes de la pequeña ciudad de Statonsville no cabían en sí de gozo. En esta pequeña comunidad creyente y creciente, afincada en tierras otrora salvajes, nunca solía ocurrir nada especial, aunque era indudable que se había convertido en un lugar próspero.

Fundada por un antiguo misionero cuyo apellido no podía ser otro que Staton, la ciudad fue construida sobre una zona semidesértica, limitada al oeste con un valle coronado por escarpadas montañas, cuyo deshielo en primavera constituía la única provisión de agua anual, y al este por un vasto horizonte de polvo y tierra yerma que no parecía tener límites, y donde era mejor no adentrarse si no querías morir.

Nadie hacía incursiones a las montañas por miedo a perder su cabellera, pues allí fue donde se refugiaron los indios salvajes que huyeron de la masacre llevada a cabo en la conquista de las tierras, aunque hacía ya más de un siglo que no se divisaba ningún piel roja sobre su montura en la loma de la montaña, o eso aseguraban los viejos del lugar en sus historias contadas a la luz de la lumbre. Según ellos, hacía ya mucho que deberían haber fallecido los descendientes de los pocos indios que quedaron con vida, quién sabe si de inanición, de frío o de alguna otra enfermedad, y sus almas ya estarían a buen recaudo ardiendo por siempre en el fuego eterno del infierno por sus fechorías, robos, raptos y otros acercamientos e intentos de acabar con la civilización que este poblado improvisado sufrió durante los primeros años de asentamiento, mucho antes de convertirse en una ciudad próspera, en un burdo intento de vengarse y recuperar las tierras y convertirlas de nuevo en un salvaje paraje donde practicar los ritos paganos de sus ancestros.

Al atardecer, cada vez que uno de los ancianos se acercaba al calor una de las múltiples hogueras a encender su pipa, se encontraba con varios ojillos curiosos y muchos oídos dispuestos a escuchar sus relatos. Y uno de esos ancianos era el viejo Joe, que cruzaba la ciudad renqueante con un enorme saco de paja en las espaldas, seguido de cerca por un grupo de muchachitos.

—¿Nos contarás esta noche una historia de cuando eras pequeño, Joe?

—No, niños. Hoy es sábado y mañana hay misa. Si queremos que Dios escuche nuestras plegarias y nos mande esa lluvia que tanto nos hace falta, debemos recogernos en nuestras casas y rezar para despertarnos al alba.

—¡Bah! ¡Qué fastidio! —contestó uno de ellos con indignación.

—Tú eres el primero que debería saberlo, Lewis —replicó el viejo.

Lewis era un niño precioso, rubio y con una sonrisa angelical con la que conseguía todo aquello que deseaba. Eran pocos los que se resistían a su encanto, que nunca hizo mella en el áspero y rudo Joe.

—O quizás no puedes contarnos una porque te empieza a fallar la memoria —contestó rápidamente. Los demás niños soltaron una risita.

Lewis lo tenía claro: lo que no conseguía por las buenas, lo hacía por las malas. Ya a sus ocho años se veía a la legua que había heredado la determinación de su padre, el pastor, que no era otro que el mismísimo tataranieto de Staton. Y eso, en Statonsville, en donde se vivía en paz y acorde con las leyes del mundo civilizado y los mandamientos del Señor, significaba mucho. Por eso eran pocos los ciudadanos que se atrevían a llevarle la contraria. No era así en el caso de Joe.

—¿Qué modo es ese de hablarle a un viejo? ¡Vete a casa, mocoso, antes de que te envíe yo de una patada en el culo!

La mirada furtiva que Lewis le dirigió destilaba un odio fulminante, pero enseguida entornó los ojos y la transformó en la más dulce de sus sonrisas. El pastor se acercaba.

—¡Ah! Aquí estás, Lewis. Tu madre te busca, dice que hoy toca baño.

—Pero, papá…

Lewis no soportaba a su madre. Sólo tenía carácter para obligarle a lavarse y a comer esas gachas de maíz apestosas que le hacía por la mañana. Aparte de eso, era una completa idiota durante la mayor parte del tiempo, o una pusilánime (como la llamaba su padre) que hacía todo cuanto se le ordenaba, temerosa de recibir una paliza de las buenas en caso de oponerse. Si fuera por Lewis, esa misma tarde la habría ahogado dentro de la tina de agua jabonosa y le hubiera metido el cepillo garganta adentro. Pero, por desgracia, eso tampoco ocurrió.

Fue al amanecer del día siguiente, cuando todos los feligreses, limpios y con ropas nuevas, se dirigían a la iglesia, que vieron la nube de polvo que se levantaba en el desierto, en la lejanía, bajo los rayos del sol naciente, y el gozo anidó en sus corazones.

En poco ya se vislumbraba un hilo negro serpenteante sobre las arenas desérticas medio tapado por las oleadas de polvo ascendente, que parecía acercarse a toda velocidad. Pero entonces la campanada que anunciaba el inicio de la misa les recordó que tenían obligaciones que hacer, y la mitad de los habitantes que se habían detenido a contemplar el acercamiento tuvieron que echar a correr hacia la iglesia, engalanados como estaban con sus mejores vestiduras.

Esa mañana casi nadie atendió a las palabras del pastor, plagadas de retórica y de las acostumbradas amenazas para los impíos, intrigados como estaban todos por descubrir quién o qué se dirigía a la ciudad desde las llanuras del desierto. Todos excepto Rolan, el alcalde, que con su soberbia habitual yacía repantigado sobre el banco, ocupando dos plazas debido a su enorme panza y a su gran trasero, con la cabeza echada para atrás y el sombrero hacia adelante ocultándole los ojos, para disimular lo que todos ya sabían. Se estaba echando la siestecita habitual en plena misa. Nunca el pastor le dijo nada, pues si él representaba la ley de Dios, el otro representaba la ley de los hombres, pero le odiaba con toda su alma (todo lo que le está permitido odiar a un hombre de Dios, por supuesto).

Tras más de dos horas de sermón, que a la mayoría le pareció dos años de tortura (muchos pensaban que estaba alargando el sermón a posta) y que el alcalde vivió como cinco minutos en los que había cerrado los ojos, sonó el “id en paz” que los liberó a todos del yugo de la palabra de Dios.

Muchos salieron en avalancha de la iglesia y como el pastor desaprobó totalmente esa espantada, corrió tras ellos para ver qué ocurría y por qué esa mañana su rebaño parecía tan desbocado.

Y allí estaban, once carromatos pintados con vivos colores, detenidos a las mismas puertas de la ciudad y con unas personas ataviadas con ropas extrañas y coloridas sujetando las bridas de unos caballos sudados.

—No seréis forajidos, ¿verdad? —preguntó el alcalde con su gran capacidad de deducción.

—¿Tenemos acaso pinta de pistoleros? ¿Nos veis acaso portar armas? ¿O es que no sabéis leer lo que pone en el carro, señor? —contestó el hombre de espaldas anchas y bigote fino en tono irónico.

—No le haga caso —dijo un hombre menudo que salió de detrás del anterior—. Mi amigo es todo fuerza y bravuconería. Por eso le llaman el hombre forzudo. No, no somos delincuentes, y no nos escondemos de la justicia. Somos artistas. Artistas de circo. Y nos gustaría establecernos, y por supuesto actuar, en esta ciudad durante unos días, ya que hemos atravesado todo un desierto para llegar hasta aquí.

Un ¡ohhh! de asombro a muchas voces se oyó proveniente de la muchedumbre. Incluso hubo quien aplaudió de alegría. Era el pequeño Lewis, repeinado y embutido en un traje oscuro que picaba un montón y unos zapatos que le venían estrechos.

—Pero hoy es domingo —se quejó repentinamente el pastor, cortando toda esperanza—. Hoy no puede haber ni actuaciones, ni bailes, ni nada pecaminoso. Hoy es el día del Señor. Un día de recogimiento y arrepentimiento.

—No se preocupe, buen hombre —dijo el bajito—. Tenemos que montar nuestro campamento y no estaremos listos hasta mañana.

—Pero es que esta buena gente vive en paz, y no queremos que foráneos ruidosos se entrometan…

—¡Sed bienvenidos a nuestra comunidad! —de pronto la voz gruesa del alcalde que, jadeante, se abría paso entre la gente cortó el discurso del pastor—. Yo, Rolan Edmund, alcalde de la próspera ciudad de Statonsville, os invito a quedaros.

El pastor, apretando los dientes, hizo una reverencia y, tirando del brazo de Lewis, se retiró en silencio, llevándose el niño a empujones mientras el alcalde se giraba hacia los ciudadanos y, recuperado ya el resuello, gritaba con todas sus fuerzas:

—Habitantes de Statonsville, ¡el circo ha llegado a la ciudad!

Una gran ovación siguió a las palabras del alcalde.

Ilustración de Paloma Muñoz

El domingo transcurrió como cualquier otro domingo normal, salvo el ruido de fondo de los martillazos y las divertidas canciones que los habitantes escuchaban desde sus casas y que los distraían de sus rezos y plegarias.

Joe era el único que vio cómo se armaban la gran tienda de circo, la de las actuaciones, seguida de otras dos más pequeñas, una totalmente oscura, la de la galería de los monstruos y otra que haría las veces de camerino y de vivienda. También era el único que no iba a misa nunca, y que trabajaba los domingos, a pesar de las muchas recriminaciones que le hacía el pastor.

“No eres un buen cristiano, Joe, y ya estás muy mayor. Deberías pensar en el futuro y hacer un acto de contrición si quieres que el Señor te reciba en su seno celestial cuando mueras. Y deberías empezar por acudir a los servicios los domingos”, le había dicho la última vez que se encontraron en plena calle. A lo que Joe le contestó después de escupir al suelo: “Cuando muera no quiero ir al cielo; está plagado de beatos como tú”. Después de eso el pastor decidió dejarle en paz, pero solamente por un tiempo antes de encontrar una nueva ocasión para restregarle la Biblia y los Mandamientos (siempre lo hacía).

Ese día Joe gozaba de ese breve espacio de tiempo en el que el reverendo lo dejaba en paz, así que ese día se lo pasó colaborando con los artistas y ayudándoles en el montaje de sus tiendas sin más preocupación. Mientras lo hacía, se imaginaba qué cara pondría el pastor si lo pillaba de acá para allá, hablando con un equilibrista que negaba la existencia de Dios, o con la mujer barbuda, que era la prueba viviente de los errores de su plan divino. Pero eso no ocurriría, porque el pastor no saldría de su casa en domingo, tal como exigen las Escrituras, ni aunque ésta estuviera ardiendo.

En cambio, el lunes a primera hora de la mañana la ciudad ya bullía de movimiento y una larga cola se apostaba a la puerta de la carpa principal con las entradas en las manos. Algunos decían haber estado ahí desde el alba, otros contaban que habían pasado la noche entera a la intemperie, porque querían tener un buen asiento. Y uno de ellos, el primero de la fila, aseguró que tuvo que llamar a todas las puertas, carromato a carromato, para encontrar al que le vendiera el primer tique. La historia debía de ser cierta, porque el pobre hombre de las entradas estaba sentado en una silla al lado de la puerta, custodiándola, y bostezando sin parar. Solamente parecía despejarse cuando tenía que convencer a los más rezagados de que la actuación del día ya estaba completa, que ya no le quedaban entradas y debían intentarlo al día siguiente.

Casi al mediodía, cuando solamente faltaban cinco minutos para que se abrieran las cortinas y el público pudiera acceder al recinto, llegó el alcalde con su esposa, tan oronda como él. Avanzaban sin miramientos ni pudor por el lado izquierdo de la cola, saludando y sonriendo a los ciudadanos, que veían con indignación (y las piernas cansadas de tanta espera) cómo se colaban. Llegaron hasta la puerta sonrientes y pagados de sí mismos, y el hombre de las entradas, tras hacerles una reverencia, les dejó pasar sin más, cerrando de nuevo el cortinaje ante las quejas del público impaciente.

Media hora más tarde, cuando por fin la gente pudo entrar, se encontró con el alcalde sentado en la parte central de la primera fila, justo delante de la tarima cuadrada que hacía las veces de escenario, ocupando dos asientos. Otros dos más los ocupaba su esposa. Así que los primeros de la fila fueron sentándose a su alrededor, por considerar que si esos asientos eran buenos para el alcalde también lo serían para ellos.

Cuando el circo se hubo llenado, antes de empezar la actuación, el alcalde miró alrededor en busca de su archienemigo. No había ni rastro del pastor, que ni se interesó por el espectáculo ni permitió que su hijo Lewis se acercara a él. Tampoco había rastro del viejo Joe.

Lo cierto es que mientras el pastor se recogió en su iglesia y, a modo de autosacrificio, se dedicaba a orar por las almas de todos los que habían acudido a ver el inmundo espectáculo pagano e inspirado por el mismísimo demonio, su hijo Lewis aprovechaba el momento en que la ingenua de su madre salió a lavar la colada al río para abrir el tarro de las monedas y coger prestadas unas cuantas (y unas cuantas más por si acaso), antes de escabullirse en dirección al circo.

—No puedes entrar. La actuación ha empezado y podrías provocar un accidente.

—Pero mira —le dijo Lewis al hombre de las entradas—. Tengo todo este dinero.

—Si quieres, puedes pagar la entrada para ver la galería de los monstruos. Son tres peniques solamente, y ya hay unos cuantos críos como tú dentro.

—¿Pero son monstruos de verdad?

—Niño, en el circo todo lo que ves es verdad —le contestó el hombre de forma suspicaz.

—Pues entonces dame una entrada.

En la oscuridad de la tienda, alumbrada solamente por unas pocas luces, un farolillo por acá, una vela por allá, Lewis fue siguiendo en la penumbra el pasillo creado con una empalizada de madera hasta llegar a un pequeño recinto circular en el que se podía ver a un hombre acostado de piel escamosa y piernas deformes, como a medio hacer. “El hombre serpiente” rezaba el cartel.

—Joer, ¡pero mira que eres feo! —gritó el niño sin pudor. Al instante se oyeron unas risitas lejanas.

—Lewis, ¿eres tú? —dijo una voz infantil.

—Sí, chicos, ¿dónde estáis?

—Aquí, con la mujer barbuda. ¿Y tú?

—Yo estoy con el hombre serpiente, que más que el hombre serpiente debería llamarse el hombre moco, porque da asco. —Tras esas palabras se oyeron un par de carcajadas claras entre un murmullo de risitas.

—Vente para acá, sigue el camino, para por delante del gigante y el enano y sigue adelante. En la siguiente parada estamos nosotros.

Lewis corrió por el pasillo serpenteante. Tal como le habían anunciado, pasó por delante de un hombre al que despreció por no ser mucho más alto que su padre y luego, a unos metros de allí, por delante de un enano deforme al que le pidió que hiciera el mono y al que le ofreció el trabajo de ser su mascota personal. Enseguida llegó a donde estaban sus amigos y pudo echar su mirada a la horrorosa mujer barbuda, una vieja gorda a la que le faltaban algunos dientes y que lucía una prominente barba gris que le llegaba hasta el vestido de flores. Evidentemente, Lewis no escatimo en los insultos y desprecios:

—¡Pareces un hombre con vestido! ¡Vaya adefesio! No me extraña que estés en un circo… ¡eres un monstruo! ¡Un verdadero monstruo! Seguro que tu madre te abandonó al nacer porque… ¡Ay!

De pronto, desde la oscuridad remota de la tienda había aparecido una mano vieja y nudosa que había atrapado la oreja de Lewis y tiraba de ella con ganas. Era la mano del viejo Joe.

—Lo siento, Betty. ¿Quieres que los eche a patadas?

—No, tranquilo, Joe —le contestó la mujer barbuda—. Estoy más que acostumbrada a todo tipo de comentarios, no me hacen daño. Acércame al muchacho, que lo vea bien.

Joe, tirando de la oreja del niño, abrió una pequeña portezuela disimulada en la pequeña valla y lo llevó hasta ella. Cuando se levantó de su silla resultaba que era una mujer enorme, mucho más corpulenta de lo que parecía en un principio.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Lewis —contestó el niño.

—¿Dónde te has dejado la educación? —le preguntó Joe mientras le daba otro tirón de oreja.

—¡Ay! Lewis. Me llamo Lewis, señor… digo señora.

—Bien, puedes soltarlo, Joe. Y tú, rubito, acércate y mírame bien. ¿Ves bien mi barba? ¿Ves bien mi talla? ¿Ves mi cara? ¡Mírame bien! Porque de entre los dos yo no soy el monstruo, el monstruo eres tú. —Lewis no cabía de asombro y no supo cómo reaccionar, así que se limitó a mirar al suelo—. Sí, tú, con tu pelito rubio y con tu carita de no haber roto nunca un plato. Porque tú eres precioso por fuera, pero feo por dentro. Pero a mí el envoltorio no me engaña. He conocido a demasiados niñatos malcriados como tú, que sois pura maldad e ignorancia. Y ¿sabes qué? Que dais pena. Tú das pena, porque eres un monstruo y ni siquiera lo sabes. Así que lárgate de mi vista, ¡largo! ¡Y llévate a tus patéticos amigos!

Lewis corrió tan rápido que ni siquiera vio si sus amigos le seguían o no. Y mientras corría las lágrimas empezaron a brotar y no pararon hasta que llegó a la iglesia, en donde encontró a su padre de rodillas ante el crucifijo.

—¡Papá, papá!

—Por Dios, ¿qué pasa, hijo?

—Lo siento, he ido al circo y allí… allí una mujer gorda y barbuda me… me ha llamado monstruo… a mí.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que el circo sólo traería problemas a esta ciudad! Pero voy a solucionarlo enseguida.

—¿Qué harás? —preguntó Lewis entre lágrimas.

—Lo que debería haber hecho desde un principio.

Una sonrisa se dibujó en la cara empañada de lágrimas mientras su padre, en un acto de furia (que posteriormente él calificaría de justicia divina), salió corriendo de la iglesia.

Cuando llegó delante de la carpa estaba tan enfurecido que sin mediar palabra le propinó un guantazo al hombre de las entradas cuando éste intentó impedirle el paso. Abrió el pesado cortinaje que hacía las veces de puerta y vociferó a la sala repleta de gente:

—¡Basura! ¿Qué demonios le habéis hecho a mi hijo, malditos hijos de Satanás?

Con tan mala suerte que sus palabras despistaron al equilibrista que se mantenía sobre un solo pie en la cuerda floja que en todo lo alto cruzaba de la carpa de lado a lado y que, por muchos aspavientos que hizo con los brazos para recuperar el equilibrio, no lo consiguió. Su pie se resbaló hacia su derecha saliendo del apoyo de la cuerda. Un grito a muchas voces sonó mientras el hombre se precipitaba al vacío desde una altura considerable hasta los asientos centrales de la carpa. Muchas personas del público reaccionaron levantándose de sus asientos de inmediato, entre ellos la mujer del alcalde. No lo hizo así el señor alcalde, que dormía placenteramente en otra de sus siestas matutinas. Por fortuna, su gran cuerpo amorfo amortiguó la caída del artista, que salió ileso del accidente. No le ocurrió lo mismo al alcalde que, según el diagnóstico del doctor (que estaba presente en la sala y disfrutando del espectáculo como un niño con zapatos nuevos) casi muere por aplastamiento.

La noticia voló por la ciudad como la pólvora y en cuestión de horas todas las esquinas estaban atestadas de gente comentando el suceso. “Es culpa del circo”, afirmaba uno. “Nunca debieron venir”, contestaba otro. Y acto seguido se santiguaban y alzaban sus miradas al cielo.

Aquella misma tarde todo el mundo encontró algún recado por hacer que le servía como excusa para salir a la calle y averiguar más detalles de lo ocurrido, con una curiosidad morbosa. Algunos merodeaban disimuladamente y se hacían los encontradizos con aquellos de los que pensaban que habían asistido al espectáculo; otros directamente iban preguntando: “¿Sabes algo? ¿Estabas allí? ¿Sabes qué ocurrió?”; e incluso hubo algunos que se encontraron indispuestos y aprovecharon su visita al doctor para que les contara de primera mano lo sucedido. Pero ni un solo feligrés acudió a la iglesia, en donde les esperaba el pastor con las puertas y las manos abiertas, y que terminó cerrándolas de un golpetazo.

Al día siguiente el alcalde malherido y el pastor herido en su orgullo se miraron a los ojos y asintieron a la vez. No hacían falta las palabras. Acababan de establecer una tregua silenciosa.

Todo el mundo fue convocado a las puertas de la iglesia y allí, con el pastor a su diestra, el alcalde les habló:

—Ciudadanos de Statonsville, ya habéis visto lo que ha ocurrido. Nos hemos equivocado. Yo me he equivocado. Debimos hacer caso del pastor, que en su buen hacer por la comunidad ya sospechaba que la mano del Demonio se escondía tras las gentes paganas del circo. Él, de forma juiciosa, e inspirado por el Altísimo, intentó avisarnos, pero no le escuchamos. Pero ahora sí le vamos a oír.

La muchedumbre empezó a ovacionar al pastor que, con las palmas de la mano en alto, como símbolo de una humildad mal disimulada, se dirigió a su comunidad.

—Hermanos, el Maligno se esconde tras muchas formas y colores para deslumbrarnos. Y esas gentes paganas del circo son su instrumento. Y nos han deslumbrado con sus acrobacias y sus aires paganos. Pero yo os digo que son unos monstruos —al oír esa palabra el pequeño Lewis aplaudió con ganas y su aplauso fue seguido por muchos otros—, unos engendros de la Naturaleza que hay que echar del reino de Dios. Así que os digo ¡alcémonos y echémoslos de de nuestra comunidad! ¡Que se vayan al infierno del que provienen!

La multitud exaltada estalló en gritos que proferían a los cuatro vientos:

—¡Sí, sí, que se vayan!

—¡Quememos sus carpas!

—¡Hagámosles…!

—No, hermanos, no. ¡Silencio! ¿Somos o no somos buenos cristianos? ¿Somos o no somos gente de bien? ¡Dejémosles irse en paz! ¡Démosles un día para recoger sus cosas y que se vayan!

Mientras todo esto ocurría, el viejo Joe, en una esquina de la plaza, se limitó a escupir al suelo y a murmurar entre dientes:

—Menuda panda de catetos.

Nadie le oyó, ocupados como estaban en vitorear tanto al alcalde como al pastor, antiguos enemigos acérrimos y ahora estrechamente unidos por una misma causa.

El martes se llenó de ruidos de martillazos, de tablones al caer y de las mismas canciones divertidas que se habían escuchado la tarde del domingo. El viejo Joe se despidió de los feriantes uno por uno, dándoles un cálido abrazo a cada uno de ellos. Ningún habitante de Stantonsville lo vio, porque los que no estaban recluidos en sus casas lo estaban en la iglesia, con las rodillas hincadas en el duro suelo y pidiéndole clemencia a Dios todopoderoso, para regocijo del pastor, que había recuperado el control sobre su rebaño.

Pero el control duró solamente hasta que, por la tarde, el crujir de muchas carretas a la vez y el relinchar de varios caballos se unieron a los “arres”, en un signo claro de que el circo emprendía su marcha. Entonces los ciudadanos abandonaron sus escondrijos a todo correr, dejando los hogares y la iglesia vacíos. Querían ver cómo el culpable de todos sus males desaparecía de sus vidas. Por supuesto el pastor, que encontró este comportamiento indigno de buenos cristianos, corrió tras ellos, no para ver qué ocurría, sino para abochornarles por increpar y escupir a los feriantes (aunque a él, en el fondo, esa situación lo convirtió en el hombre más feliz sobre la tierra).

Por supuesto, el alcalde fue el último que se unió al grupo y lo hizo cuando el circo ya había emprendido su marcha. El pobre estaba sin resuello, cojeando y maltrecho, y se apoyaba en el hombro de su rolliza mujer.

Nadie vio ni rastro del viejo Joe, que estaba desaparecido y que seguiría desaparecido por mucho tiempo más.

Cuando el día tocaba ya a su fin y la retahíla de carretas coloradas se alejaba al galope de la ciudad dejando tras de sí una estela de polvo rojizo a la luz del sol crepuscular los corazones de las buenas y cristianas gentes de Statonsville por fin se sintieron liberados y en paz. Cuando ya sólo eran un hilo negro zigzagueante bajo una nube de polvo que desaparecía en el horizonte desértico para no volver, no cabían en sí de gozo.

Olga Besolí
Marzo 2018

En el armario

Autor@: 

Ilustrador@: Jesús Rodríguez

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Jesús Rodriguez Redondo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

En el armario.

Primero fue el fuerte olor a rosas que invadió su habitación. Lilith lo dejó pasar a regañadientes, aun a sabiendas de quien había podido ser el único culpable. Pero no podía hacer nada al respecto, estaba alertada de que si armaba un nuevo alboroto antes de finalizar el curso, amonestada como estaba por sus notas mediocres, se pasaría todas las vacaciones en un maldito campamento. Y ella odiaba especialmente los campamentos de verano.

Claro que había muchas cosas que Lilith odiaba, algunas de ellas  especialmente —aparte, por supuesto, de la compañía, los exámenes, los profesores, los alumnos y el instituto en general; de las especias, entre las que destacaban el ajo y la cebolla ¡puagg!; de todos los colores que no fueran el negro, que en realidad no es un color; de toda la música que no fuera gótica, porque fuera de la música gótica todo lo demás podía considerarse ruido; de la alegría, de las flores, de la luz, del sol y de todas las demás cosas ñoñas de este mundo— y de entre todas ellas, la que más odiaba eran los campamentos. Tanto que en su lista personal de las cosas más nefastas e insoportables ocupaba un puesto por encima de su odioso hermano pequeño Nosfe, que, según ella, era el ser más molestoso e inútil que la tierra había tenido la desgracia de conocer.

Además, él era el culpable de todos sus males, entre ellos el pestazo a flores que había inundado su habitación. Pero no podía cargar contra él con toda su furia, como le habría gustado, porque si la pillaban en otra movida más, esta vez sí que se la cargaba de verdad.

Eso no la persuadió de propinarle una soberana colleja mientras bajaban la escalinata en dirección al salón.

—¡Ay!

—Eso por gilipollas, enano.

—¡Mamá! ¡Mamá!

—¿Qué pasa aquí?

—Llilith me ha pegado.

—No es verdad.

—Sí, sí lo ha hecho.

—No, no lo he hecho. Y él ha entrado en mi habitación.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

—Mentirosa.

—Mentiroso tú.

—¡Basta los dos! —La voz profunda de su padre era autoritaria y no daba opción a réplicas, así que se hizo un silencio sepulcral que duró horas.

La velada pasó lenta y mortalmente aburrida como cualquier otra comida en familia y Lilith se escabulló a su guarida en cuanto tuvo ocasión. Allí era el único lugar donde se sentía relajada y a gusto, sola y a su rollo, porque su cuarto era su templo sagrado, donde nadie osaba poner un pie. Pero al abrir la puerta que se atrancó como de costumbre, vio algo diferente que la dejó petrificada.

Eso fue lo segundo que le hizo aquel día y esta vez ya no pudo dejarlo pasar. Toda la furia contenida se desató y tras arrancar de un manotazo el letrero de “si entras aquí, atente a las consecuencias” de la puerta de su habitación, voló hasta la de su hermano.

Como siempre, la había dejado abierta. Como siempre, el alelado estaba al ordenador, con los cascos puestos y de espaldas a la puerta. Como siempre, ni se enteró de que ella estaba allí, detrás de él. Podría haberlo estrangulado en ese momento, o pegarle un hachazo en la cabeza, pero ni tenía una hacha ni ganas de que la metieran en un correccional. Así que optó por lo fácil, que fue tirarle el cartel metálico afinando la puntería. Le acertó de lleno en el cogote.

—¡Ay! ¿Pero qué…?

—Lee lo que dice, so bobo.

—¿Pero por qué me tiras cosas? ¿Qué haces aquí? ¡Vete!

Ella cogió el cartel del suelo y mientras le sujetaba la cabeza con la otra mano, se lo puso delante del teclado.

—He dicho que leas lo que pone, atontao.

—Ya sé lo que pone. Es el cartel de tu cuarto. Y déjame en paz o llamaré a mamá.

—Tú no vas a llamar a nadie. ¿Por qué has entrado en mi habitación?

—¿Qué? ¿Te has vuelto loca?

—Pues si no has sido tú, ya me dirás quién ha sido.

—Y yo qué sé. ¿Para qué iba yo a entrar en tu cuarto?

—Para lo de siempre. Para husmear en mi armario.

—Sí, claro, como que a mí tus cosas me importan un ajo.

—No lo niegues, mamón, que he encontrado la puerta abierta de mi armario.

—¿Y por qué tengo que haber sido yo, eh? ¿Por qué no puede haber sido mamá? ¿O papá? ¿O el abuelo?

—Porque yo soy la única que tiene la llave del armario y mira… ¿la ves? Sigue aquí, colgada de mi cuello.

—¿Y cómo se supone que la he abierto yo entonces? ¿Por arte de magia?

—Ni lo sé ni me importa. Pero te lo advierto, pedazo de trol, como vuelvas a entrometerte en mis cosas o asomes la cabeza por mi cuarto, te la cortaré, ¿entendido? Ah, y como te pille con la mierda esa de spray, te la cargas.

—¿Pero de qué spray…?

Ya no quiso oír más. Con esa amenaza y un portazo Lilith se largó victoriosa a su cuarto, convencida de haberle demostrado al mocoso de su hermano quién mandaba allí.

Pero la tranquilidad duró poco. Fue acostarse e inmediatamente la puerta del armario chirrió quedamente, abriéndose un pelín más. A Lilith le pareció escuchar un sonido lejano de algún tipo de música, una musiquilla rítmica, algo parecido al… ¿pop? El corazón se le desbocó y la hizo levantarse de un salto para abalanzarse sobre el armario. Cerró su puerta de golpe y, mientras la empujaba con su cuerpo, giró la llave que volvió a colgarse del cuello. Permaneció así un rato, con la espalda todavía apoyada contra la puerta del armario, el tiempo suficiente para que se le quitara ese ritmo infernal y pegadizo de la cabeza y se le pasara el susto.

Después volvió a acostarse, pero se quedó con los ojos abiertos de par en par, mirando fijamente la puerta del armario. Entonces lo oyó. Primero empezaron los susurros, luego las risitas agudas, como si algún tipo de monstruo histriónico dejara oír su voz chillona a través de la vieja madera de la puerta. Luego sonó un ¡clic! y la cerradura giró sin llave alguna. Más susurros y ruidos de fondo acompañaron el chirriar de la pesada puerta oscura al abrirse de nuevo y un cegador destello de luz rosada inundó la habitación.

Lilith no pudo soportarlo y se tapó completamente. Eso hizo que se sintiera un poco más segura, más a salvo. Entonces volvió a oler la pestilencia a rosas y no pudo más que gritar con todas sus fuerzas. El aullido desgarrador que emitió se entremezcló con una serie de estridentes chillidos que casi la dejan sorda, al tiempo que los crujidos de la escalinata le anunciaban que su padre iba al rescate y ya estaba en camino.

Cuando Vlad abrió la tapa del ataúd de su hija se la encontró despierta, temblorosa y encogida, con la fría piel sudada y el cabello negro pegajoso por el sofoco.

—¿Qué ocurre, mi pequeña? —Aunque Lilith era ya toda una adolescente de carácter beligerante, para Vlad siempre sería su pequeña. Y aunque Lilith odiaba que la tratasen como una niña, esta vez no le importó y se abrazó a su padre—. Dime, ¿has tenido una pesadilla?

—¡No! ¡Hay un monstruo en mi armario! —gritó sin querer mirar en esa dirección.

—Pero eso no puede ser. Los monstruos no existen.

—¡Que sí, papá! ¡Que lo he visto!

— ¿Ah, sí?  ¿Y cómo es, si puede saberse?

—Pues… yo… yo…. es que estaba oscuro… pero lo sentí…y… y…. apestaba.

—Ya…

—Te lo juro. Es verdad.

—Vale, vale, de acuerdo.

—¿No me crees?

—Hay una forma de averiguarlo. ¡Abramos el armario!

—No, espera.

—¿Y ahora qué ocurre?

—Es que… ya estaba abierto.

—¡Qué curioso! Pues ahora está cerrado y cuando lo abres…

Cuando Vlad giró el pomo del armario, como era natural, no se abrió.

—¿Ves? Está cerrado a cal y canto. ¿Me dejas tu llave un momento?

Ella se levantó de un salto y, con las piernas aún temblorosas, se acercó cuanto pudo para alargarle la cadena de la que pendía la llave.

—¿No quieres abrirla tú misma?

—No. Hazlo tú.

—¿Estás segura? Sé cuánto te molesta que toquen tus cosas…

—Eso no importa ahora. Ábrela y verás.

Al girar la llave Vlad notó una ráfaga repentina de aire ascendente. Era Lilith que se había refugiado tras la lámpara de araña. La puerta cedió emitiendo un largo chirrido y el armario mostró su contenido: un millar de prendas de color negro acompañadas de unas piezas sueltas color sangre, y abajo, entre los zapatos de punta y las botas de cuero, una par de cajas que contenían sus secretos más íntimos: su diario, pruebas de su última borrachera de sangría con amigos, su kit de maquillaje, su carnet falso, su protección solar… Nada más. Ni luz. Ni olor a rosas. Ni susurros. Ni voces. Ni ruidos. Ni monstruos.

Fue entonces cuando Nosfe asomó la cabeza y, sorprendido de que nadie se la rebanase, se aventuró a dejar pasar todo su cuerpo en la habitación. Cuando la pilló suspendida del techo, agarrada todavía de la lámpara, todo su orgullo vampírico se hizo añicos y la victoria que había conseguido sobre él hacia unos instantes se fue al traste. Mientras, Nosfe aprovechaba su ocasión y, henchido de satisfacción, preguntaba:

—¿Qué ha pasado aquí? He oído gritos.

—Nada, Nosferatu, no ha ocurrido nada —contestó Vlad quitándole importancia y cerrando la puerta del armario tras de sí—. Tu hermana, que ha tenido una pesadilla. Vete a dormir.

—¡Uhhhh! Miedica, eres una miedica, siempre lo he sabido —dijo apuntando a la araña en donde aún colgaba su hermana—. Esta noche en la excursión del cole a la villa se lo contaré a todos.

Lilith en ese momento quiso matarlo y se deslizó de su escondite para hacerlo, pero Nosfe voló a su habitación, huyendo de ella como la rata que era.

—Bueno, esto ya está solucionado —dijo su padre devolviéndole la llave a Lilith—. Y tú también deberías tratar de dormir un poco. Ya es mediodía y tienes que descansar o si no en el instituto… ¿No te toca el examen ese de cambio de forma?

—Sí, papá. Y se llama transfiguración. Pero ya me lo sé. Está mordido.

—Pues entonces acuéstate y punto —dijo dirigiéndose a la puerta.

—¿Pero y si…?

—¿Si qué?

—Nada, da igual. Estaré bien… —El quejido de la puerta de la habitación al cerrarse la interrumpió—. O eso creo.

Cuando Lilith se quedó sola de nuevo, lo primero que hizo fue tratar de calmar sus nervios. Luego puso una silla atrancada en la puerta del armario, a modo de barrera. Tras eso miró debajo de su ataúd, pero lo único que salió de allí fue la vieja Peste, su rata, que movió los bigotes y se dejó acariciar antes de buscar otro escondrijo donde meterse. Ya sintiéndose un poco más a salvo, decidió echar un rápido vistazo a su alrededor, y la normal apariencia lúgubre de su habitación terminó por tranquilizarla.

Cuando ya casi estaba a punto de olvidar lo sucedido, se metió de nuevo en su ataúd, arregló un poco el acolchado rojo y entonces lo vio, allí, al lado de la puerta del armario, justo debajo del pesado y polvoriento cortinaje que tapaba la mortífera luz del sol, que de otro modo se colaría por el gran ventanal y la convertiría en cenizas. Allí estaba la prueba de que los monstruos existían y de que uno de ellos vivía en su armario. Allí mismo lo tenía, en su cuarto, y su visión le causó verdadero pavor, revolviéndole el estómago y produciéndole arcadas: una pequeña y delicada zapatilla de ir por casa afelpada de color rosa palo y con brillantitos fucsias en forma de mariposas.

Ilustración de Jesús Rodriguez

Olga Besolí
Enero 2018

El último superviviente

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating:+ 13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El último superviviente.

 El último superviviente de su especie proyectaba una sombra oscura sobre el blanco impoluto a medida que avanzaba hacia las sempiternas tierras nevadas del sur. No era casualidad que se dirigiese en dirección contraria a donde apunta la aguja de la brújula. Huía. Lejos, muy lejos, todo lo lejos que le llevaran sus miembros doloridos y su cuerpo lacerado. Y en su huida había cruzado tierras y mares en busca del único continente que su enemigo nunca dominaría. Nunca traería sus pertenencias a un lugar yermo como ese, ni establecería sus castillos, ni sus poblados. Allí no había pastos donde sembrar, ganados que criar o territorios que defender, solamente el infinito y llano horizonte salpicado por unas pocas montañas cubiertas de nieves eternas. El constante frío glaciar y la ventisca acabarían con cualquier persona que se atreviese a poner un pie sobre aquellas tierras inhóspitas, atravesando sin dificultad la barrera de su fina piel lampiña para convertirlo en una estatua de hielo en cuestión de horas. Eso si los icebergs de las aguas heladas no destrozaban sus embarcaciones de madera unas cuantas leguas antes de tocar tierra y las armaduras que portaban no los hundían hasta el fondo oceánico.
Desde el aire, y con el sol a la cola, el blanco del suelo resplandecía y ofrecía la visión de un paraje ideal y bucólico, idóneo para morir. Quizás por eso nadie le seguía ya su rastro. O tal vez fuera por aquel pavor ancestral que dominaba tanto a reyes como vasallos frente a lo desconocido y que los llevaba a destruirlo todo. Generación tras generación los humanos habían atacado a los suyos, persiguiéndolos, masacrándolos, extinguiéndolos.
Por eso se habían inventado una montaña de leyendas y fábulas sobre tierras nevadas como aquellas y sus monstruosos habitantes. Por el miedo. Un miedo irrefrenable que se apoderaba de ellos y los obligaba a matarse, también, entre ellos: por temor a los robos, a la hambruna, a la pérdida de poder. Un miedo que heredaban de sus ancestros y transmitían a sus descendientes, insólito y poderoso que dominaba sus vidas. Nunca se aventurarían hasta allí, ni siquiera para perseguirlo a él, al que odiaban a muerte y achacaban todas sus desgracias y males. No, no lo harían ni aunque no estuviese herido de muerte.
Miró de soslayo la lanza que llevaba clavada en el costado y con ese imperceptible vaivén su vuelo se volvió inestable. Tuvo que esforzarse por equilibrar sus alas. La herida sangraba abundantemente y la punta de la lanza le provocaba pequeños desgarros a cada movimiento de batida de alas, acompañados de un dolor punzante y agudo, en una especie de quemazón totalmente diferente a la del fuego, que siempre acostumbraba a ser un picor agradable y placentero que le nacía en el fondo la garganta.
Y esa picazón era mucho más placentera cuando se trataba de escupir fuego ardiente para arrasar ese maldito reino empeñado en destruirlos a todos. ¡Cómo había disfrutado con aquello! Verlos a todos esos hombres diminutos e indefensos, que hacía un segundo estaban armando esos artilugios de madera y metal construidos expresamente para matarlo a él y a sus semejantes, convertidos en una pira ardiente, fue un alivio. No es que fuera especialmente cruel, pero la muerte en sus manos de toda su prole le dio la fuerza suficiente para entender que no había escapatoria a la muerte, que era su vida o la de ellos, hasta que sintió esa punzada fría en su costado y se dio cuenta de que el precio a pagar sería la vida de todos. Mientras su aliento ardiente arrasaba a todos los humanos del frente y sus artilugios, otro grupo de hombres que había permanecido oculto lo atacó desde el flanco derecho, y aunque los destripó con sus garras en un giro de vuelo rasante, al sentir la lanzada, tuvo que alzar el vuelo y emprender la huida, no de la muerte, sino de aquel lugar maldito.
No moriría allí, en medio de los pastos bajo el castillo, para que su cuerpo yaciese entre un puñado de hombres malheridos y una multitud de cadáveres humanos. O para que un rey cobarde, como todos los reyes, que había enviado a todos sus hombres a luchar contra una muerte segura mientras él se refugiaba bajo la seguridad de las paredes de palacio, saliera de su escondrijo ahora que ya no había peligro alguno y se hiciera un trofeo con su cabeza, como un cazador diestro. No permitiría que sus juglares inventaran gestas de cómo ese rey venció al dragón y creó un reino próspero. Nunca dejaría que eso sucediese. Antes preferiría morir en solitario, lejos de su depredador, y que las nieves vírgenes que nunca fueron pisadas por un humano engullesen su cuerpo sin vida.
Un pequeño vahído le nubló la vista. Temió perder el sentido antes de tocar suelo y en una grácil maniobra posó sus garras afiladas sobre el terreno frío. El reflejo de la luz del sol sobre su piel escamosa avivaba sus colores: azul cobalto, amarillo ocre y verde botella. Pero pronto la paleta blanca sobre la que se asentaba se volvió rojo carmesí; la sangre salía a borbotones de su herida abierta. Tras unos latidos acelerados, su corazón empezó a palpitar más lentamente, ralentizándose. Una sensación de sopor se apoderó de él. Supo que había llegado el momento, su momento. Le fallaron las patas y su cuerpo quedó tendido sobre la nieve, con la cola espinada enroscada a su alrededor. Le empezó a faltar el aliento y, con lo que le quedaba de resuello, abrió sus fauces para escupir fuego una vez más, en círculo, alrededor de sí mismo. La nieve que lo rodeaba se fundió en agua y poco a poco su cuerpo moribundo fue descendiendo hasta las capas más profundas del hielo azulado que cubría el continente de la Antártida.
Su último pensamiento antes de perecer fue que los humanos lo habían conseguido, habían exterminado a la raza de los dragones. Y los maldijo, deseando su propia extinción. Casi inmediatamente unos nubarrones negros y espesos cubrieron el cielo y taparon el sol. La nieve que cayó durante ese día, y durante los muchos que le siguieron, llenó por completo el foso donde yacía el cuerpo muerto del último dragón sobre la tierra, ocultando su existencia durante milenios.

Ilustración de Rafa Mir

Dos mil quinientos años después el último hombre superviviente de la tierra caminaba sin rumbo sobre las eternas nieves que cubrían completamente el planeta. Visto desde la estación espacial, el antiguo planeta azul ahora era totalmente blanco, de un blanco impoluto sin manchas, sin sombras, sin mares y sin tierra. Pero hacía ya siglos que ningunos ojos vigilaban desde la MIR. El proyecto espacial fue uno de los primeros abandonados cuando se produjo la quinta glaciación en la Tierra cientos de años atrás. Por aquel entonces los humanos dejaron de mirar hacia el cielo, demasiado ocupados en intentar salvar su propio planeta y devolver el clima destruido por las emisiones de CO2, la contaminación y el cambio climático provocado por la sociedad de aquel entonces —según decían unos—, o por los caprichos de la naturaleza y los ciclos normales atmosféricos —según decían otros.
Fuera cual fuera la verdadera causa, la civilización que se autodenominaba avanzada, pese a toda su tecnología, había sucumbido al frío extremo que se inició un día y que perduró durante años de interminables nevadas que acabaron por sepultar ciudades y pueblos enteros, montañas y valles, desiertos y mares. Las urbes y poblaciones se convirtieron en cementerios subterráneos de hierro, piedra, madera y cristal donde quedaron atrapados sus habitantes bajo metros y metros de nieve en cuestión de poco tiempo.
Y aunque millones de personas no sucumbieron a la catástrofe, la población se redujo rápidamente en los años siguientes, pues había poco que comer, nada con lo que construir y un frío que calaba hasta los huesos y del que no había escapatoria posible. La enfermedad y el asesinato se llevaron a la mayor parte de los supervivientes. Los pocos que pervivieron, aislados unos de otros por miedo a ser atacados, se convirtieron en vagabundos que avanzaban sin rumbo por la nieve desde hacía siglos y que se resistían a morir, al igual que hicieron los pequeños animales que pronto se acostumbraron a las condiciones extremas. Los humanos no. La esperanza de vida media de un caminante era de unos quince años, tiempo suficiente para crecer, procrear y tener un único hijo, por lo que la población quedaba reducida a la mitad a cada generación que pasaba.
La civilización había desaparecido por completo. Y con ella la costumbre de enterrar a los muertos, que yacían expuestos a la intemperie, eternamente convertidos en pequeñas estatuas de hielo que destacaban sobre la nieve por aquí y por allá, como muñecos de cera de poses y facciones grotescas.
Y con la civilización se perdió también todo atisbo de humanidad. La comunicación dejó de tener sentido y, con la soledad, los humanos perdieron la capacidad del habla. Los conocimientos adquiridos durante milenios fueron quedando olvidados. La única capacidad que quedó intacta y que diferenciaba a los hombres de las bestias era la de caminar erguido, sobre dos piernas, recorriendo milla tras milla, siempre en una única dirección, marcada por las estrellas.
Los hijos seguían la dirección de los padres, que estos habían seguido de sus abuelos. Así, los ancestros del último superviviente habían tomado la Cruz del Sur como guía y, tras quinientos años de generaciones, su último descendiente llegó a un lugar recóndito donde sorprendentemente la capa de nieve era delgada y quebradiza. Nunca había visto un hielo así, frágil y cristalino, que se deshacía en las manos, y dudaba que algún humano lo hubiese visto nunca. Llevaba años andando sin que ninguna estatua humana flanqueara su camino, y hacía ya mucho —no sabía exactamente cuánto, porque la concepción del tiempo se perdió junto con los otros conocimientos— que se había topado con una enorme mole animal de hielo cuyo pelaje blanco se confundía con la nieve. Estaba pisando terreno virgen. Y aunque él no entendía nada, si hubiera tenido una brújula en la mano —o hubiese sabido lo que es una brújula— la aguja se hubiese vuelto loca, pues estaba en el polo sur magnético de la tierra.
Solamente se le ocurrió cavar con sus manos de uñas rotas. Pronto sus dedos ensangrentados tocaron tierra a unos veinte centímetros de profundidad. Cuando sacó un puñado de barro marrón se asustó. Entonces unas nubes que cubrían el cielo se desplazaron y apareció un claro por el que el sol emitía débiles haces de luz que traspasaban la niebla. Él acercó la mano a la luz y su calidez le resultó agradable y diferente a todo lo que había sentido en su vida.
Soltó un gruñido de satisfacción y corrió hacia lo que parecía una montaña escamosa y cuya cobertura de hielo se resquebrajaba por momentos, bajo los rayos solares recién nacidos. Parecía que no llegaba nunca a ella, y se apresuraba más y más. Empezó a notar el calor y a sudar. Se sintió mareado, pero aun así siguió adelante.
Colores que no había visto nunca, un azul intenso manchado de verde y amarillo, cubrían esa forma desconocida y maravillosa que, cuando por fin la tuvo delante, quiso abarcar con su propio cuerpo jadeante y sin resuello, y con los brazos extendidos en un gesto espontáneo. En ese instante el cansancio por el esfuerzo realizado y la inanición durante semanas hicieron mella en su corazón castigado, que fue apagándose y espaciando sus latidos, en un dulce abrazo que le aletargaba los sentidos. Había llegado la hora, su hora. No hubo dolor, sino una calma placentera, como quien ajusta cuentas con sus deudores. Y de ese modo el último superviviente humano sobre la faz de la tierra se durmió en el sueño del que no es posible despertar.

Olga Besolí
Noviembre 2017