La promesa

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Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

La promesa.

«Nunca te abandonaré, pase lo que pase», le prometió.

Él nunca ha roto una promesa, y esta no iba a ser una excepción. Siempre ha sido un hombre fuera de su tiempo, como chapado a la antigua, de los que ofrecen su brazo como punto de apoyo, de los que creen en el poder de la palabra dada y de los que muestran una voluntad férrea e inquebrantable, ajena a las inclemencias del tiempo. Un hombre de los que ya no hay.

Por eso sigue allí, a su lado, a pesar de todo.

No lo tuvo nada fácil desde el principio. Luchó para convencer a sus futuros suegros —en contra desde el primer instante, nada más saber la noticia— de que él sería bueno para ella, de que no intentaría cambiarla y de que la ayudaría a lograr sus deseos. Pero ellos insistían en que su hija era demasiado joven e inocente para casarse con un divorciado como él y padre de dos adolescentes. El hecho de que ella tuviera solamente siete años más que el mayor de ellos no ayudó en convencerlos de que su amor era genuino, verdadero y entregado, capaz de traspasar todas las barreras y sortear todos los obstáculos que se presentasen en el camino.

Y su amor por ella ya ha cruzado todas las fronteras inimaginables.

La diferencia de edad no consiguió separarlos, ni la de razas ni la económica, ni la social, ni siquiera la ideológica. Convivieron transformando todo aquello que los distinguía en un motivo de admiración, y todo aquello que podía separarlos se convirtió en un juego cariñoso. Mientras sus triunfos deportivos subían el montante de sus cuentas bancarias, ella distribuía el dinero que podía en ayudas humanitarias; mientras ella lo llamaba «mi bombón» con mirada golosa, él se divertía agasajándola con regalos lujosos que sabía que ella cambiaría por mantas o bolsas de comida que repartir. No necesitaban más el uno del otro, porque les era suficiente con su amor y su compañía.

Una compañía que ahora ella ya no aprecia tanto.

Es diferente cuando las ausencias te hacen desear el regreso del ser amado. Y al ser un entrenador profesional, él tuvo que pasar largos periodos de tiempo lejos de su pequeño nido. Ella tampoco tuvo nunca la intención de acompañarlo a los partidos, excusándose de que la aburrían soberanamente y que su labor era vital para la organización, ya que continuamente llegaban nuevos refugiados a los que atender. Ella… tan humana y solidaria como siempre.

Es por eso que todavía le permite que siga a su lado.

Él es consciente de que ella ya no siente lo mismo que antes. Ahora que ya no hay ausencias, que todas las noches vuelve junto a ella, nota el distanciamiento, las miradas huidizas, la tirantez en las comisuras de los labios que convierten una sonrisa fingida en una mueca forzada. Aunque lo peor de todo son sus ojos. Ya no brillan con la chispa de la admiración, ni esos párpados se contornean mostrando ternura o deseo. Ahora hay un poso de compasión en su fondo, mezclada con algo de tristeza y melancolía. Lo mira como uno esperaría que mirase a uno de sus refugiados, a uno de los enfermos, o de los que están al borde de la muerte. Y últimamente sus ojos están llorosos, como si mirara a uno que acaba de morir en sus brazos.

Ella es su último refugio, si la pierde se queda sin nada.

Pero él sigue allí, enganchado a ella, aunque no tenga un hálito de vida ni pueda tomarla entre sus brazos, aunque enfríe la atmósfera con su presencia e infeste el aire con su cuerpo en descomposición. Su nido de amor ahora se convierte en un nido de insectos que lo siguen cuando él, cada noche, arrastra los pies fuera de su tumba y deja un reguero de tierra oscura y húmeda en el suelo del salón; allí donde ella lleva esperando de pie un sinfín de eternidades, que han ido minando su amor incondicional hasta reducirlo a pura compasión. Una compasión que la hace sufrir. Los sollozos y los gemidos lastimeros son una prueba de ello.

Él desearía no volver a verla sufrir.

Ya pasó demasiado con el incidente, cuando el infarto en pleno partido lo embarcó dentro de un ataúd rumbo a casa. Eran dos corazones a juego: el de él se detuvo, el de ella se rompió. Recuerda cómo se deshacía en lágrimas frente a su tumba, cómo se ahogaba y cómo el líquido salado penetró de alguna manera en la madera y humedeció sus miembros hasta entonces inertes. Fue su desgarrador reproche por la promesa incumplida, emitido con tanto dolor ante su féretro, el que lo obligó a regresar aquella misma noche, para apaciguarla, para decirle que todo iría bien a partir de entonces porque él seguiría a su lado, con ella.

Pero ahora es su compañía la que la hace llorar.

Hace ya demasiado que vive de pie, en el salón, su regreso cada noche. Que lo refugia, que lo compadece. En todo este tiempo él ha visto cómo sus carnes han ido cambiando, cómo algunas canas han asomado entre las antiguas mechas rojizas y cómo las curvas de su cuerpo han ido tomando redondez. Ya son demasiadas vueltas del reloj, demasiadas hojas de calendario arrancadas. Frente a él ya no se yergue la inocente jovencita que quería cambiar el mundo y con la que compartió el espacio más breve y feliz de su vida, sino una mujer madura y fuerte, independiente y dispuesta a ayudar a los demás, que lleva el propio mundo sobre las espaldas. Pero ante todo, frente a él está una mujer espléndida que tiene derecho a vivir. Que se merece rehacer su vida.

Ilustración de Olga Ruiz

Él no tiene derecho a estar entre los vivos.

Lo sabe. Ni tampoco pertenece al mundo de los muertos. Se ha quedado atrapado en una especie de limbo entre los dos mundos, moviéndose dentro de la fina línea que los separa, desterrado en tierra de nadie. Demasiado vivo para estar muerto, pero demasiado muerto para estar vivo. Es como un zombi que se arrastra por el lodo del cementerio todas las noches y que reposa en su tumba bajo la luz del sol, con el alma pegada a un cuerpo que se deshace lentamente. Sabe el camino de casa, pero ya no es su nido. Pero no puede aferrarse. No puede ser un eterno refugiado. No debe.

En la muerte debe tomar la decisión más dura de su vida.

No puede mantenerse atado a una simple promesa hecha en la plenitud de una vida que ya no le pertenece. Ni arrastrarla a ella al borde del abismo para contemplar la muerte, noche tras noche. ¿Qué vida hay en eso? «Nunca te abandonaré, pase lo que pase». Esas palabras otrora reconfortantes hoy tienen ecos de condena. Y la condena recae sobre ella, injustamente, egoístamente. Él debe liberarse de esa cadena perpetua y liberarla, aflojar el nudo que los ata y soltar los lazos que los unen, aunque eso signifique aceptar que no se puede luchar eternamente contra el tiempo, que no todos los obstáculos son salvables, y que hay fronteras que uno nunca debería traspasar.

Mañana, él romperá su promesa.

Olga Besolí
Diciembre 2018

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Guerra

Autor@:  Olga Besolí

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasia urbana

Rating: +13 años

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Guerra.

La culpa fue del pequeño Jamie Guerra. Por su nombre anglosajón y su apellido latino, uno podría pensar que se trataba de un niño mexicano, pero nada más lejos de la realidad. Jamie era estadounidense por derecho propio, pues tanto él como sus padres habían nacido en un pequeñito pueblo de Alabama, eran republicanos y apoyaban con todas sus fuerzas el America first que el presidente más xenófobo de la historia reciente de los Estados Unidos proclamaba a los cuatro vientos, expandiendo la antigua idea, nacida con el “estilo de vida americano”, de que América constituye solamente su propio país y no un continente completo que alberga la friolera de treinta y cinco países, cada uno con su propio estilo de vida.

El porqué de su apellido se debía a su bisabuelo paterno, Jacinto Guerra, un español jerezano y católico ferviente, cantamañanas y poeta mediocre a partes iguales, cuyos versos irreverentes creados expresa y únicamente para impresionar a las féminas cayeron en manos equivocadas y terminaron con una acusación de rebelión contra el Caudillo, lo que le llevó a ser perseguido por las fuerzas policiales del dictador y a su consecuente exilio.

Pero Jacinto nunca tenía ni un duro, ni para sobornos, ni para un transporte, porque su forma de vida era bohemia y un verdadero artista no es materialista —o, al menos, eso afirmaba él cuando le pedía dinero prestado a sus amigos y conquistas—. Así que llevaba su católico “Dios dirá” hasta el extremo de que tuvo que ingeniárselas para meterse de polizonte en un barco que lo llevaría al nuevo continente.

Y lo hizo, solo que se equivocó de barco, y en vez de atracar en la Argentina, lugar a donde escaparon muchas de las mentes brillantes de nuestro país que se negaron a perder su voz o su vida, terminó en un pueblecito costero de Estados Unidos, a orillas del Atlántico, con lo puesto y sin conocer ni papa del idioma local. Por suerte, una chica llamada Stacy, analfabeta y crédula, cayó bajo sus encantos de inmediato y tuvo que casarse con él. A los siete meses de la boda nació el abuelo de Jamie, al que llamaron Jaime —aunque su madre nunca pudo pronunciar su nombre correctamente— y la familia se trasladó a Alabama para prosperar. El resto ya es historia.

Y el pequeño Jamie Guerra, con un nombre y un apellido heredados de su abuelo, siendo descendiente directo de semejante linaje, nació un 30 de diciembre, bajos los auspicios de un mundo cada vez más supremacista, con las erróneas muertes de niños negros desarmados a manos de policías blancos a lo largo del país a modo de nana y acunado por un padre protestante y amante de las armas que escupía a la pantalla cada vez que su presidente, al que consideraba inferior por el color de su piel e indigno de su cargo, aparecía en ella.

Con el cambio de presidente, los supremacistas como el padre de Jamie tuvieron su agosto y, para festejarlo, le prometió a su hijo que, para su quinto cumpleaños, le enseñaría a disparar con la vieja escopeta de caza del abuelo.

—Si los niños negros pueden llevar pistolas, los niños blancos deberían llevar metralletas —le decía su padre.

Pero Jamie, a quien le encantaban las películas de acción, no quería disparar la escopeta que lucía —si se puede llamar así a acumular montañas de polvo sobre el metal oxidado— colgada en la pared del comedor de su casa, sino una de esas pistolas grandes y largas que llevan los soldados y cuyas balas parecen no agotarse nunca.

Y tuvo una gran idea: se la pediría a Santa Klaus.

Como casi no sabía escribir más que algunas letras sueltas en mayúsculas, necesitó la ayuda su vecino Mark, dos años mayor, para poner en su carta, con letras desiguales pero claras: M A C H I N E   G U N. Para que no cupiera ninguna duda, dibujó en el sobre la cara regordeta y sonriente de Santa Klaus. Tiró su carta en el buzón y se sentó en el porche a esperar.

A los pocos días el cartero trajo noticias inesperadas. No solo no sabía nada de ninguna respuesta de Santa Klaus, sino que traía una carta certificada de otro continente, desde un lugar llamado Jerez, en un país llamado España.

Lo siguiente que supo Jamie fue que sus padres hicieron las maletas, rápido y corriendo, y lo embarcaron en un avión que cruzaba el océano. Tras eso, y mientras en el resto del mundo sonaban villancicos y campanas, él se encontró recluido dentro de una mansión oscura, alejado de las luces y colores navideños, entre gente extraña ataviada de negro, en un regio salón cuyo silencio era roto continuamente por una multitud que susurraba sin parar en un idioma que él no entendía. No había chimenea alguna por donde pudiera entrar Santa Klaus y el centro de la sala, en vez de estar coronado por un gran árbol de Navidad, lo estaba por un lóbrego ataúd que descansaba sobre un peldaño. La cosa no podía ser más triste y funesta. Añoraba su casa, sus amigos, los villancicos y las luces de colores. Y se aburría. Soberanamente. Así que se distraía chasqueando sus pequeños dedos sobre la madera caoba del ataúd, cuando una cabeza de rizos dorados y sonrisa maléfica apareció a su lado.

—Te he estado observando. No eres de aquí, ¿verdad? ¿Quién eres? —le preguntó en un perfecto inglés de colegio de pago.

—Jamie. ¿Y tú?

—Rosana. ¿Eres familiar dela muerta?

—No lo sé.

—Si estás aquí, es porque lo eres. Seguro que eres uno de los descendientes del hermano pobre de la difunta, el que se fue a América.

—Supongo.

—¿Y sabes por qué estás aquí?

—No.

—Por su dinero —dijo señalando al ataúd—. Dice mi madre que todos estamos aquí por su herencia.

—¿Herencia?

—Es cuando te mueres y regalas lo que tienes a los demás.

—¿Como los regalos de Navidad?

—Parecido, sí, como los regalos de los Reyes Magos.

—¿Quiénes son esos?

—¿No lo sabes? ¿No has recibido nunca regalos por Navidad?

—Sí, claro, de Santa Klaus.

—Bahh… ese. Vale, también trae regalos, pero no tiene un verdadero poder. Es solamente un barrigón que se cuela por las chimeneas. Mi mamá me ha contado que los verdaderos son los Reyes Magos, porque son tres, son mágicos y nunca fallan: ellos no tienen lista de niños malos. A mí siempre me han traído lo que he querido.

—Da igual. Yo ya pedí mi regalo a Santa Klaus.

—¿Y te lo ha traído?

—No lo sé. ¿Qué día es hoy?

—El día de San Esteban.

—¿El día de quién?

—No te enteras ¿eh? Hoy es el día después de Navidad. Así que tú deberías haber recibido tu regalo ayer.

—Puede que esté en mi casa, en Alabama.

—Eres un poco tonto, ¿no? ¡Todos saben que los regalos de Santa Klaus van a donde está el niño! Y ahora estás aquí. Si no te ha llegado el regalo, es porque no has pasado el corte.

—¿Qué corte?

—¡Ya te lo he dicho! El de la lista de los niños malos.

—Jooo…

—Hazme caso. Si quieres tu regalo, haz la carta de los Reyes Magos. Ellos, el 6 de enero, te mandarán lo que pidas, sea lo que sea.

Esa revelación fue como un despertar para Jamie. ¿En qué estaría pensando al escribirle a Santa Klaus? ¡Ni aunque Santa se hubiera vuelto loco, no le admitiría en la lista de niños buenos! Y él necesitaba su arma cuanto antes. Antes de su cumpleaños. Así que, ante la mirada atónita de los reunidos, pidió lápiz y papel. Nadie reaccionó, salvo una mujer con cofia de sirvienta que, al parecer, era la única —aparte de la niña— que sabía inglés en toda la casa.

Recordaba perfectamente todas y cada una de las letras que, junto con su vecino, había utilizado en su carta a Santa Klaus, así que se puso a escribir con letra desigual pero firme: M A C H I N G U N.

Dobló el papel y, ni corto ni perezoso, se acercó a la niña y le pidió que escribiera la dirección correspondiente delante, que era, ni más ni menos, que el lejano Oriente. Sí, ellos le mandarían su arma, seguro, porque su padre siempre le decía que en Oriente solamente hay dos cosas que valen la pena: petróleo y armas de destrucción masiva. Y eso sonaba bien.

Jamie, para colmo de males, pasó su cumpleaños entero dentro del avión, de vuelta a casa. No hubo ni prácticas de tiro ni nada, solamente un bodrio de película en la minipantalla del avión, que no se oía sin los auriculares. En cambio, sus padres dormían con una sonrisa en la cara. Nunca los había visto así de contentos y relajados. ¿Por qué eran tan felices? Él se acurrucó enfadado en su asiento.

La llegada a casa no mejoró ni un ápice: ni rastro de regalos. Es más, ni siquiera había un árbol de Navidad en el comedor.

—¡Mamá! ¿Y los regalos?

—Es que, hijo, con lo del fun… y el viaje…es que no he tenido tiempo de… Si quieres ponemos ahora el árbol… Quizás Santa se ha perdido… o no nos ha encontrado… Lo siento.

—Papá, ¿cuándo hacemos tiro?

—Sí, claro… se me fue de… Lo haremos, hijo, pero el año que viene, ¿de acuerdo? Además, tu cumpleaños ya ha pasado. Tendrás que esperar.

A la mañana siguiente, cuando despertó, se encontró con un árbol improvisado en medio de la cocina, con algunos paquetes y uno que tenía su nombre. Cuando lo abrió y vio que era una pistolita de juguete, con unos dardos que ni volaban ni se pegaban en ningún lugar por mucho que uno lo intentase, y que el kit iba acompañado con un ridículo sombrerito de vaquero y una placa falsa de sheriff, casi le da un colapso.

Era el colmo. Santa se había reído de él. Sus padres se habían reído de él. Todos lo pagarían. Y tanto que lo harían.

Jamie esperó los siguientes días en silencio, sin pucheros y sin hacer ruido, disimulando, con su sombrero de vaquero en la cabeza y su placa de sheriff en el bolsillo. Esperó pacientemente sentado en el porche a que llegara el día de Reyes.

Y llegó. Para sorpresa de todos, el día amaneció dejando ver un pesado y enorme paquete encima del sofá destartalado del comedor, sin que nadie recordara haberlo puesto allí.

—¿Has sido tú, papá? —preguntó su madre con su taza de café en la mano.

—No, mamá —contestó él quitándose las legañas de los ojos.

—Entonces, ¿quién ha sido? —preguntó ella entre risas nerviosas.

—¿Y yo qué sé? ¿Santa Klaus? —replicó él con ironía.

—¡No! —gritó Jamie a pleno pulmón, mientras se acercaba corriendo, con los pies descalzos—. No ha sido el estúpido de Santa. Es mi regalo de Reyes.

—¿De quién? —preguntó su padre, pero Jamie ya no le escuchaba.

Estaba destrozando el papel de copos de colores, rompiendo de paso la enorme tarjeta que rezaba en letras grandes y claras: “Para Jaime Guerra”.

Cuando sacó el contenido del paquete, bajo la atónita mirada de sus padres, y empuñó la pistola semiautomática, todo se vino abajo. A la ráfaga de balas que salieron de su arma y que agujereaban el techo mientras él se caía de culo, con el dedo todavía en el gatillo, se le unieron el estruendo de la pared al romperse por la entrada de una avalancha de renos desbocados que tiraban de un carromato que terminó en medio del comedor. Al mismo tiempo, un sonoro boom hizo retumbar las paredes. Era la puerta trasera que se vino abajo por la embestida de algo muy grande, y que apestaba.

—¡Malditos Reyes Magos! —gritó el gordinflón vestido de rojo, que saltó del carromato y, empujando al niño, le quitó el regalo de las manos—. ¡Ni siquiera le han dejado el seguro puesto! ¡Dad la cara, escoria oriental!

El padre de Jamie cogió rápidamente a su hijo y lo parapetó con él y su mujer detrás del sofá. Con un dedo le señalaba que guardara silencio absoluto.

—¡He dicho que salgáis! —volvió a gritar.

Desde la parte de atrás se oían murmullos. “Sal tú”. “No tú, que tiene un arma”. “No es suya, que es del niño”. “Pues que salga Baltasar”. “Eso. Baltasar, te toca”. “Pero…”. “Son dos votos contra uno”. “Joer, siempre lo mismo”.

Por el pasillo se acercó una sombra, seguida de una figura esbelta y alta, ataviada con una capa roja y una corona.

—No dispares —le dijo a Santa—. No voy armado.

—¡Dispárale! ¿No ves que es escoria negra? —dijo el padre de Jamie desde atrás del sofá.

—¡No voy a disparar a nadie! —gritó Santa hacia el sofá con reprobación—.¿Queda claro?

—Vaya, otro demócrata —se oyó tras el sofá.

—Chsss… No es momento para eso —le contestó su mujer.

—Solamente quiero saber por qué habéis infringido las normas. Otra vez —dijo Santa con voz clara y alta.

—¿Nosotros? Nosotros no hemos infringido nada…

—Eso, eso… —dijeron unas voces desde la boca del pasillo.

—Estáis actuando en zona anglosajona, que está bajo mi jurisdicción y se supone que vosotros solamente actuáis en los países latinos. Le habéis traído un arma real a un niño de cinco años cuando debería recibir juguetes y, por si eso no fuera poco, mis elfos lo tienen en la lista de los “niños de dudosa bondad”, por lo que no hay que traerle exactamente lo que pide sino algo similar, pero más flojo.

—Lo sabía —protestó alguien tras el sofá.

—Chsss… calla, Jamie.

—Eh, Baltasar. Tsss, tsss, dile eso…

—Sí, dile lo de la carta…

—Decídselo vosotros, valientes —respondió mirando hacia el pasillo, en donde asomaban a ratos dos cabezas ataviadas con coronas.

—¿Carta? ¿Qué carta? —preguntó Santa.

—Ayyy… Resulta que el chiquillo, por lo visto, mandó su carta desde España, y claro, ya sabes, el pacto territorial…

—¿En serio? ¿Y le habéis traído una semiautomática? ¿Una de verdad?

—Y yo qué sé… Yo solamente me encargo de los regalos de las niñas. Es Gaspar quien se responsabiliza de…

—Será chivato el muy… —se oyó desde el pasillo. Y acto seguido otra figura con capa y corona de rey salió de repente, como empujada, avanzando a trompicones.

—Umm, hola. Hey, ¿cómo va, Santa?

—Sáltate las presentaciones, Gaspar. ¿Me explicas cómo llegó esta arma de terrorista a manos de un niño de cinco años por Navidad?

—Sí, pues la verdad es que la cosa tiene su gracia, porque yo creí que era un juguete lo que pedía…

—Ya. ¿Y cómo llegaste a esa conclusión?

—Sinceramente, ni me di cuenta. Debí de leer la carta rápido, le puse el sello de aceptación y la pasé a mi departamento de entrega de regalos. Y claro, como estaba aprobado…

—Y ¿cómo, si puede saberse, le pusiste el sello de aprobado a una petición como esta?

—Verás, te vas a reír… Creí que Machingun era un juguete, no sé, una máquina de chicles, quizás. Como hoy en día todos piden por las marcas, pues uno ya no sabe en verdad qué entrega a…

—Ya. Como que machine gun es solamente una ametralladora. Pero claro, el inglés tampoco es vuestro fuerte.

—Vale, sí, se nos pasó por alto. ¿Y qué? ¿O es que tú no has tenido nunca un fallo? —dijo de repente el tercer rey mago, que salió de su escondite.

En ese momento los padres de Jamie aprovecharon para llevárselo a rastras, poco a poco y sin hacer ruido, en dirección al pasillo.

—Melchor, no te pongas chulito, que nos conocemos… Y sabes cómo va a terminar esto si me sacan de mis casillas….

—Además, hemos acudido de inmediato para solucionarlo, ¿no? Y eso debería ser un punto a nuestro favor —reaccionó rápidamente Baltasar, en tono conciliador.

—Por supuesto, después de que el chiquillo ha estado a punto de matar a sus padres. ¡Feliz Navidad! ¡Jou, jou, jou!

Jamie y sus padres ya casi estaban a salvo.

—¿Uno entre cuántos millones? ¿Sabes cuántos países católicos y latinos hay en el mundo? ¿Cuántos tienes que atender tú, eh? ¿Un millón? ¿Dos millones? ¡Por muy figura que te creas eres un don nadie!

—Melchor, no me tientes, que voy armado… y hoy no tengo el día.

Pero Melchor, enfurecido e indignado como estaba, no atendía a razones, y seguía insultando y provocando a Santa. Hasta que derramó la gota que colmaba el vaso.

—¿Qué pasa, la señora Santa te ha abandonado? ¿Se lo ha montado con uno de tus elfos?

—¿Sabes lo que te digo? ¿Sabes lo que os digo a los tres?

Entonces, en un arranque repentino, Melchor se abalanzó sobre la vieja escopeta que colgaba de la pared al tiempo que Santa gritaba:

—¡Que os jod…!

Ilustración de José Vicente Santamaría

—¡Corred!  —gritó el padre de Jaime mientras huían por sus vidas por un pasillo que parecía no tener fin, tropezando con la puerta derrumbada antes de llegar al exterior de la casa, rodando escaleras del porche abajo y casi dándose de bruces contra los tres camellos aparcados enfrente.

Justo caían sobre el asfalto cuando oyeron la ráfaga de disparos y golpes, acompañados de una lluvia de explosiones que terminaron con un sonoro incendio que se llevó la casa por delante.

Cuando la policía llegó al lugar, tras la intervención de los bomberos, no supieron dar crédito al escenario del crimen. Junto al cadáver destrozado de un hombre negro, con jirones de ropajes extraños adheridos a su cuerpo calcinado, se encontraron restos animales, de ciervo o reno, y algunos fragmentos de algún tipo de adorno o carrocería grande de madera y pintada de rojo. También hallaron señales de pelea, y restos de sangre de varios tipos. A eso había que añadirle casquillos de semiautomática por doquier, y algunos cartuchos de escopeta, más los restos de balas incrustados por todas partes, incluido el techo, por lo que el documento oficial que trascendería a la prensa sería que un único hombre de raza negra, y armado con una pistola, había entrado en la casa para robar aprovechando que los inquilinos estaban fuera de viaje. Por supuesto, un vecino alertó a la policía, que irrumpió en la casa. Pero, al parecer, el hombre tenía una granada, y segundos antes de ser abatido por los agentes de la ley, provocó una explosión.

La gente se lo creyó, como nos creemos diariamente todas las noticias de los telediarios. Solamente había una familia que sabía la verdad, aunque prefirió olvidarla:

—Otro negro con pistola —comentó el padre de Jamie en la habitación del hostal donde pasarían unos cuantos días, con una cerveza en su mano y con una esposa a su lado que no se creía lo que estaba oyendo—. Por eso los blancos tenemos la obligación de ir armados, para protegernos de ellos.

También Jamie olvidó que todo había ocurrido por su culpa.

Como consecuencia, esa no sería la peor Navidad de su vida, ni de lejos, porque al cabo de un año, establecido cómodamente en su nueva casa con jardín, piscina y barbacoa, y a punto de cumplir seis años, tenía la mirada ya puesta en que su padre esta vez sí lo llevase al campo de tiro a hacer prácticas.

Así que, ni corto ni perezoso, volvió a pedir una ametralladora a un Santa Klaus que todavía se estaba recuperando de las secuelas físicas del incidente, mientras que dos Reyes Magos con sed de venganza esperaban su oportunidad, en una Navidad que sí sería de miedo.

Olga Besolí
Octubre 2018

El Hada

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Hada.

Soy un hada. Y remarco la palabra “un” porque soy un hada y no una hada, aunque sé que eso, a nivel escrito, sea una barbaridad. Pero lo especifico para que me entendáis correctamente y no os hagáis una idea equivocada de mí.
Porque si me pudierais ver —¡qué lástima que los humanos hayáis perdido la facultad de vernos a nosotros, los seres fantásticos!—, distinguiríais claramente mi indudable aspecto masculino. Dicho sea de paso, estoy muy orgulloso de pertenecer al sexo masculino, aunque en el mundo mágico se considere el sexo débil o inferior. Y sí, aunque no me creáis, los seres mágicos tenemos sexo y lo usamos. ¿De dónde creéis que venimos nosotros si no? ¿De las esporas?
El caso es que en mi mundo lo mío no está bien visto, porque la gran mayoría piensa que ser un hada es una cosa de chicas. Sí, ya sé que estoy fuera de lugar porque solamente soy un simple macho en un mundo de féminas, pero ¿acaso no debería haber igualdad de géneros e igualdad de oportunidades? Por supuesto las hadas piensan que no. Unas se atreven a decirlo alto y claro; las otras lo cuchichean por los rincones del bosque cuando creen que ni las oigo ni las veo, porque nunca se atreverían a decírmelo a la cara, está mal visto dar un trato discriminatorio. Pero aunque algunas intenten disimularlo, sé que me miran de una forma diferente a como se miran entre ellas. Noto que me intentan dejar atrás cuando emprendemos el vuelo en grupo y que no me cuentan sus logros ni me preguntan los míos. Lo que más me duele es que no me dejan asistir a los consejos de hadas. Con una excusa u otra me dan largas: que me sentiría desplazado, que no se va a comentar nada relevante, que ya me avisarán cuando llegue el momento, que todavía no se sabe a qué hora es la reunión, que solamente se hablarán de cosas femeninas que no me interesan…
Creo firmemente que mis compañeras me detestan a su lado. Y no es porque tenga mal aspecto o huela mal, no, sino por la sencilla razón de que no soy una chica. Claro, como están convencidas de que solamente ellas tienen derecho a ocupar la posición de hadas, me tienen como un intruso que ha escalado más alto de lo que debería en la sociedad.
Al principio no fue así. Me acuerdo de que incluso les hizo gracia que yo fuese su compañero. Se lo tomaban a chiste. Y por un tiempo tuve que soportar comentarios jocosos y un tanto desagradables: que si mis alas eras demasiado ásperas o duras, que si ser un hada me feminizaría, que si quizás no tenía claro lo que soy… ¡Claro que lo tengo claro! Lo he tenido claro desde siempre. ¡Soy un hada!
Cuando vieron que mi empeño no cedía y que no se trataba de un antojo pasajero, la cosa cambió. Empezaron los ataques, los boicots, las trampas y las zancadillas. Fui llamado varias veces ante la Reina de las Hadas acusado falsamente de cosas que no hice. Por suerte, la verdad siempre ha estado de mi parte y ha sabido salir a la luz. Aunque no ha servido para que mis acusadoras reciban castigo por ello. Incluso la Reina, que ante el tribunal de Hadas parecía totalmente justa e imparcial, me dijo, en la última ocasión que estuvimos solos y en confianza:
—Sé lo que te has esforzado por ocupar tu lugar en el Reino de las Hadas, y te admiro por ello, pero ¡mira el revuelo que has armado! ¿Y para qué? Eres muy atractivo y apuesto, y estás echando a perder tu carrera. ¿No estarías mejor en el sitio que realmente te corresponde, junto con los elfos? ¿Quizás en mi guardia personal? Porque aunque los elfos ocupen escalafón más bajo que las hadas, son imprescindibles para nosotras y les tenemos en alta estima. Y yo tendría especiales atenciones contigo, si tú quieres, claro está.
—No, yo soy un hada y estoy perfectamente aquí —le respondí—. No quiero ser un elfo al servicio de las hadas, ni de su reina.
Entonces cambió su tono amigable, que se volvió amenazador.
—Está bien, pero si recibo otro expediente por tu mal comportamiento, tendré que echarte del reino. Y eso significa que no podrás ni quedarte entre los elfos. Tú sabrás lo que haces con tu vida.
Esa fue la última vez que la Reina se dignó a cruzar unas palabras conmigo.
Así que ahora mismo, por defender mis derechos a ser un hada, estoy a un suspiro de perder de vista el bosque mágico en donde nací para siempre. ¡No es justo! ¿Por qué no puedo ser un hada? ¿Por qué no pueden dejarme en paz?
Y no solamente tengo que enfrentarme a los prejuicios de mis compañeras, las hadas, sino que, incomprensiblemente, todos los habitantes mágicos del bosque, incluidos los de mi propio sexo, piensan que estoy equivocado en mi postura. O lo que es lo mismo, todos le dan la razón a las hadas. ¡Claro, como ellas son las que mandan!
Un día sí y otro también alguien me aconseja o me insiste en que debo dejar de ser tan molesto que destrozo la armonía de los seres del bosque. Que debo cambiar y ya está, que la vida consiste en eso, en adaptarse a lo que te viene y aceptar tu destino. ¡Yo ya sé cuál es mi destino! Pero nadie quiere aceptarlo. En cambio, todos se ven con autoridad suficiente de decirme a mí lo que debo hacer, que se resume en lo siguiente: que tengo que cortarme la melena, esconder las alas y afinarme las orejas para pretender ser algo que no soy, un elfo.

Ilustración de Rosa García

Y no es que yo tenga nada en contra de los elfos, no me malinterpretéis, que me parecen encantadores y hacen estupendamente su labor de guardianes del bosque mágico. Pero es que yo no tengo ni cuerpo ni mente de elfo. Yo nací hada y fui bendecido con un precioso par de alas iridiscentes. Eso debería significar algo, ¿no? Y gracias a que mis padres —un simple duende doméstico y una preciosa hada que nació con un ala defectuosa y nunca pudo alzar el vuelo—, en contra de todo pronóstico y bajo las críticas de los vecinos que ya de entrada nunca aprobaron su relación, decidieron no cortarme las alas de pequeño, por lo que hoy puedo decir con orgullo que soy un hada, y que además soy un hada masculino, atractivo y funcional.
Creo diariamente más polvo de hadas que ninguna otra hada y mi vuelo es técnicamente superior al de mis compañeras —aunque tengo que añadir que es el resultado de los años que me pasé ejercitando mis alas y haciendo prácticas de vuelo y piruetas en solitario— y conozco y he puesto en práctica todos los hechizos y sortilegios de las hadas, aunque tuve que aprenderlos en mi seta y a escondidas, porque los fuegos fatuos me negaron el ingreso en la Academia de las Hadas.
Así que para cerrarles la boca a todos solamente me queda un as en la manga: robaré un bebé humano. Son pocas las hadas que han conseguido un triunfo así, y a estas alturas, es lo único que puede hacer que me acepten tal como soy. Eso si consigo que la Reina de Las Hadas reciba mi presente y este sea de su agrado, así que para ello voy a necesitar un bebé rechoncho y sonrosado, que rebose salud. Si mi operación tiene éxito, la Reina me nombrará Hada Superior —y con ello formaré parte del jurado del Consejo de Hadas— y se habrán acabado los problemas para mí.
Espero que cuando llegue el momento, la Reina haga caso omiso de mis detractores, que son muchos. Entre ellos están, por supuesto, los propios elfos, que no soportan verme volar. Yo creo que niegan lo que soy porque mi aspecto les confunde y les hace pensar que no todo es negro o blanco y que el mundo mágico incluye todos los colores del arcoíris. Y esto, a ellos que están acostumbrados a pensar solamente en términos de bien y mal, y a luchar por ello —por eso son los guardianes mágicos del bosque—, les incomoda mi verdad. Tienen miedo de que mi existencia anime a otros muchos como yo —que de haberlos haylos, digo yo, aunque supongo que permanecen escondidos, pues no he visto ninguno— a salir a la luz y el bosque mágico se llene de seres diferentes, únicos y auténticos. ¡Menudo caos para ellos!
Porque las hadas son las dueñas del bosque y los elfos sus guardianes. Ellas deciden y ellos obedecen. Y todos prefieren que todo se quede como está, porque ese es el deseo de las hadas.
Y luego tenemos a las ondinas del lago, que se enorgullecen de ir por libre y parece que nunca interfieren en nada, pero que siempre están dando su opinión. Ahora resulta que se han inventado un nombre como “hado” para clasificar lo que yo soy. ¿Perdona? ¿Es que acaso no puedo ser masculino y, a la vez, un hada? ¿Es que acaso son solamente ellas las que pueden volar y repartir polvo de hadas? ¿Es que acaso uno no tiene derecho a ser lo que quiera en este u otro mundo? Pero claro, a las ondinas les gusta etiquetar y clasificar todo. ¡Si ni siquiera se hablan con las sirenas, sus parientes marinas, porque dicen que son de agua salada y eso las hace inferiores! ¡Pero si es que son iguales! ¡Si todas tienen cola de pez! ¿Qué más da en dónde naden o de dónde provengan? ¿Qué más da el color de sus escamas? Aunque, de todas formas, ¿quién entiende a los seres acuáticos?
Como veis, soy un incomprendido entre los míos. Me siento menospreciado e ignorado, y esta situación me está llevando al límite. He analizado mis opciones y la de cambiar porque no le gusto a los demás está más que descartada. Nunca dejaré de ser yo mismo, y si tengo que seguir luchando contra el hembrismo de las hadas, lo haré. Así que probaré lo del robo del bebé, a ver si consigo ganarme prestigio entre los míos y puedo allanarle el camino a otros como yo. Y si no es así, entonces recurriré al exilio, aunque me duela. Si aquí no me quieren, me iré a otro lugar donde me comprendan y me tengan en cuenta. Y no me refiero a otro bosque mágico.
Porque mi padre me ha hablado maravillas de los seres humanos y, sobre todo, de las mujeres. Lleva toda la vida trabajando para una artista sombrerera de París —por la noche, mientras ella duerme, le dibuja nuevos diseños que a la mañana ella lleva a cabo— y me cuenta que si todos los humanos son como ella, yo no tendría problemas en vuestro mundo. Dice que sois solidarios y comprensivos, amigables, tolerantes y muy respetuosos con los demás. Que dais igualdad de oportunidades a todos y que no distinguís entre los géneros, las razas o las condiciones sociales. Que amáis el mundo, el arte y la libertad. ¡Vuestro mundo es maravilloso! Y ya lo tengo decidido. Si el robo del bebé se tuerce, pienso probar suerte en vuestro mundo humano porque seguro que, siendo como sois, aceptáis de buen grado a un ser diferente como yo.

Olga Besolí
Mayo 2018

 

¡Ya llegó el circo!

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¡Ya llegó el circo!

Los habitantes de la pequeña ciudad de Statonsville no cabían en sí de gozo. En esta pequeña comunidad creyente y creciente, afincada en tierras otrora salvajes, nunca solía ocurrir nada especial, aunque era indudable que se había convertido en un lugar próspero.

Fundada por un antiguo misionero cuyo apellido no podía ser otro que Staton, la ciudad fue construida sobre una zona semidesértica, limitada al oeste con un valle coronado por escarpadas montañas, cuyo deshielo en primavera constituía la única provisión de agua anual, y al este por un vasto horizonte de polvo y tierra yerma que no parecía tener límites, y donde era mejor no adentrarse si no querías morir.

Nadie hacía incursiones a las montañas por miedo a perder su cabellera, pues allí fue donde se refugiaron los indios salvajes que huyeron de la masacre llevada a cabo en la conquista de las tierras, aunque hacía ya más de un siglo que no se divisaba ningún piel roja sobre su montura en la loma de la montaña, o eso aseguraban los viejos del lugar en sus historias contadas a la luz de la lumbre. Según ellos, hacía ya mucho que deberían haber fallecido los descendientes de los pocos indios que quedaron con vida, quién sabe si de inanición, de frío o de alguna otra enfermedad, y sus almas ya estarían a buen recaudo ardiendo por siempre en el fuego eterno del infierno por sus fechorías, robos, raptos y otros acercamientos e intentos de acabar con la civilización que este poblado improvisado sufrió durante los primeros años de asentamiento, mucho antes de convertirse en una ciudad próspera, en un burdo intento de vengarse y recuperar las tierras y convertirlas de nuevo en un salvaje paraje donde practicar los ritos paganos de sus ancestros.

Al atardecer, cada vez que uno de los ancianos se acercaba al calor una de las múltiples hogueras a encender su pipa, se encontraba con varios ojillos curiosos y muchos oídos dispuestos a escuchar sus relatos. Y uno de esos ancianos era el viejo Joe, que cruzaba la ciudad renqueante con un enorme saco de paja en las espaldas, seguido de cerca por un grupo de muchachitos.

—¿Nos contarás esta noche una historia de cuando eras pequeño, Joe?

—No, niños. Hoy es sábado y mañana hay misa. Si queremos que Dios escuche nuestras plegarias y nos mande esa lluvia que tanto nos hace falta, debemos recogernos en nuestras casas y rezar para despertarnos al alba.

—¡Bah! ¡Qué fastidio! —contestó uno de ellos con indignación.

—Tú eres el primero que debería saberlo, Lewis —replicó el viejo.

Lewis era un niño precioso, rubio y con una sonrisa angelical con la que conseguía todo aquello que deseaba. Eran pocos los que se resistían a su encanto, que nunca hizo mella en el áspero y rudo Joe.

—O quizás no puedes contarnos una porque te empieza a fallar la memoria —contestó rápidamente. Los demás niños soltaron una risita.

Lewis lo tenía claro: lo que no conseguía por las buenas, lo hacía por las malas. Ya a sus ocho años se veía a la legua que había heredado la determinación de su padre, el pastor, que no era otro que el mismísimo tataranieto de Staton. Y eso, en Statonsville, en donde se vivía en paz y acorde con las leyes del mundo civilizado y los mandamientos del Señor, significaba mucho. Por eso eran pocos los ciudadanos que se atrevían a llevarle la contraria. No era así en el caso de Joe.

—¿Qué modo es ese de hablarle a un viejo? ¡Vete a casa, mocoso, antes de que te envíe yo de una patada en el culo!

La mirada furtiva que Lewis le dirigió destilaba un odio fulminante, pero enseguida entornó los ojos y la transformó en la más dulce de sus sonrisas. El pastor se acercaba.

—¡Ah! Aquí estás, Lewis. Tu madre te busca, dice que hoy toca baño.

—Pero, papá…

Lewis no soportaba a su madre. Sólo tenía carácter para obligarle a lavarse y a comer esas gachas de maíz apestosas que le hacía por la mañana. Aparte de eso, era una completa idiota durante la mayor parte del tiempo, o una pusilánime (como la llamaba su padre) que hacía todo cuanto se le ordenaba, temerosa de recibir una paliza de las buenas en caso de oponerse. Si fuera por Lewis, esa misma tarde la habría ahogado dentro de la tina de agua jabonosa y le hubiera metido el cepillo garganta adentro. Pero, por desgracia, eso tampoco ocurrió.

Fue al amanecer del día siguiente, cuando todos los feligreses, limpios y con ropas nuevas, se dirigían a la iglesia, que vieron la nube de polvo que se levantaba en el desierto, en la lejanía, bajo los rayos del sol naciente, y el gozo anidó en sus corazones.

En poco ya se vislumbraba un hilo negro serpenteante sobre las arenas desérticas medio tapado por las oleadas de polvo ascendente, que parecía acercarse a toda velocidad. Pero entonces la campanada que anunciaba el inicio de la misa les recordó que tenían obligaciones que hacer, y la mitad de los habitantes que se habían detenido a contemplar el acercamiento tuvieron que echar a correr hacia la iglesia, engalanados como estaban con sus mejores vestiduras.

Esa mañana casi nadie atendió a las palabras del pastor, plagadas de retórica y de las acostumbradas amenazas para los impíos, intrigados como estaban todos por descubrir quién o qué se dirigía a la ciudad desde las llanuras del desierto. Todos excepto Rolan, el alcalde, que con su soberbia habitual yacía repantigado sobre el banco, ocupando dos plazas debido a su enorme panza y a su gran trasero, con la cabeza echada para atrás y el sombrero hacia adelante ocultándole los ojos, para disimular lo que todos ya sabían. Se estaba echando la siestecita habitual en plena misa. Nunca el pastor le dijo nada, pues si él representaba la ley de Dios, el otro representaba la ley de los hombres, pero le odiaba con toda su alma (todo lo que le está permitido odiar a un hombre de Dios, por supuesto).

Tras más de dos horas de sermón, que a la mayoría le pareció dos años de tortura (muchos pensaban que estaba alargando el sermón a posta) y que el alcalde vivió como cinco minutos en los que había cerrado los ojos, sonó el “id en paz” que los liberó a todos del yugo de la palabra de Dios.

Muchos salieron en avalancha de la iglesia y como el pastor desaprobó totalmente esa espantada, corrió tras ellos para ver qué ocurría y por qué esa mañana su rebaño parecía tan desbocado.

Y allí estaban, once carromatos pintados con vivos colores, detenidos a las mismas puertas de la ciudad y con unas personas ataviadas con ropas extrañas y coloridas sujetando las bridas de unos caballos sudados.

—No seréis forajidos, ¿verdad? —preguntó el alcalde con su gran capacidad de deducción.

—¿Tenemos acaso pinta de pistoleros? ¿Nos veis acaso portar armas? ¿O es que no sabéis leer lo que pone en el carro, señor? —contestó el hombre de espaldas anchas y bigote fino en tono irónico.

—No le haga caso —dijo un hombre menudo que salió de detrás del anterior—. Mi amigo es todo fuerza y bravuconería. Por eso le llaman el hombre forzudo. No, no somos delincuentes, y no nos escondemos de la justicia. Somos artistas. Artistas de circo. Y nos gustaría establecernos, y por supuesto actuar, en esta ciudad durante unos días, ya que hemos atravesado todo un desierto para llegar hasta aquí.

Un ¡ohhh! de asombro a muchas voces se oyó proveniente de la muchedumbre. Incluso hubo quien aplaudió de alegría. Era el pequeño Lewis, repeinado y embutido en un traje oscuro que picaba un montón y unos zapatos que le venían estrechos.

—Pero hoy es domingo —se quejó repentinamente el pastor, cortando toda esperanza—. Hoy no puede haber ni actuaciones, ni bailes, ni nada pecaminoso. Hoy es el día del Señor. Un día de recogimiento y arrepentimiento.

—No se preocupe, buen hombre —dijo el bajito—. Tenemos que montar nuestro campamento y no estaremos listos hasta mañana.

—Pero es que esta buena gente vive en paz, y no queremos que foráneos ruidosos se entrometan…

—¡Sed bienvenidos a nuestra comunidad! —de pronto la voz gruesa del alcalde que, jadeante, se abría paso entre la gente cortó el discurso del pastor—. Yo, Rolan Edmund, alcalde de la próspera ciudad de Statonsville, os invito a quedaros.

El pastor, apretando los dientes, hizo una reverencia y, tirando del brazo de Lewis, se retiró en silencio, llevándose el niño a empujones mientras el alcalde se giraba hacia los ciudadanos y, recuperado ya el resuello, gritaba con todas sus fuerzas:

—Habitantes de Statonsville, ¡el circo ha llegado a la ciudad!

Una gran ovación siguió a las palabras del alcalde.

Ilustración de Paloma Muñoz

El domingo transcurrió como cualquier otro domingo normal, salvo el ruido de fondo de los martillazos y las divertidas canciones que los habitantes escuchaban desde sus casas y que los distraían de sus rezos y plegarias.

Joe era el único que vio cómo se armaban la gran tienda de circo, la de las actuaciones, seguida de otras dos más pequeñas, una totalmente oscura, la de la galería de los monstruos y otra que haría las veces de camerino y de vivienda. También era el único que no iba a misa nunca, y que trabajaba los domingos, a pesar de las muchas recriminaciones que le hacía el pastor.

“No eres un buen cristiano, Joe, y ya estás muy mayor. Deberías pensar en el futuro y hacer un acto de contrición si quieres que el Señor te reciba en su seno celestial cuando mueras. Y deberías empezar por acudir a los servicios los domingos”, le había dicho la última vez que se encontraron en plena calle. A lo que Joe le contestó después de escupir al suelo: “Cuando muera no quiero ir al cielo; está plagado de beatos como tú”. Después de eso el pastor decidió dejarle en paz, pero solamente por un tiempo antes de encontrar una nueva ocasión para restregarle la Biblia y los Mandamientos (siempre lo hacía).

Ese día Joe gozaba de ese breve espacio de tiempo en el que el reverendo lo dejaba en paz, así que ese día se lo pasó colaborando con los artistas y ayudándoles en el montaje de sus tiendas sin más preocupación. Mientras lo hacía, se imaginaba qué cara pondría el pastor si lo pillaba de acá para allá, hablando con un equilibrista que negaba la existencia de Dios, o con la mujer barbuda, que era la prueba viviente de los errores de su plan divino. Pero eso no ocurriría, porque el pastor no saldría de su casa en domingo, tal como exigen las Escrituras, ni aunque ésta estuviera ardiendo.

En cambio, el lunes a primera hora de la mañana la ciudad ya bullía de movimiento y una larga cola se apostaba a la puerta de la carpa principal con las entradas en las manos. Algunos decían haber estado ahí desde el alba, otros contaban que habían pasado la noche entera a la intemperie, porque querían tener un buen asiento. Y uno de ellos, el primero de la fila, aseguró que tuvo que llamar a todas las puertas, carromato a carromato, para encontrar al que le vendiera el primer tique. La historia debía de ser cierta, porque el pobre hombre de las entradas estaba sentado en una silla al lado de la puerta, custodiándola, y bostezando sin parar. Solamente parecía despejarse cuando tenía que convencer a los más rezagados de que la actuación del día ya estaba completa, que ya no le quedaban entradas y debían intentarlo al día siguiente.

Casi al mediodía, cuando solamente faltaban cinco minutos para que se abrieran las cortinas y el público pudiera acceder al recinto, llegó el alcalde con su esposa, tan oronda como él. Avanzaban sin miramientos ni pudor por el lado izquierdo de la cola, saludando y sonriendo a los ciudadanos, que veían con indignación (y las piernas cansadas de tanta espera) cómo se colaban. Llegaron hasta la puerta sonrientes y pagados de sí mismos, y el hombre de las entradas, tras hacerles una reverencia, les dejó pasar sin más, cerrando de nuevo el cortinaje ante las quejas del público impaciente.

Media hora más tarde, cuando por fin la gente pudo entrar, se encontró con el alcalde sentado en la parte central de la primera fila, justo delante de la tarima cuadrada que hacía las veces de escenario, ocupando dos asientos. Otros dos más los ocupaba su esposa. Así que los primeros de la fila fueron sentándose a su alrededor, por considerar que si esos asientos eran buenos para el alcalde también lo serían para ellos.

Cuando el circo se hubo llenado, antes de empezar la actuación, el alcalde miró alrededor en busca de su archienemigo. No había ni rastro del pastor, que ni se interesó por el espectáculo ni permitió que su hijo Lewis se acercara a él. Tampoco había rastro del viejo Joe.

Lo cierto es que mientras el pastor se recogió en su iglesia y, a modo de autosacrificio, se dedicaba a orar por las almas de todos los que habían acudido a ver el inmundo espectáculo pagano e inspirado por el mismísimo demonio, su hijo Lewis aprovechaba el momento en que la ingenua de su madre salió a lavar la colada al río para abrir el tarro de las monedas y coger prestadas unas cuantas (y unas cuantas más por si acaso), antes de escabullirse en dirección al circo.

—No puedes entrar. La actuación ha empezado y podrías provocar un accidente.

—Pero mira —le dijo Lewis al hombre de las entradas—. Tengo todo este dinero.

—Si quieres, puedes pagar la entrada para ver la galería de los monstruos. Son tres peniques solamente, y ya hay unos cuantos críos como tú dentro.

—¿Pero son monstruos de verdad?

—Niño, en el circo todo lo que ves es verdad —le contestó el hombre de forma suspicaz.

—Pues entonces dame una entrada.

En la oscuridad de la tienda, alumbrada solamente por unas pocas luces, un farolillo por acá, una vela por allá, Lewis fue siguiendo en la penumbra el pasillo creado con una empalizada de madera hasta llegar a un pequeño recinto circular en el que se podía ver a un hombre acostado de piel escamosa y piernas deformes, como a medio hacer. “El hombre serpiente” rezaba el cartel.

—Joer, ¡pero mira que eres feo! —gritó el niño sin pudor. Al instante se oyeron unas risitas lejanas.

—Lewis, ¿eres tú? —dijo una voz infantil.

—Sí, chicos, ¿dónde estáis?

—Aquí, con la mujer barbuda. ¿Y tú?

—Yo estoy con el hombre serpiente, que más que el hombre serpiente debería llamarse el hombre moco, porque da asco. —Tras esas palabras se oyeron un par de carcajadas claras entre un murmullo de risitas.

—Vente para acá, sigue el camino, para por delante del gigante y el enano y sigue adelante. En la siguiente parada estamos nosotros.

Lewis corrió por el pasillo serpenteante. Tal como le habían anunciado, pasó por delante de un hombre al que despreció por no ser mucho más alto que su padre y luego, a unos metros de allí, por delante de un enano deforme al que le pidió que hiciera el mono y al que le ofreció el trabajo de ser su mascota personal. Enseguida llegó a donde estaban sus amigos y pudo echar su mirada a la horrorosa mujer barbuda, una vieja gorda a la que le faltaban algunos dientes y que lucía una prominente barba gris que le llegaba hasta el vestido de flores. Evidentemente, Lewis no escatimo en los insultos y desprecios:

—¡Pareces un hombre con vestido! ¡Vaya adefesio! No me extraña que estés en un circo… ¡eres un monstruo! ¡Un verdadero monstruo! Seguro que tu madre te abandonó al nacer porque… ¡Ay!

De pronto, desde la oscuridad remota de la tienda había aparecido una mano vieja y nudosa que había atrapado la oreja de Lewis y tiraba de ella con ganas. Era la mano del viejo Joe.

—Lo siento, Betty. ¿Quieres que los eche a patadas?

—No, tranquilo, Joe —le contestó la mujer barbuda—. Estoy más que acostumbrada a todo tipo de comentarios, no me hacen daño. Acércame al muchacho, que lo vea bien.

Joe, tirando de la oreja del niño, abrió una pequeña portezuela disimulada en la pequeña valla y lo llevó hasta ella. Cuando se levantó de su silla resultaba que era una mujer enorme, mucho más corpulenta de lo que parecía en un principio.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Lewis —contestó el niño.

—¿Dónde te has dejado la educación? —le preguntó Joe mientras le daba otro tirón de oreja.

—¡Ay! Lewis. Me llamo Lewis, señor… digo señora.

—Bien, puedes soltarlo, Joe. Y tú, rubito, acércate y mírame bien. ¿Ves bien mi barba? ¿Ves bien mi talla? ¿Ves mi cara? ¡Mírame bien! Porque de entre los dos yo no soy el monstruo, el monstruo eres tú. —Lewis no cabía de asombro y no supo cómo reaccionar, así que se limitó a mirar al suelo—. Sí, tú, con tu pelito rubio y con tu carita de no haber roto nunca un plato. Porque tú eres precioso por fuera, pero feo por dentro. Pero a mí el envoltorio no me engaña. He conocido a demasiados niñatos malcriados como tú, que sois pura maldad e ignorancia. Y ¿sabes qué? Que dais pena. Tú das pena, porque eres un monstruo y ni siquiera lo sabes. Así que lárgate de mi vista, ¡largo! ¡Y llévate a tus patéticos amigos!

Lewis corrió tan rápido que ni siquiera vio si sus amigos le seguían o no. Y mientras corría las lágrimas empezaron a brotar y no pararon hasta que llegó a la iglesia, en donde encontró a su padre de rodillas ante el crucifijo.

—¡Papá, papá!

—Por Dios, ¿qué pasa, hijo?

—Lo siento, he ido al circo y allí… allí una mujer gorda y barbuda me… me ha llamado monstruo… a mí.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que el circo sólo traería problemas a esta ciudad! Pero voy a solucionarlo enseguida.

—¿Qué harás? —preguntó Lewis entre lágrimas.

—Lo que debería haber hecho desde un principio.

Una sonrisa se dibujó en la cara empañada de lágrimas mientras su padre, en un acto de furia (que posteriormente él calificaría de justicia divina), salió corriendo de la iglesia.

Cuando llegó delante de la carpa estaba tan enfurecido que sin mediar palabra le propinó un guantazo al hombre de las entradas cuando éste intentó impedirle el paso. Abrió el pesado cortinaje que hacía las veces de puerta y vociferó a la sala repleta de gente:

—¡Basura! ¿Qué demonios le habéis hecho a mi hijo, malditos hijos de Satanás?

Con tan mala suerte que sus palabras despistaron al equilibrista que se mantenía sobre un solo pie en la cuerda floja que en todo lo alto cruzaba de la carpa de lado a lado y que, por muchos aspavientos que hizo con los brazos para recuperar el equilibrio, no lo consiguió. Su pie se resbaló hacia su derecha saliendo del apoyo de la cuerda. Un grito a muchas voces sonó mientras el hombre se precipitaba al vacío desde una altura considerable hasta los asientos centrales de la carpa. Muchas personas del público reaccionaron levantándose de sus asientos de inmediato, entre ellos la mujer del alcalde. No lo hizo así el señor alcalde, que dormía placenteramente en otra de sus siestas matutinas. Por fortuna, su gran cuerpo amorfo amortiguó la caída del artista, que salió ileso del accidente. No le ocurrió lo mismo al alcalde que, según el diagnóstico del doctor (que estaba presente en la sala y disfrutando del espectáculo como un niño con zapatos nuevos) casi muere por aplastamiento.

La noticia voló por la ciudad como la pólvora y en cuestión de horas todas las esquinas estaban atestadas de gente comentando el suceso. “Es culpa del circo”, afirmaba uno. “Nunca debieron venir”, contestaba otro. Y acto seguido se santiguaban y alzaban sus miradas al cielo.

Aquella misma tarde todo el mundo encontró algún recado por hacer que le servía como excusa para salir a la calle y averiguar más detalles de lo ocurrido, con una curiosidad morbosa. Algunos merodeaban disimuladamente y se hacían los encontradizos con aquellos de los que pensaban que habían asistido al espectáculo; otros directamente iban preguntando: “¿Sabes algo? ¿Estabas allí? ¿Sabes qué ocurrió?”; e incluso hubo algunos que se encontraron indispuestos y aprovecharon su visita al doctor para que les contara de primera mano lo sucedido. Pero ni un solo feligrés acudió a la iglesia, en donde les esperaba el pastor con las puertas y las manos abiertas, y que terminó cerrándolas de un golpetazo.

Al día siguiente el alcalde malherido y el pastor herido en su orgullo se miraron a los ojos y asintieron a la vez. No hacían falta las palabras. Acababan de establecer una tregua silenciosa.

Todo el mundo fue convocado a las puertas de la iglesia y allí, con el pastor a su diestra, el alcalde les habló:

—Ciudadanos de Statonsville, ya habéis visto lo que ha ocurrido. Nos hemos equivocado. Yo me he equivocado. Debimos hacer caso del pastor, que en su buen hacer por la comunidad ya sospechaba que la mano del Demonio se escondía tras las gentes paganas del circo. Él, de forma juiciosa, e inspirado por el Altísimo, intentó avisarnos, pero no le escuchamos. Pero ahora sí le vamos a oír.

La muchedumbre empezó a ovacionar al pastor que, con las palmas de la mano en alto, como símbolo de una humildad mal disimulada, se dirigió a su comunidad.

—Hermanos, el Maligno se esconde tras muchas formas y colores para deslumbrarnos. Y esas gentes paganas del circo son su instrumento. Y nos han deslumbrado con sus acrobacias y sus aires paganos. Pero yo os digo que son unos monstruos —al oír esa palabra el pequeño Lewis aplaudió con ganas y su aplauso fue seguido por muchos otros—, unos engendros de la Naturaleza que hay que echar del reino de Dios. Así que os digo ¡alcémonos y echémoslos de de nuestra comunidad! ¡Que se vayan al infierno del que provienen!

La multitud exaltada estalló en gritos que proferían a los cuatro vientos:

—¡Sí, sí, que se vayan!

—¡Quememos sus carpas!

—¡Hagámosles…!

—No, hermanos, no. ¡Silencio! ¿Somos o no somos buenos cristianos? ¿Somos o no somos gente de bien? ¡Dejémosles irse en paz! ¡Démosles un día para recoger sus cosas y que se vayan!

Mientras todo esto ocurría, el viejo Joe, en una esquina de la plaza, se limitó a escupir al suelo y a murmurar entre dientes:

—Menuda panda de catetos.

Nadie le oyó, ocupados como estaban en vitorear tanto al alcalde como al pastor, antiguos enemigos acérrimos y ahora estrechamente unidos por una misma causa.

El martes se llenó de ruidos de martillazos, de tablones al caer y de las mismas canciones divertidas que se habían escuchado la tarde del domingo. El viejo Joe se despidió de los feriantes uno por uno, dándoles un cálido abrazo a cada uno de ellos. Ningún habitante de Stantonsville lo vio, porque los que no estaban recluidos en sus casas lo estaban en la iglesia, con las rodillas hincadas en el duro suelo y pidiéndole clemencia a Dios todopoderoso, para regocijo del pastor, que había recuperado el control sobre su rebaño.

Pero el control duró solamente hasta que, por la tarde, el crujir de muchas carretas a la vez y el relinchar de varios caballos se unieron a los “arres”, en un signo claro de que el circo emprendía su marcha. Entonces los ciudadanos abandonaron sus escondrijos a todo correr, dejando los hogares y la iglesia vacíos. Querían ver cómo el culpable de todos sus males desaparecía de sus vidas. Por supuesto el pastor, que encontró este comportamiento indigno de buenos cristianos, corrió tras ellos, no para ver qué ocurría, sino para abochornarles por increpar y escupir a los feriantes (aunque a él, en el fondo, esa situación lo convirtió en el hombre más feliz sobre la tierra).

Por supuesto, el alcalde fue el último que se unió al grupo y lo hizo cuando el circo ya había emprendido su marcha. El pobre estaba sin resuello, cojeando y maltrecho, y se apoyaba en el hombro de su rolliza mujer.

Nadie vio ni rastro del viejo Joe, que estaba desaparecido y que seguiría desaparecido por mucho tiempo más.

Cuando el día tocaba ya a su fin y la retahíla de carretas coloradas se alejaba al galope de la ciudad dejando tras de sí una estela de polvo rojizo a la luz del sol crepuscular los corazones de las buenas y cristianas gentes de Statonsville por fin se sintieron liberados y en paz. Cuando ya sólo eran un hilo negro zigzagueante bajo una nube de polvo que desaparecía en el horizonte desértico para no volver, no cabían en sí de gozo.

Olga Besolí
Marzo 2018

En el armario

Autor@: 

Ilustrador@: Jesús Rodríguez

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Jesús Rodriguez Redondo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

En el armario.

Primero fue el fuerte olor a rosas que invadió su habitación. Lilith lo dejó pasar a regañadientes, aun a sabiendas de quien había podido ser el único culpable. Pero no podía hacer nada al respecto, estaba alertada de que si armaba un nuevo alboroto antes de finalizar el curso, amonestada como estaba por sus notas mediocres, se pasaría todas las vacaciones en un maldito campamento. Y ella odiaba especialmente los campamentos de verano.

Claro que había muchas cosas que Lilith odiaba, algunas de ellas  especialmente —aparte, por supuesto, de la compañía, los exámenes, los profesores, los alumnos y el instituto en general; de las especias, entre las que destacaban el ajo y la cebolla ¡puagg!; de todos los colores que no fueran el negro, que en realidad no es un color; de toda la música que no fuera gótica, porque fuera de la música gótica todo lo demás podía considerarse ruido; de la alegría, de las flores, de la luz, del sol y de todas las demás cosas ñoñas de este mundo— y de entre todas ellas, la que más odiaba eran los campamentos. Tanto que en su lista personal de las cosas más nefastas e insoportables ocupaba un puesto por encima de su odioso hermano pequeño Nosfe, que, según ella, era el ser más molestoso e inútil que la tierra había tenido la desgracia de conocer.

Además, él era el culpable de todos sus males, entre ellos el pestazo a flores que había inundado su habitación. Pero no podía cargar contra él con toda su furia, como le habría gustado, porque si la pillaban en otra movida más, esta vez sí que se la cargaba de verdad.

Eso no la persuadió de propinarle una soberana colleja mientras bajaban la escalinata en dirección al salón.

—¡Ay!

—Eso por gilipollas, enano.

—¡Mamá! ¡Mamá!

—¿Qué pasa aquí?

—Llilith me ha pegado.

—No es verdad.

—Sí, sí lo ha hecho.

—No, no lo he hecho. Y él ha entrado en mi habitación.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

—Mentirosa.

—Mentiroso tú.

—¡Basta los dos! —La voz profunda de su padre era autoritaria y no daba opción a réplicas, así que se hizo un silencio sepulcral que duró horas.

La velada pasó lenta y mortalmente aburrida como cualquier otra comida en familia y Lilith se escabulló a su guarida en cuanto tuvo ocasión. Allí era el único lugar donde se sentía relajada y a gusto, sola y a su rollo, porque su cuarto era su templo sagrado, donde nadie osaba poner un pie. Pero al abrir la puerta que se atrancó como de costumbre, vio algo diferente que la dejó petrificada.

Eso fue lo segundo que le hizo aquel día y esta vez ya no pudo dejarlo pasar. Toda la furia contenida se desató y tras arrancar de un manotazo el letrero de “si entras aquí, atente a las consecuencias” de la puerta de su habitación, voló hasta la de su hermano.

Como siempre, la había dejado abierta. Como siempre, el alelado estaba al ordenador, con los cascos puestos y de espaldas a la puerta. Como siempre, ni se enteró de que ella estaba allí, detrás de él. Podría haberlo estrangulado en ese momento, o pegarle un hachazo en la cabeza, pero ni tenía una hacha ni ganas de que la metieran en un correccional. Así que optó por lo fácil, que fue tirarle el cartel metálico afinando la puntería. Le acertó de lleno en el cogote.

—¡Ay! ¿Pero qué…?

—Lee lo que dice, so bobo.

—¿Pero por qué me tiras cosas? ¿Qué haces aquí? ¡Vete!

Ella cogió el cartel del suelo y mientras le sujetaba la cabeza con la otra mano, se lo puso delante del teclado.

—He dicho que leas lo que pone, atontao.

—Ya sé lo que pone. Es el cartel de tu cuarto. Y déjame en paz o llamaré a mamá.

—Tú no vas a llamar a nadie. ¿Por qué has entrado en mi habitación?

—¿Qué? ¿Te has vuelto loca?

—Pues si no has sido tú, ya me dirás quién ha sido.

—Y yo qué sé. ¿Para qué iba yo a entrar en tu cuarto?

—Para lo de siempre. Para husmear en mi armario.

—Sí, claro, como que a mí tus cosas me importan un ajo.

—No lo niegues, mamón, que he encontrado la puerta abierta de mi armario.

—¿Y por qué tengo que haber sido yo, eh? ¿Por qué no puede haber sido mamá? ¿O papá? ¿O el abuelo?

—Porque yo soy la única que tiene la llave del armario y mira… ¿la ves? Sigue aquí, colgada de mi cuello.

—¿Y cómo se supone que la he abierto yo entonces? ¿Por arte de magia?

—Ni lo sé ni me importa. Pero te lo advierto, pedazo de trol, como vuelvas a entrometerte en mis cosas o asomes la cabeza por mi cuarto, te la cortaré, ¿entendido? Ah, y como te pille con la mierda esa de spray, te la cargas.

—¿Pero de qué spray…?

Ya no quiso oír más. Con esa amenaza y un portazo Lilith se largó victoriosa a su cuarto, convencida de haberle demostrado al mocoso de su hermano quién mandaba allí.

Pero la tranquilidad duró poco. Fue acostarse e inmediatamente la puerta del armario chirrió quedamente, abriéndose un pelín más. A Lilith le pareció escuchar un sonido lejano de algún tipo de música, una musiquilla rítmica, algo parecido al… ¿pop? El corazón se le desbocó y la hizo levantarse de un salto para abalanzarse sobre el armario. Cerró su puerta de golpe y, mientras la empujaba con su cuerpo, giró la llave que volvió a colgarse del cuello. Permaneció así un rato, con la espalda todavía apoyada contra la puerta del armario, el tiempo suficiente para que se le quitara ese ritmo infernal y pegadizo de la cabeza y se le pasara el susto.

Después volvió a acostarse, pero se quedó con los ojos abiertos de par en par, mirando fijamente la puerta del armario. Entonces lo oyó. Primero empezaron los susurros, luego las risitas agudas, como si algún tipo de monstruo histriónico dejara oír su voz chillona a través de la vieja madera de la puerta. Luego sonó un ¡clic! y la cerradura giró sin llave alguna. Más susurros y ruidos de fondo acompañaron el chirriar de la pesada puerta oscura al abrirse de nuevo y un cegador destello de luz rosada inundó la habitación.

Lilith no pudo soportarlo y se tapó completamente. Eso hizo que se sintiera un poco más segura, más a salvo. Entonces volvió a oler la pestilencia a rosas y no pudo más que gritar con todas sus fuerzas. El aullido desgarrador que emitió se entremezcló con una serie de estridentes chillidos que casi la dejan sorda, al tiempo que los crujidos de la escalinata le anunciaban que su padre iba al rescate y ya estaba en camino.

Cuando Vlad abrió la tapa del ataúd de su hija se la encontró despierta, temblorosa y encogida, con la fría piel sudada y el cabello negro pegajoso por el sofoco.

—¿Qué ocurre, mi pequeña? —Aunque Lilith era ya toda una adolescente de carácter beligerante, para Vlad siempre sería su pequeña. Y aunque Lilith odiaba que la tratasen como una niña, esta vez no le importó y se abrazó a su padre—. Dime, ¿has tenido una pesadilla?

—¡No! ¡Hay un monstruo en mi armario! —gritó sin querer mirar en esa dirección.

—Pero eso no puede ser. Los monstruos no existen.

—¡Que sí, papá! ¡Que lo he visto!

— ¿Ah, sí?  ¿Y cómo es, si puede saberse?

—Pues… yo… yo…. es que estaba oscuro… pero lo sentí…y… y…. apestaba.

—Ya…

—Te lo juro. Es verdad.

—Vale, vale, de acuerdo.

—¿No me crees?

—Hay una forma de averiguarlo. ¡Abramos el armario!

—No, espera.

—¿Y ahora qué ocurre?

—Es que… ya estaba abierto.

—¡Qué curioso! Pues ahora está cerrado y cuando lo abres…

Cuando Vlad giró el pomo del armario, como era natural, no se abrió.

—¿Ves? Está cerrado a cal y canto. ¿Me dejas tu llave un momento?

Ella se levantó de un salto y, con las piernas aún temblorosas, se acercó cuanto pudo para alargarle la cadena de la que pendía la llave.

—¿No quieres abrirla tú misma?

—No. Hazlo tú.

—¿Estás segura? Sé cuánto te molesta que toquen tus cosas…

—Eso no importa ahora. Ábrela y verás.

Al girar la llave Vlad notó una ráfaga repentina de aire ascendente. Era Lilith que se había refugiado tras la lámpara de araña. La puerta cedió emitiendo un largo chirrido y el armario mostró su contenido: un millar de prendas de color negro acompañadas de unas piezas sueltas color sangre, y abajo, entre los zapatos de punta y las botas de cuero, una par de cajas que contenían sus secretos más íntimos: su diario, pruebas de su última borrachera de sangría con amigos, su kit de maquillaje, su carnet falso, su protección solar… Nada más. Ni luz. Ni olor a rosas. Ni susurros. Ni voces. Ni ruidos. Ni monstruos.

Fue entonces cuando Nosfe asomó la cabeza y, sorprendido de que nadie se la rebanase, se aventuró a dejar pasar todo su cuerpo en la habitación. Cuando la pilló suspendida del techo, agarrada todavía de la lámpara, todo su orgullo vampírico se hizo añicos y la victoria que había conseguido sobre él hacia unos instantes se fue al traste. Mientras, Nosfe aprovechaba su ocasión y, henchido de satisfacción, preguntaba:

—¿Qué ha pasado aquí? He oído gritos.

—Nada, Nosferatu, no ha ocurrido nada —contestó Vlad quitándole importancia y cerrando la puerta del armario tras de sí—. Tu hermana, que ha tenido una pesadilla. Vete a dormir.

—¡Uhhhh! Miedica, eres una miedica, siempre lo he sabido —dijo apuntando a la araña en donde aún colgaba su hermana—. Esta noche en la excursión del cole a la villa se lo contaré a todos.

Lilith en ese momento quiso matarlo y se deslizó de su escondite para hacerlo, pero Nosfe voló a su habitación, huyendo de ella como la rata que era.

—Bueno, esto ya está solucionado —dijo su padre devolviéndole la llave a Lilith—. Y tú también deberías tratar de dormir un poco. Ya es mediodía y tienes que descansar o si no en el instituto… ¿No te toca el examen ese de cambio de forma?

—Sí, papá. Y se llama transfiguración. Pero ya me lo sé. Está mordido.

—Pues entonces acuéstate y punto —dijo dirigiéndose a la puerta.

—¿Pero y si…?

—¿Si qué?

—Nada, da igual. Estaré bien… —El quejido de la puerta de la habitación al cerrarse la interrumpió—. O eso creo.

Cuando Lilith se quedó sola de nuevo, lo primero que hizo fue tratar de calmar sus nervios. Luego puso una silla atrancada en la puerta del armario, a modo de barrera. Tras eso miró debajo de su ataúd, pero lo único que salió de allí fue la vieja Peste, su rata, que movió los bigotes y se dejó acariciar antes de buscar otro escondrijo donde meterse. Ya sintiéndose un poco más a salvo, decidió echar un rápido vistazo a su alrededor, y la normal apariencia lúgubre de su habitación terminó por tranquilizarla.

Cuando ya casi estaba a punto de olvidar lo sucedido, se metió de nuevo en su ataúd, arregló un poco el acolchado rojo y entonces lo vio, allí, al lado de la puerta del armario, justo debajo del pesado y polvoriento cortinaje que tapaba la mortífera luz del sol, que de otro modo se colaría por el gran ventanal y la convertiría en cenizas. Allí estaba la prueba de que los monstruos existían y de que uno de ellos vivía en su armario. Allí mismo lo tenía, en su cuarto, y su visión le causó verdadero pavor, revolviéndole el estómago y produciéndole arcadas: una pequeña y delicada zapatilla de ir por casa afelpada de color rosa palo y con brillantitos fucsias en forma de mariposas.

Ilustración de Jesús Rodriguez

Olga Besolí
Enero 2018

El último superviviente

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating:+ 13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El último superviviente.

 El último superviviente de su especie proyectaba una sombra oscura sobre el blanco impoluto a medida que avanzaba hacia las sempiternas tierras nevadas del sur. No era casualidad que se dirigiese en dirección contraria a donde apunta la aguja de la brújula. Huía. Lejos, muy lejos, todo lo lejos que le llevaran sus miembros doloridos y su cuerpo lacerado. Y en su huida había cruzado tierras y mares en busca del único continente que su enemigo nunca dominaría. Nunca traería sus pertenencias a un lugar yermo como ese, ni establecería sus castillos, ni sus poblados. Allí no había pastos donde sembrar, ganados que criar o territorios que defender, solamente el infinito y llano horizonte salpicado por unas pocas montañas cubiertas de nieves eternas. El constante frío glaciar y la ventisca acabarían con cualquier persona que se atreviese a poner un pie sobre aquellas tierras inhóspitas, atravesando sin dificultad la barrera de su fina piel lampiña para convertirlo en una estatua de hielo en cuestión de horas. Eso si los icebergs de las aguas heladas no destrozaban sus embarcaciones de madera unas cuantas leguas antes de tocar tierra y las armaduras que portaban no los hundían hasta el fondo oceánico.
Desde el aire, y con el sol a la cola, el blanco del suelo resplandecía y ofrecía la visión de un paraje ideal y bucólico, idóneo para morir. Quizás por eso nadie le seguía ya su rastro. O tal vez fuera por aquel pavor ancestral que dominaba tanto a reyes como vasallos frente a lo desconocido y que los llevaba a destruirlo todo. Generación tras generación los humanos habían atacado a los suyos, persiguiéndolos, masacrándolos, extinguiéndolos.
Por eso se habían inventado una montaña de leyendas y fábulas sobre tierras nevadas como aquellas y sus monstruosos habitantes. Por el miedo. Un miedo irrefrenable que se apoderaba de ellos y los obligaba a matarse, también, entre ellos: por temor a los robos, a la hambruna, a la pérdida de poder. Un miedo que heredaban de sus ancestros y transmitían a sus descendientes, insólito y poderoso que dominaba sus vidas. Nunca se aventurarían hasta allí, ni siquiera para perseguirlo a él, al que odiaban a muerte y achacaban todas sus desgracias y males. No, no lo harían ni aunque no estuviese herido de muerte.
Miró de soslayo la lanza que llevaba clavada en el costado y con ese imperceptible vaivén su vuelo se volvió inestable. Tuvo que esforzarse por equilibrar sus alas. La herida sangraba abundantemente y la punta de la lanza le provocaba pequeños desgarros a cada movimiento de batida de alas, acompañados de un dolor punzante y agudo, en una especie de quemazón totalmente diferente a la del fuego, que siempre acostumbraba a ser un picor agradable y placentero que le nacía en el fondo la garganta.
Y esa picazón era mucho más placentera cuando se trataba de escupir fuego ardiente para arrasar ese maldito reino empeñado en destruirlos a todos. ¡Cómo había disfrutado con aquello! Verlos a todos esos hombres diminutos e indefensos, que hacía un segundo estaban armando esos artilugios de madera y metal construidos expresamente para matarlo a él y a sus semejantes, convertidos en una pira ardiente, fue un alivio. No es que fuera especialmente cruel, pero la muerte en sus manos de toda su prole le dio la fuerza suficiente para entender que no había escapatoria a la muerte, que era su vida o la de ellos, hasta que sintió esa punzada fría en su costado y se dio cuenta de que el precio a pagar sería la vida de todos. Mientras su aliento ardiente arrasaba a todos los humanos del frente y sus artilugios, otro grupo de hombres que había permanecido oculto lo atacó desde el flanco derecho, y aunque los destripó con sus garras en un giro de vuelo rasante, al sentir la lanzada, tuvo que alzar el vuelo y emprender la huida, no de la muerte, sino de aquel lugar maldito.
No moriría allí, en medio de los pastos bajo el castillo, para que su cuerpo yaciese entre un puñado de hombres malheridos y una multitud de cadáveres humanos. O para que un rey cobarde, como todos los reyes, que había enviado a todos sus hombres a luchar contra una muerte segura mientras él se refugiaba bajo la seguridad de las paredes de palacio, saliera de su escondrijo ahora que ya no había peligro alguno y se hiciera un trofeo con su cabeza, como un cazador diestro. No permitiría que sus juglares inventaran gestas de cómo ese rey venció al dragón y creó un reino próspero. Nunca dejaría que eso sucediese. Antes preferiría morir en solitario, lejos de su depredador, y que las nieves vírgenes que nunca fueron pisadas por un humano engullesen su cuerpo sin vida.
Un pequeño vahído le nubló la vista. Temió perder el sentido antes de tocar suelo y en una grácil maniobra posó sus garras afiladas sobre el terreno frío. El reflejo de la luz del sol sobre su piel escamosa avivaba sus colores: azul cobalto, amarillo ocre y verde botella. Pero pronto la paleta blanca sobre la que se asentaba se volvió rojo carmesí; la sangre salía a borbotones de su herida abierta. Tras unos latidos acelerados, su corazón empezó a palpitar más lentamente, ralentizándose. Una sensación de sopor se apoderó de él. Supo que había llegado el momento, su momento. Le fallaron las patas y su cuerpo quedó tendido sobre la nieve, con la cola espinada enroscada a su alrededor. Le empezó a faltar el aliento y, con lo que le quedaba de resuello, abrió sus fauces para escupir fuego una vez más, en círculo, alrededor de sí mismo. La nieve que lo rodeaba se fundió en agua y poco a poco su cuerpo moribundo fue descendiendo hasta las capas más profundas del hielo azulado que cubría el continente de la Antártida.
Su último pensamiento antes de perecer fue que los humanos lo habían conseguido, habían exterminado a la raza de los dragones. Y los maldijo, deseando su propia extinción. Casi inmediatamente unos nubarrones negros y espesos cubrieron el cielo y taparon el sol. La nieve que cayó durante ese día, y durante los muchos que le siguieron, llenó por completo el foso donde yacía el cuerpo muerto del último dragón sobre la tierra, ocultando su existencia durante milenios.

Ilustración de Rafa Mir

Dos mil quinientos años después el último hombre superviviente de la tierra caminaba sin rumbo sobre las eternas nieves que cubrían completamente el planeta. Visto desde la estación espacial, el antiguo planeta azul ahora era totalmente blanco, de un blanco impoluto sin manchas, sin sombras, sin mares y sin tierra. Pero hacía ya siglos que ningunos ojos vigilaban desde la MIR. El proyecto espacial fue uno de los primeros abandonados cuando se produjo la quinta glaciación en la Tierra cientos de años atrás. Por aquel entonces los humanos dejaron de mirar hacia el cielo, demasiado ocupados en intentar salvar su propio planeta y devolver el clima destruido por las emisiones de CO2, la contaminación y el cambio climático provocado por la sociedad de aquel entonces —según decían unos—, o por los caprichos de la naturaleza y los ciclos normales atmosféricos —según decían otros.
Fuera cual fuera la verdadera causa, la civilización que se autodenominaba avanzada, pese a toda su tecnología, había sucumbido al frío extremo que se inició un día y que perduró durante años de interminables nevadas que acabaron por sepultar ciudades y pueblos enteros, montañas y valles, desiertos y mares. Las urbes y poblaciones se convirtieron en cementerios subterráneos de hierro, piedra, madera y cristal donde quedaron atrapados sus habitantes bajo metros y metros de nieve en cuestión de poco tiempo.
Y aunque millones de personas no sucumbieron a la catástrofe, la población se redujo rápidamente en los años siguientes, pues había poco que comer, nada con lo que construir y un frío que calaba hasta los huesos y del que no había escapatoria posible. La enfermedad y el asesinato se llevaron a la mayor parte de los supervivientes. Los pocos que pervivieron, aislados unos de otros por miedo a ser atacados, se convirtieron en vagabundos que avanzaban sin rumbo por la nieve desde hacía siglos y que se resistían a morir, al igual que hicieron los pequeños animales que pronto se acostumbraron a las condiciones extremas. Los humanos no. La esperanza de vida media de un caminante era de unos quince años, tiempo suficiente para crecer, procrear y tener un único hijo, por lo que la población quedaba reducida a la mitad a cada generación que pasaba.
La civilización había desaparecido por completo. Y con ella la costumbre de enterrar a los muertos, que yacían expuestos a la intemperie, eternamente convertidos en pequeñas estatuas de hielo que destacaban sobre la nieve por aquí y por allá, como muñecos de cera de poses y facciones grotescas.
Y con la civilización se perdió también todo atisbo de humanidad. La comunicación dejó de tener sentido y, con la soledad, los humanos perdieron la capacidad del habla. Los conocimientos adquiridos durante milenios fueron quedando olvidados. La única capacidad que quedó intacta y que diferenciaba a los hombres de las bestias era la de caminar erguido, sobre dos piernas, recorriendo milla tras milla, siempre en una única dirección, marcada por las estrellas.
Los hijos seguían la dirección de los padres, que estos habían seguido de sus abuelos. Así, los ancestros del último superviviente habían tomado la Cruz del Sur como guía y, tras quinientos años de generaciones, su último descendiente llegó a un lugar recóndito donde sorprendentemente la capa de nieve era delgada y quebradiza. Nunca había visto un hielo así, frágil y cristalino, que se deshacía en las manos, y dudaba que algún humano lo hubiese visto nunca. Llevaba años andando sin que ninguna estatua humana flanqueara su camino, y hacía ya mucho —no sabía exactamente cuánto, porque la concepción del tiempo se perdió junto con los otros conocimientos— que se había topado con una enorme mole animal de hielo cuyo pelaje blanco se confundía con la nieve. Estaba pisando terreno virgen. Y aunque él no entendía nada, si hubiera tenido una brújula en la mano —o hubiese sabido lo que es una brújula— la aguja se hubiese vuelto loca, pues estaba en el polo sur magnético de la tierra.
Solamente se le ocurrió cavar con sus manos de uñas rotas. Pronto sus dedos ensangrentados tocaron tierra a unos veinte centímetros de profundidad. Cuando sacó un puñado de barro marrón se asustó. Entonces unas nubes que cubrían el cielo se desplazaron y apareció un claro por el que el sol emitía débiles haces de luz que traspasaban la niebla. Él acercó la mano a la luz y su calidez le resultó agradable y diferente a todo lo que había sentido en su vida.
Soltó un gruñido de satisfacción y corrió hacia lo que parecía una montaña escamosa y cuya cobertura de hielo se resquebrajaba por momentos, bajo los rayos solares recién nacidos. Parecía que no llegaba nunca a ella, y se apresuraba más y más. Empezó a notar el calor y a sudar. Se sintió mareado, pero aun así siguió adelante.
Colores que no había visto nunca, un azul intenso manchado de verde y amarillo, cubrían esa forma desconocida y maravillosa que, cuando por fin la tuvo delante, quiso abarcar con su propio cuerpo jadeante y sin resuello, y con los brazos extendidos en un gesto espontáneo. En ese instante el cansancio por el esfuerzo realizado y la inanición durante semanas hicieron mella en su corazón castigado, que fue apagándose y espaciando sus latidos, en un dulce abrazo que le aletargaba los sentidos. Había llegado la hora, su hora. No hubo dolor, sino una calma placentera, como quien ajusta cuentas con sus deudores. Y de ese modo el último superviviente humano sobre la faz de la tierra se durmió en el sueño del que no es posible despertar.

Olga Besolí
Noviembre 2017

¡A por ellos!

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13 años

Este relato es propiedad de Olga Besolí. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¡A por ellos!

—¡No hay de qué tener miedo! —le increpó.

—¡Que no, que me lo dejo y ya está! Estoy harto de tratar con ellos. ¡Son insoportables!

—Pues dicen que el cliente siempre tiene la razón.

—¡Qué fácil es decirlo desde la comodidad del almacén! —le contestó con amargura—. Tú estás aquí a tus anchas, sin tener que vértelas con el cliente. Si yo fuese tú, también llevaría una eternidad en la empresa. Pero no es el caso. Yo trato directamente con él y me expongo a quejas, abusos y demás —dijo tocándose la cicatriz de la oreja—. No, tú no tienes ni idea de cómo está el patio allá afuera. Si lo supieras no me dirías eso.

El encargado del almacén dejó en el estante la caja que llevaba en las manos y, desde arriba de la escalera, lo miró enfadado.

—Oye, sin faltar al respeto, que yo no siempre he trabajado en el almacén. Este, amigo mío, es un privilegio que se gana con la edad. Empecé en la empresa en atención al cliente, como tú. Y tengo que reconocer que a mí me gustaba. O eso creo recordar.

Y dicho esto se atusó el bigote y empezó su lento descenso por la escalera de mano. Ya a pie de tierra abrazó a su joven amigo y se lo llevó a la vieja mesa que les esperaba con sus dos sillas carcomidas. Un suculento surtido de quesos destacaba a modo de centro.

—Vamos, al menos come algo.

El joven royó un trocito de parmesano sin hambre. Su cabeza era un torbellino de sensaciones mezcladas de angustia, pavor, impotencia y arrepentimiento. Las imágenes de lo sucedido lo perseguían como sombras y se introducían en sus sueños. Cuando una gota de sudor frío cayó sobre su plato, intentó huir de sus propios pensamientos.

—Y si el trabajo en atención al cliente era tan bueno, ¿por qué lo dejaste? —dijo, arrepintiéndose casi de inmediato del tono utilizado.

El otro casi se atragantó por la inesperada pregunta. Escupió una pequeña bola de mozzarella y respondió:

—Yo no he dicho que fuera un trabajo bueno, el trato con el cliente nunca lo es, y soy consciente de que el turno de noche tiene sus riesgos como todo, pero de eso a ponerse a temblar cada vez que atisbas a un cliente a la distancia hay un abismo. Claro, que yo no he pasado por lo que tú.

—No, claro que no.

—En mis tiempos los jóvenes éramos unos atrevidos, no le temíamos a nada. O quizás era inconsciencia, no lo sé. Pero cumplíamos la labor que nos encomendaran sin quejas, fuera cual fuera.

—Pero ¿por qué lo dejaste?

—Y no lo dejé. Si quieres saber la verdad, un día me trasladaron aquí sin darme explicaciones. Fue como una especie de prejubilación, o reubicación, o algo así. Tampoco es que sea muy importante cómo los jefazos le llamen a esto. La cuestión es que me retiraron del público y me metieron aquí, en este almacén. Supongo que por culpa de todo eso del marketing y de la imagen corporativa. Yo ya soy perro viejo y barrigón, y para la calle necesitan jóvenes apuestos que den la cara.

—Para que se la partan. ¡Si vieses cuánta agresividad hay! A la que te descuidas te dan con la puerta en las narices, o peor. Incluso se cuenta por ahí que hubo uno al que atacaron a escobazos. Tuvo que ir al hospital, todo magullado.

—Eso es una leyenda urbana. No te creas todos los rumores que circulan por ahí. Además, por cada cliente descontento hay cien que quedan satisfechos. Y también depende de la gracia y agilidad de cada uno. No todos valen para el puesto. Yo, sin ir más lejos, nunca tuve un enfrentamiento con ningún cliente, y mira que de visitas a domicilio, en los quince años que estuve en tu puesto, hice unas cuantas…

—¿Nunca?

—¡Nunca! Pero come, que te hará bien.

—Es que no tengo hambre. Pues en los seis meses que llevo en la empresa ya he tenido tres encontronazos. Y en dos he tenido que salir por patas. El tercero, bueno, ya sabes lo que sucedió. La clientela se ha vuelto agresiva y maleducada, se cree que tiene la razón en todo y está acostumbrada a exigir que las cosas se hagan a su manera y no según las normas de la empresa. Y lo malo es que suele salirse con la suya. No escucha y no se puede hablar con ella. Y así no hay quien trabaje.

—Quizá llevas un poco de razón. En mis tiempos todo era más tranquilo y el cliente confiaba en ti, se dejaba hacer y con eso obtenía más de lo que quería ¡y todos contentos! Ellos salía ganando y la empresa también. No eran tan ambiciosos como ahora.

—¿Ambiciosos? ¡Ambiciosos es poco! ¿Cuántas quejas ha habido al día siguiente de la entrega? ¿Cuántas devoluciones? ¿Cuántas reclamaciones de dinero?

—Muchas, supongo.

—Exactamente doce mil trescientas catorce en lo que va de mes, según me dijeron de contabilidad. Y esta situación no es viable. O nos falla el producto o el verdadero problema está en la relación con nuestros clientes.

—Sé a lo que te refieres. Tú, como todos los jóvenes, ansías que haya cambios en la empresa, que se modernice y que adapte sus productos a los nuevos tiempos. ¡A que estabas pensando a invertir en tecnología! ¿Me equivoco? Pero tienes que saber que aunque grande, enorme diría yo, esta empresa sigue siendo familiar y muy tradicional, de las que apuestan por el trabajo directo, personal, sencillo y artesanal. Y eso no va a cambiar. No mientras el señor Pérez siga al mando de la empresa.

—O hasta que hunda la empresa por una mala política de gestión.

—Pues nos hundiremos con ella a mucha honra y pasaremos a engrosar la lista del paro.

—Claro, por lo que te queda a ti…

—A ti debería preocuparte menos que a nadie. ¿No quieres dejarlo? Pues si la empresa quiebra lo tendrás todavía más fácil ¡Fíjate! Yo no querría dejarlo por nada de este mundo, me encanta mi trabajo aquí, en el almacén y, sin embargo, no me preocupa en absoluto que todos nosotros desaparezcamos. He visto cosas peores en mi vida.

—Yo también —dijo el joven acariciándose la cicatriz.

—No puedes dejar de pensar en ello ¿verdad?

—¿Cómo olvidarlo?

—Deberías. Es poco probable que vuelva a sucederte algo así. ¿Quieres más queso o recojo ya la mesa?

—No, yo ya estoy. Gracias por la cena.

—De nada. Darte de comer a ti es como alimentar a un pajarito. Si sigues así te quedarás en los huesos.

El viejo, con la parsimonia que lo caracterizaba, empezó a recoger todos los bártulos de la cena y los restos de comida. Mientras, el joven, como hipnotizado, no podía dejar de contemplar el reloj de la pared, cuya saeta larga miraba al suelo.

—Sólo me queda media hora para empezar mi turno y ya me estremezco sólo de pensarlo.

—Tu problema es que le das demasiadas vueltas a la cabeza. ¿Que los tiempos son difíciles? Pues sí. ¿Que el trabajo es un asco? También. Pero es lo que hay. Y es lo que tú mejor sabes hacer. Debes pensar en positivo. Lo que te ocurrió no te volverá a pasar. Y hay clientes buenos que contratan nuestros servicios y a los que les gustan nuestros productos. Y a ellos no podemos decepcionarlos. ¿Qué probabilidad hay de que vuelvas a encontrarte cara a cara con un psicópata que te encierre con su mascota asesina? ¿Y quién demonios tiene a una jodida serpiente como mascota? ¡Nadie! Y a ese hijo de puta la empresa lo va a hundir a querellas y, de momento, ha roto relaciones con él. —Y diciendo esto se acercó y le miró directamente a los ojos—. Mira, campeón, tú eres muy bueno en tu trabajo y tienes un futuro prometedor. No puedes ni debes abandonar ahora.

—Pero tengo mucho miedo.

—Lo sé. Y deberás afrontarlo para seguir adelante. Piensa en tus mejores clientes. ¿A cuántos has dejado satisfechos?

—A muchos.

—¿Y no vale la pena seguir por ellos?

—Sí, pero están los otros.

—¡A los otros que les zurzan! En cuanto veas un atisbo de peligro, sales cagando leches y te limitas a redactar un informe para la empresa.

—¿Sin entregar el paquete?

—Sin entregarlo.

—¿Y sin cobrarlo?

—Bueno, si puedes lo cobras, pero sin riesgos. Y si no te da tiempo, que le den también a la empresa. Para eso hay un seguro que lo cubre todo. Lo importante eres tú, y luego, en un segundo plano, están los clientes buenos. Los otros no les importan a nadie.

—¡Pero es que no hay manera de saber qué cliente es bueno y cuál no hasta que es demasiado tarde! Todos parecen iguales al principio.

—De acuerdo, machote, digámoslo así: los buenos son aquellos que permanecen tranquilamente dormidos. A la que se agiten, murmuren en sueños o abran un ojo, echas a correr y los mandas a la mierda.

—Es que últimamente duermen como gatos, cualquier ruido los despierta.

—¡Coño, no compares, que son sólo niños! ¡Me gustaría verte a ti lidiando con gatos!

En ese momento el reloj de la pared tocó las diez en punto de la noche y al joven se le rizaron los bigotes.

—Es la hora. ¿Qué hago? —preguntó temblando.

—¿Pues qué vas a hacer? ¡Ir a por ellos y cumplir con tu trabajo!

—¿Pero y si…?

—Y si nada. ¡Ánimo, que tú puedes! Todo saldrá bien. Es sólo una noche más.

—Está bien, lo haré, pero sólo por hoy. Una vez más, una sólo, esta noche. Mañana lo dejo.

—De acuerdo, tú ganas. Sólo por esta noche, una única vez. Y mañana hablamos de tu renuncia. ¿Te parece?

—¡Uff! Vale.

—¿Estás preparado?

—Creo que no.

—¡Eh! Mírame a los ojos y confía. Sí que estás preparado, por supuesto que lo estás.

—Sí, vale, estoy preparado.

—¡Así me gusta, valiente! Porque ¿qué eres?

—Yo soy…

—¡Un valiente, coño, un valiente! ¿Y qué vas a hacer esta noche?

—¿Sobrevivir?

—¡Vamos, joder! ¡Esos ánimos! Grita conmigo: «¡Esta noche voy a hacer mi trabajo!». ¡Vamos, grítalo!

—¡Esta noche voy a hacer mi trabajo!

—¡Porque es lo que mejor sé hacer!

—Sí, ¡Y soy un gran profesional!

—¡Bravo! ¡Así me gusta! Porque ¿para quién trabajamos?

—¿Eh?

—Contesta, soldado, ¿para quién trabajamos?

—Trabajamos para el señor Pérez.

—¿Y quiénes somos?

—¡Somos el ratoncito Pérez!

—Y ¿qué hacemos?

—¡Cambiar dientes por regalos!

—¡Pues al ataque, muchacho, corre a por ellos!

Una vez que el joven ratón se fue corriendo, la vieja y cansada rata de almacén se sentó en silencio a la mesa. Se sentía orgulloso de su amigo pero, poco a poco, una intensa sensación de inquietud y una inmensa tristeza se iban apoderando de él. Miró el reloj, que marcaba las diez y cinco, y cuya manecilla corta debería dar otras ocho vueltas antes de que su amigo terminase su turno y se encontrara a salvo de nuevo.

Ocho horas de dura jornada laboral acababan de iniciarse para él, no exentas de peligros. ¿Qué niños le aguardarían al pequeño ratoncito Pérez esa noche? ¿Cuántos de los que duermen placenteramente y reciben su regalo con alegría a la mañana siguiente? ¿Cuántos de los que lloran y patalean porque no recibieron dinero a cambio de su diente? ¿Cuántos de los que se despiertan repentinamente, te gritan y te lanzan objetos? ¿Y cuántos de los que permanecen agazapados en un rincón oscuro de la habitación, armados y a la espera, preparados para darte caza y torturarte?

—Pobrecillo —dijo finalmente, soltando un gran suspiro.

Olga Besolí

La maldición

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La maldición.

El cielo y el infierno no existen. Os lo digo yo que llevo milenios pasando de una vida a otra. Y en todo este tiempo no he encontrado consuelo en ningún paraíso, ni Nirvana, ni Valhala. No existe ningún lugar de reposo tras la muerte, sino otra vuelta de espiral que te lleva al mismo lugar, al punto de partida: otra vez sometido a las inclemencias y debilidades de un cuerpo latente atado a una vida. Sí, la reencarnación sí que existe, y es la única teoría que puede dar una explicación a lo que soy desde los principios de los tiempos, un alma perdida que vaga de cuerpo en cuerpo, de existencia a existencia.

¿Qué sentido tiene la eternidad? Los siglos pasan, las grandes civilizaciones desaparecen, los imperios se derrumban y en su lugar nacen nuevas naciones que, como sus antecesoras, prometen grandes avances para la humanidad que pronto se convierten en nuevas formas de esclavitud y dominio de los pueblos. No importa si se llama imperio romano, nacional socialismo o estado de derecho. Lo que llamáis civilización es una pirámide cuyo peso aplastante descansa sobre la multitud de pequeñas piedras que a duras penas resisten en su base. La he visto con muchos nombres, defendiendo muchas banderas y órdenes nuevos, pero al hacer cuentas siempre acaba siendo más de lo mismo.

Estoy harto. Harto de mi propia existencia que llena de hastío mi paso por este mundo sin sentido. Me acuesto, me levanto, vago por mi casa, como, bebo. La pereza domina mis días y mi cuerpo ha perdido flexibilidad y ha ganado peso. ¿Acaso importa? ¿Qué es lo peor que puede pasarme, que me muera? Volveré a renacer, y gozaré de un cuerpo nuevo, más ágil y joven. Al menos durante unos años, aunque me temo que irremediablemente terminaré atrapado en un cuerpo viejo, ajado y malhumorado de nuevo.

Solamente el descanso me libera. En mis sueños mi Ba se despoja de las limitaciones del cuerpo transitorio y despliega sus alas. Allí, en la otra cara del espejo, en el mundo verdadero y cierto que no es este horrible mundo real y físico, soy realmente yo. Allí permanezco cuando estoy entre vidas, en el Duat, donde no existe el tiempo ni la gravedad ni el espacio.  Allí es donde mi Ba y mi Ka se funden en la oscuridad, cuando el cuerpo se adormece y desata el nudo que lo liga al alma. Pero las visitas son cortas. Mis sueños son rápidos y mi dormir es ligero. Cualquier ruido tira del cordón invisible que me une al cuerpo y a la tierra que estoy harto de transitar, en una terrible maldición de la que no hay escapatoria posible.

Y lo digo con conocimiento de causa, porque mi pobre existencia ha terminado de multitud de formas diferentes. Que yo recuerde he sido momificado, apedreado, ensartado con una flecha, ahogado, quemado, desmembrado, devorado, me he caído, me han disparado, me han estrangulado y en multitud de ocasiones me he muerto de viejo, frío o hambre. Pero en todo esto siempre ha habido un hecho inamovible. Tras una muerte siempre renazco a la vida en un nuevo cuerpo.

Y cuando llevas milenios haciéndolo, terminas más que harto. Ya nada me alegra la vista, lo he visto todo; ya nada deleita mis oídos, ya lo que oído todo; ya nada puede sorprenderme, lo conozco todo. Ese es el precio que pagas por subirte al tren de la eternidad, del que no puedes bajarte, a no ser que descubras el contrahechizo del que te maldijo con la vida eterna.

Y el mío fue a mi primera muerte, cuando el imperio al que pertenecía erigía grandes pirámides funerarias y enormes templos a sus dioses. Yo no morí de forma natural ni accidental, fue totalmente premeditado. Mi amo sí lo hizo de manera casual, al caerle un gran bloque de piedra encima, cuando ayudaba a erigir la cúpula de la gran pirámide de Keops.

Mi amo no era un simple obrero, no, sino uno de los capataces encargados de la construcción. De hecho conocía personalmente al faraón, pues fueron amigos de infancia. Al menos eso me contaba él. Pero yo fui su más fiel amigo y sirviente; él siempre fue atento y buen compañero conmigo. Nunca se casó. No amaba a las mujeres, todo su cariño fue para mí. Pero el día en que murió cambió mi suerte. Como hombre de confianza del faraón, fue embalsamado y enterrado junto con todas sus propiedades, entre las que me encontraba yo, su humilde servidor. Me momificaron en vida y mientras lo hacían leían los versos mágicos del Libro de los Muertos y cantaban cantos fúnebres a la diosa Bastet. Fui enterrado junto a mi amo en una de las salas menores de Keops, por orden directa del faraón y eso es todo lo que sé. Porque allí, en la húmeda oscuridad de esa sala, al lado del frío cuerpo momificado de mi amo, expiré el último aliento de mi primera vida.

Si mi amo transita como yo, de una vida a otra, lo desconozco; nunca nos hemos reencontrado. Al principio lo busqué, vida tras vida, convencido de que el poder de Anubis, que lo ampara a él, es tan fuerte como el de Bastet, mi diosa. Pero o no es así o Ra decidió separar definitivamente nuestros caminos. Ahora, después de tanto tiempo, ya ni lo intento. Ya no me escapo por las noches, ni me convierto en un callejero que recorre calles y callejuelas sin descanso hasta que termina muerto en una cuneta.

Ahora me limito a esperar en la comodidad de un hogar. Esperar la comida. Esperar mi ratito de descanso. Esperar un nuevo día tras otro. Esperar a vivir un día más. Esperar a morir al siguiente. Y esperar pacientemente que mi joven compañera encuentre entre esos libros de magia ancestral que tanto estudia un antiguo maleficio que deshaga el que me ata a la vida. Si lo hace, ella será mi última dueña y no me arrepentiré de ello. He sobrepasado con creces las siete vidas que me correspondían.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Ella entiende mi tristeza y mi desazón. Sabe de mi tránsito de mil vidas por este mundo porque ha caminado junto a mí en el Duat de los sueños. Allí nos hemos mostrado retazos de nuestras existencias pasadas, los mejores y los peores. Allí nos hemos contemplado tal como somos en realidad. Yo he desplegado mis alas ante ella sin pudor y he sido testigo de su verdadera y poderosa alma de hechicera, casi tan vieja como la mía. Por eso también espero que quizás encuentre un fin a la maldición que me persigue.

Mientras tanto, me limitaré a ronronear cuando me rasque la cabeza, a sentarme a su lado cuando me necesite, a comer la comida que me prepare, a soñar junto a ella en su cama llena de amuletos y a vigilar atentamente las energías que despliega cuando practica uno sus rituales mágicos.

Y a esperar el fin de la maldición, de mis días o de los suyos.

Olga Besolí
Agosto 2017

La alfombra roja

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La alfombra roja.

Amelia Rushmore pisaba por fin la alfombra roja con fuerza, despojada de la incertidumbre que la había acompañado en anteriores ocasiones y que esta vez planeaba sobre los pasos de los demás candidatos. Cuando está en juego la posibilidad de ganar uno de los premios más prestigiosos del cine mundial es inevitable que el corazón te dé un vuelco. Y el corazón de Amelia, por una vez, permanecía tranquilo y pausado, tanto que casi ni sentía su palpitar.

Como su carrera como actriz estaba más que finiquitada, no tenía nada que perder. No era así para los demás nominados, que se enfrentaban a una terrible verdad: solamente había una posibilidad entre cinco de salir triunfante, probabilidad que hacía mella en los ánimos en el justo momento de lucirse sobre la adorada y temida alfombra roja. Bajo la mirada impasible y el rostro pétreo los nervios afloraban en medio de la pasarela a la luz de los flashes, convirtiendo las mejores y más cinematográficas sonrisas en muecas forzadas, acelerando los pulsos e interfiriendo en los andares, provocando algún que otro tropezón. Los bellos cuerpos de actores y actrices temblaban como flanes dentro de sus envoltorios de diseño de precio escandaloso, las manos adornadas con pulseras de diamantes sudaban fuertemente agarradas a los pequeños bolsos de mano con pedrería y algún que otro nudo de corbata demasiado apretado irritaba una garganta reseca por la tensión acumulada. La gente se arremolinaba en torno a la alfombra roja para ver a sus ídolos en el día en que coronarían vencedores y darían un empuje a sus carreras o sufrirían la humillación de la derrota más bochornosa. ¡Eran tantas las veces que ella había pasado por ese mismo mal trago! Por suerte, el único trago que Amelia aceptaba en los últimos tiempos era  el de su ardoroso Jack Daniels, fiel compañero durante más de cuarenta años.

Recordaba su primera vez, la alegría e ilusión con la que se enfrentó a la alfombra roja. Tenía veintidós años y una única película, ambos recién estrenados. Su debut cinematográfico fue alabado por la crítica y los medios de comunicación, que ya la clasificaron entonces como una futura gran promesa. El pequeño papel secundario que había interpretado era el de la hija rebelde y punk de la inmensa Julianne Poste, que obtuvo su segundo Óscar como actriz protagonista aquella misma noche, coronada por la ovación de un público en pie. La anciana Taylor Lange le arrebató a Amelia el suyo, con su melodramática interpretación de una abuela abandonada y en silla de ruedas. Ese fue el primer chasco de su carrera, el que precedería a una serie de nominaciones y menciones que la acompañarían a lo largo de su carrera cinematográfica, pero que nunca le otorgaron ni un solo premio o galardón que llevarse a su casa.

Los expertos empezaron entonces a dudar de si la eterna promesa se cumpliría alguna vez o si solamente era un destello fugaz en el cielo estrellado de Hollywood. Convertida en la eterna aspirante bajo el peso de tanta nominación, y abrumada por las malas críticas que acompañaban a cada gala o ceremonia, la frustración empezaría a hacer mella en el carácter de Amelia, que había comenzado siendo una joven divertida y jovial que terminaría siendo considerada una irascible diva, gruñona y de aliento agrio.

Amelia Rushmore se rio amplia y francamente, como nunca había hecho antes, cuando se detuvo ante los focos de los periodistas. Se sentía liberada y liviana. Incluso se marcó el lujo de dar una vuelta sobre sí misma para mostrar su estupendo vestido blanco y su enjuto cuerpo a las cámaras. A sus setenta y ocho años seguía estando estupenda por fuera y su silueta lucía el vestido del diseñador como nadie de su edad. Por dentro, la cirrosis hacía tiempo que se había apoderado de su hígado y la amarga hiel de su carácter. Embelesada por la cantidad de periodistas que cubrían el evento, no reparó en que la parte delantera de su escote estaba manchada de un rojo espeso y oscuro.

Ese vestido había estado pulcra y cuidadosamente guardado durante años en un rincón de su vestidor, a la espera de una ocasión especial en que mereciera la pena lucir los cientos de miles de dólares que le costó. Se lo había probado un millar de veces, y había ensayado con él su discurso de agradecimiento para luego volver a cubrirlo con su funda, aguardando esa sexta y definitiva nominación que finalmente le hiciese justicia a su carrera y que no llegaba nunca. Y Amelia sabía exactamente por qué razón: no caía bien.

En el mundo del cine había únicamente dos caminos que te podían llevar a la cima. Escalar puestos mediante el trabajo y el esfuerzo era la vía difícil, la menos reconocida y la más lenta. Requería de un gran talento y mucho tesón, que muchas veces quedaba sin recompensa. Pero existía un verdadero atajo que te llevaba directamente a la cumbre sin pasar por todo lo demás, una especie de ascensor que te subía a lo más alto sin esfuerzo y sin necesidad de talento. No era la vía más fácil, pero sí la más rápida. Era la vía de los contactos y amistades.

A menudo tenías que caerle bien a ese o aquel productor influyente, obeso y sudoroso, o a aquel viejo crítico que ejercía un gran control sobre la prensa y que podía hundir o ensalzar una carrera con una sola llamada telefónica, aunque nunca admitiría ese poder ante testigos. En ocasiones tenías que actuar para ese director cretino y esquizofrénico porque era el niño bonito de la Academia. Y debías acatar todas sus órdenes con una sonrisa y aguantar todas sus manías y fobias, haciendo verdaderos esfuerzos por no terminar tirándole algo a la cabeza. O debías rehusar trabajar con aquel otro director, un verdadero genio y mejor persona cuyas producciones rompían en ventas pero que tenía el defecto de estar en la lista negra del presidente de la Academia  porque no se doblegaba ante nadie y no era susceptible ni a los sobornos ni a los chantajes.

Actrices y actores sin verdadero talento pero con grandes tragaderas habían conseguido por este medio su estrella en el paseo de la fama a los escasos años de aterrizar en Hollywood, con unas pocas películas en su haber que, para más inri, eran un total y absoluto fracaso de taquilla. Y cómo no, tras esa estrella y una campaña publicitaria desmesurada, patrocinada por vete a saber quién, llegaba la preciada estatuilla, que arrebataban sin piedad de las manos de los eternos nominados como Amelia, actores y actrices verdaderos de gran talento y extensa carrera a las espaldas, codiciados por los productores y adorados por los espectadores, y verdaderos compañeros de oficio que, con los ojos atónitos, veían desfilar ante ellos a sus imberbes rivales con una espléndida sonrisa hacia el escenario y se veían obligados a sonreír también y a aplaudir, intentando mantener el tipo y no mirar a la cámara que cubría el evento por no gritarle al mundo que todo eso era una farsa de mierda, que los votos de los catedráticos de la academia de cine se compraban en especies y favores y que el único talento que tenía la pseudoactriz que le acababa de robar el Óscar a Amelia era el de chupar pollas y lamer culos.

Amelia Rushmore en esa ocasión se callaría la boca, por ser su segunda nominación, pero no lo haría en las tres siguientes. Sus críticas al establishment, su carácter fuerte y dominante, que algunos tacharían de divismo, y su marcado feminismo, que ni siquiera trataba de ocultar, no le favorecieron nunca a los ojos de los críticos y de los académicos. Ya en la madurez de su carrera a todo eso se sumaría su afición a la bebida y a hablar sin pelos en la lengua ante cualquiera que le preguntara, ante la cámara o tras ella, sobre los entresijos de Hollywood, contando todas aquellas verdades que nunca nadie quiere oír, y mucho menos aquellos que formaban parte de la falacia.

Más que no caerles bien Amelia Rushmore les caía francamente mal. Para ellos era un grano en el culo que no tenían más remedio que aguantar, aunque nadie se atreviera nunca a decírselo a la cara. En cambio, para el público en general era una persona excepcional. Durante su extensa carrera de actriz, de cincuenta y seis años ni más ni menos, no hubo papel que se le resistiera. Podía interpretar desde la víctima de un secuestro hasta una malvada de cuento, de una inocente campesina a una terrorista radical. Su participación en una película era sinónimo de taquillazo. No importaba que se tratase de una comedia o un drama, su actuación siempre era alabada y laureada por el público. Muchos la consideraban una mujer accesible y sincera, al contrario de la imagen que se daba de ella en los medios. Además, contaba con el respeto de los compañeros de trabajo. Solía haber afinidad y buena sintonía entre ella y los productores, directores, operarios de cámara y demás gente del oficio. A menudo se la podía ver, en pleno rodaje, charlando tranquilamente con un eléctrico tal como lo hacía con un productor ejecutivo.

Pero esa sintonía cambiaba cuando se trataba de los entendidos del mundo del cine. El rechazo era mutuo y ni la crítica ni la Academia estaban dispuestas a doblegarse ante ella y reconocer que formaba parte ya de la historia. No, al menos, mientras estuviera en activo. Porque parecía que en cuanto se enteraron de su retiro del mundo del celuloide por razones de salud, todo cambió repentinamente. Amelia suponía que los miembros de la Academia debieron sentirse aliviados por quitarse de encima a su crítica más ferviente y, presionados por el público que tanto la quería y que les enviaba cartas a diario como queja por su injusticia, decidieron ofrecerle una tregua y otorgarle el Óscar honorífico a toda una carrera.

O, al menos, eso pensaba Amelia.

No recordaba bien qué estaba haciendo en el momento en que vio la tarjeta dorada con su nominación encima de la mesa del gran salón de su casa. Al principio se extrañó de que nadie la avisará, pero enseguida vio a su oronda nieta Meredith, envuelta en negro, llorando, y comprendió el despiste. Aunque Meredith era una buena cuidadora, últimamente llevaba tiempo de capa caída y con la cabeza distraída. No se había recuperado de su reciente divorcio y hasta cierto punto Amelia, que había pasado por tres, lo entendía, pero no hasta el punto de ponerse de luto por ello.

Así que Amelia decidió no darle más importancia al asunto. Y allí estaba, resplandeciente en medio de la alfombra roja, dispuesta a hacer las paces con los estirados miembros de la Academia y a recoger su más que merecido Óscar honorífico. Volvía a sentirse viva, con las fuerzas renovadas y con la magnífica tranquilidad que da saber que por fin se ha hecho justicia. Hasta su dependencia del Jack Daniels parecía haberle otorgado un respiro y su pulso no estaba nada tembloroso. Se sentía tan aliviada y segura, tanto que ni siquiera había escrito las palabras de agradecimiento. Confiaba plenamente en sí misma; llevaba tantos años practicando ese mismo discurso que no tenía ninguna duda sobre él. Haría uso de su memoria infalible y triunfaría. Porque ella estaba hecha para triunfar a pesar de todos los obstáculos.

Una vez pasada la alfombra roja, las luces se disiparon y la umbría de la gran sala del teatro donde se celebraba la gala acogió a todos por igual, nominados, acompañantes y público. La luz del gran escenario se imponía a la oscuridad y solamente se proyectaba sobre los asistentes que eran nombrados por los presentadores en las diferentes nominaciones, para que la imagen de total y absoluta superioridad de los ganadores y la cara de póquer de los perdedores traspasase el umbral de la sala y llegase a los millones de espectadores que miraban la retransmisión del evento en directo a través de sus televisores.

Y llegó el gran momento. Una joven actriz, desconocida para ella y que seguramente no se había ganado los honores de presentar uno de los premios de forma honrada, fue la encargada de  decir las palabras mágicas:

—El Óscar honorífico a toda una carrera de este año va para la gran Amelia Rushmore.

Las luces del escenario se cerraron y en la pantalla gigante se empezaron a suceder imagenes de Amelia, de sus diferentes papeles, a lo largo y ancho de toda su carrera. Cuando el escenario volvió a la vida, Amelia lloraba en silencio de emoción, de pie y en la penumbra, pues ningún foco la iluminaba. Entonces, con un desgarro en el corazón, escuchó a la presentadora decir:

—Recoge el premio su nieta, Meredith Wilson.

Amelia se quedó petrificada, mecida por la oscuridad. Su querida y torpe nieta, con esa oronda figura embutida en otro vestido negro barato salió de entre bastidores al escenario, llorosa y verdaderamente emocionada. Cogió la estatuilla, la miró durante largo rato y se acercó al micrófono sorbiéndose los mocos:

—Muchas gracias —dijo entre sollozos—. Después de lo ocurrido tan reciente, es un honor recibir hoy, en nombre de mi abuela, Amelia Rushmore, este premio honorífico, en reconocimiento de su aportación al cine. —Suspiró por un momento y luego continuó—. Ella era una gran persona, sin duda, pero era una mejor actriz. Lástima que la Academia haya esperado tanto en reconocerlo. Ahora es demasiado tarde, hace ya tres meses que nos dejó. Este premio, esta estatuílla —dijo alzando el Óscar—, era lo que más deseaba en el mundo y estoy convencida de que, de poder hacerlo, de habérselo dado en vida, hubiera venido a recogerlo personalmente. Hasta tenía un vestido escogido y un discurso preparado. Pero, por desgracia, no ha podido ser y soy yo quien está aquí, con el Óscar en la mano. Abuela, allá donde estés, míralo, lo has conseguido, ¡este premio es tuyo!

Entonces Amelia, bajo el coro ensordecedor de los aplausos y ovaciones de toda la sala que se puso en pie, se miró a sí misma, sus manos, su vestido y, por primera vez, se percató de la mancha oscura sobre el blanco impoluto de su pecho. Y recordó. Había estado en casa, de nuevo ante el espejo con el vestido puesto y maquillada, con la tercera copa de Jack Daniels en la temblorosa mano izquierda, repitiendo por enésima vez aquellas palabras más que ensayadas de agradecimiento, imaginando como muchas otras veces una estentórea ovación y una multitud de aplausos, cuando le vino aquella tos repentina. Una tos fuerte y áspera procedente de la boca del estómago que no podía controlar y que terminó provocando un estallido de vómito sanguinolento que la dejó sin respiración. Luego vinieron las correrías, los gritos y los lloros, los ropajes negros, la soledad de la madera y la humedad de la tierra en la oscuridad. Lo siguiente fue la luz y, en medio de esa luz, la imagen dorada de la tarjeta, aquella codiciada tarjeta dejada sobre la mesa de su salón.

Olga Besolí
Mayo 2017

Separados

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Separados.

Hubo una época, hace mucho, tanto que su recuerdo se pierde en la niebla de los tiempos, en que nuestros mundos estaban únicamente separados por un fino velo invisible, pero fácil de cruzar en ambos sentidos para aquellos caminantes que no temían adentrarse en lo desconocido y que cumplían con los tres requisitos indispensables: tener un corazón valiente, una mente abierta y unos ojos que supieran ver.

Un corazón valiente porque quien teme a los peligros no desea, en el fondo, adentrarse en lo desconocido y sin deseo no hay camino que lleve a ninguna parte. Una mente abierta porque una mente cerrada rechaza todo aquello que no forme parte ya de ella y aunque tuviese delante las puertas que le abren paso a otro mundo, negaría lo evidente y se excusaría en una insolación o el producto de una alucinación. Y unos ojos que supieran ver porque el velo invisible que nos separaba solamente se levantaba ante aquellos ojos que lo reconocen, que ven más allá de esas pequeñas ondulaciones en el aire que indican el lugar exacto donde se halla el punto de conexión entre ambos mundos.

Ni falta hace decir que hace mucho, muchísimo tiempo, seres de ambos mundos transitaban libremente en ambos sentidos. De vuestro mundo aparecían todo tipo de gentes, de alto rango y gentes comunes. Todos por igual cumplían con los tres requisitos. Nobles y plebeyos, damas y caballeros, reyes, reinas o mendigos, todos tuvieron su oportunidad de viajar. Del mío, todo tipo de seres elementales, mágicos y mitológicos, de la luz y de la oscuridad, tanto aéreos como terrestres, acuáticos e ígneos.

Podéis imaginaros la cantidad de tráfico que había entre nuestros mundos; una marabunta de transeúntes que iban de un mundo al otro con la misma facilidad con la que hoy un humano de Occidente se sube al metro o espera su tren en el andén de la estación. Claro que por aquel entonces no existían aún los trenes ni los metros. Hablo de hace mucho, muchísimo tiempo atrás. Hablo de caminantes que se desplazaban por sus propios medios o en carretas tiradas por animales o entes mágicos, según la procedencia. Hablo de seres con curiosidad y sin prisas que establecían contacto, hablaban entre sí con interés y aprendían los unos de los otros. Hablo de respeto, tolerancia y conocimiento, de saber escuchar y de hablar con sentido. Hablo de un tiempo lejano en el que existía una comunicación real y veraz. ¡Qué tiempos aquellos!

Fueron buenos tiempos para las mentes creativas, los corazones apasionados y las almas curiosas; para el arte y la imaginación, las leyendas y las fábulas; para los cuentos de hadas y sus encuentros con humanos, los tapices de doncellas abrazando unicornios y los retratos de caballeros galopando en búsqueda de gestas. Fueron tiempos en los que lo mágico y lo terrenal se integraban y fundían creando objetos híbridos que pertenecen a ambos mundos, como el pentáculo, el grial, la varita mágica o la piedra filosofal. Buenos tiempos para el conocimiento de las artes y el aprendizaje de las artes ocultas; para la música, el teatro y la alquimia; para las ciencias, la sabiduría y las artes curativas. Para los seres de luz, los seres oscuros y, por supuesto, los humanos.

¿Que cómo lo sé? Yo estaba allí y lo vi todo. Es mi trabajo. Observar. Vigilar. Soy el guardián que, desde tiempos inmemorables, ha impedido el paso a todo aquel intruso que pretendiera destruir vuestro mundo, el mío o ambos. No han sido pocos los que lo han intentado en el transcurso de la historia. Y la única razón por la que no sabéis de su existencia es porque yo los detuve a tiempo.

¡El tiempo! A veces pensamos que lo que tenemos durará para siempre, que todo es inmutable e inamovible. Pero no lo es. Todo es cambiante con el paso del tiempo. Hasta nosotros, los seres eternos, somos finitos. Pero el desgaste que sufrimos, comparado con el vuestro, es tan lento, tanto que para vosotros supone una eternidad. ¡El tiempo! El tiempo es un compañero de viaje cruel e incompasivo que arrasa inexorablemente con todo aquello que se cruza en su camino.

Y el tiempo a vosotros, seres volubles por naturaleza, os ha doblegado con su paso firme. He visto cómo a través de los siglos la humanidad ha ido degenerando. Muchos ojos se han ido cerrando, muchas mentes se han ido obcecando, muchos corazones se han adormecido. Habéis ido perdiendo capacidades y la intuición, los sentidos y las sensaciones han sido sustituidas por el sopor.

Fuisteis olvidando quienes eráis hasta tal punto que, hace unos siglos, aquellas pocas personas que mantenían intactas sus capacidades y todavía cumplían con los tres requisitos empezaron a asustaros y los señalabais con el dedo. “Brujas, hechiceros y nigromantes”, los llamabais; “los que quedan despiertos”, eran para nosotros. Los temíais por sus dones. Y el miedo es un pésimo consejero y un peligroso compañero de viaje. Entonces empezaron las acusaciones, las persecuciones y las hogueras. No os juzgo por ello. No estoy aquí por eso. Sé que fue vuestro propio miedo a aquellos que conservaban una capacidad cuya comprensión se os escapaba quien os obligó a intentar exterminarlos. Por suerte, no lo lograsteis. Fue parte de mi trabajo impedir que destruyerais la poca humanidad que os quedaba.

En esos tiempos oscuros, como cabía esperar, las incursiones de humanos a nuestro mundo menguaron drásticamente. Muchos no podían acercarse, los otros no lo hacían por miedo. Luego, la nueva ciencia y la nueva medicina que nacían se apoderaban del nuevo mundo floreciente y negaban nuestra existencia. El delgado velo que nos separaba adquirió grosor, mientras perdíais la certeza de que alguna vez hubiera existido algo tras él. ¡Pobres humanos, tan ciegos, sordos e ignorantes!

Tras eso llegó la modernidad que cubrió el velo que nos separaba con una espesa capa de niebla impenetrable. “Contaminación”, la llamáis vosotros. “Podredumbre”, es el nombre que utilizamos nosotros. Vuestro mundo se convirtió en una vasija humeante y apestosa de ruidos, repleta de aparatos, cachivaches y utensilios fabricados por vosotros mismos a expensas de los recursos del planeta, supuestamente para facilitaros la vida, aunque sólo os la llene de complicaciones. “Necesarios”, decís vosotros; “inútiles”, pensamos nosotros. Si tienes solamente dos pies, ¿para qué necesitas veinte pares de zapatos? A mi entender os habéis rodeado de objetos porque en realidad os sentís vacíos. El hueco que antes llenaban las sensaciones, la intuición y los sentidos os deja tan fríos por dentro que tenéis la necesidad imperiosa de cubriros la piel con montones de cosas.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Hace mucho, muchísimo tiempo que ningún humano traspasa nuestras puertas ni se acerca al camino. Los últimos que lo hicieron decidieron quedarse exiliados en nuestro mundo, porque ya no comprendían el vuestro. Nosotros los acogimos con tristeza, sabiendo que los demás ya no desharíais los pasos andados. Ya no podéis, ni aunque quisierais. La niebla impenetrable lo cubre todo. Pero nosotros os seguimos visitando, más a menudo de lo que creéis, aunque ya no pretendemos establecer contacto. Es inútil, ya no os entendemos. Vuestro mundo es una pocilga, el nuestro es un vergel luminoso; vuestra parte del camino se ha desdibujado, la nuestra sigue bien visible para nosotros. Por eso, a pesar de todo, yo he seguido ocupando mi lugar. Vigilando. Observando.

Después de tantos milenios observando creía haberlo visto todo, pero no es así. Últimamente vuestra situación es preocupante, muy preocupante. Y he transmitido mi preocupación a mis superiores, que me han dado la razón. He observado que, en los últimos tiempos, se han obrado en vuestro mundo cambios vertiginosamente rápidos. Y con ellos han llegado las prisas que os ahogan. Vivir, para vosotros, se ha convertido en una pura carrera, sin parada ni descanso. Correr, avanzar, llegar ¿adónde? ¿Y de qué sirve apresurarse si no puedes disfrutar del camino que te lleva a tu destino?

De todas las correrías y carreras, la tecnológica es la peor. “Conectados”, lo llamáis vosotros; “apagados”, decimos nosotros. Ciegos y sordos a lo que ocurre alrededor, ignorantes a vuestro propio mundo e insensibles a lo que os pasa por dentro, vivís, si a eso puede llamársele vida, enganchados a una pantalla que os alimenta como una sonda nutre a un enfermo. ¡La humanidad ha enfermado y como mantiene los ojos cerrados, la mente ausente y el corazón dormido, no se ha dado cuenta! ¡Pobres humanos zombificados!

Estoy aquí para comunicaros que, después de mi informe, el concilio de seres mágicos se ha reunido y ha acordado por unanimidad que, por primera vez en milenios, abandone mi puesto de trabajo para deciros que, en estos tiempos en que toda la comunicación que establecéis es a través de artefactos digitales y tanto vuestra mente como vuestro corazón y ojos ya no diferencian entre lo real y lo virtual, un fino velo invisible se ha cernido sobre todos y cada uno de vosotros, aislándoos de los de vuestra propia especie. Se trata del mismo velo que hace mucho, muchísimo, en los albores del tiempo, separaba nuestros mundos.

Y tengo el desagradable deber de anunciaros que, de seguir así, solamente es una cuestión de tiempo que este velo que ya os separa se cubra de una espesa niebla impenetrable.

Olga Besolí
Abril 2017