Gato tóxico

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Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Ainoha Ollero Naval. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Gato tóxico.

Ilustración de Rafa Mir

 

El gato tóxico llegó a mi vida una mañana de diciembre, ese mes en que algunos querríamos que se nos tragara la tierra para no tener que dar explicaciones sobre nuestros fracasos profesionales y/o sentimentales a una horda de familiares tan bienintencionados, o no, como entrometidos. En diciembre, el papel de regalo se convierte en nuestra segunda piel y las sintonías edulcoradas se instalan en nuestros cerebros como tenias hambrientas de las que nos costará desprendernos sangre, sudor y lágrimas, aunque no tanto como habremos de sudar para drenar los excesos de nuestros saturados estómagos e hígados. Solo unos pocos años me han separado de la visión idílica a la cínica, de las navidades de ensueño a las navidades de miedo, esos días en los que preferiría estar tranquilamente sentada delante del mar, en vez de responder a eso de “¿Y los niños, para cuándo? Que se te va a pasar el arroz..”.

El gato tóxico no era tan venenoso como algunas opiniones no solicitadas sobre cómo vivo mi vida. Tampoco era radiactivo, pero casi: estaba flaco y sucio y padecía una diarrea galopante, fruto de la vejez y de una colección de achaques que haría las delicias del hipocondríaco más pertinaz. Cuando un saco de huesos de color naranja se instala en tu porche de entrada, lo lógico es que lo ignores hasta que se marche. O, como mucho, que le saques un poco de comida, no muy sabrosa no vaya a ser que el bicho se encuentre a gusto y se instale ahí per saecula saeculorum, amén. Pero yo, poseída por un ramalazo de amor muy poco higiénico, tras comprobar que el felino estaba por la labor de intentar una convivencia pacífica conmigo, lo dejé entrar, le preparé una camita y un piscolabis, tan acorde con el espíritu de las fechas, y me harté de limpiar pelos de un color naranja sucio y caca de gato, de desinfectar cojines y baldosas y de disfrutar de sus miradas oblicuas cargadas de adoración.

Durante la cena de Nochebuena, ante el horror de alguna de mis tías más finas, el gato tóxico se aposentó en mi falda, ronroneando, tirándose pedos y haciéndome sentir la persona más especial del mundo. El muy tunante se metió de tapadillo algún que otro langostino. Meses después, cuando ya la primavera estaba en pleno apogeo, se despidió de mí rozándome las pantorrillas con la cola. Se marchó tan campante por la misma puerta por la que había entrado y ya no regresó.

Ainoha Ollero Naval

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Circo y Fantasía

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Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Circo y fantasía.

 Nunca me gustó el circo en mi infancia.
Mi abuela siempre nos llevaba porque, en su opinión, era un espectáculo infantil y era bueno para los niños.
Tal vez a ella le gustaba pero a mí, la verdad, nada. No me parecía apropiado para los niños: miedo, bromas de casi maltrato, peligro…
Lloraba porque me daba pena que le pegasen al pobre payaso. Tampoco me gustaba aquel “gracioso” disfrazado de lobo que venía a la grada a asustar a los niños, al que yo hubiera disparado seguro si hubiese tenido una escopeta.
Me angustiaba ver a los equilibristas sobre el alambre, por si se caían; o a los trapecistas… ¡Qué gente más loca! Saltando y dando volteretas en el aire, sin red. Pensaba que cualquier día se matarían.
Y no digamos cuando armaban las jaulas para las fieras… ¡Uf! Es que apestaba a fiera todo el circo y, para mí, ese era el olor del miedo. En medio de aquel círculo, el domador, pequeñito e indefenso, vestido de raso bordado, tal vez para que aquellos “bichitos” pensaran que si se lo comían, se les podía indigestar.
Cuando salían los caballos ya me atrevía a mirar a la pista sin taparme los ojos. Ellos eran bonitos, elegantes, nobles y obedientes. Me gustaban.
Ahora, al recordar todo esto, siento que me voy alejando de esa realidad de mi infancia, donde no logré que el circo me hiciese feliz.
Un pequeño movimiento me llama la atención. Miro a mi lado y veo con sorpresa y alegría la carita azul de mi querido dragoncito Dragüi.
¡Caramba! Ha salido de mi cuento Dragüi, el dragoncito ilustrado y me mira recordándome lo bien que lo pasamos en la Torre de la princesita de los “calentadores de colores”, subiendo y bajando por la tirolina para poder ayudarle.
Realmente aquella Torre del cuento era casi un circo… Sonreímos y me coge de la mano.

Ilustración de Rafa Mir

De pronto, nos encontramos bailando en lo alto de las almenas, llenos de alegría, dando vueltas por el cielo rojo y malva del atardecer. Bajo mis pies veo el alambre del equilibrista, y los trapecistas que ahora están muy abajo y también bailan en sus trapecios.
Miro al dragoncito y ¡ha crecido! Ahora es aquel aventurero “lobo de mar” que me contaba mil historias de viajes en el Café del Faro del Fin del Mundo. Lleva su pipa y su gorra de marino y baila conmigo sonriente, hacia el horizonte, sobre las olas azul oscuro.
Debajo sigo viendo el circo, muy pequeñito.
Un caballo se sitúa en el centro tras un salto y lo reconozco: es Furia, el caballo cárdeno, noble, esbelto y obediente en el que siempre monté de joven. ¡Por eso me gustaban los caballos! Monto sobre Furia y me va trayendo, impulsado por el viento del atardecer que lleva a los barcos a tierra firme.
Comprendo ahora que todo aquello es mío. Forma parte de mi ilusión. Es bonito y no está lejos.
Noto en el brazo que alguien me toca…
¡Niña! ¡Cierra la boca y los ojos que los tienes como platos, que la función va a terminar! ¡Menudo te lo has pasado hoy en el circo! ¡Y eso que no te gustaba!
Es mi abuela, que se ríe al ver la cara que tengo desde hace un rato. Y es que ella no sabe toda la magia que he vivido esta tarde: ¡la ilusión y la magia del circo!

  Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)

 

Ellos

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Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad deSergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ellos.

Es difícil describir el horror.

Están ahí. Lo sé, a pesar de la oscuridad impenetrable que me impide ver mi propia mano a centímetros de mi cara.

Sí, ellos están ahí, estoy segura. Lo noto por el olor. Por ese tufo penetrante y fétido, tan característico. Un olor a organismo podrido, a animal muerto. Al principio me provocaba un rechazo casi imposible de superar, hasta el punto de hacerme vomitar, pero poco a poco me he ido acostumbrando.

Avanzo lentamente, en medio de esa negrura pestilente. A tientas, con riesgo a tropezarme, presintiendo lo peor. Mi sentido común me impulsa a retroceder y marcharme, pero tengo que hacerlo… Es mi obligación.

Sé que el suelo está lleno de trampas, por eso voy tan lenta, cuidando cada movimiento en ese laberinto, temerosa de tropezar y caer. Como un ciego en medio de una mudanza o un comando atravesando un campo minado.

Ahora escucho un sonido grave, acompasado, rítmico. Como el ronquido de una fiera dormida. Y ese sonido me estremece, me transporta al pasado, me recuerda otros momentos… Trato de usarlo como referencia para orientarme en la oscuridad, pero no lo consigo. El ambiente enrarecido dificulta la respiración, y la falta de oxígeno en mi cerebro me impide pensar con claridad.

Pero poco a poco, a medida que avanzo, mis ojos se van acostumbrando algo a esa pertinaz oscuridad. Creo detectar formas múltiples, diversas y abigarradas, como bultos acumulados, un caos absoluto. En realidad, no tengo claro hasta qué punto es real lo que veo, o si es mi mente la que me está jugando una mala pasada. Me restriego los ojos y vuelvo a mirar. En medio de esas sombras fantasmagóricas intento divisar algún movimiento, alguna señal de vida. Pero no consigo descifrar el enigma.

Y ese olor, mezcla de almizcle y sudor, que tal vez nunca consiga eliminar de mi recuerdo.

Tengo que avanzar, no puedo distraerme, tengo un objetivo, más allá de mi curiosidad. De pronto piso algo, algo orgánico, blando, pegajoso. En mi mente se disparan mil asociaciones, pero me esfuerzo por salir de ese bucle y sigo adelante. Me pongo a rezar para tener la mente entretenida. Prefiero no saber de qué se trata.

Y continúo. Lenta, torpe, temerosa… Continúo.

El ronquido es cada vez más cercano y persistente, y el hedor más intenso, lo que me indica que voy en la dirección correcta.

No es la primera vez que entro, qué va, ya son muchas. Muchas más de las que hubiera querido. Ni tampoco será la última, claro. Pero nunca es igual. Siempre es distinto. Siempre es peor.

Ellos tienen esa extraña capacidad de sorprenderme siempre de algún modo. De aumentar mi ansiedad y mi angustia.

Al avanzar, algo me roza la pierna. Algo fláccido. Creo detectar un movimiento pendular, como si fuera la cabeza de un pollo muerto. Qué asco…

Dios mío, como tantas otras veces, estoy a punto de abandonar, de dejarlo, de retroceder. Pero la responsabilidad puede más. Tengo que hacerlo. Si no lo hago yo, no lo hará nadie.

Y sigo, muy a mi pesar, sigo. A pesar del olor, ese olor repugnante que se mete en mi nariz como un cuchillo impregnado en orín de zorrino.

El avance es lento, pero ya falta poco. No podría calcular cuánto he caminado, ni cuánto tiempo ha pasado desde que entré, pero sé que falta poco.

Ya los tengo cerca, muy cerca. No llego a verlos, pero lo noto. El calor y la humedad son sofocantes. Y el zumbido se ha detenido.

Ahora oigo su respiración, profunda, acompasada. Y noto más que nunca ese hedor fétido.

Estiro el brazo y toco la pared, caliente y húmeda. Voy palpando esa superficie lisa hasta que la encuentro. Toco la cuerda, vertical y tensa como una serpiente cobra a punto de atacar.

La rodeo con mano y la aprieto con fuerza. Como otras veces. Respiro hondo y tiro hacia abajo, en un único movimiento rápido y preciso.

Y la persiana sube…

—¡¡Mamá!! ¡¡Baja esoooo!! ¿No ves que estamos durmiendo, coño?

—¡Que no! ¡Que ya es hora de comer! ¡Se acabó! ¡Se levantan y se duchan! ¡Y a ordenar la habitación, que es un caos!

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

Daniel Camargo

Ladrón de sangre fría

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Género: Microrrelato

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Sergio Pastrana. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ladrón de sangre fría.

Ilustración de Daniel Camargo

La nevada era intensa y allí estábamos tirados sobre la nieve, yo y la sangre que escapaba de mi cuerpo, y quizás os preguntaréis cómo llegué a esta situación. Pues os lo contaré mientras las fuerzas me aguanten.

El día empezó como casi todos los de mi vida en estos últimos años. Me preparé una tostada con paté de jamón y un té negro, me di una ducha porque ante todo uno debe salir limpio a la calle para no molestar a la gente con malos olores corporales. Elegí la ropa que ponerme, algo cómodo que me permitiera moverme fácilmente y preparé mi equipo de trabajo, una riñonera, una navaja automática y una sonrisa pícara que demuestra que me encanta mi trabajo.

Sin pensarlo más salí a la calle y me dirigí a la parada de metro más cercana. Allí esperando al tren de la línea uno había una chica que era mi tipo: pelirroja, buen cuerpo y un bolso grande. Sin duda, a ella acudirían los salidos en busca de roce y junto a ellos estaría yo con mis ágiles dedos para dejarle un mal recuerdo de esa experiencia, sobre todo cuando haya tenido que pagar algo.

Diez minutos de trayecto en los que mi pronóstico se cumplió y con creces, la cartera de la chica y dos de los salidos.

Decidí no seguir en el metro y aproveché que aquella parada daba a una zona turística para ejercer varias de mis técnicas de trabajo. Al salir por la boca de metro una ráfaga fría traspasó mi cuerpo y al elevar la vista vi cómo los primeros copos de nieve caían de un cielo que se había oscurecido muy rápido. Sin duda eso iba a dificultar mi trabajo.

La nevada empezaba a arreciar cuando vi a mi siguiente “cliente”, un joven delgado con ropa cara y claramente más previsor que yo, pues llevaba puesto un chaquetón de plumas. Él se encaminaba hacia un callejón y yo iba detrás. Llamé su atención pidiéndole ayuda. Él, confiado, se acercó y empezó a explicarme cómo se llegaba a la dirección por la que le había preguntado. En un momento mientras explicaba se giró para reforzar sus indicaciones, y ese fue el momento que yo aproveché para sacar la navaja y ponérsela en el cuello. Le pedí su cartera, su móvil y su chaquetón porque la nevada se estaba convirtiendo en ventisca y después le indiqué que corriera si no quería quedarse allí tirado para siempre. Qué irónico que ahora yo esté en esa situación.

El individuo corrió como alma que lleva el diablo, yo por el contrario me lo tomé con calma. Me puse el chaquetón y revisé la cartera. Me quedé solo con el dinero, bueno, y con un preservativo. Quién sabía qué podía deparar el día. Quité la tarjeta al móvil y la tiré sobre la cada vez más blanca calle, tras lo cual me encaminé de nuevo por la vía principal en busca de una nueva víctima.

La tarea era cada vez más complicada pues el temporal arreciaba. La nevada se estaba convirtiendo en ventisca y cada vez era menos y más difícil de ver la gente por la calle, aunque claro, eso también facilitaba hacer cambiar de dueño las posesiones de aquellos a los que encontrara.

A unos doscientos metros vislumbré una silueta y me dirigí hacia ella. Caminar ya no era tan fácil como antes, pues los pies comenzaban a enterrarse en la nieve, pero ella estaba allí, inmóvil, quizás esperaba a alguien. Era una mujer esbelta pero no delgada, el cabello moreno movido por el aire le tapaba la cara. Apenas me separaban de ella diez metros cuando giró la cabeza y sonrió. Era una sonrisa increíble, casi parecía que había salido el sol. Nada hacía presagiar lo que sucedió a continuación.

Giró el resto de su cuerpo y me preguntó:

—¿Aún tienes la cartera de mi amiga?

Yo quedé sorprendido sin saber qué decir. Ella continuó:

—Sí, una pelirroja esta mañana en el metro.

La situación comenzaba a asustarme. ¿Quizás ella me vio o su amiga me identificó? Era imposible, así que decidí negarlo de pleno.

Al hacerlo su sonrisa desapareció, su mirada se volvió perforante y empezó a caminar hacia mí. Me apetecía huir, pero mis piernas no respondían. Ella metió la mano bajo su chaqueta a su espalda y sacó una daga grande, casi una espada, y sin mediar palabra la clavó bajo mis costillas. Noté cómo la giraba y me desgarraba por dentro y cómo la sacaba tirando brutalmente de mi carne. El dolor fue indescriptible. Ella me sujetó unos segundos mientras me decía:

—Es lo malo de robarle a las buenas personas, que a veces tienen un ángel de la guarda como yo.

Después me soltó, y yo caí sin resistencia alguna sobre la nieve, justo en la postura en la que estoy ahora esperando, mientras me cubre la nieve, a que me falte sangre suficiente como para morir.

Sergio Pastrana

El Señor del Miedo

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Melancolía/Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Señor del Miedo.

Un sol seco y anaranjado recortaba un horizonte lleno de quietud. Bajo este, como si fuera en una pintura de trazo borroso, y desarrollada por la mano de una mente insana, se mecían hectáreas de espigas de maíz amarillentas y enfermizas. Apenas puedo oír unos graznidos en la lejanía, perdiéndose en el maizal, más allá de cualquier tipo de atisbo de humanidad, calor y amor posible. Y eso, cuando tengo suerte. Por norma es el silencio el que es soberano en aquellas tierras que me castigaban con la eterna soledad. Es un cuadro que siempre veo en otoño, condenado a observar, callar, esperar…

Sin duda, soy un maestro en mi arte. Y mi maestría sólo es superada por la pena que me produce el ejercerla. El desprecio que siento ante este, el… odio que termina embargándome.

Nadie merece ser el mejor en lo que más desprecia…

Pero no hay seres a los que culpar, el amo simplemente se limitó a crear un instrumento que pudiera servirle. Y en el proceso, le dio todo lo que era necesario para su ejercicio: tengo piernas largas y grotescas para aparentar una altura amenazante, brazos delgados que apenas pueden sujetar un oxidado tridente para mi ejercicio, un mono viejo, decrépito y desgarrado que simboliza mi condición de espuria y contranatura, y también, un rostro anaranjado y monstruoso con el que siempre consigo cumplir con mi labor.

No soy más que la parodia de un hombre, un monigote clavado eternamente para una única función: el guardián del maizal, el Señor del Miedo…

Es trágico, pues siempre he querido conocer a los pájaros que tanto se afanan a alejarse de mí: «No te acerques a él; es el Señor del Miedo. Si lo haces, tu sangre ayudará a limpiar las capas de oxido que se acumula en las puntas de su fisga».

Eso me convierte en el mejor en lo mío, pero me condena a una soledad eterna…

Axel A. Giaroli

28/10/17

El bosque de los sueños

Autor@: Raquel Bonilla

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Micro relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Raquel Bonilla. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El bosque de los sueños.

Ilustración de Paloma Muñoz

Cuando al anochecer le doy las buenas noches y apago su lamparita, su imaginación comienza a florecer.
Su pequeña habitación blanca, en unos minutos se convierte en un autentico bosque encantado. Unicornios de colores, loros dorados navegando en barcos de papel, culebras peludas y osos con alas forman una gran banda de música, que animados entonan las canciones más divertidas que mi pequeño conoce.
Si una risita se escucha tras la puerta en media noche, será que esos patos plateados su truco de magia ha terminado o que un calamar saltarín una intrépida acrobacia ha hacho a los pies de su cama.
Cuando mi pequeño está cansado cierra sus claros ojazos y los animales uno a uno se van despidiendo con cariñosos abrazos.
Quizá mañana le visite un hipopótamo que hable francés, un koala verde que sepa leer, una gaviota divertida que cuente chistes tronchantes o un elefante tan pequeño que viaje a lomos de un mosquito.
Grandes, pequeños o luminosos, seguro que mi pequeño recibe sus visitas para poder iniciar un dulce sueño.
Me gustaría poder ver ese bosque lleno de hermosos colores y divertidos animales que no podemos observar en el zoo ni en ninguno de los parques.
Plasmados en sus dibujos están esos fantasticos animales y decorando la pared de mi cocina para recordarme cada mañana, que yo también fui niña “alguna vez”.

Raquel Bonilla

Maldita la suerte

Autor@: 

Ilustrador@: David Aguilar Parque

Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Microrrelato

Rating: + 14

Este relato es propiedad de Vicente mateo Serra. La ilustración es propiedad de David Aguilar Parque. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Maldita la suerte.

Si por él fuera hubiera querido seguir tranquilo, con los suyos, a su aire, pisando hierba y no pisando arena y mucho menos sangrando, y no invitado forzoso a aquella fiesta que no va con él. De ahí su sorpresa y desconcierto por ver que sangra, o le hacen sangrar, por verse herido en cualquier caso. Por verse preso y condenado en aquel recinto sucio de charcos que manchan de su sangre el suelo, acosado por los cientos de miradas del tendido, clavadas o tendidas sobre él, igual que los dos pares de palitroques sobre su lomo, ejecutados en una suerte de suertes, de mala suerte más bien, o más mal, que sirven para reanimarle sin restarle fuerza y que llaman banderillas, o avivadores, pero que paradójicamente le acercan a la muerte.

Ilustración de David Aguilar

El dolor en sus vértebras no augura nada bueno y sus oponentes, que no son uno sino varios, a pie o a lomos de un caballo, van armados y lo lastiman. El primero es de los últimos: un picador que porta vara larga rematada en una puya que clava con ahínco sobre la cervical de Virtuoso, que le destroza los músculos e impide que pueda alzar la cabeza. Humillación, según los matadores. Pero los puyazos son excesivos y profundos, y también alcanzan los pulmones y los perforan. Virtuoso se desangra por fuera y por dentro. Y se ahoga.

Y es entonces cuando el matador principal, vestido estrafalariamente, al que llaman diestro por su destreza en su arte pese a ser un arte ejecutado de forma siniestra, se presenta ante la mirada del animal sabiendo que cometer un error le costará un serio disgusto. Peor suerte correrá Virtuoso. Todavía no lo sabe aunque lo intuye. Aun así, el matador se muestra soberbio, con aires de grandeza y prepotencia. Retando la mirada del animal coge distancia y ayudándose del capote templa los nervios templando la embestida del toro. Se confunden los rojos: la sangre y la tela. Al matador sólo le queda culminar su crimen imperfecto: arma el brazo con el estoque en prolongación y espera a que arranque el toro. Virtuoso comienza la carrera que le resta tiempo y cuando está a la altura de su matador, este ejecuta un quiebro de muleta que engaña y burla a Virtuoso por última vez al tiempo que le clava el estoque en lo alto y penetra hasta el fondo.

Y ahora Virtuoso ya no lo intuye, lo vive, vive que se le va la vida.

Vicente Mateo Serra

Crimen en el bosque

Autor@: Raquel Bonilla Santander

Ilustrador@: 

Corrector@: Mariola Díaz-Cano

Género: Micro relato

Rating: Infantil

Este relato es propiedad de Raquel Bonilla. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Crimen en el bosque. 

Aquella mañana se iba a celebrar una gran fiesta para dar la bienvenida a la primavera en el bosque. Miles de guirnaldas de colores estaban preparadas para decorar todos los árboles del bosque; los ruiseñores calentaban sus voces para entonar las más bonitas melodías y los topos y conejos recogían los últimos frutos secos para la merienda.

La fiesta de la primavera es uno de los momentos más importantes en el bosque, los animales salen de su letargo y las flores nacen con fuerza y color para dejar el más puro de los aromas.

Fue Mika la ardilla la que dio el primer aviso. Entre espasmos y voz entre cortada dijo a los habitantes del bosque que unas grandes máquinas amarillas se acercaban hacia ellos.

No tardaron en oír el estruendo y todos huyeron despavoridos  a buscar refugio. Nadie se atrevía a salir, solo se oían ruidos y un humo negro se apoderaba del bosque.

Estaba ya anocheciendo cuando el ruido cesó y los animales pudieron salir de nuevo.

Fue en ese momento cuando la tristeza y la impotencia se adueñó del bosque. Todos los árboles habían sido talados. Las ardillas no podrían subir a los arboles a por alimento, los pájaros habían perdido sus nidos, no tendrían sombra en verano…. ¡Era horrible!  ¡El más espantoso de los sucesos!.

¿Pero quién?, ¿por qué?, ¿para qué? …..

Todos se hacían preguntas entre sollozos, pero fue Rino el zorro más valiente del bosque quien decidió buscar respuestas.

Formó un grupo de animales fuertes y rápidos dispuestos a seguir las pistas que les llevasen hasta los que habían destrozado el bosque. Juntos olfatearon el rastro de todos los objetos que se habían dejado en la zona del desastre.

Anduvieron durante horas pero finalmente llegaron hasta ellos. El piar de el pequeño Coti, un alegre canario que se había quedado en su nido, les terminó de dar la última pista.

Allí estaban, unos hombres con grúas y un montón de herramientas. Los animales observaron muy tristes cómo montaban los troncos de sus amigos los árboles en una camioneta. Oyeron cómo iban dispuestos a vendérselos a un hombre que fabricaba muebles en su casa.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Los animales no podían dejar que aquellos hombres se salieran con la suya y ganaran dinero sucio.

Se unieron formando un gran círculo que los dejó en el centro. Aullaron, piaron y ladraron durante un largo tiempo hasta llamar la atención de todos los habitantes del pueblo más cercano.

Estos no tardaron en llegar y ver lo que estaba pasando. Se enfadaron muchísimo porque les habían destrozado su bonito bosque  que ellos tanto cuidaban.

Los echaron de allí esperando no volverlos a ver nunca más.

Aquel año la bienvenida de la primavera no fue feliz, pero entre todos se encargaron de que nunca jamás ese crimen volviera a ocurrir en sus bosques.

Fin

Raquel Bonilla Santander

Setentaycinco

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Setentaycinco.

Aunque lo veíamos todos los fines de semana, nunca le habíamos prestado demasiada atención.  Era evidente que, dentro de su desorientación, se esforzaba por pasar inadvertido, como si tuviera algo que ocultar.

María me dijo una vez que se notaba que, en sus años mozos, había sido un hombre muy guapo. Era alto, aunque no lo pareciera porque caminaba encorvado, de ojos azules y cabello muy blanco. Y esa tarde, en el habitual rato de espera mientras aguardábamos a que la enfermera trajera  a mamá desde su habitación, lo vimos revolotear por el salón, como distraído, pero aferrando una Nintendo entre las manos.

Definitivamente fue ese contraste lo que me atrajo aquel día, lo que me hizo prestarle atención. Un anciano con un gadget  propio de  niños, o adolescentes.  Y su actitud, mezcla de avidez y entusiasmo, ya que no quitaba los ojos de la pantalla mientras tocaba las teclas con fruición. Como si le fuera la vida en ello.

Me quedé pensando cuál sería el juego que lo apasionaba. O si acaso se trataba de alguna de esas típicas aplicaciones para ejercitar la memoria, ya que era probable que a un señor de edad avanzada, con una evidente demencia (como casi todos los que compartían aquella institución), algún familiar cercano le hubiera regalado el aparatito para tratar de ayudar, retrasando en lo posible el deterioro.

Pero también podía ser que fuera un adicto, que estuviera enganchado a los videojuegos…

¿O acaso no es posible que a uno le queden ganas de jugar en la recta final de la vida?

Una de las enfermeras, que me vio abstraído observándolo, me dijo:

—Mañana cumple setenta y cinco, y él no lo sabe. No lo recuerda.

—¿Setenta y cinco años? Pensé que serían más.

—No, no, son setenta y cinco —me confirmó—, lo que pasa es que está un poco averiado. Según dicen, tuvo una juventud muy  intensa. Y esas cosas se notan, ¿sabe?

—¿Deportista? —pregunté.

—No, qué va, por aquí cuentan otra cosa, pero no se lo voy a decir porque estoy segura de que no me lo creería. De hecho, ni yo misma sé si creerlo. Pero en este antro la rutina es la reina, y las semanas se hacen muy largas, así que cualquier historia que le ponga a esto un poquito de emoción es bienvenida.

Y se fue a atender a una señora que acababa de mearse en su silla de ruedas, dejándome sumido en una enorme perplejidad.

¿Quién sería ese señor?

Durante la conversación con mamá no pude sacarme de la cabeza la incógnita de la identidad del viejo, y al final, después de la despedida, cuando ya la enfermera la llevaba por el pasillo hacia su habitación, sucumbí a la tentación de acercarme a hablar con Berta.

Berta, la cotilla oficial, era la central de informaciones del geriátrico, la persona por la que pasaban todos los comentarios.

—Oye, Berta…,  ¿quién es ese señor?, ese, el de la bata gris, el de la Nintendo.

—No sé muy bien, pero parece que este hombre tuvo un pasado oscuro del que prefiere no hablar. Hay quien dice que tenía una gran fortuna, y una mansión enorme en el Barrio Gótico, con mayordomo y todo, pero que llevaba una doble vida… Comentan que no podía resistirse a salir por las noches y a relacionarse, de un modo u otro, con la peor escoria de la ciudad.

—¿Eso comentan?

—Sí, sí. Otros dicen que era amigo del alcalde, y que lo asesoraba en temas de seguridad… Y usted sabe lo que pasa con los amigos de los políticos, ¿no?  Nada bueno se puede esperar de esa gente. Parece que tenía un coche de esos estrafalarios, ¿vio? No sé si sería un Ferrari o alguno de esos, de color negro, y que lo usaba para sus correrías nocturnas. No era trigo limpio, evidentemente. Y ahora mírelo ahí, si parece que fuera incapaz de matar una mosca. Todo el día recordando su pasado en esa maquinita.

»Algunos domingos viene a verlo un amigo algo más joven que él. Uno con pinta de mariquita, pero muy digno, ¿vio? Se ve que tiene pasta, si hasta usas camisas con monograma, con una “R” bordada junto al corazón. Se sientan fuera, en el jardín, y recuerdan historias en voz baja. Es increíble, parece que con él recuperara la memoria. A veces no pueden parar de reír.

Pero Berta me abandonó y se fue a escuchar la conversación entre la enfermera y el jardinero, preocupada como siempre estaba por actualizar su base de datos.

La curiosidad me consumía, necesitaba profundizar en la investigación y fingiendo que iba a recoger el Marca que estaba sobre la tele, me acerqué al viejo y pasé por detrás de su silla para ver la pantalla del aparatito.

Se veía una imagen inquietante. Un fondo urbano, nocturno, chimeneas humeantes y algún relámpago…, y en el centro el logo de… ¡Batman! La típica llamada de auxilio que uno vio tantas veces en el cine.

Ilustración de Paloma Muñoz

La visión de la pantalla, sumada a la charla con Berta, me sacudió. ¿Acaso este hombre sería…?

Seguí caminando despacio, como si tal cosa. No podía creer que eso que me estaba imaginando fuera verdad. Pero tampoco podía negar que todos los datos y las sospechas coincidían en un punto.

Al llegar a la puerta del salón me giré y lo vi, inclinado sobre la pantalla, con su enorme bata color gris oscuro cubriendo su cuerpo, como si se tratara de una capa. En ese instante levantó la cabeza, me miró, y sonrió con complicidad.

Debajo del pijama apenas asomaba una camiseta raída con el famoso logo del murciélago en negro y amarillo.

Al día siguiente falté a la reunión de la comunidad y le llevé una tarta para festejar el cumple.

Daniel Camargo – 2014

 

E06-El fantasma de los libros

Autor@: 

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Género: Microrrelato

Rating: +14

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E06-El fantasma de los libros.

Ya está, se acabó… Qué pena, pensó, mientras comprobaba que la tarde se empezaba a transformar en noche.

Sentado en su precaria cama de cartón, escuchaba el monótono ruido de los coches que cruzaban el puente, justo sobre su cabeza.

Allá a lo lejos, desde un anuncio, un actor sonriente trataba inútilmente de convencerlo de que el puto banco del logotipo rojo se desvivía por todos nosotros.

Era incapaz de recordar cuántos meses llevaba sin trabajar, desde aquella tarde en la que lo echaron de la fábrica. Aquella tarde extraña, que había marcado una raya en su destino. Desde entonces su vida se había convertido en una sucesión de derrumbes, a cual más doloroso. Poco a poco había perdido su coche, su casa, su esposa, sus amigos…

Todo.

Ilustración de Rosa Garcia

Sin embargo, hoy no se sentía mal. Estaba sereno y lúcido, y lo invadía un cierto optimismo, una renovada confianza en sus posibilidades.

Acababa de ganar una apuesta, para lo cual había tenido que recorrer el mundo y enfrentarse a mil desafíos y acertijos, resolviéndolos.

Apoyó con delicadeza el ajado ejemplar de Verne junto a su improvisada manta, y se puso de pie. Le costaba mantener la vertical, como a un árbol castigado por el viento durante demasiado tiempo. Luego se fue andando, débil e inestable, a refrescarse en una fuente cercana.

El Fantasma de los Libros había vuelto a actuar.

DC 2014